Ultramemorias (I de X): Recordando a Enzo desesperadamente

4 06 2009

En 1973 yo estaba en el mejor de los mundos. Tenía 21 años cumplidos y llevaba varios gozando de la vida. Para mí solamente existía la “causa” y la “causa” tenía nombres y apellidos. Si te llamaba alguno de esos apellidos, fuera para lo que fuera, todo consistía en cumplir las órdenes. No era disciplina ciega, férrea y absoluta, porque en 1973 no existía “organización”, era simplemente el “dharma” del militante que le lleva a hacerlo todo contando con nada –como había aprendido a raíz de leer los Cahiers del CDPU, una publicación francesa de la época que solía glosar el voluntarismo y la militancia-, con una entrega absoluta y una renuncia completa de uno mismo. Yo entonces pensaba eso, sin sombra de duda.

En esa ocasión, la voz que estaba al otro lado del teléfono era la de Della Chiaie. Debía ir a buscar a un camarada italiano atascado en Perpiñán y traerlo sano y salvo a Barcelona. Estaba “mal de salud” y necesitaba una “temporada de reposo”. Añadió algo así como que “tenía problemas con el informe médico”. Lo primero estaba claro: había debido huir de Italia por algún motivo y lo del “informe” seguramente era que portaba documentación falsa. Yo no tenía carné de conducir así que Bernardo era la persona adecuada para acompañarme. Habíamos hecho muchos de estos viajes y siempre había respondido bien, así que recurrí a él otra vez.

Bernardo era un tipo extraordinario que terminó deslizándose por la pendiente de la hipocondría y los tranquilizantes, aunque a decir verdad su compañera consumiera más tranquilizantes que él acaso por tener que soportarlo. Era su segunda compañera. Por aquellas fechas, tuvo gracia cuando me dijo que se casaba con la que sería su primera esposa y madre de sus hijos: “Me caso… su padre es falangista”. El “aval” para Bernardo, no era que la chica fuera un monumento a lo Venus de Milo o que lo quisiera con locura, sino la filiación política de su padre. Nunca logré entenderlo. Bernardo fue siempre difícil de entender.

El camino a Perpiñán duró un par de horas que aprovechamos para departir como lo que éramos: camaradas. Se sinceró conmigo. Tenía un problema de salud. Hacía unos meses, estando en casa del suegro falangista envió a su mujer a comprar unas cervezas al bar de abajo. Ella estaba de siete meses de embarazo, pero la chica era voluntariosa y abnegada así que bajó. Como tardaba más de una hora en regresar, Bernardo, fue a buscarla y lo que vio le dejó horrorizado: un camión estaba empotrado contra el bar al que había enviado a su mujer. Me contaba que solamente oía una voz lastimera que decía algo así como: “Pobre mujer, estando embarazada…”. Quedó en estado de shock. Como un zombi volvió a su casa, subió en el ascensor y antes de llegar al séptimo piso -el suyo- se fue la luz, quedando encerrado entre el tercer y el cuarto piso. Está visto que las desgracias nunca vienen solas. El shock se transformó en ataque de nervios. Cuando vino la luz, nuestro Bernardo ya era un hombre que había añadido una enfermedad muy real a su hipocondría, la claustrofobia. La mujer a todo esto, al ver un camión empotrado contra el bar se había ido a buscar otro.

Y ahí estaba yo en aquella primavera del 74 yendo a buscar a un desconocido a Perpiñán acompañado por un claustrofóbico en un Citröen Dianne 6 “para gente encantadora” como decía la publicidad engañosa de la época.

La cita era en el hotel que todavía se encuentra delante de la estación de Perpignan. Es curioso como determinados lugares se repiten con insistencia en la vida. En 1974 todavía no sabía que Dalí dedicó a este lugar uno de sus mejores cuadros, inspirado por la teoría del caos y por lo que llamaba la corpuscularización de la materia. En los 20 años siguientes ese lugar se convirtió en habitual en mi vida. El hotel en cuestión era propiedad de un antiguo OAS que había participado en atentados anti-ETA en España y que años después sería arrojado del expreso Perpiñán-París en marcha, nunca supimos por quién. Quien nos esperaba un italiano bajito, tirando a bajísimo, con tez olivácea, vestido con gabardina tres cuartos, blanca y cara de despiste absoluto. Perpiñán no es España, pero le falta poco, así que si se trataba de hacer buenas migas con un desconocido debía hacerse como en España: en la mesa de un bar. Tres cervezas, tres bocadillos de fromage avec beurre y tres cafelitos, y a la hora de pagar, claro, nosotros no teníamos francos, así que el desconocido pagó la ronda. “Deux mil francs, siuplé”. “Enzo”, que así resultó llamarse, puso cara de estreñimiento, sacó un portamonedas como el de la abuela, y empezó a contar: sólo llevaba 420 francos… La camarera, sonrió y en perfecto castellano aclaró: “Joder, que perdidos estáis; en francos nuevos, veinte…”. Enzo se relajó.

Enzo llevaba unas joyas de las que nos dijo que era un regalo de Romano Mussolini para los “camaradas exiliados”. No preguntamos. De hecho, ni Bernardo ni yo, preguntábamos nunca. No sabíamos, en general, ni a quien íbamos a buscar, ni a quien dejábamos en Perpiñán o en cualquier otro lugar de la frontera: todos eran camaradas, todos estaban en apuros, todos debían compartir necesariamente nuestras posiciones fueran cuales fueran y, como en la Legión, a nadie se le preguntaba por su vida anterior. Al tal Enzo tampoco le preguntamos nada y solamente seis años después pude relacionarlo a un nombre y a un episodio siniestro: Peteano. Cuando eso ocurría, Enzo ya había iniciado la primera de sus tres cadenas perpetuas.

En el camino de retorno a Barcelona, departimos con Enzo sobre diversos temas, que si la política Mediterránea de Ghadaffi, que si el pentapartito italiano, que si el Movimento Sociale Italiano; una conversación, en general, bastante intrascendente. En aquella época Enzo tenía tendencia a hablar con una voz de tono cibernético y nasal que he visto en bastantes italianos del Norte. Demostraba leer la prensa todos los días y en general estaba bien informado. No era ningún idiota ni parecía un tipo peligroso.

Ahora tocaba lo peor: pasar la frontera. Lo primero era esconder las joyas. Nos pusimos algunas en los calzoncillos, otras en los tubos de respiración del coche y otras en los bolsillos. Era difícil que nos cachearan. A última hora de la tarde muchos vehículos estaban cruzando la frontera. Sin darnos cuenta nos vimos atrapados en un embotellamiento a cincuenta metros de la garita española y prácticamente delante del puesto de los aduaneros franceses. Notaba que Bernardo se estaba poniendo nervioso: “¿Te ocurre algo?”. Algo le ocurría, parecía como si le fuera a dar una embolia fulminante de un momento a otro. Bruscamente, salió del coche con andares inseguros y dando trompicones, jadeando y sudando. Por una pernera del pantalón iban cayendo las joyas presuntamente donadas por Romano Mussolini… Tuve que bajar y calmarlo. Los efectos de la claustrofobia son así y aparecen no solo en espacios cerrados, sino en embotellamientos, aglomeraciones y colas: “Podías haber avisado, capullo”, le repetí una y otra vez, verdaderamente furioso, tras superar la aduana. Enzo, sentado detrás parecía tranquilo, como ausente.

Con Bernardo hubo muchas más ocasiones en las que reapareció el mismo problema de la claustrofobia. Como cuando a otro camarada, “Juan el Boinas” (excuso explicar el origen de su nombre de guerra, por demasiado obvio), lo dejó en la escalerilla del avión del Puente Aéreo con la excusa de que se había dejado no sé qué en el lavabo del aeropuerto. O en aquella otra ocasión en la que íbamos en su vehículo bajo el subterráneo de Plaza de España y otro atasco lo puso de nuevo al borde del infarto claustrofóbico.

Llegamos a Barcelona y entregamos al “enfermo”. Pasaron meses antes de que lo volviera a ver. Años después supe que “Enzo” era Enzo Vinciguerra, que había militado en el MSI, pasó a Ordine Nuovo, por algún motivo tuvo que huir de Italia y luego, ya en España, había ingresado en Avanguardia Nazionale. Hacia 1976 su foto aparecía en Il Corriere della Sera con la misma gabardina blanca tres cuartos, esposado detrás de Adriano Tilgher, que casi le sacaba casi un metro de altura, y junto a toda la dirección de Avanguardia Nazionale, detenidos en Roma.

En 1975 se publicó otra foto en la prensa en la que aparecía Vinciguerra. En Madrid se había creado el Exercito do Libertaçao de Portugal (ELP) a imagen y semejanza de la OAS. No en vano su núcleo estaba compuesto por antiguos galos que militaron por la causa de Argelia Francesa y que terminaron refugiados en Lisboa donde habían creado una agencia de prensa que, además de serlo y muy sui generis, era también una agencia de servicios especiales. Al frente estaba Ralf Guérin-Serac, un tipo extraordinario del que ya habrá ocasión de hablar. En aquel tiempo, Madrid era un hervidero de portugueses exiliados. A partir de media tarde, en el locutorio de telefónica en la Gran Vía solamente se oía la encantadora lengua de Comoens y de Pessoa. Entre los exiliados había periodistas políticos demasiado comprometidos con el régimen salazarista, antiguos miembros de la policía política (PIDE), burgueses inofensivos que huían del caos, e incluso repatriados de las colonias y, por supuesto, los re-exiliados de la OAS. Portugal en esas fechas, era un completo y absoluto caos. Solamente quedaba organizar la respuesta. Y para eso estábamos nosotros; en Madrid existía un buen número de elementos susceptibles de ser organizados para hacer “algo”. Ralf y Delle Chiaie los reunieron e instaron a que se organizaran. Al poco tiempo se convocaba la primera reunión de la que saldría el ELP.

Entre los reunidos, como es habitual, se había colado un “infiltrado”. Siempre cuando se reúnen más de 4 activistas de extrema-derecha hay la posibilidad de que uno al menos, sea un infiltrado. He visto grupos –obviemos cual– que tenían localizado al infiltrado desde hacía años, pero no lo expulsaban porque el coste de deshacerse del 25% de los efectivos era excesivo y no se lo podían permitir. Al día siguiente, la prensa portuguesa fiel al gobierno izquierdista daba cuenta de la conspiración e incluso añadía una foto en la que podía verse a Enzo sentado en una silla en el curso de la reunión. La izquierda portuguesa clamó contra la permisividad del régimen español y se produjeron las movilizaciones antifascistas de rigor en el vecino país.

Entre tanto, el ELP empezaba a organizarse. Un camarada madrileño construyó dos emisoras de radio del tamaño de una mochila de alta montaña que pasamos a Francia a través de las propiedades de un conocido rejoneador portugués que era fronterizo con España. Una de las emisoras se perdió cuando el camarada que transportaba a sus espaldas cayó sobre las piedras del lecho de un río. Se pudo oír el crash de las válvulas hechas añicos y rematadas por el agua. Quedaba otra emisora que durante varios meses fue retransmitiendo programas contra el gobierno portugués.

Por cierto, el camarada que construyó estas dos emisoras, falleció cuando su vehículo se empotró contra un carro blindado que circulaba por la carretera de El Pardo a El Goloso en la noche y sin ningún tipo de luz. Cuando Bardem filmó la película Siete Días de Enero, la primera escena en la que un grupo de extrema-derecha cantan un triste Cara al Sol en un cementerio, alude precisamente al sepelio de este camarada que murió justo en días previos a la Semana Trágica.

A lo que vamos. Enzo se había integrado en la red construida en España por Della Chiaie y allí se llevó mejor con unos y peor con otros. Gino, Gino Cicuttini, era su más próximo colaborador en la época. Gino había entendido el primero lo que Enzo y Della Chiaie entendieron más tarde: que hacía falta una fuente de financiación porque las presuntas joyas de Romano Mussolini (o de quien fueran) hacía tiempo que se habían agotado. Y Gino era el “empleado” de la agencia de import-export puesta en pie por la “red” y que respondía al rimbombante nombre de “Import-Export Enterprise”, operativa desde unas oficinas del Barrio de Salamanca, si no recuerdo mal en la calle Hermosilla o en Núñez de Balboa. Pero, a pesar de los esfuerzos de Gino y del nombre más propio de una multinacional que de una empresa de pocas ventas, la iniciativa no terminaba de arrancar. El “producto estrella” era un antiexplosivo que mezclado con el crudo de las refinerías evitaba que pudieran detonar ante cualquier fallo en el procesado. Tenía gracia que gente que había manejado con cierta soltura todo tipo de explosivos –Gino y Enzo lo habían hecho–, ahora se dedicaran, como acto de contrición a comercializar justamente el antídoto. No es un producto que puedas vender en la sección de bricolaje de El corte Inglés. Los clientes eran pocos y el conocimiento del medio escaso. Así que Gino se desesperaba de día en día. Intentó importar también  botellas de Chianti, luego infames lotes de raciones de alimentos militares que ofrecieron unos amigos chilenos; años después lo volveríamos a intentar con pescado; tras pedir una “muestra” de merluza a Argentina y tras un mes de espera, logramos localizarla en un depósito de Barajas por puro olfato. No había forma de cerrar ningún trato comercial. Lo nuestro, siempre lo supe, no era hacer dinero. Gino me decía en esa época: “Sólo nos queda intentarlo con preservativos”. No se llegó a tanto. De hecho, estoy seguro de que tampoco habría funcionado.

En ese momento, ignoraba que Gino Cicuttini era compañero de sumario de Vincenzo Vinciguerra, más conocido en el ambiente como “Enzo” y, “Enzino” sólo para los íntimos a causa de su estatura. Cicuttini de niño, jugando con un detonante procedente de la primera guerra mundial, se había saltado la mano. Lo queríamos mucho, lo suficiente como para bromear con él sobre la utilidad que le daba a su muñón cuando estaba con alguna chica. A Gino le gustaban “pequeñitas y nerviosas”. El exilio le fue amargando poco a poco. Su destino también fue trágico. En 1998, cuando todo esto le quedaba muy lejos, se había casado en España y las influencias del suegro eran suficientes para asegurarle una estancia aquí, Gino seguía intentando hacer su agosto con los antiexplosivos de refinería. Recibió una llamada de un tipo al que, finalmente, le interesaba el producto. En breves días iría a Tolosa del Languedoc y se podían encontrar, “por ejemplo, en Andorra”. La operación era segura. Pero en Andorra surgieron los problemas: el individuo en cuestión debía permanecer unos días más en Tolosa y le sugería a Gino que recorriera los 150 km que median desde Andorra. La ambición pudo más que el instinto de autoconservación y Gino pensó que, a fin de cuentas, ya nadie se acordaría de él. Llevaba dos décadas al margen de cualquier actividad política y se había olvidado que era un “latitante” que se movía con documentación falsa. Además en Francia no tenía la protección del suegro. Acudió a la cita, cenaron con el presunto cliente y al salir, la manzana del restaurante estaba rodeada por la policía. Gino Cicuttini acudió en 1998 a la cita con la cadena perpetua que tenía pendiente desde 1972. Él había sido la persona que telefoneó al puesto de carabineros de Gorizia, simulando un acento dialectal y señalando la ubicación de un vehículo abandonado. Entonces era miembro del MSI y el propio Giorgio Almirante, secretario general del partido, le hizo llegar 34.560 dólares americanos a través de un abogado para que se operara las cuerdas vocales y disimulara su voz.

Cicuttini había llegado a España poco después del atentado. Su vehículo, un Fiat 1500 azul marino, llegó a altas horas de la madrugada a Barcelona después de salir de Italia. En pocas horas recorrió toda la costa mediterránea francesa y no paró hasta llegar al Hotel La Rotonda de Barcelona, allí donde termina la calle Balmes y empieza la Avda. del Tibidabo. Allí descansó, se repuso y al día siguiente se puso en contacto con la red, con la mayor tranquilidad del mundo. No reparó en que la ficha realizada en el hotel, llegaría al día siguiente a la policía, en un momento en el que ya estaba en las listas de busca y captura de todo el mundo. Un policía falangista, afortunadamente, consiguió dar con la ficha y destruirla a tiempo. A mí me tocó esconder el coche en una granja cuyo propietario, cada seis meses me fue llamando regularmente para saber a qué atenerse con el vehículo hasta que finalmente, seis o siete años después, decidió venderlo a un desguace. Gino, a todo esto, no era Gino sino Carlo y de su apellido me enteré después. De su vida y milagros también lo ignoraba todo.

La discreción necesaria en la clandestinidad –y la red era clandestina a pesar de que Della Chiaie se hubiera entrevistado con Carrero Blanco y el Comandante Borghese con el propio Franco, por el que había combatido durante la guerra– hacía que nunca preguntáramos y que, solamente con el paso del tiempo, pudiéramos ir relacionando nombres, datos, situaciones, personas y episodios.

Enzo Vinciguerra había colocado una bomba en un vehículo. Era una bomba-trampa que debía matar a cuantos más carabinieri mejor. Tras la llamada de Gino, tres carabinieri divisaron el coche que mostraba dos agujeros en el parabrisas. Al intentar abrirlo saltó por los aires. Murieron tres funcionarios policiales y otros dos resultaron gravemente heridos. Esto le costó tres “ergastolos”, cadenas perpetuas a la italiana. Era un atentado absurdo, estúpido e irresponsable, ayer y hoy. Para colmo, inicialmente, el atentado fue cargado a espaldas de la extrema-izquierda y determinados servicios de inteligencia ejecutaron una campaña de “despiste” y crearon falsas líneas de investigación. En cuanto al explosivo C-4 utilizado había salido de un depósito clandestino de la red GLADIO, creada por la OTAN ante la eventualidad de una caída de Italia en la órbita de Moscú.

De todo esto, como digo, me fui enterando poco a poco y muchos años después. Entonces, en 1973 creíamos que era mejor no preguntar, escudándonos en que en la clandestinidad recomendaba ignorarlo todo. Sabíamos que algunos de los italianos que iban llegando tenían delitos de sangre, pero no queríamos saber de qué se trataba. No tengo el más mínimo inconveniente en reconocer que si Enzo hubiera llegado aquí con la etiqueta de lo que había hecho en Italia también lo habríamos acogido. No era relativismo moral, sino que entonces situábamos a la camaradería por encima de la moral. ¿Lo haría ahora mismo? No. Soy de los que opina que sólo lo justo es hermoso y que sólo vale la pena apoyar los proyectos con cara y ojos, no las locas aventuras. No se puede ir matando gente alegremente por ahí y mucho menos si son pobres diablos que bastante tienen con ganarse la vida de uniforme. El terrorismo tiene buen motivo para ser denostado por todo el mundo. No hay atentados “buenos” y atentados “malos”.

En un atentado absurdo, Enzo Vinciguerra había logrado de un solo golpe asesinar a tres personas (es decir, robarles la vida y, con ello todo lo que tenían), “cagar” como dicen en Argentina, la vida a los camaradas que le acompañaron en su loca aventura y, finalmente, destrozar la suya propia y, por supuesto, como guinda, no lograr ningún resultado político. Casi cuarenta años después de ese atentado, Vincenzo Vinciguerra sigue alardeando ante quien quiere escucharle de que fue el “único” atentado cometido por el neofascismo después de 1945 no inducido por los servicios de seguridad del Estado (algo, por lo demás discutible). Ni ayer ni hoy era como para vanagloriarse del episodio.

Enzo podía realizar esta afirmación con cierta seguridad. Su estancia en España a la sombra de Della Chiaie le sirvió para conocer datos a los que de otra manera, desde su oscuro papel de dirigente de un pequeño grupo neofascistas de provincias, jamás hubiera tenido acceso. A España llegaron en los años 1972-1976 decenas de exiliados italianos y fueron acogidos por lo que llamaremos “la red”. La red, en principio, no tenía prejuicios, los acogía a todos, con independencia del grupo al que pertenecieran o de lo que hubieran hecho. Una vez aquí, se hablaba con ellos, se les observaba, se recibía sus confidencias y se anotaban los detalles significativos. En ocasiones incluso se grababan las conversaciones. En la inmensa mayoría de los casos, siempre contaban lo mismo: “alguien” extraño, ajeno al neofascismo, les había dado armas y municiones, incitándoles a cometer tal o cual atentado. En España se tardó poco en trazar un mapa de los nombres, las descripciones y los personajes extraños –siempre los mismos– que inducían tales acciones. Enzo pudo conocer así la mayoría de estas situaciones y pronto se hizo una composición de lugar sobre la que, luego, construiría su coartada moral para justificar la llamada “masacre de Peteano” ideada y planificada por él.

Volví a ver en unas cuantas ocasiones en Madrid y Barcelona a Enzo. En 1975 perdí completamente el contacto. Seguía sin hacer preguntas, así que cuando veía a algún otro italiano exiliado evitaba conversar sobre temas escabrosos; era mejor hablar de pizzas y modalidades de pasta fresca. Hasta que en un día de junio de 1978 varios camaradas nos encontramos en París en una reunión que tendría múltiples secuelas, felices inicialmente, funestas –en lo personal– a medio plazo.

Estábamos cenando en la pizzería de unos amigos –el Príncipe Sixto, Ramón Graells que años después denunciaría mi presencia a la policía en Barcelona, su hoy ex esposa con la que sigo teniendo una estrecha amistad, Rafael Tormo, Alfredo Alemany, etc.– en plena avenida de Montparnasse y a mi  lado estaba sentada Leda Minetti, esposa de Della Chiaie. No recuerdo a cuento de qué, Leda recordó algo que Enzo había protagonizado en Madrid; rompí la regla y pregunté: “¿Qué tal le va a Enzo?”. Leda me miró con una expresión de irreprimible tristeza: “¿Enzo? Ma non sai cosa ha suceso con Enzo”. Lo ignoraba y ella me lo contó: creí entender que Enzo había atravesado un mal momento personal y retornó a Italia; un buen día, harto de su situación de clandestinidad, se plantó ante un cuartel de carabinieri, se puso a despotricar contra ellos y a insultarles. Lo detuvieron. Lo juzgaron. Lo condenaron. Ahora habrá cumplido su trigésimo aniversario en prisión. Lo lamenté profundamente y perdí el apetito esa noche. En aquel momento, seguía sin saber exactamente cuáles eran los motivos que habían llevado a Vincenzo Vinciguerra a ser condenado a cadena perpetua. Y todavía pasó tiempo antes de que me enterase de su vinculación con la “masacre de Peteano”.

La siguiente vez que recuerdo oír hablar de Vinciguerra fue en la cárcel de Alcalá-Meco donde me había enviado un juez de la Audiencia Nacional –que un lustro después empezaría a aparecer en los períodos hasta llegar a ser decano de los “jueces estrella”, Baltasar Garzón–. En aquella ocasión, el entonces subinspector de la Brigada de Información, Alfonso Simón Viñao –y hoy eterno subinspector perdido en una comisaría de Navarra a donde fue a parar por las, digamos, peculiaridades, de su gestión– tras detenerme, hizo saber a su superior jerárquico que “habían detenido al Ernesto”, añadiendo que yo estaba implicado en los atentados de la Sinagoga de París y de la Estación de Bolonia, que estaban a punto de recuperar varias armas de guerra y que Stefano delle Chiaie también estaba a punto de ser detenido. La noticia llegó un martes al ministro del interior justo antes de que empezara el consejo de ministros.

Aquel tosco carlistón del que Felipe González era el primero en decir que debía su cargo sólo y nada más que a su “cara de represor”, José Barrionuevo, hacía solamente 90 días que había estrenado cargo y todavía se movía como un elefante en una cacharrería (y así siguió dando la cara por la X en el asunto de los GAL, en los desvíos de fondos públicos del ministerio del interior). Bastante torpón en el ejercicio de su cargo –es todavía el único ministro del interior español que ha acabado en la trena–, al enterarse de mi detención, Barrionuevo pensó en que tenía al alcance de la mano un “éxito internacional”. Total, yo era casi el único español vinculado a lo que entones se llamaban “tramas negras”, así que yo debía saberlo todo y lo cantaría todo. El Pais registró mi detención a grandes titulares y en primera página. Y en la senda de El País, todos los demás.

Una semana después de mi detención, el asunto se había deshinchado y Barrionuevo optó por tener el teléfono comunicando para quien le requiriera por ese asunto. Todo esto lo supe porque estando aún en Meco vino a verme el periodista de El País que había cubierto la información: “Tuvimos la sensación de que nos habían colado un gol”. Y me explicó las circunstancias en las que se generó la noticia, disculpándose por haber estado implicado en la fenomenal metida de pata. Claro está que la rectificación jamás se produjo y mi exculpación total sobre los crímenes de Bolonia y de la Sinagoga de París, no merecieron espacio alguno en la prensa. El periodista en cuestión era Carlos Yarnoz, que después pasó a cubrir la sección de “Temas militares”, muy animada en la época por el proceso de Campamento contra los considerados responsables del 23-F y más tarde fue subdirector de El País.

Ni aparecieron armas, ni Della Chiaie fue detenido, ni se esclareció nada sobre Bolonia, ni sobre el atentado a la sinagoga de París (del que la policía francesa desde el principio tenía la idea de que era un atentado palestino, consiguiendo detener casi 30 años después, al autor, efectivamente, un palestino). La única acusación que pesaba sobre mí era una manifestación intrascendente ante la sede de UCD en Barcelona. Era una manifestación ilegal y a eso se aferró la judicatura para empitonarme. Pero la noticia de mi detención había llegado a un juez italiano: Felice Casson, que vino hasta Meco para interrogarme.

Casson era un juez joven, el Garzón de aquellos pagos, sólo que con una vocación de estrellato infinitamente menor y que, en principio, parecía distar mucho de lo que nosotros llamábamos en la época jueces “profesionales del antifascismo” que, en Italia, por el solo hecho de ser detenido por “reconstrucción del partido fascista” empezaban a sumar años de prisión. Casson me dio la impresión de querer sinceramente averiguar qué estaba detrás del terrorismo que había matado en 10 años a más de 200 personas en Italia. No veía claro que todo fuera tan fácil como planteaba en aquellos días el cotidiano del Partido Comunista, Unitá, cosa de unos fascistas sin escrúpulos, así que decidió tirar de la manta.

La vida en la cárcel es aburrida y aunque en Meco teníamos una “comuna” compuesta por seis o siete camaradas, la falta de actividad hacía que cualquier posibilidad de hablar fuera bien recibida, incluso con un juez. Así que durante un par de horas, Felice Casson me estuvo tomando declaración. Cumplí la consigna: “todo lo que contribuya a aclarar la participación de los servicios de seguridad del Estado en la comisión de los atentados debe ser declarado sin restricciones, todo lo que contribuya a colgar acusaciones contra camaradas, sean quienes, sean, debe ser evitado”. Contesté a cuanto puede para salvar de responsabilidades a camaradas que habían sido injustamente acusados y me negué a responder a aquellas preguntas que pusieran en riesgo o permitieran ubicar a otros, con la muletilla “No estoy autorizado para contestar a esta cuestión”.

Fue en el curso de esa entrevista oí por primera vez el nombre de “Peteano”. Casson lo vinculaba a Vinciguerra, pero seguía sin saber que había ocurrido. Al acabar la toma de declaración elaboré un informe con todos los nombres que habían salido a relucir (Vinciguerra, Delle Chiaie, la banda Cavallini, el NAR de Roma, el NAR de Milán) y lo remití a mi mujer para que lo hiciera llegar a los camaradas.

Unos meses después me enteré de las dimensiones de la masacre de Peteano, pero yo en aquel momento, tenía que reconstruir mi vida y la de mi familia y no tenía mucho tiempo para pensar en eso ni juzgar el episodio. Debió ser en  la primavera de 1984 cuando volé a Caracas con un conocido periodista italiano que volvió a hablarme de Enzo: “Se considera una especie de soldado político y ha tomado una posición acorde con esa imagen”. Su planteamiento en esa época sostenía que todos los atentados atribuidos al neofascismo en los años 60, 70 y 80, fueron instigados y frecuentemente cometidos por los servicios especiales del régimen, salvo uno: el que había cometido él. Su autoinculpación tenía como finalidad validar el resto de su declaración y obligar a la magistratura a investigar en esa dirección. En aquel Boeing que nos llevó de Lisboa a Bogotá y de Bogotá a Caracas, admiré la autoinmolación de Vincenzo Vinciguerra en el altar de la verdad histórica. El problema es que luego, en la calma del retorno, tras un mes en Centroamérica, examiné las cosas más de cerca.

Todos nos equivocamos, pero solamente las equivocaciones de algunos matan. Matar a tres jóvenes -carabineros o no- es absurdo, cruel e innecesario, se mire como se mire; es un crimen sin justificación posible. En la Italia de los años 70, las acciones de los NAR contra la extrema-izquierda o incluso contra medios de la judicatura podía explicarse por la saña con que activistas de ultraizquierda perseguían llave inglesa en mano a los considerados como neofascistas por el solo hecho de serlo. Asesinaron a muchos. Algunos se revelaron y mataron en represalia. No era aceptable pero había una razón. Se puede entender aunque sea más difícil compartirlo. Pero tres carabineros asesinados sin provocación previa, difícilmente se puede entender y desde luego hace falta ser contorsionista, equilibrista y acróbata para tratar de justificarlo.

Hay algo peor: querer justificar a posteriori lo hecho asumiendo la actitudes del soldado que mata al enemigo y la del soldado que no se arrepiente de lo hecho porque está en guerra y lo propio de la guerra es dar y recibir la muerte. Son los tópicos a los que se aferra cualquier terrorista de cualquier grupo. Enzo, todavía hoy, 40 años después del crimen, no sé que haya tenido ninguna palabra de respeto y conmiseración por los pobres chavales que mató en su estúpido atentado, ni por ellos ni por sus familias. Es tan fácil decir: “me equivoqué, lo siento y os pido perdón por el daño que os cause robándoos a vuestros seres queridos”. No había “guerra” más que en la mentalidad de Vincenzo Vinciguerra. El “enemigo” quizás era el Estado, pero no el carabinero que lo servía. ¿Puede haber algo más terrible que un “error” de este tipo? Sí, y Enzo lo cometió.

Un buen día alumbró la idea de que su atentado no era el único atentado que había evidenciado la voluntad de combatir al “sistema” sino que él era el único soldado político llamado a dar ejemplo a las jóvenes generaciones. Empezó a lanzar acusaciones sobre todos los camaradas sin ninguna excepción, por supuesto sobre los que habían pasado por el exilio, sobre los que estuvieron en la cárcel y ya habían salido. He leído todo lo que ha escrito en los últimos diez años cuando rompió los puentes con cualquiera de sus camaradas de otras luchas, con los que compartió exilio en España y militancia política organizada. En sus escritos hay muchos datos ciertos (en la Comisión de Encuesta sobre las Masacres de Estado hay muchos más datos e incluso en programas de TV hay información así mismo válida pero menos cargada de odio contra sus excamaradas), pero también mucho dato improvisado, deliberadamente falso, vertido con voluntad de desprestigio y resentimiento hacia quienes están ahora en la calle, no porque colaboraran con ningún “sistema”, sino porque extinguieron sus condenas, muchos de ellos hoy lamentan lo que hicieron y están “arrepentidos”. Cuando alguien se arrepiente tras haber cumplido su condena tiene mucho más valor que cuando el arrepentimiento es motivado por la posibilidad de acortar condena. El arrepentimiento y la disculpa no parecen entrar en los cálculos de Enzo Vinciguerra cuando entra en su 30º año de cárcel.

Pasó el tiempo. Un día en Madrid me encontré a un querido camarada italiano que pagó sus errores de juventud con años de cárcel y exilio, Gian Carlo Rognoni. En su momento Rognoni reconoció sus errores y pagó por ellos. Estaba en libertad y había reconstruido su vida. Es uno de los camaradas más responsables que he conocido y no me importan sus errores pasados. A fin de cuentas fue víctima de una provocación de agentes especiales de los servicios de inteligencia italianos. Enzo no tiene esa excusa: a él no lo provocaron, actuó de motu propio. Era un 20-N en Madrid, pero no, hace mucho que no voy a esos actos litúrgicos en recuerdo del régimen anterior, y me encontraba en Madrid por pura casualidad:

– Gian Carlo ¿qué le ha pasado a Enzo? ¿por qué escribe lo que escribe?, le pregunté.

