Ultramemorias (VIII de X). El fin de la transición (3ª parte) Cinco golpes dentro del golpe.

3 06 2009

Lo esencial del 23-F –y el efecto que se esperaba- no sucedió ese día, sino dos días después con la gigantesca manifestación en la que se vio a Fraga, Suárez, González, Carrillo, Camacho, todos juntos en unión portando la pancarta que certificaba que el Estado había sobrevivido al golpismo, a la crisis económica e incluso a sí misma. La democracia estaba definitivamente estabilizada, quedaba sólo para certificar la “normalidad” el que los socialistas llegaran al poder. Lo hicieron poco después y a ellos les correspondió acometer el resto de reajustes que nos homologarían junto a cualquier otro país de Europa Occidental: reajuste económico, integración en la OTAN y luego en la Unión Europea, etapas que el PSOE cumplió sin decepcionar expectativas depositas en él.

Antes del 23-F el Estado era una entelequia que crujía por todas partes y amenazaba hundirse: ETA(p-m) mantenía secuestrados a cuatro cónsules, la policía le había aplicado un tratamiento excesivamente duro al etarra Arregui que pagó sus crímenes muriendo a su vez. El ingeniero Ryan acababa de ser asesinado. por ETA Un día sí y otro también estallaban bombas en Lemóniz y aledaños. La UCD se empezaba desmigajar y ni siquiera había sido capaz de celebrar su congreso en Baleares a causa de una huelga. Suárez vivía su declive y el partido veía como cada una de sus componentes se situaba en las mejores posiciones de cara a un futuro que todos advertían que ya no tendría nada que ver con el centrismo de estricta observancia de UCD. Las huelgas sucudían a todo el país ante la desesperación patronal y el Rey, al que buena parte de la sociedad seguía sin tomarse en serio, acababa de ser abucheado en el Parlamento Vasco. Cada día ocurría algún incidente, algún atentado mayor o menor, que ocultaba la catastrófica situación económica. Y daba la sensación de que existían fuerzas “ocultas” (o quizás no tanto) que estaban tensionando la situación. Cuando se produjo el asesinato de Juan Ignacio, los militantes del Frente pidieron llevar el ataúd del que había sido su Secretario General –y lo que era más importante, su amigo y camarada- hasta la plaza de Colón. Inopinadamente, la policía, sin provocación previa, incumplió lo pactado e intentó disolver al cortejo. La reacción –esperada sin duda por quien había  programado la provocación- fue brutal: los choques de una inusitada violencia se apoderaron del barrio de Salamanca. Los militantes del Frente dieron salida a su odio y a su tensión acumulada destrozando todo lo que encontraron a su paso, papeleras, contenedores, vehículos, mobiliario urbano. Una vez más, como había ocurrido tras el atentado a la Cafetería California 47, las calles Goya y Velázquez, refugios de la alta burguesía capitalina volvieron a estar cubiertas de humo, restos de la batalla, con el picante e irritante aroma de las granadas lacrimógenas y el olor ocre de los incendios.

Era preciso –y tal era la estrategia del “golpe para acabar con todos los golpes”- que el pueblo español se  vierea y se sintiera ante el abismo. Desde la Semana Trágica de 1976, España tenía cada vez más esa sensación, pero lo esencial era que, ante la “lluvia” cada vez más persistente, transformada ya en temporal, la población aceptara situarse bajo el paraguas protector del “Estado”. Para ello era necesario que el ruido de sables, transformado en espectáculo gracias a la irresponsable entrada de Tejero en el congreso de los diputados, alcanzara el clímax de la situación. Bruscamente, el Rey que, hasta ese momento había sido objeto de todas las chanzas inimaginables por parte de la izquierda (“Juan Carlos I el breve” se le solía apostrofar), se convirtió en el “impusor del cambio”, en el “hombre cuya serenidad desactivó el golpe”, en el personaje que requería la situación y que había salvado a España… Era necesario que la derecha económica y liberal entendiera de una vez y para siempre que debía respetar los pactos de la transición porque, a partir del 23-F, el rey –cuya mera presencia recordaba el fracaso de la oposición democrática en el intento de realizar la “ruptura”- se convirtió en incuestionable para lo esencial de la izquierda.

Hasta el 25 de febrero de 1980, las manifestaciones que discurrían por Madrid no eran excesviamente masivas, salvo las de extrema-derecha… Aquella tarde, los seguramente más de 500.000 manifestantes (también aquí se ha dicho que eran millón o millón y medio seguramente en un afán de rivalizar con las cifras aportadas para las manifestaciones ultras) escenificaron la reconstrucción del sistema surgido en la transición y la voluntad de normalidad.

A partir de ese momento, las conspiraciones desaparecen de los medios de prensa. Quedará, sin duda, el “golpe de los coroneles”, pero ya estamos ante otra cosa muy diferente. Verán… Yo volví clandestinamente a España en los días anteriores al primer aniversario del 23-F. Vi con mis propios ojos lo que había sobrevivido del Frente de la Juventud al golpe del 14 de enero de 1980 (realmente había sobrevivido poco). Ya no existía ni el local de Claudio Coello, y la mayoría de militantes se habían dispersado. De todas formas pude localizar a algunos y entrevistarme con ellos. Por otra pate, contacté con los residuos de redes golpistas con la intención de valorar exactamente su potencial. También aquí saqué una conclusión ampliamente decepcionante. Si bien es cierto que seguía existiendo descontendo en los cuarteles, y que algunos oficiales seguían reuniéndose y viéndose (y la prueba de ello es que entregaron un millón de pesetas al Frente de la Juventud para que, en las semanas anteriores al primer aniversario del 23-F se realizara una manifestación de protesta ante el Congreso de los Diputados), la impresión que me dio es que estaban muy marcados por las fuerzas de seguridad del Estado y era cuestión de tiempo que los desarticularan.

Así ocurrió, en efecto. Durante la tarde del 23-F, el Gobierno Militar de Madrid estuvo, sublevado o medio sublevado. Allí acudieron algunos falangistas de la Primera Línea de Falange y habituales simpatizantes ultras pidiendo armas. Había un grupo de tenientes coroneles que simpatizaban con la intentona golpista entre ellos los hermanos Crespo-Cuspinera, uno de los cuales estuvo un tiempo de guarnición en Barcelona teniendo cierta relación con mi padre. De este núcleo partió una iniciativa lamentable. Viajaron a toda España, en cada provincia se entrevistaron con los ultras más conocidos. Habitualmente se trataba de elementos marginales o poco menos, frecuentemente expulsados de Fuerza Nueva o que se habían ido por los motivos más variopintis. Ninguno de ellos tenía un peso significativo y apenas podían mover más que a un mínúsculo grupo de simpatizantes y, en ocasiones, ni siquiera y se representaban solo a sí mismos. Los miembros de este “grupo de tenientes-coroneles” en cada desplazamiento reiteraban que había otro golpe en marcha. Contaban a quien quisiera oírlo que el anterior había salido mal por precipitación, pero que éste que se aproximaba era el de verdad. Y hacían algo más: repartían alcaldías. Carlos Blasco, un querido amigo y camarada ya fallecido, había sido muy joven, concejal de su pueblo, Mataró. Luego pasó a Fuerza Nueva y de ahí al FNJ, luego, cuando yo tuve que exiliarme pasó al Frente de la Juventud y fue algo después cuando uno de los coroneles le invistió in pectore como alcalde de Matarón para cuando triunfara el golpe siguiente… Prefiero eludir el listado de otros alcaldes para evitar más sobresaltos, pero lo cierto es que aquel episodio ocurrió realmente y daba la medida de cómo funcionan las cosas en el gopismo castizo de la época.

En septiembre de 1982 me encontra en La Paz (Bolivia) y recuerdo que hablaba con el director del Servicio de Prensa de la Presidencia cuando uno de los télex empezó a escupir una noticia vinculada a España: era la relación de candidaturas que se presentaban a las elecciones de aquel año. Me sorprendió que había media docena de extrema-derecha entre otras una desconocida para mí: “Solidaridad Española”. Se añadía al lado que era la candidatura auspiciada por el teniente coronel Tejero… Así pues, no solamente no se había podido reconstruir una candidatura unitaria (o más o menos unitaria) que polarizase lo esencial de la ultraderecha como en 1979 (que incluso dio buenos resultados), sino que habían aparecido otras varias entre ellas de la Tejero. Alguien se había vuelto literalmente loco o bien alguien había dado la siguiente vuelta de tuerca para barrer definiivamente al golpismo del imaginario colectivo de los españoles.

Y era esto último lo que había ocurrido: no se trataba solamente de desactivar las redes golpistas, sino de demostrar que trabajaban en el vacío y que carecía completamente de apoyo popular. Para eso era necesario que se presentara, a prisa y corriendo, a las elecciones un partido de observancia golpista… justo para fracasar, justo para evidenciar a las claras que detrás del golpismo no había absolutamente nada. Y de paso, rematar a la extrema-derecha tal como exigían los pactos de la transición.

La “brillante idea” de crear un partido político no partió de Tejero, a pesar de que fue el a quien colocaron como mascarón de proa. Fue su abogado, Ángel López Montero quien le indujo a la creación de ese aborto político que fue “Solidaridad Española”. Las excusas no faltaban: que si era la forma de sacar a Tejero de la cárcel, que si Fuerza Nueva no había aceptado un proyecto unitario (y por qué había de aceptarlo que llevara a Tejero al parlamento), que si Tejero era el “mejor patriota”, que si había que hablar claro… En fin, el argumentario del partido, cuyo delegado en Catalunya era mi muy querido y liante camarada Bernardo, anticipaba los monólogos del Club de la Comedia, voluntad implícita en el lema de la candidatura: “Entra con Tejero en el parlamento”. Solidaridad Española consiguió romper la precaria unidad de la ultraderecha y fracasar obteniendo un miserable 0,14% que certificaba que apenas 28.400 españoles se declaraban explícitamente golpistas.

López Montero, impulsor del desaguisado, defendió luego a algunos guardias civiles implicados en los asesinatos de los etarras Lasa y Zabala. En cuanto a su pasado político no es menos sorprendente. En 1976 había fundado el Partido Liberal Español. No sé si servirá para algo el que les comente que algunos miembros de las Juventudes Liberales los había conocido tiempo antes en aquellos cursos sobre técnicas para combatir la subversión organizados por el SEDEC. En cuanto al eje de la defensa que articuló López Montero para salvar de una larga estancia de cárcel a Tejero fue la única que seguramente ni la sociedad española, ni mucho menos los jueces militares hubieran aceptado: la responsabilidad del rey en el espectáculo del 11-M. Precisamente, uno de los objetivos del “golpe para acabar con todos los golpes” era el asentamiento definitivo de la monarquía… cómo para aceptar unos meses después la increíble idea de que el toque de pito para ocupar el congreso de los diputados había partido de la Zarzuela. Definitivamente –y no es la primera vez que esta frase aparecen en estos recuerdos apresurados- el principal enemigo de un reo es su abogado defensor.

En el proceso de Campamento, por lo demás, se amontonaron galones que tenían poco que ver. De hecho, allí fueron a parar proyectos y gentes incompatibles entre sí, pero que, en un momento dado de su vida vieron la posibilidad de “colaborar” (léase, aprovecharse) unos de otros. Es fácil establecer que entre los procesados había cuatro o, incluso, cinco líneas golpistas.

De abajo arriba podemos encontrar primero al grupo de Tejero. Sería éste el grupo de los exaltados, compuesto por gente muy visceral, políticamente próxima a la ultraderecha menos complicada ideológicamente para la que todo empezaba y terminaba con la restauración del franquismo y el retorno a las fuentes originarias del régimen anterior al 20-N de 1975. Este grupo militar, al ser el más accesible, tenía una ósmosis con sectores ultras tan ambiciosos como aislados. Se trataban estos de gente descolgada de Fuerza Nueva y de Falange y del que la figura más emblemática en todos los sentidos era García Carrés. Carrés no tenía nada detrás, políticamente ni era miembro de Fuerza Nueva, ni de Falange, pero jugaba la carta de organizar festivales de solidaridad con la Guardia Civil. A diferencia de Blas Piñar y de la gente vinculada a partidos políticos ultras, Carrés disponía de tiempo suficiente como para seguir cultivando sus relaciones con galones y entorchados, acaso con la secreta esperanza de que si había golpe militar contarían con él. De hecho, llegaron a haber reuniones para formar un “gobierno” posterior al golpe. Si lo sé es porque uno de los miembros que participó en esas reuniones –el editor Vasallo de Mumbert- me lo comentó dos años después. Vasallo se apeó de esas reuniones cuando Antonio Izquierdo fue propuesto como futuro “ministro de economía”… añadiéndome que era “intolerable que el hombre que hundió a El Alcázar pudiera considerarse como el mejor ministro de economía”. A nadie se le escapa que todo esto rozaba el infantilimo y estaba instalado en el vacío más absoluto.

Lo que hemos dado en llamar “el grupo de Tejero” era partidario, pues por el “golpe ultra” del que debería de salir un gobierno formado por firmas ilustres de la ultraderecha… que ni siquiera contaban detrás con el apoyo de los partidarios de Blas Piñar o Fernández-Cuesta… En general, se trataba  de un grupo compuesto por militares que lo desconocían todo de lo político y que  percibían a la ultraderecha sin grandes matices, considerándolos a todos como “patriotas” y  por funcionarios franquistas de segunda o tercera fila que aspiraban a evitarse las complicaciones de participar en la vida política de los partidos ultras (era evidente que Blas Piñar los eclipsaba a todos, no sólo por su verbo exuberante, ni por su seriedad profesional, sino también porque detrás podía movilizar mucha más de lo que estaba al alcance de todos ellos) mediante el atajo de sus relaciones con los militares. Tejero, consciente de que de política entendía poco y que era un terreno que no era el suyo, tenía tendencia a creer que Carrés y otros como él, eran los reyes del mambo político, cuando en realidad, ellos tampoco, habían entendido ni lo que era la técnica del golpe de Estado, ni mucho menos la política en un marco democrático.

Luego, en un nivel inmediatamente superior a éste, se encontraba el grupo de Milans del Bosch. El proyecto golpista que defendían era completamente opuesto al del grupo de Tejero. Milans aspiraba a un “golpe militar-militar”, sin más matices. En su razonamiento, a la vista de que la clase política no estaba a la altura, había que prescindir completamente de ella. Y algo más, incluso: disolver todas las organizaciones políticas, desde Fuerza Nueva hasta las formaciones trotskistas afectas a la IV Internacional. Resulta un misterio establecer cómo pensaba Milans gestionar un país así, a menos que pensara en situar al frente de los negociados de los ministerios a cabos primera y trasladar el escalafón militar a lo civil. Era evidente que, por ahí, tampoco había nadie que pensara en términos políticos, con el agravante de que este grupo militar no tenía absolutamente –que a mí me conste- contacto alguno con civiles. En el fondo, este grupo estaba formado por el grupo de amigos personales de Milans que había ido cultivando a lo largo de su dilatada carrera militar. Nada más. El mundo de Milans, genéticamente ligado a la milicia desde hacía generaciones, terminaba allí en donde terminaban los entorchados de su manga y lo ceñido por su fajín. De ahí que necesitara “hombres de mano”, gente enérgica, que se moviera en niveles más básicos, en escalones que tuvieran relación con sectores no militares. Y ahí estaba el grupo de Tejero para ejecutar algunos trabajos que parecían impropios para el grado militar de Milans. A partir de ahí se estableció una vinculación entre ambos grupos, dando por sentado ambos que todos estaban en el sarao por “patriotismo”, esto eludía las conflictivas cuestiones de lo que cada uno de ellos llevaba en mente: uno, Tejero, el proyecto de golpe militar-ultra y otro, Milans, el proyecto de golpe militar-militar.

Luego existía otro grupo en formación, malamente identificado, que se dio en llamar “grupo de los coroneles”. El coronel San Martín era su eje. Conocí a San Martín a principios de los 70 cuando era director del SEDEC y recuerdo de él tres elementos: su estilo aristocrático, su preparación cultural especialmente en el ámbito de la historia de España y su comprensión de los mecanismos y de la política. Se podría añadir también su discreción, propia de cualquier profesional que se mueva en el ámbito de la inteligencia y su prestigio en el medio militar que hacía que los que habían servido bajo sus órdenes quedaran ligados a él por vínculos de lealtad. Las convicciones políticas de San Martín eran de derechas y moderadas. No era un ultra al uso, ni mucho menos. Su patriotismo, indudablemente intenso y sincero, estaba modulado por su percepción de las posibilidades reales. San Martín había dirigido con un presupuesto muy escaso, el SEDEC para cumplir las órdenes de Carrero: establecer un servicio de inteligencia capaz  acopiar información politica estratética, pero también actuar para parar los pies de los comunistas a la ultraizquierda, pero no a los socialistas que deberían estar integrados en la democracia limitada que tenía Carrero en mente como evolución del franquismo. La proximidad hacia lo político que tuvo San Martín en los años en los que estuvo al frente del SEDEC se unió a sus cualidades naturales de observador.

En 1980, San Martín era de los que creía que “era necesario hacer algo” a la vista del marasmo político de la transición y de la mala gestión del gobierno de UCD. Su idea era constituir un “grupo de presión” militar, una verdadera red estable, capaz por su mera presencia de condicionar el poder. Para esto era preciso cristalizar una red y en eso estaba San Martín cuando supo de los movimientos de Milans desde Valencia. Pensó entonces que se estaba gestando un golpe militar y debió sumarse quizás con la intención inicial únicamente de informarse de lo que había detrás. San Martín sabía perfectamente que el proceso para cristalizar una red es largo y no puede improvisarse. En mi opinión trabajaba con la hipótesis de que las redes golpistas estuvieran solidificadas para cuando terminara la legislatura y sería entonces, cuando por la vía de la intervención cívico-militar o por la vía de la presión entre bambalinas, habría que poner toda la carne en el asador. Pero, en la situación de clandestinidad, medias tinas, febrilidad, ambigüedades y “gente que presionaba”, (Cortina) las circunstancias fueron poco favorables a los proyectos calmados de San Martín (que jugaba además con la posibilidad de que, en breve, los suyos fueran promovidos a los niveles superiores del escalafón, con lo que el tiempo jugaba, en realidad, a su favor) y éste se vio obligado a colaborar con Milans a quien, por lo demás, admiraba.

Pero existía todavía otro grupo militar formado en torno al general Alfonso Armada ( y vamos por el cuarto). Cuando salía a relucir el nombre de Armada, la primera idea que afloraba era la de “hombre del rey”. Y, en realidad, lo era aunque quizás no tanto como él creía. Para Armada lo esencial era “salvar a la monarquía” de aquel caos en el que se había convertido la transición (mitología piadosa sobre su carácter modélico aparte) y es posible incluso que albergara la secreta esperanza de acabar sus días como presidente del gobierno. A pesar de haber sido, como Milans, ex combatiente de la División Azul, todo induce a pensar que se trató de esos militares profesionales que fueron a combatir a Rusia, en parte para mejorar su carrera profesional, en parte como prolongación de la guerra civil y en parte como expresión de sus sentimientos anticomunistas. Las convicciones políticas de Armada parecían reducirse a una sola, la monarquía considerada como expresión de la gobernabilidad de un país. Su patriotismo, a fin de cuentas, era monárquico. Y de ahí no salía. Por los cargos que había desempeñado y por las amistades que solía cultivar allí donde pasaba, Armada tenía cierta relación con el mundo de la política y, más en concreto, con “políticos”, pero no puede decirse que tuviera una comprensión absoluta de lo que era la vida política en un marco democrático, ni siquiera de la pasta con la que estaban hechos los partidos políticos. A pesar de haber estado durante 17 años ejerciendo en Casa del Rey, cuando se convocaron las elecciones de 1977 cometió el error garrafal para un hombre de su posición de enviar cartas con el membrete de la Casa Real pidiendo el voto para Alianza Popular. Destituido ipso facto, terminó como gobernador convocando cenas polémicas en la capitanía general de Lérida y escalando luego a segundo jefe del Estado Mayor del Ejército. En las semanas precial al 23-F había militares que recorrían España y se entrevistaban congente que por algún motivo estaban en la agenda de Armada y les sondeaban –en algunos casos con poca sutileza- sobre cómo reaccionarían ante un intento de salvar la monarquía y el orden constitucional…

Lo que tenía en mente Armada era un puro desenfoque político que había salido como producto de las cenas que había convocado y de la gestión de los que sondeaban en su nombre. Si unimos que, en 1980, todavía, cuando un militar lanzaba alguna pregunta a un civil, suscitaba un temor reverencial o una fascinación incondicional, todos los consultados, tras la sorpresa inicial, respondían con palabras ambiguas y frases diplomáticas, intentando echar balones fuera mientras consumían el último cafelito necesario tras una pesada digestión. Manejando todos los datos así obtenidos –que ya eran de por sí de valor limitado y extremadamente subjetivos- y combinándolo con sus filias y sus fobias, Armada estableció su “proyecto”: frente al golpe militar-ultra de Tejero, frente al golpe militar-militar de Milans, Armada aportó a la “ciencia golpista” su idea de “golpe blando” que desembocaría en un “gobierno de concentración nacional” formado por políticos desde AP hasta el PCE. Pura ciencia ficción para los que leíamos –incluso en el exilio- todos los días la prensa, pero proyecto válido para quien se tenía por “hombre del rey”.

Aun fue posible identificar un quinto escalón golpista. Abreviando: el encabezado por el comandante Cortina, director de Operaciones Especiales del CESID, embarcado en la especial operación de organizar el no-golpe, o lo que hemos definido como el “golpe para acabar con todos los golpes”. Cortina y su hermano, hoy metido en temas de seguridad para variar, tienen una trayectoria sorprendente y fascinante. A poco de salir de la Academia Militar, donde puestos a coincidir, lo hizo con el futuro rey de España, Cortina se descolgó inexplicablemente adiestrando a un grupo de falangistas en las técnicas de la guerrilla rural. En aquel tiempo, era rigurosamente cierto que el castrismo (del que muchos dudaban todavía que se tratase de un movimiento comunista y al que veían como “patriotas cubanos y humanistas cristianos”) ejercía una particular fascinación en determinados ambientes falangistas universitarios. La mayoría de ellos terminarían retirados a sus negocios y una minoría en la izquierda comunista. El castrismo permitía a un falangista llegar directamente a la experiencia de la guerrilla rural sin pasar por la dura escuela marxista y esto fascinaba en la época también a este lado del Atlántico.

Aquel primer grupo formado por José Luis Cortina y su hermano mayor, Antonio, es tan dudoso como inexplicable. Era cierto que el caos ideológico de los medios falangistas a finales de los años 50 era indescriptible y los más inquietos seguían las evoluciones del nasserismo e incluso del FLN argelino. No importaba nada el que Narciso Perales uno de los cabezas visibles del falangismo de izquierdas hubiera optado por apoyar a la OAS  hasta las trancans en el caso argelino y otros de sus camaradas entregaran su apoyo y solidaridad al FLN sin importantes un pito el que ambos se mataran con sádico deleite (véase el artículo de infokrisis: “A la sombra de Franco” sobre la peripecia de la OAS en España).

Los alegres falangistas de Cortina (que entonces utilizaba el alias de “Restarazu” y su hermano el de “Roncal”, ambos de resonancias vascas) se entrenaban en la Casa de Campo  (sin armas no fuera que terminaran haciendo daño a alguien, pero sí sobre supervivencia en la montaña y preparación física para la guerrilla rural) y recibían formación sobre las distintas corrientes tercermundistas con las que los falangistas se sentían más identificados. Esto explica en parte el porqué unos años después y hasta la disolución de la Falange Española de las JONS (auténtica), el tercermundismo, con su carga de autogestión, antiamericanismo, ejerció una fascinación en la izquierda falangista.  Ahora ya sabemos por dónde había penetrado la idea. La semilla sembrada por los Cortina fructicó. Nunca sumaron más de 200 personas que utilizaban el nombre de Fuerza Social Revolucionaria (hasta incluso en siglas Cortina precedió a la izquierda falangista que tres años después, en torno a Perales, generaría el Frente Sindicalista Revolucionario, FSR) en sus planfletos, aunque entre ellos aludieran a “la familia”. Y también en esto Cortina tuvo algo de “adelantado”. Seis años después, el SEDEC generaba un argot “familiar” que yo creía tenía su origen en la serie británica Los Vengadores: San Martín era “madre”, la sede del servicio, “la casa madre”, Franco recibía el nombre reverancial de “padre” y los colaboradores eran “los primos” (y quizás, nunca mejor definidos).

El grupo estaba dirigido por los dos Cortina y un tercer personaje, no menos misterioso, Esteban Sierra Muñiz, que vivía en Francia y en el curso de la peripecia de este grupo contactó con Julio Alvárez del Vayo, capitoste republicano en el exilio y que aparecía como ingrediente esencial en todas las salsas antifranquistas de la época, contra más extremistas mejor. Del Vayo -del que Azaña dijo que era un “tonto con ideas” y en eso seguía- había ido creando grupos atrabiliarios: que si Tercera República, que si el Frente Español de Liberación Nacional… y en eso estaba cuando Sierra Muñiz lo contactó en París.

Dado que el grupo era casi una “empresa familiar” de los Cortina no era raro que otro de sus dirigentes, Fernando Cadarso, estuviera también emparentado con ellos.

El grupo funcionó hasta 1965, fecha en la cual, los Cortina se desentienden y cada miembro adopta posiciones personales: unos terminarán en el FLP, otros en el PCE, otros en el FSR de Perales y, como siempre, la mayoría en casa. Algunos de ellos empezaban a sospechar en aquellas fechas que había algo que no estaba claro en el grupo. En Ciudad Real habían detenido a algunos miembros repartiendo panfletos y no había ocurrido absolutamente nada: ni paliza en comisaría, ni procesamiento por el TOP, ni siquiera hábiles interrogatorios. Eso ocurría en 1964. En junio de ese año, la policía desarticulaba al pequeño grupo de Alvárez del Vayo, responsable de haber colocado medio centenar de petardos verbeneros en Madrid firmados por el FELN. El principal detenido era un pobre diablo que había asumido el pomposo alias de “coronel Montenegro”, de verdadero nombre Andrés Ruiz Márquez, que después de su proceso –en el que salvó la vida por los pelos- reconoció que le habían atribuido muchos más petardos de los que él había colocado. La noticia de la desarticulación informaba de que en el “piso franco” se había encontrado propaganda del PSOE y de la Unión Democrática Española. La última aventura política de Alvárez del Vayo merece conocerse: se integró con armas y bagajes (es decir con su propia y pesada humanidad) en el Frente Revolucionario Antifascista y Patriota (FRAP), promovido por el PCE(m-l), a su vez, promovido por la CIA dentro de la Operación CHAOS (para quien le interese escarvar algo en este vidrioso asunto le recomendamos la lectura del artículo publicado en Infokrisis “Operación CHAOS” en la serie sobre la revolución de mayo del 68: artículo sobre la Operación CHAOS y artículo sobre el FELN, el PCE(m-l) y el FRAP).

Hay una serie de consideraciones que se imponen: Cortina, nada más salir de la Academia Militar debió integrarse ¿en el precedente del SECED? ¿en la Sección Segunda del Estado Mayor? ¿en alguna estructura de inteligencia internacional dirigida desde los EEUU? Es seguro porque a ningún militar en activo y con una prometedora carrera por delante, se le podía ocurrir, mucho menos en pleno desarrollismo franquista de los primeros años 60 la “portentosa” idea de construir una “guerrilla rural” tercermundista en plena sierra madrileña… salvo que lo que pretendiera con ella fuera contactar con grupos de la oposición democrática, radicales pero inanes de militancia en el interior (como era el FELN y las demás construcciones de Alvárez del Vayo). Es posible incluso que los Cortina crearan una estructura propia vinculada a la OTAN, como existía en otros países europeos, de carácter clandestino, oficialmente creadas –como la Red Gladio- para responder a una hipótesis de toma del poder por los comunistas en Europa Occidental, pero también y sobre todo, para encubrir otras operaciones que, en el caso italiano tuvieron que ver con las “strage di stato” (los atentados criminales organizadas por centros integrados en el Estado). Si nos equivocamos, desde luego, no debe ser por mucho. El inequívoco aroma de los servicios de inteligencia era perceptible en el entorno de Cortina desde el momento en que recibió el despacho de tenientillo recién salido de la Academia. No es raro que acabara como jefe de Operaciones Especiales del CESID y que su figura apareciera transversalmente en los episodios del 23-F.

La prensa democrática dudó tras el 23-F de la gestión de Cortina, e incluso cierta prensa lo presentó como un ultra más, quizás más ambiguo que otros, pero tan comprometido con el golpe como Tejero, pues no en vano era él, Cortina quien “presionaba” para que el golpe fuera lo antes posible. Personalmete creo que es todo lo contrario. Cortina recibió una orden: trabajar para la desarticulación de todas las redes golpistas. Y cumplió la orden aun a sabiendas de que su carrera militar quedaría requemada para siempre y que le esperaban unos años de cárcel junto a la misma gente que había precipitado al basurero de la historia. Si la democracia consiguió estabilizarse finalmente, debe mucho más al comandante Cortina Prieto que a la clase política coriácrea y otortunista que gestionaba España en aquella época, parte de la cual, sin duda, en caso de triunfar el golpe, se hubiera sumado entusiásticamente abordando el camino opuesto al que había seguido desde el 20-N de 1975 hasta el 23-F de 1981. Quizás, el tributo que tuvieron que pagar los Cortina fue su padre murió calcina en un incendio generado en el mismo lugar donde Tejero afirmó que se había entrevistado con él poco antes del golpe. Cortina fue quien instigó a Tejero a que entrara él, no otro, él, el Guardia Civil más conocido por toda España, en el parlamento…

Ah, se nos olvidaba, dos antiguos miembros de la improbable “Fuerza Social Revolucionaria” formada por los Cortina declararon en el Proceso de Campanento por los hechos del 23-F a petición del abogado del comandante Cortina. Se trataba, precisamente, de Fernando Cadarso, el “tercer dirigente” del FSR que declaró que había cenado con Cortina en el Vips de Velázquez el día 20 de febrero y permaciendo junto a él el día siguiente en Alcalá… sin que nadie más, claro está, pudiera atestiguarlo. El otro testigo de Cortina, no era sino Esteban Sierra Muñiz, “el hombre del FSR en el exterior”, el encargado de contactar con Alvárez del Vayo en los años 60, tercer dirigente del FSR. Lo dicho: Cortina formó una red propia de inteligencia al salir de la Academia Militar que seguía en pie en febrero de 1981 y a la que recurrió en el Proceso de Campamento para afirmar su coartada.

Estas cinco redes (la de Tejero, la de Milans, la de San Martín, la de Armada, la de Cortina) cada una de ellas tenía su propio proyecto político. Cada una miraba de aprovecharse de las demás. El de San Martín era, sin duda, el más peligroso, porque suponía presionar con la amenaza de golpear, es decir, lograr una situación favorable sin necesidad del espectáculo de los tanques en la calle. Pero solamente una de estas redes era transversal y tenía cumplida cuenta de todo lo que ocurría en las demás: la de Cortina. Y su proyecto era, simplemente, el no-golpe o como hemos dicho “el golpe para acabar con todos los golpes”. Fue éste quien se llevó al gato al agua.

Manolo Vázquez Montalbán nos unión inesperadamente a Cortina y a mí en un libro de entrevistas que tuvo cierto éxito en la época. Fue hacia 1984 cuando, Vázquez Montalbán empezaba a tener fama de buen gurmet y fabricaba casi en serie novelas negras basadas en el personaje de “Pepe Carvalho”. Aprovechando su tirón, Editorial Planeta le encargó un libro de entrevistas que deberían tener lugar en restaurantes. El libro se tituló “Encuentros con gente inquietante”. A Cortina le correspondía, por supuesto y por derecho propio, unas páginas en ese libro. Y a mí, por algún motivo que no logro explicarme (pero Manolo Vázquez insistió), otras. Mi entrevista fue posterior a la de Cortina. así que conozco las conversiones de éste con el autor.

Nos reunimos en el “Yamadori”, el primer restaurante japonés establecido en Barcelona, a propuesta mía y Vázquez Montalbán tuvo la humorada de titular mi entrevista: “Ernesto Milá: reconozco mi militancia pasada en la ultraderecha”, añadiendo como subtítulo gastronómico: “Me gusta la carne cruda”, cosa, que, por lo demás era rigurosamente cierto en la época y sigue siéndolo quizás como tributo al primitismo cromañoide que todos llevamos dentro. Parte de aquel encuentro con Vázquez Montalbán lo dedicamos a hablar sobre Cortina. Vázquez había quedado intrigado por algunas declaraciones y comentarios que le había realizado Cortina, así que buena parte de la conversación (que no fue, por supuesto, reflejada en la entrevista publicada) giró en torno al 23-F. Hay que recordar que en aquel momento, Vázquez Montalbán seguía siendo miembro del Comité Central del PSUC lo que no fue obstáculo como para que de aquel encuentro surgiera una buena amistad que se prolongó hasta su trágica muerte en un aueropuerto del Sudeste Asiático.

A pesar de que en el libro aparecían otros personajes de máxima relevancia en la política nacional y catalana (desde Anguita, entonces oscuro alcalde de Córdoba, hasta Alfonso Guerra, omnipotente y omnipresente vicepresidente del gobierno y desde el financiero Olarra hasta el periodista Xavier Vinader) en varias ocasiones, entrevistas y conferencias convocadas para apoyar el lanzamiento del libro, Vázquez explicó que dos personajes le habíamos llamado particularmente la atención (y, por lo demás, así se refleja en las páginas del libro), Cortina y yo, porque detrás era difícil saber qué es lo que pasaba realmente por nuestra mente. En cuanto a Cortina era evidente que aludía a su gestión desde que salió de la Academia Militar hasta que compareció en el juicio de Campamento, y en mi caso porque la figura del ultra que desde la izquierda se habían forjado, contrastaba con lo que se había encontrado al otro lado del plato de carne cruda. Por lo demás, mientras Cortina era un manipulador nato, y siempre terminaba dando forma  a la realidad (la que encontraba o la que él mismo creaba) en beneficio de las órdenes recibidas; yo en esa época ya había asumido el Zen como norma de vida (no era por casualidad que aquel primer encuentro tuviera lugar en un restaurante japonés) y empezaba a estar convencido de que el vacío era la forma y la forma el vacio y que, a la postre todo era vanidad de vanidades.

El 23-F fue eso precisamente, una vanidad de vanidades, en la que seguramente el más desinteresado era el comandante Cortina que había aceptado conscientemente inmolar en holocausto su carrera militar, para cumplir la orden recibida de “organizar un golpe para acabar con todos los golpes”. No puedo sino expresar cierto respeto por aquel que es capaz de imponerse a compañeros de armas, asumir voluntariamente meses de cárcel, ser señalado con el oprobio general por buena parte del estamento militar, incluso haber perdido a su padre en un incendio que tenía todas las trazas de ser una venganza. Con Cortina no vale aquello de si era “bueno” o “malo”, sino que la calificación que le corresponde es la de “grande” de la inteligencia española, indudablemente de una inteligencia y una capacidad muy superior a la del resto de militares que se vieron implicados en los sucesos del 23-F, salvo quizás San Martín.

Pero esa admiració que puedo sentir hacia el trabajo desempeñado por Cortina en aquellas fechas no basta para borrar de mi recuerdo ni el asesinato de Juan Ignacio González Ramírez, ni el hecho de que, por puro oportunismo de aquellos años, los mismos que asesinaron a Juan Ignacio emplearan de manera desaprensiva la infamia de relacionar mi nombre con el atentado de la rue Copernic.

A la vista de todo lo expuesto hasta aqui, puedo afirmar que en los sucesos que llevaron inexorablemente al 23-F se produjeron varios muertos. Uno de ellos fue mi amigo y camarada Juan Ignacio González Ramírez. Es el único asesinato cometido en la transición que sigue impune. Pero no hay ni un solo juez estrella interesado en reabrir al caso…

© Ernesto Milà – Infokrisis – Infokrisis@yahoo.eshttp://infokrisis.blogia.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar procedencia.





Ultramemorias (VIII de X) Visicitudes políticas en la transición ( y 4ª parte). Los flecos de la transición

3 06 2009

El 23-F no estaba previsto para ese día sino para unos días antes, cuando tuvo lugar el debate sobre la muerte del etarra Arregui. Esa tarde, el dirigente del Frente de la Juventud que había mantenido contactos con el entorno de Tejero que compartía celda con Pepe de Las Heras, le comentó a este que “esa tarde habría un golpe en el parlamento”. No ocurrió nada, pero unos días después, Pepe, que no creía en la parapsicología entendió lo que había ocurrido.

Aquella tarde del 23-F había regresado a Francia y me encontraba en el Château du Reveillón; fue sobre un pajar, en la más idílica de las situaciones, como me enteré de lo que estaba pasando. Todos esperábamos un golpe, pero no de esas características, ni con Tejero como protagonista. Era inútil preocuparse: aquello estaba llamado a fracasar desde el primer momento sin necesidad incluso de que el ray lanzara un tardío mensaje para que las pocas tropas que habían salido a la calle volvieran a la placidez de los cuarteles para salir solamente en días señalados de desfiles o simplemente para el desguace.

A partir de ese momento, ya no tenía sentido ni aludir a la “estrategia de fractura vertical dentro del sistema”, ni apelar al mucho más pedestre golpismo. Había terminado una era y el remate final fue la presentación de “Solidaridad Española” a las elecciones. No fue solamente este acontecimiento el que precipitó la debable electoral de la ultraderecha que desapareció para siempre del parlamento y poco después fue desapareciendo, cada año un poco más, de las calles. Tal como le había dicho a Blas Piñar unos años antes, a partir de 1988, el 20-N se podía celebrar en un teatrito de aforo medio. Fuerza Nueva había visto como sus mejores elementos hacñian mutis por el foro tras el Caso Yolanda. Falange Española estaba envejecida y no porque un venerable abuelete estuviera al frente, sino porque la ideología, la estética, los símbolos del partido, tenían ese inequívoco aroma de naftalina que la inhabilitaba para jugar un futuro incluso dentro de la misérrima ultraderecha. El Alcázar desaparecería solo tres años después cuando las ventas habían descendido a lo que correspondía por la calidad redaccional del diario y las deudas se había disparado a medida de la irresponsabilidad de Antonio Izquierdo. La Confederación de Combatientes se convirtió en habitual en los obituarias y bruscamente los lectores de Fuerza Nueva empezaron a advertir que, en cada número, las páginas que daban cuenta de los fallecimientos de afiliados y camaradas, iban en aumento. En pocos meses, los locales de ultraderecha o fueron desalojados por impago o simplemente se vaciaron de militantes. Y lo peor quedaba por llegar.

Blas había perdido el acta de diputado y se sentía inseguro. Temía ser “el nuevo José Antonio”. No dudaba que los socialistas harían lo mismo con él que en 1936 hicieron con el fundador de la Falange: detenerlo primero, procesarlo después y, fusilarlo, finalmente. Era una opinión muy extendida en la época entre algunos dirigentes ultras de edad. Unos camaradas de Zaragoza que habían visitado a Milans del Bosch en el penal militar no pudieron por menos que sorprenderse cuando el espadón les comentó entre triste y meditabundo que estaba en paz con dios y preparado para ser fusilado por los rojos. Supe el estado de ánimo de Blas, tras la visita que éste realizó a David Martínez Loza, que durante un tiempo estuvo en la cúpula del partido y que el Caso Yolanda había llevado a la cárcel de Meco, donde lo conocí. Cuando eso ocurría, a mediados de febrero de 1983, Blas ya había disuelto Fuerza Nueva, sin apenas resistencias. Solamente, el presidente del sindicato Fuerza Nacional del Trabajo, Jaime Alonso, intentó continuar pero ante el desconsuelo general hubo que reconocer la realidad: un partido cuyos delegados provinciales son elegidos a dedo, sin más programa que la fidelidad a Blas y que estaba a lo que dijera Blas, a la postre, no era nada sin Blas.

El partido murió por los errores de conducción política cometidos entre 1975 y 1982. Siete años de errores y desenfoques, finalmente se pagan con la extinción. Hubo incomparablemente, mucha más pena que gloria. De hecho, no hubo nada que pudiera considerarse glorios. El discurso de disolución de Blas fue un despropósito y dijo aquello famoso de que “la iglesia nuestra madre nos ha abandonado, la patronal nos ha abandonado, los militares nos han abandonado”. Olvidó decir algo que era mucho más importante: los electores le habían abandonado, especialmente porque no supo seducirlos. No hacía falta que le abandonara nadie más. Por lo demás, si Blas no se había enterado todavía que la Iglesia estaba en otra órbita y que prefería apoyar a las democracias cristianas europeas y de paso sancionar la separación Iglesia-Estado, si a esas alturas no había advertido que el 23-F generaba una situación nueva en el estamento militar y que el propio Franco se había declarado “apolítico”, o si desconocía finalmente que la patronal intentaba solamente realizar nuevos negocios al calor de Europa y que para eso era preciso un marco democrático formal… es que Blas no se había enterado de lo que estaba pasando en España en aquellos años.