Había muchas explicaciones y el odio especial vertido por Enzo contra Rognoni justificaba la más hostil de las respuestas, sin embargo, mMe dio la que menos esperaba:

– Sai, tutti noi aviamo conosciutto alguna volta nella nostra vita el sonrisso d’una donna. Enzo, invecce, no.

No añadió más. Hay gente que parece estar más cómoda dentro de la cárcel. En ocasiones, hay gente que no sabe vivir en libertad. Para algunos es más seguro ser “soldado prisionero” a “soldado en el frente”. Enzo huérfano de organización, Enzo sin grandes cosas que hacer en la calle, Enzo viendo como los demás camaradas que han pasado por el exilio y la cárcel se reinsertan en la vida normal, intentan reconstruir sus situaciones personales, en ocasiones heroicamente; Enzo día tras día durante 30 años en la cárcel, hace mucho que no ha conocido la sonrisa de una mujer. Apostaría a que no la ha conocido nunca. Venus ayuda a vivir, tanto como Marte ayuda a combatir. Pero una vida sin Venus y con Marte girado contra los propios camaradas a los que se odia por unos u otros motivos, es una vida desperdiciada, inútil e inservible. Enzo, hoy, sigue aferrándose a que su atentado está justificado como único clavo ardiendo que le da un sentido a su vida. El día en que concluya que allí se equivocó y que esa equivocación costó dos muertes, su vida carecerá de principio de razón suficiente.

La mayoría de camaradas de su edad hemos olvidado a Enzo. Por experiencia sabemos que la vida en la cárcel es dura y preferimos no recordarle en cuáles de sus escritos la información está sesgada, deformada voluntariamente o es, pura y simplemente una mentira ideada a su conveniencia para reforzar la imagen que quiere dar de sí mismo: la de soldado político inmolado en el altar de la verdad revolucionaria. Un contacto superficial con sus escritos evidencia que destilan más resentimiento que otra cosa.

Todo esto viene a cuento de que en la misma noche que me encontré a Rognoni me presentaron a un tipo extraño y a otro que iba con él y que me dio la impresión de ser el “Igor” que sempiternamente acompaña al doctor Frankenstein. Me “exigían” “abrir un debate sobre el neofascismo” (como si, a estas alturas, uno no tuviera mejores cosas que hacer) y discutir los escritos de Vinciguerra. No me sentía con ganas de reconstruir lo inextricable, cuando, como digo, el primer principio de la clandestinidad, es no preguntar, no hablar, no difundir, ni mucho menos comadrear. Por lo demás, no era yo la persona más adecuada para desentrañar algo que había vivido no como protagonista, sino siempre como actor secundario. Evité añadirles lo obvio, que para “abrir un debate” hace falta tener alguna talla y traducir los escritos de Vinciguerra no era precisamente una garantía de que su aportación en un debate fuera lo que se dice rica-rica. Así que decliné la oferta.

Poco después, estos empezaron a darme un curioso calificativo, al parecer, ideado por el pobre Enzo: “neofascista de servicio de la OTAN” (o algo parecido). Como toda secta –y Enzo ha terminado siendo el gurú de una pequeña sectilla de “admiradores” que han convertido el crimen de Peteano en una especie de pivote de la historia reciente de Italia– crearon su propia jerga. Y heme aquí convertido en “neofascista de servicio de la OTAN” sea lo que sea lo que ese agregado fonético quiera decir.

No me acordaría de este individuo –que luego resultó llamarse Bertrán- ni de su “Igor” particular, de no ser porque, de tanto en tanto, ellos sí parecen acordarse de mí. La última vez hará unos días.

No puedo evitar ser una catástrofe en materia de informática. Un amigo y camarada de Madrid me instó a que, después de cinco o seis años de ausencia, me diera un garbeo por el foro Disidencias, uno de los primeros foros de cierta extrema derecha evolucionada que apareció hacia finales de los 90 en Internet y que todavía subsiste. Así lo hice. Tardé exactamente cinco minutos en meter la pata y confundir el correo personal de mi amigo con una aportación suya en el foro en el que me acababa de dar de alta. Le di al reply y lo que era personal pasó a ser público. Y eso tuvo consecuencias lamentables.

La nota enviada hacía referencia a mi toma de posición personal en el conflicto de Gaza. Esta posición era simple y se basaba en dos principios: una derivación del teorema de Gödel sobre la incompletitud y en la llamada lógica borrosa. Por lo primero, cuando en un sistema se van añadiendo elementos que hacen que el sistema no tenga solución, el problema no puede resolverse dentro del sistema, sino que hay que salir de él para resolverlo. Las causas del conflicto palestino son tan extremadamente complejas que, simplemente, no hay salida. Reconocerlo es obligado. La lógica borrosa, a su vez, recusa la matemática booleana basada en el par 0-1, blanco-negro, abierto-cerrado, y nos dice que hay una amplia gama de grises y de estados intermedios entre cada par. Eso, llevado al conflicto palestino implica que es imposible tomar partido por algo que ni es blanco ni negro. Resumiendo y abreviando: si un problema no tiene solución, mantente alejado de él.

Esta actitud rompía con la tradicional “amistad con los árabes” practicada por la extrema-derecha española, pero tenía el defecto de generar un pequeño caos en un mundo pequeñito y ordenado que, sistemáticamente, se solidarizaba con los palestinos como una forma de enmascarar el “tradicional odio a los sionistas”, igualmente propio de la extrema-derecha española. Lo que se les planteaba era: “cuidado que en el tema palestino nadie tiene razón porque la “ley del Talión” contra el “espíritu de la Yihad” dan malas combinaciones…  y a nosotros, desde Europa, muchachos, ni nos va ni nos viene”. Además –añadía– es tarea propia de un funambulista manifestarse por la mañana contra la inmigración masiva y por la tarde volver a manifestarse acompañado de miles de inmigrantes magrebíes en protesta contra el sionismo. Peor es, desde luego, tratar a Zapatero de berzotas y a la izquierda-caviar (lo que en tiempos de Carrillo eran “las fuerzas de la cultura”) de titireteros a sueldo y al día siguiente ir detrás de la pancarta que portan todos ellos juntos en unión.

Algunos chicos reaccionaron mal, especialmente los que más partido habían tomado por la “causa palestina” y por la “revolución islámica”, esos mismos que a una hora se fotografiaban con el pañuelo palestino y a la siguiente con las obras completas del pobre Enzo. Reconozco que me porté mal y así me lo afearon algunos amigos: les había roto su pequeño mundo perfecto en el que todo encajaba; les había recordado que el Irán de hoy es tan “solidarizable” como cualquier potencia emergente a la que le sobran algunos dólares e invierte en armamento con la intención de convertirse en potencia regional. ¿Quién era yo para recordarles a estas almas de cántaro que las cuatro características del gobierno de los ayatolahs son: aburrimiento, oscurantismo, corrupción y toxicomanías? Su pequeño mundo dañado y ellos con estos pelos y sin muchos argumentos. No me extraña que no me lo perdonaran y que intentaran matar al mensajero. A partir de ese momento, dejé para ellos de ser solamente un “neofascista de servicio” para ser un “prosionista”. A Enzo, al menos lo aprecié, de estos ni me acordaba.

En 1979 toda la extrema-derecha estaba a favor de la revolución islámica. Tenía dos “activos”: satisfacía el antisemitismo recurrente propio de ese sector y le daba un lustre nuevo; de otro lado, los ayatolahs eran antiamericanos en un tiempo en el que se vivían todavía las consecuencias del último conflicto mundial y Europa estaba dividida en dos zonas de influencias en las que los que menos influenciaban eran los europeos. Así que todo lo que debilitara ese statu quo nos parecía bueno. Jhomeini por tanto, era bueno. Antes nos había dado por apoyar a Ghadafi. Y antes que a Ghadafi a Nasser y, antes  Mosadegh y antes aún al Gran Muftí de Jerusalén y así sucesivamente. A veces dudo de por quién hubiera tomado partido este excéntrica extrema-derecha española de hoy en el siglo XI, si por el Cid o por Almanzor.

Para colmo, René Guénon, el metafísico que gozaba de cierto predicamento en determinadas áreas sofisticadas de la ultraderecha, había sentenciado –y quienes seguían a Guénon lo tenían como infalible– que el Islam era una “vía” para llegar a la tradición. Puestos a decir, Guénon decía también que la masonería era otra vía. En su juventud pensó que por la parte del ocultismo también había “vía” (de hecho, siempre le quedó el pelo de la dehesa ocultista) y, finalmente, volvió a decir que el catolicismo era una “vía” más (justo cuando vendía artículos a la revista católica Regnabit). Guénon terminó haciéndose musulmán, consecuente con una de las muchas “vías” (muertas, todas) que había recomendado a quien quisiera oirlo para “vivir la tradición”.

Guénon hizo estragos en la extrema-derecha europea. Como, por lo demás, hubo musulmanes al lado del ejército hitleriano en la II Guerra Mundial, y daba la sensación de que el Islam era lo más opuesto a Marx, muchos buenos bebedores de grappa y chianti, de moriles y sangría, impenitentes comedores de prosciuto y longaniza, de un día para otro, se apuntaron al Islam y no sentían el menor empacho en poner arrojarse al suelo con sus nalgas y su frente alineadas con La Meca; incluso en cárcel utilizaban brújula para orientarse hacia dónde orar. A estos les cabía el título de “perdidos”. Eran las legiones perdidas de René Guénon.

Yves Bataille me dijo un día hacia 1969, cuando yo me consideraba remotamente católico: “No me gustan los curas. Ni católicos, ni mulahs”. No es que no nos gustaran, es que no eran los más adecuados para dirigir una nación. Me volvió a reiterar la frase en París en 1980.

Hubo en la época situaciones curiosas: en 1978, el jefe de la SAVAK iraní se entrevistó con exponentes de la extrema-derecha en un intento de estimular manifestaciones de apoyo al gobierno del Sha. Luego lo fusilaron. En España habló con Blas Piñar y con los que luego se escindirían dando vida al Frente de la Juventud, Juan Ignacio Rodríguez González y Pepe las Heras. A parte de estos contactos y algunos personales que tendría años después con la propia hija del Sha, a la que conocí en Palma de Mallorca, cuando ella había emprendido la peligrosa senda de la droga que le llevaría a la tumba (tan encantadora como delgada, aquella chica llamaba la atención donde iba: apenas comía, pero siempre pedía una taza de agua caliente como única consumición, a la que ni siquiera teñía con una bolsita de té), la verdad, es que unánimemente, entre 1977 y 1986, la mayor parte de formaciones de la extrema-derecha europea apoyó a los islamistas por razones políticas, ideológicas o por compartir su antisemitismo. En 1987 algunos dijimos, basta.

Enzo era de los que apoyaron a Gadaffi. Supo transmitir a los alegres muchachos que leían sus elucubraciones escritas desde la celda, esta admiración, hasta hacer de ellos individuos inclasificables, exóticos y con un punto freaky que ya habrá tiempo de ir ilustrando. Los guenonianos llegaron al mismo grado de freakysmo y en sus filas se multiplicaron las conversiones al islam. Europa, que había tardado 2000 años en superar su “pasada por el cristianismo”, veía como algunos de sus hijos dejaban la “segunda religión del Libro” para adherirse a la “tercera”. Y aunque parezca, esta fiebre pasajera alcanzó a los medios de la extrema derecha española. Un grupo de falangistas canarios, especializados en marginalidades varias, se adhirieron al islam, cedadianos gallegos y granaínos hicieron otro tanto. Y en su momento multiplicaremos los ejemplos que, desde luego, no faltan.

Todo eso estaba muy bien, cuando la imagen personalizada que se tenía de un islamista era aquel personaje ilustrado de la embajada de cualquier país árabe o cualquier estudiante árabe más occidentalizado que islamizado. El problema vino cuando a partir de 1996 empezaron a llegar oleadas de magrebís a las mezquitas hasta entonces frecuentadas solamente por una élite intelectual europea (en la que figuraban no pocos izquierdas que, puestos a renovarse, habían cambiado el Capital por el Corán). Los Centros Islámicos, empezaron a verse desbordadas por legiones de menesterosos para los que la religión no pasaba de ser un formalismo en el comportamiento y, en lugar de la sofisticada metafísica sufí que tanto atraía a los europeos, apenas traían en sus maletas unas pocas supersiticiones, voluntad de coleccionar cuatro esposas y la idea de que Al-Andalus era tierra sagrada del Islam usurpada por cruzados e infieles. El drama de los islamistas europeos empezó  entonces. Y en eso están.

Enzo no les puede aportar mucho. Realmente, éste tema no le interesa mucho. Le queda fuera de su abanico de justificaciones a posteriori para salvar la cara en la “masacre de Peteano”. No hay forma, Enzo, desengáñate, aquello fue un error y algo peor que un error, fue un crimen estúpido que no sirvió para nada más que para destrozarte la vida, destrozársela a tus camaradas que te siguieron entonces y que hoy siguen distribuidos en distintas cárceles y, sobre todo, para destrozar a unos carabinieri que seguramente no habían destacado ni en tareas represivas, ni en menesteres odiosos. Sería mejor que les explicaras a los pobres chavales que creen que todos somos “neofascistas de servicio de la OTAN” que metiste la pata hasta el remo y que a casi 40 años de distancia, destilas más resentimiento que camaradería y más obcecación que realismo.

Ayer volví a pensar en Enzo, en el tal Beltrán y su “Igor” que creen a pie juntillas todo lo que dice este “soldado político” especializado en las trincheras carcelarias, pero ya muy alejado de la realidad política de su país. Por eso he empezado estas “ultramemorias” aludiendo al pobre Enzo, cuyo destino es trágico y cuyo ejemplo, casi macabro.

*    *    *

¿Y Bernardo? Lo de Bernardo fue terrible. Cuando regresó el President de la Generalitat en el exilio, Josep Tarradellas, Bernardo rompió él solito y sin ayuda de nadie el cordón de protección, arrojándose sobre el Mercedes blindado con la extraña intención de agredirlo (al coche y a su ilustre pasajero). No causó ni una pequeña abolladura, pero al día siguiente salía fotografiado en todos los medios de comunicación catalanes: “Intento de agresión a Tarradellas”. No se partió el puño contra la chapa blindada de puro milagro. Entonces trabajaba en la Pegaso. Sus compañeros de Comisiones Obreras que lo odiaban regularmente vieron su foto y ellos mismos desvelaron a la policía de quien se trataba.

Bernardo era conocido en el ambiente falangista barcelonés de los sesenta y setenta. El 29 de octubre de 1968, al salir del Palau de la Música tras el acto de aniversario del discurso de José Antonio en el Teatro de la Comedia, volcamos el coche del gobernador civil, Tomás Garicano Goñi (que luego sería ministro del interior). Aquello tuvo gracia y el pobre gobernador no lo debió pasar muy bien. El coche oficial fue zarandeado al ritmo de “goñi-goñi”, con el gobernador dentro, hasta volcarlo. Tuvo que salir de allí como se sale de un submarino: por la puerta convertida en escotilla. Los grises a caballo cargaron y en la siguiente hora y media se sucedieron incidentes y choques extremadamente violentos entre el Palau de la Musica y la Plaza de Urquinaona. Mientras que la izquierda ha practicado siempre el victimismo, en la extrema-derecha se cultiva la agresividad como fruta del tiempo. Si le habías arrancado un galón o te llevabas un gorra de plato de un gris, eran un “gran militante”. En la izquierda, en cambio, los méritos se contaban por los lamentos exhalados y las marcas de la goma de los guardia en la espalda. Dos sectores, dos visiones.

Siempre que había este tipo de incidentes, por algún motivo, nos acordábamos de que en Urquinaona se encontraba el consulado británico, así que nos lo ponían a huevo; el grito de “Gibraltar Español” era el que se terciaba en esas citas anuales en el Palau o en el monumento a José Antonio de la entonces avenida de la Infanta Carlota. En aquella ocasión estábamos decididos a asaltar el consulado en el raptus adrenalínico que siguió al volcado del coche del gobernador. Lamentablemente, el edificio en el interior del que se encuentra el consulado es un laberinto de escaleras y puertas, así que los pocos que conseguimos entrar nos perdimos. Bernardo fue el primer que encontró la puerta del consulado. No se le ocurrió nada mejor que llamar a la puerta vestido de camisa azul mahón; los policías que estaban dentro lo arrastraron al interior y lo esposaron. Alguien se dio cuenta y al cabo de unos minutos unos trescientos falangistas gritaban en fenomenal cadencia “¡¡Queremos a Bernardo, queremos a Bernardo!!” por toda consigna. Lo soltaron al cabo de unos días, cuando todavía no era un claustrofóbico consumado. A raíz de la agresión al coche de Tarradellas, en cambio, no le pudieron encerrar en la mazmorra fría por prescripción facultativa.

Dentro del consulado inglés, Bernardo, la había armado. Siguió gritando y forcejeando hasta que se le fisuró un pulmón. Al menos así me lo conto después, reforzando la que luego se convertiría en su proverbial hipocondría que ya por entonces despuntaba. Le volvió a pasar algo parecido cuando a principios de los años 8, montó él solito y por iniciativa propia La Voz de la España Nacional, una radio de FM en el local del Círculo Cultural Eugenio d’Ors. Desde allí retransmitía programas incendiarios contra el nuevo régimen hacía poco inaugurado en España, hasta el día en que lo localizaron y Bernardo tuvo sus 5 últimos minutos de fama radiofónica narrando en directo su nueva detención.

Con Bernardo era imposible hacer política; de hecho me enseñó por vía del ejemplo, que con algunos camaradas podías irte de copas, de putas o de fiesta, pero hacer política jamás. Quizás al acabar estas notas los lectores entiendan porque la extrema-derecha nunca ha logrado en España el impacto que sus partidos hermanos han tenido desde Narvik a Sicilia y desde Bucarest hasta el East End londinense. Aquí todo es diferente, al menos en lo que a la ultra se refiere. No se imaginan hasta qué punto. Bernardo era tan falangista como su suegro. En 1974 empezaba a tener claro que era imposible hacer política con los falangistas. En las décadas siguientes me convencí hasta la saciedad a base de tratar a distintas promociones de falangistas. De hecho, con toda la extrema-derecha era imposible realizar una intervención efectiva en el terreno político. Y el que hoy, el tal Beltrán y su “Igor”, loen, glosen y alaben el atentado cometido por Enzo Vinciguerra con resultado de tres muertes y dos heridos graves, es una muestra de que contra más evolucionada es una forma de extrema-derecha es todavía peor. Con Bernardo, al menos, reías con él. De estos te tienes forzosamente que reír de ellos. Si te los tomaras en serio lo más piadoso sería recomendarles un buen psiquiatra.

*    *    *

Estas ultramemorias son el hijo directo de algo que siempre he observado en los ambientes de extrema-derecha y que me ha inducido a preguntarme: ¿por qué algunos individuos aceptan encasillarse en el freakysmo para defender sus ideales? Anticipo la respuesta: por qué no son ideas lo que defienden, sino “hobbys”.

Algunos leen lo escrito en la celda por el pobre Enzo como otros se saben de memoria la edad de Argorn, la estatura de un hobbit y su talla de pie tras años dedicados a estudiar El Señor de los Anillos o el nombre de cualquier cliente de la taberna galáctica de la Guerra de las Galaxias. El acopio de saber obsesivo e inútil es la característica propia del freaky. Si para colmo, las actitudes morales son ambiguas y la sintonía con Enzo (y que como los muchos Enzos que he conocido, Ynestrillas sería el equivalente étnico-racial, también él justifica con una sorprendente racionalidad la justificación a sus comportamientos irracionales) deriva de haber tenido el aplomo y la frialdad para matar a tres carabinieri, lo simpático que puede existir en el fondo de todo freakismo se transforma en estupor primero, náusea después y, finalmente, en  repugnancia. Si algo he aprendido en 40 años de frecuentar a la “ultra” es que la estupidez nunca es aceptable, ni se puede ser condescendiente con la estupidez.

Estas ultramemorias, en buena medida, son una denuncia contra la estupidez humana y sus múltiples rostros. Elsa Maxwell dijo aquello de que había “conocido al gran mundo”. En mi modestia, les aseguro que puedo confesar que he visto de cerca la estupidez humana a través de un espacio político en el que rigen temperaturas extremas. En efecto, en la ultraderecha te puedes encontrar a lo mejor y a lo peor; lo mediocre, en cambio, es más reducido que en otros sectores sociales.

Lo verán a través de mis ojos en las páginas que siguen.

Ernesto Milà.
Santander, 11 de enero de 2009

(c) Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.eshttp://infokrisis.blogia.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar fuente.





Ultramemorias (II de X). Tipologías insólitas. El camarada alcoholizado

4 06 2009

Tormo fue una leyenda en la extrema-derecha valenciana de los años 70, luego se eclipsó completamente y no hace mucho un antiguo camarada me preguntó: “¿Qué ha sido de Tormo?”, añadiendo a continuación: “¿Vive todavía?”, pregunta que contenía en sí misma una duda razonable sobre si el bueno de Tormo habría sobrevivido desde que se retiró a l valle de Beneixama, pueblo de frontera, allí donde termina el Reino de Valencia y empezaba el de Murcia o donde hoy se cruzan las comunidades autónomas valenciana, murciana y manchega. Allí languidece Tormo, cuando tiene dinero apoyado en la barra de un pub local y cuando no lo tiene ensimismado ante un viejo televisor, ausente de todo y recordando glorias pasadas.

Había conocido a Tormo en 1970 en el curso de un “campo de entrenamiento” que organizamos en Joanetas, provincia de Girona (entonces todavía era “Gerona”, nombre que al parecer derivaba de Gerión, el gigante al que venció Hércules después de la aventura del León de Nemea). Allí estábamos todos y Tormo nos daba clase de defensa personal pues, no en vano, era profesor de karate y ostentó los cinturones más negros que cualquier federación de este deporte fuera capaz de idear. Llegó a tener un gimnasio en Valencia y a ser juez en competiciones internacionales. Nos sacaba a los más mayores siete u otro años y él rondaba los veintimuchos cuando lo conocí.

Fue el cuarto valenciano que con el que me fue dado departir. Los dos anteriores habían sido Federico C. y los dos hermanos Selva que luego resultaron ser primos de Tormo. Los conocí a los tres en la cafetería Lauria, un local lánguido de la Plaza del Ayuntamiento que sobrevivió hasta finales de los 90 con una decoración de los 60 y una clientela de los 40. Carbonell era un tipo que desde su más tierna infancia había dado muestras de estar completamente enloquecido. Cuando yo tenía 19 años él debía tener 22 y su voz ya era cazallosa en extremo; sus juicios parecían nublados por una especie de surrealismo que lo acompañaba hasta en sus gestos más mínimos. Dormí una vez en su casa y su padre, un médico de prestigio en Valencia, falangista de pro que me contaba cómo había liberado valencia del bolchevismo casi en solitario, aderezan su peripecia con las anécdotas más abrakadabrantes que me hicieron comprender que Federico era digno hijo de su padre. La madre, a todo esto, intervenía sólo para preguntar una y otra vez si yo era de Barcelona. Cuando a la quinta vez quedó claro era nativo de Barcelona Ciudad y que sabía dónde estaba la calle Fernando, me encomendó la delicada tarea de ir a buscar gargantilla a un joyería que, por algún motivo, en lugar de ser reparada a dos manzanas de su domicilio en la valenciana Gran Vía Marqués del Turia, había ido a parar a 350 km de distancia.

Los Carbonell tenían otro hijo que se deslizó por la senda de la heroína con la misma facilidad con la que Federico lo hizo por la del alcohol (aderezado eso sí con salpicaduras químicas de todo tipo). Le gustaba la variedad; su hermano, en cambio, era más constante con el caballo. Se rumoreaba de él que fue hasta su fallecimiento uno de los yonquis decanos de Valencia.

Un buen día, el hermanísimo pidió prestada una pistola a un camarada sin explicarle que era para realizar un atraco en una sucursal bancaria de su misma calle. De alguna manera tenía que alimentar la vena. El golpe, dado en solitario, fue un éxito, así que al salir se decidió a atracar otra sucursal situada a pocos metros de distancia y al salir también indemne de esta, quiso rematar la faena con una nueva incursión en otro banco próximo… hasta que fue finalmente detenido a pocas manzanas de distancia cuando buscaba una cuarta sucursal. Años después moriría de sobredosis o simplemente porque su organismo estaba debilitado por dos décadas de consumo constante de heroína.

En cuanto a Federico jamás logré detectar cuál era su problema exactamente. O se había caído en una barrica de ron de pequeño y sobrevivía a cualquier consumo que hubiera literalmente convertido en foie-gras cualquier hígado sano, o bien era que sus vísceras estaban hechas de acero inoxidable y remachadas con pernos del 15. Era imposible beber a su ritmo si uno quería regresar en condiciones al hotel. Cada vez que lo he visto desde entonces me ha revalidado aquella primera impresión. Su vida personal era el resultado de su vida como bebedor: un completo desmadre. Era uno de los dirigentes de la ultraderecha universitaria a principios de los 70.

Había aprendido de su paso por la universidad que hablar en una asamblea, a fin de cuentas, no era algo difícil, e importaba poco lo que se dijera. Federico le echaba morro a la vida en todo lo que hiciera. Durante su mili en artillería ya había sido el típico “recluta bribón” y –como es habitual en España– se deleitaba contando una y otra vez más mismas anécdotas de su paso por el ejército. Las canciones de su mili nos las conocíamos todos: “¡Que lo suban, que lo bajen, que le canten el kiryleison!”, o aquella otra en la que denostaba a otros cuerpos y armas: “Caballería, cuerpo inmortal, cuando ella pasa huele a animal”. Tenía una habilidad especial para alternar canciones de la mili con canciones de la tuna, pero tres horas de serenata yendo con él de bares por Valencia, era excesivo incluso para hígados blindados como el mío.

Federico era tan valiente como irresponsable y daba la cara en los enfrentamientos con la izquierda universitaria, pero no estaba claro si la daba por exceso de testosterona o porque no se enteraba muy bien de lo que hacía. Entre él y Tormo habían sido atacados y cercados por la “turbamulta” de izquierdistas en múltiples ocasiones y sobrevivieron repartiendo mucho más que recibiendo, incluso contra fuerzas cien veces superiores en número. En la ultraderecha estas proporciones, que podrían parecer exageradas o otros, eran las normales. De todas formas, los estuvieron a punto de linchar en más de una ocasión y solamente el miedo cerval que la extrema-izquierda tenía a las siglas PENS-MSE -justificado, por lo demás- en la universidad valenciana a finales de los 60 y principios de los 70, logró garantizar su integridad, además, claro está, del cinturón negro de Tormo y de la Star 9mm de Federico que solía acompañarle incluso para tomar unas copas o irse de putas.

En 1970, Federico bebía ya demasiado alcohol y Tormo era, según los días, abstemio o bien bebía con una moderación compatible con su vocación deportiva. Pero eso no duró toda la vida. Federico, haciendo gala de una constancia encomiable y de un desprecio absoluto por el estado de sus vísceras sigue como siempre, aunque con una fístula de más y presumiblemente morirá con el gota-a-gota de ron suministrándole alcohol en la vena. En cuanto a Tormo es, quizás unos de los camaradas de aquella época que han evolucionado peor.

En 1980, Tormo seguía siendo abstemio. Cuando, tras una manifestación que organicé en Barcelona a mediados de junio y que terminó con la detención de algunos jóvenes militantes, la policía vino a buscarme, yo opté saltar por la ventana –nada heroico a tenor de que vivía en un principal– y reaparecí unos días después en Valencia ya investido del título encomiable de “clandestino”. Cuatro días después, la policía buscaba también a Tormo. Así que optamos por huir. Inicialmente nos fuimos en una Norton Comando sobre la que aguantamos 20 km en dirección 90º Norte, para dar luego vuelta atrás, volver a Valencia y alquilar con tarjeta de crédito, un Ford Fiesta. Así, tras una estancia en Andorra en la que aproveché para rhacerme con un juego de documentos que luego me servirían durante meses, llegamos a París. El mismo día de nuestra llegada, Sixto Enrique de Borbón Parma había sido víctima de un extraño atentado. Un magrebí le había, literalmente, rajado la garganta de un tajo. No murió de puro milagro, pero quedó durante una semana en el hospital en cuidados intensivos.

En París, inicialmente, nos alojamos en un hotel de la rue Vavin del que luego me enteré que en el siglo XIX, no solamente ya existía, sino que allí habían ido a parar todos los artífices del ocultismo y del satanismo de finales del XIX y principios del XX: los Eliphas Levi, los Aleister Crowley y varios más.  Tenía algo de siniestro el lugar que a principios de los ochenta era un albergue cochambroso regentado por unas zíngaras yugoslavas de aspecto intranquilizador. Mientras dormíamos agotados tras un viaje de 20 horas, se abrió bruscamente la puerta, apareció un fontanero y arregló con ruidos espantosos, el retrete que perdía agua y mierda por todas partes. Allí, Tormo y yo estuvimos cuatro días, al quinto, Alain Robert, hasta entonces dirigente del movimiento Occident –prohibido por las autoridades gaullistas en mayo de 1968- y luego de Ordre Nouveau –prohibido por Pompidou en 1973- y en aquel momento, dirigente del Partí des Forces Nouvelles –desaparecido sin dejar señas en 1983- estaba esperando para dar su saldo de la extrema-derecha a la Unión Nacional de los Independientes, el típico pequeño partido centrista cortejado por todos y que le comprometía menos que los grupos ultras mucho más belicosos que hasta entones había dirigido. Robert nos dejó las llaves de un apartamento en Courveoie, allá por la banlieu parisina, saliendo por la Porte de Clignancourt, donde nos esperaba otra sorpresa.

Se trataba de un pequeño apartamento, a ras de suelo, con cocina y lavabo de no más de 40 metros cuadrados, pero lo curioso no era esto sino que, sorprendente, estaba repleto de sacos y cajas de frutos secos. Había de todo: almendras, almendrucos, orejones, cacahuetes, avellanas, y otras variedades de las que ni conocía su existencia, ni jamás he vuelto a ver, producto de un cargamento sustraído a la mafia italiana. por el anterior inquilino del lugar. El caso es que durante unos días nos estuvimos alimentando de todo aquello. Sigan mi consejo: nunca sigan una dieta así. La ingesta reiterada de frutos secos genera una extraordinaria pesadez en el estómago y un tránsito intestinal plúmbeo, amén de un estreñimiento pertinaz. Las heces fecales, cuando tienen a bien salir, muestran una textura como de metralla por mucho que se mastiquen.

Tormo, en esa época seguía sin beber nada. Tampoco fumaba. Al cabo de un mes, requerido por su compañera –follar, si follaba–, volvió a España cuando ya sabía que no estaba buscado por ninguna causa. Unos años después, cuando regresé a España, tras cumplir mi condena por manifestación ilícita, volví a verlo y me llamó en muchas ocasiones. Algo parecía haberse roto en su interior especialmente a partir de 1989: me llamaba por teléfono presa de extrañas exaltaciones, su conversación era habitualmente desmadrada y me recordaba mucho más al Federico que había conocido que al Tormo del que me despedí entre la niebla en las inmediaciones del puente del Alma.