Las “masas oceánicas” se disolvieron en la nada y se dieron de alta como votantes entusiastas de Fraga, el hombre que había impuesto en los pactos de la transición el “nada a mi derecha”. Por aquellos días andaba leyendo un libro fundamental, La contrarevolución de Tomas Molnar que venía al pelo para interpretar lo que había ocurrido. La tesis de Molnar era que los conservadores, en momentos puntuales de su trayectoria se enfrentan a la necesidad de realizar reformas y es el momento en el que pueden hacerlas. Pero la “reforma necesaria” habitualmente es desestimada por los conservadores que, a fin de cuentas están preocupados sólo por “conservar”, no por “reformar”. El paso del tiempo hace que esas reformas necesarias lo sean cada vez más, pero llega un momento en el que ya no son posibles de realizar. El esquema de ese brillante pensador católico que, a fin de cuentas es Tomas Molnar, podía aplicarse a Fuerza Nueva con singular precisión: entre 1975 y 1982 (y desde luego muy claramente entre 1977 y 1979) el partido tenía la entidad suficiente para liderar a la ultraderecha, romper la unión de “los siete magníficos” y con ello la hegemonía de Fraga en la derecha liberal y construir un partido moderno similar al MSI… cuyo avatar gobierna hoy en Italia. Pero para ello era preciso abordar en 1975, o como máximo en 1977, “la reforma necesaria”: Blas lo podía hacer. Esa reforma consistía en desmilitarizar el partido, convertir a las centurias de Pancho Villa en asociaciones de jóvenes que hicieran trabajo político en la universidad, en las escuelas, en los centros de formación profesional, en las calles. Dejarse de mirar hacia atrás y hacerlo hacia el futuro. Disminuir la tensión religiosa del partido y aumentar la tensión política en su interior. Crear una escuela de cuadros Estructurar un programa político, una estrategia electoral en la que todo lo que no estuviera destinado a ganar elecciones fuera erradicado del partido, todo militante conflictivo o que no se adaptara al “nuevo curso”, expulsado… para eso estaba el Frente de la Juventud, para agrupar a los más exalados, a los disidentes y disconformes, a los turbulentos y a los que tenían ganas de activismo permanente y bronca segura…, pero ello implicaba deshacerse de miles de militantes y, sobre todo, tener el valor para hacerlo. No se hizo. Se creyó que las “masas oceánicas” seguirían plantificadas cada 20-N en la Plaza de Oriente y, lo peor de todo, que el Espíritu Santo proveería de éxitos. En política, eso no suele dar resultado. Y aquí, a pesar de la fe de Blas y de su círculo más íntimo, por supuesto, tampoco lo dio.

Tras el caso Yolanda, la reforma del partido era urgente… pero ya no era posible. Se había ido demasiada gente por la vía de la escisión o del “ahí te quedas”. Ya  no había nada que hacer. La gente con ideas estaba fuera del partido. Dentro quedaban chicos jóvenes, probos militantes, hombres y mujeres de fe, admiradores incondicionales de Blas, despistados varios y gentes de paso.

Tras el anuncio de la disolución de Fuerza Nueva se crearon asociaciones provinciales con los simpatizantes que decidieron seguir en activo. No estaba claro para qué iban a servir aquellas cuarenta y tanas siglas, pero como el partido estaba formado a imagen y semejanza de Blas, todos pensaron que Dios proveería y que Blas sabía lo que hacía. En Barcelona se creó la asociación “Adelante España”, siglada ADES… Nosotros bromeábamos con esta sigla en un momento en el que la televisión pública emitía una serie japonesa abrakadabrante en la que el malvado residía en el Hades, del que se decía que era “el reino de los muertos”. Nosotros calificábamos al otro ADES de “reino de los muermos”, hasta que finalmente, comprobé que servía de poco hacer la guerra y escarnecer a una asociación compuesta, en general, por buenas gentes cuya única falta era ser políticamente inoperantes.

En cuanto al Frente de la Juventud, murió con la redada del 14 de enero de 1981. El golpe fue demasiado fuerte como para que la estructura madrileña resistiera. Los que no se dejaron coger, se exiliaron y muchos se hicieron olvidar. La militancia se dispersó en cuanto la columna vertebral del Frente terminó en la cárcel. Nadie podía reprochárselo. Sólo unos pocos prosiguieron la lucha, entre ellos, Luis Pineda a quien ví un año después del 23-F cuando retorné del exilio. “Luispi”, se había hecho cargo del Frente en un clima de derrota generalizado. Habia militantes conscientes de que cuando se viera el juicio terminarían con años de cárcel a la espalda y no estaban dispuestos a dejarse coger. Era urgente sacarlos del país y proveerles de documentación falsa. Luego era preciso reforzar el Frente, adicionando pequeños grupos activistas que se habían ido desgajando de Fuerza Nueva. Ví a algunos de estos grupos. En general, eran patéticos. Uno de ellos, creo recordar que se llamaba “Legión Azul”, estaba formado por una docena de chavales escindidos de un  grupo de distrito de Fuerza Nueva en Madrid a la vista de que les habían prohibido utilizar una bandera en la que habían bordado no se qué inconveniencia. Ellos se fueron con la bandera y todo el problema que tenían era si el Frente les autorizaría a llevar de nuevo esa misma bandera. Eran solo un ejemplo entre muchos del nivelazo político generado por Fuerza Nueva, a la altura del betún o quizás algo inferior.

Me entrevisté con el comandante Sáez de Ynestrillas. La persona que hacía de intermediario era consciente de que yo me encontraba en busca y captura. Sin embargo, el comandante sugirió que el encuentro tuviera lugar en su casa. Le dije al intermediario que eso era imposible, que seguramente la casa estaría vigilada. Así que el intermediario volvió a ver al comandante y éste me citó en el bar de debajo de su casa. Nuevamente  envié al intermediario para volver a quedar con el comandante y decirle que un coche pasaría ante su domicilio para recojerlo y luego, cuando comprobaran que no estaban seguidos, recojerme a mí. Y así se hizo. La entrevista tuvo lugar, pues, dentro de un vehículo.

Le pregunté al comandante si podía resumirme el estado de ánimo había de las Fuerzas Armadas. Fue entonces cuando me dijo aquello de que los militares escupían a monedas con la efigie del rey y luego las arrojaban al suelo y las pisaban. Lo vi muy exaltado y lo que me contaba tenía muy poco que ver con lo que ya había leído y lo que sabía por otras fuentes. En ese momento, Ynestrillas y un pequeño grupo de militares (entre los que, incluso, había algún general) seguían viéndose, animados y arropados por los últimos mohicanos del golpismo. Se sentían muy cerca de la ultraderecha y no habían dudado en dar una cantidad de dinero para que el Frente de la Juventud realizara una movilización ante el parlamento en el primer aniversario del 23-F.  La conversación debió durar 45 minutos, pero a los 10 mis temores se habían confirmado: del golpismo no quedaba nada, salvo ese pequeño grupo que sería desarticulado en cuando el ministerio del interior juzgara conveniente.

Le comenté que trabajaba en el Servicio Americano de Noticias (SAM-News), la agencia de prensa norteamericana que emitía en lengua castellana. Su fundador, Nemen Nader, un aventurero dominicano de vida increíble y extremadamente representativo del desmadrado carácter caribeño, había creado desde Miami una estructura de prensa e información que remitía noticias a todos los medios de prensa iberoamericanos. Nosotros habíamos trabajo juntos en varios países así que durante mi estancia en Bolivia había colaborado con la agencia y hecho buena amistad con Nader. Éste realizó una ampliación de capital de la empresa y nuestra red compró algunas acciones que se pusieron a nombre de mi esposa. Por otra parte, en Iberoamérica había conocido a la red de Moon, cuyo “hombre político”, Bo Mi Pak disponía de un pequeño imperio de prensa editada en castellano en los EEUU con dos diarios, en Washington y California. Pak había estado en Bolivia después del golpe de julio de 1980, junto con un grupo de periodistas de su grupo. Poco después, su delegado en Perú me mostraba algunas fotos tomadas por satélite de las zonas en donde se encontraban campamentos de una guerrilla entonces desconocida para la opinión pública, Sendero Luminoso.

Le ofrecí al comandante Ynestrillas que si necesitaba algún canal para difundir información periodística podía hacérmela llegar a SAM-News y a partir de ahí la repicaría en todos los medios en lengua española contactados. Ynestrillas me miró como si me hubiera bebido el entendimiento y me contestó que ellos ya contaban con El Alcazar y que por tanto no era preciso el apoyo de una agencia de prensa extranjera. Quedaba poco de lo que hablar, desde luego. Nos deseó suerte para la manifestación del 23-F y ahí quedó todo, como una conversación que me reveló que no quedaba absolutamente nada en pie de las redes golpistas de otro tiempo. Unos años después era asesinato por ETA.

Este grupo de militares solía reunirse en una tienda del pasaje situado en la calle de la Montera, donde un antiguo miembro de Fuerza Nueva, de los que estaban en el partido antes incluso de que se constituyera, cuando sólo era un círculo de simpatizantes formado en torno a una revista, un tal Llopis. Supe, por Antonio Assiego, años después, que todas las conversaciones que habían tenido lugar en aquel local, habían sido grabadas por la policía. Era algo normal. A fin de cuentas,  en 1982 ya quedaban pocos golpistas en activo y, se trataba, como en el caso de Ynestrillas de gente muy conocida por lo que lo más normal era que estuvieran vigilados todos sus movimientos… pero ¿por qué no los desarticulaban? En realidad, nadie saldría ya a defenderlos.

Esperaron a detenerlos hasta el 28 de septiembre pocos días antes de las elecciones que dieron la victoria a los socialistas. Recuerdo que acababa de regresar de Colombia ese día y compré en el aeropuerto El Noticiero Universal, el último diario barcelonés de las tardes. La noticia se titulaba: “Ante la posible victoria socialista: ruido de sables” y, a continuación se daba cuenta de la desarticulación del grupo golpista. Para la UCD, la desarticulación de este grupo era la última posibilidad de ganar las elecciones. Ante unas encuestas completamente desfavorables, la esperanza era que el electorado se replanteara su voto a la vista de que esta conspiración providencialmente descubierta parecía indicar que los cuarteles volvían a sentirse levantiscos y no tolerarían una victoria socialista. Era falso. En aquel momento, los cuarteles ya eran una balsa de aceite. El castigo ejemplar a unos cuantos mandos militares por los sucesos del 23-F, había inducido a la casi totalidad del estamento militar al silencio y a aceptar los valores democráticos. Las conspiraciones para todos ellos habían quedado atrás. Se había dejado a un grupo de incautos que siguieran creyendo que “conspiraban” (ya he comentado que vinieron a Barcelona a repartir alcaldías…), teniéndolos completamente cercados y vigilados hasta la saciedad y la detención se operó unos días antes de la elecciones, cuando más convenía a Interior todavía gestionado por UCD. Era una desarticulación-farsa, pero ¿qué importaba ya?

*         *        *

Pasó el tiempo, fui detenido en Barcelona, juzgado, condenado y extinguí mi condena de dos años por “manifestación ilegal”. Lo iniciado en junio de 1980 cuando salté por la ventana de mi casa mientras la policía entraba por la puerta, había terminado. Siete años duros e intensos. Los había superado y me habían enseñado mucho. En 1987, me vino a ver Bernardo acompañado por un ultra ilustre a quien todavía no había conocido, pero sí oído hablar de él. Se trataba de Antonio Asiego. Asiego se había configurado como el “hombre de confianza” de Tejero, de la misma forma que Bernardo ocupaba la misma plaza en Catalunya. Me fui con ellos a ver a Tejero a la sazón preso en el castillo de Figueras.

Durante el viaje de ida, Asiego me puso en antecedentes. Poco antes había resultado detenido el coronel De Meer, del que decía que era íntimo amigo suyo. Se acusaba a De Meer entre otras cosas de haber viajado a Libia y Asiego me comentaba que él acaba de regresar de allí e incluso que se había entrevistado con el coronel Gadafi. No entendía todo este trasiego de ultras a Libia, un régimen que, por lo demás, había sido bombardeado pocas semanas antes por los norteamericanos y que era cualquier cosa, menos un régimen ultra. Era cierto que uno de los capitostes de la prensa ultra de la época, el director del efímero El Heraldo Español, había estado próximo a Gadafi y se constituyó como polo difusor de El Libro Verde, escrito por el exótico coronel librio. Pero, de ahí a pensar que Gadafi, recién bombardeado el palacio de Trípoli estaba para recibir a Asiego, había un trecho que el ex dirigente del sindicato de Fuerza  Nueva no dudaba en recorrer a velocidad endiablada.

“¿Dónde os reunisteis?”, le pregunté: “En una jaima en el desierto”, me contestó Assiego. “¿En qué idioma hablasteis?”, insistí recavando datos de una reunión que me parecía pura fantasía: “En castellano, por señas, Gadafi me decía: tú eres medio moro, moreno, como yo, si somos lo mismo…”. Aquello era completamente increíble. Asiego aderezó la fantasía con algún detalle aún más chusco. Dado que durante la hora y pico que iba a prolongarse el viaje era preciso mantener la calma (no era cuestión de llegar a Figueras con un Assiego enfurruñado porque le hubiera llamado mentiroso) cambié de tema por que todo lo de Gadafi y de Libia era absolutamente enfurecedor.

Tejero se movía como pez en el agua en sus las dos habitaciones en las que estaba didivido su “celda”. Era un entorno gris, mal iluminado, con ventanas minúsculas, pero nada que ver con la cárcel Modelo de la que acababa de salir. Allí estábamos hacinados cinco personas en un espacio de apenas 12 metros cuadrados y por no haber ni siquiera las ventanas tenían vidrios, ni marco de madera. El espacio en el que se movía Tejero debía tener en torno a 45 metros cuadrados, modestamente amueblado, como cualquier otra de las viviendas militares que había visto en cuarteles. Un ordenanza seguía tratándolo de “mi teniente coronel” y la puerda de la “celda” estaba abierta a voluntad. Las condiciones de su detención eran benignas (luego se endurecieron cuando fue trasladado a otro penal militar).

Había ido para hacerme una idea de cómo era el teniendo coronel Antonio Tejero Molina. Teníamos conocidos comunes, incluso un compañero de su promoción, amigo personal suyo que formaba parte de “los tres antonios”, mi conocido, Tejero y el coronel Antonio Pastor, durante un tiempo jefe de la Guardia Civil en Tarragona, famoso por haber desarmado a hostia limpia a un atracador que retenía a unos rehenes y exigía hablar con alguien con mando para negociar la salida. El choro tuvo la desgracia de tener enfrente a un oficial bragado y poco dado a contemplaciones. El otro teniente-coronel en excedencia, era Antonio Segura, cuyos hijos habían militado en el FNJ. Por algún motivo, durante mi detención, la policía barcelonesa se empeñaba en que yo trabajaba para redes anti-ETA que habrían operado en el País Vasco y sostenían –la ignorancia siempre es audaz- que era el teniente-coronel Segura quien me habría metido en ese berenjenal. Si era amigo de Tejero –y eso le constaba a la policía- debía ser necesariamente un golpetero más. No era tal. Se había orientado más bien por el camino del marketing y la empresa en donde había destacado. Me había dado algunos datos sobre Tejero a quien apreciaba, pero quería hacerme una idea propia de cómo era y si la situación lo permitía plantearle alguna custión sobre el 23-F que se me escapaba.

Me encontré a un hombre directo, de los que miran a los ojos no tanto inquiriendo de qué vas o lo que hay tras de ti, sino para mostrar una actitud abierta y sencilla, sin dobleces.  Se me antojó como el anti-Cortina. Hombre directo, me dio la impresión a lo largo de toda la conversación de que era alguien para quien el ego no existía, extremadamente generoso, buen padre de familia, y que llevaba a España (o al menos el concepto que él se hacía de España y que entroncaba con los valores militares enseñados durante el franquismo) hasta el tuétano. Me dio la impresión de ser un hombre extremadamente vivaracho, al que la cárcel, el juicio y los sucesos que había protagonizado no le habían amargado y si por algo sentía su situación era especialmente por su esposa y sus hijos. También me dejó la impresión indeleble de ser extremadamente confiado –mala virtud para quien realiza incursiones en el terreno de la política o del golpismo- y que confiaba excesivamente en la gente que acudía a verlo.

Y debo reconocer que para advertir esto último no tuve que seguir ningún curso de elaboración de perfiles. En realidad, la conversación tal como se planteó fue ilustrativa de este rasgo de la personalidad de Tejero. Abrió el fuego, Assiego con palabras crípticas: “He estado con Jaime en Galicia y me ha dicho que con doscientos millones se arregla…”. Tejero evidenció expresión de disgusto exclamando: “Siempre he dicho que Jaime es un soldado de fortuna”. Yo permanecía entre silencioso y extrañado, así que intervine: “Oye, disculpad si estoy fuera de juego, pero el tal Jaime…”, “Si, hombre, Milans…”, me atajó Assiego. Bien, ya sabía algo. Y entonces me lo explicaron todo…

Assiego había ido –mejor dicho, decía haber ido, lo que no es lo mismo- a Libia para pactar la creación de un gobierno español en el exilio radicado en ese país. El jefe de ese gobierno no sería otro que Jaime Milans quien, por lo que contaba Assiego, estaba dispuesto a solicitar el indulto real (algo a lo que se había negado hasta ese momento), pero pedía una compensación económica de 200 millones “para su mujer y sus hijos”, explicaba con una seriedad pasmosa Assiego.

Todo era absolutamente increíble. No solamente no podía ser cierto, sino que lo más increíble era que Tejero creyera en lo que le estaban contando. Manifesté mi escepticismo sobre esa posibilidad, pero Assiego insistía por activa y por pasiva, que había obtenido el permiso de Gadaffi. para acojer a Milans y asentar un gobierno ultra en el exilio.  Hubo un momento incluso que dudé si todo esto no terminaría siendo cierto; era demasiado absurdo como para que alguien hubiera podido inventarlo; recorde que, efectivamente,  no hacía mucho el coronel De Meer había sido procesado por ir a Libia sin avisar a sus superiores y porque Merino, el de El Heraldo Español era público y notorio que sí conocía a Gadafi y que había apoyado la causa del coronel libio en los ambientes ultraderechistas. Pero no, una enormidad como la formación de un gobierno español en el exilio era virtualmente imposible, se mirase desde el punto de vista que se mirase. Con otras frases crípticas, Tejero y Assiego aludieron a algunos conocidos comunes, y se pasó a hablar de otros temas completamente banales.

Tejero me explicó –Bernardo y Assiego ya lo sabían perfectamente- que cada semana acudían varios cientos de personas para saludarle, venían incluso en autobuses fletados al efecto desde los puntos más alejados de la Península, como si se tratase de una romería piadosa o de un viaje al Loudes de los devotos. Los otros dos confirmaban sus  palabras. Desde que estaba encerrado habían ido a verlo miles de personas. Le felicitaban como el “hombre que intentó salvar a España”, como “el mayor patriota”,  el que tuvo “los santos cojones de entrar en el Parlamento”… entonces entendí algunos de los silencios de Tejero.

Tengo la convicción moral de que en el curso de sus primeras semanas de detención, acaso por conversaciones con algunos de los procesados en Campamento por los hechos del 23-F, debió entender necesariamente que el golpe del 23-F había fracasado por que el Comandante Cortina, y seguramente algún otro, le indujeron a entrar él personalmente –él, el Guardia Civil más conocido de España- en el Congreso de los Diputados. Todavía hoy tengo la sensación –y los silencios de Tejero son elocuentes, así como su alejamiento del sector ultra- de que Tejero era perfectamente consciente de la importancia del error al que le había inducido aquel profesional de las operaciones especiales del que Vázquez Montalbán decía que era un cajón de doble o triple fondo.

El dilema que se le planteó, así pues a Tejero, durante su encierro,  especialmente cuando empezaron a acudir a la puerta de su celda admiradores incondicionales, era qué diablos explicarles a aquellas gentes, tan sencillas como él, tan directas y patriotas como él… que se había equivocado y que había sido por error la pieza clave del “golpe para acabar con todos los golpes”. ¿Cómo explicarles a todos aquellos cientos de entusiastas que el golpe había fracaso precismente porque él realizó la acción por la que venían a felicitarle, el “se sienten coño”, los disparos al aire, el empujón al odiado Gutierrez Mellado… algunos le decían que por qué diablos no había fusilado a Carrillo el verdugo Paracuellos, otros que si era verdad que varios diputados se habían cagado en el suelo, ¿qué podía decirles a todos ellos? Simplemente sonreír condescendientemente, mirarles a los ojos y decirles unas palabras sobre España y la necesidad de manterse firmes en su defensa. Ese era Tejero. Todavía estuvo cinco años más en la cárcel, poco a poco, el número de admiradores fueron descendiendo a medida que los grupos ultras se disolvían como un azucarillo y el régimen penitenciario se endurecía. No era ese estúpido desalmado y sin escrúpulos, esa mala persona tal como se le ha presentado, tan sólo era un patriota equivocado, que seguramente dejó de asistir a algunas lecciones sobre estrategia y que pagó su equivocación con  más de diez años de destrucción de su vida familiar y la pulverización de su carrera militar a la que hasta ese momento había dedicado su vida. Creo que si hace falta llegar al fondo de la cuestión –que ni remotamente se ha llegado- del 20-N es para que gentes como Tejero dejen de ser presentados como los “malos” del episodio, para ser vistos como chivos expiatorios de situaciones terribles en las que jugaron un papel que otros escribieron justo para llevarlos premeditamente al matadero.

La reunión con Tejero debió durar tres horas y todavía quedaba una hora y media más de viaje a Barcelona. Assiego siguió dando la barrila con que si Gadaffi por aquí, Gadaffi por allá, hasta que relajándome en el asiento de atrás del coche, le resumí la política libia en el Mediterráneo en aquel momento, favorable a un entendimiento con el gobierno socialista español. Le recordé las inmejorables relaciones de Felipe González con Libia, los encuentros comunes que habían tenido y la imposibilidad de que un gobierno español en el exilio terminase radicado en Libia. Así que no me lo creía. Assiego insistía y cuando ya faltaban pocos kilómetros para llegar a Barcelona, le planteé la prueba del nueve: si tan amigo era de Gadafi no le costaría mucho pedirle que me concediera una entrevista. Le dí incluso el nombre de un “fiador” italiano que podía responder por mí, un querido camarada de aquel país que, efectivamente, era íntimo amigo de Gadaffi. Nunca más, por supuesto, volví a ver a Antonio Assiego…

¿Qué había detrás de toda esta historia del “gobierno en el exilio”? Poco, seguramente. Tejero tenía la llave simbólicamente de la caja de una asociación de apoyo a las viudas y huérfanos de militares que durante años había acumulado una importante suma bancaria. Seguramente poner la mano en esa caja era lo que algunos pretendían. Siempre cerca de alguien fundamentalmente honesto existe algún chorizo.

Unos meses después, Bernardo, que para embarcadas era único, me llamó. Al parecer, Alberto Royuela, el conocido subastero vinculado a la ultra barcelonesa, le había comprado unos cuadros a Tejero y Bernardo se las arregló para incluir en el paquete los famosos autobuses comprados a Martín Berrocal. Desde 1981, esos autobuses habían permanecido en el patio de la Escuela de Guardias Jóvenes de Valdemorillos y la nueva dirección conminó a que alguien se llevara de allí a los “autobuses de Tejero”. Royuela aceptó comprarlos por un precio simbólico y allí estábamos nosotros, Bernardo, un chófer profesional y yo, para conducirlos a Barcelona. Otro ultra de pro, suficientemente conocido y asociado a la crónica negra de la ultraderecha de la época, Mariano Sánchez Covisa, ofició de intermediario. Covisa advirtió que los autobuses estaban muy mal y envió a un mecánico para que los reparan. La idea de Royuela era transformar los autobuses en un “museo del 23-F” en unos terrenos cercanos a Barcelona, en dirección al Prat. Covisa se mostraba escéptico sobre la posibilidad de que los autobuses llegaran a Barcelona. En realidad eran, en ese momento, un hierro inservible que no hubo forma de poner en marcha. No era solamente la bateria, y las luces lo que era necesario cambiar, sino que todos los mecanismos esaban literalmente agarrotados. Finalmente, Royuela consiguió traer uno o dos autobuses a Barcelona y allí se quedaron acentuando su proceso de oxidación y deterioro. Supongo que terminarían en algún desguace…

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Durante años, los sucesos de la transición prolongaron su impacto en muchos militantes del Fente de la Juventud. Abundaron los exiliados, los que huyeron para evitar el encarcelamiento, los que reconstruyeron sus vidas en países lejanos y permanecieron en ellos durante muchos años hasta que sus condenas prescribieron en nuestro país. Otros entraron en las cárceles por tiempos variables, alguno, a principios del milenio, todavía seguía envuelto en peripecias carcelarias. Los hubo que triunfaron en el mundo de los negocios, de la veterinaria, de la mecidina, del derecho y también los que murieron en el curso de atracos que ya no tenían nada de políticos, los que lucharon día a día para ganarse la vida en una España permanentemente en crisis y con altibajos, los que murieron oscuramente, los que no quisieron saber nada, ni teniendo las llaves para reabrir el sumario por el asesinato de Juan Ignacio Gonzalez Ramírez, prefirieron mantenerse fuera de la luz pública, dedicados a su profesión y a su familia. No voy a ser yo quien se lo reproche.

El Frente de la Juventud murió de la peor forma posible como suelen morir todas las organizaciones ultras: precedidas de una larga y lastimera agonía. Se reconstruyó en Barcelona y siguió actuando durante un par de años más. En Madrid, la manifestación convocada en el primer aniversario del 23-F acarreó una nueva oleada de detenciones que terminó de pulverizar lo poco que quedaba en pie. Cuando salí de mi prisión preventiva en Meco en junio de 1983, Luis Pineda había pactado la integración de los restos del Frente de la Juventud en un pequeño grupo azul que en aquellos momentos daba algo que hablar: el MOFE, Movimiento Falangista de España. El día que salí de Meco me dio la noticia: “¿qué te parece?”. Pues, francamente, como una mierda, pero sin el como, para qué nos vamos a engañar… Así murió el Frente de la Juventud

El 20-N de ese año fui a Madrid por nada relacionado con la política, a pesar de las apariencias, simplemente para resolver algunas cuestiones personales. De paso llevaba algunos documentos para camaradas del Frente que tenían que abandonar España inmediatamente. Lo primero que hice al llegar a Madrid fue entregar los papeles y volví al hotel sin intención de participar en la manifestación del 20-N. A eso de las 4:00 de la madrugada un grupo de ultras pasó por debajo de la ventana del hotel cantando el Cara al Sol. Dita sea, pensé, los hay incorregibles. Dos horas después unas voces histéricas aporreaban la puerta de mi habitación. Era la policía que me conminaba a abrir inmediatamente o dispararían. Así que a abrir me encontré dos cañones negros apuntándome a la cabeza: “oye, tranquilos que no tengo nada pendiente”.  Y ellos dos histéricos apuntándome y otros dos más también pistola en mano registrándolo todo. Yo a todo esto, brazos en alto y en pelotas, situacion comprometida donde las haya, especialmente con desconocidos. Me llevaron a la comisaría. Al parecer algún funcionario inútil se había olvidado de darme de baja en la lista de busca y captura. Cuando llené mi ficha en el hotel, sonaron las alarmas: “El Ernesto está suelto por Madrid, a por él que se nos escurre”. El interrogatorio se estaba poniendo duro porque me habían cogido ese día con poco sentido del humor y yo no hacía nada por aligerar  ni suavizar el tramite; la situación había conseguido cabrearme. Al ser fin de semana, en la Audiencia Nacional ni había jueces estrella, ni siquiera el botones Sacarino, así que tendría que esperar en los calabozos de la Puerta del Sol hasta que se abrieran el lunes por la mañana. Bonita perspectiva. En un momento dado, cuando las cosas se estaban torciendo en el interrogatorio uno de los policías me preguntó si yo tenía algo que ver con Mercedes Milá, que en aquel momento ya era una figura conocida: cuando les dije que era “mi prima”, todo aquel de gritos, amenazas, policía bueno, policía malo, policía pasota, desapareció: “¿Te apetece un bocadillo?”, “¿Y una cervezita?, vamos hombre, relájate”. Para aquel que lo ignore, no tengo la más mínima relación familiar con Mercedes Milá.

En Puerta del Sol la cosa andaba movidita aquella mañana. Me encerraron en una celda con un maño que había resultado detenido en la confusión al tener antecedentes por haber asesinado a alguien años antes en un rifirrafe que nada tenía que ver con la política. Luego empezaron a entrar detenidos ultras. Conocía a varios, entre otros a antiguos militantes del Frente de la Juventud de Navarra arrestados en el curso de los choques que habían tenido lugar esa mañana en el Barrio de Salamanca. Uno de ellos tuvo un destino inesperado. Pasado del Frente de la Juventud al mundo de las drogas, terminó en El Patriarca y se integró tanto que llegó a ser capitoste de  esta ONG en Centroamérica, participando luego en la pacificación de Nicaragua junto a las jerarquías de la Iglesia local. Hoy sigue por allí trabajando para NNUU. Los caminos seguidos por la militancia frentista, que no los del Señor, fueron, en cualquier caso, inescrutables.

Tal como correspondía, me soltaron el lunes a media mañana. Ni siquiera me interrogó juez alguno, simplemente un funcionario salió y me explicó que todo había sido un error, pero era imposible saber quién había cometido el error. Le dije de todo y creo que me quedé corto, incluso recorrí los pasillos de la Audiencia Nacional maldiciendo a diestro y siniestro, incluso a los policías nacionales que me habían llevado hasta allí y que encontré en la puerta.

En 2005 tuvo lugar la reunión de antiguos militantes del Frente de la Juventud en un acto de homenaje en el 25 aniversario de la muerte de Juan Ignacio. Organizado por un camarada  y amigo asturiano, Pedro Alonso, el acto consiguió reunir a lo esencial de la militancia frentistas, todos, eso sí, algo más canosos, tripudos y barrigones y algunos peinándose con gamuza. Intenté asistir, pero finalmente no pude. Fue la última manifestación del Frente de la Juventud. No creo que haya otra, pero si  la hay, sabedlo, mis muy queridos camaradas, no puede estar motivada más que para presionar en favor de la reapertura del sumario de nuestro amigo y camarada asesinado. Creo que es el último tributo  que le debemos al que fuera nuestro jefe indiscutible.

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Asi terminó para nosotros, la transición, con cierta amargura y con la resaca (judicial y carcelaria para unos,  o el  largo exilio para otros) en los años siguientes  a causa de los episodios que habíamos protagonizado. Era “la torna” como se dice en Catalunya. Personalmente intuía que, a partir de eso momento, del final de la transición, nada sería igual y que si la ultraderecha quería sobrevivir, de alguna manera tenía que hacer tabla rasa con todo lo que había sido hasta entonces. Esto es, dejar de ser ultraderecha.

© Ernesto Milà – Infokrisis – Infokrisis@yahoo.eshttp://infokrisis.blogia.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar procedencia.





Ultramemorias (IX de X). Entre la prolongada agonía y la renovación frustrada (1ª Parte) Un desmadre llamado Juntas Españolas

3 06 2009

La disolución de Fuerza Nueva precedió en un trimestre al final de mi clandestinidad y a mi detención. Había empezado ese período de clandestinidad en un momento en el que no faltaba ni militancia; volvía a la vida regularizada cuando los locales y las siglas ultras empezaban a vaciarse. Con otros camaradas que seguían en activo juzgamos que era cuestión de hacer todo lo posible por detener esta sangría y, en la medida de lo posible, recuperar espacio político. Nos decíamos en ese momento que la disolución de Fuerza Nueva no necesariamente debía de ser una catástrofe. El hecho de que un partido que se había adivinado caótico, inadaptado a la España de la transición, generador de tortícolis por su permanente mirada atrás, dirigido por una camarilla de devotos católicos antes que por lúcidos jefes políticos, no era malo que se hubiera disuelto. En realidad, a partir de ese momento, el peligro que habíamos considerado desde el arranque de la transición, a saber que la extrema-derechase se polarizase en torno a Blas Pilar, ya se había conjurado por vía del fracaso. Así pues, era posible operar sin la sombra políticamente paralizante de su nacional-catolicismo.

El problema era que aquellos siete años siete en los que Blas Piñar había sido el representante más acrisolado de la ultraderecha, habían terminado por deformar al ambiente, restarle su posibilidad de insertarse en la normalidad y en las instituciones democráticas y, finalmente, creado una imagen grotesca y desenfocada de lo que era un partido de la derecha nacional. Esa imagen era, sin embargo, la única referencia que tenía la mayor parte de la militancia y de las nuevas promociones que iban llegando. A pesar de la disolución de Fuerza Nueva y de la cáida en picado de la militancia falangista tras el 23-F, lo cierto es que el gusto por los uniformes y las formaciones paramilitares tardaron mucho en extinguirse. El patriotismo fuertemente modulado por el catolicismo ultramontano y el franquismo nostálgico siguieron siendo las únicas referencias “ideológicas” del sector. Separatismo, antiterrorismo y anticomunismo siguieron siendo los ejes políticos de un sector desnortado que no advertía que las cosas definitivamente habían cambiado (y de qué manera) desdiciendo la actualidad de todos estos temas: la constitución no dejaba margen para la separación de tal o cual parte del Estado, existían separatistas pero apenas eran sectores vociferantes sin apenas capacidad política; la próxima integración en Europa, entendida como “unión de Estados Nacionales”, cercenaba aún más posibilidades al separatismo. En la ultraderecha se seguía confundiendo regionalismo, nacionalismo y separatismo. En lo que se refiere al antiterrorismo, la ultra tampoco había advertido que habían concluido los tiempos en los que todo el problema era cómo justificar la puesta en libertad de los últimos etarras presos por delitos de sangre, mientras se ocultaban los crímenes de ETA, salvando la percepción tan voluntarista como errónea de a más democracia, menos terrorismo. Ahora, al frente de interior estaba un antiguo carlista de pocas ideas y muchas visceralidad al que le habían dado la orden de acabar con ETA y estaba contemplando como posibilidad la vía dura de la guerra sucia. En esos momentos, acabar con el terrorismo era la forma de mantener a la derecha calmada y a los poderes fácticos tranquilitos. Y finalmente estaba el anticomunismo propio de la ultraderecha gestado en los años en los que Santiago Carrillo tuvo un papel político muy superior a la dimensión que tuvo el PCE tras las elecciones de junio de 1977. El propio Carrillo estaba dando increíbles muestras de torpeza política –imposible considerarlas involuntarias- desmantelando el PCE y constituyéndose como el principal precipitador del goteo, convertido en riada, de militantes del comunismo a las filas socialistas. En cuanto a la ultraizquierda, los maoístas del PTE y de la ORT, ya se habían eclipsado en el PSOE. A eso se unían los primeros síntomas de que algo no iba bien en la URSS y que Suzanne Labin y otros sovietólogos de pro ya habían advertido que amenazaba de desplome. De seguir así, siguiendo con la obsesión anticomunista, la ultraderecha estaría en poco tiempo dando golpes en el vacío.

Sería completamente injusto atribuir a Blas la responsabilidad de que todo este cuadro se mantuviera tras su paso a segunda fila. Había otro responsable de que este proceso de deformación política se hubiera podido consolidar hasta el punto de ser irreversible durante mucho tiempo. Se trataba de Antonio Izquierdo que desde las columnas de El Alcázar seguía estimulando, como había hecho durante toda la transición, esa forma miope y alicorta de presentar a sus lectores a la extrema-derecha. Y ese era el problema, que caído Blas, Izquierdo tomó el relevo. Y en él había mucha más ambición que en el ya ex jefe de Fuerza Nueva, muchísima menos relevancia y capacidad política y social, una nula capacidad para comunicarse como orador e incluso la discreción de Blas se había convertido en mitomanía en un Izquierdo fundamentalmente liante. Por lo demás había que lamentarse de que aunque en lo personal yo no pudiera compartir el nacional-catolicismo de Blas, al menos él intentaba unir una fe profunda a una práctica política, mientras que en el caso de Izquierda cuestiono completamente que tuviera algo más que una patina ideológica muy superficial, en cualquier caso situada muy por debajo de su afán de supervivencia. Puede intuirse que mi relación con Izquierdo osciló en pocos meses hasta la más absoluta hostilidad. Ese período para mí fue el de Juntas Españolas, partido nacido muerto y que prolongó su vida de zombi durante casi una década.

Recuerdo que la primera charla que dí a unos 60 ó 70 jóvenes, la mayoría supervivientes del Frente de la Juventud y de Fuerza Joven, fue en el antiguo hogar-cuartel de la Guardia de Franco en Barcelona en calle Valencia, reconvertido por un olvido administrativo en sede de un círculo cultural ultra. Se conmemoraba el décimo aniversario de la muerte de Julius Evola y me tocó perorar sobre su vida y su obra. No era yo en la época un orador brillante, ni el tema daba para muchos lucimientos a la vista de que toda la obra de Evola es difícil de explicar especialmente a quienes no han tenido contacto previo con sus escritos. De todas formas, conseguí que nadie del auditorio se durmiera e incluso que a algunos de los presentes les picara el gusanillo de la curiosidad y terminaran interesándose por aquel autor desconocido en España que a algunos nos había dado fuerzas en la adversidad, ideas para vivir y una causa para morir si hubiera sido necesario.

A partir de aquella conferencia volví a frecuentar los ambientes ultras locales y a informarme de cómo estaban las cosas en Madrid. Como ya he dicho, en el congreso de disolución de Fuerza Nueva, Jaime Alonso había intentado salvar al partido y en los meses siguientes empezó a colaborar con el ex presidente del Colegio de Arquitectos de Madrid, Javier Carvajal, de cara a formar lo que debería ser un nuevo partido cuyo primer nombre se me antojó, como mínimo, extraño: “Juntas Españolas de Integración”, siglas J.E.D.I. en un tiempo en el que ya había aparecido la tercera parte de la Guerra de las Galaxias, aquella famosa de “Luck, soy tu padre”. No era desde luego una sigla que sugiriera una excesiva seriedad, perohabía que reconocer buena voluntad y ganas de hacer algo. Así que contacté con ellos, pero antes, dimos pasos para agrupar a la gente joven superviviente del Frente de la Juventud (en Barcelona y otras provincias porque en Madrid no había sobrevivido absolutamente nada). Javier Cutillas, último jefe nacional de Fuerza Joven seguía en activo y parecía que había conseguido detener la sangría y mantener en activo a un grupo de militantes que él cifraba en unos doscientos y que luego resultaron ser bastante menos (pero es que en aquella época todavía no conocía el optimismo antropológico del personaje).

En pocas semanas, agrupando al grupo de Fuerza Joven de Madrid, a los del Frente de la Juventud de Barcelona y recuperando las delegaciones que habían quedado descolgadas de ambas organizaciones un poco por toda España, conseguimos estabilizar a prisa y corriendo un grupo de jóvenes, con varios años de militancia a sus espaldas y al que llamamos “Patria y Libertad”. Publicamos unos cuantos números de la revista del mismo nombre (el primer boletín del ambiente que se realizó a rotativa con 5.000 ejemplares de tirada) y organizamos en Madrid el consiguiente congreso fundacional en el que, como iba siendo tradición, me tocó redactar las ponencias.

El análisis de la situación era: camaradas, ha llegado un tiempo nuevo y hay que estar a la altura. Se ha acabado el tiempo del golpismo y del activismo desenfrenado. Ya no hay posibilidades de articular un movimiento ultra entre vanguardia y partido, la vanguardia debe participar en la construcción del partido e inspirarle para evitar que se caiga en errores del pasado. Tenemos por delante una larga marcha de inserción en las instituciones mediante la lucha democrática, nos guste o no, así que contra antes mejor. Quedaba implícito que apoyábamos y reivindicábamos estar presentes en la formación del nuevo partido al que los mentideros ultras madrileños aludían constantemente y que vinculaban a las figuras de Jaime Alonso y Javier Carvajal. Las ponencias no eran mucho, pero eran algo más de lo que teníamos antes. Dimos un mitin de clausura al que debieron asistir unos 150 militantes, bastante menos de lo prometido por Cutillas.

Me tocó hablar como telonero y en un momento dado aludí a los “socialdemócratas en el poder”. Acto seguido habló José Luis Valero Vermejo, secretario de la Confederación de Combatientes al que Cutillas había invitado como peso pesado que fue del antiguo régimen (no en vano fue presidente de Butano SA, entre otros cargos políticos y empresariales). A Valero le faltó tiempo para explicar al auditorio que, sin duda mi juventud me hacía olvidar que los que yo llamaba socialdemócratas eran en realidad “lobos con piel de cordero” y que, en realidad nada separaba a los que stalinistas que construyeron las chekas de Madrid y estos marxistas disfrazados de pana del PSOE. Esto ocurría a finales de 1983 cuando los socialistas llevaban ya unos meses gobernando y, de momento ya le habían robado la cartera a Ruiz Mateos –y algo más que la cartera- lo que dejaba intuir cual iba a ser la línea dominante del mandarinato felipista. El hecho de que Valero Vermejo siguiera pensando con los mismos esquemas que Blas o Milans esperando ser fusilados en cualquier momento, era de los más intranquilizador y demostraba que marcha hacia un nuevo modelo mental para este sector político iba a ser largo y difícil.