Lo que había pasado era bastante simple: al volver estudió enología en el Politécnico de Valencia y acto seguido dirigió la explotación agrícola de la propiedad familiar. Le conocí tres mujeres al bueno de Tormo: la primera era una francesa bordelesa que hacía gala a la primera parte de su nombre; permanentemente parecía contrariada y ni siquiera las generosas y rotundas formas de la chica hacían olvidar un carácter completamente insoportable. La segunda era del mismo jaez. Estaba introducida en el mundo de la moda valencia y era también una madurita aparente y extremada cuya dentadura me recordaba a los de una serpiente, entre víbora y cobra, aunque su carácter fuera el de una pija sin más ambiciones, corta de ideas y timorata de juicios que solamente entendía de zapatos de calidad. Rubia de bote, era capaz de volver loco a cualquier con sus imposiciones habituales y su cara de desprecio cuando no algo le impedía satisfacerlas. La conocí en Andorra y nunca entendí que había encontrado Tormo en ella. Para colmo, la chica conocía a todo el ambiente gay valenciano de los años 80 e introdujo en él a su compañero cuyos musculitos pronto gozaron de gran reputación entre los mariquitas saltarines de la comunidad. En un momento dado, la chica se fue con él a la casa solariega de los Tormo y allí, en el aislamiento del valle de Beneixama, ambos iniciaron una loca carrera de autodestrucción que le llevó a ella a huir de allí y a él a destrozar con un hacha un frigorífico que la otra intentaba cargar en una furgoneta. Todos conocemos trifulcas de este tipo, pero en el Valle de Beneixama no son habituales y los lugareños las recuerdan aún como algo excepcional. La tercera mujer en la vida de Tormo fue una gloria villenera unida a él por la común afición a la cocaína. La relación fue breve y tormentosa y como la anterior, también se recuerda en la zona hasta el punto de que la casa ha pasado, para los lugareños, de tener el nombre de la familia a ser la “casa de los drogaos”. Ya se sabe: pueblo pequeño, infierno grande. Aún hubo una cuarta mujer, inglesa ella, que había conocido en Londres en 1968 y con la que vivió un tórrido idilio. Con el tiempo, había sido azafata de las líneas aéreas australianas y cuarenta años después –cuarenta, ni uno más ni uno menos– apareció un buen día en la “casa de los drogaos”, entradita en carnes y cuando Tormo ya era otro y no el que ni ella ni yo habíamos conocido, ella en lo romántico y yo en lo político.

¿Qué había hecho de Tormo un individuo alcoholizado al que solamente la proximidad de una lata de cerveza bastaba para que perdiera el oremus? La inactividad y la soledad, por este orden. No le gustaba trabajar, no por vagancia, sino por vocación de hidalgo español. No lo era pero se consideraba así. Un día, de pequeño, le comentó a su padre que eso del negocio de la horchata parecía un buen asunto y que podrían ganar unas buenas pesetejas. El padre asintió, pero luego añadió: “Sí, pero ¿y la vergüenza que pasas?”. Para el padre de Tormo, trabajar o que alguien lo viera trabajar detrás de un mostrador, era algo bochornoso. El hijo tomó buena nota y nunca siempre evitó matarse trabajando. Estas cosas no pasan en Catalunya. Torno fue sobreviviendo el paso de las décadas a costa de ir vendiendo propiedades que incluso yo acerté a comprar. Cuando lograba vender algunas fanegas de tierra, como hombre de palabra que era, mientras el alcohol no le nublaba el juicio, cubría primero las deudas de las que era capaz de acordarse, luego acudía al pub más próximo y en los dos meses siguientes agotaba el beneficio de la venta en alcohol para malvivir hasta la siguiente.

Como todo alcholizado –y a estas alturas si Tormo era algo era un dependiente de la botella– vivía en medio de la más completa inmundicia. La casa solariega que compartía con dos de sus primos con los que alternaba temporadas de familiar intimidad con ciclos de disputas, trifulcas y recriminaciones, era un tétrico portento de telarañas, ratas y capas de polvo. Era posible datar el tiempo que tal o cual objeto por el grosor de la capa de polvo depositado en torno suyo. Los trajes elegantes de otro tiempo estaban literalmente comidos a dentelladas por los ratones de campo con los que convivía y sus más preciados tesoros (cámaras de fotos Haselblad, álbumes fotográficos en los que posaba junto a Jane Mandsfield o Silvye Vartan) mostraban los estragos de décadas de abandono y humedad, así como de algún que vómitos superpuestos en capas resecas en torno al tálamo. El vivía en medio de toda esa inmundicia sin que le preocupase mucho la opinión de los otros. En Francia les llaman clochards, él creía que ese era el destino de un hidalgo o presunto tal.

Se interesaba poco por la TV, pero tenía una particular fijación por el Diario de Patricia que jamás llegué a entender. De hecho, había estado a punto de aparecer en él como protagonista. Tormo, en 1978 había tenido un hijo con una prostituta. Antes de que la chica diera a luz, él desapareció de su vida hasta que un día le llamaron precisamente de la redacción del Diario de Patricia preguntándole si él era Tormo –lo era, hasta ahí estaba seguro, todo lo demás era la duda cartesiana– y si estaría interesado en aparecer en un programa junto a una chica cuyo nombre en principio le decía poco. No le interesaba y mucho menos para abrazar a su presunto hijo antes las cámaras. Declinó la oferta y poco después me llamó: “¿Tú qué harías?”. Yo no haría nada: ”A mí es que estas cosas no me pasan, coño”. La exprostituta le había llamado y quería verlo para presentarle a la criatura que tenía 30 años, se había casado y tenía incluso un hijo. Tormo que ni se acordaba de la chica, ni apenas de que la dejara embarazada, bruscamente supo que era padre y abuelo a la vez. Para colmo, el hijo tenía ganas de conocerlo.

Entonces Rafa no atravesaba una buena época. Era 2004 y se vivía la euforia del crédito, así que había pedido una línea de crédito avalada con su casa y 30 hectáreas de terreno. Como era habitual, pagó las deudas contraídas hasta ese momento y el resto, que debería haber servido para reiniciar la actividad vitivinícola de su propiedad, simplemente, se la bebió antes de procesar la uva. Y entonces aparece lo de su paternidad, en el peor momento en el que no tenía la mente, digamos, lo suficientemente clara como para juzgar lo que había que hacer. El hijo desconocido, a mayor abundamiento, tenía trastorno bipolar. Tocaba en una banda de rock salvaje y era lo que por aquella comarca se llama “un broncas”, esto es, un individuo intemperante con mal beber y peor estar. Lo habían detenido en varias ocasiones y acumulaba juicios de faltas como el héroe que acumula medallas o cicatrices. El psicólogo le había dicho que le iría bien conocer a su padre, así que la mater amantísima contactó con Rafa.

Éste, por su parte, en plena confusión mental, me llamó y me llevó al pub donde pasaba desde las 16:00 horas hasta las 03:00 de la madrugada (hay que añadir que tan sólo juzgaba prudente levantarse entre 13:00 y 14:00 horas; lo contrario hubiera sido demostrar excesiva laboriosidad, condenada por su educación aristocrática y que hubiera causado una puñalada en el costado de su amado padre). Tormo tras una copa seguía siempre el mismo ciclo: primero los problemas que le interesaban, segundo la batalla del Golfo de Leyte narrada con todo género de detalles, para seguir luego con sus historias de la mili en el triste microcosmos de un dragaminas  con casco de balandro y, ya más allá de la medianoche, recordar cuatro anécdotas –siempre las mismas– de su período de “militancia política” en donde fue, en realidad, un jefe de banda, más que un líder político. Todos los alcohólicos siguen los mismos ritmos y éste era el de Tormo.

En aquella ocasión le preocupaba si el complejo bipolar se heredaba. Yo conocía el tema porque no hacía mucho había escrito un librito en el que tocaba la cuestión (La Depresión y la madre que la parió, era el título). “Pues sí, lo primero que hace un psicólogo cuando trata a un depresivo es sobre sus padres. Si hay huellas de depresión en la familia, no hay duda, el aplatanamiento y la melancolía de que hace gala el paciente, se tipifica como depre y Prozac con él”. Tormo entonces empezó a preocuparse: si él era el padre de un hijo depresivo, la dolencia anidaba originariamente en él. En realidad, no había tal relación, su depresión procedía de su alcoholismo y la de su hijo de una vida desordenada, emporrada y encocada, jalonada de fracasos, sin olvidar a una madre todo lo amantísima que se quiera, pero hembra de tronío y de cafeta a la vez; el chaval, al frisar los 30 percibía su vida como desperdiciada.

A  Tormo lo dejé de ver el día en que lo vi demasiado intoxicado con coca y con alcohol, como para soportar una vez más su verborrea, la enésima descripción de la batalla del Golfo de Leyte o la enumeración de recuerdos deformados y alterados por la distancia y los vapores etílicos. Hacía tiempo que desoía la norma de vida que un día ya lejano me diera otro camarada notable de la ultra catalana: Don Fernando Durán, vástago lejano del Salmerón que fuera presidente de la I República.

Vaya por delante que Durán era otro tipo inteligente, culto y elegante que, por algún motivo, era una mezcla de Josemi Rodríguez Sieiro (su forma de hablar era exacta y sus modales superponibles) con el físico de Arturo Fernández. Lamentablemente, a diferencia de ambos, había evidenciado desde los treinta un afán desmedido por cualquier licor o bebida. Durán sostenía –y eso me transmitió– que “con razón o sin ella, mis camaradas por encima de todo”, lo que implicaba decir que exigía el mismo tato de favor por múltiples que fueran sus meteduras de pata. Era un tipo servicial que había experimentado en su propia carne el llamado “timo del camarada”, o lo que los neofascistas italianos conocen también como el “camerata, camerata, fregatura assicurata”, que viene algo así como que de un camarada solamente puedes esperar una estafa, una embarcada inenarrable o una jugada de fantasía que, sin duda, te hundía un poco más en la miseria. Durán había soportado muchas faenas, faenitas y putadas de sus camaradas más queridos y, por no quedarse atrás, había hecho otras muchas más. Murió completamente alcoholizado y solo no hará mucho, cuando ya se había perdido para todos, incluso para sus hijos de los que, él mismo era el primero en decir que todos los había tenido su mujer, pero que ninguno se le parecía a él, cosa que yo mismo, a decir verdad, pude constatar no sin cierta sorpresa.

Fue Bernardo el que me presentó una mañana de 1972 a Fernando Durán. Mañana inenarrable como pocas de mi juventud. Durán era vecino mío y vivía a dos manzanas, pero apenas habíamos coincidido. En aquel momento había emprendido una brillante carrera política siendo elegido Consejero Local del Movimiento por Barcelona. En teoría la elección era democrática y podían votar todos los “cabezas de familia” empadronados en el distrito VI de la Ciudad Condal que coincidía con el Distrito VI del Movimiento. Por entonces, el “Movimiento organización” formado por la fusión de falangistas y carlistas durante la guerra se había transformado en “Movimiento comunión de todos los españoles en los ideales del 18 de julio”, algo que hoy resulta difícil de explicar a las jóvenes generaciones y que también en la época era difícil de que lo entendiéramos las jóvenes generaciones. Fueron pocos los votantes. Se presentaban dos candidatos: el “oficialista” y el “revolucionario”, el propio Durán. Ganó por 7.017 votos a 7.015 votos. Tan escasa diferencia se explica porque tan sólo se registraron 17 votos para un candidato y 15 para el perdedor y éste acepto hinchar la cifra para que su derrota no fuera tan vergonzosa. Estas cosas solían pasar en la “democracia orgánica” del tardofranquismo.

Pues bien, Bernardo me llamó temprano diciendo que teníamos una “misión”. Por entonces yo seguía en la inopia y cualquier embarcada generada por los camaradas la asumía como propia sin pestañear. Lo primero fue conocer a Durán. En un bar, por supuesto, como corresponde al alcoholismo militar de nuestro estilo que diría, más o menos, José Antonio. En Santa Colona de Gramanet –me explicaron– se iba a celebrar esa mañana un juicio de faltas contra un camarada de la Guardia de Franco y, Bernardo –artífice de la movida y armador por antonomasia de todo tipo de embarcadas inverosímiles– nos aseguraba que los de CCOO estarían presentes para agredir al camarada en cuestión, así que había que ir a defenderlo. “Bueno, no llevo encima –les dije– la barra de hierro, pero podemos irla a buscar”. Lz barra de hierro en cuestión era de hierro al cromo y no pesaría menos de 10 kilos. Si le dabas a alguien lo partías en dos y si esquivaba el golpe la propia barra te expulsaba de la pela por pura inercia. Para colmo, el camarada en cuestión no tenía abogado. Durán puso cara de entender la situación y dijo aquello de “No os preocupéis que esto lo resuelvo yo”. Esa misma frase la oí de esos mismos labios en los siguientes veinte años y por algún motivo siempre me estremeció. Yo ya conocía las veleidades de los miembros de la Guardia de Franco barcelonesa; se atrevían con todo: “la Guardia de Franco contra el universo” venía a ser su norma de actuación; a la hora de la verdad, fallaban más que una escopeta de feria y solamente estaban en perfecto estado de revista los días de reparto de armas (cuando había una huelga general o Franco visitaba Barcelona). Luego costaba que devolvieran las armas y siempre había alguna que se despistaba y emergía semanas –u horas– después en el curso de algún atraco.

Durán llamó al jefe de policía de Barcelona, amigo suyo y camarada suyo del Distrito VI (que pocos meses después, por cierto, me ordenaría mi detención… cuando estaba confeccionando el pergamino que me habían pedido sus camaradas, Durán entre otros, para el homenaje que le preparaban). Éste le aseguró que “si hacía falta, envío a los antidisturbios”. No hizo falta porque, realmente, no pasaba nada. Entramos en la sala del juicio y el secretario empezó la lectura del sumario: “Doña tal…. asomándose a la ventana del patio interior del inmueble imprecó a la vecina del 5º 1ª llamándola “hija de puta”, añadiendo: “que tu marido es un cabrón de mierda y me voy a cagar en todos tus muertos y en tu puta madre, tía jodía”… Yo en aquel momento era un hijo de la honesta clase media barcelonesa, educado en los Escolapios y en un hogar católico en el que los tacos y los insultos estaban –como era menester– censurados. Me sentí abochornado por oir estas palabras exclamadas por un funcionario de aspecto sobrio y sereno. La retahíla de improperios siguió un buen rato leídao como la cosa más natural del mundo.

No juzgaban al camarada, sino a su mujer y no por tema político sino por una trifulca entre vecinas. Todo lo demás era correcto: el juicio era de faltas y en Santa Coloma. Y allí estábamos Bernardo y yo esperando que, de un momento a otro aparecieran las turbas de CCOO y se lanzaran sobre nosotros, cuando ya habíamos asumido una actitud numantina de resignado fatalismo: “si hemos de morir, muramos ya, coño, que esto es un bochorno”. Duran, por su parte, conservaba la cabeza fría (o quizás algo calenturienta como era propio en él). Justo cuando el juez lanzó una pregunta inocente a la acusada, Durán se levantó y pidió ser “el defensor de viva voz”. El juez dijo exactamente lo que usted y yo hubiéramos dicho sólo que avalado por su experiencia en leyes: “Mire, llevo veinte años de ejercicio en la judicatura y es la primera vez que oigo hablar de eso que usted llama defensor de viva voz”. No había hostilidad en la voz del juez, sino que era posible incluso percibir una mezcla de ironía y curiosidad. Durán no se amilanó y empezó a argumentar que en el derecho tradicional catalán era una práctica habitual. Mal asunto ir por ahí porque el juez había participado en el Congreso de Zaragoza en el que se había compilado los derechos regionales, entre ellos el catalán y seguía sin conocer la figura del “defensor de vida voz”. Seguramente Durán lo había oído en alguna francachela con jueces de la audiencia de Barcelona.

Cuando llego al forcejeo entre Durán y el Juez yo estaba ya literalmente refugiado dentro de mi cazadora de cuero negra, intentando ser invisible. Llevaban tres interminables minutos discutiendo, cuando, sin pedir la venia ni nada de lo que quienes habíamos visto con fruición todos los episodios de “Perry Mason” sabíamos que había que pedir para hablar en un juicio, la procesada se levantó con los ojos inyectados en sangre, además y juzgó que Durán ya la había defendido “de viva voz” lo suficiente: “!Qué viva voz ni que hostias! Si aquí lo que ha pasado es que mi marido es de la Guardia de Franco y los maridos de estas hijas de puta son de CCOO y nos están jodiendo la vida!”. El juez se hizo cargo de la situación, hizo unas preguntas protocolarias que fueron contestados con escuetos monosílabos y la cosa quedó vista para sentencia. El camarada de la Guardia de Franco nos agradeció nuestra presencia, pero ni siquiera nos invitó a una cerveza. Durán, en cambio, sí.

En aquella época bebía pero no en exceso. Cuando lo volví a ver ocho años después, en plena transición, lo hacía como una esponja. Por entonces ya era presidente del poderoso Colegio de Agentes Comerciales de Barcelona, elegido democráticamente… gracias a un recuento fraudulento devotos enviados por correo utilizando fotocopias de DNI falsificadas con los nombres de los electores. La cosa puede parecer escandalosa, pero me consta que muy avanzada la democracia, esta misma práctica seguía utilizándose como la cosa más natural del mundo. De hecho, en 1987, Durán presentó a un candidato amigo suyo y perdió. Había falsificado sólo unos pocos votos menos que su oponente.

Al frente del Colegio de Agentes Comerciales, Durán había aprendido que podía colocar en la lista de gastos de representación las copas que consumía y las que generosamente obsequiaba a todos los camaradas. No fue el único en salir alcoholizado de aquella experiencia. En 1980, ya estaba en el peor momento y su mujer se había ido del hogar llevándose a sus cuatro hijos. Pasó por el psiquiátrico de Sant Boi, y a partir de ese momento alternó instantes de abstinencia con desmesura etílica. Cuando llegaba ésta, podía pasar mes o mes y medio en estado de constante embriaguez. Todo esto tiene su coste y no he conocido a ningún alcohólico que superase los 65 años; por algún motivo, en llegando a esa edad se extinguen como la vela de la palmatoria.

Durán, hasta dos años antes de su muerte siguió manteniendo su elegancia y su buena estampa; sus modales refinados le daban acceso a salones distinguidos en los que entraba admirado por las cincuentonas y sesentonas, hasta que bebía la segunda cerveza. A partir de ese momento se ponía impertinente, beligerante y peleón. En ese estado era capaz de regalar dinero a espuertas o gastarse 900.000 pesetas en un puticlub. Luego –no es para menos–, le entraba la depresión a la que seguían más pastillas, tranquilizantes, euforizantes, pastillas contra la presión arterial, contra la acidez de estómago creada por todas las pastillas anteriores y un largo etcétera de dolencias que se le iban acumulando por mala circulación, trastornos alimentarios y estomacales y un sin fin de problemas que al final, tras un embolia que siguió a su segunda separación, se lo llevó a la tumba.

Entonces entendí porque siempre Durán salía con aquello de que “con razón o sin ella mis camarada por encima de todo”, norma a la que añadía como coletilla: “A mí no me importa que un camarada sea alcohólico, si hay que ayudarle se le ayuda”, que era como decir: “antes o después me vais a tener que ayudar así que iros haciendo una idea”. Yo nunca compartí ese criterio: si un camarada necesitaba cualquier tipo de ayuda, debía merecerlo. Hacia 1982 ya había entendido que la camaradería no puede ser una carta en blanco para justificar cualquier actitud vital.

Durán formaba parte de la generación de falangistas anterior a la mía. Era algo mayor que Bernardo y de la misma edad de otros como él, a los que el alcohol se llevó a la tumba o están en ello en fase avanzada de desintegración personal. Me he preguntado a menudo qué es lo que mueve a alguien a alcoholizarse. Desde muy joven sé que el mejor vino no vale el malestar de la resaca subsiguiente. Mi padre me enseñó la moderación propia del catalán de seny de la que solamente me aparté cuando me vinculé a la ultraderecha.

Aunque Durán o Tormo atribuyeran en el curso de sus delirios etílicos buena parte de sus desgracias a su opción política, la verdad es que el segundo militó solo unos pocos años y el primero nunca había sido “militante” sino que había intentado reciclarse en la política democrática después de ser Consejero Local del Movimiento en Alianza Popular (fue el primer candidato por Girona en 1977) y luego en UCD. Su carrera política se vio obstaculizada por sus altibajos alcohólicos. Nunca perteneció a Fuerza Nueva ni a Falange. Era “camarada”, simple y genéricamente. Tormo, a su vez, también intentó entrar en el Consejo Local del Movimiento de Valencia pero fue tumbado por una damita entonces grácil, vivaracha  y parlanchina que hoy es la alcaldesa de Valencia, Rita Barberá. Luego dirigió un pequeño grupo de estudiantes y bachilleres, protagonizó unas cuantas irrupciones violentas en la universidad y tras defender un mitin de Fuerza Nueva en Molina de Segura, se contentó en los dos años siguientes con ir al 20-N acompañado por 20 críos vestidos de paramilitares, luciendo brazales con la svástica, bajo la bandera de la svástica y con un dóberman cubierto con una manta con la svástica. La svástica, evidentemente, le iba como a un tonto un lápiz. La televisión alemana, habitual de aquellos saraos, filmaba cada año sus mejores poses inspiradas en su experiencia como culturista. Desde 1981, vivía de un recuerdo que el paso del tiempo y el alcohol lo deformaban progresivamente. Seguía contando que había sido un gran jefe político a quien quisiera escucharlo y estuviera apoyado en la misma barra del bar villenero en el que lo vi por última vez. Cuando murió su perro pastor alemán ni siquiera tuvo arrestos para enterrarlo. Me tocó hacerlo a mí cuando; por entonces, medio valle de Beneixama ya olía a muerto.
Dejé de ver a Durán tras advertirle en tres ocasiones que no me iban las borracheras ni propias ni ajenas. A la tercera vez, en plena calle, me despedí de él para no volver a verlo nunca más. A mi espalda oí la muletilla de todo alcohólico: “Joder, qué mal te lo tomas, ¿nos hacemos un cubata y lo discutimos?”. El caso es que el cubata me apetecía pero había llegado a odiar el alcoholismo y todo lo que comporta.

Camaradas deslizados por la pendiente etílica hubo muchos más. Diez días después de los ataques del 11-S supe del fallecimiento de Liberato Egea, quien fuera mi muy querido camarada desde 1969. Liberato era uno de los pocos falangistas de cultura enciclopédica, inteligencia muy superior a la normal, cerebro lujosamente amueblado y un sentido del humor desbordante que ponía al servicio de sus conocimientos eruditos. Se sabía de memoria la mitad de La Venganza de Don Mendo y seguramente nos entendimos bien desde el principio porque yo me sabía la otra mitad y nos gustaba declamarla a dúo incluso en salones mala nota. Liberato tuvo unas cuantas horas de fama mediática cuando salió en media docena de ocasiones como tertuliano de choque en aquellas Crónicas Marcianas de fines de los 90. Estaba especializado en chocar con Ramoncín y con Pilar Rahola. Tenía aplomo, que es lo que hay que tener en estos programas, frases irónicas y reacciones rápidas. El único problema era que le resultaba difícil condensar todo su saber en unas pocas frases telegráficos, lo más que podía entender el sufrido público de Crónicas Marcianas. Era licenciado en filosofía y letras y ejercía el magisterio. Había nacido en las inmediaciones del Pirineo leridano y hablaba catalán regularmente. Por lo demás había leído toda la literatura catalana del siglo XIX y XX sin excepción. Cuando la Generalitat obligó a los enseñantes a demostrar que conocían la lengua de Pompeu, Liberato se negó en banda. Él no tenía nada que demostrar a nadie. Era catalán, hablaba catalán normalmente, pero no iba a dar clases en lengua catalana porque no toleraba imposiciones de un gobierno autonómico al que despreciaba. Allí empezó su calvario.

De todos nosotros era el que tenía más motivos para zambullirse en una piscina llena de alcohol: en efecto, había visto la degradación del sistema de enseñanza pública desde que empezó a dar clases en 1969 hasta su muerte en 2001. Amaba la enseñanza y toleraba mal su desmadejamiento progresivo. Tenía otro problema y bastante grave que él mismo reconocía: le olían los pies; lo suyo no era un olor normal, era algo en extremo intenso y penetrante que no había forma que desapareciera ni siquiera se atenuara. Sus pies eran una especie de planta productora de metano que trabajaba a destajo y sin interrupción. Acompañarlo en coche a casa equivalía a tener una experiencia en guerra química.

Lo recuerdo como a una de las personas más inteligentes y eruditas que he conocido jamás. Bebía y se emborrachaba con cierta frecuencia especialmente en la segunda mitad de los 80 y a lo largo de los 90. Lo hacía, por respeto a sus alumnos, esto es, al salir de clase. Amaba la enseñanza como he visto a pocos maestros amar su profesión. Y sufría por ello. Había otros como él que también atravesaron idéntico calvario, procedían de la extrema-derecha más sofisticada que existió en Barcelona, era gente con capacidad para el debate con quien quería debatir y con testosterona agresiva contra quien pretendía acallarlos con soflamas antifascistas. A uno lo conocía de pequeño. Sus padres tenían en el barrio una perfumería (en la Gran Vía), la Perfumería París, pero a él no le gustó ser tendero ni perfumista así que optó por el Derecho. Le fue bien como abogado y profesor en un colegio privado por las tardes, hasta que empezó a engordar. Su novia le puso ante la tesitura de que adelgazaba o rompía con él. Lo dejó y a partir de entonces empezó a beber. Más y más. Lo perdió todo con la bebida. Liberato un buen día le llevó a unas maestras que habían sido sancionadas por la Generalitat por no expresarse en catalán y, con una seriedad pasmosa, Manolo les pidió una “provisión de fondos” para ocuparse del caso. Las chicas preguntaron cuánto necesitada y él con la misma seriedad se limitó a contestar: “¿Cuánto lleváis en el bolso?”. No era la mejor forma de empezar un caso, desde luego.

Manolo hablaba perfectamente en público, su dicción precisa y bien modulada solamente era superada por la prosopopeya digna de un Cicerón o de un Demóstenes. Incluso con el cerebro nublado por el alcohol seguía haciendo gala de una envidiable oratoria, a diferencia de Federico que, siempre, cuando agarraba una melopea, arengaba a los camaradas diciéndoles aquello de que “nosotros defendemos una ética, una estética, una hermanéutica…”, entonces paraba y gritaba el consabido “A por ellos” y poco importaba quien estuviera al otro lado, la bronca quedaba garantizada.

Manolo murió de puro alcoholismo, dejando deudas por todas partes y a todos los camaradas, triste y miserablemente, en plena ruina. Como Durán. Liberato en cambio fallecería de un tumor maligno que le afectó la garganta. La ultraderecha en Barcelona nunca volverá a ser lo mismo sin éllos.

Todos los camaradas que han padecido y padecen alcoholismo crónico, han llevado vidas paralelas. La historia es siempre la misma: han acabado peleándose con todos. No entienden el motivo por el que los camaradas junto a los que han militado y han combatido con ellos codo a codo, ahora les niegan el saludo y les cuelgan el teléfono o, en el mejor de los casos, les dan largas. En estado de embriaguez se han insolentado con todos, han generado malestar dentro de sus núcleos militantes, se han puesto impertinentes e insufribles… y luego, a la mañana siguiente, lo han olvidado todo disueltos los recuerdos en el alcohol del día anterior. Quienes no han olvidado son todos los demás.

En 1971 se adhirió al partido un joven camarada, un tal Alemany. Su familia era muy conocida en el obispado barcelonés y había dado varios sacerdotes notables a la diócesis. Fui yo quien lo introduje en el partido y al cabo de pocos días me lo llevé a uno de los habituales “campamentos” de Joanetas. Había venido, Jaime Serrano, un camarada que entonces estudiaba derecho en Zaragoza y luego fue el delegado de Fuerza Nueva en Gerona (que, a todo esto, ya se había reconvertido en Girona dejando atrás la “e” de su origen implícito en Gerión). Serrano nos estaba dando una charla sobre no recuerdo qué tema, cuando inopinadamente, Alemany, en un estado completamente alucinado, pronunció una frase inolvidable que resonó como un estampido en la estancia: “Los masones existen… yo los he visto”. Se hizo un silencio tenso. Era fácil ver que estaba como ebrio, pero no de alcohol ni de entusiasmo, sino de alguna otra cosa. Me lo llevé fuera y conseguí que explicara a qué se debía su estado: se había zampado unas cuantas dormidinas aderezadas con café y coca-cola. Desconocía los efectos del combinado pero, a tenor del estado en el que se encontraba, eran demoledores. Años después volví a verlo un 23 de abril en las Ramblas. En esa ocasión me ofreció su tarjeta de visita: “J. Alemany – Pastor Metodista-Presbiteriano”. Como alucinado que era, había conseguido montar su propia Iglesia. Luego se eclipsó de nuevo. Tras otro período de ausencia volví a verlo, esta vez como dirigente de la Iglesia de la Cientología en Barcelona. Además, como es habitual entre gentes que precisan ayuda, él mismo había abierto un consultorio psicológico. También había estudiado teología mormona en Alemania y, acto seguido, supongo que por “coherencia”, ingresó en la Gran Logia Simbólica de España. Se le vio poco entre masones porque tras la iniciación siguió un “ágape” y aquí Alemany bebió más de la cuenta insolentándose con el Venerable, con el primer y con el segundo oficial de Logia y con cuantos aprendices, compañeros, maestros y altos grados estuvieron presentes.

Alemany, luego, se casó con una chica que procedía de los Gnósticos de CARF, un grupo ocultista, verdadera fábrica en serie de averiados de la vida, que luego se recicló en la Iglesia Ortodoxa de Barcelona. La chica es, probablemente, la mejor iconógrafa del país utilizando técnicas del siglo VII para pintar y diseñar sus tablas sagradas. Su marido, a decir verdad, es otro tipo extraordinario e inusual.  Hacen buena pareja. Alemany debía tener sangre judía porque era muy conocido en la sinagoga de Barcelona durante una época y allí me llevó por pura curiosidad. Nunca entendí si era judío, lo parecía o se había arrogado la nacionalidad como enésimo gesto de originalidad. Era, en cualquier caso, encantador y podía perdonársele cualquier excentricidad con más facilidad que a otros.

Era imposible fijar a Alemany en sus posiciones políticas: fue secretario de Enrique Líster, confidente de sus últimos años y militó, tras la desaparición del gran timonel del stalinismo español, en el PCC, los llamados “afganos” escindidos del PSUC. Algo que se me escapa debió pasar porque también abandonó esta formación, cruzando la calle y pasando a la Sociedad Vegetariana de Barcelona, situada justo en frente. Resulta difícil interpretar la coherencia de estas opciones. Luego pasó a la Asociación de Amigos de la UNESCO, más tarde se escindió de la “Iglesia Ortodoxa–patriarcado de Serbia”, para fundar con otros la “Iglesia Ortodoxa–patriarcado de Bulgaria” que se reunía en la siniestra cripta de la encantadora iglesia de Montserrat a tiro de piedra de la cruz de Pedralbes. No se encuentran tipos de estos todos los días y Alemany era, desde luego, inusual. No he conocido una persona más generosa que él. La mala noticia es que sus recaídas alcohólicas eran cada vez más fuertes. Se me olvidaba decir que prácticamente había pasado por todas las iglesias protestantes de Barcelona, pero creo que a estas alturas esto ya no le extrañará a nadie.

Estaba con él y con su mujer en un bar y le prohibí que bebiera más cervezas. Sus melopeas no eran agresivas, simplemente se quedaba en Babia y seguía bebiendo más y más. Luego costaba levantarlo y mucho más llevarlo a su casa. Los años lo habían hinchado y en 1997 triplicaba el volumen que tenía 25 años antes cuando se quedó in albis a causa de la dormidina. Los toxicómanos –y el alcoholismo es una toxicomanía–, por buenas personas que sean, son, al mismo tiempo, mentirosos. Jordi se limitó a decirme que iba a telefonear y a una cabina porque no funcionaba el teléfono del bar. Se fue a otro bar y desde allí siguió bebiendo. No sé que se habrá hecho de él.

Aunque parezca increíble, entre Líster y los vegetarianos, entre protestantes y ortodoxos, fue un probo militante de la ultra barcelonesa. La última vez que lo vi había reingresado en la masonería, esta vez en la Gran Logia de España, preocupándose muy mucho de ocultar su breve tránsito por la Logia Simbólica.

Alemany tenía el espíritu de secta insertado entre las meninges. Toda su vida era una permanente búsqueda de la secta perfecta que le ofreciera justo lo que buscaba: respuestas a su vida y medios de vida. Debió de ser por eso por lo que un buen día se afilió al PP. Liberato, por su parte, buscaba, tras el vidrio, olvidar la decadencia del sistema de enseñanza. Durán, a su vez, quería enjugar sus fracasos personales. Hay muchos más de estos; casi diría decenas. Eran habituales en la ultra, pero muy especialmente, en algunos sectores de la ultra, particularmente entre los falangistas.