Unos días antes, había participado en el encuentro organizado en Madrid por Carvajal y Alonso. Estaban presentes varias decenas de antiguos cuadros ultras, a decir verdad, en aquel momento ya era fácilmente perceptible que lo esencial de Fuerza Nueva no estaba presente (ellos seguían esperando órdenes del “mando perdido” en sus cuarenta y tantas asociaciones culturales y poco dispuestos a mezclarse con otros sectores), ni tampoco, por supuesto, los falangistas que seguían a su bola. Tampoco me dio la impresión de que los promotores del J.E.D.I. tuvieran las ideas excesivamente claras. Su idea de partida era que en momentos de crisis nacional, como el 2 de mayo, los españoles se organizaban en “juntas” y de ahí el nombre. Yo me preguntaba cómo era posible que en España la ultra, reconvertida o en fase de reconversión, o la tradicional de toda la vida, era completamente incapaz de dar a sus formaciones nombres tirando a normalitos: “Partido tal”, “Frente cual”, “Unión de”, etc, y siempre había que recurrir a nombres extraños sin precedentes en la época en el panorama político español: uno era “falange” como la macedónica, el otro era “fuerza”, poco importaba si era “nueva” o “bruta”, luego salió otro que llamo a su partido con el peregrino nombre de “Estado Nacional Español”, y también hubo una “Nación Joven” y en estos días tardíos, incluso un “Nudo Patriota”… antes morir que ser sencillos. Y créanme si les digo que no estoy muy convencido de que los nombres de “Democracia Nacional” o “España 2000” sean lo más adecuados para un universo político dominado por siglas en las que el carácter de “partido” se resalta en la primera letra de la sigla: PP, PSOE.

Entonces se nos proponía el de “juntas” que, con el tiempo he llegado a la conclusión de que era el mejor de todos. El problema era que los fundadores me dio la sensación de que no habían apurado hasta las heces el contenido de esa sigla y sus posibles implicaciones estratégicas: una junta era una unión de ciudadanos libres para conjurar un riesgo o proponer alguna medida; así aparecieron en 1808. Es lo que hoy llamaríamos una “plataforma cívica”. Así pues, el nombre de Juntas Españolas sugería una atenuación de la tensión ideológica tan habitual en la ultraderecha, para abrirse a la ciudadanía y llamarla a unirse en defensa de sus intereses… que no eran los de la camarilla felipista. Era una estrategia que me pareció válida, pero en las primeras reuniones me dio la sensación de que con los cuadros de los que se disponía iba a ser difícil poderla cristalizar.

Luego vinieron los problemas. Inopinadamente, Antonio Izquierdo liquidó a Carvajal y a Alonso del proyecto, unilateralmente y sin aviso previo desaparecieron de escena. Tardé unas semanas en saber qué diablos había ocurrido. Trabajaba en El Alcázar y en la Confederación de Combatientes un antiguo militante de CEDADE, Jesús Palacios. Era fácil reconocer tras los editoriales firmados por Antonio Izquierdo, artículos de la pluma de Palacios. Y si se me apura, mucho me temo que algunos de los documentos que fueron atribuidos a medios militares en la época, habían sido escritos por Palacios. En su etapa bajo la férula de CEDADE (en la primera mitad de los setenta) Palacios sabía que de Arabia Saudí llegó alguna ayuda económica para publicar un texto de carácter antisionista, así pues, esta era una carta que se podía estudiar a la vista de la quiebra económica de El Alcázar que empezó a manifestarse tras el 23-F y, no digamos tras la disolución de Fuerza Nueva, con la caída en picado de ventas y tirada. Así que Palacios, Guyón Walker, administrador de la Confederación y Antonio Izquierdo, emprendieron el vuelo y ni cortos ni perezosos se plantaron en Arabia Saudí solicitando ayuda para la creación de un “partido antisionista” en España. Puedo imaginar la sorpresa de los jeques ante la propuesta y sus palabras diplomáticas, así como la referencia de los celtíberos visitantes a “nuestra tradicional amistad con los árabes” que siempre había hecho las delicias de la diplomacia franquista. El caso es que Izquierdo volvió entusiasmado y de ahí la patada a Alonso y Carvajal. Si iba a haber dinero, mejor estar él al frente que dar su administración al primer recién llegado.

A Izquierdo le faltó tiempo para publicar en las cuatro páginas centrales de El Alcázar un manifiesto, del que me decían que había sido redactado por el comandante Pardo Zancada y levemente retocado por Izquierdo (pero, dado que me lo dijo el propio Izquierdo, no puede dar fe de que fuera rigurosamente cierto). El manifiesto aportaba poco y era más de lo mismo. Tenía la virtud de poder suscitar entusiasmos de “los de siempre”, pero no iba mucho más allá, ni desde luego era el programa en torno al cual se podían cristalizar “plataformas cívicas” ni “juntas españolas” dignas de tal nombre. Se añadía en el manifiesto un boletín de adhesión. En las semanas siguientes, Izquierdo exultante afirmó que habían firmado el manifiesto, primero 25.000 personas, poco después 50.000, dos semanas más tarde “superaban los 100.000” y, la última referencia que tuve hacia el mes de mayo de 1984, en la propia redacción de El Alcázar, llegaban a los 150.000, pero cuando ocurría esto ya conocía lo suficiente a Izquierdo como para saber que había algo en él de demasiado imaginativo, sino de enfermizo. En realidad, no debieron de haber más de 15.000 adhesiones extrapolando las que me constan que se enviaron desde Barcelona y que llegaron luego para que las pasáramos en el primer ordenador PC que toqué en mi vida en aquella primitiva base de datos dBase II que fallaba más que una escopeta de feria.

Acto seguido, Izquierdo pidió dinero. Y buena parte de los 15.000 adheridos enviaron sus cotizaciones y su número de cuenta corriente. Izquierdo hizo algo más, nombró tesorero de Juntas Españolas a un conocido excombatiente de la División Azul con fama de honesto y buen contable… pero que también, de paso, estaba en la cama afectado de un cáncer irreversible y terminal. Eso era mucho más de lo que años después hizo Manolo Canduela al frente de DN que ni siquiera tuvo el recato de nombrar a un tesorero que jamás podría ejercer como tal, ni siquiera a un amiguete (para esto de las pesetejas no hay amistad que valga), simplemente asumió él directamente las cuentas y a los que pedían tímidamente cómo estaba en asunto de las cuotas se les decía aquello de “entre camaradas tiene que haber confianza” y si insistías mucho, iba y te expulsaba como lo más natural del mundo. Pero es que, Canduela no había vivido la dura escuela de los trapisondistas de postguerra que Izquierdo conocía a la perfección. Los tiempos del tocomocho y del timo del nazareno habían dado como postrero resultado el “timo del camarada”.

Hubo un pre-congreso en Madrid en un hotel y luego una cena en un local crepuscular del Madrid franquista, el Florida Park. Izquierdo nos informó de que todavía no se había realizado ningún mitin a causa de que no existía en Madrid un local lo suficientemente grande para albergarlo; afirmó, siempre con una seriedad pasmosa, que estaba en contacto con el Atletico de Madrid para contar con el estadio. Dio las cuentas: había en caja en torno a 12 millones de pesetas (una fortuna en la época), pero descontando el pago de los anuncios y de los manifiestos de Juntas Españolas (lo que parecía justo), así como el pago a las secretarias contratadas para informatizar los listados (algo injusto porque en Barcelona yo mismo había pasado esos listados), el saldo había disminuido a 9 millones, lo que daba margen suficiente como para empezar a hacer girar el mecanismo. Los 60 asistentes no eran ni los más representativo de la ultra de la época, ni siquiera lo más activo, ni mucho menos los que más capacidad de movilización tenían. Para colmo, en el Florida Park, el humorista Manolito Royo que actuaba aquella noche estuvo a punto de tener cara nueva cuando contó un chiste sobre Tejero. Royo terminó dándose cuenta de que algo no funcionaba. Ocupábamos un ala del local que ante determinados chistes no se reía e incluso ponía cara de úlcera de estómago. Sin embargo, ante otros chistes, respondía como el resto del público. Cuando llegó el chiste de Tejero, Royo entendió de qué iba el asunto y optó por abstenerse de más referencias políticas.

En el hotel, en un alto de las sesiones me acerqué al bar y pedí un cubata. A la hora de pagarlo me contestaron que no era necesario, ya estaba pagado e incluido en los gastos. Así que pedí otro, pero me costó beberlo cuando recordé a una querida camarada de Barcelona, majísima ella, miembro del Frente de la Juventud, con una voz de cadencia extremadamente lenta, hija de trabajadores y que, a su vez ella trabajaba con los primeros contratos basura y por un sueldo mezquino, que había respondido con sus 200 pesetas a la petición de fondos requerida por Izquierdo. Yo, en ese momento, me estaba bebiendo aquello 200 pesetas que tanto esfuerzo le costaba ganar.

Después de ese viaje no volví a Barcelona, seguía trabajando para el “frente exterior” y pasé algo más de dos meses al otro lado del charco en países caribeños, haciendo lo que sabía hacer. Al volver me detuve unos días en Madrid y visité la redacción de El Alcázar. Me abrió Pablo Ortega, sobrino nieto de Ortega y Gasset que verdaderamente tenía las mismas dominantes frenológicas de la familia y una indudable vocación intelectual que llevaba a estar permanentemente dando vueltas al ser de España y de los españoles. Sus artículos eran de lo mejor que publicaba El Alcázar en esa época. Izquierdo lo había colocado como presidente de Juntas Españolas, mientras él se reservaba la secretaría general. Era bueno tener a un intelectual de figurón y muho más si no tenía experiencia en vida política. El problema terminó siendo que Ortega era inteligente e intuitivo, no se le escapaba una e iba acumulando datos. Aquella tarde lo vi nervioso. Le pregunté que si ya se había realizado el mitin en el campo del Atletic. “No hay dinero”, me contestó con mirada dramática, como intentando liberar la tensión acumulada durante semanas y buscando un interlocutor válido. Al parecer, yo le había dado buena impresión cuando nos conocimos en la asamblea de Juntas semanas antes. De los 9 millones en caja meses antes, ya no quedaba ni rastro. Y lo peor es que no se había hecho ninguna actividad política. Nadie de la dirección de Juntas Españolas discutía nada a Izquierdo, porque, a la postre, todos enviaban artículos a El Alcázar, chistar el dire hubiera representado ser arrojado fuera de sus páginas. Hablé lo suficiente con Ortega como para que lograra transmitirme una sensación indeleble de inquietud, sino de pánico. Nosotros, los jóvenes, estábamos montando un grupo, no por vocación de eterninarnos sino como rama juvenil de un partido del que empezaba a tener las más serias dudas de que pudiera funcionar algún día. Ortega –recuérdese, en la época Presidente de Juntas Españolas- insisitó en que me quedara con su teléfono y nos viéramos fuera de la redacción con más calma para hablar de todo lo que estaba ocurriendo. Así que a los pocos días, con otro camarada volví a Madrid yendo directos al domicilio de Ortega.

La reunión duró cuatro horas y una botella de buen whisky escocés. A medida que Ortega desgranaba las visicitudes de los últimos meses, quedaba claro lo que estaba ocurriendo. El Alcázar estaba en crisis irreversible y ni siquiera con las constantes inyecciones de fondos de algunos nombres ilustres de la Confederación de Combatientes (El Alcázar estaba vinculado a la Confederacion, no hay que olvidarlo) aquello se había convertido en un pozo sin fondo. El dinero de Juntas se había desviado para pagar algunos sueldos, no precisamente bajos, de la cúpula del diario. Ortega me decía textualmente: “Izquierdo es un cuello de botella para el lanzamiento de Juntas Españolas”. Además, eludía dar cuentas, ni había reuniones de la dirección, e incluso hacía dos meses que Izquierdo ni siquiera recibía al Presidente del partido, Ortega.

Lo que había ocurrido estaba claro: al volver de Arabia Saudí, Izquierdo y sus acompañantes se las prometieron muy felices. En breve llegaría el dinero saudí. Pero lo que habían oído eran solamente frases habituales en el lenguaje diplomático que excluye el castizo “pero ¿de qué vas, tío?” o el “vete a sablear a tu padre”. Asi que volvieron creyendo que el dinero llegaría, pero el problema fue que unas semanas después empezaron a inquietarse, especialmente porque nadie descolgaba los teléfonos. En ese tiempo, Izquierdo ya había “purgado” a Carvajal y a Alonso, había lanzado el manifiesto y se erigía como factótum del proyecto y gestos universal del mismo. Pero el dinero no llegaba. Y en la primavera siguiente era evidente que no llegaría jamás. Fue entonces cuando Izquierdo empezó a desvincularse de Juntas Españolas que ya habían dado de sí todo lo que podían dar, exprimidas en cuotas, ahora solo quedaba, como la cáscara de limón al que ya no le queda ni una gota, tirarla.

La cosa era grave porque en Barcelona habíamos contactado con alguien del que me dijo que tenía un prestigio extraordinario y en el que Izquierdo confiaba para que pusiera en marcha Juntas Españolas en Catlaunya. Se trataba de Agustín Castejón Roy. Había sido falangista y hoy anda presidiendo o algo así la Fundación José Antonio, creada para conmemorar el centenario de su nacimiento y del que me dicen que se hizo unos pantalones cortos a medida para remedar un campamento de antiguos miembros del Frente de Juventudes organizado por la fundación. No había estado presente ni en Fuerza Nueva ni en Falange. En la confusión de la transición, Suárez lo nombró gobernador civil de Tarragona donde permaneció unos meses para retirarse luego a sus negocios. Había oído hablar de él hacía mucho tiempo pero solamente lo había conocido unas semanas antes cuando, a la vista de que era el “hombre de Izquierdo en Barcelona”, contactamos con él y le ofrecimos que nos explicara sus puntos de vista en el local que utilizábamos en la calle Mallorca. “Patria y Libertad” logró movilizar a algo más de un centenar de jóvenes y al llegar Castejón antes  de hora, lo pasamos a un despacho en donde nos encontrábamos los que dirigíamos el grupo en Barcelona. Tras la presentación nos empezó a hablar con una prosa extremadamente cuidada y un lenguaje culterano que no dejó de sorprendernos. Al cabo de un rato entró un camarada y dijo aquello de que “la gente está esperando”. Entonces Castejón entendió que había venido a dar una conferencia a un grupo y que el grupo no éramos los pocos que estábamos allí reunidos con él, sino los que esperaban en la otra sala. Así que tras la presentación de rigor, volvió a repetir textualmente lo que nos había dicha en la otra sala y que, obviamente, constituía la primera parte de su discurso. Castejon tenía la ventaja de que no se había quemado en Fuerza Nueva, sus cargos públicos durante la transición no habían dejado huellas y parecía era capaz de articular un discurso ante un auditorio logrando enfatizar en algunos momentos. Liberato Egea me reprochaba el haberme perdido una conferencia dada en ADES (ya saben “el reino de los muermos”) en la que negó que en Catalunya durante los años de la postguerra existiera hambre (algo que chocaba con los recuerdos más remotos de mi infancia en 1955, en donde yo, hijo de la burguesía barcelonesa sin problemas económicos, había oído hablar frecuentemente a mis padres de restricciones en el alumbrado y de castillas de racionamiento) dando como ejemplo que a los prisioneros aliados que pasaron por la Ciudad Condal para ser reptriados se les obsequiava con “tomates y con lechugas y con verduras”, enfatizando cada una de estas hortalizas con un gesto como si salieran del cuerno de la abundancia. Castejón era, sobre todo y por encima de todo, franquista. Era falangista, claro está, pero de esos que no veían contradicciones entre la fe en el José Antonio de la nacionalización de la banca y en la consideración de la monarquía como fenecida, y su admiración por Franco que dio vidilla a la Banca y restauró la monarquía.

Poco antes, Castejón y otros amigos suyos, habían editado un libro titulado La Catalunya de Franco, lujosamente editado, en la que se glosaba el apoyo de los catalanes al régimen anterior y lo mucho que favoreció el desarrollo de Catalunya. Le di un vistazo al libro y, hombre, ni tanto ni tan calvo, ni Catalunya permaneció esclavizada por un franquismo criminal y asesino que organizó un genocidio cultural, tal como sostenía del nacionalismo hasta la izquierda, pero tampoco, especialmente a partir de los primeros años 60, sectores cada vez más amplios de la burguesía fueron divorciándose del franquismo y entre la juventud, lo que yo personalmente ví a finales de los 60 era que los hogares de la OJE y los Distritos del Movimiento estaban vacíos o poco menos. La del libro en cuestión era una visión interesante, pero parcial y, desde luego, poco “científica” y no dictada por los principios de la historiografía, que podía tomarse en consideración como testimonio de los catalanes que optaron por el franquismo, no por lo que Catalunya vivió durante esa época. Yo mismo había visto las chabalos del Campo de la Bota cuando bruscamente terminaba el Paseo Marítimo. Yo mismo vi los poblados de barracas que hacia 1966 todavía existían en las inmediaciones del Estadio de Montjuich en el que había participado en las carreras de velocidad de los Juegos Deportivos Escolares ganando alguna que otra medalla ya que estamos en esto. Yo mismo había paseado por la miseria y la sordidez del barrio Chino que recorrí con mi compañero de clase y entonces camarada, Ferrán Gallego, hacia 1968. Yo mismo había conocido a aquella ciudad en blanco y negro anterior a los cuadros que hoy pinta Ruiz Zafón, esa cuidad que había sido y ya no era, con olor a agua saluda y aguas grasosas y oscuras en el puerto, con barrios de irreprimible tristeza, con solares y restos derruidos a los que todavía no había llegado la fiebre constructiva, con una Diagonal inacabada en ambos extremos, y sobre todo, una Barcelona en la que resulta nnegable que el franquismo había optado por restringir las libertades de opinión, asociación y expresión en beneficio de la planificación inflexible y el desarrollismo. Yo había visto en 1959, carteles que anunciaban sujetadores, cubiertos con pez no fuera a ser que la visión ingenua de unos pechos ceñidos por lo que entonces daba de sí la industria corsetera, excitarar lo libidinoso de los ciudadanos. No hacía mucho en esa Barcelona de posguerra había resultado asesinada Carmen Broto, con el entramado de corruptelas, tráfico de influencias y estraperlismo que apareció detrás. Y luego estaba las desafortunadas declaraciones Juan de Galinsoga (las de “todos los catalanes son una mierda”) y la huelga de tranvías y los incidentes estudiantiles que habían comenzado mucho antes de la “caputxinada” y las manifestaciones de curas por la Vía Layetana que seguían solo a menos de una década a aquel Congreso Eucarístico Internacional y a los sermones del Padre Peyton y de sus campañas para el “rosario en familia”. De todo esto no se hablaba en aquel libro tan bienintencionado pero parcial.

Si saco aquí a colación este libro entre otros miles que aparecieron en la época fue por la sencilla razón de que al volver de la entrevista con Ortega, el camarada que me había acompañado –al que llamábamos “el Vopo” por que lograba niquelar cuando quería el rostro avinagrado y de mala hostia que asociábamos a los guardias germanos que vigilaban el Muro de Berlín- y yo fuimos a ver al “hombre de Izquierdo en Barcelona”, Agustín Castejón Roy. Le expusimos nuestras dudas. Había un problema de pesetejas. Castejón nos miró con expresión de sorpresa y solo acertó a decir unas palabras que le surgieron de lo más profundo de su corazón: “Dios mío, entones no me pagará los que ejemplares de la Cataluña de Franco que le envié…”. Me llamó la atención que en un momento de crisis total, en el que a poco del 23-F, a menos de la disolución de Fuerza Nueva, a unas semanas solo de que se lanzaran las Juntas Españolas, Castejón pensara solamente en los pocos miles de pesetas que se jugaba con “el libro”. Quiso disipar dudas y llamó delante de nosotros a Izquierdo: “¿Qué tal? ¿Cómo va las Juntas?”. Y Castejón esperaba la respuesta para formular otra: “Y a Ortega… ¿qué tal con Ortega? ¿lo vas viendo?…. Ah vale, bien ¿no?” y luego esta otra más: ¿Siguen habiendo afiliaciones?” y dado que la respuesta fue triunfal, Castejón remató el “que sigan así…”. Y fue entonces cuando preguntó por lo de su libro a lo que izquierdo le contestó, naturalmente, que se iba vendiendo. La conversación tranquilizó a Castejón y le animó a seguir adelante, a pesar de que le propuse llamar por esa misma regla de tres a Ortega.

De todas formas, Castejón percibió claramente que conmigo no había posibilidad de medias tintas, diplomacias diversas, ni mascarones de proa, ni respeto a las canas, ni siquiera me interesaban un pijo las viejas glorias de otros tiempos. Así que a partir de ese momento, yo quedé fuera de Juntas Españolas de Barcelona… pero con el problema de que seguía estando en Patria y Libertad cuya razón de ser, a fin de cuentas, era promover la sección juvenil de Juntas Españolas. Resolví la contradicción inhibiéndome lo más posible de lo que ocurriera en Barcelona pero siguiendo de cerca la evolución del grupo.

Cuando Izquierdo ya no pudo exprimir más a Juntas Españolas y no hubo forma de derivar ni una duro más para el pago de sus propios gastos, en un “gesto de generosidad”, dimitió y, hete aquí que entregó los bártulos del entuerto a Castejón cuyo única culpa y lo único que puedo reprocharle es que antepusiera su amistad y credulidad hacia todo lo que le contaba Izquierdo, su compañero bajo las lonas del Frente de Juventudes, a la realidad objetiva que se negaba a asumir so pena de que tanta ingenuidad le salpicara. Tras unos años con Castejón al frente que no lograron sacar al partido de un declive semana tras semana cada vez más acentuado, Castejón, a su vez, dejó el mando de Juntas Españolas en otro personaje barcelonés, Ramón Graells, abogado con él y vecino suyo. Pocos años después, el propio Graells era alejado de Juntas por sus propios camaradas y por el mismo motivo que ya había aflorado en el último período del FNJ. Recuerden lo escrito entonces: “muy mal asunto eso de dar cursillos particulares de formación política a chicas de buen ver”.

No fue Castejón el único que fue literalmente estafado en sus esperanzas por Antonio Izquierdo. En realidad, Juntas Españolas fue mucho peor: el canto del cisne de todo el ambiente y en especial de los que habían permanecido en segunda fila en Fuerza Nueva o no se habían comprometido con el piñarismo. Izquierdo con su Alcazar primero y luego con sus Juntas Españolas se había configurado como una absoluta aspiradora de fondos de la ultraderecha sin que hubiera resultados tangibles. Al menos Blas organizaba mítines y manifestaciones masivas, pero en Juntas Españolas todo fue limitado, alicorto y cuernilargo. Entre creer a Izquierdo, el director de El Alcázar y creer a aquel tipo turbulento de pasado incierto, de andanzas indefinibles por esos mundos de dios, habitual en los últimos años de la transición de episodios relacionados con el terrorismo, sin oficio ni beneficio que era yo, era evidente que Izquierdo tenía todas las de ganar. Incluso el grupo juvenil optó por seguir con fidelidad perruna los dictados del director de El Alcázar, a pesar de que a muchos les constaba que yo tenía razón. La última reunión de “Patria y Libertad” tuvo lugar en la redacción de El Alcázar. Izquierdo nos dirigió la palabra, reafirmando que todo iba a las mil maravillas y que si el dinero saudí no había llegado era porque Manuel Fraga lo había impedido. Algunos le creyeron. Yo no.

Mi desconfianza hacia Izquierdo había ido en aumento incluso desde antes de uqe Ortega me pusiera en antecedentes. El 20-N de 1983, “Patria y Libertad” organizó una cena. Acudí precisamente acompañado por la exmujer de Ramón Graells y nos sentamos en la mesa presidencial, justo al lado de Izquierdo. Al ver que me movía bien en política internacional y en geopolítica y que había trabajado como corresponsal para varias agencias de prensa, le dio por dárselas de enterado en la materia: hacía poco que, me contó, que se había entrevistado “con unos generales de la OTAN” que le habían advertido que en primavera los tanques rusos cruzarían el Elba. Así pues, estábamos al borde de que la Guerra Fria se transformara en caliente. No comprartía ni remotamente esa opinión y, personalmente, creía todo lo contrario: la URSS estaba ya con la lengua fuera y la Guerra de las Galaxias iniciada con el proyecto Apolo (que no era más que la primera fase de lo que luego se convirtió en el “paraguas antinuclear” elemento esencial de la Guerra de las Galaxias), empantanado en Afganistán y con una retaguardia insegura a causa del formidable movimiento sindica polaco. Así pues, era imposible que en ese preciso momento, la URSS estuviera engrasando sus tanques para llegar a los madriles y cadenas adelante, llevar a sus spanetz sobre los tranvías de Lisboa. Izquierda, habituado a que todo ultra le dijera amén a sus desvaríos y fantasías, se lo tomó a mal y me miró como diciendo: “Pero, insensato, ¿dudas de que me lo dijeron unos generales de la OTAN?”. Así que poco después se levantó alegando como compromiso la fantasiosa e imaginativa excusa de que iba a ver a su “asesor de imagen”. Solo entonces reparé en que copos de caspa lucían “ostentoreamente” sobre su brazer azul marino. Meses después, cuando volví a verlo, la misma caspa seguía en su lugar, por lo que deduje que o el “asesor de imagen” de Izquierdo era un patata, o simplemente me había mentido. Y eran ya varias las mentiras que le había cogido.

“Patria y Libertad” se disolvió en el magma de Juntas Españolas. Yo entré en septiembre en la cárcel para cumplir mi condena. Como último acto personal para intentar imponer un poco de sentido común en el ambiente, redacté un informe sobre todo esto dirigido a José Antonio Girón de Velasco, presidente de la Confederación y magnánimo y resignado tapahuecos de El Alcazar en los últimos años. La fatalidad quiso que la policía me detuviera en plena calle con estos documentos en la cartera, así que entré en la Modelo con ellos y solamente unas semanas después pude hacerlos llegar a Joaquín Soro, presidente de la Confederación en Catalunya, a través de otro miembro de la misma, que oficiaba como médico de la Cárcel Moelo y que se jubilaría solo unos días después. Soro le llevó personalmente el documento a Girón y ambos telefonearon directamente a Izquierdo. La conversación fue tensa por que a éste no se le escapaba quien había sacado a relucir todos los trapos sucios del asunto.

Cuando salí de la cárcel El Alcázar ya no existía víctima de sus malos contenidos y de su peor gestión. Izquierdo había dimitido en una tensa reunión en la que uno de los miembros de la Confederación dejó incluso su arma sobre la mesa. Con la indemnización sacó una revista que duró lo justo para desaparecer sin pena ni gloria y de la que ni siquiera recuerdo el nombre. “¿Pero habéis presentado denuncia?” pregunté a la Confederación. La respuesta fue lacónica: “Los trapos sucios los lavos en casa”. Murió Girón, murió Soro, murió Izquierdo, nunca nadie se sintió con ánimo de lavar los trapos sucios, ni en casa ni en el tinte de la esquina.

Todo este período concluyó para mí antes de la entrada en La Modelo. Ya conocía lo suficiente de los entresijos de la ultra y de la vida como para saber que un partido que empezaba con una caminar difícil y bajo la sospecha de estafa, no iba a llegar muy lejos. Juntas quemó las voluntades que Fuerza Nueva no había quemado todavía. En 1995, Juntas Españolas se integró junto a otros grupos, cuando ya estaba diriga por Juan Peligro (que hacía honor a su apellido y del que se podrían contar anécdotas sin fin en su fugaz paso por la ultra) en lo que sería Democracia Nacional. Pero esta, claro, es otra historia.

Juntas, en realidad, fue el precedente lógico de Democracia Nacional. Lo que en juntas algunos habíamos tenio como intuición –el que la ultraderecha se había terminado y que todas las referencias al pasado franquista o a otros tiempos estaba fuera de lugar- en Democracia Nacional se afirmó. Pero se llegaba a esa etapa demasiado debilitados. Los ubres tradicionales de la ultraderecha habían dejado de manar. No vale la pena hablar del Frente Nacional, aquel efímero grupo que fundó Blas con lo que quedaban de sus cuarenta y tantas asociaciones en 1985. Dos años después intentó irrumpir en el Parlamento Europeo con una campaña en la que se gastaron lo que debió salir de la liquidación de las sedes de la antigua Fuerza Nueva y con la última derrama. Pero la campaña, hecha bajo el slogan de Ten coraje obtuvo 122.927 votos que se redujeron a la mitad cinco años después, desdiciendo el eslogan utilizado entonces de que “hay un camino a la derecha”. Blas, como siempre, colocó a gente equivocada en los puestos de responsabilidad y su jefe en las juventudes, un tal José Luis Cillero a quien jamás conocí, se convirtió en una fábrica de generar escisiones. Me comentaron que en cierta reunión, Cillero, un hombre de fe, del que se dijo que era “un joven anciano”, había propuesto como solución a la crisis de militancia una campaña brillante de la que añadió que se le había ocurrido a él: una campaña contra la blasfemia. No es raro que las juventudes del Frente Nacional se partieran una y mil veces, yendo a parar unos a Juntas Españolas y otros a gropúsuclos activistas madrileños, el FAN (Frente de Alternativa Nacional) o Nación Joven, grupos efímeros, de temporada, que nacían, crecían, se fusionaban con otros, desaparecían, se peleaban, se escindían, se aliaban, todo ello con una hemorragia continuada de militantes que hacía que en esos momentos ya no se hablara de miles de militantes como en Fuerza Nueva, de cientos como en el Frente de la Juventud o en Patria y Libertad, sino de algunas decenas. El Frente Nacional murió de muerte natural en 1993. Blas volvió a disolver su propia creación, cual Cronos que en lugar de devorar a sus hijos se disolvía a sí mismo. Ahí terminó la andadura política de Blas que a partir de ese momento se convirtió en una figura decorativa de la ultra madrileña, con dos o tres actos al año para fieles fidelísimos, último cuadrado de lo que un dia fue un partido que consiguió movilizar “masas oceánicas”.

Del Frente Nacional siguió actuando Miguel Bernard, mucho más consciente de las limitaciones de una línea política ultra fundó años después Manos Limpias, configurado como sindicato de funcionarios e iniciativa de denuncia de la corrupción. Fue, desde luego, una de las salidas más inteligentes y que honra a su impulsor, mucho más en un ambiente en el que la repetición de los errores pasados y el prominarse el mismo leñazo en la misma piedra han llegado a ser una tradición.

Si el fin de Fuerza Nueva y el 23-F habían sido el fin de una época, el fracaso de Juntas Españolas (cuya agonía duró la friolera de 10 años, con presidentes cada vez más esperpénticos) y la irrelevancia de Frente Nacional, constituyeron para quien quisiera advertirlo el fin de la posibilidad de cualquier intento de recuperación de la temática ultra. Aquello había muerto irremisiblemente y no había nada que hacer salvo aceptarlo. Todo lo que remitiera a aquellas formas estaba (y está) llamado al fracaso. Y la cosa era todavía más lamentable porque en esos mismos momentos, los “partidos hermanos” en Europa empezaban a experimentar el aroma del éxito inédito todavía en España.

© Ernesto Milà – Infokrisis – Infokrisis@yahoo.eshttp://infokrisis.blogia.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar procedencia.





Ultramemorias (IX de X). Entre la prolongada agonía y la renovación frustrada (2ª Parte) Experimentando que es gerundio

3 06 2009

Al salir de la cárcel en 1987 no albergaba la menor duda de que Juntas Españolas jamás despegaría y que el Frente Nacional iría aún peor. La media docena de falanges no contaban porque en su tradición consuetudinaria, el lío era su compañero inseparable. También en el entorno de CEDADE parecía haber habido una crisis y como tal, la sigla había dejado de existir. Eran los años del “nacional-anarquismo”. Un grupo madrileño, Bases Autónomas estaba desarrollando un activismo frenético, acompañado por un línea ideológica extraña en la que el “romper los esquemas” (esto es, ofrecer un comportamiento radicalmente al esperado para un grupo ultra) se anteponía a cualquier otra consideración. Pero ya había visto demasiado de todo esto y no podía sino percibirlo como un deja vû. Era como si el nacionalismo-revolucionario del FNJ se hubiera encarnado de nuevo en una dinámica activista a medio camino entre el nazismo y el castrismo. A fin de cuentas era una excentricidad, un producto de chicos jóvenes que tuvo su momento y que, como siempre, terminó mal, con gente amargada, gente quemada, gente procesada, gente encarcelada y un suicidio.

Bases Autónomas era mucho menos renovadora de lo que se consideraba. Se estructuraba en círculos de barrio, no existía una jerarquía establecida, sino más bien un completo desprecio a cualquier forma de jerarquía, tampoco existía estrategia, sino, como era habitual en la extrema-derecha, solamente activismo y más activismo y, luego, al final, un poco más de activismo, es decir, tácticas que podían fascinar a adolescentes díscolos, como diez años antes nosotros mismos nos habíamos sentido fascinados por otras formas de activismo.

Bases Autónomas ni tuvo un instante fundacional, ni un congreso de disolución, tal como vino, como cualquier otra tormenta de verano, llegó, armó el consiguiente cipostio y desapareció. La mayoría de militantes desaparecieron por donde habían venido, pero algunos grupos e individualidades –como le había ocurrido a mi generación activista- sobrevivieron a los distintos avatares y reaparecieron, más calmados, en formaciones posteriores.

No creo que pueda hablarse de riqueza doctrinal en aquel grupo, sino más bien de cultivadores de lo excéntrico y de las marginalidades varias. Los había que se decían “nacional-bolcheviques”, otros “nacional-anarquistas”, en su propaganda abundaba la foto del Ché, los pañuelos palestinos y las discusiones en las que se priorizaba al “Frente Negro” de los hermanos Strasser, frente al NSDAP hitleriano. La consigna más abundamente difundida era “!Por el caos¡”, en sí misma, todo un programa. Estaba bien eso del “caos”. Era como definir la sociedad española en la segunda mitad de la aventura felipista, cuando los escándalos, la cal sobre cadáveres torturados previamente, las promesas electorales sistemáticamente incumplidas, el expolio de los fondos reservados y los primeros 3.000.000 de parado que hoy casi añoramos… Eso de “Por el caos” si de lo que se trataba era de constatar la realidad, estaba bien, pero decía muy poco sobre lo que se aspiraba a construir y mucho menos si lo que se proponía era generar más caos del que había. Es significativo que el grupo arraigara solamente en Madrid y alrededores de la capital, pero ni siquiera despuntara en la periferia. Ya, por entonces, empezaba a intuir que el problema de la ultraderecha y el motivo por el que estaba encontrando tantos obstáculos en recuperarse –y Bases Autónomas era, a la postre, una formulación exótica y juvenil más de la ultra-. Las intentonas que salían de Madrid eran cabezonadas de unos y de otros, gente que se obsesionaba con que tal fórmula o tal otra cuajarían, no salían de análisis objetivos sobre la realidad y la posibilidad de modificarla o influir sobre ella, sino de voluntades subjetivas afirmadas por los excesos de testosterona. Yo entiendo que la gente que participó en todas estas iniciativas, sintió que estaba haciendo algo grande, pero la perspectiva del tiempo redimensiona todas estas iniciativas –empezando por las que yo mismo impulsé en los años 70- a un nivel absolutamente minúsculo e intrascendente. En cualquier caso, Madrid se configuraba como problema. Un antiguo militante del FNJ, Juan Carlos Castillón decía en la época –y le respeto el copyrigth- que en la extrema-derecha existía división provincial de funciones, en Barcelona se fundaba una revista (esto es, se creaba un proyecto y una idea), en Valencia un gimnasio y en Madrid un partido. Otros, como Xaviers Casals, el historiador empeñado en reconstruir las peripecias de la ultraderecha con un rigor innecesario y una precisión digna de mejor causa, explicaba que en Barcelona la ultra generaba ideas y al llegar a Madrid se aplicaban desvirtuadas.

La conclusión a la que llegué es que Madrid fue el foco principal de expansión de la ultraderecha hasta bien entrados los años 80. Seguramente se debía a que allí, el franquismo tenía su centro administrativo y ya se sabe que donde ha habido mucho siempre queda algo. Pero también es cierto que el clima madrileño, capital del Estado, favorece determinados vicios de la extrema derecha española que no están tan acusados en otros países. La extrema-derecha francesa, por ejemplo, es antijacobina, en todas las manifestaciones del Front National están presentes las banderas de las regiones de Francia, y en primera fila. Era un tributo a los orígenes contra-revolucionarios de la derecha francesa. En España, por el contrario, la bandera roja y amarilla fue la única concebible durante mucho tiempo. Es curioso que un régimen contra-revolucionario como el franquismo, apoyado además inicialmente por el foralismo carlista, y por amplios sectores del regionalismo de derechas, diera lugar a un régimen jacobino nivelador de las regiones y que desconfiaba de todo lo que no se definía, sobre todo y ante todo, como “español”. Esta característica hizo que la idea que desde Madrid se forjaban de España fuera diferente a la que existía en la periferia. En la periferia había tradiciones propias, identidades regionales, lenguas y mitos fundacionales, mientras que en Madrid, ciudad hecha a base de agregación de estratos funcionariales (que fue definido por Cela como una “mezcla de Navalcarnero y Kansas City poblada por subsecretarios”) apenas tenía tradición local, salvo el casticismo y este no tuvo jamás desembocadura política. La tradición madrileña se identifica solamente con la española y desde el centro, ser madrileño y ser español terminaba siendo lo mismo, mientras que en la periferia había más matices.

Mis recuerdos de infancia, por ejemplo, están asociados al Penedés en donde todos hablaban catalán (y, por cierto, nadie cuestionaba a España ni siquiera en los ámbitos cerrados de las familias). Mi propio padre, cuando huyo con su primera esposa a la Zona Nacional por Irún, al ser el de mayor edad fue nombrado en Perpignan jefe de un grupo de huidos, la mayoría carlistas, todos ellos catalanes que morirían en el sitio de Codo encuadrados en el Tercio de Montserrat. Hablaban habitualmente su lengua natal, el catalán y al cruzar la frontera de Irun, en el puente internacional, un oficial franquista se encaró con ellos con la consabida frase de “Hagan el favor de hablar la lengua del imperio”. Si en aquel momento mi padre hubiera estado seguro de que no le habrían disparado por la espalda habría cruzado de nuevo el puente. Mayores excesos cometió Giménez Caballero en su alocución radiofónica cuando las tropas de Franco ocuparon Barcelona. Seguramente, si Franco hubiera asumido el hecho regional y lo hubiera integrado en su sistema siguiendo el consejo de los carlistas, de algunos falangistas como Ridruejo o de muchos que, como Cambó, le apoyaban desde la lejana Argentina, hoy no existiría el arduo problema sobre la vertebración del Estado. Además, en la tradición conservadora, anterior a la Revolución Francesa, el hecho regional estaba perfectamente integrado en la Nación, así que los fundamentos históricos no faltaban.

De hecho, la ultraderecha, al tener un polo de atracción en Madrid que, como los agujeros negros deforman el espacio y el tiempo, terminó siendo seguida solamente en la periferia por nacionalistas exaltados que odiaban el hecho regional, fuera cual fuera, y hubieran asumido esa concepción de España emanada desde Madrid que impedía por completo el que pudieran operar en sus periferias respectivas en las que se respiraba un clima muy diferente al madrileño. Tuvo que llegar España 2000 para que en sus reuniones y actos se desdramatizara el hecho regional y aparecieran banderas valencianas y se cantara el himno regional.

Bases Autónomas, por ejemplo, fenómeno madrileño, jamás escribió ni una línea sobre la periferia de España. En toda la ultraderecha, solamente CEDADE mantuvo una posición completamente diferenciada. Pero también aquí hay que hacer alguna precisión. CEDADE originariamente había sido fundada por un grupo de falangistas del Movimiento franquista que, por algún motivo, tenían tendencia a contactar con grupos similares en Europa. Conocí al fundador, años después, un tal Angel Ricote. Della Chiaie nos animó a colaborar con él y nosotros que precisábamos una estructura legal en 1972 para poder convocar conferencias y actos públicos, lo pusimos al frente del Circulo Cultural España/Occidente. Un error, porque Ricote inmediatamente se caracterizó por “Doctor No”, en tanto que la respuesta a cualquier propuesta de actividad era, simplemente, “No”. Cinco años antes, un grupo de jóvenes de la Sección Juvenil de CEDADE habían terminado dándole puerta a la vista de que también por aquellos pagos el “No” era su compañero inseparable. A partir de ahí, cuando las riendas de CEDADE estuvo en manos de seis o siete jóvenes, empezaron a dar que hablar.