En CEDADE, sin embargo, siempre miró mal el consumo de alcohol, especialmente antes de 1980. No había para tanto. Ciertamente, Hitler había sido abstemio, pero no parecía que otros dirigentes del NSDAP, Rohem, Goebels, Borman, lo fueran. Durante un cierto tiempo, cuando algún falangista llamaba al local de CEDADE, Varela lo anunciaba de forma sintética y paradigmática: “Llaman los del carajillo”. Para Varela, y por extensión, para CEDADE, el carajillo era lo que definía el ideal falangista mucho más que las obras completas de José Antonio o la definición de España como “unidad de destino en lo universal”.  A fuerza de mirar atrás, contar y recontar alcohólicos, debo reconocer que ciertamente en las distintas falanges existía la tendencia al desmadre etílico quizás para compensar otras carencias políticas.

Bernardo contaba historias sorprendentes. Una de ellas era el origen del carajillo. Según él, el término procedía de la guerra de Cuba cuando los soldaditos españoles, entre tiroteo y tiroteo, ingerían café de Cuba con coñac. Eso, me decía Bernardo, servía para alimentar el “corajillo” (de coraje). De corajillo derivaría pues carajillo. No sé qué pensar, si hacías mucho caso a las etimologías de Bernardo, podías terminar delirando. La mía con el carajillo fue una dulce historia.

En 1992 ya eran habituales los camaradas rusos que venían a España. Me llegaron dos activistas del Pamiat –un grupo efímero pero que tuvo sus dos años de fama mediática que encarnaba las esencias del fascismo postsoviético– a la empresa mediática en la que trabajaba. Me los llevé al bar de abajo para conversar y pedí un carajillo de ron. Con curiosidad, ellos pidieron lo mismo. Al día siguiente me los encontré a la misma hora en el mismo bar: habían recorrido Barcelona de parte a parte pensando que el carajillo era una modalidad que solamente servían en aquel bar. Con el tiempo, los rusos mejoraron su capacitación para la vida occidental, pero entre la caída del Muro y mediados de los 90 anécdotas con rusos hubo de todos los colores que habrá tiempo de ir desglosando.

De todas formas, reconozco que los españoles eran únicos en cuando a su relación con el alcohol se refiere. Luis Antonio García, alias el “Mataestudiantes”, era uno de los “duros” de la extrema-derecha de la época. Para él el carajillo era una pura mariconada. Él prefería invitar a los camaradas a la llamada “leche de pantera” que consistía en un carajillo de coñac –o en su defecto de brandy El Brigadier fabricado en Rute en las mismas destilerías del Anís Machaquito– sobre el que vaciaba la pólvora de una bala de 9 mm. Luis había hecho de la ingesta de “leche de pantera” un ritual colectivo para la organización que creó en 1993 ó 94: ENE, surrealista sigla que correspondía al no menos surrealista nombre de Estado Nacional Europeo. Un día me lo encontré en la calle y quiso reclutarme para una fiesta que celebraban en la sede de su partido: “Tomaremos leche de pantera”. Fue suficiente para que eludiera el compromiso. “ENE es una opción,  nueva, original, ya sabes…”, añadió a modo de cuña publicitaria. Me dejó un folleto: era tan original que el símbolo era una svástica. Para animarme citó a un conocido mío –un “gran economista” recalcó– que había redactado el programa económico del ENE, Juan Bosh: “Bosh sostiene que no hay que reducir impuestos, basta con abolirlos”. Conocí a Bosh en Lérida el día que el primer astronauta pisó la luna, así que ninguna de sus teorías podía sorprenderme mucho. Su presencia era otro buen motivo para eludir el compromiso con ENE.

“El Mataestudiantes” fue uno de los habituales de la extrema-derecha desde principios de los sesenta hasta el 2005, cuando una embolia lo mermó físicamente. Hasta entonces había llevado una vida desmadrada y excesiva. La extrema-derecha de Barcelona no podría comprenderse sin él. No será ésta la única vez en la que aparecerá en estas páginas. Cuando un tipo es capaz de convertir algo tan intrascendente como tomar un carajillo en una anécdota es que todo su vida es pura anécdota. Desde luego su ejemplo fue uno de los que más convencieron a Varela para que apostrofara a los falangistas como “los del carajillo”.

No vale la pena seguir. El alcohol es una “prueba”; claro que engancha, como cualquier otra cosa que te satisfaga. Pero en nuestro ambiente ultra algunos desarrollamos con el tiempo una moral particularmente rígida, a pesar de su aparente pasotismo; la anunciábamos escuetamente: “Haz lo que quieras”. Y se justificaba así: “Si quieres beber, hazlo hasta reventar, que la prudencia no te paralice si el alcohol es tu demonio particular. Si sabes lo que quieres, y lo que quieres es alcohol, llega hasta el final de tu aventura y no dejes ni un momento de consumir”. A eso se le llama ser consecuente. Los alcohólicos que he citado lo solían ser; pero, añadíamos,  “cuando hayas emprendido esa vía, no mires atrás porque no verás a los que hasta ese momento han sido tus camaradas, ni les pidas apoyo porque ya los habrás decepcionado y, por lo demás, algunos sabemos que cuando alguien ha sido capturado por el demonio del alcohol carece de voluntad aunque en otro tiempo la hubiera tenido. Eres débil, camarada: has caído en manos del demonio del alcohol. Y si eres débil no eres de los nuestros”. ¿A cuántos camaradas les habré dicho estas mismas palabras? Os juro que a no menos ve una veintena. De estos, muchos ya no existen.

La ventaja de la heroína sobre el alcohol consiste en que la primera suele matar a mayor velocidad. El alcohol es más lento, más angustioso, más decadente; apto sólo para desesperados. Y en la ultra derecha hay muchos motivos para desesperarse: el que el rol social asumido según la lógica política, no corresponda con el rol real experimentado interiormente (el caso de un gay ultra al que le horroriza salir del armario o simplemente enfrentarse a su problema), la desesperación de ver la degeneración de una sociedad producida ante la complacencia general y el desinterés absoluto de los poderes públicos (el caso del maestro que fue Liberato amante de su profesión), el caso del desengañado y decepcionado por la vida, el caso del ocioso, lumpen o aristócrata, que de muy pequeño ha aprendido a moverse abotargado con un vaso largo en la mano apoyándose en la barra de un bar… hay muchos subtipos, muchas variantes taxonómicas del modelo genérico del alcohólico.

He de reconocer, finalmente, que en este terreno la ultraderecha no es sino un microcosmos de la sociedad. No me da la sensación de que en la ultra haya un porcentaje mayor de alcohólicos que en la sociedad, sino la cuota equivalente a la que le corresponde por su volumen. El problema con los alcohólicos es que dejan huella y te planteas porque la naturaleza humana es tan débil que el resultado de mezclar un azúcar con una levadura, el alcohol, es capaz de nublarles el cerebro y frecuentemente los mata antes de tiempo, incluso aunque algunos de ellos fueran, como cantaba Ginsberg en su “Aullido”, “los mejores hombres de mi generación”.

La conclusión que he sacado es que es posible justificar la debilidad, comprenderla, pero no vivir cerca de la debilidad. Todo alcohólico es, débil. No tiene lugar en un ambiente político en el que algunos queríamos formar hombres duros como el acero y puros como el diamante. Esa ultraderecha, por supuesto, solo existía en la imaginación de unos pocos que queríamos ignorar que este sector estaba en medio de una sociedad en la que la debilidad era la norma.

(c) Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.eshttp://infokrisis.blogia.com





Ultramemorias (III de X). Tipologías insólitas. El camarada delincuente

4 06 2009

Mirando hacia atrás me sorprende la cantidad de atracadores que se han cruzado en mi vida. Educado en valores de orden y honestidad, nunca jamás participé en atraco alguno, pero en cierta época de mi vida, a causa de un extraño relativismo moral que me hizo subordinar precisamente la honestidad a la lógica de algunas organizaciones en las que milité, acepté el hecho de que algunos camaradas se convirtieran en atracadores. Era lo propio de las agrupaciones políticas que vivían en climas extremos. Desde hacía más de veinte años no había vuelto a pensar en todo esto que fue propio del clima enrarecido de la España de finales de los 70 y principios de los 80, sin embargo, un suceso hizo que todos aquellos recuerdos y personajes reafloraran de nuevo.

En noviembre de 2008 hubo un atraco en Elda. Un par de enmascarados había penetrado en una sucursal bancaria; localizados por la policía antes de que pudieran hacerse con el botín intentaron huir. Se produjo un tiroteo y de los dos atracadores, uno resultó herido y el otro muerto tras resbalar sobre el pavimento húmedo de la calzada, pistola en mano, momento que aprovechó la policía para tirotearlo. Al día siguiente la prensa explicó que se trataba de dos atracadores “veteranos y peligrosos, con múltiples antecedentes”. Un camarada de Madrid me llamó: “¿Viste el atraco de Elda? El muerto era camarada”. Efectivamente, cuando apenas tenía 18, aquel a quien los medios atribuían las iniciales “L.S.F.R.” era, junto a su hermano, uno de los más jóvenes militantes del Frente de la Juventud. Sus antecedentes penales –que luego serían kilométricos– habían arrancado en aquella época. No era el primer atracador que se cruzaba en mi vida.

Cuando yo tenía la edad en la que “L.S.F.R.” había cometido su primer robo con intimidación me involucré en el activismo ultra. Yo apenas era un despistado bachiller que cursaba estudios en un aburrido colegio de escolapios. Mis tutores conjugaban el hábito de San José de Calasanz con su afiliación al clandestino PSUC. Ya en las primeras semanas de mi compromiso político, empecé a experimentar la sensación de que en la ultraderecha corrían demasiados atracadores y, en ocasiones, demasiado peligrosos. Un día Vázquez Montalbán me lo preguntó: “¿Qué hace un chico como tú en un ambiente como ése?”. Mis padres me habían educado en la rectitud más absoluta, algo que nunca les agradecí suficiente. Cuando me inicié en el budismo no me sorprendió que el llamado “noble óctuple sendero” exigiera el karmānta • kammanta o lo que es lo mismo, el “actuar correcto”, lo que otros traducían como  “los justos medios de vida”. La ética es importante en la vida y si se empieza a introducir excepciones en la norma, al final lo que resulta es un monstruo que termina devorándote a ti mismo. Hubo un momento en el que hoy sé que estuve al borde del abismo.

Pertenecí a una organización a finales de los 70 y principios de los 80 que, aún hoy tiene a gala ser la única organización de ultraderecha que se financió, desde principio a fin, con el botín producido por una cuarentena de atracos realizados en cuatro años de vida: el Frente de la Juventud. Pero desde finales de los años 60, ya había conocido a los primeros atracadores emanados por los sectores marginales de la ultraderecha.

Recordarán que les dije que lo más atractivo de la Guardia de Franco eran los consabidos repartos de armas en situaciones excepcionales. Añadí también no hará muchas páginas que costaba devolver algunas de estas armas y que otras se recuperaban directamente por el Grupo Antiatracos de la Jefatura Superior de Policía. Ventura era uno de los más remolones a la hora de devolver las armas y cuando lo hacía –si lo hacía– era que ya las había amortizado. No lo conocía personalmente, ni siquiera había oído hablar de él. Por algún motivo que nunca he entendido del todo, la ultraderecha siempre tenía a gala en la época el acudir al “desfile de la victoria”. El de 1968 sería mi primer “desfile de la victoria”. Era una fiesta multicolor en la que era posible ver a “mandos” de la Guardia de Franco luciendo un uniforme que parecía calcado de las mismísimas SS. Algunos, para reforzar esa impresión, eran excombatientes de la división Azul y lucían cruces de hierro y otras medallas ganadas en Rusia.

El uniforme era importante en la Guardia de Franco. Cualquier nuevo afiliado tenía que proveerse de uno, completo. Los hacían en una sastrería de la Vía Layetana, casi en frente de la Jefatura de Policía y justo delante del Distrito I. En 1968 costaban mil pesetas pero incluían guerrera y pantalón de montar (¿de montar en dónde? Seguramente en los vehículos de la Compañías de Tranvías donde el número de miembros de la Guardia de Franco empleados era inusualmente alto). Se exigía rigor en la uniformidad, fundamentalmente porque la sastrería daba una comisión a quien le traía a una nueva afiliación. Era el trabajo ideal para una sastrería: confección a medida, por lo tanto más cara que el pret-a-porter, y con unos clientes poco exigentes. Total, con los correajes, las trinchas y las botas de montar, cualquier  defecto en la confección quedaba disimulado de partida.
La ciudad, en aquella época no había dejado de ser franquista. Era cierto que los hijos de la burguesía catalana ya no eran llevados a los hogares del Frente de la Juventud sino entregados a los grupos scout que proliferaban al abrigo de las parroquias o de los colegios religiosos. Era cierto también que existía un fuerte movimiento sindical de izquierdas y que en la universidad no quedarían más de 50 estudiantes falangistas, en un tiempo en el que la más escuálida escisión de una escisión del trotksysmo disponía ya de ese número de militantes. Pero en la calle, seguía existiendo una clase media católica y franquista que explica el por qué el régimen anterior no tuvo ninguna dificultad para encontrar cuadros y reemplazos. De toda la extrema-derecha barcelonesa de la época, la denostada Guardia de Franco, era, sin duda, el “cuerpo” con más componentes populares, incluso buena parte estaba formado por el lumpen segregado en todas las sociedades industriales. El lumpen de ayer era la corte de los milagros de anteayer y Ventura era uno de los muchos Rinconetes y Cortadillos de la época.
Poveda, un murciano estrafalario, era el que se había parado a hablar con el desconocido. Cuando se despidieron me comentó: “Es Ventura, uno de la Guardia de Franco que acaba de salir de la cárcel por unos atracos”. Había tenido a menos de un metro de distancia al primer atracador que se cruzaba en mi vida. Después vendrían otros muchos más.

En un ambiente, como la extrema-derecha en la que se cultiva el valor, la fuerza, el arrojo, la audacia, el atracador no está fuera de lugar y, desde luego, es en donde puede sentirse más integrado. En Valencia he conocido atracadores que experimentaron una sensación de marginalidad hasta que se afiliaron a alguna formación política ultra que dio un sentido a su vida. Si el Lute tenía derecho a reivindicarse por la vía progre, ellos lo hicieron a través de la regre con el mismo derecho. Salvo en los sectores más bienpensantes y edulcorados de la ultraderecha –el entorno de Blas Piñar, por ejemplo, o el ambiente de CEDADE–, en el resto de formaciones ultras habíamos terminado por considerar la figura del atracador como una más, habitual y desdramatizada, del paisaje ultra que figuraba con igualdad de derechos junto al estudiante de farmacia o al fresador.

Mientras estás inmerso en la dinámica activista, no reparas en nada de todo esto. Consideras normal guardar una pistola en casa y que se dispare mientras tu padre se está afeitando al otro lado de la pared, o que tu hijo de un año aparezca empuñando una “marietta”, afortunadamente descargada. Nos lo tomábamos como algo normal, pero era monstruoso. Y el día que te apeas, te das cuenta de que, aunque tú hayas intentado mantener toda tu vida cierta contención en lo que a “justos medios de vida” se refiere el noble óctuple sendero budista, el estar demasiado cerca de gentes que no hecho otro tanto, ha terminado afectándote en tus juicios y valores.

No crean que el atracador de la ultra era un tipo desalmado o un lumpen. También los hubo que eran hijos de la burguesía acomodada madrileña. Debió ser en marzo o abril de 1972. Por la mañana el llamado V Comando Adolf Hitler había asaltado a mediodía la redacción de la revista El Ciervo en Barcelona; esa misma tarde en el Instituto Hispánico se presentaba un nuevo círculo cultural de extrema-derecha que intentaba implantarse en Barcelona: Cruz Ibérica. El círculo estaba a medio camino entre un grupo político y una orden religiosa. Era la plasmación del mitad monje – mitad soldado que enunciara José Antonio para su Falange Española, pero que se había quedado solamente como una “poesía que promete”, sin plasmación práctica. Cruz Ibérica además tenía la ambición de ser reconocida por la Santa Sede como un estatuto parecido al del Opus Dei. El fundador era Fernando Alcázar de Velasco, digno hijo de su padre, un falangista de la primera hora, desmesurado y excesivo, genial y pinturero durante toda su vida. Su hijo, en cambio, era más comedido y extremadamente serio. Reía poco. Luego he aprendido a desconfiar de la gente que ríe poco. No era propiamente falangista sino “hispanista católico”. Para Fernando Alcázar hijo, Blas Piñar era un liberal cualquiera y los protestantes (siempre los protestantes), los enemigos de España. De su percepción católica de la vida y del ser y sentir español dimanaba un antisemitismo que debía más a Mauricio Carlavilla y a los Protocolos de los Sabios de Sión que a una percepción real del papel del judaísmo en la modernidad. Si en su padre todo era excesivo, en Fernando también había algo desmesurado no sólo en sus ideas sino en la exposición que hacía de las mismas y que le había costado en los mentideros ultras madrileños el sobrenombre de “Fernando Alcázar de los Alcázares”.

Aquella tarde en Barcelona dio una charla sobre los ideales de Cruz Ibérica (“ibérica” por que defendía la unidad peninsular con Lisboa como capital para acentuar la proyección atlántica e hispanista y el alejamiento paralelo de la Europa protestante) ante un local medio vacío. José María Foret, antiguo alférez provisional durante la guerra y propietario del Agua Oxigenada Foret –la única que se consumió en España durante muchos años– eran tan multimillonario como despistado. Envió todas las invitaciones al acto con un franqueo inferior al requerido en la época. La misma mañana del acto las recibió todas devueltas. Los que fuimos fue gracias al boca-oído, etapa comunicaciones superior al tam-tam y que siempre ha funcionado (y funciona en estos tiempos de messenger, skype y facebook) mejor que cualquier innovación tecnológica. Nadie de los asistentes estábamos dispuestos a afiliarnos a Cruz Ibérica así que no prestamos excesivo caso a una conferencia ni al talento expositivo de Alcázar en el que repararía sólo años después al leer alguno de sus libros. Al acabar, unos cuantos nos fuimos a tomar unas copas con los madrileños de Cruz Ibérica.

Tras la mesa de un bar de la calle Urgel, Alcázar nos comentó su proyectos: quería lanzar un semanario. Eso de escribir ya me interesaba más así que le animé a comunicarme el proyecto: “Oye ¿y el dinero?” le pregunté. Ni se inmutó, no se le escapó ni el más leve rictus delator (que gran jugador de póker perdieron los casinos) sino que se limitó a preguntarme: “¿Dónde está el dinero?”. ¿El dinero? En la cartera tenía mil pelas de la época, el inicio de mi fortuna. “No, me dijo, el dinero está en los bancos”. Luego alguien volcó una jarra de cerveza y el tema se cortó. Unas semanas después, Fernando Alcázar de Velasco y cinco de sus camaradas eran detenidos tras un espectacular atraco en la central madrileña del Banco Atlántico que les reportó casi diez millones de pesetas de la época. Menos de una semana después, entraban en la prisión de Carabanchel repleta de quinquis y presos políticos. Hay que reconocer que su carrera fue breve, pero intensa.
Alcázar y los suyos atracaron en la época por la causa más digna y justa por la que concebían que nadie hubiera podido luchar jamás: su fe religiosa, a diferencia del “Carioco”, que, como a Ventura, le importaban muy pocos los nobles principios del “iberismo católico”. “Carioco”, veréis… Debió ser a principios de 1976 cuando apareció en el local del Círculo Cultural Eugenio D’Ors en Barcelona, este curioso y trágico personaje del “Carioco”. Era de esos atracadores surgidos al calor de los bajos fondos de la Guardia de Franco que entraban y salían de prisión con la naturalidad que lo hacían de la Jefatura Local del Movimiento o de la Lugartenencia de su propia organización. Nunca supimos como se llamaba realmente. Estaba en la calle con una mano delante y otras detrás, así que recurrió a los camaradas. Sabía a quién tocar y cómo hacerlo. Roberto Ferruz Camacho, cuya vida política cubrió todo un período de 25 años de la Falange barcelonesa entre 1960 u 1985, hombre cuya generosidad estaba inyectada en su ADN por un padre veterano cenetista y faiero, le echó una mano: podía encargarse del bar del círculo y obtener algunos ingresos hasta que se le presentara algo mejor. Los camaradas se lo merecen todo. Al cabo de pocos días ocurrió algo extraño. Llamaron al timbre y al abrir unos niños arrojaron unas botellas a la escalera al grito de “Maricones, maricones”. No era normal. Lo normal en el popular barrio de La Meridiana y lo que se terciaba era un cóctel molotov o una pintada antifacista mientras se oía aquello de “fascistas, asesinos”. Y además, los niños no parecían formar parte de ningún grupo organizado. Ataques de este tipo se repitieron durante los dos días siguientes. Al tercero apareció una comisión de padres del colegio vecino. El “Carioco”, aquellos días optó por ausentarse alegando un resfriado. No podía dudarse de unos padres enfurecidos pero correctos que informaban a Ferruz que alguien del círculo había realizado tocamientos obscenos a uno de los críos. La descripción correspondía al “Carioco” que jamás volvió a aparecer por el Eugenio D’Ors. Sus días de gloria en la ultraderecha local habían terminado.
La siguiente vez que vi el rostro del “Carioco” fue en la portada del desaparecido diario Tele|Express. No, no había protagonizado ningún atraco escabroso, ni siquiera un delito sexual, simplemente se lo había comido un león. Repito: había resultado devorado por un león. Tras su eyección del Eugenio D’Ors, había emprendido una vida de mendigo. Es curioso pero he conocido a varios ultras que siguieron ese mismo camino; uno incluso llegó a vivir temporadas enteras de su vida en las cuevas del Tibidabo; a este le llamábamos “el troglodita”, por obvias razones, hasta que sus camaradas del FES (Frente de Estudiantes sindicalistas), católicos devotos y solidarios como pocos, le permitieron dormir en su local. Se había quedado durmiendo al refugio de unas rocas, sin darse cuenta de que había penetrado en área de uno de esos “safaris fotográficos” que proliferaron a mediados de los 70. Descanse en paz. Seguramente el “Carioco” merecía otro final, nadie merece ser devorado por un león drogado.

Hubo casos menos dramáticos pero que me afectaron mucho más directa y desagradablemente. Es lo que ocurre cuando se banaliza un atraco y se olvida que no solamente es importante que uno siga el “noble óctuple sendero” sino que lo sigan también los que te rodean.

En 1974-76, España se saturó de exiliados neofascistas italianos. Había de todo: gente extraordinaria y gente tirando a desaprensiva. El exilio es duro siempre, pero los duelos con pan son menos, así que algunos de estos exiliados iniciaron una oleada de atracos en las costas levantinas. Participaban algunos españoles procedentes de la ultraderecha, de los que no estaba claro si atracaban porque querían un deportivo y su padre no se lo daba llaves en mano o por su militancia política. Pronto quedó claro que un núcleo de exiliados italianos, situados ya fuera de toda disciplina, atracaba para sobrevivir y darse algún lujo en un exilio que aspiraran a que fuera dorado; los españoles que participaban en estas fechorías lo hacían para pagarse caprichos. Hay que decir que estos eran hijos de familias valencianas muy conocidas y de militares de alta graduación. Quizás por todo esto, nunca los detuvieron, mientras que, inexplicablemente alguna pista llevó a la detención de los italianos. Conocía a este grupo pero, afortunadamente, siempre me mantuve lejos de sus actividades.

En aquel momento sosteníamos lo inadecuado de que “el fin justifica los medios”, pero lo estropeábamos añadiendo que “sólo un fin justifica muchos medios”. Y ese fin era una “revolución nacional” que solamente existía en nuestras cabezas. Me había apartado del “noble óctuple sendero” asumiendo que la revolución precisaría fondos y que no importaba de donde procedieran. Caímos muchos en esta percepción y algunos quedaron impregnados de ella para siempre. Primero atracaron para el partido, luego de los fondos obtenidos empezaron a sisar cantidades cada vez mayores, finalmente terminaron atracando para vivir y algunos como “L.S.F.R.” hicieron de esta actividad el eje de sus vidas hasta el trágico desenlace que he relatado. En esto de los “justos medios de vida” es preciso reconocer que “ceder un poco es capitular mucho”.

Los italianos finalmente resultaron detenidos y la policía, sorprendentemente, encerró también a dos españoles: Tormo (a quien he aludido en el capítulo anterior) y uno de los hermanos Alemany de Madrid (que nada tenían que ver con el Alemany aludido en el capítulo anterior). Realmente, ni Tormo, ni Alemany tenían absolutamente nada que ver con los atracos, pero sí es cierto que se habían relacionado con el núcleo de exiliados italianos y en la confusión de aquella época, cuando se produjo la escisión entre el “sector sobrevive-como-puedas” y el “sector político-militante”, vieron de tanto en tanto a algunos de los primeros. Eso determinó que la policía –y el confidente que los ilustró, hijo de una conocida familia militar valenciana– se fijaran en ellos. No habían cometido ningún delito así que salieron a los tres días indemnes.
Desconocía todos estos particulares hasta que Della Chiaie nos convocó en París en 1978. Fuimos Tormo, Alemany y yo, en un destartalado Seat 850 que iba perdiendo pernos a media que devoraba kilómetros. El viaje fue angustioso. En la misma cena en la que Leda Minetti me comentó el triste destino de Enzo Vinciguerra, Tormo y Alemany aludieron al episodio de las detenciones y los atracos. Uno de los presentes tomó nota de una información que utilizaría meses después como se verá en el capítulo reservado a chivatos, chivatillos, traidores y traidorzuelos, delatores todos. El relato de los hecho nos lo tomamos con toda naturalidad. “Sono camerati sbagliati”, camaradas equivocados, pero que luchaban por sobrevivir, así que no íbamos a ser nosotros quienes les afeáramos su conducta. No era nuestra vía, pero el exilio es lo que es y en tesituras así no se suelen atar los perros con longaniza.

Unos meses después debería volver a París por una historia similar. Por entonces ya había aparecido el primer número de Confidentiel, una lujosa revista subtitulada “Política, Estrategia, Conflictos”. Dedicada a la geopolítica y a la política internacional, estaba impulsada por el núcleo central que animaba al Parti des Forces Nouvelles, rama francesa de la “euroderecha” que tenía a Piñar y a Giorgio Almirante como sus puntales en España e Italia. Le Pen entonces era un personaje considerado como marginal en la extrema-derecha francesa. La revista era publicada por un círculo que operaba como una empresa de publicidad desde la parisina rue Malakoff a dos pasos de la Avenue de la Grand Armée, el Instituto de Investigaciones y Estudios Europeos. El nombre era un problema porque en francés “estudios” es “recherches” y eso dificultaba la traslación de las siglas a otros idiomas. Della Chiaie sugería que en España utilizáramos el término “rebúsquedas” para salvar la “R” y afirmaba con la pasión que le caracterizaba que la palabra existía en castellano. Existía pero para El Pulgarcito, como repámpanos o requeteguasón, pero en los veintisiete años que tenía entonces nunca la había visto más allá del lenguaje informal y se trataba de que el Instituto tuviera una apariencia seria.

Se trataba simplemente de crear una red internacional cuya “tapadera” fuera una revista de geopolítica y que nos permitiera movernos de una frontera a otra con alguna excusa. En Francia la iniciativa la patrocinaban Gérard Pencionelli y Jean Marc Brissaud, ambos procedentes de Occident y luego  dirigentes de Ordre Nouveau de donde pasaron al PFN. En Italia, el motor era Adriano Tilgher, presidente de Avanguardia Nazionale. En España, el responsable era yo que, al mismo tiempo me encargaba de las ediciones argentina y chilena, traslación literal de la española. La revista era trimestral. Al frente de todo esto se encontraba un conocido miembro de la nobleza europea con el que yo había residido durante el verano de 1980 en su lujoso apartamento de la Place des Invalides. Su palacete estaba a hora y media de París hacia el sur. Por ahí había venido el problema que me llevaba a París.

Este miembro de la nobleza europea es una persona afable, confiada, amigo de sus amigos y siempre dispuesto a ayudar a quienes acuden a él en la medida de sus posibilidades e incluso, si hace falta, más allá de ellas. En España había conocido a algunos de los italianos exiliados en España, pero ignoraba que, en los años siguientes, algunos de estos se desvincularon de cualquier acción política y emprendieron la vía del atraco de la manera más desaprensiva. Uno de estos había llegado a París, explicándole que tenía un compromiso y que debía residir unos meses en Viena. Nuestro noble se ofreció a dejarle las llaves de un apartamento de su propiedad en la capital austríaca y a dejarle un vehículo para que pudiera moverse con comodidad. Lo que Sixto el conocido miembro de la nobleza ignoraba era que el italiano en cuestión estaba preparando el atraco a un alcaldía de barrio en Viena.
La “banda”, harta de sucursales bancarias levantinas de segundo orden aspira a realizar un rififí espectacular. Uno de los conserjes del inmueble les planteó la operación y se ofreció a darles las llaves que conducirían hasta la caja fuerte. Faltaba pues el especialista en forzar cajas y la banda lo encontró en un inglés con experiencia curricular demostrada en el menester. Se reunieron todos en Viena, estuvieron unos días observando el objetivo y, finalmente, penetraron en la alcaldía (un edificio del gótico civil vienes) amparados en la noche. El inglés cumplió como los buenos con el soplete y la palanqueta, pero en lugar de las “riquezas inimaginables” que debía contener la caja fuerte, había dinero de calderilla que ni siquiera cubría los gastos. Así que el inglés, encolerizado, soplete en mano prendió fuego al inmueble.

A la policía le costó poco detener al conserje al percibir entre las brasas que todas las puertas estaban abiertas con llaves y ninguna forzada. Y el conserje llevó a todos los demás, incluidas las matrículas del vehículo y el apartamento en el que habían residido… propiedad del conocido miembro de la nobleza. El asunto fue publicado por la prensa vienesa que, afortunadamente, nunca ha sido muy leída ni en Francia ni en España. El problema que se planteaba era que los italianos desmadrados responsables del destrozo asumieran sus culpas y escribieran una declaración en la exoneraban de cualquier responsabilidad al príncipe en cuestión. Era lo justo. Como residían en España me tocó a mí hacer la gestión. Afortunadamente, la cosa no salió a la superficie. En ese momento, el mundo del atraco parecía empeñado en realizar circunvalaciones en torno mío. Sí, porque en esas fechas, el Frente de la Juventud ya estaba escindido de Fuerza Nueva y había emprendido su enloquecida carrera.

Es un misterio –un gran misterio, aunque en las páginas que siguen quedará más o menos desvelado– el porqué el Frente de la Juventud pudo estar atracando durante tres años sin que absolutamente ninguna fuerza de seguridad del Estado lo desarticulara y hubiera que esperar a enero de 1981 para que sucediera la gran redada que, perfectamente, se podía haber desencadenado tres años antes. Todos en el Frente eran perfectamente conscientes, no sólo de dónde salían los abundantes fondos para pagar multas, revistas, carteles, etc., sino quiénes formaban parte de los grupos de “choque” que realizaban estas operaciones. Además, el Frente estaba carcomido por infiltrados procedentes de todos los servicios de seguridad de esta parte de la Galaxia. Incluso “Coco” fue un habitual en las tenidas nocturnas del Frente.

“Coco” era “Cocoliso” y “Cocoliso” no era otro que Jesús Arrondo Martín, un turbio individuo que en mayo de 1974 se había infiltrado en ETA y logró atraer hacia la playa de Fuenterrabía a un grupo armado disidente de la organización. Al pisar tierra, “Coco” saltó a la carrera de la Zodiac mientras la Guardia Civil ametrallaba al comando que llegado para secuestrar al presidente de Hojas de Afeitar Palmera (una institución en la época) cuyo rescate debía servir para poner en pie una ETA paralela mucho más radical y activista. Nadie hace un trabajo así por cuenta propia, así que “Coco” trabajaba para alguien e importa poco para quién exactamente. Dos años después, en Madrid se movía en los ambientes de la ultraderecha y estaba próximo a los grupos más conflictivos y allí siguió hasta que Juan Ignacio González, el secretario general del Frente de la Juventud fue asesinado. Para una parte de nosotros las sospechas de quien había facilitado la información sobre la hora en la que Juan Ignacio regresaría a Casa recaían sobre “Como”. Éste murió en un accidente de tráfico cuando había hecho buenas migas con “el Dioni”, el otro desaprensivo que desapareció con su furgón blindado y reapareció en Brasil semanas después con peluquín y ojos extrávicos. “El Dioni” declaró que “Coco” le prestaba su apartamento para “echar un polvete de tanto en tanto”. Todos sabíamos que la amistad y el interés iban más allá, pero esta es otra historia que no tiene nada que ver con la ultraderecha.

Así que no eran infiltrados los que faltaban en el Frente que, para colmo, había instalado su sede justo encima del Centro Cubano de Madrid en la calle Claudio Coello. Era fácil encontrar allí a caribeños devenidos agentes de la CIA o que contaban, invitándote a un daikiri (en aquel lugar durante muchos años se hicieron los mejores daikiris de Madrid, con permiso de Chicote), las más extraordinarias aventuras cargadas a lomos de la inteligencia americana.

Pero tampoco hacía falta que la seguridad del Estado recurriera a infiltrados propios o ajenos, el ambiente de la ultra madrileña era puro compadreo y todos estaban al cabo de la calle de lo que hacían los otros. Era fácil encontrarse en California 47 a militantes de la vecina Fuerza Nueva o del Frente de la Juventud alejado sólo doscientos metros. “¡Deja! que a esta ronda invito yo; precisamente hoy hemos dado un palo y me he quedado con lo suelto”. Fueron innumerables los camaradas que pagaron por la tarde fianzas a otros camaradas con el dinero obtenido en algún atraco por la mañana. No era un secreto, el misterio es porqué la policía no actuaba contra nosotros. Yo, entonces, no lo entendía a pesar de ser el secretario político del Frente. Tuve tiempo para meditarlo y encontrar las respuestas que faltaban. Por lo demás, lo mío era el análisis políticos y las consignas; seguía con la funesta manía de “no preguntar” para evitar tener acceso a informaciones peligrosas. Aunque también en esa época practicaba el relativismo moral implícito en “una causa –la revolución– justifica todos los medios”.

Los atracos del Frente de la Juventud, habitualmente, no eran tales. La técnica consistía en ubicar a “gente de dinero”, llamar a su casa de buena mañana, antes de que hubieran ido a trabajar. ¿Quién podía sospechar que aquellos chicos y chicas tan majas, simpáticas y simpáticas que llamaban a la puerta albergaran malas intenciones? Les abrían siempre. Luego aparecía la pistola y el consabido: “Pa’dentro y tranquilito no vayas a joderla”. Se informaba a la familia de la situación: “Nos firman un talón, ésta va a cobrarlo y cuando lo haya hecho nos vamos”. No era el secuestro-exprés, pero casi. Dado que el tiempo en la que se encañonaba a las víctimas era mínimo, técnicamente no era “secuestro” sino “retención”. Salvo en una ocasión en el que la camarada que había ido a cobrar el talón se encontró con un atasco, luego con un suburbano que quedó parado entre dos estaciones y, finalmente, sin cambio para llamar desde un cabina. Cuando tuvo cambio, no encontró cabina en buen estado, superando por minutos la barrera en la que la “retención” pasaba a ser “secuestro”.

Así salieron bastantes millones de pesetas con los que se pagaron todas las actividades y fianzas que hubo que afrontar en tres años y medio de vida del Frente, incluido el alquiler de la calle Claudio Coello y una treintena de revólveres Arminius de 38 mm., adquiridos en Bélgica y que, de alguna forma la policía dispuso de todos los números de serie. Los revólveres se entregaban a los militantes que habían seguido el curso de formación de mandos, como quien entrega un diploma. Luego pasaba lo que pasaba: en el curso de una reunión con simpatizantes el revólver se caía del cinto del militante. El acero al golpear contra el parqué del local causaba estupor en unos –que no volvían– animando a otros a empezar una aventura que, a muchos les costaría caro, sino carísimo. Así practicaba el Frente de la Juventud su “selección natural”.

En junio de 1980, el Frente era, con mucho, la formación más “dura” de la extrema-derecha y estaba en la niña de los ojos del ministro del interior, Juan José Rosón, que la situaba como tercera organización en peligrosidad después de ETA y del GRAPO. Si lo sabíamos era porque el padre de unos de nuestros militantes eres jefe superior de policía de una provincia castellana y reprendía a su hijo utilizando los datos aportados en las reuniones con Rosón. Lo que hace del misterio del Frente de la Juventud, algo casi indescifrable, pues si el ministro estaba alarmado con nuestra organización, se entendía menos porqué no la borraba de un plumazo. Cuando se decidió era enero de 1981, pocas semanas antes del 23-F.

En esa época, Valencia se había convertido en un hervidero de atracadores que revoloteaban en torno a la ultraderecha. Uno de ellos alcanzó fama mediática. Era “Paski”, conocido en los medios de comunicación locales como “el atracador elegante”. Impecablemente vestido, le encantaba el gris marengo y los blazers azul marino cruzados, con buena planta y modales exquisitos, su técnica consistía en entrar en la sucursal bancaria a pecho descubierto, pedir entrevista con el director y limitarse a enseñarle el arma que portaba en la sobaquera en la intimidad de su despacho, utilizando las fórmulas de cortesía más empalagosas. A partir de ahí, mientras le preparaban el dinero discretamente, los directores de sucursal solían hablar con él de algo intrascendente, no fuera que aquella serenidad y los modales primorosos encubrieran a un psicópata a punto de perder los estribos. “Paski” nunca los perdió. Su rostro llegó a ser tan conocido en las sucursales valencianas como cualquier busto parlante de los telediriarios de la transición. Su carrera se dilataba demasiado y un buen día sin saber cómo llegaron hasta él. Ese día siguió sin perder la compostura. Dijo su lapidaría frase “Hay que saber perder…” y confesó todos sus atracos, incluso aquellos cuya autoría no les constaba a los policías. Se perdió en las nieblas de la cárcel. La figura del “atracador elegante” es habitual en las cárceles. Su problema es que una vez han sido fichados, la policía ya conoce, no sólo su modus operandi, sino sus coordenadas. Y lo peor es que tras su primera condena nunca terminan dejando la profesión.

A principios de 1979, la estructura internacional en la que me movía había decidido la creación de “La Legión”. El nombre no venía ni por la legión española ni por la francesa, sino por la Legión del Arcángel San Miguel, estructura del fascismo rumano de la pre-guerra. Pero si es cierto que había un espíritu “legionario”, esto es, aventurero e internacional, en el proyecto. Se trataba de no más de tres militantes en cada país europeo, que pudieran desplazarse de un lugar a otro de Europa, para realizar acciones “especiales” que incluían atracos. El perfil era: individuo responsable, preferentemente sin novia o esposa, curtido en este tipo de acciones, arrojado, de valor personal demostrado, hablando varios idiomas, sin antecedentes penas y de entre 25 y 35 años. En las listas del paro del INEM no habría muchos, pero en la ultra europea era un perfil fácil de encontrar.
Uno de las primeras operaciones que se planificó fue un atraco a una joyería valenciana –ya saben: “un fin -la revolución- justifica todos los medios”–. Vinieron los “especialistas” de “La Legión”, vieron el lugar, cronometraron los tiempos y emitieron dictamen: “Imposible, esto es un suicidio, la joyería está próxima a una comisaría de policía y las salidas son difíciles”. Lo dejaron correr. En el Chase Manhatan Bank de Milán, poco después, mostraban que estudiar una operación si lo que se quiere hacer es ejecutarla limpiamente. En aquella ocasión los camaradas se llevaron un millón de dólares redondos. La sorpresa para nosotros vino cuando, pocas semanas después, una banda local valenciana de delincuentes comunes, realizaron ese mismo atraco a las bravas, por pura furia y sin ningún estudio previo, ni sesudos cronometrajes de los tiempos de respuesta y de huida.

La policía sabía lo que hacer en estos casos. Se limitaron a alertar a los peristas, cobrándoles el peaje: si quieres seguir receptando, informa. Y ellos informaron. El atraco no lo habían cometido camaradas, pero si amigos de camaradas y el botín fue a parar a uno de ellos, encargado de venderlo. Lo detuvieron con una bolsa con unos treinta kilos de joyas apoyada en una barandilla del cauce del Turia. Sé lo que pesaba una bolsa porque la otra iría a parar a mis manos.

En el momento de ser detenido pudo enviar un mensaje, a través de su compañera, a otro camarada indicándole dónde estaban el resto de las joyas. La policía le planteó un acuerdo: “devuelve el resto y nos olvidamos del asunto contigo”. La “banda del Sebas”, autora del atraco, a todo esto, ya estaba a buen recaudo. Cuando, el detenido accedió al “libertad a cambio del consumao”, era tarde porque Tormo y yo habíamos pasado por el garaje y nos habíamos llevado la otra bolsa de oro sin ser conscientes exactamente de lo que contenía. Tuvo gracia porque nadie, ni el propietario del garaje, nos vio. Subí la bolsa a Barcelona. Al día siguiente por la mañana, a las 6:30 llamaron a la puerta. No podía ser nada bueno: era Tormo con la policía. “Hay que devolver la bolsa”. Le contesté si no sería mejor que dejáramos a la policía en la puerta y saltáramos por la ventana. El otro me resumió el pacto: “libertad a cambio del consumao”. Hubo que ir a buscar la bolsa. Quince días después, saltaba por esa misma ventana, huyendo de otros policías. Y sin bolsa.
Al devolver la bolsa, el funcionario que acompañaba a Tormo la abrió. Para salvar lo salvable, le dije que ignoraba lo que contenía su interior y que no pensaba moverme de esa declaración. Para mi sorpresa, ni pretendía de mí una declaración ni siquiera un resumen del proceso de cómo la bolsa había llegado a mis manos. Se limitó a llamar a la jefatura de Valencia y tras colgar me invitó a que cogiera algunas joyas de la bolsa: “Para tu mujer, hombre”. Aquello podía ser una trampa, así que decliné. Luego resultó que la bolsa fue disminuyendo de tamaño y que en aquellos meses se regalaron muchas joyas en Valencia. El problema vino con el juicio por el atraco porque la aseguradora y la policía no se ponían de acuerdo ore lo recuperado; el propietario de la joyería, víctima la postre del destrozo de unos y de otros, oscilaba entre la desesperación y la depresión postrautmática
De este episodio se enteró uno de nuestros militantes, un tal Castillón que, unas semanas después al ser detenido tras una manifestación organizada por el Frente de la Juventud en la Diagonal barcelonesa, ante la sede de UCD, creyó necesario sincerarse con la policía no fuera que recibiera un guantazo (o quizás, realmente, llegara a recibirlo) y les explicó que yo había tenido circunstancialmente la bolsa obtenida por la “banda del Sebas”. Años después, en 1984, una grácil y estilizada fiscala me preguntó con ademanes inquisitoriales: “¿No es más cierto que usted trabajaba con la banda del Sebas?”. Hacía años que ni me acordaba de este episodio ni había vuelto a pensar en el Sebas a quien nunca conocí ni en todo el desgraciado asunto: “No tengo nada que ver con ninguna banda de delincuentes, ni sé qué es la “banda del Sebas, pero creo que ese tema ya fue sustanciado por la Audiencia de Valencia y yo no aparezco en aquel sumario”. El juez me atajó con una violencia inusitada: “¡Usted no es nadie para creer!”. De hecho no creía ni en el Dios verdadero. Era el juez Fernández Oubiña, una institución en la judicatura barcelonesa de aquella época y cuyas reacciones a lo largo del juicio oscilaban entre la ecuanimidad más aséptica y verdaderos actos hostiles hacia los que nos sentábamos en el banquillo. Años después, cuando intimé con una secretaria judicial pude enterarme de todos los cotilleos que sobre él circulaban en los juzgados y que daban para rellenar un volumen similar a este. Sea como fuere, salí con una condena de dos años de prisión, el máximo al que se me podía condenar por una miserable manifestación ilegal, única condena que ha pesado sobre mí. No hay nada como la cárcel para conocer la naturaleza humana y los motivos que impulsan a alguien delinquir.

Un delincuente es, fundamentalmente, alguien que no tiene posibilidades de ganarse la vida de otra forma y sigue las indicaciones de su testosterona a la hora de satisfacer sus necesidades. He conocido a atracadores generosos, capaces de entrar en una sucursal bancaria pistola en mano para regalarle un Vespino a su hermanito. He conocido a atracadores de la CNT que robaban para alimentar las cajas de resistencia de los sindicatos. Y, claro está, he conocido a muchos más que robaban para alimentar la vena o para mantener un ritmo de vida insoportable para cualquier economía mediana. Nunca hay justificación posible: “justos medios de vida”, “noble óctuple sendero del Buda”, tal es la vía. O eso, o la selva.

En la cárcel parisina de La Santé, los atracadores eran una especie de élite. Ellos mismos cuando les preguntabas el delito que les había llevado a la celda respondían orgullosos: “bracage” (atraco) y añadían “Je suis braqueur” con el orgullo y la dignidad de un ingeniero de caminos, canales y puertos (el único, por cierto que conocí en la ultraderecha terminó tan alcoholizado como quien se atascó en 4º de Bachillerato). Eran la élite de la élite del “milieu”. En España, en los años 80, se había perdido ese orgullo profesional que un día tuvieron en la postguerra (véase el filme A Tiro Limpio, extraordinaria muestra del talento del cine español de postguerra que, además muestra aquella Barcelona gris presente en mis recuerdos adolescencia, con el olor a mar en la escollera del puerto y en el faro bajo el cual un merendero emitía olor a fritanga y mejillones a la marinera como nunca he comido). Hacia el 85, cuando ingresé en la Cárcel Modelo de Barcelona para extinguir la condena por la manifestación ilegal, todos los atracadores, sin excepción, eran toxicómanos. La mayoría murieron en la primera oleada de SIDA. Con algunos, contraviniendo la norma carcelaria de “nunca hagas amigos en el talego”, hicimos buenas amistades y hoy, apartados del oficio y reciclados por el buen camino, se han convertido en amigos entrañables.

La militancia política es un quemadero de ilusiones y de normas morales. Si en 1969, cuando me embarqué en estos embrollos, alguien me hubiera dicho que esa vida me iba a llevar a codearme con lo más granado de la profesión del atraco a mano armada, me lo hubiera pensado dos veces. Dos meses después de mi enganche, ya conocía a “Ventura” y, cada semana que pasaba mi relativismo moral aumentaba hasta el punto de terminar considerando “normal” y “revolucionario” el entrar en una vivienda, amenazar a padres, hijos y servicio y salir de allí con talones o bien transportar “consumao” (llamado así al producto de los robos y las exacciones según el Diccionario del Talego cuya elaboración me mantuvo intelectualmente activo en la cárcel Modelo) de aquí para allá.

El juez Felice Casson al que ya he aludido al referirme a Vinciguerra, me reconoció que, efectivamente, había “un rasgo diferencial” entre nuestra gente y otras franjas de la extrema-derecha. Al menos nosotros no nos pateábamos el dinero de atracos en nuestros caprichos personales. Fuimos austeros en esto y mantuvimos ciertos principios. Pero no nos engañemos: todo aquello era moralmente condenable y las justificaciones que encontrábamos nos dejaban un regusto amargo en el fondo de nuestra mentalidad al contradecir la educación que habíamos recibido. Nuestros padres nos habían educado en la satisfacción del comportamiento justo, no porque lo dijera la ley sino porque el “noble óctuple sendero” a la europea son los “Diez Mandamientos” y entre ellos –también aquí- figura el “no robarás”. Se empieza vulnerando uno y se termina encontrado razones suficientes para vulnerar otro y otro y, finalmente, para considerar lo más normal del mundo, vulnerar el no matarás y terminar colocando un coche bomba simplemente para asesinar a tres carabinieri como le pasó al pobre Vinciguerra. Nuestra única justificación es que creíamos en algo. Entonces nos bastaba. Hoy, ésta justificación nos parece pobre y, ante algunos delitos, miserable.

Créanme quedan cientos de anécdotas por contar sobre los atracadores de extrema-derecha, como aquel camarada que, abandonada la acción política y en un intento de reconstruir su vida personal, atracó varias veces la misma sucursal bancaria cuyo director le informaba de los días y horas más adecuados. El primer atraco resultó bien y con el beneficio se compró un terno nuevo gris marengo de alpaca. El segundo atraco a la misma sucursal lo realizó sólo un mes después luciendo el nuevo traje. El cajero se limitó a decirle: “Vamos progresando…”. Y, efectivamente, progresó. Hoy dirige una empresa de alta tecnología. Cuando nos vemos reímos contando anécdotas de este tipo. Son interminables. Interminable y, al mismo tiempo, intrascendentes.

(c) Ernest Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.eshttp://infokrisis.blogia.com – Prohibida la reproducción sin indicar origen





Ultramemorias (IV de X). Tipologías insólitas: los odiadores

4 06 2009

La imagen del odiador corresponde a la de un tipo obsesivo que, por algún motivo, la ha tomado contigo y es lo más parecido a una ladilla culera: no hay forma de zafarse de él. A diferencia de la ladilla, terminas habituándote a su constante hostigamiento. De la misma forma que la ladilla tiene a la zona púbica como teatro de operaciones, el odiador ha hecho de Internet su campo privilegiado de actuación. Constituye un fastidio y una molestia, pero poco más, especialmente para los que nos sentimos queridos y arropados por nuestros amigos y familiares.

En ocasiones he llegado a experimentar cierta sensación de conmiseración hacia esos pobres sujetos que se pasan horas y más horas poniéndote verde en Internet, en la oscuridad de la noche, en la soledad de un cuarto oscuro, frecuentemente entre tranquilizantes, ansiolíticos o química rica en alcaloides. La vida de un internauta pajillero es incluso más rica y, desde luego, mucho más agradecida que la de los odiadores profesionales. Entre Baco y Hefaisto, el primero es más simpaticote, el segundo apenas un amargado perdido en las profundidades.

La vida es hermosa, salvo para el odiador que habita en un mundo sórdido de rencores y frustraciones proyectados sobre el objeto de su resentimiento. En este caso, yo… Estaría tentado de pensar que soy un tipo importante porque mis cuatro odiadores de cámara han inundado literalmente Internet con todo tipo de ataques en los últimos 10 años. En realidad, si es por eso, no soy importante: mis cuatro odiadores son personajes irrelevantes sino grotescos. Lo que más lamento hoy es que los enemigos que me quedan son enanos, no hay en ellos ni grandeza ni poder. Tan sólo mediocridad y comportamientos clínicos. El nivel de mis odiadores me impone, en sí mismo, una cura de modestia.

Antes de Internet, los había tenido también pero eran de otro tipo, apenas odiadores ocasionales. Con Internet ha irrumpido un nuevo tipo de odiador: el ciclotímico obsesivo, categoría clínica que indica a aquellos sujetos que sufren altibajos en su carácter y una patología mental bien definida: apenas una forma de paranoia. Te odian hoy, mañana se toman la medicación y te olvidan para volver a la carga y al cabo de unas semanas. Y así eternamente. Tienen algo de enfermos y como tales hay que tomarlos.

La vida debería haberme enseñado que la peor forma de tratar a un loco es recordarle que está como las maracas de Machín de la manera más descarnada posible. Sin embargo, desde que muy de joven leí La Vida de Don Quijote y Sancho sigo el consejo de Unamuno: “Encuentras a uno que roba, grítale a la cara “ladrón” y adelante, si encuentras a uno que miente grítale “mentiroso” y adelante… adelante siempre”. Y si te encuentras ante un petardo, ya sabes lo que hay que recordarle. En el fondo es simple: dar a cada uno lo suyo, a pesar de que no sea lo recomendado por Dale Carnagie en su curso sobre cómo ganar amigos.

Decirles la imagen que otros tienen de ellos es seguramente la mejor forma de ayudarles;  callar, implica hacerles todavía más daño. Si a un cocainómano o a un alcohólico no les echas en cara su vicio, lo más probable es que, antes o después, revienten. Si a un tipo de mente inestable no le recuerdas que sus altibajos son enfermizos y que cuando llegue a los 50 tendrá el cerebro completamente desbaratado, así ocurrirá inevitablemente. Y, en cuanto a un gilipollas, si no se lo recuerdas su estado, seguirá haciendo el gilipollas lo que equivale a decir que seguirá haciéndose daño a sí mismo.

Todo esto viene a cuento de que hoy a las 12:30 había en Internet en torno a 6.500 referencias a mi modesta persona, de las cuales un número no desdeñable, simplemente, me ponen verde. Si tuviera 20 años me preocuparía porque, literalmente, no habría empresa que me pudiera contratar a la vista de todas estas polémicas webs. Afortunadamente, tengo la vida bien orientada y en esa dirección poco daño pueden hacerme. Cuando ya empezaban a emerger en Internet los ataques de mis odiadores particulares, no tuve ningún problema en trabajar para distintas editoriales y revistas. Y así sigue ocurriendo hoy. Qué esas menciones calumniosas me restarán “partidarios” y “simpatías” tiene muy poco valor e interés para quien nunca ha entrado en sus planes ni buscar discípulos, ni ir de mesías, ni aquilatar simpatías. Los que me conocen saben perfectamente como soy y los que me desconocen pueden intuir mis inquietudes simplemente leyendo el índice de esta web, así qué ¿para qué preocuparse de lo que digan los calumniadores?

En cierta ocasión acudí a la policía de Barcelona. Un perfecto deficiente mental había enviado a la revista Kale-Gorria un dossier sobre mí. Me enteré casualmente gracias a un amigo que fue invitado junto con otros estudiantes que habían participado en un campus-line por Pepe Rey (q.e.p.d.) a la redacción de Kale-Gorria. El propio Pepe Rey, al saber que era de Barcelona, le preguntó sobre mí por pura casualidad y le explicó que había llegado a esa redacción un dossier: así la noticia llegó a mí. La cosa estaba clara: un tarado catalán me odiaba lo suficiente como para perder unas horas elaborando un dossier absurdo; la prudencia y la cobardía le indicaban que era mejor odiarme a distancia y confiar a ETA los datos suficientes sobre mí en la esperanza de que fueran ellos los que acabaran conmigo (Kale-Gorria era el órgano “legal” de ETA que marcaba a los que luego eran asesinados). El comisario con el que hablé me sorprendió: “¿Sabes quién es?”. “Sí, lo sé”. “Pues dale una mano de hostias”, me espetó… No hay nada como la sinceridad, siempre lo he dicho, pero no me negarán que es algo preocupante que un servidor de la ley, a la vista de la ausencia de recursos legales para frenar la difamación en la red, lo único que esté en condiciones de aconsejar es “Dale una mano de hostias”. Decliné la oferta: si bien era cierto que contratar a un par de búlgaros en la época costaba 1.500 euros que parecían algo más convertidos a pesetas, incluidos gastos de desplazamiento, no era menos cierto que la vida de algunos tarados vale bastante menos que esa cantidad y, por otra parte -¿qué quieren que les diga?- soy una persona respetuosa con la ley y que no está dispuesta a infringirla aunque sea otro servidor de la ley el que se lo recomiende. Nunca he aspirado a contratar matones para que solucionen problemas que solamente un buen psiquiatra, medicación y tratamiento podrían lograr en otros.

Las páginas que siguen están dedicadas a mis odiadores particulares. Si se sienten identificados, no se trata de pura coincidencia, es que me estoy refiriendo a ellos, no a otros.

Niveles de odio

El odio es un gusano con dentadura postiza que tiene como máximo ideal de vida roer las vísceras del odiador; el odio convierte en sombríos a los sujetos, les reconcome como si acabaran de zamparse un litro de nítrico y sulfúrico recalentados, está presente en su cerebro como un imán que atrapa sus ideas y bloquea su voluntad, convirtiéndose en una obsesión enfermiza de la que son incapaces de liberarse. La única salida a esta olla a presión consiste en exteriorizar el odio y focalizarlo en alguien, esto es, contra alguien. Eventualmente contra mí.

No considero a Manolo Canduela un odiador particular, si bien creo que tiene un lugar en este capítulo por méritos propios. El sempiterno presidente de Democracia Nacional es otro de esos tipos particulares que tiene un alto concepto de sí mismo mucho más allá de sus capacidades reales. Lo conozco lo suficiente como para poder afirmar con total “ausencia de malicia” que le falta flexibilidad, le sobra ego, desconfía demasiado de todo aquel que no le dé siempre la razón y tiene carencias de curriculum, carácter y de formación que lo inhabilitan por completo para jugar algún papel político de importancia. No es ni un ideólogo, ni mucho menos un estratega brillante, ni siquiera mediocre, simplemente no desconoce el sentido de la palabra estrategia, ni tampoco es un táctico que vaya más allá de seguir la “doctrina Ynestrillas”, a saber: que poco importa el motivo por el que se ocupe una primera página, lo importante es estar en primera página, eso “ayuda a dar a dar a conocer la sigla“. Ynestrillas, ciertamente repetía en otro tiempo “yo [esto es, él] soy el único que doy primeras páginas”… le faltaba añadir que era por juicios, por atracos, por trifulcas o por ingresos en el talego. No, lo importante no es estar en “primera página”, sino si lo que te lleva allí aumenta tu prestigio político y personal o lo termina de machacar. Canduela comparte la “doctrina Ynestrillas”. En efecto, ambos tienen su prestigio tan pulverizado como el contenido de un bote de borotalco.

Democracia Nacional fue un gran proyecto: la idea básica enunciada por Laureano Luna era que había que romper definitivamente con la ultraderecha para poder despegar. Todo consistía en “soltar lastre” y el “lastre” era la extrema-derecha y su imagen impresentable. Entre 2001 y 2004, los años en los que permanecí en DN, el partido fue creciendo, pero no lo suficiente, ni a la suficiente velocidad; el partido era una perpetua polémica interna. Laureano paría documentos doctrinales (ahí está su libro sobre el mundialismo del que el editor me decía, hace unas semanas, no sin cierta desesperación, si le podía conseguir un ejemplar, tan sólo uno…) y, aunque lo suyo no era la elaboración de una línea política, era relativamente fácil, partiendo de la línea ideológica, plasmar una forma de hacer política. Así que la experiencia era esperanzadora y la única, hasta ahora, que ha supuesto una innovación real en la derecha radical peninsular.

Entré en contacto con DN en 1999. Sus dirigentes de la época, Pérez Corrales y Pedro Alonso, me invitaron a la Universidad de Verano de ese año en Granada; intenté salir hacia el Albaicín pero la bocanada de aire caliente que me abofeteó la cara convenciéndome de que la forma de evitar la deshidratación era permaneciendo bajo el paraguas protector del aire acondicionado del hotel; así que mi visión de Granada se reduce al Hotel y al Corte Inglés que estaba enfrente, íntimamente unidos ambos por la refrigeración. Año y medio después me integré en el partido. A poco de entrar, la persona que asumía buena parte de la financiación dejó de hacerlo. Pérez Corrales fracasó en su intento de integrar a Martín Beaumont (que, en mi opinión, jamás tuvo intención de integrarse pero que tampoco tuvo la menor intención de ser claro en su negativa) y, por causas que no llegué a entender muy bien, se dio de baja poco después junto con Pedro Alonso. Les sustituyó una Mesa Nacional de la que emergió la figura de Canduela cuyo único mérito había sido una intervención en un programa dirigido por Ana Rosa Quintana.

En el siguiente congreso, Laureano que jugó mal sus cartas y quedó excluido de la dirección. Aprovechando la situación, Canduela aprovechó para expulsar a una docena de militantes de los que intuía que no le apoyaban (de Sevilla, de Málaga, de Asturias…). En ese momento, hacia 2003, DN llegó a su situación de máximo desarrollo. En las elecciones de 2004 el partido se presentó sólo, emergiendo entre la media docena de grupos de extrema-derecha como el más sólido y el único que progresó. Pero su techo seguía siendo bajo, en torno a 15.000 votos, si no recuerdo mal. Las elecciones europeas que siguieron no fueron mucho mejor. A todo esto, el partido parecía como paralizado: en el congreso que tuvo lugar en octubre de 2004, “saltó” la delegación de Alcalá, la más fuerte, con mucho y Canduela apenas logró salir elegido por un número muy exiguo de votos, aportados por la delegación de Alicante, la misma que poco después resultaría expulsada por una nimiedad. El partido, se estaba deshilachando por la vía de las expulsiones, las dimisiones y los abandonos por la puerta trasera.

Yo había resultado elegido para la Mesa Nacional, pero en la primera reunión en Madrid, lo que vi me demostraba ampliamente que el partido en esas circunstancias estaba muy tocado: la inmensa mayoría de miembros del organismo de dirección apenas había cumplido los veinte años y casi todos carecían de experiencia política; la mayoría ni siquiera llevaba un año en el partido. Y, sobre todo, la delegación de Madrid era un caos inenarrable. ¿Qué diablos hacia yo entre adolescentes? Para colmo, en marzo o abril de 2005, una de las muchas falanges convocó una manifestación a la que Canduela personalmente se adhirió, cuando sólo diez días antes había aprobado el envío de un comunicado redactado por mí en unos términos muy diferentes. Supongo que debió ser para congraciarse con Roberto Fiore (líder de un curioso grupo italiano, Forza Nuova, católico tradicionalista que, a pesar de ser italianos y de que en aquel país no ha faltado jamás imaginación en la extrema-derecha, ostentaban el nombre del partido de Blas Piñar traducido a la lengua de Dante y tenían el carpetobetónico Cara al Sol por todo himno, todo lo cual no deja de sorprender) que lo ignoraba todo sobre el significado y en sentido de la “autonomía histórica”. Fiore, jamás se enteró de lo que significaba este concepto y era de los partidarios de la “unidad con los falangistas”. Esto vulneraba flagrantemente la tesis de la “autonomía histórica” que había dado origen a DN. Al sentirme desautorizado, dimití. Al dimitir, Canduela comprobó que la que hasta entonces le había parecido mi “adhesión incondicional” hacia su persona, no lo era tanto. “Amigo de Platón, pero más amigo de la verdad”. Y con más razón si Platón no es Platón, sino Canduela.

En realidad, yo siempre había manifestado (y demostrado por vía de la práctica) que no tenía ninguna ambición de mando, ni afán de protagonismo alguno dentro del partido. Por tanto,  Canduela jamás  me tuvo como un rival que pudiera amenazar su cargo. En esa época se proliferaba declaraciones que me abochornaban presentándome como “la mente más preclara de DN” y otras lindezas. Ni yo tenía la sensación de ser la mente más brillante de DN (en todo caso este sitial le correspondía a quien había dado vida a las tesis que se situaban en el origen del partido), ni este tipo de halagos desmesurados me han producido nunca nada más que incomodidad (conozco demasiado bien mis límites), ni podía permanecer en una organización que vulneraba el tema central que había inducido a afiliarme a él: la “autonomía histórica”. Así que mis tiempos dentro del partido estaban contados: ya era cuestión solamente de si me iba o si me expulsaban. Yo me fui y Canduela me expulsó junto a una cincuentena larga de militantes.

Tras exponer los motivos de mi disidencia hacia Canduela, lo normal hubiera sido pactar las condiciones del desenganche mutuo –la persona adecuada para mediar era Ignacio Mulleras– y procurar que todo aquello fuera lo más apacible posible. No hubo tal. Canduela prohibió todo contacto incluso por email conmigo y el blog infokrisis vio como Alvaro Peñás, el brazo derecho de Canduela y responsable del partido en Madrid empezó a bombardearlo con mensajes onomatopéyicos e insultantes. Me hizo un favor porque mantener un foro de discusión en el blog me llevaba más tiempo que el redactar los artículos. Lo dicho, gracias don Álvaro.