Todos ellos tenían unas características comunes: eran admiradores del régimen nacional-socialista y eran hijos de la alta burguesía catalana. Su enfoque, siempre mucho más cultural que político, fue altamente tributario de estos dos elementos. A diferencia de los medios falangistas o nacionalistas españoles, en CEDADE la idea de España no era el inicio y el final de su teorización política: por encima de España estaba Europa como conjunto de pueblos del mismo origen étnico y cultural, y por debajo las regiones. Existía un mapa elaborado por las SS hacia 1943 o 1944 en el que los ideadores del nuevo orden hitleriano para Europa proponían reorganizar el continente en base a las “regiones históricas”. España aparecía en ese mapa dividida entre el antiguo reino de Aragón, el reino de Castilla, el Euskalherria, y Galicia (que aparecía comiéndose la mitad de Portugal). Los jóvenes de CEDADE se identificaron con este mapa de Europa que condicionó toda su actividad política posterior. En 1976 crearon el Partit Nacional Socialista Catalán. La esvástica apareció superpuesta a las cuatro barras, causando estupor en todo el espectro político. En actos públicos en Madrid, ya en 1974, se utilizaba el pendón de Castilla como la cosa más natural del mundo.

Sin embargo, como decía, CEDADE, más que “político”, fue una organización “cultural” y tal fue siempre su estatuto como asociación. El modelo cultural que sostenía CEDADE era simplemente el que había sido propio de la alta burguesía catalana hasta no hacía mucho, hasta el punto de que se podría decir que aquel grupo de jóvenes tenía esos rasgos impresos en sus genes. Aquella alta burguesía catalana era católica y había aplaudido entusiásticamente las óperas de Wagner en el Liceo. Había en ello un elemento romántico y naturalista que se había manifestado en la creación de entidades como el Centro Catalán de Excursiones Científicas a finales del siglo XIX y que siempre había gozado de buena salud en Catalunya. Eso implicaba una admiración por la naturaleza y todo lo que contenía. En tanto que alta burguesía catalana, se expresaba habitualmente en catalán, huían del radicalismo y de las gesticulaciones extremistas, y tenían una idea atenuada de España, impropia del sector ultra que compartían, voluntaria o involuntariamente, con grupos falangistas, fuerzanuevistas y carlistas. De hecho, las características propias de CEDADE eran las mismas que cualquier sociólogo encuentra en los rasgos de la burguesía catalana entre 1890 y 1960. De ahí que el nacional-socialismo del que siempre hizo gala CEDADE estuviera modulado por estos factores: música de Wagner, aproximación a la naturaleza, excursionismo, amor a los animales, cierta tendencia por el cine de Walt Disney y un moderantismo en la expresividad que contrastaba con la imagen inherente  a la idea que defendían (el nacional-socialismo), además de la tendencia a asumir el hecho regional catalán con más facilidad que cualquier otra tendencia ultra. En mi opinión habían construido un nazismo ideal que tenía muy pocas relaciones con el nazismo real que nació en 1919 y murió en 1945.

Lo cierto es que a lo largo de sus dos décadas de existencia, CEDADE se configuró como una puerta de entrada para generaciones de militantes que abandonaron a los pocos años la organización, pero siguieron en activo en otras dando vida a los más diversos proyectos e incluso destacando profesionalmente en sus ámbitos respectivos. El hecho de que CEDADE fuera una organización abierta a Europa –como por lo demás su propio nombre indicaba- implicó el que en sus locales fueran suficientemente conocidos revistas, boletines, iniciativas, manifestos, documentos, carteles que se generaban en Europa. Eso favoreció un clima constante de reflexión y de revisión sobre lo hecho y sobre lo que convenía hacer. No es raro que gente, inicialmente, surgida en el entorno de CEDADE, entre 1968 y 1988, impulsaran distintos proyectos de renovación de la ultraderecha, muchos de ellos con un alto contenido cultural.

Las ideas de la Nueva Derecha, por ejemplo, penetraron en España por ahí. El renovado interés por los estudios wagnerianos también tuvo su puerta de entrada en ese mismo ambiente. Hacia 1976, un miembro de CEDADE que respondía al alias de Tordesillas, ya había fundado la revista musical Montsalvat y algo más tarde la revista cultural El Martillo de la que aparecieron una docena de números y en cuya elaboración participé tangencialmente. La primera distribuidora de libros con un catálogo elaborado sistemáticamente desde la perspectiva de rivalizar con la entonces asfixiante cultura marxista, Sármata, la promovió José Luis Torrens, también desde el ambiente de CEDADE; luego, la primera recopilación de autores y escritores rotulados como “de la otra Europa”, fue publicada en 1981 también por CEDADE, siendo lo esencial de la obra las aportaciones de Tordesillas y las mías propias que contribuyeron a definir un marco cultural antimarxista y a hablar por primera vez en España de autores de primera fila que eran en su inmensa mayoría completamente desconocidos aquí. La gente que luego dio vida a iniciativas culturales tan sofisticadas como Punto y Coma, Hespérides, y que incluso aportaron nuevas perspectivas a los partidos de tipo ultra en un intento desesperado de desviarlos de su deriva problemática, permanentemente con la vista atrás, como Democracia Nacional también tuvieron a CEDADE como su primera escuela política. E incluso en sectores del PP más o menos disidentes con la línea oficial y que luego finalmente rompieron con ella, tuvieron en antiguos militantes de CEDADE a sus inspiradores.

Contrariamente a lo que se ha dicho y escrito, yo nunca he militado en CEDADE. Podría atribuirlo a la casualidad de haberme embarcado en esta aventura un murciano emigrado a Barcelona, pero no creo que fuera lo más exacto.

En realidad, yo era hijo de la burguesía catalana agraria a la que la “ley del hereu” obligaba al segundo hermano a buscarse la vida en la ciudad o en la emigración. Así que mi padre, abandonó su Penedés natal, estudió ingeniería, se convirtió en aviador en 1920 en los lozadales del aeródromo de Canudas gracias a los buenos oficios de un as de la aviación francés,a Julien Mamet, e hizo un patrimonio personal lo suficientemente significativo como para que al estallar la guerra civil debiera huir de la zona republicana. No es que se hubiera significado políticamente, a pesar de ser amigo de Dencás y compartir buena parte del ideario de la Lliga, pero su hermano menor, de apenas 16 años, era militante falangista y su primera esposa, fallecida luego de larga y dolorosa enfermedad, si pertenecía a una familia de la alta burguesía catalana. El conocer a mi madre, nacida en Extremadura, hija de militar republicano con dos condenas a muerte a sus espaldas y tres años de confinamiento, hizo que yo tuviera unos enfoques familiares hídridos. La familia de mi padre se expresaba habitualmente en catalán, mientras que en casa, mi padre, que pensaba en catalán, se expresó siempre en castellano con mi madre, por amor y cortesía. Amante de la música clásica, mi padre no era un wagneriano, para él Wagner era uno más entre otros compositores brillantes y aunque su juventud se había enardecido con las notas de la marcha fúnebre de Sigfrido y reconoció en Tristán e Isolda una obra escrita con la sangre del amor imposible de Wagner hacia Mathilde, nunca fue ni se consideró un wagneriano. Yo era de otra generación. Me gustaban los Beatles, Bob Dylan y Joan Baez. Era consciente en aquellos momentos, hacia mediados de los 60, de que estaba naciendo un mundo nuevo y quería identificarme con él. Let it be y Hey Jude, penetraron en mi flujo sanguíneo tanto como la Casa del Sol Naciente o Los tiempos van cambiando. Luego asumí el hecho de que no había música clásica ni moderna, sino buena o mala música. Fui al Liceo y el Liceo me aburrió. Allí me encontré a los de CEDADE en el incómodo quinto piso dando bravos durante interminables minutos e intenté imitarlos, pero debo reconocer que dragones Fafner de guardarropía, Sigfridos rechonchos y con el muslamen ajamonado, nibelungos, aparentemente enanos en el libreto, que resultaban más altos que el Wotan de turno y walkirias de carnes excesivas y gorgoritos chillones deambulando por la escena, no eran lo mío. No se les ocurra ver ni por asomo la Walkiria, dejando aparte la famosa obertura utilizada por Copola en la “carga de los helicópteros”, el resto de la obra es simplemente soporífero. Y en cuanto al Ocaso de los Dioses o al Sigfrido, cualquier disco con una selección de temas les alegrará más la vida que la ópera entera medio doblados en los pisos altos del Liceo. La músuca de Wagner no fue nunca lo mío y peor todavía si descendía a los libretos; a medida que me iba introduciendo en el estudio de las mitologías europeas, cada vez me sentía más alejado de la perspectiva wagneriana, si bien debo reconocer que sentí las notas hechidas de irreprimible pasión del Tristán e Isolda como propias en algún momento de mi vida.

En el PENS bromeábamos trasladando la lucha de clases a las dos visiones del nazismo que, ultraminoritarias ambas, circulaban por la Barcelona de finales de los 60 y los dos primeros años 70: nosotros encarnábamos al nacional-socialismo proletario, activista y militante, que precisaba el enfrentamiento, el choque con el enemigo y la prueba para demostrar el propio valor; CEDADE era para nosotros, un nazismo de clase, asumido por los vástagos de la alta burguesía catalana a la que habían extrapolado la particular visión del mundo heredada de sus padres.

Conocí a Jorge Mota, el que fuera presidente de CEDADE, en circunstancias muy particulares. Estudiaba yo el 5º de Bachillerato en el Colegio de los Escolapios de Balmes, que parecía en aquellos años haber abandonado la doctrina pedagógica de San José de Calasanz y asumido el marxismo como ideología de sustitución. Allí tuve como tutor a Jaume Botey que luego ascendió a presidente de Izquierda Unida y Alternativa y ya por entonces coqueteaba con el PSUC siendo uno de los curas que se manifestaron por la Vía Layetana en 1967. Aquel año, se convocó un seminario sobre marxismo y andaba yo interesado en el asunto a la vista de que me faltaba una puerta por la que penetrar en esa ideología tan de moda en la época. Para colmo, el que daba el seminario, un profesor de filosofía, se llamaba “Antonio Izquierdo”, nombre y apellido que desde entonces nunca me ha dado buena suerte. El caso fue que algún alumno debió avisar a la gente de CEDADE e, inaugurado el seminario, a los pocos minutos apareció Mota repartiendo, sin encomendarse ni a dios ni al diablo, unas hojas en las que se convocaba a una conferencia sobre marxismo en el local de CEDADE. Mota fue repartiendo las hojas y detrás, los organizadores del seminario las iban recogiendo. Cuando Mota desapareció tal como llegó, juzgué que valía la pena conocer a aquella persona y al levantarme para ir a saludarlo, creo recordar que fue Antoni Domenec que luego dirigiría una revista de las típicas revistas ladrillo de la izquierda intelectual tardomarxista, Mientrastanto, quien me entregó todos los papeles distribuidos por Mota para que se los devolviera. La gracia del asunto es que no llegué nunca a entender, hasta hará menos de medio año, cierta hostilidad que siempre había notado de Mota en relación a mí. La atribuía a mis ironías sobre Wagner y hacia aquellas walkirias gordotas y vociferantes que se paseaban como en camisón por el escenario. Un amigo y camarada de aquella época, miembro de CEDADE, no hará más de seis meses, me comentó que, efectivamente, la hostilidad existía verdaderamente y procedía de aquel insustancial episodio: Mota ha pensado durante los últimos 40 años –que se dice pronto- que había sido yo quien había recogido todos los papeles en un gesto para boicotear su conferencia.

De todas formas, las rivalidades entre “nacional-revolucionarios”, con todos los resabios mantenidos durante 40 años, han sido siempre menos “asesinas” que los que se han propinado otras familias ultras entre sí. Las puñaladas por la espalda y los crochets de derechas entre falangistas han sido proverbiales desde tiempos fundacionales. Los católicos han zurrado y apostrado con reproches dignos del mismísimo diablo en persona a todos aquellos en los que intuyeran que les flaqueaba la fe o no fuera tan firme y granítica como la suya, demostrando mucho celo y menos caridad. Este desgaste mínimo en batallas interiores (que desgarró a Fuerza Nueva y al FNJ y que ha condenado a la nada a DN), unido a sus permanentes contactos en el exterior, ha favorecido que todos los intentos de renovación de la ultraderecha, procedieran casi unánimememente de gentes de este sector tal como iremos viendo.

En 1987 apareció el primer número de la revista DisidenciaS con una tirada de 2.000 ejemplares. Apadrinado por un grupo de antiguos falangistas y de gente surgida del entorno de CEDADE, junto a algunos antiguos miembros del Frente de la Juventud, la revista supuso la primera concreción de un intento de renovación de la ultraderecha con cara y ojos. En primer lugar, se abandonaban las referencias “históricas”: ya no se hablaba en nombre de un pasado próximo o lejano, ni se utilizaba una hermenéutica de otro tiempo, los temas y enfoques tampoco eran los habituales en las revistas ultras de la época. No se trataba de una revista “cultural”, sino de carácter político en la que se analizaba la realidad política del momento y se elaboraban dossiers sobre temas que estaban en el candelero.

Me cupo ser uno de los impulsores de este proyecto que logró en aquel momento aglutinar a una serie de militantes que permanecían en activo, decididos a operar una catarsis en un sector del que nos considerábamos herederos pero que éramos conscientes de que, en sí mismo, era completamente inoperante. No se trataba de que “enmascarásemos” el hecho de que éramos “ultras”, sino que aspirábamos a actualizar los planteamientos que habíamos defendido desde muy jóvenes movidos por la ambición de hacerlos más comprensibles para la población.

Para mí, los años 80, con las peripecias del exilio y de la cárcel incluidas y acaso por eso, por que en la cárcel había tiempo suficiente para leer, fueron los años en los que sellé mi aproximación a la llamada “corriente de pensamiento tradicional”. En esos años traduje muchas obras de Evola y puse particular énfasis en difundir su obra y la de René Guénon. Así mismo, era consciente de la necesidad de recuperar nuestra “historia” y realizar un análisis crítico de lo que había sido la vida del FNJ, de Fuerza Nueva y de Patria y Libertad. Movido por estas ideas, puse en marcha las informales Ediciones Alternativa que en pocos meses ofrecían en un catálogo una veintena de textos sobre todos estos temas. Era otra forma de proseguir con la catarsis liberadora de nuestro pasado. La difusión de todos estos fue pequeña, nunca llegaron a más de 400 ejemplares fotocopiados de cada título. Sin embargo, con el paso del tiempo, el trabajo de allos meses, supuso el que algunas intuiciones y juicios difundidos entonces por primera vez en los folletos de Ediciones Alternativa y en los siete números que salieron de la revista DisidenciaS, sirvieran para que mucha militancia que los había leído rectificara sus posiciones y participara en proyectos mucho más acordes con los tiempos que corrían.

En Disidencias fuimos a confluir un grupo de militantes que, por primera vez actuó “en red”. Jamás constituimos grupo político alguno, pero cada uno de sus miembros tenía cierta capacidad de movilización e influencia en los ambientes que frecuentaba. Además, las reuniones y los contactos frecuentes facilitaban el que tuviéramos una visión global de la evolución del sector. La convivencia fue importante en el desarrollo de las actividades del grupo que realizó excursiones de larga duración (siempre acompañados de alguna botella de anís Machaquito), seminarios, presentaciones y aunque no celebrara congreso alguno, todos terminamos confluyendo en Madridejos (Toledo) en la boda, como suele decirse, de “uno de los nuestros”. La foto final de los asistentes, amigos del novio, ha sido durante mucho tiempo una especie de “cuadro de honor” de la ultra más reconvertida de la época.

Pero la conversión era todavía parcial. Éramos conscientes de que no podía volverse a transitar por los estériles campos que habíamos recorrido hasta entonces. Pero nos quedaba el pelo de la dehesa de nuestra común procedencia ultra y, finalmente, a falta de un esquema completo de nuevas referencias, tendíamos a reconstruir a la primera de cambio, los planteamientos ultras de siempre. La etapa de DisidenciaS fue un comienzo, pero en modo alguno un final. Los siete números que aparecieron sirvieron para aproximarnos a un modelo de revista y de línea que supusiera una innovación real equiparable a la que en esos mismos momentos empezaba a avanzar en toda Europa.

Hacía falta contactar con gente que no tuviera un pasado ultra, o al menos no un pasado específicamente ultraderechista. Eso podría ayudar y acelerar la evolución del ambiente. Por otra parte, esto siempre sería enriquecedor. Algunos pensaban que esos sectores se encontraban dentro del PP o recién salidos del mismo. Yo no estaba tan convencido. No me cabía la menor duda en la época de que si alguien había entrado en el PP era para satisfacer ambiciones personales y si esto era así, el que se configuraran como una especie de “ala sofisticada” del PP y para ello asumieran la difusión de los puntos de vista de la “nueva derecha” francesa, no era más que una forma de justificar su presencia allí. Creo que a través de Enrique Moreno, un antiguo militante del Frente de la Juventud, entré en contacto con Juan Colomar. La historia de Colomar en la ultra era larga y dilatada, casi como la nuestra, solo que en la ultraizquierda. Pasado de grupos falangistas universitarios disidentes de los años 60, a la izquierda clandestina, estuvo en la rama catalana del FLP y más tarde en el Grupo Proletario que dio vida a la Liga Comunista Revolucionaria, sección del Secretariado Unificado de la IV Internacional. “Carapalo”, su nombre de guerra en la LCR, debió entrar en la clandestinidad y luego, fue de los escindidos que quieron vida a la Liga Comunista. Y una vez puestos a cuestionar algo, Colomar y su entorno cada vez se sintieron más alejados del marxismo, hasta que finalmente rompieron con él. Creo recordar que fundaron el Grupo Voluntad, editaron un manifiesto y adoptaron como símbolo esa especie de rayo rodeado de un círculo que luego utilizó el movimiento ocupa y que yo había conocido en 1968 cuando los últimos partidarios de la Union Mouvement de Sir Oswald Mosley se habían puesto en contacto conmigo.

En esto llegó el referéndum sobre la OTAN y, para esas fechas, Colocar había contactado por circuitos que hoy se me escapan, con el ENSPO, el exótico grupo heidegeriano que había formado Jaume Farrerons y uno o quizás dos acólitos más. Yo, a todo esto, estaba en el limbo de los justos, en la celda 23 del primer piso de la VI Galería de la Modelo, así que de todo esto ni me enteré. Por curioso que pueda parecer, estos grupos tenían su lugar de reuniones en el antiguo local de CEDADE de calle Valencia, a la derecha del Ensanche. Allí, en una sala que podía albergar a unas 50 personas y apretujadas hasta 75, tuvo lugar un mitin contra la OTAN, del que la única versión que tengo es la facilitada por Colomar. La gente la puso Colomar y estaba compuesta por antiguos cofrades suyos llegados de la izquierda, pero el primer orador era Farrerons quien abordó el tema desde una perspectiva inesperada para todos y, por lo que parece, inoportuna, derivando el tema de la OTAN hacia la “ideología de Auschwitz” o algo así. Esto no fue obstáculo para que tiempo después recuperaran la colaboración en el seno de algo que, no sabría decir cuál de los dos fue el impulsor. Me hace el efecto que cuando se llegaba a ese punto (1988) ni el grupo Voluntad, ni ENSPO existían ya. Así que nos tomamos unas cervezas y sondearon la posibilidad de que colaborásemos.

Mi error consistió en intentar que el grupo DisidenciaS se integrara en la nueva asociación que recibió el nombre bastante aséptico de “Nueva Europa” y estuviera más identificado con el de su publicación, “Sin Tregua”. A los pocos meses, aquello seguía sin convencerme. No había excesivo feeling y los debates era un canto constante a la falta de pragmatismo. Intentamos sumar gente dispersa de provincias, algunos de los cuales acudieron a reuniones en Madrid y Zaragoza, pero era evidente la falta de entusiasmo ante lo opaco de los debates. Se sumaron los especialistas en marginalidades varias. Emilio Mariat, un antiguo de la Falange Auténtica, al despedirnos de uno de estos encuentros le dijo a Farrerons: “Me alegro de haber venido, más que nada por haber conocido a gente tan curiosa como tú”.

Mentiría si dijera que aquellos debates me interesaban mucho y creo recordar que me abstuve al máximo de participar, seguramente porque no me imaginaba qué podía aportar al debate sobre el “hombre nuevo” o sobre el nacionalismo que Colomar ya había coronado. Por otra parte, la gente que venía con Colomar de la izquierda ya estaba demasiado baqueteada y muy poco dispuesta a volver a la militancia, mientras solo se tratara de debates teóricos, la cosa iría bien, pero cuando se tratase de colgar carteles o repartir panfletos, podía esperarse muy poco de ese sector. Así pues, la cosa era menos prometedora de lo que parecía inicialmente. Para colmo, por lo que recuerdo, y contrariamente a lo que ha escrito Farrerons, yo no tuve ni arte ni parte en su alejamiento. De hecho, desde el principio me pareció suficientemente sombrío como para que jamás me acercara mucho a él; creo recordar que fue Colomar quien más insistió en la necesidad de alejarlo del grupo, algo que a mí, a fin de cuentas, me importaba muy poco a la vista de que cada vez me sentía más alejado de aquello. Así que fui espaciando mis asistencias a las reuniones y finalmente dejé de asistir por completo alegando razones personales, entre otras, mucho trabajo, muchas preocupaciones y poco tiempo, que, por lo demás, eran figurosamente ciertas.

De todo aquel asunto lejano de Sin Tregua, la conclusión que saqué es que, cuidado con las “renovaciones” porque es posible que, renovando, renovando, termines encontrándote embarcado en unos debates que ni te van ni te vienen y, para colmo, teniendo como compañeros de viaje a gentes tan poco pragmáticas como había encontrado en los lugares habituales de la ultraderecha. Y para ese viaje, francamente, no necesitaba alforjas. Desde hace tiempo tiendo a no crearme ni crear a otros muchas complicaciones ideológicas. No he negado nunca que mi referencia doctrinal es el pensamiento de Julius Evola y de René Guenon, modulado por algunas interpretaciones y giros originados a partir de la Nueva Derecha francesa. Es falso –y los hechos diarios lo demuestran- que para irrumpir en el terreno político haga falta enarbolar una ideología cerrada y perfectamente defida, o de lo contrario, uno sea un oportunista frívolo y sin escrúpulos. Esa visión rígida la he encontrado tanto en la extrema-derecha como en la extrema-izquierda que, cuanto más inoperantes son, más aferradas están a sus trincheras ideológicas, como si en lugar de proyectarse sobre la sociedad, fueran sólo una defensa frente a la sociedad y a sus valores.

Y ¿cómo puede resumirse la perspectiva ideológica que sostenía? Es simple. Ya lo he dicho: el vacío es la forma y la forma el vacío, no existe ni sufrimiento, ni liberación del sufrimiento, ni doctrina para la liberación del sufrimiento; todo es vanidad de vanidades; pruébate a ti mismo cuantas más veces mejor que la prueba te dará la medida de lo que vales; abordar un viaje hacia la propia interioridad, encontrarse a sí mismo ante un muro blanco y desnudo, gozar de la vida con la seguridad de que es finita sin obsesionarse con esa finitud, cumplir el propio “Dharma” (algo imposible sin antes saber lo que uno lleva dentro), vivir la aventura y alternar la serenidad de Apolo con la carcajada de Dionisos, asumir que somos biología, pero también algo más que biología y que la tarea más alta en la vida es percibir el mundo tal cual es, con plena objetividad, hacer en cada momento lo que el cuerpo pide: si pide, aventura, dale aventura; si pide meditación, dale meditación; si pide comer, dale comida; si pide beber, procura que sea la mejor bebida posible la que le des; y si pide mujer, goza con ella que no hay nada más tristón que una gallarda en soledad física o mental.

¿Entienden por que me la trae al fresco a estas alturas una discusión ideológica? Si fuera un misionero, estaría preocupado por transmitir estos valores a otros, no lo soy, así que bastante tengo con enseñar a mis hijos lo que es la vida y esperar que ellos mismos vayan asumiendo estos valores que, a fin de cuentas, fueron también los que me transmitió mi padre.

El esquema del que partían Colomar y Farrerons al alimón era que una definición ideológica precisa y extrema, casi detallista, era la base para una acción política justa y eficaz. Yo no estaba por la faena. Lo que había visto hasta entonces era que contra más dogmatismo y rigorismo ideológico se asumía, más pequeño era el grupo, más aislado se encontraba de los problemas reales de la sociedad y menos capacidad tenía de operar sobre la misma. En Nueva Europa, por ejemplo, los elementos del debate eran la crítica al nacionalismo como expresión de la burguesía y del capitalismo, y el “hombre nuevo”. No era raro que se trabajara sobre el vacío. Ni uno ni otra eran los problemas del momento y, ni uno ni otro interesaban lo suficiente como para poder asentar sobre estos temas un programa político que llamara la atención de algún grupo social. Se trataba, por el contrario, de elaborar un programa, de buscar alianzas, de establecer nuevas formas de actuación y de tener claro que debía existir una desembocadura política y en lugar de un debate permanente.
Cuando en un grupo empiezan a confluir solamente gentes interesadas en el debate, pero muy poco por las desembocaduras políticas de ese debate o son incapaces de hacer algo más que debatir, al final a lo que se llega es a que el grupo se autopurga: desaparecen por completo los partidarios del pragmatismo y quedan solo eruditos, los palizas y los plastas, o los que se dejan arrastrar por unos y por otros. Y finalmente, en el fragor del debate, todos, antes o después, terminan peleados o asumiendo posiciones cada vez más opacas. Guardo muy pocos recuerdos de aquella época que solamente puedo comparar con mi paso por el medio falangista, si hemos de atender a la esterilidad política de ambos tránsitos.

Colomar, en mi modesta opinión, se equivocó de destino. Su papel no debería de haber sido el de crear, participar y animar diversas siglas, sino escribir artículos de actualidad política que, sin duda, habrían sido publicados en diarios y revistas de gran tirada. Lo perdí de vista hacia 1992 y supe luego que había dado vida, desandando lo andado, a un Partido Nacional Republicano, en el que se sigue, cuando ya el enemigo no era el nacionalismo sino que el aliado era justamente el nacionalismo jacobino. Supongo que habrá argumentado con el rigor que le caracteriza todas estas posiciones, como antes del 92 argumentó justo las contrarias. Pero, francamente, tanto ayer como hoy, tuve la indeleble sensación que eso “no era lo mío”. Y en estos casos lo más prudente fue saltar a la cuneta a la primera de cambio.

Nunca me perdonaré lo suficiente interrumpir la experiencia de DisidenciaS para abordar la de Nueva Europa. Creo que, de haber seguido por la vía emprendida, la revista hubiera mejorado, habría podido ampliar su base sin muchas dificultades y hubiera estado presente en las reconversiones de la ultraderecha que tuvo lugar en los años que siguieron y en los que permanecí completamente al margen.

© Ernesto Milà – Infokrisis – Infokrisis@yahoo.eshttp://infokrisis.blogia.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar procedencia.





Ultramemorias (IX de X). Entre la prolongada agonía y la renovación frustrada (3ª Parte) Lucha cultural y toros desde la barrera

3 06 2009

Los años 90 fueron para mí un período de alejamiento de cualquier forma de actuación política por distintos motivos. Uno de ellos, y quizás el más importante, que había poco que hacer y menos que decir. La ultraderecha parecía anclada en su crisis iniciada en 1981 y, por mi parte, había perdido la esperanza de que la catarsis emprendida pudiera llevar a algún sitio. Mantenía vínculos y puentes con el ambiente, pero me abstenía de participar, escribir e incluso opinar públicamente. Fueron años en los que me refugié en lo personal, multipliqué mis colaboraciones con revistas de carácter no político  y escribí varios libros sobre temas que me interesaban personalmente o bien en los que veía que podían tener buena difusión. Sin esforzarme mucho, en esos años logré vivir de lo que escribía. Y, sobre todo, vivir intensamente y sin tiempos muertos, algo que siempre he necesitado. Los años de clandestinidad y exilio, la práctica del zen y la misma dinámica de la vida, había grabado a fuego algunos rasgos en mi carácter que antes no se habían manifestado. El pragmatismo había ganado espacio en mi personalidad: ante las situaciones de urgencia –y lo limitado de la vida convierte a todo en pura urgencia- discutir es malo, perder el tiempo es peor y se impone enviar a paseo a quien te haga perder un minuto. Es una forma de compación hacia el pelmazo: enseñarle que dar la barrila no es la mejor de las actitudes. En París y en otras ciudades en las que he vivido, tenía que cambiar de apartamento constantemente para impedir ser localizado y al final, le cogí gusto a los cambios; hoy me cuesta estar cinco años haciendo la misma actividad. Si la vida es cambio constante, más vale subirse en la cresta de los cambios para no perder el tren de la vida. Y en eso sigo desde los años 90.

Había algo de inquietante en lo que ocurrió en esa época. Si finales de los años 60 y principios de los 70 fueron los años de tanteo personal casi adolescente, el resto de los 70 fue (para el ambiente político en el que me movía) el tiempo de los grandes errores que se prolongó hasta principios de los 80. El resto de esa década fue el de los intentos de renovación, limitados unos, insuficientes otros y frustrados todos. Los 90 iba a ser el tiempo de algunas regresiones y de muertos que seguían vivos, transformados convenientemente en zombis. Y aún quedaba la primera década del nuevo milenio que no sería sino una prolongación de la anterior con leves atisbos de esperanza. Así pueden resumirse los 40 años que he visto y vivido. O como ir de la nada a la más absoluta miseria, pero, eso sí, con 40 años de experiencia y varios masters en perdida de tiempo, iniciativas frustradas y managment en incapacidades varias.

Hablaba de los años 90. El número de gente que era consciente de que había que renovar en profundidad el ambiente iba creciendo y lo mejor era que cada vez era más consciente de que la renovación debía ser radical o no sería. Pero en eso de las “renovaciones” ya se sabe que hay que recordar la palabra del Buda: “si una cuerda se tensa demasiado, se rompe; si no se tensa, no suena”. Y esta sola frase encierra todo el dramatismo de las renovaciones frustradas. La que habíamos intentado desde Nueva Europa, por ejemplo, era de las que “rompían” la cuerda y lograban que, finalmente, ni se alcanzara a interesar a grupos sociales nuevos, ni lo expuesto tuviera interés para los habituales. Era la forma de vaciar lo poco que quedaba en el recipiente. Antes, la de Juntas Españolas había sido una renovación tan limitada que, en algunos momentos, me dio la sensación de que eran una Fuerza Nueva sin Blas y sin la sobreactuación en materia religiosa. Y no hubo forma de que aquello diera musicalidad alguna. En los años 90 a esto se sumaron ilusiones de renovación difícilmente digeribles, pero también nuevos intentos que permitían hacer un lugar para la esperanza.

No voy a referirme en detalle a intentonas culturales que hubieron varias en la época y todas vinculadas a intentos más o menos limitados de traer a España, el pensamiento de la Nueva Derecha francesa que nunca había terminado de arraigar en España. Estos intentos se habían frustrado siempre en la medida en que no pasaban de ser formas de acomodamiento de tal o cual individualidad en el mundo universitario. No tenían pues nada de profundo, ni de interesante, sino que apenas eran formas de apalancamiento personal, sin gran interés. Por otra parte, en esos años manifestaba mi escepticismo sobre la actividad de aquellos a los que despreciativamente llamábamos “los culturetas”. Mal asunto cuando una Cultura con mayúsculas se convierte en algo erudito y en permanente construcción. Esta era la crítica que hacía a la Nueva Derecha francesa de la época. Desde 1968, Alain de Benoist venía explicando que para jugar un partido –y el partido era la hegemonía cultural que la que nos decía que precedía a la hegemonía política- era preciso entrenarse. Así pues había que trabajar, y trabajar duro, para que el clima cultural permitiera la aparición de condiciones objetivas favorables para, no un cambio de gobierno, sino un cambio radical de Sistema (concebido como conjunto coherente de orden social, político, económico y cultural). Hacia 1978, en Francia, la Nouvelle Droite había irrumpido con fuerza, especialmente desde que sus más pristinos exponentes habían entrado en la redacción de Le Figaro Magazine. Entre 1978 y 1980, fue rara la semana en la que no apareció en los medios franceses algún tipo de comentarios sobre las ideas de Benoist, Marmin, Faye, Vial o Pawels. El marxismo iba entrando en crisis como ideología de moda entre la intelectualidad. Recuerdo que en España, el punto de inflexión debió llegar hacia principios de 1980, cuando Henri-Levy, en el curso de un debate de La Clave, paró los pies a Santiago Carrillo, simplemente recordándole que no estaba en un mitin electoral. Carrillo, gran pope de la transción junto al Duque de Suárez, perdió los papeles y no logró reconstruir un discurso capaz de contrabandear la crítica al marxismo realizada por Henri-Levy desde la “nueva filosofía”. A partir de ese momento, la clase intelectual española que hasta entonces había tenido al marxismo como única filosofía aceptable, empezó el despiste advirtiendo que las modas pasan y que esta fe empezaba a periclitar. Desde el punto de vista ideológico los 80 se inician con la crisis del marxismo y terminan cuando ya nadie se acordaba de lo que supuso la hegemonía marxista en la universidad.

En la Barcelona de entre 1969 y 1976, todos –y repito, en todos- los kioscos de las Ramblas barcelonesas eran verdaderas bibliotecas marxistas en las que podía adquirirse cualquier libro de Marx, Lenin o Mao, sin olvidar, claro está a Marcusse, Nikos Poulantzas, Althuser, Pierre Mandel y el general Giap, pero en cambio era imposible comprar ni un solo libro de pensadores conservadores que existir, existían, pero que no gozaban del favor editorial, algo curioso en pleno tardofranquismo. Sin embargo en 1976, esos mismos kioscos de las Ramblas retiraron tanta literatura marxista y se convirtieron en escaparates del destape, paraíso de voyeristas, babosillos y pajilleros natos. Hacia final de la década, también lo “X” empezó a tener dificultades, así que dejó paso al ocultismo y a la astrología como si las incertidumbres sobre el final de la transición incitaran a interesarse por un futuro via sideral. Diez años después, de todo esto quedaba poco y esos mismos anaqueles mostraban libros de autoayuda, muchos de los cuales aceleraban los impulsos suicidas de sus consumidores, y sobre todo, ocio especializado: revistas de viajes, de fotografía, de perros, de caballos, de tatoos, de videojuegos, de spectrums, de ovnis, etc. Y es que los kioscos y las pajareras de las Ramblas han sido siempre el retrato más completo de la vida cultural barcelonesa; por eso cuando la concejala Pilar Rahola prohibió que se vendieran animales vivos en aquellos kioscos (lo único vivo que se podía adquirir en Las Ramblas), advertí que Barcelona era una ciudad muerta y que las Ramblas eran el paradigma de una urbe que había intentado ser ciudad fashion con Manhattan y la Gran Manzana como ejemplo a seguir pero llevaba camino de quedarse como ciudad provinciana y de inmigración como aquella Marsella de la que me habló mi padre con entusiasmo, a la que conocí en 1981 y que yo mismo vi transformarse en una ciudad mora en la orilla equivocada del Mediterráneo.

Todo esto viene a cuento de que la Nouvelle Droite proponía un entrenamiento en materia cultural y esto nos pareció a todos razonable en el lejano 1968. Así que nos suscribimos a Nouvelle Ecole y a Elements, leímos hasta la saciedad los artículos de Benoist y demás, los elogiamos, los apreciamos y, sobre todo, extrajimos algunas ideas nuevas, junto a  referencias a otros autores que leímos con fruición. Pero todo entrenamiento, a la postre, sirve para jugar un partido, enfrentarse a una final, competir y vencer. Y esto era lo malo: nunca se juzgaba que el entrenamiento era suficiente. El partido nunca llegaba, siempre quedaba más lejos en la perspectiva del tiempo. El entrenador consideraba que había que entrenarse más todavía y luego más aún y, finalmente, todavía más. Este planteamiento era comprensible a la vista de que Le Pen era llamado hasta 1985, “Monsieur 1%” dada su tendencia irreprimible a presentarse a cualquier elección, obteniendo este porcentaje. Si el misérrimo 1% era el “techo político”, había, pues, que seguir entrenándose.

Si la “Nouvelle Droite” era “nueva derecha”, era por oposición a la “vieja derecha” francesa: a diferencia de ésta, germanófoba, la de Benoist era germanófila, si una era nacionalista y antieuropea, la otra reusltó ser europeísta y antinacionalista; la una esencialmente visceral, la otra quiso encontrar bases científicas; católica una, la de Benoist se decía pagana; una miraba hacia atrás y desconfiaba del futuro, la nueva miraba hacia el origen y tenía su confianza puesta en el final del camino (idea que al final Faye terminó resumiendo en una palabra-fórmula: arqueofuturismo).

El problema vino cuando Le Pen dejó de ser “Monsieur 1%” y se convirtió en un fenómeno político en la muy racionalista y cartesiana Francia, cuna de la ilustración, la tortilla, la república y el bidé. Le Pen, a lo largo de los 90 quedó por delante de Benoist en el ranking de apariciones televisionarias. Atrincherado Benoist en la sofisticación ideológica, Le Pen, con un discurso extremadamente simple, atraía a masas utilizando una retórica y unos temas que Benoist creía definitivamente superados, pero que sin embargo, lograron capturar votos venidos del gaullismo, de la izquierda, de la vieja derecha, de católicos, paganos y mediopensionistas. Un “equipo” –el Front National- sin tener el entrenamiento suficiente, con un capitán del equipo tuerto y cuyo techo ideológico estaba en el Maurras de 1914, pisaba el césped, generaba una hostilidad total del “sistema” e incluso ganaba algunos partidos.

Era evidente que Benoist iba a tener problemas dentro de la Nouvelle Droite y que buena parte de su gente miraba con desconfianza el proceso de islamización de la sociedad francesa y la formación de guetos de la inmigración. Mientras que Benoist se entrenaba para un partido que nunca llegaba, los recién llegados parecían optar por derruir el estadio. Algunos cuadros de la “nouvelle droite” terminaron yéndose con Le Pen sin renunciar a sus puntos de vista doctrinales, por reconocimiento de que el eje de la respuesta se había trasladado de Benoist a Le Pen, otros criticaron con extraordinaria virulencia el giro tercemundista de Benoist adoptado desde principios de los 80. Algunos incluso recordaban y reprochaban a Benoist que, tras el atentado, precisamente, a la sinagoga de rue Copernic, éste, para evitar que la ola de antifascismo le alcanzase, recordase en un artículo que judíos y paganos habían tenido el mismo enemigo: el cristianismo. Y, como colofón, Guillaume Faye, con sus altibajos propios, rompió con Benoist abriendo el período en el que escribió media docena de libros brillantes, ensombrecidos luego por tomas de posición discutibles y poco creíbles. Los intelectuales son asín…

Decía uno de nuestros iconos, Pierre Drieu La Rochelle, que intelectual no es el que piensa sino el que hace del pensar una profesión. Cada cual vive de lo que puede, así que, en principio no es criticable el que uno haga del estruje de sus neuronas un medio de vida. El problema es la importancia que se le da a todo esto. A intelectuales como Benoist les corresponde seleccionar, analizar, divulgar, adaptar y coordinar ideas que nacen en el mercado cultural, desechar unas y recomendar otras. Este trabajo solamente puede realizarse empleando tiempo. Y el tiempo es dinero. Así que la comercialización de la cultura es algo lógico e inevitable. Pero este trabajo no es un sacerdocio que proyecte sobre la sociedad un pensamiento trascendente y dotado de una sanción superior: supone poner a disposición de la sociedad un instrumento para su transformación.

En tanto que instrumento, la visión cultural propuesta por los intelectuales, no basta por sí misma para transformar la sociedad: hace falta una voluntad transformadora, es decir, que ese pensamiento sea asumido por una estructura organizada que será el verdadero ariete contra el “sistema”. Por mucha impregnación cultural que hubiera realizado la Ilustración en el siglo XVIII, la revolución francesa hubiera sido imposible sin la burguesía organizada en las logias masónicas y el caso de la revolución rusa de 1919 o incluso de la revolución alemana de 1919-33, se realizó simplemente porque existía una minoría dotada de odio –sí, de odio de clase, de odio racial, de odio hacia la puñalada por la espalda, de odio hacia la burguesía en definitiva- capaz de transformarlo en rodillo para “repasar” al “sistema”. No hubo mucha lucha cultural en la Alemania de Weimar ni en la Rusia zarista que precedió a la revolución rusa. El odio como fuerza transformadora de la sociedad (odio surgido de privaciones, de experiencias negativas, de resentimientos étnicos, de clase, atávicos) es tan constructiva como el amor (amor a la patria, amor a la familia, amor a la tierra natal, amor a la comunidad del pueblo, amor a los antepasados) y ambos, a fin de cuentas generan las fuerzas que construyen el futuro: el odio destruye al “viejo mundo” y el amor construye un “mundo nuevo”. ni es ni podía ser de otra manera, a pesar de Bambi, de la UNESCO y del humanismo universalista zapateriano.