Canduela era uno de esos tipos convencidos de que “quién no está conmigo está contra mí” y que cualquier cosa que no sea una “adhesión incondicional y para siempre” se transforma en una traición. Mide poco sus actos, impulsivo y con carácter áspero tirando a papel de lija del 10 no valora las consecuencias que sus actos de hoy puedan tener en el futuro. A partir de ahí se organizó la tradicional escalada de reproches y ataques mutuos. Por lo que a mí respecta, me responsabilizo solamente de lo dicho en el blog El Caracol, no de lo escrito en otros blogs con los que no tengo absolutamente nada que ver. Y lo digo, en concreto, por “Los Candueleros.com”. Ni lo he inspirado yo, ni he colocado artículo alguno ahí, ni siquiera creo que valga la pena perder el tiempo en ese tipo de iniciativas, por mucho que el otro haya sido el primero en abrir el fuego. Lo sorprendente es que en pocos días pasé de “ser el cerebro más preclaro de DN” a ser “un provocador al servicio del CNI entrado en DN para destruirla desde dentro”. Hombre, ni tanto ni tan calvo, Manolete…

Con todo, no tengo a Canduela como odiador profesional, simplemente defiende lo suyo. Y lo suyo es DN entendido como modus vivendi. Afortunadamente no ocupo más que un lugar completamente secundario en sus preocupaciones; lo central para él es qué hacer con DN porque, a fin de cuentas, no creo que desvelar ningún misterio si digo que su futuro personal depende de la sigla DN. Por eso digo que su actitud es completamente diferente a la de un Farrerons o un Ynestrillas. Tipos curiosos, ambos, cara y cruz de una misma moneda: el de mis odiadores profesionales. Conozcámoslos un poco mejor.

Empecé a comprender el problema de Farrerons el día en que un amigo me comentó que había acabado un libro sobre Heidegger y buscaba editor… al parecer no lo encontraba. Pero yo no tengo la culpa de que el umbral de ventas de un texto sobre Heidegger escrito por él no alcance los mínimos aceptables para realizar una pequeña inversión económica con esperanzas de recuperarse. Me fijé que Farrerons en determinadas alusiones contra mí resaltaban tenuemente el que yo me considerara y me considerasen como “periodista y escritor”… hombre, me gustaría más ser “top gun”, incluso tocoginecólogo o, si cabe, astronauta titulado, pero es que me dedico a escribir para revistas y a escribir para editoriales. Lo lamente si ofendo la sensibilidad de este heideggeriano, pero alguien que se dedique a esos menesteres se le llama “periodista y escritor”, no es sastre ni tragasables, ni tampoco barquillero o picapleitos. Voy por la treintena de libros editados, de algunos de ellos vendidos en varias ediciones por editoriales de primera fila; de cierta colección que escribí en el 2001-2003 para editorial Freelive, las tiradas alcanzaban los 50.000 y lo que no se pudo vender en España se vendió en Iberoamérica; e incluso si nos remontamos a lo que escribo en el blog infokrisis, la difusión de hoy mismo, cuando escribo estas líneas, ha sido de 1.143 artículos diferentes leídos en un solo día y una media de 30.000 artículos diferentes leídos al mes. ¡Qué le voy a hacer si me gano la vida escribiendo aun sin tener ninguna titulación especial para ello! La carrera de periodista es un pasaporte para el paro tras una larga estadía como becario, y no existe escuela alguna de escritores. Simplemente, escribes y te lo publican o escribes y los editores juzgan que lo tuyo es un peñazo infumable y no te lo publican. En este segundo caso, no eres un escritor, sino un fracasado. Y yo ¡qué le voy a hacer si así son las cosas! ¡qué puedo hacer yo si un libro con título desaprensivo como ¿Fumas porros, gilipollas?, o aquel otro de La depresión y la madre que la parió, sin olvidar tampoco aquel de título impresentable ¿Aun votas, merluzo?, o el que non nato por prohibición impuesta por toda la familia en pleno de Satanás y su puta madre, en poco tiempo llegaron a dos ediciones de 4.000 ejemplares o si mi Guía Mágica de Barcelona va por la tercera edición! ¡qué puedo hacer si para la mayoría de lectores una obra sobre Heidegger no suscita pasiones o si el mundo académico que podría aceptarla y considerarla, ni la acepta ni la considera! Ni puedo hacer nada; ni, por  lo demás, me interesa todo ese tema.

El día que llegué a la conclusión de que el problema de Farrerons era albergar resentimiento contra mí por algo tan sencillo de entender como que no consiguiera asumir el hecho de que un tipo como yo, que escribe desordenadamente, sin aspirar a transmitir grandes mensajes filosófico-existenciales, le han publicado algo así como una treintena de libros y unos cuantos cientos de artículos en revistas y diarios de todo tipo, aun sin tener el título de periodista, empecé a entender el drama –que tendría su encaje como capítulo interpolado en La Colmena de Camilo José Cela– de este tipo con su manuscrito de Heidegger bajo el brazo, y decenas de cartas de editoriales con los mismos mensajes: “Lo lamentamos, pero esta obra no entra dentro de nuestra línea editorial”, o aquel otro de “Lo lamentamos, pero este año ya tenemos cubierto nuestro plan de publicaciones”, por no recordar aquel demoledor y lacónico: “Aquí le devolvemos su obra. No interesa su publicación”.

Conocí a Farrerons de la mano de Joan Colomar. Estaban intentando “hacer algo”. Colomar procedía del trotskismo y fue uno de los fundadores de la Liga Comunista Revolucionaria, a través del grupo Proletario, tras militar en el Front Obrer de Catalunya. Durante la campaña contra la OTAN, creo recordar que ambos se conocieron. Colomar le invitó a tomar la palabra en un acto anti-OTAN que tuvo lugar en el antiguo local de CEDADE y en el que había puesto lo esencial de la audiencia, antiguos izquierdistas como él. Como es habitual en todo pelmazo, en cuando se le da un micrófono y una tribuna, Farrerons se despachó a gusto: lo que debía ser un acto sobre la OTAN, esto es contra la OTAN, terminó siendo una exótica crítica a la “doctrina de Auswitchz” que no venía al caso, pero que, en cualquier caso, logró sorprender a todos por su inoportunidad. Colomar, cuando me comentó el episodio, lo recordaba como uno de los más lamentables de su dilatada carrera como agitador político. En sí mismo, el episodio era suficiente como para que Colomar empezara a saber con quien se jugaba su tiempo, pero, sin embargo, poco después me lo presentó. Sin saber exactamente cómo, me vi embarcado en el Círculo Cultural Nueva Europa, inspirado especialmente por el propio Colomar. Farrerons asistió a varias reuniones en las que inevitablemente sacaba, como quien no quiere la cosa, un ejemplar manoseado de El Ser y el Tiempo de Heidegger del que leía páginas selectas a quien quisiera escucharlo. No recuerdo el motivo por el que Farrerons se desenganchó del asunto de Nueva Europa. Lo que sí recuerdo es que el círculo vivía en el debate permanente: sobre el “hombre nuevo”, sobre economía, sobre el futuro de la Europa de Maastrich, sobre el capitalismo, etc.

La desgraciada muerte del cuñado de Colomar, hizo que la compañera de éste cediera al Círculo un millón de pesetas de la época, procedente del cobro de un seguro, para publicar una revista. Salieron unos cuantos números. Me desenganché (la verdad es que no veía desembocaduras políticas al debate sobre el “hombre nuevo” y en esa época ya había entendido que para hacer político era precisa la existencia de un grupo “target” que pudiera acoger y entender el mensaje a difundir) hacia finales de 1991. Un lustro después Colomar, retirado a áspera meseta castellana, la del desnudo brazo en alto y de la pertinaz sequía, buen comedor y mejor bebedor, dio vida al Partido Nacional Republicano, si bien es probable que se hubiera sentido mucho más cómodo en Izquierda Unida  donde quizás habría llegado lejos; en cuanto a sus análisis hubieran tenido más eco en El País o en cualquier diario de provincias que en un partido de escasas posibilidades. Por lo demás, las ideas del PNR, por lo que sé, eran contrarias a las del Nueva Europa: el tema del “hombre nuevo” había desaparecido y la cuestión europea se había transformado en jacobinismo republicano. El “debate” es lo que tiene: se sabe cómo se empieza, pero nunca cómo termina.

Debió ser hacia 2007 cuando un nuevo militante llamó a la puerta del PNR: Farrerons en persona, mira por donde. Error imperdonable por parte de Colomar:  la experiencia universal dice que si Farrerons llama a la puerta de un grupo, lo más probable es que en breve se produzca un pifostio de envergadura en el seno de ese grupo. Algo así debió ocurrir, como antes había ocurrido en la Plataforma per Catalunya en la que nuestro hombre –Farrerons– pasó de ser ponente e ideólogo en el Primer Congreso a impenitente denunciador del “infame Anglada” a quien no dudó en tachar en el semanario El Triangle como un títere de CiU, o algo así, con la vehemencia y el odio eterno a los romanos que le caracteriza. Los odiadores son polivalentes, lo mismo sirven para un roto como para un descosido; todo depende del humor y del día que toque. Para colmo, Farrerons se obstinó en presentarse en 2007 como candidato a la alcaldía de Vic por el PNR en un intento de denunciar a Anglada ante la ciudadanía… en fin, que debió ser en esa época cuando Colomar cortó, por tercera vez, amarras con Farrerons. La placidez de la áspera meseta castellana casa mal con la rauxa de un heideggeriano catalán obsesionado en aquel momento con Anglada. Tras fracasar en el PNR, Farrerons terminó como factótum de unos disidentes leridanos de la PxC. Y en eso debe seguir. O quizás, ya no. Vaya usted a saber.

Por cierto que recuerdo que cuando me encontré a Farrerons en el Primer Congreso de la Plataforma per Catalunya –yo estaba de oyente y él había presentado una ponencia sobre lo suyo, prisiones o algo así– la frase que me dijo fue inolvidable cuando le pregunté “¿Qué haces por aquí?”. Respuesta textual: “Es que a mí, ya sabes, eso del fascismo catalán siempre me ha atraído”… Doble error: porque no tenía conciencia de que algo tan excéntrico como el “fascismo catalán” le atrajera y (fallo, más importante aún) ignoraba que la PxC fuera “fascismo catalán” (cuando precisamente su éxito radica en que se descolgó completamente de cualquier forma de fascismo). La anécdota sirve para explica el drama personal del tal Farrerons: entra en alguna organización pensando –por alguna frase perdida o una intuición ignota surgida en lo más profundo de su corazón o, simplemente, por azar– que coincide con sus planteamientos o que, en su defecto, es capaz de llevarla hacia sus planteamientos. Luego ocurre lo inevitable: que o bien la organización en cuestión va por otros derroteros que no son los que él creía, o bien la gente no está dispuesta a que les suelten rollos que no les interesan. En la última fase ocurre el drama: en lugar de reconocer “me he equivocado” (o aquello otro mucho más duro de “si es que soy un pelmazo”), cree intuir una conspiración, maniobras de infiltrados o la mano oculta de fuerzas secretas. Todas las paranoias son así y tienen en su origen una falta de empatía con el ambiente que lleva a considerar a Anglada como un monigote de CiU y a mí como un perverso agente de la TIA.

Con Ynestrillas todo es algo más casposo, casi diría “elemental”; verán…

A poco de cumplir mi condena por manifestación ilegal, oí que Ynestrillas había montado un partido con Eduardo Arias y José Luis Corral, AUN, sigla que en sí misma ya indica cierta languidez y nostalgia. Debía ser hacia 1987, quizás en el 88. Acertó a venir Ynestrillas al local barcelonés de ADES (los ex fuerzanuevistas) y tuve curiosidad por oír la buena nueva de la gran esperanza blanca de la ultraderecha de la época. Le Pen, incluso, le había tocado con su mano e investido con el marchamo de “valor de futuro”. Oí la conferencia desde la puerta lateral de la sala de conferencias de ADES. Fue un discurso, cómo decir, tópico, de esos que la ultraderecha repite con singular insistencia: España se rompe, todos son traidores, todo está en peligro y se cae, dicho con una retórica infumable, completamente fuera de lugar. Nada nuevo hasta ahí, era como ver compendiados los titulares de El Alcázar en boca del nuevo valor ejerciendo de panfleto parlante. Pero hubo una idea nueva que me sorprendió: la consideración de los Mossos d’Esquadra como “futuro ejército popular de Catalunya”… justo en ese momento quedó claro que Ynestrillas era, literalmente, un ignorante en política que ni siquiera era capaz de entender que los Mossos d’Esquadra era un cuerpo funcionarial aséptico y que CiU eran nacionalistas y regionalistas, mucho más que separatistas. Si a su edad –y el muchacho sin haber llegado a la edad provecta, estaba ya hecho todo un hombrecito– no había entendido esto, es que su problema era de cultura política. Simplemente, tenía un déficit grave. Eso era todo.

Con todo, la gente que llevaba AUN en Barcelona eran antiguos amigos así que en las elecciones de 1990, cuando un camarada me dijo que Ynestrillas iba a dar un mitin en el ExpoHotel próximo a la estación de Sans, no tuve inconveniente en asistir. El mitin empezaba a las 11:00, pero a esa hora solamente faltaba Ynestrillas. Al parecer venía de Valencia y se retrasaba. Tenía desconectado el teléfono móvil y no apareció hasta las 14:00 horas cuando solamente quedábamos en la sala una decena de personas, Fernandito Durán y yo entre ellos, junto a Pepe Ruiz Hernández (q.e.p.d.), exdivisionario, exfuncionario sindical y exjefe de Fuerza Nueva de Barcelona devenido delegado de AUN. Lo peor hasta ese momento había sido la espera de tres horas, a partir de ese momento lo peor fue escuchar la voz gangosa de Ynestrillas –unido a su ya habitual discurso desgarrado y caótico– que denotaban una resaca reciente no superada y muy poco respeto hacia sus camaradas. No fui a la comida que siguió, para mí estaba suficientemente claro que aquel claval era cualquier cosa menos un líder político. Acaso el jefe de una banda. Poco más. Luego vino el tiroteo en la discoteca y su condena, en firme primero y extinguida después.

Realmente, no creía que Ynestrillas después de aquella primera condena por delito común volviera a pasearse por ambientes políticos, pero la ultraderecha desafía siempre la lógica y el sentido común. Ynestrillas volvió con ganas de liderar los restos en putrefacción de la ultra. Era 1998. AUN, por supuesto, se había desintegrado en la nada a poco del tiroteo en el malhadado parking de la disco. Pero no importa: Ynestrillas era capaz de fascinar a cuatro críos en Madrid y con eso podía empezar de nuevo.

Entonces, Internet despuntaba por primera vez como vehículo movilizador de la ultraderederecha. En el foro Disidencias se había propuesto la formación de un Frente Nacional que contaba con el apoyo de un amplio sector dentro de Falange, convencido, sino de las tesis de autonomía histórica, sí de que había que poner las siglas históricas en barbecho. Y empezamos a trabajar por ese Frente. Ynestrillas se creía predestinado a liderarlo. Era el único que lo creía. Ya, por entonces, tener cerca a Ynestrillas suponía, en sí mismo, un puro desprestigio (además de trifulcas tumultuarias varias, estaba el tiroteo en el parking generado simplemente porque no aceptaron fiarle la perica), así que si alguien no tenía lugar en la dirección del non nato frente, era precisamente él. Cuando al mesías le dices que no es a él a quien se espera se lo suele tomar a mal (Cristo, rey de los judíos, sin ir más lejos, maldijo a Betsaida y Corazain que le habían recibido mal y eso que era el manso cordero pascual) y, especialmente, si le recuerdas implícitamente que ni siquiera es el mesías sino apenas un metepatas de tomo y lomo.

En esa época Ynestrillas ya había iniciado la pendiente que le llevó a su segunda condena en firme por delitos comunes. El episodio que sucedió entonces tiene, incluso, cierta gracia por lo esperpéntico que fue. Estábamos trabajando en la idea del Frente Nacional con los de la tendencia Vértice de Falange, Democracia Nacional y algunos independientes y quedaba el espinoso tema de AUN, el grupo de Ynestrillas. Me habían comentado que, Martín, su hermano era un tipo accesible, inteligente y mucho más centrado que su hermano, así que me puse en contacto con él e intercambiamos algunos mensajes con la intención de vernos en Madrid en el curso de un encuentro que debía tener lugar en el local de DN en Avda. General Perón. Creo recordar que el email llegó tarde y Martín no asistió a la reunión. Sin embargo, a primera hora allí ya se encontraba su hermano junto a Pedro Pablo Peña y otro miembro de AUN (o de lo que quedaba de AUN). Empezó la reunión y en un momento dado, este tercero alegó que se iba a buscar unos papeles que había dejado en el coche. Al cabo de un rato llamaron a la puerta, abrió Álvaro Peñas y en lugar de aparecer solo el que se había ido aparecieron él más unos ocho encapuchados con pasamontañas que irrumpieron en la sala de reuniones. Eran “los hombres de Ynestrillas” intentando aparentar su mejor aspecto amenazador. Éste, me achacó haberlo querido marginar: le dije que, en efecto, no era la persona más adecuada para encabezar una lista electoral, acababa de extinguir una condena por delito común y las personas con problemas de imagen teníamos –y dije “teníamos” porque los comentarios que sobre mí habían aparecido en la prensa a principios de los 80 no hacían recomendable el que yo estuviera en posiciones de dirección, a pesar de que mi nombre solamente fue vinculado a episodios políticos y mi única condena fue por una manifestación ilícita, y jamás fui procesado por terrorismo, no podía evitar que la prensa me hubiera vinculado con episodios truculentos– que situarnos en segunda fila. La respuesta fue inmediata: hostia en la mandíbula. La mandíbula resistió pero no las gafas que se partieron en dos. En la refriega, Pérez Corrales recibió otra hostia de Ynestrillas. Me llevaron a otra habitación, el despacho de dirección de DN, acompañado por Ynestrillas y dos de los payasos con pasamontañas: fue entonces cuando tuve a Ynestrillas a un palmo de distancia. Sus pupilas eran pozos sin fondo dilatadas hasta calirse de las órbitas como en los cómics de Mortadelo y Filemón.

Intentó interrogarme sobre la financiación de DN y quién estaba detrás de DN… pura paranoia, oiga. A todo esto los dos payasos disfrazados de etarras me mantenían agarrado e Ynestrillas, a lo suyo, repartiendo estopa. No eran golpes que dolieran –de hecho, tras la primera hostia, las siguientes que caen en el mismo punto ya no duelen, lo supe cuando me detuvieron en Barcelona en 1983: el primer bofetón dolía, el segundo ya no; el primer golpe con porra flexible en los pies dolía, el segundo más, el tercero simplemente te cagabas en la madre que los pario y eso aliviaba– y la impresión que me dio es que  se trataba de golpes propios de anabolizado, esto es, volumen sin potencia.

Al cabo de un rato, me llevaron de nuevo a la sala donde los payasos encapuchados seguían custodiando al resto que había oído perfectamente los golpes que había recibido en la otra habitación. Ynestrillas dio su última proclama: “Estáis avisados… etc.”, propia de un alucinado. El pobre Pedro Pablo Peña, inseparable de Ynestrillas en la época, intentó que prosiguiera la reunión. Lo tenía sentado delante y tuve que decirle: “No ves que ya está todo dicho…”. De hecho, aún hoy no atribuyo responsabilidad a Ynestrillas sobre este caso concreto: los hechos demostraron que apenas cinco días después de suceder, la policía detenía a Ynestrillas como autor de dos atracos con objeto de procurarse dinero para obtener droga. Así lo decía en la sentencia. Por tanto, no era dueño de sus actos… pero Pedro Pablo Peña, nunca ha necesitado dinero para obtener droga, ni nunca ha sido un toxicómano; así que Pedro Pablo, era dueño de sus actos; y lo mismo vale para la chica que suele acompañarlo y testificar a su favor también. Era a ellos a los que les correspondía alertar a la familia de Ynestrillas de que su vástago se estaba deslizando por la pendiente que inevitablemente le llevaría a cumplir unos años de cárcel y a destrozar un poquito más su vida. Ni Pedro Pablo, ni ningún otro camarada de Ynestrillas hicieron nada por evitar que se acercara al borde del abismo y saltara al vacío con la grácil torpeza de una morsa calzada con tacón de aguja. No lo hicieron: eludieron su responsabilidad. Son pues culpables.

Decía que el episodio tenía gracia ¿en donde radica la fina ironía del asunto? En tres actos: el primero, que los afectados en el episodio (macarrónico donde los haya, sin duda el más esperpéntico que haya conocido jamás) decidimos no denunciar el asunto que hubiera dado una publicidad sobre las siglas DN que no deseábamos. Por lo demás, estábamos convencidos de que la loca carrera de Ynestrillas terminaría en breve estampado contra la justicia, como de hecho así ocurrió menos de una semana después. El segundo aspecto que incita a la sonrisa de conmiseración fue la alocución de Ynestrillas al día siguiente en la celebración del 20-N… Unos cuantos cientos de admiradores del antiguo régimen le aplaudieron a rabiar cuando les largó un discurso con su imagen de marca: inconexo una vez más y desde luego  más que exaltado, apocalíptico . Vamos, lo normal. Un pasado de vueltas y unos cuantos cientos de ultras era lo único que quedaba del regimen de los cuarenta años, casi 25 años después de la muerte del anterior jefe del Estado. Cuatro décadas habian dejado solamente esa herencia. Sería triste sino fuera grotesco. Tercer elemento gracioso: en llegando a casa abrí el ordenador y allí estaba una afable y calurosa respuesta de Martín Ynestrillas a mi e-mail del jueves anterior. No se había enterado de nada. Le respondí, resumiéndole lo que había ocurrido y añadiéndole al relato: “Tu hermano tiene un problema y sería bueno que os preocuparais de ese problema”. La respuesta fue la esperada: “Es mi hermano y no voy a hacer nada contra él”. Tres días después, el hermano caía preso tras un par de tristes e intrascendentes atracos. No volví a saber nada de Martín, ni sé que continuara ninguna actuación política, hasta que al cabo de seis o siete años junto a su hermano irrumpieron en el juicio contra el etarra que había asesinado a su padre. Allí Ynestrillas, dirigiéndose al etarra que había asesinado a su padre dijo aquello de “Mírame a los ojos, será lo último que veas”. Yo le había mirado unos años antes y lo que vi fue una pupila dilatada.

Por cierto, la historia, en todos sus detalles puede ser corroborada por Álvaro Peñas, Pedro Alonso, Pérez Corrales, Galocha (que era el representante de Vértice) y otro nombre vinculado a Vértice que se me escapa, además, por supuesto, de Pedro Pablo Peña, así como los encapuchados (que, a fin de cuentas eran los más inteligentes, a tenor de que evitaron la vergüenza de que se vieran sus rostros). En cuanto a la eterna testigo de Ynestrillas, estaba también por la zona, siempre dispuesta a presentar el testimonio que hiciera falta.

Todo este episodio, en sí mismo, no es sorprendente: era un espasmo agónico más de una extrema-derecha terminal que en aquel momento tenía como máximo exponente a un pobre chaval atrapado en su adicción y que la pagó cara. Lo más sorprendente es que, al salir de la cárcel Ynestrillas, en esta segunda ocasión, también prosiguió su tour por la extrema-derecha como si nada hubiera ocurrido. Es cierto que en los años que pasó en la cárcel, de los activistas de extrema-derecha que le habían acompañado en su loca aventura, ya no quedaba ni uno; se había renovado la sangre y siempre hay media docena de adolescentes y otra media de maduritos descerebrados para seguirle en nuevas aventuras. Ahí lo tenemos hoy en una de las seis falanges, en la misma vía muerta que el resto de grupos ultras. Sus partidarios cuentan que ha sido víctima de “provocaciones del sistema” (como si el “sistema” tuviera a gala preocuparse por un tipo alocado y desmadrado) y se quedan tan anchos. Bueno, siempre tendrán tiempo de crecer y madurar. Seguro de que antes que terminen ese proceso personal, Ynestrillas ya ha dado que hablar nuevamente en primera página de los diarios.

Está claro que a Ynestrillas le interesaría que este episodio no se recordara. Es demasiado bochornoso para él, infamante incluso, pero, sobre todo, casposo. Contra menos se hable del episodio, mejor… mejor, para Ynestrillas, claro está. Y yo no hubiera aludido a él, si no fuera porque un camarada me comentó que Ynestrillas había publicado en su blog un artículo sobre mí. El artículo no era más que un “corta y pega” de los artículos colocados por Farrerons en Indimedia. Dios los cría y ellos se juntan. El heideggeriano de la “izquierda nacional-revolucionario” y el “ultraderechista impenitente” y “panegirista del antiguo régimen” odiaban a la misma persona: servidor.

Los ciclos del odio

Habitualmente no hay odios que cien años duren. Un odio así sería un “Gran Odio”, un odio casi nietzscheano y por tanto, incluso respetable y dotado hasta de magnificencia y grandeza. El odio que he visto, percibido y sentido siempre en la extrema-derecha denota más “manguificencia” que “magnificencia”. Ese “pequeño odio” nace de un estado de frustración y de una obsesión paranoica y enfermiza sobre alguien –aleatoriamente yo– al que se señala como origen de los propios males que, a fin de cuentas están dentro de los odiadores.

Mis odiadores son ciclotímicos, están sometidos a ritmos. Es curioso –será porque el primavera florecen los capullos– que demuestren más vigor cuando llega esa época del año. Todos ellos tienen un “factor desencadenante”: en uno de ellos es la medicación; Pepe Rodríguez, hace unos años, hizo un dossier sobre él: sus crisis coincidían con su abandono de la medicación, algo normal entre los esquizoides. Con Ynestrillas, por ejemplo, el problema es otro, acaso mucho más simple, simplemente que determinados consumos desmadejan la personalidad. Así pues, es muy fácil saber el día y la hora en que ha consumido algo que ni  a usted ni a mi seguramente se nos ocurriría consumir.

Los ciclotímicos son tan previsibles como un reloj suizo. A finales del milenio se paseaba por Internet un tipo, falangista por más señas, del que todos sabíamos que había entrado en crisis etílica por el contenido de sus mensajes cuando éstos, bruscamente, se volvían desmadrados, surrealistas, inexplicables, ininteligibles: “Ya está bolinga…” intuíamos todos. La crisis le duraba entre cinco y siete días, luego se detenía e iniciaba un período de reflujo silencioso tras el cual podía adivinarse una profunda depresión, pero algo más tarde recuperaba una precaria normalidad y así hasta la siguiente recaída. Lo dicho, ciclotímicos de tomo y lomo.

Con Farrerons, el elemento desencadenante es sin duda las crisis generadas por su oficio de carcelero, a pesar de ser un oficio digno. Tengo muchos amigos funcionarios de prisiones que ejercen este oficio con dignidad y entrega, pero ninguno de ellos, se cree el gran intérprete de Heidegger a esta parte de la Galaxia. Es fácil entender que, para quien aspira a seguir los pasos del maestro y creerse intérprete de las más sublimes cotas del existencialismo alemán, cerrar celdas y contar presos es una tarea ingrata. He visto funcionarios de prisiones con menos ínfulas caer en las depresiones por distintos motivos, y todos ellos justificados (el percibir la propia miseria de las prisiones, el estar demasiado cerca de la maldad humana, el situarse en la línea de fuego de hepatitis y sidas con riesgo de contagio, el permanente riesgo de sufrir agresiones e insultos por parte de galeotes que tienen poco que perder o simplemente, caminando entre el desprecio habitual prodigado por los presos), con más razón, alguien que ha puesto su vida al servicio de Heidegger, debe ser necesariamente proclive a las estados depresivos más sombríos y endiablados.

Tampoco me hubiera acordado de Farrerons de no ser a que tiene tendencia a sublimar sus crisis personales poniéndome verde en foros y webs. Va siendo hora de que entienda que donde las dan las toman. La diferencia estriba en que yo no estoy dispuesto a realizar una investigación policial sobre él, ni creo que merezca mucho más la pena que estas notas redactadas no sin cierta ironía.

El otro elemento desencadenante es el momento en que reactualizan lo que opino de ellos: que precisan ayuda especializada. Ninguno de los miles de Napoleones que han aparecido detrás del genuino Bonaparte, toleran bien a quien les niega directamente el trato de Alteza Imperial. En cualquier caso, a partir del primer Napoleón, convendrán en que todos los que han venido detrás, solamente pueden calificarse con un calificativo geográfico: chalados.

Hay un elemento curioso en mis odiadores particulares. Se retroalimentan. Hacia 1998, alguien difundió que yo era “agente del CNI”. Nunca he tenido ocasión de desmentirlo. Hacerlo sería dar algún valor a todas esas informaciones de las que he podido reconstruido su origen e incluso el momento exacto en el que nació y el tonto baba que inició su difusión. Pues no, nunca he sido agente del CNI ni de nada parecido. He reconocido, eso sí, que en los años 60 conocí a gente del SEDEC, añadiendo a continuación: “como todos los estudiantes anticomunistas, desde la democracia cristiana a la extrema-derecha”. Nunca he actuado como agente del CNI, como tampoco lo hice del SEDEC. Cuando tuvo lugar el proceso en el que se me condenó, junto a una docena de camaradas por una manifestación ilegal convocada en junio de 1980, uno de los abogados defensores me preguntó –concretamente Tuero Madueño, hasta hacia poco lugarteniente de la Guardia de Franco de Barcelona, luego aspirante a presidir Falange Española compitiendo con Diego Márquez y hoy diputado de la Gran Logia Federal de España– si yo tenía algo que ver con los servicio de inteligencia. Tuve ocasión de decirle textualmente: “Nunca he trabajado para servicios una de cuyas misiones es la destrucción del ambiente político del que procedo”. Ah, y añado, no me negaría jamás a colaborar con nadie, con ningún servicio de seguridad, en la lucha contra el terrorismo de ETA, del GRAPO o de cualquier otro grupo de cretinos asesinos.

En los años en los que he sido activista político, nadie, absolutamente nadie puede acusarme de haber trabajado para ningún servicio, ni de haber traicionado mi causa: y desafío a quien diga lo contrario a que lo demuestre. Ningún camarada ha terminado en prisión por mi culpa, ni por delación alguna que tuviera su origen en mí. Ningún camarada ha sido condenado jamás por un testimonio que yo diera en su contra.

También puedo añadir que yo, en cambio, si he tenido que cumplir 16 meses de cárcel (3 meses de prisión preventiva y 13 más de cumplimiento de condena) por declaraciones realizadas por otros camaradas ante la policía (obviemos sus nombres porque no les guardo hostilidad ni resentimiento; cabría simplemente recordar la canción del Duo Dunámico: “Jóvenes, éramos tan jóvenes”). Puedo añadir que, si no recuerdo mal, la única denuncia por malos tratos y torturas que ha presentado algún militante de extrema-derecha a la Comisión de Derechos Humanos del Parlament de Catalunya fue la que presenté contra el grupo de la Brigada de Información que me interrogó durante una semana en Barcelona. Añado, además, que en los años 80 no fueron camaradas, pero sí servicios de seguridad del Estado los que urdieron tramas en las que se me responsabilizaba de atentados odiosos en función de determinadas coyunturas políticas de la transición de las que habrá tiempo de tratar… Raro este “agente del CNI”, que es el primero es ser objeto de represión, y en sufrir en sus carnes algunas maniobras de desprestigio por parte de servicios de seguridad del Estado y por parte de algunos medios que, más que canallescos, casi calificaría de hijoputescos.

Este sujeto que habitualmente coloca datos cada vez más enloquecidos sobre mí en Indimedia insiste en que se me responsabilizó del atentado antisemita de la calle Copernic en París o de incendios de librerías en Barcelona. Difícilmente: nunca fui acusado de nada de todo eso, lo cual, aún sabiéndolo, no es óbice para que lo repita una y otra vez… para acto seguido contar que yo soy “agente del CNI”. Elude, por ejemplo, explicar que el atentado de rue Copernic estuvo claro para la policía francesa desde su comisión y que veinticinco años después en 2008, se logró detener al autor material del atentado: un palestino… Si a la prensa francesa le llegaron datos sobre mi participación en el execrable crimen fue, precisamente, por que el servicio de seguridad del Estado al que se me vincula ¡fue quien dio los datos a través de un sindicalista policial! El cómo pude reconstruir todo esto es cosa mía y sólo a mí compete. Tengo facilidad para obtener los datos que me interesan verdaderamente.