A la nueva derecha le ha faltado siempre esa tensión emocional que ha estado presente en los grandes movimientos humanos de la historia: como todo lo que es intelectual, ha sido demasiado reposado, excesivamente alejado de las pasiones humanas, huidizo de esa parte de la naturaleza humana que es animal, instintiva, primitiva, y que se manifiesta en instintos comunes a los animales superiores, instinto de supervivencia, instinto de reproducción, instinto territorial, instintos que, a la postre, no precisan detrás una gran construcción intelectual sino que se manifiestan en toda su brutalidad en momentos de crisis. ¿Es que habíais olvidado que vuestro sustrato biológico es animal y que a la postre se trata de pensar con la cabeza, con el corazón y con los testículos?

Por todo ello, a pesar de tener cierto interés cultural y una curiosidad intelectual insertada desde muy jovencito por una biblioteca gigantesca heredada y ampliada, jamás he concedido una importancia excesiva a la “lucha cultural”, y el conocimiento de la vida me ha inducido a alejadarme de “los culturetas”. Por si tenía dudas sobre todo esto, desaparecieron cuando en cierta ocasión, en el curso de una cena con Benoist en el Restaurante Casa Juan en Barcelona, éste pidió una tabla de embutidos. Ver a Benoist comer una tabla de embutidos quizás no sea una imagen excesivamente intelectual, pero era el reflejo más vivo de que en el ser humano, lo instintivo está a flor de piel y, a fin de cuentas, camina por delante (aunque por abajo y en palanca) de sus neuronas.

Quizás sea necesario añadir que me creo en el derecho de realizar todas estas críticas en la medida en que todavía sigo próximo a la nueva derecha y en el momento de escribir estas líneas acabo de traducir la obra de Alain de Benoist “Mañana el decrecimiento” con una introducción sobre la crisis económica especialmente escrita para la edición española. Véase pues en estas notas, unos comentarios de “uno que está en el mismo lado” por mucho que no crea en las bondades de la lucha cultural.

*     *     *

Hacia 1995, algunos camaradas con los que me unía una entrañable amistad ingresaron en La Falange. Hay que explicar que La Falange era una escisión capitaneada por Gustavo Morales (aquel que había liderado la escisión de la FE-JONS(A) conformando la FE(A) con Ana María Fernández Llamazares de parachoques, viajero a Cuba en camisa azul, aquel que luego fue funcionario de la embajada iraní, más tarde estuvo en el proyecto del exótico abogado Rodríguez Menéndez de rescatar el diario “Ya” con los dineros de Vera salidos de las cloacas felipistas, más tarde en el entorno de Mario Conde cuando desembarcó en el CDS y a través suyo intentó intervenir en política y, finalmente, con otros ingresó en la FE-JONS de Diego Márquez con el consiguiente cipostio, la escisión cantada y la formación de La Falange, un cachondo, vamos). A pesar de todo lo que algunos pueden pensar pensar de este historial, Gustavo se seguía considerando hedillista y falangista cuando lo conocí en el local de CEDADE de calle Valencia hacia 1989 en el marco de los contactos que terminarían en la Asociación Nueva Europa. Removilizando agendas consiguió movilizar a unas decenas de veteranos e incorporarlos al proyecto de salvar a la falange, hacer una nueva falange y adecuar, en cualquier caso, a la falange al tiempo nuevo. Trabajo de Sísifo, tratajo titánico, trabajo imposible.

En principio me costó asimilar el que algunos amigos habían realizado lo que, en mi opinión, era una simple regresión, esto es asumir los colores y la chapa de un equipo que estaba definitivamente desnortado desde 1937 y cuya historia confirmaba que era, ante todo ysobre todo, una fuente de problemas: Falange. Es difícil explicar para quien no esté familiarizado con falange que nunca ha existido una, sido media docena de falanges (y siguen pariendo) y yo incluso diría que hay tantas falanges como falangistas han sido. Pero a esas alturas, en 1995, estaba alejado de la política y dispuesto a aceptar aquello que mis amigos hicieran, a fin de cuentas eran ellos los que permanecían en activo. Cuando nos vimos, hacia 1997 en Barcelona, daba la sensación de que seguían existiendo distintos grupos falangistas pero el capitaneado por Morales era el que se había llevado el gato al agua, arrastrando la mayor base militante.

En ese tiempo se había constituido ya Democracia Nacional dirigida en ese momento por gente que conocía desde el arranque de Juntas Españolas y en el Frente de la Juventud. Acudí a una conferencia de Pérez Corrales en el hotel Calderón, pero lo que oí tampoco me convenció excesivamente. Era cierto que por su estética y discurso, Democracia Nacional parecía otra cosa y existía una ruptura con la ultraderecha, desde luego mucho más evidente que el continuismo del que hacía gala otro grupo Acción por la Unidad Española dirigido por el hijo del comandante Sáez de Ynestrillas. Estos eran los ultras de toda la vida en torno al que encarnaba mejor los valores, errores y horrores de ese sector. Lo conocí, oí su verbo áspero y cazalloso y decidí alajarme consciente de que aquello terminaría mal y que no valía la pena dedicarle ni cinco minutos lamentando que algunos antiguos camaradas de Fuerza Nueva de Barcelona terminaran en aquel agujero negro cuya mera existencia era el signo de la decadencia del sector. Ynestrillas, en esa época había emprendido la peregrinación a París para ser bendecido por Le Pen, como antes y después harían todos los que querían una “sanción superior”. Pero ni con sanción superior, uno podía olvidar su discurso políticamente analfabestia, primitivo hasta lo neanderthal y pre-piñarista, capaz de considerar a lo cromagnoide como un “rojo” cualquiera. Democracia Nacional era, por supuesto, otra cosa. Eran los tiempos en los que el felipismo sufría de la famosa “tenaza” Aznar-Anguita. Pérez Corrales había optado, ante lo endeble aún de su partido, por apoyar las propuestas de Anguita como intento para insertarse en la política real. No era, en principio, una idea rechazable. El problema es que por mi parte seguía viendo las cosas en función de Siddarta Gautama Buda: “si una cuerda se tensa demasiado se rompe, si no se tensa, no suena”. AUN e Ynestrillas eran una forma de tensar la cuerda, el instrumento y terminar haciendo trizas la guitarra, la partitura, el atril y la sala y luego emprenderla con el auditorio. Y DN seguía sin sonar. Luego estaba La Falange, donde, sin duda tenía más conocidos y amigos… pero ya por entonces había decidido no circular por senderos que había trillado antes y, desde que a finales de 1976, asistí al Congreso Nacional Sindicalista había decidido que ese vía, muerta o no, en cualquier caso no era para mí. Así que era cuestión de seguir en casa en situación de “disponible para el servicio” y, entre tanto, dedicarme a “mis labores”.

Escribí en esa época varios libros publicados por editoriales de primera fila y que gozaron de cierto favor del público, lo que les ha merecido sucesivas reediciones. También colaboré con revistas de todo tipo y, por aquello, de que no había que cortarse ni autolimitarse, también lo hice con El Viejo Topo enviando un ensayo sobre la “izquierda del abuelo” y las relaciones entre marxismo y socialismo utópico, con el ocultismo y las sectas. Se publicó y poco tiempo después, el director de la revista me requirió para escribir otro sobre la New Age en el que me mostré especialmente crítico. También publiqué en la revista Defensa algunos artículos sobre el terrorismo moderno y sus estrategias que luego fueron traducidos y editados en revistas extranjeras del mismo tipo. A raíz de que Isidro Palacios, entonces en la redacción de Mas Allá de la Ciencia, me pidiera una serie de artículos sobre “poderes ocultos” para editar en un número especial titulado “¿Quién mueve los hilos?”, me dí cuenta de que podía apuntar en esa dirección y me decidó a enviar artículos a las revistas de ese género que repercutieron en que poco después trabajara en varios programas radiofónicos. De ahí empalmé convirtiéndome en redactor jefe de la revista Saber Mas, durante un tiempo suplemento mensual de El Mundo de Catalunya. Y así sucesivamente. Pero esto tiene poco interés y ninguna relación con la ultra por mucho que un tarado haya intentado presentarlo como un intento coordinado de alcanzar la hegemonía en ese ambiente cultural.

Y entonces llegó Internet.

© Ernesto Milà – Infokrisis – Infokrisis@yahoo.eshttp://infokrisis.blogia.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar procedencia.





Ultramemorias (IX de X). Entre la prolongada agonía y la renovación frustrada (4ª Parte) Miserias y esperanzas

3 06 2009

Fue hacia principios de 1997 cuando me senté delante de un ordenador y me dije: “esto de Internet debe ser la hostia”. ¿Para qué engañarnos? En aquel momento ni pensé en los gurús de internet, ni en las sofisticadas perspectivas que ofrecía la cybercultura y que había podido anticipar gracias a las lecturas del cyperpunk, ni siquiera que en que en los últimos diez años mi vida había girado en torno al ordenador y, progresivamente, casi sin carme cuenta, en torno al modem, primero el de 256 kbs, luego el de 512, más tarde entorno al primitivo RDSI. Recordé, eso sí, que había visto el primer ordenador en el Paris de 1980, cuando funcionaban todavía a base de casetes y me dije que algún día yo debía de utilizar ese trasto. De Bolivia me fui a escape con un flopy bajo el brazo, de aquellos de 12 pulgadas anteriores a los PCs. Y casi mejor que no me pregunten por qué elegí ese bagaje y no otro. Luego, en la soledad de la VI Galería de la Modelo, el aburrimiento más absoluto me hizo mirar incluso los anuncios de las pocas revistas que me llegaban. Veía la publicidad de Appe, de IBM, y me decía que al salir debía de conocer esa técnica. Salí y lo primero que hice fue comprar uno de aquellos Amstrad PC 1512, clónicos del IBM original, cuya definición de pantalla, ausencia de disco duro, dos flopys y memoria RAM al límite de la indigencia, hoy harían sonreir. Con aquel trasto y de la mano de un procesador de textos lítico, aquel Word Star, entré por la puerta pequeña en un mundo nuevo y original que revolucionaría nuestro tiempo mucho más que las incendiarias proclamas de cualquier Bakunin improsivado o de todos los Mao-Tse-Tung y Lenin deducibles de la lectura del Manifiesto Comunista. Internet tardó todavía ocho años en incorporarse a mi vida. Antes, hice alguna incursión en aquella infame copia del Minitel francés, que fue la efímera red Ibertexto, al que hoy se puede contemplar con la compasión que se depara a los precursores desafortunados. Y finalmente, un día, en 1996 me senté ante un ordenador conectado a la red. En aquel tiempo para probar el invento o se acudia a http://www.playboy.com o a http://www.vaticano.com. Inútil decir por donde me inicié. Luego hubo que elegir entre Nestcape o Explorer, más tarde el gestor de correo electrónico y finalmente ver cómo carajo se podía colgar una web y así llegué al primitivo html y luego a java. De ahí salió mi primera Web: Disidencias, colgada en Tripod, que luego cambió de manos en varias ocasiones, perdiendo los jpgs e inhabilitando las partes en java. Si a eso unimos que puestos a perder, perdí los códigos de acceso, no es extraño que siga todavía agonizando en solitario y olvidada de todos con una media 125 visitas al día en el donde la dejé hace 10 años: Disidencias on|line press. Era inútil anclarse en el dominio de una técnica porque la siguiente, cien veces más brillante, simple y ventajosa, terminaba apisonando a la anterior en apenas semanas. Eran tiempo en los que no solamente había que pagar por estar conectados, sino que había que pagar también para que te dieran acceso a la red.

Las ventajas que, a primera vista, advertía en Internet eran las suficientes como para zambullirse en la red sin escafandra. No solamente las nuevas tecnologías te permitían contactar con el mundo, sino que evitabas las semanas de espera que un paquete de revistas o una carta tardaba en llegar a cualquier país europeo. Además, no sólo estaba cambiando nuestra forma de comunicarnos con el mundo, sino que también el mundo había cambiado. La larga noche felipista quedó atrás, el Muro de Berlín había cerrado lo que empezó en los astilleros de Danzig en 1980 y, tras la Segunda Guerra del Golfo la globalización parecía nuestro destino, como si el siglo XXI se hubiera anticipado; pero en realidad, desde mediados de la década de los 90 estábamos asistiendo al final de una era. En realidad, solamente tuvimos conciencia de que estábamos al principio de otra, no con las campanadas que nos trasladaron del año 1999 al 2000, sino con el desplome de las Torres Gemelas: habíamos entrado en la era del terrorismo internacional y de las convulsiones sin fin que van a recorrer trasversalmente nuestra desgraciada época. Si a finales del siglo XIX, Jack el Destripador pudo escribir con sangre que con el se había iniciado el siglo XX, el siguiente llegó con 21 meses de retaso, 12 años después de la caída del Muro, casi con precisión cabalísica.

En el período situado entre 1997 y 2001, resultó evidente que toda reconstrucción de fuerzas políticas, sociales o culturales en el futuro, se haría a través de la red. Y ese fue el problema: con inusitada rapidez todos los ultras, ultrillas, aspirantes a ultras, ultras reconvertidos, ultras de estricta observancia, ultras que querían dejar de ser ultras y no sabían como hacerlo, ultras cansados de militancia ultra, ultras fracasados políticos, ultras en la inopia, ultras con los pies en la tierra, ultras chivatillos, ultras mamoncillos, ultras místicos, ultras pescadores de almas y de carteras, ultras enmascarados, ultras sin parroquia y sin grey, ultras anormales y tarados ultras y no ultras y ultras culturetas, fuimos a converger a Internet, cuando Internet era prácticamente un erial y las webs de verdadero interés podían contarse con los dedos de la oreja.
Había dos problemas. El primero era que la falta de éxitos y perspectivas políticas del sector ultra corrían el riesgo de convertir internet en una trinchera fácil, una forma de “hacer política” eludiendo la militancia y el trabajo efectivo de base. Bastaba con tener un blog para “existir” en Internet, en principio, en plano de igualdad con cualquier otra web, blog o portal. Había el riesgo de que Internet se convirtiera en el sustituto del trabajo político, una herramienta más para el talk-show permanente al que nos había llevado la sociedad del espectáculo. Esto equivalía a que las impotencias, las ideas erróneas, las divagaciones y las pérdidas de tiempo, se traladaran a la red. Internet era un instrumento, no “el instrumento” que sustituiría a cualquier otro. Las carencias de la ultraderecha no iban a resolverse simplemente porque todos sus militantes tuvieran una conexión a Internet de ancho de banda aceptable. Es más, podía ocurrir, incluso, que aumentaran.

Luego existía un segundo problema que afectaba a todo usuario de Internet: aumentaba exponencialmente el descontrol en los debates, la falta de organicidad, la reiteración en los temas, la participación reiterada de gentes que no estaban preparados para debatir sino que con dificultades dominaban el silabario, el que todo quedara igualmente registrado ad infinitum, tanto las intervenciones que aportaran algo positivo como la morralla deleznable y, finalmente, era el lugar más apropiado para intoxicadores, en un ambiente en el que la figura del “enterao” (siempre he dicho que España es un país de “enteraos” y que aquí todos lo sabemos todo de todos y todos estamos “esteraos” de todo, pero en la ultra sin duda existen los más enteraos del país) y los macutazos a diestro y siniestro.

En aquellos primeros tiempos de nuestra incorporación a Internet los gurús de la red hablaban frecuentemente de Netwar y de la Cyberwar, es decir de la “guerra en red” y de la utilización de la red para la guerra, pero era previsible que, la ultraderecha inaugurase otro concepto, el de NetCivilWar, guerra civil en red, o el todos contra todos dentro de un mismo ambiente. Dele usted a un inmaduro una garrota o un ordenador y, a la postre, terminarán haciendo lo mismo: liarse a estacazos con el de al lado.
Al cabo de poco tiempo vimos las extraordinarias posibilidades de la red, tanto para construir como para hacer polvo lo poco que quedaba en pie. El Foro Disidencias impulsado por Enrique Moreno, fue el primer foro que realmente consiguió cristalizar en torno suyo, hace más de 10 años, a decididos partidarios de la renovación del sector. Fue a través del foro como aquel partido de cuya existencia había sabido unos años antes, Democracia Nacional, terminó por interesarme. Tenía un rasgo diferencial a todo lo que había conocido hasta entonces. No solamente resultaba claro que manifestaba una indudable voluntad renovadora, sino que la habían puesto en marcha, provista de un fundamento teórico: la doctrina sobre la “autonomía histórica”. Esta doctrina podría resumirse así: “no existen modelos en el pasado en los que podamos reconocernos a la hora de abordar una lucha política en el presente y, por tanto, el partido es libre para elegir en cualquier momento la línea que se adapte a las necesidad del momento a despecho de experiencias históricas pasadas”. Y se decía alto y claro, lo que evitaba viejas discusiones doctrinales sobre matices tan habituales entre los partidarios de las ideologías “históricas”, se evitaba también la maldición que pesará eternamente sobre la extrema-derecha española, sobre su vinculación al franquismo o la eterna polémica sobre símbolos y autocalificaciones (los miembros de Democracia Nacional son… nacional demócratas). DN era, pues, lo que el programa y los documentos de DN decían era.

Pérez Corrales, su presidente me remitió los documentos y, efectivamente, tenían rasgos diferenciales muy acusados (y, por tanto, sorprendentes). Otros, sin duda, con más capacidad teórica que yo, habían conseguido cristalizar en una doctrina política coherente, el ya viejo afán de renovación que algunos sosteníamos como imprescindible desde tiempo atrás. Así que una aproximación por mi parte a DN era lo que correspondía por aquello de que “lo semejante se une a lo semejante”. Aquella elaboración teórica había sido abordada por un antiguo miembro de CEDADE, Laureano Luna, de quien ya había leído algunos artículos pero que no conocía personalmente. Otro antiguo de esta organización, Martínez Artal había asumido una parte sustancial de los gastos. Pérez Corrales, procedente de Juntas Españolas, era el presidente de la formación. Y Pedro Alonso, antiguo del Frente de la Juventud, su secretario general. Así pues, DN era una especie de mosaico que había surgido de distintas fusiones operadas entre 1995 y 1996. En aquellos momentos, el Frente Nacional de Blas Piñar parecía tentado por unirse a Juntas Españolas, cuando bruscamente, Blas lo disolvió. JJEE, a su vez, se aproximó a otros dos sectores: los veteranos de CEDADE que habían ido a confluir con los supervivientes de Bases Autónomas, en lo que se llamaría Area Independiente, sumándose luego otros grupos minoritarios.
En cifras absolutas, todo esto suponía unos 600 militantes puestos sobre la mesa por Juntas Españolas y 200 más por el resto. La Falange de Morales en aquellos mismos momentos debía tener algunos militantes más, seguramente llegarían a 1.000 o quizás algo poco más. A sumar otros 1.000 dispersos en distintas siglas falangistas, grupos locales, y exotismos bizarros varios. Eso era toda la extrema-derecha de la época. Una comunidad que apenas llegaba a los 3.500 militantes. Pero si alguien pensaba que se había alcanzado el momento máximo de la crisis, se equivocaba.

A través de Internet lanzamos la idea de una candidatura unitaria para las elecciones autonómicas catalanas de 1999. La idea prosperó a pesar de que Catalunya era sin duda, una de las regiones más desfavorable para la expansión de este tipo de proyectos. El llamamiento se lanzó (y habría que añadir que tras la idea nos encontrábamos Enrique Moreno y yo), con eco superior al esperado. Era posible que, una experiencia unitaria que simplemente consiguiera detener la sangría de votos y obtener un resultado digno superior al 1%, consiguiera prender en el resto del Estado y en las formaciones ultras una voluntad unitaria.

En aquel momento, DN tenía la formulación teórica y programática más completa pero, sin embargo, la diferencial de militantes en activo jugaba a favor de La Falange. En torno a estos dos grupos, se polarizaba todo el interés, el resto eran meros acompañantes formales, pero ni estaban en condiciones de aportar militantes, medios, ni ideas. Si se lograba que DN y La Falange advirtieran, uno que podía impregnar con su bagaje teórico a un sector mucho más amplio y el otro que, le daban hecha su necesaria reconversión y que, en términos numéricos, tenía el volumen suficiente como para ocupar lo esencial de la dirección, podíamos entonar el “habemus partido unitario” a la vuelta de pocos meses y de cara a las generales del 2000. Esperanzas vanas, porque todo debía de torcerse en esos mismos días.

En principio, a pesar de que AUN era un partido ya prácticamente virtual en Barcelona, asistió a la reunión Ynestrillas al que le faltó tiempo en un descanso para liarse a hostias -off curse- con el delegado del devoto FE(i). DN estaba por la faena unitaria en aquel momento. Con La Falange era difícil aclararse exactamente si estaban a favor, en contra o todo lo contrario, incluso saber si estaban donde estaban o en cualquier otro lugar, lo que era más grave porque el que decía ser su secretario general estaba presente (y, por cierto, con una seriedad pasmosa decía conocerme desde 1980 y haberme conocido en actos en los que yo nunca había estado presente, lo que era todavía más inquietante). Luego estaban los de la FE-JONS de Diego Márquez que afirmaban existir aunque yo no andaba muy seguro de si eran un holograma virtual o incluso una calcomanía. Y, en cuando a los que albergaban el encuentro en su local, los ex piñaristas que después de un baño ynestrillista habían vuelto a llos páramos piñaristas, los de ADES (ya saben, “el reino de los muermos”), solamente pensaban en que la reunión no se prolongara mucho no fuera a ser que sus esposas terminaran inquietándose por la tardanza. Es lo malo que tiene abrir y cerrar un local durante 20 años a las mismas horas.

No hubo nada que hacer. La Falange –que a esas alturas ya había visto como Gustavo se había ido por la puerta falsa dejando a un tal López (al que rebauticé “Lopezón” por su desparramada humanidad) al frente- creía que no precisaba nada de nadie y que seguiría siendo fuerza hegemónica en la ultra por siempre jamás. Los de DN accedían a intentos unitarios, pero sin mucho convencimiento, entre otras cosas, porque estaban más al día que yo sobre el percal corría. Y en cuanto al resto, francamente, el resto contaba poco o no contaba. Así que en los años siguientes había que resignarse a que no hubiera partido y todo siguiera su curso descendente. Sin embargo, Internet seguía existiendo y aún pudimos lanzar un “proyecto unitario” en el mismo Foro Disidencias, que murió con más pena que gloria.

Así pues no quedaba más que una vía: si la unidad era imposible por agregación de grupos, la única forma de llegar a la unidad era que un grupo destacara por encima de los demás y se configurara como polo de atracción. Ese grupo, para mí, indiscutiblemente, era DN, a tenor de que su reflexión ideológico-estratégica era muy superior al resto.
Yo me debí integrar oficialmente en DN hacia principios de 2000. Conocí entonces a Nacho Mulleras, quien llevaba el grupo de Barcelona. A Nacho, el reloj de la militancia se le paró al disolverse Fuerza Nueva y evaporarse el piñarismo. No era falangista, ni de ninguna otra corriente ideológica, sino más bien franquista, lo que resultaba todavía más curioso en un partido que se había fundado con la “autonomía histórica” como eje. Así como otros tuvimos la suerte de conocer momentos intensos de militancia e incluso de aproximarnos a éxitos coyunturales o a realizar un trabajo político satisfactorio en revistas o en el extranjero, Nacho se embarcó en esto de la ultra cuando ya iniciaba su declive. Así que no pudo conocer más que desgracias. En 1999 me explicó todo lo que me había perdido en Juntas Españolas, la defenestración de Graells por aquello de los cursos particulares a chicas de buen ver, el ausentarse sin dejar señas de unos y de otros, Castejón incluido, el drama de tener que soportar un deshaucio y el “lanzamiento” judicial por impago de alquileres del local de Barcelona, las elecciones sin éxito y sin esperanza, y para colmo más de un camarada chorizo que les había robado hasta la cartera. Me decía con una seriedad pasmosa: “Pérez Corrales, quizás no sea el líder que necesitamos, pero no es un chorizo”. Y desde luego, no lo era. Llegué a apreciar a Nacho y sobre todo a entender el drama de los militantes que, sin haber conocido la exaltación de los choques con la izquierda, el exilio, la cárcel, las grandes movilizaciones que sucedieron a finales de los 70 y, al filo del milenio, se habían ido consumiendo en peripecias sin historia ni calado hurtando tiempo a sus trabajos, a sus familias, a sus hobbys y, en definitiva, a la vida.

En aquellos meses recordé perfectamente porqué desde 1975 no había querido saber nada más sobre el ambiente falangista: era imposible sacar nada en claro con ellos. No había forma de que definieran sus posiciones acaso por que eran presos de tres condicionantes que los incapacitaban: el espectro de José Antonio que acechaba desde el más allá (aquello del “pactaremos muy poco”), la sombra de sus problemas interiores (lo que podía satisfacer a unos, supondría un desengaño para otros así que, tiraran en la dirección que tiraran, la escisión estaba cantada) y los miedos de sus dirigentes que apenas eran capacdes de dirigir algo mas que una mercería y nunca en tiempo de rebajas, ni en horas punta (abrirse a gentes que no conocían, a perspectivas nuevas, les producía un vértigo y una sensación de vacío inenarrables, por lo demás, tenían un pánico indescriptible a que alguien les pudiera hurtar su menguadas huestas, abadonar sus cargos pomposos de “jefe nacional”, “jefes territoriales”, “jefes de centurias” y pasar a ser un militante de base). Así que no hubo forma de que aquello progresara.

La Falange emprendió en 2001 una extraña andadura que le llevó, como por arte de birlibirloque, a partirse en varios trocos y que como cualquier mineral que cristaliza en estructuras cúbicas, a cada golpe reprodujera la misma estructura solamente que en una dimensión más reducida, hasta llegar casi a nanodimensiones subatómicas. Además, tiene gracia, que siempre, en la ultra, cuando se planifica una iniciativa unitaria, al final acaben resultando más grupos de los que existían antes de las fusiones. Debió ser en 2001 cuando lanzaron, junto a los últimos piñaristas conscientes de que a la tercera les iba la vencida, un “Frente Español” (hábiles ellos, cuyas siglas coincidían con las de Falange Española; en ese ambiente estas cosas se tienen muy en cuenta, como para decir al “aliado unitario” ocasional: “si es que te la he metido doblada”…) en el que participaban los piñaristas, los de La Falange y un grupo valenciado agrupado en torno a José Luis Roberto que en aquellos momentos empezaba a tener fama inmerecida de “hombre más malo de España”.

Estuve ausente durante unas semanas del Foro Disidencias por cuestiones laborales y por un problema en las cervicales producto de anteriores accidentes, así que cuano volví me costó ponerme al día de la sopa de siglas nuevas en que se había convertido el ambiente. Por de pronto, había aparecido una Mesa Nacional Falangista como escisión de La Falange, contraria a la participación en el proyecto unitario. Pero esta MNF, a su vez, se había partido en otro grupo dando nacimiento a la FEA rediviva. Aun quedaba el tiempo en el que López dimitiera, se hiciera cargo de La Falange, Cantalapiedra para, pocos meses después volver a partirse (ya próximos al nivel nanométrico) en dos mitades. Señor, señor…
En cuanto al “Frente Español”, tal como había previsto, la incompatibilidad manifiesta entre los santos varones supervivientes del piñarismo anclados en sus valores católicos y puritanos y el grupo valenciano de Roberto, al que le precedía una fama como de golfo, terminó estallando. Cabe decir que Roberto gana en las distancias cortas y que, en principio no da la sensación de que sea ni más ni menos golpe que cada uno de nosotros (en el fondo la ultra tiene algo de ambiente de legionarios, mosqueteros y lansquenetes, aventureros, puteros y vividores que aman el buen vino, los éxtasis amorosos, los excesos y las noches locas de camaradería, activismo y ligoteo, así que rarillos son los que cenan a las 20:00 horas y se van a la cama a las 23:00 para acudir a misa de 8:00 por las mañanas). Por lo demás, las acusaciones de proxenetismo y de nacional-puterismo son, en cualquier caso, infundios propios de un ambiente que ha logrado dominar la técnica de construir leyendas urbanas a medida de cada uno que destaca solo un poquito del resto. Pero lo que estaba claro desde el principio era que la andadura de “Frente Español” descarrilaría por la incompatibilidad de humores entre los que acudían a misa de 8:00 y los que cerraban los pubs la noche anterior. Simplificando, claro está. Hay que decir también que, en aquel momento, yo militaba en DN, así que todo lo que perjudicara o taponara el crecimiento de DN consideraba una obligación torpedearlo en la medida de mis posibilidades –que, aún con cierta inmodestia, debo de reconocer que puestos a hacer el borde, no eran pocas-. Yo, en ese momento había optado por la estrategia unitaria basada en “uno destaca y los demás se unen”, así que no dudé en torpedear entonces la iniciativa de “Frente Español”. Sin embargo, debo decir que en ningún momento utilicé la mentira para esa tarea. La eslora de aquel proyecto me permitió, sin ninguna dificultad, atacar en dos direcciones.

La primera era la citada incompatibilidad de humores entre Roberto y López Dieguez. Pero el azar vino a poner otra a mi alcance. El la revista pro-etarra Ardi Beltza apareció un artículo sobre la extrema-derecha en el País Vasco. Desde todos los sectores de la ultraderecha partió un movimiento de solidaridad hacia los camaradas de la Falange Vasca, señalados con el dedo por los pro-etarras y, por tanto, en situación de riesgo. Así que leí el artículo. Era infantil, ingenuo, torpe y casi diría incluso, zopenco: era evidente que el artículo había sido elaborado e inspirado por quienes dirigían entonces aquel grupo, en un intento de victimizarse y de convertirse en el eje emocional del “Frente Español”. El intento era tan infantil que hoy, releyendo lo que escribí en la época, no puedo sino sonreir. A servidor, en cuya tarjeta de visita para acceder a determinados puestos de trabajo, puede figurar sin sonrojarme la ocupación de “Especialista en Operaciones Psicológicas”, basta que alguien intente algo parecido, en plan paleto, para que el aroma inequívoco lo detectara al tercer párrafo. El problema no era que un grupo local se hubiera querido presentar como “eje y centro” del proyecto unitario de “Frente Español”… sino que se había puesto en riesgo a militantes de base. Y ese era el problema: que con amigos así no hace falta enemigos y no lo decía por mí, sino por los que habían sido estafados en su sensibilidad y en su fe política por una operación infantil. Las explicaciones dadas por el “prota” fueron de tal calibre que poco después desaparecía de la ultra. Acabado el tema del “Frente Español”, olvidé ese asunto e incluso no tendría inconveniente en recomendarle al “prota” una abundante literatura (y mis propios apuntes) sobre “operaciones psicológicas” que de eso, créanme, sé algo. Cada cual está obligado a veces a actuar en función del lugar que ocupa mucho más que de sus filias o de sus fobias. En aquel momento a mí me correspondió, desde la tranchera de DN, demoler todo lo que impidiera avanzar a DN. Y la pulverización del “sector histórico” era una exigencia del rol que me correspondía.

Tras la eyección del grupo de Roberto, el grupo de La Falange entró en crisis, para variar. López, que veía en la unidad con los piñaristas, una tabla de salvación a sus problemas, terminó dimitiendo y, como digo, la cosa sirvió sólo para que este sector, que inicialmente contaba con las siglas La Falange, los piñaristas madrileños, la gente de E2000 en Valencia, terminara teniendo a cuatro falanges, los piñaristas reagrupados en la sigla AES y los valencianos siguieran con la sigla E2000 que durante mucho tiempo siguió teniendo un carácter local. Lo dicho: no hay como la unidad-unidad para alcanzar nuevos y siempre más avanzados estados de fraccionalismo.

Antes de todo esto, en mayo de 2000 asistí al congreso del Front National en París en la delegación de DN. Allí, precisamente, me encontré con Roberto al que hacía tiempo que no veía. Lo había conocido en noviembre de 1976 en el peor sitio para conocer establecer relaciones sociales, junto a la tapia de un cementerio. En efecto, durante el Congreso Nacional Sindicalista convocado por los Círculos José Antonio tuvo lugar un acto de homenaje a Ramiro Ledesma en el cementerio de Aravaca y allí que se fue Roberto para repartir panflejos de las J.O.N.S. Por cierto que cogí un panfleto, se lo llevé a unos amigos de Barcelona, supervivientes del Distrito VII de la Guardia de Franco, que se decían jonsistas y a los pocos días convocaron mediante anuncios por palabras en La Vanguardia una reunión. El anuncio, comprensible en aquellos momentos en los que los partidos seguía prohibidos, decía: “Grupo de amigos de Ramiro Ledesma buscan reunirse para realizar actividades”. Lo sorprendente fue que contestó algo más de una decena de personas. Una vez reunidas en el Velñodromo, un antiguo bar barcelonés, a poco de empezar la reunión, una chica pronunció la frase fatídica: “¿Cuándo viene Ramiro?”. Justo en ese momento, nos dimos cuenta de que para quienes habían respondido al anuncio, el tal “Ramiro” era considerado como un tipo enrollado que quería convocar fiestas. De todas formas, las J.O.N.S. arraigaron en Barcelona e incluso el sindicato C.O.N.S. mantuvo hasta bien entrados los 90 un local en la barcelonesa calle Consejo de Ciento.

Roberto era, así pues, un tipo de largo historial que profesionalmente parecía haber montado una compañía de seguridad que no iba mal. En aquellos meses, concidiendo con el congreso del Front National, estaba poniendo en marcha la Asociación Nacional de Locales de Alterne que luego daría mucho que hablar y haría que su nombre quedara vinculo para los anales al asunto de la prostitución si bien él se limitaba a asesorar jurídicamete a la asociacion. Venía a París representando a España 2000, la sigla que distintos sectores habían lanzado a prisa y corriendo ese año –el 2000- para participar en las elecciones generales. Tras ella se encontraban DN, el Vértice Social Español, el Partido Nacional de los Trabajadores y el grupo valenciado encabezado por Roberto. Vale la pena aludir a las siglas nuevas que acaban de aparecer. Sobre el Partido Nacional de los Trabajadores cabe poco que decir. Se trataba de una formación local murciana de la que nunca supe mucho, ni siquiera si tenía existencia real, aunque en mi opinión estaba próximo a la virtualidad más absoluta o quizás fuera un ectoplasma precipitado en alguna sesión espirita. Poco importa discutir sobre su entidad y orientación porque concluidas las elecciones desapareció, como siempre, sin dejar señas. Quede aquí un punto de misterio sobre una sigla a la que, lo que se dice ampulosidad, no le faltaba. Mucho más interesante fue el Vértice Social Español, tendencia organizada de La Falange que disputó la dirección a la tendencia “oficialista”, aquella caracterizada por una indefinición permanente y estuvo a punto de colocar a Miguel Ángel Vázquez –querido cofrade- al frente del grupo. Perdieron por los pelos –y me alegré no tanto por que a partir de ese momento, La Falange descurrió por meandros cada vez más raros, como porque al bueno de Miguel Ángel no le hubiera caído encima el marronazo de dirigir aquello que, por definición, era tan indirigible como indigerible- y dado que su docena y medio de miembros no necesitaban de la sigla para ser algo, la abandonaron poco después, con gran alborozo de los “oficialistas” liberados al fin de que alguien les impidiera llevar a La Falange hacia el precipicio, cosa que hicieron sin más apremio, con precisión y prestancia milimétrica. La prueba es que meses después el partido se partía de manera inenarrable.

Los resultados electorales de la coalición España 2000 fueron, como todo lo que se hace aprisa y corriendo, lamentables, tirando a patéticos. El último fleco lo tuvimos algunos a los que un camarada nos convenció de que asumiéramos un crédito solidario que acabamos de pagar seis años después con harto dolor de nuestros corazones y con alguna que otra bronca familiar. A los pocos días, casi diría horas, España 2000 se disolvió sin que nadie se preocupara de reunir a los fragmentos, al menos para intentar encontrar alguna explicación al por qué del fracaso. DN siguió a lo suyo, atribuyendo a otros el que no habían currado lo suficiente. El VSE se partió, yendo a converger algunos con Alternativa Europea y generando el Movimiento Social Republicano que logro sorprender con la triple consigna de “federalismo, socialismo, república”, a la que si no recuerdo mal, se añadió en algún momento la coletilla de “autogestión”. Otros eludieron ese enfoque y se configuraron momentáneamente como independientes, hubo alguno que coqueteó con DN, luego con la Plataforma per Catalunya y finalmente montó su propia sigla a imagen y semejanza de Pyn Fortuyn, Iniciativa Habitable. Y luego quedaba el grupo valenciano que, en realidad era una unión de grupos locales y que sigue manteniendo la sigla España 2000 hasta la fecha.

De nada había servido invitar a una lubina a la sal a Le Pen y al eurodiputado Jean Claude Martinez, cuyo apellido era una garantía de que, al menos en lo idiomático, no habría problemas, de nada sirvió tener una larga conversación con ellos e incluso realizar algunos pactos de ayuda mutua, la rueda de prensa a la que asistieron todos los medios de comunicación no sirvió para mucho más: los medios no publicaron la noticia y la visita no operó el efecto balsámico esperado. Era evidente que los medios solamente hablan de aquellos que pagan publicidad y hablan mucho de los que pagan mucho. La ultra solamente era noticia gracias a los desmanes de Ynestrillas hijo, a los imaginativos informes de Esteban, y a la última hostia que el último skin le propina al penúltimo guarrete. Mal asunto si lo olvidábamos.

Yo me quedé en DN pero con poca vida en el partido por limitaciones temporales. Al cabo de un año, nunca llegué a entender exactamente por qué, pero debo reconocer que a esas alturas ya era una tradición bien asumida por mí, hubo lío en la cúpula de DN y se perdieron para el futuro Pedro Alonso y Pérez-Corrales, cosa que en lo personal lamenté y mucho. Como siempre, creo que hubo muchos malentendidos y que habían otras salidas y no necesariamente aquella a la que se llegó. El caso es que ambos terminaron agotados y hastiados. Había varios fondos en aquella crisis. Martín Beaumont, al que le acompañaba en su tarjeta aquello de haber sido como quince o veinte años antes el “diputado más joven del PP”, había terminado abandonando el aznarismo con otros entre los que encontraba el antiguo jefe de Fuerza Joven, Javier Cutillas y un grupo bastante nutrido que años antes había decidido acompañar al PP en su travesía del desierto y ahora, en 1997, cuando tocaban las mieles del poder, bruscamente se dieron cuenta de que aquello no era lo suyo y se abrieron en forma de paraguas. Para mí resultó siempre incomprensible todo este trasiado: ¿qué habían visto en el aznarismo? y, sobre todo, por qué diablos, después de aguantar las tensiones de un partido de ese tipo, finalmente, cuando tocan poder, van los jodidos y lo abandonan… Podía entender que dada la esterilidad de la extrema-derecha buscaran otros horizontes políticos, e incluso que creyeran divisarlos en el PP, pero lo que me era imposible entender era cómo diablos lo abandonaban en el momento en que habían alcanzado el objetivo y trabajado como los que más para lleva a Aznar a la Moncloa.

En mi opinió, todo el problema derivó de que sus expectativas de alcanzar puestos relevantes quedaron decepcionadas y entonces vino el reflujo y el, “ay dios mío que estos nos han tangado”. Y se fueron. De ahí nació el PADE que recuperó el slogan de “hay un camino a la derecha”, sin preocuparse de si efectivamente existía. Cuando DN contactó con Martín Beaumont, Pérez Corrales tenía la esperanza de poder integrarlo en el partido. Lo invitaron a una universidad de verano en donde pronunció una inenarrable conferencia sobre “el populismo” en el que en mi modestia intelectual confirmé que el populismo no era nada aunque para Beaumont fuera “dar la razón al pueblo” que era como lo de la canción catalana aquella de “¿Qué mes voleu? Volem pa amb oli”. Hablé con Beaumont y con alguno de los suyos, lo suficiente como para advertir que pertenecían a ese tipo de gente que no se compromete en nada si no se le ofrece a cambio la perspectiva infalible de que será llevado bajo palio al parlamento. Luego Beaumont tuvo el mal detalle de firmar algunos mensajes en el Foro Disidencias como “Elena Atxaga” aludiendo a mí como “peligroso ultra” para luego alegar que con ultras como yo no se podía comprometer. Toda esta peripecia y tensiones internas entre Pérez-Corrales y Pedro Alonso de un lado y Laureano Luna y Christian Ruiz de otro, indujeron a los primeros a irse a casa. Creo que no fue la mejor solución y que en un partido como DN cabían unos y otros, y, en cualquier caso, todos los que no necesitaban palio bajo el que cobijarse. A todo esto el PADE siguió cada vez más desarbolado, Cutillas, tal como había hecho en Patria y Libertad, vivía en un mundo irreal y terminó disolviendo el invento esperando vanamente que el PP los llamara ofreciéndoles alguna canonjía.