En cuanto a los incendios en librerías en 1973 y 1974, mi “vinculación” estriba en que, por teléfono tuve una conversación con Ignacio Castells en la que valorábamos quién podía ser el autor. Estábamos convencidos de que era un conocido militante de la Guardia de Franco barcelonesa, que conoció cierta fortuna mediática. La policía tenía intervenido nuestros teléfonos, así que me detuvo para que repitiera esa conversación con luz y taquígrafo, lo cual habría implicado la detención de ese militante de la ultra barcelonesa. Por supuesto, no lo hice. El papel de delator no es el mío. Y aún hoy tampoco voy a hacerlo dado el aprecio que siento, más que por este representante de la ultra, por alguno de sus hijos. Las cosas del honor tienen esto, que la propia satisfacción no puede obtenerse señalando con el dedo a los otros.

Y, a todo esto, ¿qué importancia tiene hoy todo esto? Poca, en realidad. Muy poca. Casi diría que todo esto no tiene más importancia que el sonido de la lluvia de primavera que ahora mismo está repiqueteando en el cristal de mi estudio en las faldas del Montseny. Algo banal que interesa a mis odiadores mucho más que a mí.

El factor odio en la extrema-derecha

La extrema-derecha está más que muerta. Me hace gracia cuando algunos antiguos camaradas, en nombre de la “unidad”, se nieguen a hacer tabla rasa con la docena larga de siglas ultras dándoles cancha y vidilla en webs “unitarias”. El resultado es que este ambiente nunca termina por desaparecer. Tampoco es un gran problema. Si ellos no quieren desaparecer, con alejarse de él se obtiene el mismo resultado. Desde hace veinticinco año vengo diciendo que la extrema-derecha está muerta y enterrada, lo único de lo que se me puede acusar es de no haber roto completamente puentes con ella, seguramente por pura inercia y porque siempre queda allí un “último amigo”. ¿Se quiere alguien quedar con ese ambiente en nombre de una “izquierda nacional-revolucionaria” o así? ¿se quieren quedar con ese ambiente en nombre del “patriotismo exaltado y antiseparatista”? Que se lo queden. Un ambiente que permite que gente visiblemente inestable se pasee entre sus filas como Pedro por su casa, es un ambiente que ya no tiene pulso. Me molesta la compañía de los cadáveres. Ya lo dijo el poeta: “Allá los muertos que entierren como Dios manda a sus muertos”.

Desde hace años no albergo la menor duda de que el odio es la última trinchera de los últimos mohicanos de la extrema-derecha. Es imposible que ninguna de la decena larga de siglas ultras destaque sobre las demás porque todas ellas, sin excepción, gastan más tiempo en atacarse unas a otras que en realizar trabajo político, hasta el punto de que, en el remoto supuesto en que una de ellas lograra despuntar sobre cualquier otra, las restantes concentrarían sus ataques en taponar a la estrella emergente y no cesar hasta que lograran arrastrarla en el mismo fango en que ellos reptan. Cuando un entorno político gasta más esfuerzos en bloquear a sus competidores que en destacar sobre ellos, mal asunto: ahí lo que existe es una putrefacción del espíritu. Es lo que le pasó a Farrerons ante la estrella emergente de Anglada: que, desde entonces sólo piensa en hundirla como tarea que dará sentido a su vida.

En un ambiente emergente e investido de confianza en su misión histórica, el odio queda lejos. Se odia al enemigo lo necesario, recordando que más que enemigo es adversario y, odiado y/o despreciado, nunca puede constituir una obsesión. Además, el enemigo es el enemigo. Con o sin odio, combatirlo es la única alternativa. En cambio, el odio endógeno que practican los restos de la extrema-derecha, además de ser la garantía de que jamás logrará ninguna de sus partes levantar cabeza, es signo de una enfermedad terminal, de un agotamiento de la propia vitalidad. Siempre es más fácil combatir a aquel que es tan débil como tú que a aquel otro que es todo fuerza y vigor. Por eso la extrema-derecha se autofagocita sin interrupción.

Me di cuenta por primera vez de esto entre mediados de los años 70 y principios de los 80. Había un tipo en el entorno de Fuerza Nueva particularmente curioso, no recuerdo su nombre, pero si su rostro y, por supuesto, algunos de sus opiniones. En los mentideros madrileños  de la ultra se le conocía como “Saldovalito Gazmoño” en la medida en que era un tipo bastante cargante y con un punto repipi. Hacía relativamente poco que Blas Piñar me había expulsado por el único motivo de haberme casado por lo civil, esto es, de haber reconocido que no era católico y de negarme a realizar la pantomima de casarme ante un altar en el que había dejado de creer. Sin embargo, a principios de los 80, estábamos trabajando en el período post-fuerzanuevista, en lo que debían ser las Juntas Españolas. Hube de entrevistarme con “Saldovalito” para tratar de que cesara sus ataques contra las todavía non natas Juntas. Le planteé la situación de manera bastante gráfica: “Mira, estamos todos dentro de una ciudadela sitiada y es absurdo que sigamos tirándonos piedras entre nosotros”, que era como decirle de manera educado: “Mira, macho, no jodas más”, algo que posiblemente el fulano no terminaría de entender. En realidad, tampoco entendió mi planteamiento algo más edulcorado. Fue la única vez que le vi sonreír: “Pues no –me dijo- para mí es más importante eliminar a los enemigos de España dentro de la ciudadela”. No había nada que hacer. Otro que estaba como las maracas de Machín. El tipo era un fanático religioso y se comportaba con la lógica estalinista de “somos demasiado pocos, así que  mejor hacer una purga no sea que crezcamos algo”. O como los judíos dentro de la Jerusalén sitiada por las legiones de Tito que seguían peleándose entre ellos. Aquel tipo –Sandovalito– llevaba la parálisis política escrita en la cara. Pero, al menos, este chaval tenía sinceridad. No llegaba a la mentira ni a la calumnia, sino que siempre atacaba tomando como base unas sinceras creencias religiosas. Está claro que esas creencias le nublaban la perspectiva y le conducían a una inenarrable vía muerta, pero, al menos, tenía el don de la sinceridad y de la honestidad. No era, digámoslo así, un odiador profesional.

Luego he visto gente que realiza razonamientos similares pero no ya desde una óptica tan sincera, sino esgrimiendo las más estrafalarias excusas. Hay por ahí un blog en donde aparece un individuo tocado con un pañuelo palestino (y será de Carabanchel o casi, el jodido) que tiene el hábito de apostrofar como “pro-sionista” a todo el que no comparte su particular moda estética reflejo de sus islamofilias. Yo no la comparto, luego yo soy pro-sionista y así me proclama como gesto máximo de desdén hacia mi persona. En la medida en que soy “pro-sionista” de mí se puede decir cualquier cosa y apostrofarme con cualquier disparate. Si fuera visitador médico le recomendaría un reforzante cerebral. Ni soy visitador médico ni siquiera cocinero, así que n otengo receta para aliviar lo suyo; allá se las componga con su neurosis.

No he logrado fijar en el tiempo el momento en que el heideggeriano exaltado que corre por ahí me convirtió en objeto de su odio. Debió ser a inicios del milenio o, como máximo en el 2003. En realidad, ¿a quién le importa? Me preocupan más los motivos. Él asegura –y no es el único, los temas de ataque terminan siendo compartidos por todos los odiadores aun cuando cada uno acentúe aquella parte a la que es más sensible– que soy “agente del CNI”. No lo soy,  ni lo he sido nunca, ya lo he comentado. Pero eso poco importa. Este individuo está convencido en que tengo algún interés, peso o ascendiente sobre los ambientes “nacional-revolucionarios” de los que él se postula como ideólogo: si yo soy denunciado como agente del CNI, seré irradiado de esos ambientes y, por tanto, estos terminarán reconociéndole “su rango”. Es inútil, por supuesto, intentar explicarle –un tipo así sólo entiende a sus obsesiones interiores– que ni me considero nacional-revolucionario, ni a fin de cuentas, sé ni dónde está ese sector, ni siquiera si existe y, desde luego, que no tengo nada que ver con él más de la relación que puedo tener con la Iglesia Evangélica de Peret y su rumba catalana. En realidad el tal Farrerons debería pensar más bien: “Me muevo entre los nacional-revolucionarios como un pulpo en una cacharrería, frecuento foros y ambientes por los que el Ernesto ni está interesado, ni se mueve en absoluto, ni probablemente sabe que existen ¿a ver si me equivoco y resulta que el Ernesto, tal como dice, no tiene nada que ver con ningún medio nacional-revolucionario?”. Pero esto implicaría renunciar a su obsesión y dar una explicación a sus fracasos personales: no soy yo el que boicotea su presencia en el medio “nacional-revolucionario”, sea cual sea a lo que se refiere, es él mismo, con sus modales de pulpo en cacharrería, con sus faltas de tacto hacia unos o hacia otros, quién hace todo lo posible para ser expulsado de foros y debates, algo que inevitablemente logra en pocos días. En otras palabras: el problema es él, no yo, si bien es cierto que es más cómodo atribuir a otros los propios errores.

Este tipo, o el propio Ynestrillas, o el individuo este del pañuelo palestino, verdaderos fracasos en la evolución de las especies, confirman, eso sí, al bueno de Nietzsche cuando explicaba en su Zarathustra aquello de que “hemos recorrido el camino entra el gusano y el hombre y aún queda en nosotros mucho de gusano”. Necesitan “culpables” para explicar sus miserias personales; no señalar a un “culpable” equivaldría a que ellos mismos albergaran la sensación de que son culpables de sus propios fracasos personales. Aunque yo desapareciera, Ynestrillas nunca podría negar que su abrakadabrante vida y sus hazañas se encierran en dos: un tiroteo en el garaje de una disco y un par de atracos a bares para lo que declara la sentencia que no es, desde luego, nada político ni honorable. Y si lo niega tampoco hay problema: hay están dos sentencias en firma y dos penas cumplidas para confirmarlo. Nada político, mangutadas puras y simples. En cuanto al heideggeriano, ¿díganme qué necesidad tiene de “enemigo” un tipo que, ya mayorcito él, bautiza a su organización como ENSPO, esto es, “Entre Potencialista”? (o “Ens Potencialista” en catalán) y pretende hacer política explicando El Ser y el Tiempo como otros explican los 27 puntos de la Falange… ¿Cómo no iba a fracasar una organización así? No fui tampoco yo quien lo desalojó de la Plataforma per Catalunya, ni del Partido Nacional Republicano, ni siquiera de no sé que foro nacional-revolucionario… fue él, por méritos propios quien se colocó en la puerta de salida, con el culo en pompa, esperando que alguien pasara por allí para darle la correspondiente patada.

Lo interesante es constatar que este tipo de gente no son militantes de base: Ynestrillas es, no sé que cargo, en una de las seis falanges; a Farrerons le gusta ser presentado como “intelectual nacional-revolucionario” y en calidad de tal peroró en unas jornadas alternativas no ha mucho. Así pues, se trata de “dirigentes”. Díganme si con dirigentes así, ese ambiente político, multiforme y poliédrico, puede llegar a algún sitio…

El odio en la izquierda

Lo sorprendente de todo el asunto y la gran contradicción de mi vida, es que aun siendo antimarxista he tenido muy buenos amigos en el marxismo. Siendo antilibertario, he tenido excelente relación en la anarquía. Sin ocultar mis afecciones políticas he amado a mujeres de izquierdas que incluso me han ayudado cuando he sido detenido o cuando he debido huir por motivos políticos. Cuando la policía me detuvo para cumplir la única condena que he tenido en España (por desórdenes públicos en el curso de una manifestación), fue Vázquez Montalbán (q.e.p.d.) el primero que llamó a mi esposa para expresar su lamento y ofrecerse por si ella necesitaba algo. Dentro de la cárcel, fue el entonces diputado de Euzkadiko Ezkerra, José María Bandrés  quien tramitó generosamente mi petición de indulto. Vázquez montalbán nos había unido en su libro de entrevistas Encuentros con gente inquietante, publicado en Espejo de España por Planeta. Fue con el secretario general de la CNT, con quien montamos una granja en Osona, y allí pude conocer a gentes de la CNT y de la FAI, con alguno de los cuales colaboré en la publicación Saber MAS. Fue una inolvidable mujer próxima a la Joven Guardia Roja y un amigo próximo al anarquismo, quienes fueron a retirar lo que pudiera haber en mi casa de “comprometido” después de que la policía barcelonesa me detuviera en 1974 por una bomba en el cine Balmes, con la que no tuve nada que ver, y por lo que nunca fui procesado. Yo, en esa época, era “sospechoso habitual”, detenido por orden de Martín Villa cuando la presión mediática obligaba a detener a alguien y liberado inevitablemente tres días después por el juzgado cuando certificaban que no tenía nada que ver con el hecho investigado. Fue junto a una antigua trotskista italiana, conocida de Henry Weber y Livio Maitan, con quien fui detenido en París. He tenido amigos situados en la dirección del PSUC. Tengo amigos –y buenos amigos– en las distintas obediencias masónicas, algunos ellos socialistas, que conocen perfectamente mi posición sobre la masonería… lo cual no ha sido óbice para que presentara libros en círculos masónicos o me invitaran a “tenidas blancas”. Y así sucesivamente. Mis relaciones con gente de izquierda han sido, como mínimo, menos malas que con una parte sustancial de la extrema-derecha, aun cuando la lógica pareciera indicar que yo, presunto ultra de derechas, debía de ser considerado en la extrema-izquierda como Lucifer redivivo. Está claro, por lo demás, que todos esos amigos y conocidos de izquierdas, nunca han experimentado la sensación cuando estaban conmigo de estar con un “agente del CNI”, ni que yo vendiera a alguien informaciones que les hubieran perjudicado de alguna manera.

Claro está que en la extrema-izquierda el modelo humano es muy parecido al que circula en la extrema-derecha: a climas extremos corresponden tipos humanos no menos extremos. Lo mejor se alterna con lo peor y en proporciones similares. No es raro, por tanto, que recuerde con cariño y considere como excelentes amigos a gentes de uno y otro lado. Faltaría más que por un quítame allá esos pajotes ideológicos, me olvidara de que en el ambiente político que tengo enfrente hay gente excepcional… y gilipollas casi en el mismo número y proporción  que en aquel en el que habitualmente se me encasilla.

Creo que será bueno recordarlo en este momento: he estado buena parte de mi vida en la extrema-derecha, pero especialmente a partir de 1983 he dejado de considerarme de extrema-derecha e incluso en un período situado entre 1973 y 1976 tenía serias dudas sobre dónde ubicarme políticamente. Mi error personal ha consistido en no romper todas las amarras y puentes con este ambiente. Cuando estaba ya separado de la militancia política, en 1999, acepté establecer contactos con la Democracia Nacional de la época simplemente porque en el programa elaborado por Laureano Luna se hablaba de la “autonomía histórica” y eso encontró un eco en mí. Laureano, en tanto que filósofo, fue capaz de formular una teoría que respondía a lo que para mí era solamente una intuición: no soy ideólogo, ni teórico, ni nada que se le parezca, no tengo preparación suficiente para formular teorías, sino sólo para experimentar sensaciones susceptibles de reconocerse en teorías elaboradas por otros. La de la “autonomía histórica” fue una construcción personal de Laureano que compartí sin reservas ni fisuras.

Lamentablemente, cuando DN abandonó esta doctrina y el pobre Canduela creyó tener cierto protagonismo político abrazando a Blas Piñar con treinta años de retraso o bien poniéndose a la cola de manifestaciones falangistas, ya no tenía ningún sentido el que permaneciera bajo esas siglas. La extrema-derecha está maldita y tiene un estigma que la marca por siempre jamás: ha muerto, sólo que no ha enterado de su fallecimiento; es un no-muerto, como un vampiro que, en lugar de mamonear sangre fresca, destila odio hacia los que están más cerca (otros extremistas de derecha como ellos) e incomprensión hacia la política.

En la izquierda, ayer y hoy se ha intentado mantener cierta perspectiva: digamos, que la mayor parte de la izquierda ha estado algo más –no mucho más, pero sí algo más, especialmente en cierta izquierda no zapateriana– inmersa en la sociedad, a diferencia de la extrema-derecha que no sólo ha sido segregada de la política, sino también incluso de la sociedad, configurándose como pura marginalidad en un mundo pequeñito y redondito en cuyo interior, diversas facciones siguen una especie de movimiento browniano de partículas cuyo único destino es el choque de unas con otras y ninguna de las cuales tiene posibilidades de salir del recipiente que las contiene y las aisla del resto de la sociedad.

Perfil de mi odiador particular

Costaría poco liquidar el tema despachando el tema y diciendo simplemente que mis odiadores particulares son casos patológicos, sin más. Es cierto que, al haber permanecido demasiado tiempo en el entorno de la extrema-derecha, he conocido a más chalados de los que nos corresponde a todos por cuota estadística. En efecto, hay entre un 2 y un 5% de psicópatas, un 3% de esquizofrénicos, neuróticos casi todos, en mayor o menor grado, incluido el que suscribe… así que si al cabo del día nos cruzamos a 500 personas, es casi seguro que entre ellas figurarán entre 10 y 25 psicopatones de tomo y lomo. Lo llevan escrito en la cara, en su código genético y en su comportamiento habitual: carecen completamente de empatía, hacen daño sin percibirlo, creen que son seres especiales que se lo merecen todo y al servicio de los cuales todos deberían estar; habitualmente, no son muy inteligentes, tienen un fugaz atractivo personal y, por supuesto, desconocen lo que son “valores”, de los que apenas tienen una aproximación literaria y libresca como máximo, pura retórica. En general, mis odiadores no son siquiera psicopatones de perfil bajo, es decir, no son particularmente peligrosos. Más que peligrosos, se quedan al nivel de pelmazos.

No es gente ni muy mayor, ni excesivamente joven. Suelen tener edades intermedias, en torno a los 45-55 años. A esa edad ya se tiene perfecta constancia de si se ha fracasado en la vida y empieza a aparecer la sensación de que lo que queda por vivir es menor a lo ya vivido e incluso menos interesante. Si en esa época se tiene la sensación de que no se han cubierto los objetivos de la vida, lo que aparece es una sensación de frustración e incluso un complejo de culpabilidad que solamente se logra sublimar convenciéndose de que hay alguien más culpable, frente al cual las culpas propias son pura fruslería. Alguno me ha elegido a mí como presunto culpable. Bueno… si eso les hace feliz, para los que nos hemos educado en los principios de la Tradición para la que el individuo no es nada y la persona es poco, apenas una máscara, el que dos o tres chalados, la tomen conmigo quizás pueda suponer una tragedia para otros, pero no desde luego para el que suscribe. Preferimos el vago “nosotros” al siempre concreto y personalista “yo”.  Buena parte de nuestros libros y artículos han sido firmados –y son firmados– con seudónimo. El seudónimo nos ayuda a evitar que nuestro ego engorde. Distancia a libros y artículos de nosotros mismos. La idea es simple: si lo que hemos escrito es pura mierda –que de todo hay como en botica– carece de sentido el que asumamos su autoría, y si tiene algún valor es, sin duda, porque no expresamos ideas propias sino universales, por lo tanto sería todavía más inconsecuente que intentáramos vincular esa parcela de verdad universal a nuestra personalidad transitoria y efímera. No hay ninguna tragedia en ello: el pillao aquel inundando Indimedia con sus fantasmagorías sobre mí o sobre cualquier otro, Ynestrillas evidenciando que cada vez que se mete algo en el cuerpo lanza un exabrupto, o el otro colgado que cuando se olvida de medicarse se acuerda de mi existencia vía Internet, no son nada grave, pueden erosionar a la “persona”, pero no a su núcleo ni a nada esencial, mientras que ellos –sus freakadas y sus adicciones en el mejor de los casos serían atenuantes relativos, pero no eximentes– reducen su vida a una triste obsesión a la dedican tanto tiempo que no cabe ver su vida sino como esclava de su obsesión y de su intento de sublimar sus propias frustraciones, complejos de culpabilidad y sensaciones de fracaso. Algo sombrío, vaya.

Heidegger probablemente se colgaría del palo de la bandera de la universidad de Heidelberg de enterarse que su más acérrimo partidario a este lado de los Pirineos dedica buena parte de su tiempo a investigar y, especialmente, calumniar sobre un tipo gris que solamente aspira a vivir y a gozar como el que suscribe estas líneas. No creo que Ynestrillas padre (q.e.p.d.) –a quien conocí, por cierto– se sintiera particularmente orgulloso de un hijo dos veces encarcelado por episodios que nada tenían que ver con algo mínimamente honorable. No es pues a mí a quien deben preocupar tanta energía colocada en torpedear a la “persona Ernest Milà” como a ellos la vergüenza que generarían en quienes admiran y respetan. Soy hijo del pensamiento evoliano y de éste he aprendido a “cabalgar el tigre”: el veneno puede no ser tal y terminar constituyendo un remedio. Benditos mis odiadores que al machacar mi individualidad me lo ponen más fácil para tener siempre presente que el camino de la Tradición pasa por la renuncia del ego.

Por lo demás, los odiadores –al menos los míos, suerte tiene si usted dispone de otros de más talla– son una drama, pero no tanto para el objeto de su odio como para sí mismos. Créanme, lo peor de una mierda seca bien aplanada no es su situación y estado, sino el pretender convertir a otros a su mismo estado y condición.

[sobre Ynestrillas ver el siguiente link con lo que nos evitamos el consabido cortar y pegar]

© Ernesto Milà – Infokrisis – Infokrisis@yahoo.eshttp://infokrisis.blogia.com – Prohibida la reproducción sin indicar origen





Ultramemorias (V de X) Tipologías insólitas. El falangista valeroso (1ª parte)

4 06 2009

Tienen razón los falangistas, especialmente los de izquierda en que lo más próximo a ellos es la CNT. Nacional-sindicalismo y anarco-sindicalismo están muchísimo más próximos de que incluso los falangistas de izquierdas más conspicuos creen. He conocido bien a ambos sectores, así que sé de lo que estoy hablando. Las similitudes van mucho más allá de la mera casuística del nombre o del hecho de que José Antonio Primo de Rivera y Durruti murieran un 20-N con apenas un año de diferencia. La similitud es, fundamentalmente, caracterológica. He conocido a miembros de la CNT intercambiables con miembros de cualquiera de las falanges, y viceversa. Y aún operando el cambio, estoy seguro de que nadie lo advertiría. En el fondo de la personalidad del falangista de base siempre he advertido una irreprimible tendencia a deslizarse hacia la anarquía y en lo más profundo del alma libertaria hay un algo que remite al autoritarismo más duro: el querer, sino exigir, que otros actúen en función de principios libertarios. Así pues, no voy a ser yo quien niegue este parentesco entre la falange y la anarquía, prefiero centrarme en la personalidad falangista como algo insólito y que no he encontrado fuera del mundillo azul.

Pinceladas de la época

Mis relaciones con la falange se remontan a febrero de 1968. Resulta sorprendente que lo puede fijar en ese momento pero es que realmente me causó impresión a mis 16 años ir a una ceremonia de homenaje a la Legión Cóndor y cantar por primera vez el Cara al Sol (o intentar hacerlo, porque hasta unos meses después no supe la letra, surrealista por cierto, ni me la habían enseñado en el colegio, ni los medios de comunicación franquistas solían difundirla en esa época). En Barcelona, como mínimo en 1957 ni se cantaba el Cara al Sol en los colegios, ni los compañeros de más edad lo recordaban. Para colmo, en aquel colegio de 1.500 alumnos no encontré a ningún falangista (si bien por allí pasaron varios miembros de CEDADE o futuros tales a uno de los cuales tuve el placer de saludar en la Librería Europa no hace mucho, 40 años después…). Así pues, hay que cuestionar cuando se nos explica que bajo el franquismo la escuela vivía una disciplina militar y un adoctrinamiento falangista. En cuanto a la tan denostada asignatura de Formación del Espíritu Nacional, a pesar de que sea políticamente muy incorrecto, la recuerdo como algo políticamente aséptico, en donde se explicaba el sistema legal de la época –todo aquello de las Leyes Fundamentales que a nadie interesaba mucho entonces y que hoy no interesa a nadie-, normas de estilo y de comportamiento social –que entonces apenas interesaban y hoy me parecen urgentes restaurar en una  sociedad huérfana de valores y para la que Gran Hermano y la Casa de tu Vida ocupan los prime time televisivos- y lecciones de economía y sociología –que entonces interesaban a algunos y hoy a bastantes más-.

Reconozco que el interés de la asignatura de FEN dependía de la persona que la impartiera: tuve dos buenos profesores en la materia, el “señor Villar” y el “señor Manzano”. Ambos eran falangistas y, quizás más que falangistas, franquistas, pero nadie podrá atribuirles pulsiones autoritarias o fascistoides en el peor sentido de la palabra, ni resultaban odiosos para sus alumnos. En cualquier caso, de ellos, reconozco que aprendí bastante y que si hoy sé algo sobre la ley de la oferta y la demanda fue gracias a las lecciones de Manzano y  mientras que  los libros de autores consagrados, entre otros, de Torrente Ballester, quizás una de sus obras elaboradas con más cariño y que generalmente se suele olvidar en su bibliografía, alumbraron mi interés por la literatura.

Por lo demás, justo es reconocer que mis profesores de FEN jamás realizaron proselitismo y nunca se les ocurrió encarrilarnos por los senderos de la Organización Juvenil Española o del Frente de Juventudes. Había en el colegio un local frente al patio de recreo del que se decía que pertenecía a los “boy-scouts”. Debió ser hacia 1959 cuando volvimos de fin de semana (por entonces se asistía a clase el sábado por la mañana) y encontramos el local de los boy-scouts arrasado. Los de la OJE habían pasado por ahí. Nunca más –que yo recuerde- volvieron a acondicionarlo y fue una pena porque aquel local tenía algo de encantador. Las paredes estaban forradas de madera y dado lo alto del techo, se había construido un altillo de madera que daba a la estancia un extraño aire acogedor e íntimo. Curiosamente, en junio o julio de 1968 visité por primera vez un “hogar” del Frente de Juventudes, el “Extremadura”, en la calle Ancha (o carrer Ample como se prefiera), allí también existía una sala exactamente igual a la de los boy-scouts y allí estaba Paco Caballero cantando él sólo y sin ayuda de otros, el “Envío”, seguramente la canción que mejor expresaba el estado de ánimo de los falangistas de la época.

La rivalidad entre los miembros de la OJE y los boy-scouts era en realidad injustificada. Ambos eran, simplemente, lo mismo. O, como mínimo, algo parecido. Las dos formaciones estaban dedicadas a la formación del carácter de los jóvenes, las dos mantenían ademanes paramilitares, las dos tenían canciones y hacían del canto comunitario en torno al fuego de campamento, el momento más inolvidable para los adolescentes que pasaron por una u otra. Y ambos practicaban un culto a la montaña y a la naturaleza hoy dramáticamente ausentado sin dejar señas. Sí, porque, aun cuando sigan existiendo la OJE y los boy-scouts, han cambiado sus métodos y, por supuesto, su audiencia. Cuando dos de mis hijos se apuntaron al grupo de boys-couts Makarenko de Barcelona, consideraban que una excursión al campo cada tres meses era algo, tirando a excepcional. Hubo un tiempo en el que en los hogares de la OJE y entre los boy-scouts se esperaban los fines de semana para triscar por el monte. Y en cuanto a la OJE, la despolitización total que se había iniciado ya en los años 60, alcanzó el climax en los 70 y se consumó en los 80, el problema era parecido. Debió ser había 1997 cuando visité por última vez un hogar de OJE en Barcelona, creo que era el “Navarra”, estaba instalado en un piso de la izquierda del Ensanche (o Eixample, ya saben, como gusten) y compartían local con una fundación taurina. Luego derribaron el edificio y aquello debió acabar, los taurinos por su parte y la OJE seguramente rejuntados con algún otro hogar de la ciudad condal.

El ir a un colegio religioso que sostuviera a los boy-scouts como algo propio y conocer a un ambiente político que “trabajaba” en los ambientes de la OJE (en realidad, esta organización servía a los distintos grupos falangistas para reclutar miembros, mucho más que al Estado para formar partidarios, habida cuenta de la mayoría de esos grupos era antifranquista o, al menos, vivían en la evocación de la “revolución pendiente”) me pusieron en la pista de que debían existir dos Españas como mínimo, a tenor de las dos escuelas de juventud que, por lo demás, insisto, en que eran fundamentalmente idénticas. Tan sólo variaba la letra de las canciones y las afinidades que los jóvenes progresivamente adoctrinados por falangistas disidentes o por militantes de la oposición democrática, les iban llevando hacia el camino de la media docena de grupos falangistas o de la docena y media de grupos de la oposición democrática.

Los domingos por la noche, en la Plaza de Sant Jaume (o San Jaime) se reunían los boy-scouts que regresaban de las excursiones. Era a finales de los sesenta. Allí bailaban sardanas y luego terminaban con el Adeu siau. Esto parecía no gustar a los miembros de la Guardia de Franco de Barcelona que frecuentemente asistían con la única intención de repartir estopa. Y a fe que lo hacían. Algunos ni entendíamos ni nos gustaba esa violencia gratuita del domingo noche y solamente logramos entenderlo cuando uno de los miembros del Distrito VII de la Guardia de Franco me lo explicó con una brutalidad digna de encomio: “Mira, Catalunya es un país ocupado y nosotros, la Guardia de Franco, somos el ejército de ocupación”. Me lo decía mientras le tomaban medidas en una sastrería de Vía Layetana para hacerle a medida el uniforme de la Guardia: pantalón de montar con botas altas, guerrera tres cuartos y quepis con los consiguientes correajes y trinchas. Lo más parecido al uniforme de las SS, negro éste, azul mahón el de la Guardia. Así que la pregunta de “¿Y esto lo piensas tú solito hijo o es la doctrina oficial de la Guardia?” quedó sin contestar cuando el sastre le preguntó si le tiraba mucho la sisa.

A decir, verdad, tampoco hay que dramatizar. Había que ir a los desfiles que la Guardia de Franco realizó hasta el 75 frente a las Atarazanas de ayer, Drassanes de hoy (como verán esto del bilingüismo de estricta observancia termina siendo un coñazo a partir de la quinta página) para ver que aquella estructura paramilitar del régimen era el ejército de Pancho Villa. Desfilaban por centurias que, curiosamente, jamás llegaban a cien; en realidad, lo mismo le ocurría a la centuria romana formada por 80 hombres, pero ese no era el motivo, sino que empezaban a faltar simpatizantes y militantes. Además, la mayor parte se afiliaban sin que existieran profundas motivaciones político-ideológicas. Unos porque creían que así serían contratados con más facilidad en empresas del INI y es posible que hubiera algo de esto, pero no como política oficial del régimen franquista, sino como opción personal de quien dirigía esta o aquella empresa. La Pegaso de Barcelona, por ejemplo, era un coladero para militantes de la Guardia, el que buscase trabajo en aquella época y estuviera encuadrado en algún “hogar de la Guardia” ya sabía a dónde ir. Otros estaban allí porque en algunos hogares en plena fiebre del sábado noche, se organizaban bailongos. En el de calle Blay, por ejemplo, era frecuente que asistieran los gallegos de Pueblo Seco en masa. En aquellos bailongos y en aquella época se prodigaba Alberto Royuela que hizo de aquel distrito su “centro de operaciones”.

El Movimiento Nacional franquista tenía un local en cada distrito municipal y en cada uno de ellos existía una centuria de la Guardia de Franco. También había un “Hogar” en la calle Consejo de Ciento cerca de Rambla de Catalunya y una “lugartenencia” en el edificio anexo a la Jefatura Provincial del Movimiento en el chalet modernista de Mallorca esquina Roger de Lauria (o de Lluria, claro). Las “juventudes” de la Guardia –porque las había– estaban refugiadas en las golfas de ese chalet y para llegar a él, había que subir la escalera noble del lujoso edificio y luego otra menor que llevaba a donde en tiempos vivió el servicio de la mansión. Desde allí a principios de los 70, en una escueta y destartalada habitación de apenas 8 metros cuadrados se intentaba dirigir a unos jóvenes que empezaban a escasear y que tenían poca vocación de asumir la disciplina militar de la Guardia. El día que estuve en esa ominosa estancia, el jefe de los jóvenes que comentaba que estaban a punto de sacar una revista para jóvenes que se llamaría Yugo, “¿Y por qué no opresión o esclavitud?” le dije, pero puso cara de no entenderme, así que se lo tuve que explicar: “hombre, lo digo por que lo de yugo suena a opresión…”,  “No, que no lo has pillado, es por el yugo y las flechas…”. Aquel hombre no tenía sentido de la ironía ni tampoco aquella publicación en la que pretendía embarcarme salió jamás.