En DN, el vacío dejado por Pérez-Corrales y Pedro Alonso fue sustituido por una Mesa Nacional de la cual emergió la figura de alguien del que me contaban que había sido cantante skin y cuyo principal mérito era haber aparecido en un telechou de Ana Rosa Quintana y no haber hecho el ridículo. Se trataba de Manuel Canduela, valenciano, que en 2004 se erigió en presidente de la Mesa Nacional. Lo de “valenciano” lo subrayo porque resultaba un misterio el por qué motivo DN era absolutamente inexistente en Valencia. Pero entonces -algunos por que consideramos que era buena que alguien se atreviera a ponerse al frente del asunto y otros porque no cayeron- no preguntamos a qué se debía que Valencia fuera un páramo para DN… a pesar de en otro tiempo haber contado con una fuerte base militante. Ignorar estos detalles siempre, antes o después se paga.
No solamente el partido era inexistente en Valencia, sino que en otras provincias también había problemas. En Barcelona, por ejemplo. Ignacio Mulleras, o “Nacho Canet”, o Nacho Mulleras, en cualquier caso, era de los fundadores de DN, pero, en realidad, su grado de identificación con la tesis de la “autonomía histórica” era nulo. También aquí, ignorar el detalle sobre la base de que era un tipo enrollado y bien dispuesto, no iba a ayudar en el futuro, a la vista de que albergaba la esperanza de poder reconciliar algún a DN con el piñarismo al que se sentía emocionalmente vinculado. Para ello, a la que se le daba la ocasión –recuerdo un 1º de mayo, sin ir más lejos- aprovechaba para glosar la obra de Franco ante el peor público posible para tales loas y alabanzas. Luego estaba Madrid. En la capital, el partido era poco menos que inexistente. Permanecí tres meses en la capital y el local, instalado en un lugar recóndito, de un lugar remoto, dejado de la mano de dios, era una barra de bar y un almacén de material. El bar era frecuentado lo más habitualmente por críos y allí empezaba y terminaba casi todo. En términos políticos, DN en Madrid capital fue siempre un cero a la izquierda. Sin embargo, a pocos kilómetros de allí, en Alcalá, había florecido un grupo local que consiguió arraigar y funcionar, más o menos, autónomamente, cosechando incluso buenos resultados en las elecciones municipales.

Los 800 militantes que tuvo DN en su fundación se fueron extinguiendo y posiblemente en 2001 no quedarían ni 250. Entre ese año y 2004 hubo un repunte, pero el crecimiento era débil, vacilante y, en cualquier caso, poco significativo. Por lo demás, Canduela tenía límites y el primero de todos, y que subyacía a poco de conocerlo, era su carácter. Hubiera sido un jefe de banda, incluso un responsable aceptable de un pueblo o de una localidad de mediano tamaño, pero dirigir un partido de carácter nacional era demasiado para él. Poco después se evidenció que su mal carácter, unido a una ausencia total de visión de futuro y a un carácter que de tan suspicaz entraría dentro de la definición clínica de paranoico, iban a generar problemas. En 2003, en un congreso al que asistieron más de 130 militantes (algunos de los cuales sobrevivimos milagrosamente a los chinches y ácaros de albergue instalado en la áspera meseta castellana), el hasta entonces ideólogo del partido, Laureano, demostró una postura crítica hacia Canduela el cual no le perdonó hasta expulsarlo semanas después y aprovechar para expulsar también hasta aquel que le caía mal. Se perdió una treintena de miliantes, nuevamente muchos de ellos de peso e irremplazables y delegaciones enteras.

Para mantenerse en el machito, Canduela empezó a dar cifras triunfales de militantes: “somos más de 500”, “nos aproximamos a 800”, “estamos cerca de los 1.000”. Los resultados electorales seguían siendo flojos, a pesar de que la tendencia era a ir aumentando votos, mientras que las formaciones clásicas ultras iban disminuyendo. En realidad, los medios económicos eran ridículos y los resultados estaban en relación con lo invertido. En 2004 estaba claro que había que dar un golpe de timón porque aquello corría el riesgo de eternizarse en un interminable “despegue” en el que se perdían pasajeros por vía de expulsión, por desilusión o por hastío. La línea de DN seguía siendo aceptable, pero el partido tenía que ampliar su base y había solamente una salida razonable: fusiones con otros grupos próximos, no sólo para sumar, sino también para desbrozar el terreno de siglas. Había demasiadas.

Aparentemente, excluidos los falangistas que seguían en lo suyo, esto es, escindiéndose, lo único que quedaba era AES (el piñarismo redivivo y algo rectificado) y E2000, el grupo valenciano que, contra todo pronóstico, iba sobreviviendo. Con este último Canduela se negaba a cualquier pacto, dándolo como irrecuperable a la vista de que a Roberto le correspondía el título de “hombre más malo de España”. En cuanto a AES… ¿Qué les voy a decir? En principio que era incompatible con E2000 a causa de la vinculación de Roberto a ANELA. Me contaban en la época que AES estaba dirigido por tres personas, una falleció prematuramente, y las otras dos que quedaban eran López Dieguez (del que Rafa Ripoll, el responsable de DN en Alcalá conocía bien e incluso tenía un feeling con él, me había dado detalles favorables) y Paco Torres, un murciano al que nunca he llegado a conocer. López Dieguez, parecía ser un abogado de éxito que gozaba de cierto patrimonio, emparentado con Blas, y decidido a adecuar algunos aspectos del piñarismo de siempre a la realidad española del siglo XXI. Pero esa adecuación parecía al paso de tortuga paralítica. Nacho Mulleras que me explicaba que alguien de AES le había explicado que les costo mucho aceptar lo de la separación entre la Iglesia y el Estado. En cuanto a Torres, me decían que era franquista, pero que era “mucho más político”. Desde el principio siempre ha considerado que un partido a la derecha del PP que solamente se diferenciara muy poco de él, quizás algo en el tema del aborto y de la oposición al mundo gay, que fuera un poco más patriota y que no negara su vinculación al antiguo régimen, jamás de los jamases tendría espacio político, por mucho que contara con la fe de sus miembros y con el apoyo del espíritu santo. La cuestión era si dejarles que se la pegaran ellos solitos y entonces ir a plentearles un trabajo común o hacer lo posible para evitar que se la pegaran.

No es que me hiciera excesiva gracias recontactar con los últimos mohicanos del piñarismo parcialmente reconvertido, pero a la vista de que en DN no había medios suficientes, ni siquiera, lo que era mucho más dramático, un dirigente que diera la talla y fuera mínimamente presentable, pues a lo mejor resultaba que con gente que profesionalmente parecía tener dos dedos de frente, era posible entenderse y pactar algunas líneas de trabajo. Resumiendo: lo que yo planteaba era coger el programa de DN y plantear a los de AES que lo asumieran. Era, desde luego, mucho más de lo que tenían a nivel de documentos (estamos hablando de 2004). Por lo demás, los piñaristas tenían pocos jóvenes y nosotros éramos un partido fundamentalmente de gente joven (y, en lo personal, a pesar de mis canas, seguía siendo un eterno adolescente que no sabía todavía lo que quería ser de mayor). Los que teníamos más de 40 años en DN tampoco teníamos grandes ambiciones, y veíamos en López Dieguez a una persona presentable y que podía asumir la dirección de un partido. Yo me sentía con los recursos políticos y argumentales suficientes como para inducirles a que rectificaran algunas de sus posiciones que veía problemáticas y condenadas al fracaso: no es que me opusiera a la posición que habían adoptado en relación al aborto, era que con ese caballo de batalla no podía irse muy lejos. Salvo en momentos en los que el zapaterismo aspira a hacer olvidar sus muchas carencias y saca el tema del aborto de manera cada vez más extremista, lo cierto es que el aborto es un problema menor de la sociedad española y, por lo demás, el PP ya ha adoptado una postura que no difiere excesivamente de la de AES. Así pues, por ahí lo que hay es una vía muerta. Desde mi punto de vista vale la pena oponerse al aborto por razones de tipo ético, por supuesto, pero también demográfico. No hace falta hacerlo desde una postura confesional. Hay otros problemas mucho más graves, empezando por la inmigración y 15 años de crecimiento económico ficticio, sobre los que AES no tiene gran cosa que decir. Así pues, me hacía la ilusión de que en una conversación larga, franca y distendida con los Dieguez y los Torres sería posible encontrar puntos de acuerdo.

La idea de un acercamiento entre DN y AES satisfacía sobre todo a Mulleras y es por eso que empezó a lanzar mensajes por su cuenta tan poco subliminales como alabar la obra de Franco en lo que debía ser un mitin “obrero” en Alcalá. Para matar a la criatura. Por lo demás, como es habitual, había un desenfoque en su punto de vista: no se trataba de “pactar” yendo a las posiciones insostenibles y antipolíticas de AES, sino de “atraer” a la dirección de AES hacia posturas mucho más realistas desde el punto de vista político; y la peor forma para eso era darles la razón y eludir los problemas de fondo. Para Mulleras lo primero era la unidad ante todo y en no importa que términos programáticos. Para mí lo esencial era llevar a la dirección de AES de una posición llamada irremisiblemente a fracasar, a una posición más política. De todas formas, no había mucho que hablar por que Canduela, como el jefe de banda que al final era, lo único que le interesaba era conservar el chiringuito.

En el IV Congreso, Canduela salió elegido por la mínima –aquellos inolvidables votos de la delegación de Alicante que pocas semanas después, parajódicamente, era la primera expulsada- frente a la candidatura de Rafa Ripoll. Estaba claro que en el plazo de dos meses, Ripoll sería expulsado… como así ocurrió. Asistí en enero de 2005 a la primera reunión de la nueva Mesa Nacional y me sentí completamente fuera de lugar. Canduela había montado una mesa de bajo perfil político, incapaz de abordar temas de calado y, por supuesto, sin fuerza, inteligencia, experiencia, ni capacidad para expander el partido. Decidí inhibirme de las reuniones y cumplir con mi cometido, confeccionar los comunicados. En aquel momento ya había lanzado en Internet krisis.info como canal personal de expresión. No había problema en seguir en el partido, pero retirándome poco a poco a segunda a la vista de lo limitado de su actuación y del carácter problemático de su presidente.

En eso que, a una de las escisiones de La Falange se le ocurrió convocar una manifestación. La gente es muy inteligente: primero convoca la manifestación y luego llama a la unidad lo que equivale a decir “chicos, iros poniendo a la cola que el campanazo lo doy yo y vosotros vais de atrezzo”. Y las cosas no funcionan nunca así. Si alguien quiere convocar una manifestación unitaria, primero lanza la idea a las cúpulas y luego el llamamiento y la convocatoria se realiza en común. Este mero hecho ya era suficiente como para percibir que tras la convocatoria había una forma rústica, simple y extremadamente ingenua de concebir la acción política. No juzgué necesario siquiera responder, pero Canduela me dijo que redactara un comunicado diplomático. Lo hice en términos tan diplomáticos como claros: si la convocatoria es vuestra, colegas, os arreglais vosotros; y ya enviaremos una delegación. A los pocos días tuve que enterarme por terceros que Canduela había enviado por sí mismo un comunicado solidarizándose calurosamente y prometiendo una asistencia devota y sincera. Si había actuado así era para satisfacer a un italiano con fama de millonetis enamorado de la figura de José Antonio Primo de Rivera y de la Falange, que, desconociendo absolutamente todo lo que ocurría a este lado de los Pirineos, tuvo la brillante de idea de recomendar a Canduela una aproximación a La Falange. Y éste, con la esperanza, de recibir algún óbolo, arrojó a la letrina la “autonomía histórica”, y tiró por la ruta de las necesidades de su peculio. Vulneraba así los fundamentos ideológicos de DN en el inútil acto de ponerse en el furgón de cola de una manifestación en la que a DN no le iba ni le venía nada. Así que ya tenía una excusa para dimitir y la utilicé ipso facto. No tenía intención de irme de DN como muestra de adhesión a los principios del partido, pero tampoco de ser cómplice de la dirección irresponsable de Canduela.

Dado que para todo paranoico, si no estás con él hasta la muerte –y preferentemente si no te suicidas antes- eres sospechoso, inmediatamente entré en el índice y poco después, creo recordar que 53 ó 55 camaradas fuimos expulsados de DN. Bueno, más perdieron ellos. En las últimas semanas había comentado con Mulleras algo que me preocupaba. Si “éramos casi 1.000”… ¿qué ocurría con las cuotas? Por que los gastos del partido eran mínimos y no superaban en ningún caso los 1.500 euros al més. ¿Cómo era posible que desde 2003 el partido no hubiera impreso ni un miserable boletín interior? Y a todo esto ¿quién era el tesorero de DN? No lo busquen, no había. ¿Y el libro de cuentas? Estaba hecho de la misma materia que el tesorero. Cinco años después de aquella crisis, DN acaba de sufrir otra exactamente igual: alguien que había aportado mucho dinero al partido, en el momento de ser promovido para la secretaría general, pidió los libros de cuentas. La respuesta fue la habitual: “hombre, si entre camaradas no hay confianza más vale que te vayas”… Y entonces, otra persona, entendió que los que desde hacia años sosteníamos que DN era una merienda de negros y el modus vivendi de un jefe de banda que no daba para muchos más, no mentíamos.

DN, a todo esto, seguía manejando los mismos documentos que había escrito Laureano en 2001 o el programa que yo realice en 2004, sin preocuparse siquiera de realizar correcciones para actualizarlo. De la autonomía histórica no queda nada. Las delegaciones nacen, crecen y mueren sin posibilidades desarrollarse y el 90% de la actividad se lo lleva Internet. Ahí están las webs y los foros de la DN de 2009 a disposición de especialistas y estudiosos en sectas.

Estuve tres años sin preocuparme mucho de la acción política hasta que el destino me llevó a abordar mi nuevo ciclo vital de cinco años en el campo alicantino. Surgieron algunos proyectos, contactos y terminé recalando en España 2000 que, a fin de cuentas, era lo único organizado en la Comunidad Valenciana y el único grupo que daba la sensación de estar en condiciones de movilizar gente en la calle, mantener una estructura estable y demostrar una voluntad de hacer las cosas con algo de cabeza.

Quedaba el espinoso problema de resolver la situación con Roberto, a la vista de que en los últimos cuatro años nos habíamos dicho de todo –y cuando digo de todo, quiero decir de todo- pero éste, a fin de cuentas, era un problema menor. Tanto Roberto como yo estábamos de vuelta de las descargas adrenalínicos de juventud y sabíamos que esos excesos correspondían al rol que cada uno había seguido defendiendo a sus respectivos partidos. Costó poco olvidar todos estos problemas y cuando me presenté como afiliado a E2000 quedó claro que yo era hombre de partido y que en ese momento mi partido era E2000. Desde entonces, en la medida de mis posibilidades, que no son excesivas, he trabajado para E2000 en la esperanza de que la experiencia adquirida en las 400 páginas anteriores pueda servir para algo.

Esto es todo lo que se refiere hasta hoy sábado, a las 17:00 de la tarde. Esto es todo lo que se refiere al pasado. Quedan unas líneas sobre el futuro.

© Ernesto Milà – Infokrisis – Infokrisis@yahoo.eshttp://infokrisis.blogia.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar procedencia.





Ultramemorias (V de X) Tipologías insólitas. El camarada estafador

3 06 2009

En Italia la tradición consuetudinaria heredada del ventennio fascista, del trienio de la República Social Italiana y de sesenta años de parafascismo, neofascismo y postfascismo, asentaron con la solidez de una pirámide egipcia el principio: “Camerata, camerata, fregatura asicurata”, lo que equivale a decir que quien con camaradas se acuesta, mojado se levanta. En España, cuya ultra es hija capidisminuida de la italiana, las cosas no han ido mucho mejor y los medios ultras se han convertido en escenario habitual en el que unos camaradas estafaban a otros con la frialdad propia de un pingüino en la noche de navidad a dos pasos del polo. Aquí en España, la “fregatura asicurata” toma el nombre del consabido “timo del camarada”, conocido por todos los círculos ultras. Lo realmente sorprendente es que, a pesar de la abundancia de estafas entre sus filas, salvo en muy contadas ocasiones, nunca un ultra ha llevado a otro a juicio, como si la identidad ideológica impidiera acogerse al juzgado de guardia. La frase que suele acompañar la inhibición es que “los trapos sucios se lavan en casa”. En cuarenta años no he visto ninguna depuración en ningún partido ultra por las tan habituales estafas de camaradas a camaradas.

Siempre he sido un buen lector y a poco de aprender el silabario ya me detenía sistemáticamente en los kioscos de prensa para leer las páginas de El Caso. En los años 50, todavía los diarios y las revistas, a falta de la inflación de cabeceras y promociones que todavía no había anegado los puntos de venta, los kioscos mostaban algunas publicaciones que gozaban del favor del público abiertas por las páginas más suculentas y prendidas con pinzas de tender. El Caso era una de aquellas publicaciones inefables que se leían con fruición en los escaparates de los kiocos y debo reconocer que, desde muy niño los timos del nazareno, del tocomocho, de la estampita, los del cuento largo y los del cuento corto, ya me resultaban familiares, junto a los crímenes pasionales (que de estos también se han dado en la ultra), pero en ningún caso imaginé que los iba a ver tan de cerca.

A finales de los 60, a poco de implicarme en la ultra, ya había oído rumores según los cuales algunos miembros de la Guardia de Franco pasaban la gorra en determinados putiferios del Barrio Chino barcelonés; me dirán que era “racket” y no estafa; en realidad, la estafa viene a cuento porque eran inofensivos e incapaces de represaliar al que se negara a pagar. Cuando uno de los locales se negó, se vió que detrás de tanta amenaza no existía ninguna posibilidad de ponerla en práctica. En la tienda de efectos militares Paco García se podía libremente adquirir la chapa de la Guardia de Franco, los correajes y el uniforme así que era muy posible que ni siquiera se tratara de miembros de la organización militante del Movimiento. De hecho, lo que ocurría es gracias al nombre de “Guardia de Franco” -que a primera vista y para el poco avisado, parecía el equivalente al servicio secreto norteamericano que tiene a su cargo la custodia del presidente- se aprovechaban muchos. Bastaba mostrar la chapa de la Guardia, por ejemplo, para entrar en un domicilio y retirar el contador de la electricidad explicando que inmediatamente instalarían un nuevo modelo (que por supuesto jamás llegaría=. El contador así requisado se instalaba en otro domicilio de nueva construcción sin necesidad de comparlo. Alguna que otra fortunita ultra se hizo al calor de esta práctica tan simple como desaprensiva.

Hay que reconocer cierta imaginación en algunas estafas. En aquellos tiempos de “Bienvenido mister Marshall” también la ultraderecha tenía en los EEUU la sensación de que allí había el dinero redentor y no era raro que algunos fijaran sus esperanzas en todo lo que llevaba el marchamo norteamericano. Hubo uno -catalán por más señas- que se puso en contacto con el Ku-Kux-Klan ofreciéndoles crear una “delegación” en España. Como a nadie le amarga un dulce, el Klan aceptó expander su “imperio invisible” al otro lado del océano y dio la patente. Nuestro camarada no había olvidado considerar que el primer problema de su proyecto era que en la España de los sesenta no había negros (todavía recuerdo el primero que conocí, en la tasca en la compraba polos al salir de clase, que inevitablemente me llamó la atención, pero no tanto como a la anciana que tenía al lado que le preguntó a bocajarro si era cierto que los negros tenían la lengua morada, así que el otro se la enseñó). Decididamente, algo de cosmopolitismo nunca le va mal a los pueblos.

Llegaban marinos a puerto y algunos eran negros, de ahí que el fundador del Klan español –del que se decía, por cierto, que era de los que pasaban el gorrito cuartelero de la Guardia por los putiferios- contratase alguno ocasionalmente para que accediera a fotografiarse en actitudes sumisas frente a alguien disfrazado con hábito y capirote del Klan. La foto era remitida a la capital del “imperio invisible” con la consiguiente petición de fondos, porque aquí el Klan estaba arraigando y era necesario un esfuerzo económico. Mil dólares, una fortuna en la deprimida España de los sesenta, fue lo que el Klan envió a España durante unos meses. Todo fue bien hasta que, aprovechando el verano, el “Gran Dragón” del Klan acertó a pasar por Baleares y manifestó su intención de pasar revista a sus huestes españolas. Así se descrubrió el tinglado y así terminó el primer intento de instaurar el Klan en España que dejó en el “viejo sur” de los EEUU un permanente sabor amargo sobre lo arriesgado de intentar poner pie en nuestro país. Desde entonces, he visto de todo.

En general, los estafadores en la ultra se dividen en dos variedades taxonómicas: aquellos que asumen que son, efectivamente, estafadores y estafan a conciencia a quien tienen cerca, habitualmente a camaradas, y aquellos otros que, alucinados ellos, proponen negocios imposibles que, a la postre, terminan entrando en la definición jurídica de estafa. Quizás estos últimos sean los más peligrosos. Luego estaría una tercera variedad que podríamos llamar “los espabilados” que intentan hacer de su fe política una fuente de ingresos.

Los “espabilados” han existido siempre. En todos los hogares de la OJE y del Frente de Juventudes, en todos los distritos del Movimiento y de la Guardia de Franco, siempre, inevitablemente, existía una historia negra que ocasionalmente se repetía: algún administrador, antes o después, se había fugado con la caja. En los hogares de la OJE, había sabido de administradores que desaparecieron con 14.000 pesetas bajo el brazo y alguno, abochornado, incluso se alistó en la legión. Más que estafas estaríamos delante de lo que piadosamente podríamos calificar como “raterías” de baja cota.

El problema vino en la transción cuando se unió al descontrol y al desmadre propio de la época, la experiencia que algunos desaprensivos habían adquirido durante los duros años del franquismo. En los centros de la Guardia de Franco, existió toda una escuela de recursos a emplear para “ir al despiste”, evitar problemas judiciales, aprovechar vacíos legales y realizar marrullerías económicamente lucrativas. Hubo un tiempo durante la transición que era realmente peligroso embarcarse en algún negocio con alguien que hubiera pasado por la Guardia de Franco.

Un caso merece ser contado por lo que tiene de colorista. Un camarada travó amistad con un veterano de la Guardia de Franco y con el nieto de un conocido pintor uruguayo (Torres García), los tres miembros de un mismo grupo budista tibetano. El de la Guardia les planteó el negocio de su vida: comercializar “cemento flotante”, algo como mínimo tan raro como unas bragas con tirantes. Habitualmente, el cemento es algo que arrojado en una piscina cae a plomo, pero el “flotante” como su nombre indica debería de cimbrarse junto a la espuma de las olas. Faltaba dinero para comercializar el “cemento flotante” y nuestro camarada –un veterano del FNJ y del Frente de la Juventud- se ofreció para pedir un crédito avalado por sus padres. Antes, eso sí, los tres consultaron al Gran Lama de su secta que venía precedido de fama de clarividente, el cual dijo aquello que ya desde Delfos se sabía que había que decir cuando no se veía nada: “La empresa tendrá éxito si se trabaja con la cabeza”. Los vi cuando estaban dando los primeros pasos y me estremecí ante la intenciçon del uruguayo, a la sazón director comercial de la firma, de aplicar técnicas del budismo tibetano a las ventas del “cemento flotante”. Esté fulano, además, era también vidente y tiraba las caracolas brasileñas. Se empeñó una y mil veces en leerme el futuro, algo en lo que nunca he creído. En un momento dado me tiró las caracolas y, como era previsible, no acertó ni una. A la vista de que un tipo que intenta ir de vidente y te lo cuenta todo al revés no deja de crear una situación incómoda y violenta, le propuse que nos fuéramos a tomar unas cervezas en los tugurios del puerto. Lo inexplicable era que, al cabo de un rato, en estado de total embriaguez, sus predicciones tenían algo más de fundamento, rasgo que he visto en otros videntes, sanadores y curanderos, que ni ven, ni sanan, ni curan en situación normal, pero con cuatro copas de más, se aproximan.

La empresa, por supuesto, fue un caos, desde el primer momento. Parte del crédito se aprovechó para ir a un monasterio budista en las inmediaciones de Burdeos y la otra para gastos diversos, ninguno de los cuales eran admisibles desde la más mínima lógica empresarial. Tres meses después, se habían fundido el crédito sin vender ni un cucurucho de “cemento flotante”. A partir de ahí todo era saber quien se iba a quedar con la deuda de una empresa que carecía de libros contables y que, por lo demás, tampoco tenía nada que contabilizar salvo pérdidas. Desde entonces –y de eso hace ya 25 años- siguen de pleitos. El de la Guardia de Franco jugaba con ventaja pues no en vano de casta le viene al galgo y en las camilonas y francachelas de aquella organización del Movimiento se aprendía bien cómo funcionaba la justicia y cómo esquivar sus efectos. Y en eso siguen, de proceso en proceso.

En el patio de la cárcel Modelo conocí a un tipo sorprendente. Era esfador y si lo conocí allí era porque estaba extinguiendo alguna responsabilidad derivada del infatigable ejercicio de una profesión que tenía cierta inestabilidad laboral. Había sido simpatizante de CEDADE en su primera época y conocía a todos los nombres ilustres que habían contituido la junta originaria de la asociación. Me explicaba, sin inmutarse y polemizando con atracadores, que él era un hombre de paz y que le era imposible entrar en un banco alarmando a todo el mundo, con una pistola en la mano y un antifaz a lo Caco Bonifacio. Él se limitaba a entrar con un talón convenientemente falsificado –y lo ilustraba con el gesto de extender una inexistente hoja de papel- y cobrarlo. Gustaba presentarse como delincuente de guante blanco, respetuoso con la sensibilidad, sentimientos y emociones de todos incluso de los empleados bancarios.

Otro camarada que luego estuvo afiliado a Juntas Españolas en su primera época, practicaba a destajo el “timo del nazareno”. El nazareno era una práctica de postguerra extremadamente difícil de perseguir judicialmente. Consistía básicamente en comprar pequeñas cantidades de material comercializable (electrodomésticos, recambios y consumibles, etc) pagándolos al contado. Lo obtenido se vendía al mismo precio que se había obtenido, con lo que tenía salida inmediata. Esto posibilitaba el que los pedidos fueran todavía más grandes y se siguieran pagando al contado, hasta que, finalmente, se hacía un gran pedido, pero se solicitaba el pago diferido a 90 días. Luego se pagaba la primera letra y se aprovechaba para realizar un nuevo pedido también a 90 días del que, por supuesto, ya no se pagaba nada. La dificultad para perseguir este delito residía en que no era fácil demostrar la existencia de dolo. Los negocios a veces salen mal. Además, a diferencia de otros timos en donde de lo que se trata simplemente es de “pillar y huir”, en este tipo siempre quedaba un “nazareno” que daba nombre a la práctica. Su función era responder el teléfono, contener a los acreedores, tranquilizarlos, pedirles más material para poder pagar las deudas anteriores (material que, por supuesto, jamás se abonaba) y, en definitiva, aguantar el tirón. A este le correspondía “llevar la cruz”, de ahí su título de “nazareno”. El único indicio admisible por los tribunales de que se ejercía el tipo del “nazareno” eran los precios de venta del material obtenido, siempre por debajo de los precios habituales de venta al público. En la jerga del “nazareno” la antítesis del promotor del timo era la figura del “pringado” que era quien lo sufría. Con demasiada frecuencia la ultraderecha aportó un fuerte contingente de “pringados”. Era habitual, por ejemplo, que una empresa de electrodomésticos propiedad de un camarada quebrase después de haber sido víctima de un “nazareno” realizado por algún camarada y que el producto del timo se vendiera a bajo precio entre la militancia ultra, eso sí, de otro distrito del Movimiento o de otra centuria de la Guardia de Franco.

El estafador –y he conocido a muchos sino a muchísimos en la ultra- es una extraña mezcla de delincuente, mitómano y actor-tramoyista-coreógrafo. Para consumar su timo debe de “creer” en su papel, y frecuentemente, a uno le asalta la duda de si realmente el estafador cree en la posibilidad de coronar positivamente el negocio que te está proponiendo. Aun en la remota hipótesis de que así sea y que por una serie de felices circunstancais, el negocio propuesto por el estafador acarree algún beneficio, la cosa tampoco variará excesivamente: el desaprensivo cogera los beneficios y desaparecerá o bien presentará una cuenta de gastos que los absorban completamente.

En cuanto a la coreografía y el atrezzo siempre lo tienen en cuenta. En ocasiones un apellido ilustre abre puertas y acompañado por unos zapatos de marca, un rolex, un Armani, las abre todavía más. En otras es un uniforme militar y unos galones ful los que impresionarán al “pringado”, y en otras aun serán las grandezas pasadas, el curriculum previo que jamás se comprueba, el que predispondrá a la víctima para ser esquilmada. De toda la militancia que ha pasado por las filas ultras, sin duda el individuo que más lejos ha llegado esto de las estafas fue un antiguo militante navarro del FNJ, pasado luego al Frente de la Juventud, del que obviaré el apellido, emparentado por cierto con un conocido arquitecto de fama internacional. Algunos de sus antiguos camaradas me lo han definido como “siniestro”, pero tampoco hay que exagerar, era simplemente un estafador que no quería serlo, pero cuya incapacidad para los negocios y falta de realismo, le obligaba por pura supervivencia a comportarse como un estafador y a ser percibido como tal por todos los que en algún momento de su vida tuvieron tratos con él. Viene a cuento porque le atribuía máxima importancia a la “imagen”. En su casa, su mujer e hijos podían pasar hambre, pero eso sí, era rigurosamente necesario que un vehículo de marca le esperara en la calle y que una sirvienta sudamericana recibiera a las visitas. Un común amigo, director de una sucursal bancaria en Elche, se le ocurrió pedir informes comerciales a la vista de que había solicitado un crédito a través de otra persona interpuesta. El informe fue demoledor: nunca en su vida había visto tal cantidad de sentencias condenatorias en decenas de juicios civiles celebrados en los primeros cinco años del milenio. Solamente los resúmenes de las sentencias ya suponían un bloque importante de folios y no digamos las cuantías de los impagos, las reclamaciones de cantidad, los créditos incumplidos, las hipotecas ejecutadas y los juicios pendientes. Literalmente, al que pillaba por medio, lo esquilmaba. Era una de esas personas que, probablemente, de haber sido capaz de centrarse en una actividad empresarial o de aceptar ser incluido en un equipo de ventas, hubiera llegado lejos. Pero él, siguiendo la tradición familiar, quería ser “empresario” y “emprendedor”. La tradición familiar era de impagos y quiebras, así que, de alguna manera ya estaba genéticamente condicionado para seguir esa vía.

Se metiera donde se metiera era el “capitán fracaso”, pasó de una humilde y modesta tienda de venta de camisetas en su Pamplona natal, a una empresa de informática, con idéntico final, deudas, destrozos, pelotas bancarias que estallaban en las manos de cualquiera, socios peleados y citaciones judiciales. Luego salió a flote gracias a una empresa de seguridad que pudo hacerse con la contrata de Leizarán y al acabar entre bombazo y bombazo, la indemnización recibida –que le hubiera permitido vivir cómodamente y de rentas en los siguientes treinta años- se embarcó en los más abrakadabrantes asuntos hasta que finalmente ocho años después ya no quedaba nada salvo el recuerdo: de comprar empresas quebradas de seguridad, a descubrir en los toros y en las reses bravas el negocio de su vida, a pasar por vacas y corderos como resaca, a montar fiestas, luego un pub inglés, más tarde, uno y dos cybers, luego otro, más en otro emplazamiento, luego una empresa de reformas, más tarde huir de Madrid a la vista de que las deudas ya habían sido excesivas y perseguido por varios juzgados e incluso por los mismos funcionarios afectados por pagos de anticipos para reformar pisos jamás reformados, camaradas que le habían entregado más de un centenar de ordenadores –impagados todos, por supuesto- para los cybers, recalar en Torrevieja, iniciar el ciclo de nuevo y en un plazo record verse sitiado, procesado por los impagos más inverosímiles, ladrillos, alquiler de maquinaria, vehículos de alquiler denunciados como robados, chalets pagados y no acabados, trifulcas con ex socios, procesos por contratar masivamente a inmigrantes ilegales, inmigrantes ilegales de todas las nacionalidades buscándolo por las calles, callejas y callejones de Torrevieja y aledaños y, finalmente, y finalmente, devenido “agente FIFA” trayendo jugadores mediocres de Iberoamérica, abandonados en España a su suerte… una historia absolutamente desmadrada, despiporrante y enloquecida e impune que dura ya la friolera de 30 años y que durará mientras el colesterol le aguante. Ejemplo extremo, pero ejemplo al fin y al cabo.

Sería absurdo considerar que en este terreno la ultraderecha es una excepción. En la sociedad española, actúa este tipo de gente, al margen de su opinión política. Los casos de corrupción en los grandes partidos indican que la estafa y el timo están a la orden del día y, a fin de cuentas, las decenas de estafadores que han militado en la ultra son casi inofensivos –especialmente por las cantitades que mueven- en comparación a los niveles medios de corrupción política. El rasgo diferencial es que, mientras, habitualmente, un corrupto se lucra con el dinero del Estado y, simplemente, lo malversa, en la ultraderecha los principales afectados son los propios afiliados. Es una muestra más de la contracción y de la miserabilidad a la que ha llegado este ambiente político.

La conclusión que saco es que el estafador ultra es, en general, más pobre de espíritu que el estafador medio, le falta esa voluntad de triunfar sobre los desconocidos que está presente en el delincuente que practica estas artes mangantonas. El estafador habitual tiende a lucrarse con el dinero de desconocidos o de instituciones públicas o privadas; por el contrario, el estafador ultra termina convirtiendo en campo preferencial de sus depredaciones al ambiente político que comparte con otros camaradas demostrando lo que vale para él la camaradería, el ideal y la amistad.

Yo he visto, como la estafa recorría transversalmente a la ultraderecha desde finales de los años 60, cuando se practicaban estafas propias de postguerra (robos de contadores, marrullerías, racket en puticlubs, gente que huía con la caja y poco más). Sin embargo, a medida que ha ido pasando el tiempo, especialmente a partir del 23-F de 1981, cuando empezaba a disminuir el número de militantes y simpatizantes, pero, sorprendentemente, el número de estafadores permanecía constante e incluso ocurría algo peor: algunos estafadores pasaban a ocupar puestos de mando en instancias ultras y culminaban sus gestiones con la inequívoca pestilencia a estafa.

Ya hemos aludido a lo que ocurrió con Juntas Españolas en su primera etapa y en la inexistencia de alguno de cuentas capaz de demostrar en qué se empleó el dinero (si bien el restaurante propiedad del suegro de otro personaje realizó cientos de vales falsos de comidas y comilonas en un intento de mejorar las cuentas), por no hablar de Democracia Nacional partido que ni siquiera tiene tesorero, ni por supuesto libro de caja, ni de cuentas. Pero, a estas alturas, nada puede extrañar y el gran elemento diferencial es que todos los afiliados a esta formación hayan alcanzado el dudoso títuo de “pringados”. Esto es lo inédito: de acuerdo que la mayoría de afiliados son jóvenes y les falta experiencia de la vida, de acuerdo en que, en principio, no parece razonable pensar que el “jefe político”, sea en realidad un pobre aprovechado, incapaz de estafar en el sentido jurídico de la palabra, pero sí permanentemente estafando al ideal, estafando a la esperanza y estafando a la buena voluntad y a la juventud de sus afiliados.

Cuando un ambiente político permite que estafadorcillos del tres al cuarto lleguen a escalones de mando y las propias bases admitan ser esquilmadas en sus carteras y en sus esperanzas, es que ese sector político ha llegado a su punto más bajo. Ese nivel ha sido alcanzado por la ultraderecha.

© Ernesto Milà – Infokrisis – Infokrisis@yahoo.eshttp://infokrisis.blogia.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar procedencia.





Ultramemorias (V de X). Tipologías insólitas. El camarada maricón

3 06 2009

Digo maricón, en lugar de “gay”, porque siendo esta una palabra que indique “alegría”, los camaradas que gustaban de otros de su mismo sexo, tenían de alegre lo que un cangrejo hermitaño desahuciado por impago del inmueble. Haberlos los ha habido y los hay, como mínimo en el mismo porcentaje que en la sociedad, pero el maricón en la ultra ha estado siempre malamente acomodado y difícilmente ha salido del armario. Y ha hecho incluso algo más terrible: no solamente ha permanecido refugiado en la ebanistería, sino que además, muchos de ellos han negado por activa y por pasiva su condición sexual. No es raro si la alegría “gay” no ha estado presente en el camarada maricón.

El primer camarada que conocí cuando me metí en estos berenjenales –puesto a empezar- resultó ser maricón. Lo intuí desde el día en que se me acercó demasiado en un fuego de campamento y me lo confirmó cuando empezó a glosar la calidad de las películas de gladiadores y, en especial a Steeve Reeves. Luego supe que había abandonado su Murcia natal dejando tras de sí más de un culo descerrajado. A este siguieron otros demasiado evidentes como para que negaran sus tendencias y demasiado buenos militantes como para que yo me metiera con sus hábitos sexuales. Poco a poco se ha ido desdramatizando esto del mariconeo en la sociedad e incluso en las últimas trincheras ultras e incluso corre por foros gente que reconoce explícitamente, reivindicando esa condición. Llegan tarde, porque a estas alturas, a nadie le importa si fulano o mengano sienten atracción particular por cualquier culo peludo. Ha llovido mucho desde 1968 cuando dentro del armario, el camarada ocultaba a todos su condición –y en algunos casos, doy fe, incluso a él mismo- hasta ahora cuando se ha convertido en algo irrelevante.

El homófilo sufre en un ambiente que suele exaltar la virilidad y consiera timbre de gloria el tener reputación de tronchamozas. Los chistes de maricones siempre ha hecho reír en todas las épocas antes de situarse en el índice de lo políticamente incorrecto. Un camarada cuya homofilia ignoraba, se fue de la ultra –años después lo supe cuando se había convertido en uno de los puntales fundacionales del Front d’Alliberament Gay de Catalunya- después de aquel viejo chiste que conté de que, para un marica, el pedo es el suspiro de un culo enamorado. Su opción sexual no pudo evitar sentirse ofendida por la risotado con la que animé a que los otros a que rieran también. Debo reconocer que lo sentí.

De todas formas con el paso de los años he creído ver cambios en el ambiente gay. Los que conocí hasta mediados de los 70 habían tenido todos infancias similares, con madres de personalidad extremadamente acusada, con cierta frecuencia invasiba, otros deparaban a su madre amor edípico desmesurado y al no encontrar mujer que las igualara, tiraron por la otra acera. Sin embargo, en la segunda mitad de los 70 cuando el movimiento feminista ya se había afirmado e incluso atravesaba momentos de radicalismo infantil propios de todo maximalismo que nace, coincidiendo con la implantación de la coeducación –esa tragedia impuesta por la pedagogía progre y a la que hoy ningún pedagogo serio concede la más mínima ventaja- otros se sumaron al carro homofílico por tres motivos: a causa del temor que experimentaban hacia aquellas mujeres que querían comportarse como hombres y ante las que el original era mejor que la copia; a causa del desinterés que había generado en ellos la proximidad de la mujer (los alumnos de los Escolapios íbamos a la salida de clase al vecino colegio de Las Damas Negras o del Nelli para practicar el ingenuo arte de levantar las faldas a las chicas: el secreto y el misterio de lo femenino ejercían en nuestra pubertad una atracción que difícilmente puede sentir quien tiene desde la preescolar a cuerpos femeninos al lado del pupitre); y, finalmente, a causa de que en la sociedad española de la transición se afirmó la idea de que había que acostarse con cualquier cosa, sin importar si fuera hombre, mujer, oveja o pez, lo importante, sostenían los gurús de la época, era no tener represiones, ni restricciones motivadas por la deformación en el carácter al que indujo la educación franquista. Quien hacía gala de restricciones –por pequeña que fuera- no era lo suficientemente progre como para poder figurar en el cuadro de honor de la mentecatez. Una actriz que se negara a desnudarse no tenía lugar en el cine de la época, y un tío bragado, de heterosexualidad a toda prueba, debía necesariamente tener una experiencia gay, hacer un trío o una cama redonda, y no preocuparse mucho si en la confusión sentía como si alguien le petara el culo. La transición fue, en definitiva, eso, el momento en que a las dos Españas se les partió el culo, a una mitad de risa y a la otra a base de irse metiendo cosas.

Todo esto y, sin duda, la publicidad de Calvin Klein que descrubrió en la minoría gay un mercado seguro, hizo que cuando tuve que irme de España, el mariconeo se hubiera enseñoreado ya de la industria del cine y del teatro. Pero desde los 80 ocurrió algo extraño. Yo sabía que en la Organización de las Naciones Unidas el número de gays era inusualmente alto. Es fácil entender porque se produjo este fenómeno: arrojados a los márgenes de la normalidad en sus países respectivos, habían literalmente huido al edificio de Manhattan que, ya a finales de los 60 se había convertido en paraíso sicalíptico gay. En el ambiente ultra existió en los años 50 un autor de culto, Mauricio Carlavilla, que también firmaba como Mauricio Karl, Julien d’Arleville, etc, especializado en la masonería, el judaísmo y el comunismo y a la que un día le dio por escribir 400 páginas de un tema intocable en la época, la homosexualidad. Al bueno de Carlavilla –que, en general, andaba desenfocado tanto en masonería como en judaísmo- se le ocurrió “historiar” la homosexualidad en un libro de título llamativo: “Sodomitas”. Pueden imaginar lo que representó en la placidez sexual del franquismo, en donde lo más osado era el bikini de la sueca o el pantalón pitillo hasta media pantorilla de los guateques del sábado noche, el ver en los escaparates de las librerías un libro con el título de “Sodomitas”. Como todo en Carlavilla remitía a lo mismo, la conclusión final era que la “abundancia” de sodomitas (eufemismo para evitar el empleo de la palabra “maricones” porque la más respetable de “gays” todavía no había irrumpido) de los años 50, de debía a una conspiración masónica y comunista. Hace poco releí el libro del que lo único que podía salvarse era el depósito legal, y n pude por menos que sonreir benévolamente: cuantas ridiculeces se han dicho y se han escrito en nombres del antimasonismo.

Además –Carlavilla lo citaba y los de CEDADE lo recogieron en uno de sus primeros boletines- en los EEUU existió el primer lobby homófilo anterior a la contracultura, los “matachines”, miembros de la Matachines Society. El nombre venía a cuento de los “soldados de la virgen de Chihuahua”, danzates provistos de hábitos coloristas; estos, a su vez, habían tomado el nombre de los bufones renacentistas, igualmente coloristas, esto es “gays”. Un tal Jennings, fundador de la Matachine Society, resultó arrestado en 1952 por “conducta obscena”, según la mitología gay, después de que un policía se le insinuara en casa. En el juicio que siguió, Jennings asumió su homosexualidad, pero negó que su conducta fuera delictiva. Los cargos se retiraron retirados y el caso de “El Estado contra Jennings” pasó a ser la primera victoria legal de los Matachines que sin duda habría rezado a Zapatero y a Cerolo como a sus “jesusitos de mi vida”. Fueron también los Matachines quienes empezaron a utilizar la palabra “homófilo” en lugar de “homosexual” para destacar que no todo en el mariconeo debía ser sexo. Al año siguiente, en 1953, las lesbianillas apechugaron con lo suyo y crearon las Hijas de Bílitis, primera organización sáfica desde el mundo griego. Por cierto –y aprovecho para afirmarlo- que en la ultra no he conocido a ninguna pareja de lesbianas, ni he sabido de ninguna, como máximo, el que algunas ex novia de camaradas, cambiaran sus preferencias sexuales a poco de haberlos dejado. Y me resulta imposible evitar añadir la ironía de que ellos, en sí mismos, sus exnovios, eran en algún caso el reclamo más potente para cambiar de preferencias.

Los Matachines tuvieron cierto éxito en los años 60 hasta el famoso incidente del antro de Stonewall en donde la mitología del movimiento homófilo fija su arranque histórico entroncándolo con la contracultura, la revuelta estudiantil y la protesta contra la guerra del Vietnam, todo lo cual parece excesivo y no deja de ser una mera coincidencia temporal. Antes, los arrojados y excluidos de todos los países, como digo, fueron a parar al edificio de la ONU en Manhatan, de ahí contaminaron el edificio de la UNESCO en París y, finalmente, hicieron todo lo posible, primero por abolir la discriminación por cuestión de preferencias sexuales (lo que parece razonable) y luego simplemente en difundir al máximo las bondades del amor homófilo hasta situarlo en el mismo rango que el heterosexual (lo que es completamente abusivo a la vista de que, se meta por donde se meta, el amor gay no logra acceder a la procreación). Pero entre los Matachines de Jennings a principios de los 50 y la irreprimible tendencia de ZP a identificar su gobierno con los ideales de los grupos gays más radicales, han mediado cincuenta años, no lo bastante para evitar que un chiste sobre gays siga generando carcajadas, ni para evitar pensar que el aumento gay sea un epifenómeno que evidencia la existencia de causas más profundas.

Tengo a gala decir siempre la verdad y no he tenido el más mínimo empacho en explicarles a mis amigos gays –que, como todos, los tengo- que lo suyo es una enfermedad sin duda inducida por algún exceso de hormonas femeninas ingeridas con los muchos alimentos embardunados de mierda química que consumimos. Contrariamente a lo que opinan los gays, la opción sexual viene determinada por tres factores por orden de importancia: la biología el primero y, en concreto de las secreciones hormonales. Altere usted a una sociedad el volumen de esas secreciones y la alterará profundamente. Los otros dos factores, están mucho más alejados: el subconsciente formado en los primeros años de vida y que nos condiciona a lo largo del tránsito que nos queda sobre esta pelotilla y, finalmente, en última instancia y en muy pequeña medida, casi despreciable, las opciones conscientes y libres, independientes del sistema hormonal y de las influencias del subconsciente… en el caso de que eso pueda existir, algo que, sinceramente, dudo. Es la biología y el sistema hormonal quien condiciona nuestras preferencias, especialmente. Por eso hay hombres y mujeres; y cualquier horticultor sabe que determinadas plantas sometidas a estrés generan reacciones anómalas y exceso de tipos en donde están presentes los dos sexos.

Nuestra sociedad ha perdido la noción de “normalidad”: lo normalidad es que un hombre y una mujer se sientan atraídos para gozar, reproducirse y, si les van los rollos raros o han leído a Evola, practicar el tantra como forma de experiencia trascendente. Y eso ha sido así desde que el australopithecus bajó de un árbol. Afirmar ahora que el progreso civilizacional nos ha llevado a nuevas formas de erotismo y sexualidad sería tanto como decir que eso de que haya dos orejas a un lado es un mal asunto, una de tantas muestras del conservadurismo humano que se resiste al cambio y que el verdadero progreso sería el implante estereofónico de otras dos, en frente y cogote. Posible es, probable quizás, absurdo, seguro.

Pero no es aquí el mejor lugar para juzgar al mundo gay. A ello ya le he dedicado 200 páginas de mi libro “Los Gays vistos por un hétero” [que en breve será publicado en las páginas de Infokrisis] y no tengo nada más que añadir. Así pues, ya sea por lastre subconsciente, por atrofia de unas hormonas y sobredosis de otras, los gay existen y en la extrema derecha como en cualquier otro lugar de la Galaxia.

Como decía antes, la pérdida de encanto de la mujer y la brutalización de algunos hábitos femeninos (véase las crónicas sobre la violencia en las escuelas protagonizada por chicas que aspiran a rivalizar con chicos en bordería e hijoputez), está en el origen de algunas pulsiones homosexuales que he visto en elementos de la ultraderecha. Recuerdo el caso de un militante que arrastraba cierta indefinición sexual, seguramente como resaca lógica de su adolescencia, esos años en los que todavía no ha aparecido la sexualidad tal cual, somo despunta, y el adolescente tiende a confundir admiración y amistad hacia otro compañero con amor erótico. Este militante, no ligaba desde que Dios creó los domingos, para colmo se sintió atraído por otro camarada, también próximo a la adolescencia, pero que había dejadó atrás cualquier indefinición sexual, demostrado por activa y por pasiva que lo suyo era ir tras mujer blanca. En un ambiente de camaradería es habitual que unos apoyen a otros y que, en general, todos busquen –como en todo sistema jerárquico- completar las carencias de otros. He tenido que acompañar a muchos camaradas a su primer polvo en un putiferio y, siempre, al salir, con sonrisa reforzada, entiendes que han triunfado y que a partir de entonces habrán perdido un miedo más; eso siempre es bueno. El problema era que nuestro camarada frecuentaba tugurios punkis e intentó que el otro ligara con una amiga suya. Intento peligroso porque la chica, además de desaliñada, digamos, poco pulida, de higiene paupérrima y con aspecto piojoso, era además capaz de potarte encima en pleno acto, mucho más lamentable si se trataba de la primera experiencia con el otro sexo. Al otro, por supuesto, aquel primer coito no le dejó buen recuerdo y siguió dudando sobre su identidad sexual hasta el punto de intentar arrojarse por la ventana del local del FNJ. Espero que en los últimos treinta años haya encontrado su identidad sexual auténtica.

Otros, como diría, han tenido demasiada actividad sexual. En esto del sexo hay que ir con cuidado porque es capaz, si no se le ata corto, de convertirse en obsesión. Cito de nuevo al Buda y a la cuerda que si no se tensa lo suficiente no suena, o suena aflautada y que si se tensa demasiado se rompe. Por esos mundos de Dios he conocido gente que si no se pegaba un polvo al día le era imposible conciliar el sueño y créanme que es un fasticio aterrizar en un país remoto del que solamente uno tiene una ligera constancia de que existe en los atlas de geografía, para andar buscando un burdel en el que el camarada que va contigo se pueda relajar y, mucho peor, si después de recorrer los burdeles, no ha encontrado ninguno que satisfaga sus tiquismiquis sanitarios (algo muy habitual en otros hemisferios). Entonces la cosa es peor porque hay que ir a ligar y eso, por rápido que se sea, requiere su tiempo. Si para colmo, el camarada es bajito y regordete estamos ante una misión casi imposible y casi incompatible con las exigencias de la clandestinidad, cuando te acompaña un pasaporte malamente falsificado y unos visados recién hechos, sin ver los originales, que tienen poco que ver con los reales. Luego está la brecha antropológica y cultural: cuando tú estás en Lima y le pides a un taxista limeño que te lleve a donde haya chicas, lo más probable es que te lleve a locales de chicas que a él le gustan, ante las cuales experimentas un deseinterés absoluto, y ocasionalmente, por qué no decirlo, incluso horror extremo. Al final conseguimos conocer a unas periodistas –era la profesión que, además, ponía nuestro pasaporte, que, por otra parte, era cierta- una de las cuales hacía menos de una semana había recibido a uno de los Ansones (no sabría decir si al periodista o al ligón de misses) y, poco antes de las 24:00 de aquel día, mi querido camarada logró vaciarse de tensiones sin importarle mucho si la otra, como me temo, se había quedado a dos velas. Total, tampoco la vería una segunda vez…

Nemen, que así se llamaba, saciaba así su apetito sexual desmadrado y omnipresente. Era un tipo pragmático al que no le gustaba perder el tiempo y estaba siempre en permanente actividad. Entre otras conquistas suyas figuraba la hija del famoso mafioso neoyorkino Copola, lo que justifica, por lo demás, que debiera de huir camino de los pastos más benignos de Florida y luego por Centro y Suramérica. Nacido en el Caribe era heterosexual empedernido y la mera posibilidad de rozar a un tipo se le antojaba asquerosa. Los excedentes energétidos segregados por sus hormonas masculinas, tras su polvete diario, eran consumidos por el trabajo político, y créanme que también en este terreno era hiperactivo, como si el único pensamiento que le ocupaba desde la mañana hasta la noche fuera interrogarse sobre la mejor manera de hacer el hijoputa.

Sin embargo, otros dirigentes políticos y militantes de la ultraderecha desarrollaban niveles parecidos de actividad pero –eh ahí la diferencia- acompañados por una sexualidad homofílica. El jefe del PENS era uno de estos y casi resultaba la caricatura estereotipada del mundo gay. Lo que de verdad le gustaban eran los uniformes. De hecho siempre he pensado que asumió la bandera de la ultraderecha solamente porque en los sesenta, todavía, el uniforme era algo característico e imprescindible. Más tarde, cuando su homosexualidad salió a relucir, cambió los uniformes ultras por el militar y llegó a capitancete antes de estamparse con su vehículo contra un árbol. Lo mató su hiperactividad. Este camarada siguió yendo acelerado tanto en el PENS, como en las fuerzas armadas. Además tenía veleidades artísticas y le encantaba la equitación seguramente por la fascinación que le causaban las botas altas de cuero negro y la fusta. Una vez pasada la página de la actividad política y embarcado ya en las FFAA, alternaba la vida cuartelera con la organización de exposiciones de arte, suyas o de sus amigotes (y alguna que otra amigota de ilustre familia y destacada cultural barcelonesa). Para colmo frecuentaba un gimnasio en donde practicaba alterofilia a destajo. No era raro, con esta agenda, que sus horas de sueño se redujeran a menos de las necesarias y, menos raro aún que volviendo de un gimnasio, en un tramo de carretera rectilíneo, fuera a empotrarse contra el único árbol del camino. Murió sin salir del armario y murió contando él mismo chistes sobre maricones.

La pertinaz resistencia a salir del armario ha ocasionado no pocos problemas a los militantes ultras gays. Y es lógico que así sea: sonetidos a una permanente tensión entre lo que se pensaba y no se podía manifestar, lo que atraía y no parecía prudente demostrar y lo que se deseaba y jamás se obtendría, el ultra gay, para colmo, debía mostrarse como el más viril de los militantes, si quería ser uno más entre ellos. No se trataba solamente de ocultar lo que se era, sino de intentar afirmar lo que no se era. No es extraño que, el comportamiento de estos militantes, frecuentemente tuviera altibajos, fuera errático, a menudo incompensible y siempre neurótico. En general daban la razón a los que opinaban –y yo me encontraba entre ellos- que los gays tienen comporamientos sociales anómalos e imprevisibles. Salir del armario fue para muchos una liberación, pero entonces quedó a las claras otro problema.

Era, en efecto, difícil saber, si un gay militaba políticamente en tal o cual opción, por convicción o simplemente porque había allí otro militante –probablemente heterosexual- que le atraía. No era nada nuevo, porque por esa misma regla de tres no estaba claro si muchos militantes varones y hembras estaban en su “puesto de combate” por convicción, para seguir a su pareja o simplemente como plataforma heterosexual de ligoteo. En eso los gays, lograron cierta equiparación con los héteros.

Luego estaba el complicado problema de los bujarrones, los que, por así decirlo, no excluyen, ni pelo, un pluma, ni escama. En la ultra los he visto casados unos y puteros otros. Para un heterosexual impenitente como yo, resulta, como mínimo un shock que aquel camarada con cinco hijos te glose las dimensiones del nabo de un travestí. O que te enteres por otro que aquel que se casó y divorció en un tiempo record, era porque su mujer le encontró con el hijo del vecino en el lecho conyugal al que le daba clases de mates. Aunque más sorprendente era aquel otro camarada que te daba vía libre para tirarte a su mujer con la única condición de estar él delante (y lo realmente curioso es que ninguno de sus hijos se le parecía y todos tenían algún rasgo que recordaba a tal o cual camarada de su promoción, lo que permitía pensar que aquello era algo má que una fantasía erótica). Mas normal eran las camas redondas, las fiestas de parejas intercambiables y el que tuvieras que enterarte de las performances sexuales de tal o cual camarada (o su ausencia misma de performances) gracias a tener como amiga íntima a una cuya iniciación, dearrollo y plenitud sexual, se había realizado en las distintas siglas en las que ha ido evolucionando la ultra. No hablemos ya de divorcios en donde la parte contratante de la segunda parte, te explicaba –a veces incluso con ingenuidad- que su marido estaba más bien atraído por su madre, que le iban los chicos jovencitos y que en la cama, en lugar de picha, tenía algo parecido a una morcilla enana gutemalteca. Y entonces entendías porqué la evolución de un grupo había sido así o asá. Si a algunos les tiran más tetas que dos carretas, otros se vuelven locos por un culito peludo y un pezón de adolescente gamberro. Lo sorprendente es que en algunos grupos ultras –y el FNJ fue uno de ellos; como para irlo mitificando- su trayectoria es inseparable de las filias, las fobias, las neurosis y los cambios hormonales de su dirigente dirigió.

Pero esto, en realidad, ocurría –y ocurre- en todas partes. En la ultraderecha quizás todo esto sea aun más cómico por los grandes valores que se esgrimen (aquel al que no se le levantaba ni con polipasto con su mujer, pero en cambio se ponía cachondo al ver a su santa madre en bikini, se definía a sí mismo “como un gran hispanista” y anduvo el tiempo que se mantuvo en la ultra preocupado por las “esencias del pensamiento joseantoniano”) y por la superioridad moral que algunos pretenden esgrimir argumentando los grandes valores de “familia, religión, patria, Estado, honor, raza” detrás de los cuales solamente se ocultan filias, parafilias, neurosis y atracciones extremas que les hacen estar donde están y no en otro lugar.

A alguien le puede parecer contradictorio que se defienda a la familia y a la religión y se ejerza la sexualidad por el boquete que jamás dará lugar a una familia o condenado por la Iglesia, pero, finalmente, he llegado a la conclusión de que en todas partes cuecen habas. El independentismo catalán, por ejemplo, desde mediados de los sesenta hasta ahora, es la crónica de unas cuantas parejas que se crean, se destruyen, se recomponen intercambiando sus miembros, se vuelven a recomponer, explicándose así con facilidad la larga lista de siglas y su evolución hacia las fusiones o las escisiones, con mucha más facilidad que si atendemos a las cuestiones doctrinales o programáticas que han esgrimido para justificarlas. Y esto sigue así en plena menopausia de unas y apaciguanmiento de ardores eróticos de otros. En la ultraderecha no se ha llegado a tanto, ni remotamente.

Los más veteranos en el ambiente ultra, tácitamente hemos adoptado una posición ante este asunto que quizás le parezca a alguno, relativista. De todo tiene que haber, y los homófilos entran en ese “de todo” por derecho propio. Siempre los ha habido, y no puede condenarse así a la primera a algo que ha existido desde que el erotismo se impuso a la animalidad. En toda sociedad, existen psicópatas, albinos, místicos, pirados, enanos y superdotados con excedentes de neuronas. La ingeniería social propia del reduccionismo zapateriano no va a lograr que esto cambie por decreto ni ley. Un chiste sobre maricones siempre hará reir y el “pedo-caca-culo” estará durante toda la eternidad en el origen de la sonrisa de un crío. Es inevitable y es bueno que así sea. Si un día al año nos disfrazamos de aquello que no vamos a ser durante el resto del año es justamente para recordar lo ridículo de no ser quien somos en realidad. Por tanto, una sociedad sana puede permitirse el 3% de homosexualidad en su seno sin que quiebran sus valores ni se desmoronen sus esctructuras. Los problemas sociales solamente son problemas cuando se convierten en masivos y, especialmente, cuando se pierde el concepto de “normalidad”. Nuestra sociedad lo ha perdido desde finales de los 70 –coincidiendo con la transición, pero que no teniendo a la transición como único responsable- y tiende a elevar al rango de “normalidad” lo que son tendencias minoritarias. Ciertamente había que desdramatizarlas y quitar hierro a las filias y a las fobias sexuales. Lo cuestionable es que se haya pasado al extremo opuesto.

La gente de mi generación siempre recordará con cierto cariño a camaradas de los que todos sabíamos que eran maricones, que evitaban que su homofilia repercutiera de una forma u otra en su trabajo político, que habían derivado sus preferencias al dominio inviolable de lo privado, y que tenían menos plumas que un edredón sintetíco. Nunca, ninguno de ellos, por muy carroza que esté, se sumará a la fiesta del orgullo gay, ni siquiera mirará con menos desconfianza y desprecio la permanente de Cerolo su Styling Bálsamo para rizos de Schwarzkopf (verdadera sangría para el presupuesto nacional en estos tiempos de crisis) de lo que lo miramos usted y yo.

© Ernesto Milà – Infokrisis – Infokrisis@yahoo.eshttp://infokrisis.blogia.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar procedencia.





Ultramemorias (V de X) Tipologías insólitas. El camarada chivato (1ª Parte)

3 06 2009

Hay dos versiones sobre lo que fue la transición española de 1976 a 1981. La “versión oficial” dice que el pueblo español entendió la necesidad de evolucionar pacíficamente ante la imposibilidad de prorrogar el franquismo y ante la falta de fuerza social suficiente de la oposición democrática para alcanzar la “ruptura”. Ante este situación, la clase política que detentaba el poder en aquellos momentos, capitaneada por Adolfo Suárez, estableció un puente con la oposición democrática, a través, inicialmente de Santiago Carrillo, secretario general del único partido digno de tal nombre que existía en aquellos momentos en la clandestinidad, y seguidos por toda la clase política consciente del impás de la situación, aceptaron marchar mancomunadamente hacia la democracia formal adoptando posiciones moderadas, esto es, de centro. La población española, guiada por una clase política lúcida y responsable aisló a los extremismos, que finalmente vivieron su momento final el 23-F de 1981. Esta versión es la muestra mas palpable de cómo el Gran Hermano falsifica la realidad. No hay absolutamente sino una semejanza remota entre lo que fue realmente la transición y cómo nos la cuenta la versión oficial. Por que hay otra versión…

A pesar de que es rigurosamente cierto que estos últimos 30 años de democracia han registrado una caída en picado de la calidad de nuestra clase política, lo cierto es que en el tiempo de la transición, el nivel tampoco era excesivamente alto. A pesar de que hoy se tiene tendencia a mitificar el papel de Adolfo Suárez y elevarlo a la categoría de “genial y templado conductor del cambio”, más debido a su tragedia personal que a sus méritos reales, lo cierto es que ya tenía todas las características de oportunismo, frivolidad, improvisación y falta de proyecto que luego se ha convertido en paradigma del político democrático celtibérico. Si existió un “programa” de la transición, era evidente que éste no podía haber sido redactado por Adolfo Suárez, ni mucho menos por el Rey; a ambos, en efecto, les faltaban cualidades y experiencia. En cuanto a Felipe González, en la época, no era más que un apéndice de la socialdemocracia alemana de cuyos bolsillos salieron los fondos para levantar casi del cero absoluto un partido que, como le acusaban los comunistas, había pasado 40 años de vacaciones. Y, Carrillo, por su parte, era el dirigente del partido más importante de la oposición democrática, pero también pesaba sobre él estigma de comunista y la sombra de los acuerdos de Yalta que ni siquiera el recurso al “eurocomunismo” había conseguido disipar. De Paracuellos, ni hablemos por demasiado obvio.

Lo más probable es que la transición fuera pilotada estratégicamente desde instancias internacionales interesadas en que España ingresara en la OTAN, aumentar las ventas de material militar a España, espolear el flujo comercial hacia España, en contacto con fuerzas económico-sociales españolas que aspiraban junto a lo mismo: a que la integración en Europa favoreciera sus negocios; para esto era necesario que el país adoptara una democracia formal como sistema. La sinergia de estos elementos, es más que probable que se estableciera a partir de la reunión que el Club Bildelberg celebró en Palma de Mallorca justo en el arranque de la transición. No debió tratarse de establecer un plan estratégico sino un objetivo a alcanzar, en función del cual, instancias de menor nivel establecerían la estrategia, mientras que las partes protagonistas serían dueñas de la táctica en función de su rol y de sus intereses particulares. Los grandes cambios socio políticos no son nunca el resultado de la decisión personal de un individuo, sino de la sinergia de factores muy diversos, incluidos los de nivel más bajo. A fin de cuentas se trataba de una “operación de inteligencia” que tenía mucho que ver también con las “operaciones psicológicas”. Así pues, hay que buscar en nuestra opinión, en los servicios de inteligencia nacionales y extranjeros, al autor de la partitura encargada por el círculo de Bildelbergs que sería el “autor intelectual” del proceso. Esto explicaría el porqué en todas las fases de la transición está presente un elemento problemático: la violencia política.

En efecto, la “versión alternativa” cuenta otra cosa: el puebo español estaba dividido en 1975 en tres sectores: el partidario del franquismo, el que seguía a las distintas siglas de la oposición democrática y la mayoría silenciosa, numéricamente mayoritaria a la que le daba exactamente igual quién gobernara. El equilibrio de fuerzas entre franquismo y oposición democrática se rompía a favor del primero que contaba con el apoyo de lo que en la época se llamaba “poderes fácticos”: ejército, magistratura, policía, solo en parte contrabandeados por el apoyo que parte de la clase obrera y el estudiantado deparaban hacia la oposición democrática. La patronal estaba a favor del cambio, sin duda, pero de un cambio sin convulsiones. Ese cambio era literalmente imposible porque las dos partes (franquismo y oposición democrática) habían estado repitiendo durante los últimos 10 años que sus posiciones eran inamovibles y definitivas: la “constitucionalidad” del franquismo y la legalidad constitucional del régimen eran el tema obligado en los telediarios desde la aprobación de la Ley Orgánica del Estado en 1967, mientras que la cantinela sobre la ruptura democrática y la alianza de las fuerzas del trabajo y de la cultura para llegar a ella, era el leit-motiv de la otra parte. En condiciones normales hubiera sido imposible que unas y otras renunciaran a sus posiciones. Pero hay sistema para ello: el recurso repetido a los traumatismos y a la violencia política.

Porque la transición, a fin de cuentas, no fue más que una serie de episodios de inusitada violencia, casi siempre homocida –se suele olvidar que el “cambio” generó más de 200 muertos en apenas seis años- que fueron los que indujeron a la población española a situarse bajo el paraguas protector del Estado aceptando lo que éste deparase. Fue la violencia lo que hizo que la población española abandonara los maximalismos practicados en los diez años anteriores, y emprendiera una larga marcha hacia el centro político que se configuró como las dos columnas básicas del sistema entonces construido: un centro-derecha y un centro-izquierda. Esa marcha fue favorecida e impulsada por el horror de las acciones terroristas surgidas de los extremos del arco político. No fue que la población española, guiada por su clase política, asumiera la marcha hacia el centro, sino los episodios de violencia surgida en los extremos que se sucedían con inusitada frecuencia, lo que convenció a la población de las bondades del centro político. Por eso, fue posible la transición, soldando momentáneamente las “dos Españas” (la franquista y la democrática) en un centro, primero protagonizado por Suárez y que luego dejaría paso al PSOE que culminó la parte más comprometida del trabajo (el ingreso en la OTAN). Pero esto no es todo.

Si asumimos esta otra interpretación de la transición, asumiremos también que alguien generaba violencia deliberadamente. Hoy se reconoce que los pactos de la transición establecieron el aislamiento de los “extremismos”. Y hace falta ser muy precavido con lo que quiere indicar este concepto. Por que si los “extremismos” eran formas de radicalismo político, detestables para la opinión pública, no era necesario “aislarlos”: su mera práctica homicida ya lo hubiera hecho en elecciones sucesivas. Y, por lo demás, ¿quién definía lo que era un “extremismo”? Para Fraga, ese gran político intocable “de solera y tradición democrática”, “extremismo” era todo lo que le podía quitar votos y se situaba a su derecha. El hecho de que hoy sea un anciano decrépito, un dinosaurio de otros tiempos, no puede hacernos olvidar que fue uno de los autores de la transición con toda su carga de mentiras y maquiavelismo en sentido estricto: para Fraga, el fin, la democracia formal, justificaba cualquier medio. Y claro que lo demostró, él más que nadie. Mientras los corre-ve-y-diles de Fraga al convocarse elecciones en 1979, hicieron creer a Blas Piñar y a toda la redacción de El Alcázar, hasta última hora, que era posible una coalición entre Unión Nacional y Alianza Popular, él estaba maniobrando para aislar a esos mismos partidos con quien nunca jamás quiso pacto alguno. Este episodio de la transición merece ser estudiado aunque ponga en tela de juicio la honestidad política de Fraga.

Pero había otro problema: los extremismos, eran formas de radicalismo político, que frecuentemente se desgastaban realizando proposiciones radicales ricas sólo en verbalismo agresivo, enarbolando banderas de otros tiempos (comunistas, anarquistas, carlistas o falangistas), realizando gesticulaciones revolucionarias… pero no necesariamente estaban alumbradas de un impulso homicida y, salvo ETA, no habían asumido el terrorismo como práctica cotidiana.

Dicho de otra manera: no existían “potencia suficiente” para generar un estado de violencia capaz de precipitar la marcha hacia el centro. Y como no existía, se creó artificialmente. Eso fue la transición. No es raro que la mitología oficial sobre aquella tortuosa época, tienda a olvidar que vivimos sobre un régimen constituido inicialmente sobre una infamia y al escribir esto no puedo evitar pensar en los 200 muertos de aquellos años, la mayoría muertos por nada, muertos sin saber por qué, muertos inocentes, arrollados y apisonados por el mecanismo generado durante la transición.

La violencia, especialmente si acarrea muertes, dispone de una formidable capacidad para apoderarse de las conciencias y condicionarlas. Cuando un ciudadano sale a la calle o ve salir a alguien de su familia, espera que vuelva, sano y salvo, la posibilidad de perder la vida o ver como la pierde un familiar, un amigo, un vecino, se convierte en un fantasma aterrador para evitar el cual se acepta cualquier renuncia a las propias posiciones mantenidas hasta ese momento. Ante una situación de asesinatos políticos y desórdenes públicos diarios, incluso el más liberal acepta las restricciones a las libertades públicas, si ello contribuye a que cese la violencia. Lo hemos visto en su versión más extrema en EEUU con la promulgación del Acta Patriótica tras los autoatentados del 11-S. Algo parecido ocurrió en la transición… la violencia continua indujo a los franquistas a aceptar que algo debía cambiar y a los miembros de la oposición democrática, que debían olvidarse de la “ruptura”.

Para realizar una transición así concebida eran precisos cuatro elementos:
1) La existencia de unos partidos radicales
2) La presencia en esos partidos radicales de agentes provocadores infiltrados
3) La complicidad de unos medios de comunicación
4) La existencia de un centro coordinador difícilmente identificable, pero cuyos apéndices si son posibles de establecer en un estudio pormenorizado.

A la derecha, Falange y Fuerza Nueva existían junto a una constelación de pequeños grupos incontrolados, y en la izquierda la CNT, el PCE(r) y ETA eran igualmente estructuras muy reales, junto a la abundancia de grupos anarquistas y marxistas-revolucionarios periféricos. Se trataba de que todos estos grupos generaran actos violentos en número e intensidad suficiente para operar el efecto esperado: inducir la marcha hacia el centro de la opinión pública. Y eso se hizo, mediante la provocación y la infiltración.
Nosotros éramos conscientes de que en la extrema-derecha no existía una organización terrorista al estilo de ETA o del GRAPO (fuera lo que fuera), sabíamos que los actos terroristas que procedían de nuestro ambiente eran acciones individuales de las que, solamente durante la Semana Trágica empezamos a tener conciencia de que estaban generadas por provocadores. A estos les resultó extremadamente fácil penetrar en un ambiente que tenía unas estructuras organizativas muy débiles y una carencia absoluta de educación política, en sus sectores más juveniles y activistas. Además, especialmente en Madrid, los grupos ultras practicaban el compadreo con los medios policiales y muchos estaban convencidos de que contaban con la cobertura, la complicidad o la afinidad de muchos policías; y es posible que así fuera en algún caso, pero, por lo general, los funcionarios policiales servían al Estado, sólo al Estado y nada mas que al Estado y hacían lo que el Estado (o alguna de sus alcantarillas) les requería.
Además, no entendíamos como la prensa solía atribuir más peligrosidad a una información vendida por cualquier provocador (Interviu en la época tenía la sala de espera llena de chivatillos ultras vendiendo cuatro tonterías) sobre tramas ultras ficticias que al asesinato de dos Guardias Civiles asesinados por ETA(p-m) en una carretera camino de Ispaster. Cada semana había una nueva noticia que nos criminalizaba, cuando ya a finales de 1976 empezábamos a intuir que el número de infiltrados con tareas provocadoras y el “efecto contagio” no eran casuales.

A esas alturas ya había ocurrido la tragedia del Montejurra 76 (cuando Fraga era, no lo olvidemos, Ministro del Interior), había explotado la bomba en la revista El Papus y se había desarticulado un grupo culpable de cualquier otra cosa menos de esa explosión emblemática, la Sala Scala había ardido y la CNT aparecía como responsable sin importar mucho que todo fuera obra de “el Grillo”, un confidente habiual, un tarado había reivindicado por su cuenta, en nombre de una fantomática Alianza Apostólica Anticomunista –que nunca existió, repito, nunca existió, por mucho que en Wikipedia figure como autora de la masacre de Atocha- el secuestro y asesinato de “Pertur”, a pesar de que desde la propia izquierda abertzale se intuía un ajuste de cuentas dentro de la banda, pero durante años la prensa prefirió creer que era “La Triple A”. Luego vino la Semana Trágica.

El GRAPO mantenía secuestrado a Antonio María de Oriol y al General Villaescusa, y tuvieron incluso fuerzas y recursos para asesinar a dos guardias civiles en el interior de una sucursal bancaria. Nadie sabía lo que era el GRAPO, pero sí se supo luego que, Espinosa, un guardia civil infiltrado en su interior a través del muy vulnerable MPAIAC, consiguió llevar a la pista que concluyó en la liberación de ambos. ¿Y por que esa infiltración no consiguió que el comando el GRAPO fuera desarticulado antes de los secuestros? Por lo demás, en el momento en que se produjeron estos secuestros, los medios, especialmente Diario 16 y la Cadena Zeta, acusaron a la extrema-derecha de haberlos cometido, hasta el punto de que Della Chiaie, todavía en España en ese momento, tuvo que entrevistarse con el hermano de Oriol para desmentirlo personalmente, oficiando de mediador el antiguo responsable del SEDEC, San Martín. Para colmo, la semana trágica había tenido un preludio anterior, cuando Cuadernos para el Diálogo, entonces semanario en situación económica terminal, publicó las fotos de Montejurra… que no se habían publicado medio año antes, tomadas con teleobjetivo y en las que se veía con singular precisión a Della Chiaie presente en los incidentes. Si algún periodista de Cuadernos explicara hoy a través de qué canales llegaron esas fotos al semanario, sin duda tendríamos un cabo del que tirar. Hay otros muchos.

Mariano Sánchez Covisa, ex combatiente de la División Azul, considerado como “fundador” de los Guerrilleros de Cristo Rey, hombre austero donde los hubiera, pero también vidrioso en todos sus contactos y movimientos, citó a Della Chiaie a la misma hora y en el mismo lugar en el que Jorge Cesarsky Goldstein, argentino y peronista que no hacía mucho acababa de conceder una entrevista al semanario Fuerza Nueva, asesinó a bocajarro al estudiante Arturo Ruiz Villalba. Era imposible que Covisa no supiera que esa tarde iba a haber incidentes en la zona, entonces ¿por qué citó, justo en el lugar y en el momento en que se produjeron los disparos, a Della Chiaie? La versión oficial era que Della Chiaie estaba participando también en el “raid” contra la izquierda. Puedo jurar donde haga falta que esta versión es falsa y mendaz. Para un dirigente político italiano exiliado en España, estar presente en una manifestación en la que se asesina a un estudiante, no tenía ningún significado estratégico, ni interés alguno. Una médium debería de preguntar a Covisa quien le indujo a quedar en esa hora, en ese lugar con Delle Chiaie y a Cesarsky por qué realizó aquellos disparos por los que fue condenado y por qué inopinadamente, tras dirigirse a la sede del SEDEC, explicó a la policía que había visto a Delle Chiaie (éste llegó a la zona del enfrentamiento en metro; al salir por las escaleras y percibir el disturbio volvió a entrar en el metro sin que nadie, salvo la persona que iba con él, lo viera).

El interés manifestado en aquel momento por implicar a Delle Chiaie en cualquier incidente que ocurriese en España en aquel período se debía fundamentalmente a dos motivos: las presiones realizadas por Italia para alejarlo del escenario de su país y las acusaciones realizadas contra él (que se demostraron luego completamente falsos en los procesos que siguieron a partir de 1987) que lo situaban en el vértice del “terrorismo negro”. Hoy se sabe que en una medida asfixiante aquel terrorismo era un producto del mismo Estado hasta el punto de que una tarea inédita para cualquier periodista que quiera ganar puntos en su historial profesional sería el escribir un artículo sobre los paralelismos increíbles entre el terrorismo provocador que apareció en España entre 1976 y 1981 y el que se dio en Italia entre 1969 y 1982. Y si ya quiera obtener el cum laude de la profesión podría llegar a comparar los atentados del 11-M con los que tuvieron lugar en Italia en aquellos años, que convirtieron a trenes y estaciones en objetivos privilegiados, tanto en su modus operandi, como en sus sombras e implicaciones. Hoy, nadie en Italia alberga la menor duda de que aquellos atentados del Italicus, de la Estación de Bolonia, de la Fleccia del Sud, fueron urdidos en las alcantarillas del Estado. Esclarecer los funcionarios policiales y de los servicios de inteligencia italianos y españoles que tuvieron contactos en aquella época puede aportar datos que serían más que significativos y convertirían a cualquier becario de redacción en fijo. En aquellos años, citar a Della Chiaie e implicarlo en los episodios de la transición, todavía equivalía a traer a colación crímenes y atentados espectaculares de los que luego, insisto, fue absuelto sin excepción.

El asesinato del estudiante Arturo Ruiz Villalba tuvo años después una extraña repercusión para Delle Chiaie. Uno de los buscados como sospechosos del crimen era un tal Fernández Guaza que huyó a Argentina a través del País Vasco. Estuvo durante unos días albergado en un antiguo hogar de la OJE cerrado, con la recomendación de que no saliera de allí. Sin embargo, en un alarde de irresponsabilidad que por sí mismo le define, se fue a tomar unas copas a un bar próximo. Lucía collares y pulseras de oro, propias de lo que en el País Vasco se tenía como caricatura del nacional-horterismo fachoso. Para colmo, mientras estaba dándole al coñac los informativos de TVE sacaron su foto con la consiguiente alarma de toda la parroquia allí presente que había reparado en su presencia desde que pisó el local. Evacuado a prisa y corriendo terminó recalando en Buenos Aires. En España había sido chivatillo de la policía y en Argentina quería seguir siéndolo. Denunció a Delle Chiaie y a algunos otros italianos a la seguridad, añadiendo que se trataba de “peligrosos terroristas italianos”. El mismo receptor de la denuncia informó a Della Chiaie de la calidad moral del personaje. Hay gente que lleva la traición en la sangre.

La Semana Trágica culminó con la masacre de Atocha. Siete abogados afiliados al PCE terminaron seguidos por medio millón de simpatizantes de la oposición democrática camino del cementerio. En las semanas anteriores algunos funcionarios policiales (de los que solamente ha salido a la superficie el nombre de González Pacheco, pero que sino eran legión, superaban la docena) recorrieron sistemáticamente los centros de reunión de la ultraderecha enarbolando el mismo discurso ante un público no siempre predispuesto a escucharlos: “sois unos mierdas, pandilla de cobardes; no tenéis cojones; se os están comiendo y no reaccionáis; tenéis que hacer algo o acabarán con todos”. Y se referían a los comunistas: explícitamente estaban sugiriendo que había que darles “una lección”. Visitas de estas, decenas de veces repetidas, en los lugares de reunión ultras (locales, bares, pizzerías…) tuvieron finalmente como efecto el que un grupo de exaltados terminó llamando a la puerta del despacho de Atocha para dar “una lección a los comunistas”.
La versión que tengo de lo que ocurrió allí es próxima a los protagonistas. No iban allí con la intención de matar, pero un desgraciado tropezón con una alfombra hizo que se disparara la automática del 22 mm de tiro olímpico y gatillo sensible. Fernández Cerra, en otra habitación, creyó que alguno de los abogados había disparado, abalanzándose hacia el lugar desde donde procedía el disparo y emprenderla a tiros con los abogados; García Juliá, para no ser menos, vació las balas que le quedaban sobre aquellos cuerpos sanguinolentos que se iban desplomando. Fuera del despacho, Lerdo de Tejada, guardaba la entrada.

La conmoción que provocó el asesinato de los siete abogados laboralistas de Atocha en todo el país fue inmensa, tanto por la magnitud del crimen, como por el momento en que se produjo, como por la visión de medio millón de comunistas en silencio tras los féretros. Si en el momento de los secuestros de Oriol y Villaescusa, en algunos cuarteles e instancia militares sonó ruido de sables, tras la masacre de Atocha se restableció el equilibrio: “golpear” en ese momento hubiera parecido ser solidarios del crimen. Cuatro meses después el PCE era legalizado argumentándose el civismo demostrado en aquellas tristes jornadas.

En cuanto a los responsables del crimen fueron detenidos un mes después. La madre de Lerdo de Tejada supo por su hijo que había participado en el crimen. Ésta, a su vez, secretaria de la notaría de Blas Piñar, lo comentó con su jefe, conviniendo ambos que la criatura, lo primero que debía hacer era confesarse, hecho lo cual desapareció camino de los Andes. Una semana después del crimen, un número relativamente alto de personas de los círculos ultras, conocían la identidad de los autores que fueron finalmente detenidos y condenados. Nadie molestó, por supuesto, a quienes habían contribuido tan insistentemente a prender la mecha. Y esto, ocurrido hace ya 30 años, empieza a ser objeto de “memoria histórica”.

Hubo segundas y terceras partes. Una vez condenado García Juliá a 193 años de prisión, acertó allí a encontrarse con Juan Magaña un antiguo militante ultra de mediados de los sesenta, de origen carlista, pasado luego a la delincuencia común, pero sin abandonar completamente sus sentimientos ultramontanos. Era Magaña hijo y nieto de carlistones. Cuando Sixto Enrique de Borbón-Parma se alistó en la Legión Española con el nombre de “Juan de Austria”, la Comunión Tradicionalista buscó a un “ayudante” que estuviera siempre cerca del aspirante al trono. Y le tocó ir al mayor de los Magaña. Lamentablemente, Sixto Enrique, localizado a las pocas semanas en la Legión con nombre falso, fue expulsado, quedándose Magaña chupándose a pulso los tres años que le quedaban de compromiso con el tercio de extranjeros. El menor de los Magaña había participado en el famoso asalto a la Galería Theo de Madrid en 1970, en la primera acción protagonizada por los Guerrilleros de Cristo Rey. Destrozaron una quincena de grabados de Picasso, que luego resultó que no eran sino copias. El mismo policía que les había inducido a la acción, estaba en la acera de enfrente fotografiándolos al entrar y al salir (por lo que pudiera pasar, seguramente) y fue el encargado de detenerlos, algo que luego se convertiría en tradición. Esto convenció al menor de los Magaña que la política así concebida no era terreno para el honor y la lealtad, la tradición, la patria, ni ninguno de los valores que había apreciado hasta ese momento. Así que tiró por el camino de la delincuencia, hasta terminar encontrándose con García Juliá en la antigua prisión de Ciudad Real. Allí, unos militantes del Frente de la Juventud, en el curso de una visita a los “camaradas presos”, lograron introducirles una bayoneta pavonada de los marines, tras establecer un plan de fuga. Magaña tenía la fuga en la sangre.

En la cárcel de Meco, Magaña me contaba que durante el primer año de su encierro había estado verdaderamente obsesionado con fugarse. Cuando ya se había relajado, terminó tomando cafelitos en la cantina de la cárcel de Ciudad Real con García Juliá y allí había reverdecido su afán de fuga. El día convenido, a la hora del recuento de las noches, Magaña explicó al funcionario que pasaba ante su celda, que su compañero de encierro, García Juliá, se encontraba indispuesto. Cuando el funcionario entró, le pusieron la bayoneta en la garganta, y con sus mismas llaves le encerraron en la celda. Luego uno de ellos buscó al funcionario de la galería explicándole que el otro funcionario le pedía que viniera. Cuando llegó a la celda volvió a ver el pavonado de la bayoneta. Ya eran dos los carceleros encarcelados. Luego se trataba de atraer al funcionario de guardia en el centro y luego al otro que estaba en la cancela de entrada. La celda de Magaña y García Julía, a esas alturas, parecía ya el camarote de los Hermanos Marx.

Cuando habían conseguido alcanzar el recinto exterior y estaban a dos pasos de la salida, viendo en frente el vehículo con los militantes del Frente de la Juventud que les esperaban, la fatalidad quiso que entraran unos funcionarios despistados que los conocían, con lo que tuvieron que desviarse hábilmente hacia la derecha donde se encontraban las viviendas de los funcionarios. Llamaron a una que resultó ser la del director. Lo secuestraron, para variar, con la bayoneta; luego a la hija que volvía del cole; más tarde al médico de la prisión que traía unas medicinas.

Desde la ventana del piso, lograron hacerse ver por el vehículo que les esperaba, indicándoles con unas sábanas que trenzarían una cuerda para descender. Cuando concluyeron, para mayor fatalidad, justo debajo de la ventana en la que se encontraban, acertó a detenerse un Vespino con signos de que la bujía o la carburación, o acaso ambas, tenía problemas. Dentro de la prisión, los galeotes empezaron a expresar su protesta por que nadie les apagaba la luz. Los Guardias Civiles no conseguían ponerse en contacto con el centro de la prisión, así que pronto cobró forma la sensación de que algo no funcionaba normalmente. Uno de ellos, casualmente, vio la inconfundible humanidad de García Juliá (grandote y con una poblabada barba de patriarca bíblico) por la ventana del piso del director y dio la alarma. Los camaradas del Frente de la Juventud optaron por abrirse en forma de paraguas antes de que alguien reparara en su presencia; todavía, antes de llegar a Madrid oyeron por la radio la entrevista que Encarna Sánchez realizó por teléfono a García Juliá. “¿Por qué estás en la cárcel?”, “Es que he matado a siete comunistas…”. De ahí al Puerto de Santa María pasaportados en Tercer Grado y alojados en celdas de castigo.

Me encontré a Magaña en Meco. Era un tipo silencioso al que le debo haberme iniciado en el noble arte de hacer maquetas navales. Se hubiera podido ganar perfectamente la vida ejerciendo ese hoby, sin embargo, su personalidad, que a un psicólogo no le costaría mucho definir como entre totalmente asocial y psicopática en grado extremo, le llamaba por caminos más truculentos. Era uno de esos camaradas “a la antigua” para el que compartir un mismo espacio político equivalía a establecer un vínculo de lealtad hasta la muerte. Del grupo que estábamos presos en Alcalá, era el único que estaba preso por delitos comunes. Conocía al dedillo el ambiente político ultra del tardofranquismo y era capaz de distinguir a un confidente policial en una centuria uniformada y en formación. Era un tipo extraño, pero lo suficientemente curioso como para que le diera mi teléfono. Total, pensé, en los próximos 20 años no creo que me llame. Sin embargo, no había pasado un mes desde que saliera de Meco, cuando llamaron al teléfono: era Magaña. “Me he fugado…”, me dijo cuando le expresé mi sorpresa. Su abogado, Pepe Las Heras, le había conseguido un permiso penitenciario para rehacerse la dentadura (tenía la de comer verdaderamente destrozada) en un dentista de la familia. Una vez en la calle, claro, no volvió.

Tras tomar unas copas en el Paralelo barcelonés, seguido de visita pagada al Barrio Chino, terminó pidiéndome el consabido pasaporte que, finalmente, un policía le vendió por 500.000 pesetas, con DNI y Carné de Conducir con los que alcanzó Venezuela sin más dilación. De ahí volvió años después, e implicado en nuevos actos de delincuencia común conoció un breve período de cárcel. Terminó sus días trabajando como sicario de confianza para un cartel de narcos colombianos. En uno de estos “viajes de trabajo” la persona a la que tenía que asesinar, terminó asesinándolo a él.

Magaña y el propio García Juliá, pertenecían a la última generación de militantes ultras criada durante el franquismo. En 1973, García Juliá ya había aparecido con camisa azul y boina roja, junto a Blas Piñar, enarbolando una bandera española en el curso de una manifestación de Fuerza Nueva en protesta por el atentado de ETA en la Calle del Correo de Madrid. La policía cargó y Blas, como caballero que era y es, recogió del suelo el zapato de una dama perdido en la refriega. Una cámara sorprendió a Blas enarbolando el zapato en la mano siendo la única que difundió cierta prensa cada vez que se refería al “caudillo del Tajo”, como queriendo acentuar la agresividad que, en el fondo Blas jamás ha tenido. Liberado tras extinguir su condena por el Caso Atocha, García Juliá volvió a resultar detenido en Suiza y otra vez en Bolivia, por temas relacionados con el narcotráfico. Tras lo cual se extendió el rumor de que había muerto, falso, por que el muchacho, talludito él, sigue como en sus mejores momentos.
Ni Magaña ni García Juliá pueden ser acusados precisamente de “chivatillos”, sino como máximo de gente que se había acercado demasiado a los ambientes policiales madrileños, hasta quemarse. O quizás fuera al revés, que habían aceptado demasiado fácilmente la camaradería de policías que, en realidad, no hicieron más que llevarlos al matadero. Los “chivatos” de estricta observancia tenían otra pasta.

El primero que conocí fue un tipo extraño que se afilio al Círculo José Antonio de Barcelona. Explicaba, para caer bien, historias sobre militares de Ceuta y Melilla, que si el coronel Berruezo por aquí, que si el comandante Castillo por allá, un verdadero pelmazo. Me dio la impresión de ser un enviado de la policía con ganas de conocer exactamente las vinculaciones del SEDEC con la extrema-derecha de las postrimerías del franquismo. Seguramente por esprit de corps, en España, nunca los distintos cuerpos de seguridad del Estado han utilizado la vaselina para relacionarse entre sí. A menudo han surgido entre ellos las fricciones. Yo he llegado a ver incluso como la policía intervenía los teléfonos de los miembros de una red ocasionalmente contratada por el CESID para ahorrarse la molestia de tener que penetrar directamente medios bastante restringidos. He visto también como se cambiaba droga por información. Ni siquiera las relaciones entre distintas “brigadas” de un mismo cuerpo han sido todo lo excelentes que se podía presumir (de esto sabe mucho el IV Grupo de la Brigada de Información de Barcelona en los tiempos en los que era dirigida por Alfonso Simón Viñao, diestro en choques y rivalidades con otros Grupos). E incluso dentro de cada grupo de información tampoco las relaciones entre sus miembros han sido excepcionalmente correctas. Los dos policías que me dieron fuerte y flojo durante mi detención finalmente terminaron peleándose a causa de que uno elegía a una rubia también miembro del cuerpo -y cuerpo por excelencia- como permanente compañera de servicios. La vida en esos ambientes, como se puede intuir, no es ninguna ganga y las tensiones y rivalidades son el pan de cada día. Puestos a pisarse la manguera, cada uno está predispuestos a pisar la de los demás, sean las de cuerpos, brigadas o compañeros.

Aquel primer infiltrado del que no tuve la menor duda de que se trataba de un chivatillo, lo examiné como si se tratara de un objeto de laboratorio. Hablaba demasiado y daba demasiados datos para que lo tomáramos en consideración. Dado que el jefe de la Sección Juvenil del Círculo estaba enamorado de los entorchados, los galones y las palas de oficial, el otro entendió que todos los demás nos interesaba tanto la vida militar. Craso error, porque a los pocos días empezó a tener fama de pelmazo, enterado de todo lo que no interesaba a nadie. Era posible seguir a través de sus historias la filiación de las familias militares de la guarnición de Ceuta. Seguramente, el chaval habría hecho allí la mili, probablemente como machaca de algún comandante y habría oído y visto todo lo que luego contaba hasta lograr el tedio más absoluto. Un buen día nos dijo que se iba a Ceuta y volvió con un regalo comprado: se trataba de un cenicero al que en la parte posterior todavía no había quitado la etiqueta de “Corte Inglés – Barcelona”, a menos de 100 metros del local…

Fuerza Nueva, en Barcelona tenía una densidad particularmente abigarrada de confidentes del CESID, situados en las alturas y en cargos influyentes. No creo que fuera diferente en otras delegaciones importantes. Durante la transición fue muy frecuente la existencia de ambientes en donde existía una peligrosa y ambigua interferencia entre el conjunto policial y el conjunto ultra. Era un espacio imprevisible en el que no estaba muy claro cuáles eran las fidelidades de cada elemento y que en Madrid llegaba hasta el compadreo. En Barcelona tampoco iban a la zaga.

Esto duró hasta bien entrado el felipismo cuando el “Señor X” a través del “Señor Cero” reclutó a los “alegres muchachos del GAL”.

© Ernesto Milà – Infokrisis – Infokrisis@yahoo.eshttp://infokrisis.blogia.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar procedencia.





Ultramemorias (V de X) Tipologías insólitas. El camarada chivato (y 2ª Parte)

3 06 2009

Estaba en la cárcel y apenas me quedaban unos meses para purgar mi condena. Aclimatado al hacinamiento de la prisión, trabajaba en las oficinas y la falta de vicios, así como el aprecio general del resto de convecinos y galeotes que hacía que necesitara poco, posibilitó el que incluso pudiera sacar algunos dineros para regalar una bicicleta a mi hijo mayor y sufragar algún gasto del hogar. Además, la Prisión Modelo de Barcelona estaba a menos de 300 metros del hogar en el que me había críado y ante la que había pasado tantas veces. Leía, respondía al correo y estudiaba. Y si para colmo me traían la comida, el desayuno y la cena, aquello era un mundo feliz excluyendo alguna compañía inoportuna y algún funcionario inepto. El único problema era que el “equipo de clasificación y tratamiento” estaba dispuesto a mantenerme el máximo de tiempo posible entre rejas. Para mí había la reducción mínima por estudios y trabajo, ningún otro beneficio penitenciario se me concedió, ni siquiera –oh maravilla de maravillas- el tiempo que había permanecido en prisión preventiva. Todas las instancias que escribí se estrellaron en el silencio administrativo o en las respuestas surrealistas que prodiga una administración que destila desgana por los poros. Por negarme, me negaron sistemáticamente el disponer de una máquina de escribir.

Doña Pilar Pato Ramillete, jefa de clasificación y tratamiento de la Cárcel Modelo, me indicó que no merecía el tercer grado porque “no ofrecía garantías de reinserción”. Si tenemos en cuenta que yo estaba cumpliendo dos años de cárcel por participación en manifestación ilegal, que tenía “estabilidad familiar”, trabajo fijo fuera de la cárcel y que mi comportamiento dentro en el curso del encierro había sido correcto, ningún jurista entenderá el porqué de esa actitud. Se entenderá mucho mejor si se tiene en cuenta que a mitad de mi estancia debió llegarme la propuesta de salir al día siguiente si estaba dispuesto a participar en la actividad de los GAL. Quien originó la propuesta sabía que yo había conocido superficialmente a Jean Pierre Cherid y, por tanto, dedujo que estaría dispuesto a participar en atentados anti-ETA. Y, además, en eso iba mi libertad a la voz de ya. La propuesta chocó ante el más absoluto desinterés. Estas historias terminan mal y, por lo demás, yo estaba más que reinsertado y jurando por el niño Jesús y mucho más por Pallas Athenea que jamás de los jamases me implicaría en trabajos con las alcantarillas que, por otra parte, ya se sabía como iban a terminar.

Cherid había terminado peor que mal. Después de que su red informara de un piso en el que se reunía la cúpula de ETA, próxima a la vía del ferrocarril, él mismo planificó el atentado que debía de acabar de una sola tacada con la trupe de criminales con txapela. Cuando abandonaban el local, pasaban bajo la vía del tren por un pequeño túnel. Bastaba colocar allí un artefacto explosivo para darles de su propia medicina. Seguramente ni uno hubiera sobrevivido y solamente –como con cualquier otro asesinado por los GAL, dejémonos de fingimientos políticamente correctos- sus familiares más directos, sus compañeros de chiquiteo y algún votante de HB, les hubiera llorado. La sociedad española procuraba mirar a otro lado ante estos muertos de los que seguramente nadie se hubiera preocupado mucho de no ser como forma de acribillar al felipismo. Le dieron la bomba a Cherid, el cual acompañado por un argentino y por otra persona de nacionalidad centroeuropea, fueron a colocarla. Cherid, antiguo miembro de la OAS, ex mercenario en mil batallas, habitual del plástico y de la Goma, inexplicablemente, falleció cuando colocaba la pila del artefacto. El centroeuropeo vigilaba de lejos y el argentino, algo mas cerca, había sido testigo de la explosión. Los supervivientes siempre tuvieron la duda de si le dieron la bomba arreglada para que saltara en mil pedazos. A fin de cuentas, para algunos, el GAL se había convertido para algunos en la gallina de los huevos de oro y no era cuestión de que terminara allí la historia con toda la cúpula de ETA en el pudridero.

No me interesaba el GAL y sus promotores perdieron la oportunidad de que un “conocido ultraderechista implicado en el terrorismo internacional” (por mucho que mi única condena en Francia fuera por “port et usage de faux papiers” y en España por la manifestación ante la sede de UCD, fueran mis únicos delitos) se viera implicado en los crímenes de las alcantarillas. En ese momento, Barrionuevo –aquel cuya “cara de represor” fue el único aval para instalarlo al frente de Interior y cuya innovación en los anales de la lucha contra ETA fue enfatizar y apretar los dientes cuando aludía a la “banda terrorista” casi gruñiendo- ya había decidido cargar el muerto del GAL a la ultraderecha. Fue por eso, que poco después de que yo no fichara por los GAL lo hiciera un pequeño grupo de chavales jóvenes que habían pasado por el Frente de la Juventud y Fuerza Joven de Barcelona. Los mismos policías que los reclutaron los detuvieron luego, tras el asesinato de un tal Caplanne que por no ser, ni siquiera era de ETA ni, por lo que se puede deducir del apellido, euskeriko. Aquellos pobres chavales ingresados en la cárcel con apenas 20 años salieron de la misma con 30 ó 32. Barrionuevo, al producirse su detención, pudo decir aquello de: “Hemos desarticulado el GAL: son de extrema-derecha”. El ministro no era más torpe porque no se entrenaba y todo en esta operación le salió mal, hasta el punto de que andando el tiempo pude enviarle una postal a prisión en la que, sin ánimo de hacer sangre, le escribía simplemente “Por chorizo”.

Lo de estos chicos tiene un punto dramático y es la muestra de cómo algunas instancias pagadas con dinero de todos edifican su fortuna con el oprobio, la cárcel y los malos tragos de otros. Los buscaron a pulso entre gente sin experiencia política, sin apenas experiencia en choques con la izquierda, no digamos en acciones armadas y, sin capacidad siquiera para entender el carajal en el que se estaban metiendo. Les reclutaron diciéndoles que iban a constituir un comando del GAL. Les pagarían por cabellera de etarra puesta sobre la mesa. El “enlace” resultó ser un tipo de vida golfa y disipada, habitual de La Belle Epoque donde trabajaba su novia, un tal Ismael Miquel. Éste, colaborador habitual de la policía en cuestiones de delincuencia común, reclutó al “jefe del comando”, el cual, a su vez, reclutó a un pequeño grupo de jóvenes ultras, haciéndose la ilusión de que, a la hora de la verdad serían los otros los que dispararían, correspondiéndole a él solamente la “coordinación” (y pillar la parte del león de la pasta, claro). En los meses previos al único asesinato de esta comando (al que le correspondería perfectamente el lema de “nassíos pa la detenssión”) muchos camaradas vieron a los reclutados saliendo de copas con funcionarios policiales que los habían reclutado asumiendo gustosos las facturas. Subieron en alguna ocasión al País Vasco francés en “misiones de información” de escasa entidad, seguramente para que fueran confiando. Finalmente, a la hora de la verdad, dos de ellos terminaron asesinando a Robert Caplanne en las inmediaciones de Biarritz que ni siquiera era de ETA (sin embargo, los asesinos insistieron en que era la persona que la policía les había dado todos los datos y fotos para que asesinaran).

El “armador”, el tal Miquel había tenido un problema anterior por tráfico de drogas a partir del cual decidió colaborar con la policía si es que no lo hacía desde antes. En octubre de 1983 la Guardia Civil le interceptó en la carretera de Masnou a Badalona con 25 gramos de heroína de gran pureza. La fiscala que había pedido seis años de prisión, retiró la acusación y reclamó la absolución tras oir las declaraciones de los funcionarios policiales sobre las “tareas de colaboración desempeñadas por el inculpado”… aunque no está claro, si fue a partir de ese momento y bajo la espada de Damocles de los seis años cuando decidió convertirse en “confite”. Sea como fuere la sentencia afirmaba que la acción de Miquel “carecía de contenido delictivo, ya que (…) no procuraba introducir una sustancia psicotrópica en el sórdido mercado donde se comercializa, de forma incontrolada, sino bajo la vigilancia de funcionarios policiales, que vigilan su destino en aras a descubrir qué personas van a tratar de distribuirla, evidenciándose en el procesado una carencia de conciencia de antijuricidad”, que es, como decir lo que decía Confucio, que “la justicia es como el timón: hacia donde se le da, gira”.

Tras el atentado contra Robert Caplanne, volvieron las juergas, las visitas a pubs y discos con cargo a los simpáticos policías siempre dispuestos a pagar. Esos mismos policías los detuvieron pocos días después, convenciéndoles de que no era nada, sino el resultado del follón generado por la prensa “canallesca”. Con firmar una declaración explicando que se habían cargado a un etarra, todo se resolvería en horas. Y los muchachos explicaron esa parte de la historia, pero en absoluto se les ocurrió incluir en la declaración ni quien los había reclutado, ni en qué circunstancias. Ismael Miquel, a todo esto, acompañado en persona por el jefe de la brigada antiatracos de Barcelona, tomó el primer avión para Thailandia. Meses después cuando se puso pesado con que quería volver le convencieron para que comprara algo de heroína y se infiltrara en las redes de narcotráfico locales. Seguramente no fue por casualidad que cuando tenía la heroína en su habitación del hotel, la policía local lo detuviera, siendo condenado a cadena perpetua. En la cárcel tailandesa, debió pensar alguien, entre que se metería más caña que una azucarera cubana y que las condiciones son ya de por sí deplorables, jamás volvería a declarar en España. Allí, se contagió de SIDA, pero sobrevivió y extraditado a España, declaró que había reconocido su colaboración con el GAL para salir de Tailandia. Antes –en febrero de 1996- había enviado una carta al líder de Izquierda Unida, Julio Anguita, en la que implicaba al ex ministro José Barrionuevo en los GAL y aseguraba que el ex jefe del Mando Unico para la Lucha Contraterrorista, Francisco Alvarez, le había inducido a entrar en ese grupo y preparar el citado asesinato. Mas tarde, en entrevista a El Mundo, reiteró que la policía le había dado dinero, armas, fotografías y fichas de presuntos etarras, y describió con detalle el despacho del comisario Alvarez en donde se entrevistó con él en 1985. Pero, una vez en España aseguró que se lo había inventado todo gracias a que su mujer le había llevado parte del sumario. Miquel se quejó también de que la embajada española en Tailandia no tramitó sus solicitudes de extradición ni las cinco peticiones de asilo que planteó. «A mí me mantenían secuestrado legalmente, había interés en que yo me quedara allí», afirmó, y seguramente tenía razón. A preguntas del fiscal dijo que solamente colaboraría si lo dejaban en libertad inmediatamente, pero no si pasaba un día más en la cárcel. A esas alturas –era 1996- el “Caso GAL” estaba más que claro y el único punto oscuro eran las identidades de los dos miembros del SAS británico que asesinaron a dos etarras con rifle de mira telescópica y la identidad del “Señor X”, pero Miquel, a fin de cuentes, era otro “pringado” y no podía saber nada sobre todo esto fuera de las razones y situaciones que contribuyeron a llevarlo al matadero. Justificó su conocimiento del comisario Álvarez explicando que lo conoció en el marco de la “lucha contra la droga” (droga que él mismo consumía a espuertas). En el juicio de Miquel, los otros tres miembros de su “comando”, confirmaron sus declaraciones y se curraron la página del despiste demostrando que los 10 años que habían pasado en la trena no les sirvieron para meditar mucho sobre quién los había llevado al matadero. En 2006. Miquel, que seguía preso en la Cárcel de Tarragona condenado a 45 años de cárcel vio como la Audiencia Nacional le aplicó la “doctrina Parot”.

Lo de estos tres muchachos que se dejaron su juventud en la celda (eso que se tiene una vez y que no vuelve salvo para los que estamos instalados en la perpetua adolescencia) es como pararse a pensar. Durante su detención, a pocos días del asesinato de Caplanne, les dijeron en jefatura de policía que era “solamente por unas horas”. Durmieron en oficinas y no en los calabozos, lo que les pareció una buena señal. Luego les explicaron que el follón organizado por la prensa les obligaba a enviarlos a la Audiencia Nacional, pero que el juez de guardia los pondría en libertad. Allí, en los calabozos de la Audiencia, uno de ellos, el que iba de listo, empezó a darse cuenta de que no iba a salir tan fácilmente y se vino abajo con el consiguiente ataque de ansiedad. El abogado defensor paró el golpe diciéndoles que estarían solamente unos días en la cárcel (acuérdense de que no será la primera vez que les diga que el peor enemigo de un detenido puede ser su abogado defensor, por eso, con cierta frecuencia, la misma policía envía a un abogado para hacerse cargo “generosamente” de la defensa. Y de paso terminar de hundir en la mierda más ecológica posible al defendido). Luego, un año después, cuando se vio el juicio, les convencieron para que siguieran callando, a la vista de que los condenarían a la pena que ya habían cumplido en prisión preventiva. Pillaron los 24 años y suerte tuvieron de salir al cabo de algo más de diez, siguiendo una temporada en tercer grado, y pagando hasta hoy la cuantía de la indemnización civil a los herederos de Robert Caplanne. Seguramente, si en el juzgado de la Audiencia Nacional se hubieran, sincerado los períodos de cárcel se les hubieran acortado extraordinariamente y posiblemente, al menos, les hubiera cabido el inmenso honor de colaborar con la justicia para llevar a los tribunales a quien les había literalmente arruinado y robado su juventud. Pero, para ello, había que entender lo que había ocurrido y, por lo que ví, años después cuando me entrevisté con algunos de ellos, todavía no tenían claro ni siquiera como diablos se vieron envueltos en el asunto e incluso atribuían a algún camarada su delación. Hice intentos para que el tema saliera a la superficie pero no había nada que hacer. Alguno sigue hoy convencido de que los mismos policías que los metieron en el fregado, eran amigos del alma que actuaron sin malicia. El penúltimo favor que hicieron a sus verdugos fue avalar la coartada de Ismael Miquel.

Caplanne fue asesinado el 24 de diciembre de 1985. A principios se febrero del año siguiente se operaron las detenciones seguidas a tres días de distancia por el ametrallamiento del bar Batxoki con varios heridos entre ellos un presunto miembro de ETA, como si esta atentado indiscriminado fuera una acción de protesta por las detenciones de Barcelona. Barrionuevo, el perro de presa del “Señor X” convocó una rueda de prensa y explicó con una seriedad pasmosa: “Hemos desarticulado al GAL: son de extrema-derecha”… y para ello arguía la pasaba militancia ultra de los tres jóvenes presentados como “asesinos despiadados” y al toxicómano preso en Tailandia como el “cerebro”. Poco imaginaba el caballerete con “cara de represor” que unos años después de tanta iniquidad, él mismo se sentaría como acusado y oiría cerrar a sus espaldas la cancela de la prisión.

Se me olvidaba decir que el abogado defensor de uno de los tres implicados en el “Caso GAL Barcelona” había sido el abogado defensor de Tejero, López-Montero. Aquí volvió a argüir también –como en el caso del 23-F- el único argumento que jamás un tribunal regular admitiría, que su defendido había actuado “por motivos patrióticos”, que era como decir que las copas pagadas por la policía, previas al asesinato de Caplanne y las que siguieron luego, eran ingeridas por la patria y que Caplanne –que a fin de cuentas él y su familia eran las víctimas inesperadas de lo que debería haber sido el “fin de fiesta de los GAL”- por algún motivo era una amenaza para la “seguridad nacional”. En este tipo de operaciones es importante, cuando se elije a un chivo expiatorio que sea incapaz de defenderse y que, siendo capaz de hacerlo, su abogado le induzca a subir solito al patíbulo, tras haber trenzado la cuerda con sus propias manos y habérsela colocado él mismo en torno al cuello con la mano izquierda, mientras con la derecha tira de la palanca que abrirá la trampilla bajo sus pies y le dejará empalmado y pendiendo del vacío.

Toda esta historia es bastante lamentable y, desde luego, mucho más larga. Los tres interesados entenderán –no espero que lo agradezcan- que no haya reproducido sus nombres y apellidos. Se lo dije a ellos en persona y se lo repito hoy: creo que se equivocaron cubriendo a quienes les destrozaron la primera parte de sus vidas. Matar jamás es admisible y mucho menos a cambio de unas pesetejas que ni siquiera cobraron (en esa época, el GAL se caracterizaba ya por reclutar a delincuentes de arrabal y hacerlos detener en Francia con la intención de que jamás volvieran a España para cobrar lo prometido). Los eligieron a ellos y no a otros porque habían tenido una militancia ultra, por nada más, y podían ser presentados ante la opinión pública como “ultras”, no como “mercenarios de Interior”. Y además, porque eran inofensivos e incapaces de defenderse a sí mismos. El “comando Barcelona” de los GAL se creó para desarticularlo a continuación y esgrimir la militancia pasada de sus integrantes como argumento para desviar la atención de la escala de mando del Ministerio del Interior. Por eso decía que el lema que mejor le cuadraba era “nassío pa morir”.

Extinguí mi condena hasta las heces ante la negativa a implicarme en la “guerra sucia”. Salí de la cárcel trece meses y medio después de haber ingresado, con una prisión preventiva de tres meses más que nadie contabilizó… para una condena de dos años por manifestación ilegal. Eran los flecos que implicaba no colaborar con quien aspira solo a hundirte un poco más.

A poco de salir empecé a recibir visitas extrañas de los personajes más variopintos, todos ellos presuntamente avalados por camaradas muy queridos por mí, que me sondeaban sobre mis intenciones futuras. Cada uno respondía a los perfiles de los distintos organismos de la seguridad del Estado y todos debieron quedarse tranquilizados cuando les explicaba que quería dedicarme a trabajar y sacar adelante a mi familia. La torpeza de alguno resultaba incluso ofensiva. Tan pronto venía a verme para sondear mi actitud como aparecía en un vídeo de las Jornadas Libertarias de Barcelona como “periodista” de El Diaro de Barcelona, intentando taparse el rostro con el cuerpo del de enfrente.

Y es que los confidentes son fáciles de identificar. Responden a perfiles habituales que se repiten inevitablemente: habitualmente no tienen oficio ni beneficio, ni profesión conocida, o se trata de profesiones que implican cierto entendimiento con medios de la seguridad del Estado (por ejemplo, funcionarios penitenciarios), con la mayoría es difícil saber de qué trabajan, de qué viven y cuáles son sus horarios, parecen alimentarse de la nada o argumentan trabajos freelancer que les dejan mucho tiempo libre. Nunca sus motivaciones ideológicas están claras. Se han afiliado a tal o cual grupo pero sin argumentos suficientes como para conseguir explicar que les ha llevado hasta allí y nunca se trata de que hayan seguido a un amigo para compartir su militancia. Suelen ser solterones, homosexuales, toxicómanos, o lumpen-proletarios en paro, lo que no implica ninguna actitud hostil hacia estos grupos sociales, sino simplemente constatar que, por algún motivo, proceden mayoritariamente de esos nichos sociales. Cambian con facilidad de un grupo a otro y, lo que es más importante, sin justificación. Pueden estar hoy –recuerdo particularmente a uno- en Juntas Españolas, pero pasar mañana a CEDADE y al otro intentar ingresar en cualquier círculo ultra y, sólo unas semanas desaparecer y reaparecer en un acto de la CNT o del POSI. Van de una parroquia a otra según “necesidades del servicio”, con una velocidad igualada sólo por el movimiento browniano de partículas.

Los hay de dos tipos: los que aparecen como fantasmas sólo en día de reunión, olisquean de manera casi obscena y descarada hasta el último recoveco del local como en busca de un hueso, cogen de cada hoja de propaganda, de cada revista, una copia y se van antes de que acabe la reunión. A un tal Armando, tipo de nerviosismo contagioso, que iba de este palo, estuve por partirle la cara más que nada para que espabilara un poco y se esforzara algo más en ganarse las 30 monedas de hojalata. Luego está el que, mucho más en su papel, realiza militancia como el que más e intenta ser uno más en el grupo. Nunca ninguno –y esto es la característica universal- entra en discusiones ideológicas o programáticas, pero se saben al dedillo los esquemas de evolución de cada grupúsculo y quién está a su frente. Los hay con mala memoria y que tienen tendencia anotarlo todos los detalles en plena reunión. Se les ve escribir como condenados, mientras el resto se rasca los testículos o participa en los debates. A mi me ocurrió que durante una conferencia alguien me interrumpiera para que repitiera un nombre que no había logrado entender, se lo tuve que deletrear, pues no en vano le precedía una merecida fama de confidente habitual de la policía (o de quien le pagara) y no era cuestión de hacerle quedar mal, o se inventaría la información.

En cierta ocasión, en uno de estos grupúsculos, al levantarse al lavabo el presunto infiltrado, sus camaradas aprovecharon para mirar en su libreta encontrando anotaciones sobre los asistentes a la sesión anterior y el resumen de la misma. Prefirieron no decirle nada para evitar perder al 25% de la militancia. En ocasiones se convocan reuniones en las que aparte de los organizadores y el par o tres de machacas habituales, solamente asisten tres o cuatro personas más: el confidente de los Mossos d’esquadra, el de la policía nacional, el del CNI y el de la Guardia Civil; incluso en las grandes ciudades la Policía Urbana ocasionalmente envía a su hombre. Cuánto esfuerzo para tan poca chicha.

Aludía antes a uno de estos chivatillos que tenía tendencia a inventarse informaciones. Es el riesgo que tiene la seguridad del Estado y que ya se puso de manifiesto en el último tercio del siglo XIX español cuando proliferon confidentes que “delataban” conjuras imaginarias o, en el mejor de los casos, se preocupaban ellos mismos por organizar la conspiración, embarcar a incautos y denunciarlos luego a la policía. Como puede verse, no hay nada nuevo bajo el sol. En cuando a los confidentes imaginativos son peligrosos: ante la falta de entidad y peligrosidad de las organizaciones a las que les han encomendado infiltrarse, tienden a exagerar su importancia y peligrosidad, sugerir la existencia de riesgos imaginarios y, finalmente, inventar datos. Garzón, en la cumbre de su estrellato, llegó a desguazar un carguero pieza a pieza porque un confidente imaginativo le había explicado que portaba 20 toneladas de cocaína. Esto obliga a los servicios de información a multiplicar el número de confidentes para que unos confirmen los datos aportados por los otros, so pena de tener por ciertos datos que parecerían aportados por el guionista de Mortadelo o de Cuéntame como no pasó.

El confidente, por lo demás, cobra poco y, salvo que lo haga por odio, resentimiento o algún complejo –que también hay de esos- malamente sobrevive con cuatro confidencias habitualmente inofensivas. No es raro, por tanto, que los confidentes se recluten entre algunos funcionarios (que ya de por sí cobran poco) y que éstos acepten unos pocos euros para llegar a fin de mes a cambios de ir a husmear superficialmente unas pocas horas al mes a algún local. O bien que se trate de gente cuyo nivel de gastos sea muy superior al de ingresos, habitualmente por algún consumo de drogas inconfesable. En estos casos el “reclutador” se enfrenta a una contradicción palmaria: sí, el confidente que se coloca con cuarto y mitad de cualquier droga trabaja barato y habitualmente se le paga con decomisos de esas drogas, osea, coste cero, sin embargo tiene la contrapartida de que alguien en estado de colocón apenas se entera de nada sobre lo que tiene que informar. He sabido de colaboradores de las FSE que se han introducido en centros islámicos en estado visible de colocón alcohólico y he visto a otros que te contaban quien los había enviado si les dabas 2.000 pesetas para una paperina. De todas formas, el caso más espectacular de infiltración es el de una chica con traje chaqueta que con una seriedad digna de un funeral se fue al que presidía la conferencia, le extendió una tarjeta y le dijo que era “analista de la defensa”, ¿para qué vamos a andarnos con mariconadas?

El problema para las Fuerzas de Seguridad del Estado es que la infiltración o la realizan en persona profesionales cualificados y adiestrados para hacerla o se convierte en una chapuza que aporta pocos datos interesantes, mucho trabajo y sitúa al profesional de la información ante un puzle formado por datos procedentes de confidentes de los que le resulta casi imposible calibrar su solvendia y fiabilidad, conversaciones telefónicas grabadas que constituyen verdaderas piezas del puzle que no se sabe exactamente donde colocarlas, seguimientos que suponen movilizar a muchos efectivos cada día, total para ver cómo un fulano –a menudo inofensivo- compra un Whoper con pepinillo y sin mahonesa.

Hoy estas prácticas siguen como en sus mejores tiempos a pesar de que es posible realizar un informe y un estudio sobre la “peligrosidad” de tal o cual grupo simplemente consultando su página de Internet, pero en la Seguridad del Estado rigen las viejas tradiciones ancestrales y el confidente de lo inútil sigue siendo el perejil de todas las salsas. Hace un rato estaba sonriendo pensando en que quien no tiene un infiltrado en su vida no es importante. Si un grupo ultra pro-islamista difusor empedernido del último discurso de Amadineyá, de la última problama del más olvidado imán chiíta y de la última soflama de Hezbolláh (que los hay) no logra nunca logra pasar de dos a tres afiliados, a la vista de que nadie los considera suficientemente importantes para enviarles a un confidente del tres al cuarto, debe terminar sintiéndose como una mierda bien aplanada con conciencia de su nulidad. También los hay.

Localizado el confidente cuesta poco seguir el hilo. Basta con poner en sus manos una información golosa. A partir de ahí, se le observa y del cabo sale el ovillo. En cierta ocasión, los camaradas comentaban que una persona era confidente. La única forma de descubrir si era o no, consistió en explicarle en el curso de una conversación que un amigo policía me iba a pasar unas cajas de balas por la tarde. Luego todo era sencillo: si alguien me seguía, el individuo en cuestión era confidente, de lo contrario, seguro que no lo era. El chequeo consistió en que dos camaradas me siguieron por un circuito previamente establecido a prudencial distancia, intentando divisar a alguien que, a su vez, me siguiera. Nunca me arrepentí lo suficiente de esta “prueba del nueva” porque el camarada en cuestión, una excelente persona, siempre que podía , hasta que falleció, aprovechaba para recordarme lo mucho que me agradecía el que me hubiera sincerado con él.

El otro procedimiendo sanitario consiste en localizar a un confidente y atiborrarlo con informaciones erróneas. A finales de los años 60, supimos de un teléfono que estaba intervenido (en aquellos años bastaba con un amperímetro para saber si había caída de tensión, esto es, derivación de la línea) y a través de esa línea aportamos deliberadamente todo tipo de datos imaginarios que al final llevaron a la Brigada Político Social a irrumpir en un ayuntamiento en el que sospechaban que había reuniones clandestinas. Por otra parte, localizando a un confidente se le puede interrogar. Todos aportan todo tipo de detalles sobre quién los reclutó, lo que les pagan y lo que piden de ellos. En el Frente de la Juventud, en Madrid, localizado uno de estos confidentes, se le introdujo en un coche en el centro de otros cuatro camaradas y con cualquier excusa. Al llegar a un lugar apartado de la sierra madrileña, sin mediar palabra, se le dio una pala para que cavara. A los pocos minutos, claro, tenía la palma de las manos llagadas, pero logró cavar un foso de 1,80 por 0,50 y un metro de profundidad. Luego se le disparó en la sién… con bala de fogueo, lo que no impidió que cayera al foso hasta que al cabo de un rato entendió que no estaba muerto. Debió volver a Madrid en auto-stop. Nunca jamás volvió al local de Claudio Coello.

En estos casos de chivatos descubiertos, lo que se indica es el interés de la policía en tener informaciones sobre tal o cual grupo. Si uno tiene la conciencia limpia, lo mejor es llamar directamente al servicio y plantear que si tienen algo que preguntar que lo hagan directamente: ellos pagan las tapas y el interesado la bebida.

En 2005 utilicé este método cuando la noche antes delante del restaurant La Font del Bosc, una furgoneta sospechosa -precisamente Renault Kangoo- con vidrios esmerilados estaba aparcada justo ante la entrada. Me acerqué y la refracción de la luz en cierto ángulo me permitió ver dentro a un chaval filmando con cámara de vídeo. Al verme incluso se echó atrás indicando sorpresa. Le comenté a otro camarada en voz alta qué le parecía mejor que hiciéramos, si llamar al juzgado de guardia o quemar directamente la furgoneta. Al oir esto, la furgoneta empezó a moverse como si dentro se estuviera celebrando un menage a trois y se hubiera alcanzado el climax. Poco después salió a la cabina alguien que intentaba taparse la cara con la cazadora. Empezó a buscar las lleves. Se las había dejado en la parte trasera con lo que hubo que volver atrás, logrando finalmente salir a escape dejando la mitad de los neumáticos sobre el asfalto. Al día siguiente llamé directamente al IVº Grupo de Información: “Somos un partido democrático, no tenemos nada que ocultar, ni intención de infringir ninguna legislación, ni siquiera partirle la cara al hostelero que nos ha cobrado de mas y nos ha dado menos pisto del esperado. Si os interesaba algo podíais haber venido a la cena y hubiérais visto directamente todo lo que os interesaba”. El otro se sorprendió y utilizó la consabida táctica del descarte: “Que no soy yo” como dice la canción. Y no lo era: la matrícula correspondía a un vehículo de alquiler propiedad de la empresa que alquilaba habitualmente vehículos para los mossos d’esquadra. Me molesta sentirme observado: la próxima vez el juzgado de guardia y la policía urbana esclarecerán el asunto. Uno se sorprende que en 2005, cuando el país empezaba a soportar una oleada de delincuencia sin precedentes y ETA seguía dando algún sobresalto, era inadmisible una investigación sobre un grupo que jamás había manifestado intención de vulnerar la legislación vigente.

© Ernesto Milà – Infokrisis – Infokrisis@yahoo.eshttp://infokrisis.blogia.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar procedencia.








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