Un suicida en la Guardia de Franco y una Guardia de Franco suicida

José Luis Saura era hijo de un doctor y excombatiente franquista murciano afincado en Barcelona. Entró en contacto conmigo a través de un vecino que tenía por amigo a un compañero de clase que había captado para el PENS. Vivía en Tres Torres y su afición era armar maquetas de aviones con una minuciosidad propia del neurótico obsesivo que, a fin de cuentas era. Me recibió en su casa, muy formal, con blazer azul, camisa y corbata, si bien su exuberante caspa constituía una nota de desdoro a tanta pulcritud. Me enseñó su colección de maquetas y entendí su neurosis cuando conocí a su padre autoritario, más volcado hacia las hijas menores que al primogénito de la familia. Saura se sentía solo en su propia familia así que buscó compañías políticas. Era, ante todo, militarista. Lo nuestro, en principio, le iba, así que se afilió y pronto hicimos buenas migas.

Era en la época un tipo extraordinariamente activo que no dudaba en hacer activismo en su barrio a la luz del día. En cierta ocasión quedamos y me dijo que le acompañara a hacer unas pintadas en el barrio: “… ejem, son las dos del medio día”. Y además hacía buen día. “No pasa nada, no hay casi nadie en las calles”. Era cierto, así que por qué no. Estábamos pintando aquello tan original como rotundo de “Rojos no” o aquello otro que se hace quilométrico cuando se tiene un spray en la mano de “Ni capitalismo ni comunismo, revolución nacional”, cuando una ama de casa madura vino hacia nosotros gritando. Me costó trabajo entender lo que decía y mucho más entender la situación. Era la madre de Saura que simplemente le decía “Te he dicho que no pintes cerca de casa”… era toda una madraza la buena mujer.

Saura era “nuestro hombre en la Guardia de Franco”. Le gustó en “entrismo” en aquella organización porque, como he dicho, su militarismo era inherente a su persona y pasó con singular satisfacción por el sastre que le armó el consabido uniforme que incluso se ponía en el hogar cuyo padre alternaba ironías con hostilidad maliciosa ante el gesto.

Tras la disolución del PENS en 1972 le perdí de vista durante mucho tiempo. Hacia 1976 ó quizás 77, vi en un kiosco un titular del Cataluña Express, efímero diario que ya entonces intentaba convertir en lectores de prensa a quienes no la leían a base de titules espectaculares y mucha fotografía. No solía comprarlo, ni lo compré entonces cuando leí el titular: “Suicidio por amor en Gracia”. Mi querida madre, en cambio, solía comprarlo y aquel día vino con él. Fue entonces cuando leí el nombre del suicida: José Luis Saura. El muy energúmeno se había descerrajado un tiro en la boca, con dos cojones. Me extrañaba porque no era hombre del que le conociera la posesión de ningún arma. El querido Liberato Egea, vecino suyo, entró con la portera del inmueble, pocos segundos después de la detonación y de que nadie abriera. El espectáculo era dantesco. Prácticamente toda la cabeza había saltado en mil pedazos y estaba desperdigada por la habitación con trozos adheridos a la pared teñida, por lo demás, con el chorro de sangre consiguiente. Saura se había suicidado con una pistola de avancarga. En tanto que neurótico y coleccionista adquirió una de esas armas de colección que se vendían en aquel momento libremente en armerías, la cuidó con singular primor, él mismo se fabricaba su pólvora siguiendo la mejor de las fórmulas y para colmo, él mismo, fundía sus balas de plomo. Aquello no eran balas, eran como pelotillas de plomo, sólo algo más pequeñas que las de ping-pong y equivalentes a una bellota del 38; si se cuenta que son capaces de frenar a un coche, puede imaginarse el efecto que hizo en el cráneo del pobre Saura.

No era un hombre que se prodigara en ligues ni francachelas. Como hombre serio que era, buscaba a la mujer de su vida, nada más. Creyó encontrarla en una chica dedicada al descorche y, en tanto que santo varón español, albergaba la fantasía de retirarla del oficio. Ella le siguió la corriente, pero en aquella época todavía un macarra era un macarra y el suyo le tiró más que el bueno de Saura. Así que lo dejó a poco de haber obtenido una plaza en el Instituto Nacional de Previsión y cuando ya incluso se había emancipado y solo aspiraba a casarse. Llamó a su padre y le comunicó su decisión de suicidarse. Éste no se tomó en serio la llamada: “Ya te ha jodido la tía aquella ¿verdad? Pues búscate otra y no des más pol culo”. Respuesta incorrecta. Colgó el teléfono, sacó la pistola de su caja, colocó primero la pólvora, luego un taco, luego la bala, finalmente el fulminante, se metió el cañón en la boca y disparó, todo ello en menos de minuto y medio. No dudó. Descanse en paz.

Fue Saura quien mayo de 1972 me convenció para que visitara al lugarteniente de la Guardia de Franco. Cambié unas palabras con él y me presentó a Griñó, el jefe de información de la Guardia en aquel momento (moriría luego a causa de un cáncer de páncreas). Era curioso y sorprendente, pero tanto la Guardia de Franco como el Movimiento Nacional tenían un “servicio de información”. El del Movimiento, al menos en Barcelona, era completamente inexistente. En cuanto al de la Guardia de Franco era posible que pasara informaciones a la policía o al SEDEC. Recuerdo aquella conversación porque a los pocos días, otro camarada me llamó: “la policía está preguntando sobre ti”. Había una relación causa-efecto. Yo me había presentado en la Guardia de Franco como militante del PENS y la policía me buscaban como tal. Fue la primera vez que mi nombre llevó al IV Grupo de la Brigada Político-Social de Barcelona. Años después habían logrado recopilar legajos y legajos sobre mí. Un amigo policía me comentó que en los archivos se guardaba en 1984 solamente los últimos legajos con una nota: “Sobre este tipo hay una cantidad impresionante de papeles en el almacén”. La verdad es que no había para tanto, ni yo fui nunca un peligro para la seguridad del Estado. Todo el tiempo que me dedicaron se lo podían haber dedicado a cualquier otro tema de más interés y muchísimo más riesgo.

Pero de aquella primera y única conversación con el “jefe de información” de la Guardia de Franco hubo otro detalle curioso que no he podido olvidar 35 años después. En un momento dado, me preguntó si conocía a izquierdistas. Hombre, claro que los conocía, pero eran amigos de infancia, también recordaba a los escolapios, pero habían sido mis profesores y no albergaba un odio particular contra ellos. Desvié el tema preguntándole qué grupos se mostraban más activos en ese momento. Sacó un paquete de 4 centímetros de grosor envuelto en papel de periódico. Eran ejemplares del órgano del Partido Obrero Revolucionario (trotskista). En aquella época todavía me era difícil distinguir las diferencias entre un “lambertista”, un “posadista” o un “trotskista del Secretariado Unificado de la IV Internacional”, esto es, un “mandeliano”. El POR(t) era un pequeño grupo surgido de una escisión en el Secretariado Latinoamericano de la IV Internacional en torno al “camarada Posadas”. Todos los que les conocieron con el tiempo me confirmaron lo mismo: sostenían tesis particularmente estrafalarias como aquella de que “los marcianos son trotskistas”: si los marcianos llegaban a la tierra es que tienen un alto nivel tecnológico y esto solo es posible sin han adoptado el marxismo como método científico y, dentro del marxismo, el trotskismo en la interpretación más correcta y depurada. Tal era su análisis. Pero es que, además, dormían con las ventanas abiertas para ser los primeros en ver la llegada de los marcianos que estaban convencidos de iba a producirse de un momento a otro como preludio del apocalipsis. Sí porque además tenían una curiosa teoría sobre el “fin de la historia” a base de escatología y locura pura y simple a partes iguales. Joan Colomar me explicó que durante su estancia en cárcel como miembro de la Liga Comunista Revolucionaria, había conocido a militantes presos del POR(t) que no tenían inconveniente a sumarse a todas las acciones de protesta, incluso a las más suicidas, aunque ello comportara sanciones y una prolongación de su estancia en prisión: “Total, como estaban convencidos de que el mundo acabaría antes de extinguir su condena no tenían nada que perder”.

Lo curioso era que una organización como la Guardia de Franco dispusiera de ejemplares recién impresos de la revista ciclostylada del POR(t), un grupo, a decir verdad, minúsculo. O tenían a algún infiltrado dentro del grupo o bien todo el grupo estaba teledirigido por algún servicio de información con el que colaboraba la Guardia de Franco. Y en la época no había muchos: o bien la policía o bien el SEDEC. Y me inclino más bien por este último. Por lo demás, cuanto más loco y desmadrado es un grupo político, más permeable es a la infiltración y a verse manipulado por cualquiera que pase por allí.

El ambiente de la Guardia de Franco nunca me atrajo. En aquella época (desde 1972 hasta 1976) yo era un “buscador”, buscaba ubicarme políticamente y la Guardia de Franco no parecía ser el lugar más sofisticado para hacerlo. En realidad, agrupaba a un buen número de lo que los marxistas llaman “desclasados”, con cierta presencia, al menos en Barcelona, del lumpen proletariado urbano. Y, como en botica, había de todo. Conocí a algunos miembros de la Guardia que, desde el punto de vista personal, eran –y son- excelentes personas. Recuerdo en particular a Millán Lavín, durante un tiempo lugarteniente de la Guardia en Barcelona, al que luego volví a encontrar en la transición y más tarde en los años 80 presidiendo una asociación cultural, ACAE, Afirmación Española. Pero, estas figuras no podían hacer olvidar el nivel de mediocridad general de la Guardia.

El Movimiento Nacional estaba aún peor. Desde 1970 los locales estaban prácticamente vacíos y no existía militancia, si bien cada “distrito” –cada “delegación”– tenía invariablemente su jefe de distrito, su secretario de distrito, su secretario de excombatientes y su delegado de la Guardia de Franco. Es cierto que todos ellos percibían emolumentos, pero no es menos cierto que se trataba de cantidades ridículas que por lo que recuerdo apenas alcanzaban las 1.500 pesetas al mes en un tiempo en que el salario medio ya estaba en torno a las 15.000. Tampoco es que tuvieran mucho trabajo. Cada mes tenían que rellenar unos estadillos de actividades y enviarlos a la jefatura local, la cual las refundía y las remitía a la jefatura provincial la cual, finalmente, las hacía llegar al gigantesco edificio madrileño de la Secretaría General del Movimiento adornado por unas flechas gigantescas que ocupaban toda la fachada de la calle de Alcalá. Ángel Ricote, fundador de CEDADE y luego del Círculo España/Occidente, era secretario político del Distrito VI del Movimiento (cuya sede estaba en Rambla de Catalunya esquina Mallorca), me enseño uno de estos estadillos: eran literalmente increíbles, se decían enormidades del tipo “El día tal de tal tuvo lugar la asamblea general del Distrito asistiendo 150 camaradas y se habló sobre el último discurso del Jefe del Estado ante el Consejo Nacional del Movimiento, recibiendo la adhesión general de todos los asistentes”. En realidad la reunión era completamente ficticia. Nunca había reuniones, al menos en ese distrito y sospecho que análoga situación se produciría en muchos otros. Acaso en todos.

Por un juicio crítico rápido sobre el franquismo

Cuando en 1975, Antonio Torrens, uno de los raros militantes que se sintieron atraídos por los aspectos intelectuales del asunto, organizando la primera distribuidora de libros –Sármata– de nuestro ambiente que existió en España (cuando en Italia existían desde había 30 años), se intentó afiliar al Movimiento porque creía que podría optar con más facilidad a algún piso de protección oficial, se sorprendió al comprobar que los primeros sorprendidos eran los funcionarios del Movimiento que ni siquiera recordaban dónde habían colocado los impresos de afiliación. Cuando alguien compara el franquismo a cualquier régimen comunista está evidentemente exagerando. Aún hoy, en China, ser miembro del PCCh sirve para estar en la élite del poder; en la España franquista era completamente irrelevante el pasar o no por la “base” militante del Movimiento si se aspiraba a estar entre la élite del poder, incluso el paso por la Guardia podía ser un desdoro. Era mucho mejor, tener un tío o un concuñado que estuviera apalancado ya para optar con más garantías a cualquier escalón del Estado.

Todas estas experiencias y algunas más determinaron mi más completa indiferencia hacia el franquismo. El franquismo no fue un régimen monstruoso y odioso como se le suele presentar hoy, la prueba es que la oposición democrática jamás tuvo fuerza social suficiente como para abatirlo, ni siquiera en 1977, cuando triunfó en unas elecciones libres la candidatura de UCD en su inmensa mayoría compuesta por hombres del antiguo régimen. Eso que a principios de los 70 se denominaba “mayoría silenciosa” apoyaba al franquismo que se pareció mucho más al régimen paternalista y católico de Petain que al de Hitler o Mussolini. En realidad, en 1939 lo que quedaba de España era un país pulverizado y no puede extrañar que a partir de ese momento, al menos en lo que respecta a Franco, el mayor énfasis se pusiera sobre todo en el desarrollo, en paliar la miseria, vaya. Las consecuencias de la guerra no empezaron a remontarse hasta 1956 cuando se firman los acuerdos con los norteamericanos y se volatiliza definitivamente el aislamiento internacional. Poco después, entramos de la mano del Opus en pleno desarrollismo y en 1975, España era, en general, un país diferente al de 1939. El subdesarrollo había quedado muy atrás, a pesar de que existieran bolsas de miseria (las últimas chabolas de Barcelona se abatieron a mediados de los años 80).

El franquismo no fue más que una concentración de esfuerzos en el desarrollo económico. Para lograrlo fue preciso el poder centralizado y la planificación a ultranza. Eso o un plan Marshall. De esto no hubo así que sólo se pudo y se quiso sacrificar las libertades políticas (sólo ejercibles cuando se tiene la barriga llena) al desarrollo. El fin de esta etapa coincidió con la muerte de Franco. Hacia 1970, tanto Carrero Blanco como sus partidarios ya habían entendido que el futuro sin Franco sería poco franquista e intentaron organizar a la derecha política ante un marco democrático limitado hasta los socialistas (sin los comunistas como en Alemania). En 1972 los servicios secretos de Carrero ya trabajaban sobre esta hipótesis. Lo que pasó a continuación es ocioso traerlo a colación. En 1975 el todavía escuálido capitalismo español precisaba entrar en Europa para obtener más beneficios. El régimen que hasta ese momento le era necesario e imprescindible había dejado de serlo: a partir de ese momento se precisaba una estructura democrática formal que abriera las puertas de Europa. Eso fue la transición, nada más. La transición se puede reducir a una transformación profunda del marco político cuyos objetivos eran entrar en el Mercado Común y en la OTAN.

Con el tiempo he aprendido a rebajar los juicios emitidos sobre tal o cual fenómeno político. Todos son relativos: el franquismo favoreció el desarrollo de la sociedad española sin pasar por la II Guerra Mundial que nos hubiera hecho partícipes del Plan Marshall y de la democracia con treinta años de anticipación, eso sí, a cambio de que la España pulverizada de 1939 hubiera sido una España micro pulverizada en 1945. Está claro que quienes pasaron por las cárceles franquistas no guardan un buen recuerdo de aquella época. Y quienes querían expresar un ideal marxista lo tuvieron crudo. Pero los períodos históricos son lo que son y así hay que juzgarlos, y la España franquista no fue más que un ciclo en el que España abandona el subdesarrollo y concentra esfuerzos en la planificación. Por tanto, no puedo juzgar al franquismo con demasiada dureza, pero tampoco lo percibo con especial simpatía. Entonces me parecía un régimen extraordinariamente mediocre, pero el tiempo hace que todo lo redimensionemos: el burócrata franquista más gris seguramente era más brillante que muchas ministras de cuota zapaterianas o que los funcionarios arribistas del aznarismo. Se suele decir que las Cortes franquistas eran mudas; serían mudas seguramente, pero asistían a las sesiones a diferencia del actual parlamento que no solamente está compuesto por muditos sino que ni siquiera tienen a bien acudir al hemiciclo más allá del día de cobro.

El tiempo, como digo, ha hecho que redimensionara muchos de estos juicios: es la política vulgar concebida como ejercicio de arribismo y sumisión lo que he terminado por detestar. Y eso es una culpa de las personas más que de los sistemas. Bajo el franquismo se hizo un cine excepcional y películas miserables, empezando por Marisol y terminando por Pili y Mili. Y lo mismo vale para la TV franquista. De todo esto ya aludí en su momento en Infokrisis cuando descubrí el cine de Edgar Neville o redescubrí al Chicho Ibáñez Serrador de finales de los 60, un verdadero prodigio. Dejando aparte el período de la transición en donde en España no se hizo más cine que el de destape y resulta difícil encontrar algo que haya superado la prueba del tiempo, el cine filmado en el período democrático tiene, así mismo, algunas obras interesantes y una gran mayoría de mediocridades que no aumentan su dignidad solamente por haber recibido un Goya. He conocido a gente excepcional en las cárceles y, junto a ellos, a miserables para los que el emparedamiento sería una pena leve. Pero también en conocido en los palacios a cretinos que no valían más que sus defecaciones y, junto a ellos, a gentes con una sensibilidad cultural y una creatividad fuera de serie. De todo hay en todas partes, de todo hay en todos los lugares, de todo en todas las épocas, por tanto me niego en esta rememoración de recuerdos a jugar con los adhesiones soberanas y las condenas absolutas. Si algo he aprendido en la vida es que tales juicios son siempre erróneos.

Pero en 1968 yo no pensaba todavía eso. Lo que había visto del franquismo no me había gustado excesivamente. Experimentaba más atracción hacia los medios falangistas “disidentes”. Esta calificación de “disidentes”, si no recuerdo mal, fue ideada en los ambientes del SEDEC. Este servicio concebía al sistema político español como sostenido a finales de los años 60 por dos columnas: la Falange y el Opus Dei. Para esta concepción, todo falangista tenía su madre y maestra en el Movimiento y quienes no lo aceptaban eran llamados “disidentes”, disidentes del Movimiento. También había carlistas disidentes, pero estos pesaban mucho menos dada su concentración geográfica en Navarra. Recuerdo todavía cuando un capitancete del SEDEC me explicó esta teoría haciendo un gráfico: dos columnas sostenían un triángulo y sobre el triángulo una bandera. Las columnas eran la falange y el opus, que dicho sea de paso se odiaban mutuamente, el triángulo o frontispicio era el Estado y la bandera eran las “Leyes Fundamentales del Reino”. Tal era el esquema en virtud del cual un falangista no franquista “disentía” del grueso de la Falange.

El razonamiento no era del todo falaz, a pesar de su obvio infantilismo. El 18 de julio de 1936, la Falange era un grupúsculo clandestino que había obtenido un resultado despreciable en las elecciones de febrero y constituía uno de tantos grupos activistas de la época. Contaba con la bendición de Mussolini y una pequeña ayuda económica de Italia y, desde luego, José Antonio Primo de Rivera, era el dirigente más conocido y con más relevancia social de todos esos grupúsculos, seguido por el doctor Albiñana y su Partido Nacionalista Español. Es difícil saber qué habría ocurrido con la Falange en caso de no haberse producido la malhadada Guerra Civil. No vale la pena perderse en disquisiciones ni sobre hacia dónde habría derivado la Falange, sobre si habría logrado abandonar la etapa grupuscular y si habría jugado algún papel político a partir de entonces y no exclusivamente activista como había sido el suyo hasta 1936.

En 1939, de la Falange fundacional quedaba poco. Unos muertos en combate, otros desengañados de todo, otros viviendo de glorias bélicas, otros gestionando las más diversas oficinas oficiales y muy pocos con ganas de enmendarle la plana a Franco. Narciso Perales fue de los pocos que se atrevieron a hacer valer ante Franco su fidelidad a los ideales originarios de la Falange. Me contaron la anécdota hará unos años así que es posible que equivoque algún dato. Era, a la sazón, Perales, gobernador civil de una provincia castellana que debía visitar Franco. En la “frontera” provincial, Perales esperó al Jefe del Estado, le paró el coche y le lanzó la pregunta del millón a través de la luna del coche a medio bajar: “Mi general ¿para cuando la revolución nacional?”. Y Franco, imperturbable y con aire de fastidio le contestó: “No es el momento, Narciso, no es el momento”. El particular acento de Perales, con el frenillo de la lengua corto, no alteró al dictador. La realidad, es que bajo el franquismo, pocos falangistas pidieron la “revolución nacional”. En 1971 la revista mensual del Distrito Centro de la Guardia de Franco de Madrid, En Pie, entrevistó a Raimundo Fernández Cuesta y le realizó la misma pregunta. Fernández Cuesta, seguramente por su contacto prolongado con Franco había asumido algunos de sus tics y tampoco se inmutó ante la cuestión: “Hombre –respondió- es que si en 1939 se hubiera hecho la revolución nacional hubiera sido el reparto de la miseria”. Y tenía toda la razón, el horno no estaba para bollos.

Un aparte sobre la izquierda falangista

De la falange fundacional quedó poco en 1939 y lo poco quedó se vio anegado y subsumido por la oleada de nuevas adhesiones, no ya a la Falange sino al Movimiento Nacional de Falange Española Tradicionalista y de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista, nombre tan kilométrico como surrealista para un partido único. Hubo decepcionados, hubo arribistas, hubo entusiastas, hubo de todo. Dado que la Falange no había podido cerrar una teoría política durante sus primeros años y que el “fundador” había muerto, subsistían las dudas sobre cómo cerrar los vacíos doctrinales que quedaban. Por ahí empezaron las disidencias. Unos cogieron el material que faltaba de la izquierda, otros del anarquismo, otros del pensamiento de la derecha, más tarde del acervo socialdemócratas, etc. El período que va de 1943 a 1967, es decir del cambio de actitud del régimen que pasa de ser “falangista imperial” a “integrista católico” a raíz del giro que adopta la II Guerra Mundial, hasta el momento en que Hedilla funda el Frente Nacional de Alianza Libre, son 25 años en los que la Falange deja de ser una y pasa a ser múltiple.

En la constelación de siglas falangistas de esa época se encuentra de todo. El FNAL, a pesar de contar con Manuel Hedilla Larrey como cabeza visible se definía como no-falangista. En efecto, las decepciones políticas de Hedilla y seguramente algunos resentimientos personales le habían alejado del ambiente azul mahón. En 1976 un falangista barcelonés veterano me había contado una anécdota que aquí reproduzco: “En Barcelona éramos un grupo de falangistas disconformes con la línea de Franco así que fuimos a ver a Hedilla que estaba desterrado en Mallorca para pedirle consejo. Nos envió literalmente a freír espárragos”. La cosa se entiende menos, si tenemos en cuenta que uno de los grupos que formaron el FNAL era el Frente Sindicalista Revolucionario. Y se entiende menos porque, al menos en esa época, el FSR sí era falangista.

Narciso Perales, precisamente, lo había formado a partir de un grupo minúsculo, el Frente Nacional de Trabajadores, formación efímera que no se recordaría de no haber sido por que fue matriz del Frente de Estudiantes Sindicalistas que cubre un espacio de más de 10 años en la militancia falangista universitaria, de 1965 a 1975. En el 76 Perales se convenció de que era muy difícil actualrcon los símbolos falangistas en pleno franquismo, especialmente cuando de lo que se trataba era de realizar una crítica al franquismo que utilizaba justo esos mismos símbolos. Así que decidió cambiar de estrategia y fundar el Frente Sindicalista Revolucionario en 1966. Fue el primer intento de alejarse de la estética falangista: el símbolo ya no era el yugo y las flechas sino la espiral levógira y la bandera antaño roja y negra se transformó en negra del todo acaso para acentuar una proximidad al anarcosindicalismo y un alejamiento del leninismo. Y así surgió el FSR en Barcelona (con gente de aquel semillero de militancia que fue el Círculo José Antonio) y en Madrid con disidentes del FES.

Pero en todo ello había una contradicción. Perales había realizado un buen diagnóstico de la situación pero no había sabido transmitirlo a su gente. En realidad, lo que Perales había enunciado era una tesis sobre la “autonomía histórica” ante litteran, esto es antes de que Laureano Luna la hubiera enunciado treinta años después como piedra de base de Democracia Nacional. Básicamente esta teoría decía que para llevar adelante una lucha política en la actualidad no es preciso tener un “modelo histórico”, o lo que es lo mismo, que la utilización de determinado modelo histórico puede desviar y confundir a un partido político sobre sus verdaderos objetivos. En DN, todos, salvo Canduela (al que las cuestiones doctrinales le han traído siempre al fresco salvo las más estrafalarias teorías sobre los “ancestros”) y Nacho Mulleras (el único fundador de DN que queda en el partido y cuyo pensamiento político empieza y termina con el franquismo), habían asumido la tesis de “autonomía histórica”. No así en el FSR en cuya revista, Frente, se alternaban loas, glosas y alabanzas hacia los aspectos “revolucionarios” del nacionalsindicalismo. En Wikipedia he encontrado un párrafo en el que se resume esta problemática seguramente por alguien que pasó por allí: “En 1968, se publicaron los primeros números de Frente, órgano de la Junta Local de Madrid del FSR. Su contenido revela las contradicciones del proyecto de Perales y el riesgo, consumado más tarde, de que una organización desprovista de referencias explícitamente falangistas e involucrada en la lucha obrera y estudiantil, acabara en las antípodas del falangismo. Se mezclaban planteamientos de abierta simpatía con el movimiento libertario y el sindicalismo de Pestaña junto con posiciones próximas al nacional-sindicalismo y defensoras de un falangismo antifranquista. Las críticas al dirigismo leninista se simultaneaban con teorizaciones sobre la necesidad de una vanguardia política jacobina; la reivindicación de una revolución hecha por los trabajadores con la afirmación de que la revolución debe ser dirigida por un partido elitista”.

El problema de fondo era que muchos falangistas que habían ingresado en el FSR por “lo revolucionario” se negaban a dejar de ser falangistas y había otros que seguían el camino opuesto: querían olvidarse de que un día fueron falangistas. No es raro que el FSR cayera en la atonía en Barcelona después de unos comienzos esperanzadores y que en Madrid, donde se encontraba la mayor parte de su militancia, las escisiones fueran constantes. Con todo, hacia 1973 quedaban allí pocos falangistas. Otros, a fuerza de ocultar las Obras Completas de José Antonio y recomendar las de Ángel Pestaña se habían convertido en “pestañistas”.

Llegado a este punto vale la pena recordar que Ángel Pestaña, sindicalista de la CNT, tuvo contactos con José Antonio Primo de Rivera en vistas a su integración en la Falange. La izquierda falangista siempre ha recordado estos contactos como muestra de la vocación obrerista de la Falange. No hay tal. Felipe Ximénez de Cisneros en su Biografía Apasionada de José Antonio da algunos datos que explican el porqué tales contactos no progresaron. Recuerda que, efectivamente, esos contactos tuvieron lugar. Al parecer, Pestaña, a fuerza de leer la propaganda de izquierda y sus juicios sobre la Falange, creyó que este partido era la “guardia armada del capital” y que detrás del partido existía el apoyo de grandes capitales. No era así y cuando Pestaña lo comprobó cortó una relación en la que no tenía nada que ganar y sí todo su prestigio sindicalista que perder. Tengo tendencia a creer en esta anécdota. Pestaña se concentró en su Partido Sindicalista que quería ser a la CNT lo que el PSOE era a la UGT, lo que demuestra que sus ambiciones no eran pocas.

En realidad, el FSR fue evolucionando cada vez más hacia el “pestañismo” y terminó integrándose en el nuevo Partido Sindicalista constituido en 1976 a partir de restos varios entre los que figuraban pequeños núcleos surgidos del estallido y reconversión final del FSR que, a todo esto, había terminado expulsando a Narciso Perales y con él a los restos del recuerdo originario falangista. En Barcelona viví relativamente de cerca todo ese proceso.

En la Facultad de Derecho existía en 1970 un pequeño grupo del FSR que era el prototipo del drama de esta organización. Por una parte, el grupo estaba dirigido por Ramón Graells Bofill, falangista de aquellos que habían hecho de las Obras Completas su libro de cabecera. De otro, en esa misma facultad estaba un tal Cid, obrero que tenía cierta tendencia a mostrar sus manos en las asambleas: “miradlas son las manos de un trabajador y no como las vuestras”… y entonces señalaba a los izquierdistas de la izquierda caviar. Conocí a Cid en un compartimento de tren con seis literas cinco de la cuales estaban ocupadas por un grupo heterogéneo que se dirigía a Madrid para asistir a un curso organizado por el SEDEC bajo la cobertura de un “curso para monitores de tele clubs urbanos”. y al sexta por el policía  encargado de vigilarnos. Yo empezaba a tener una idea de dónde me estaba metiendo, pero no así Cid que se había limitado a cumplir la sugerencia de su jefe. Andaba perdido el hombre y mucho más cuando llegamos al Valle de los Caídos y nos esperaba una cuarentena de estudiantes franquistas, carlistas, fuerzanuevistas, guardias de Franco, etc, una compañía impropia para aquel que se sentía “verdadero sindicalista revolucionario”. El hombre aguantó bien los cuatro días de cursillo. Ocultó sus verdaderas afinidades políticas, se calló y seguramente se mordió la lengua y nunca jamás volví a saber de él. Aún así hablé con él lo suficiente para advertir que el “sindicalismo revolucionario” era tan sumamente aburrido y gris como cualquier otro sindicalismo y que con ese bagaje difícilmente se podría construir algo sólido y atractivo. Un par de años después, volví a preguntar por el tal Cid. Desapareció del FSR y dios sabe que habrá sido de él. Físicamente, era la fotocopia de Pedro Conde Soladana, el líder hedillista que presidió la Falange Auténtica en la segunda parte de los 70 después de haber tenido cierto protagonismo en la huelga de FASA Renault de Valladolid en 1973 ó 74. Ambos tenían la misma fisonomía y la misma perilla y su pensamiento, más que político, sindical, era exactamente él mismo. Ya saben aquello de que todos tenemos un doble –el mío todavía circula por el Ensanche (Eixample de nuevo) barcelonés- al que cuando encontramos, uno de los dos muere. Se trata de una vieja historia de los bosques de Baviera. Espero que Pedro Conde no se haya encontrado jamás con su sosias político, como yo tampoco me he cruzado nunca al mío.

La izquierda falangista y la anarquía

La existencia de aquel grupo del FSR en Barcelona no duró más allá del 73, en el 74 los universitarios falangistas estaban organizados en un grupo autónomo “Aula Azul”. No eran más de dos docenas, y buena parte parecía cortado con el mismo patrón: aires de suficiencia, edades entre 18 y 21 años, se consideraban de “izquierdas”, intentaban mantener la equidistancia entre el franquismo y la oposición democrática. Y, en general, todos ellos se consideraban “intelectuales”, distantes y orgullosos de su condición. Políticamente estaban en las nubes. Se situaban un paso atrás del FSR y en su publicación, Aula Azul, seguían ostentando el yugo y las flechas. Se les ocurrió repartir la revista en la Facultad de Filosofía y Letras de la Plaza de Universidad (Universitat). Ocurrió la tragedia. Era difícil entrar a repartir revistas con el yugo y las flechas en una facultad dominada por la ultraizquierda. Lo intentaron y al cabo de pocos segundos se había entablado una batalla campal en la que se mostraron capaces de batir sobre el terreno a los agresores. Pero el mal estaba hecho: la orientación “de izquierdas” de Aula Azul era increíble para quienes los habían visto luchar contra la militancia de izquierdas con la misma decisión que en otras ocasiones habían visto a grupos de extrema-derecha.

Aula Azul que había nacido, si no recuerdo mal, al calor de algún Hogar de la OJE, se fue desvinculando poco a poco del medio falangista siguiendo un proceso parecido al del FSR. Coincidiendo con la muerte de Franco leí una publicación, Eje, de la que me explicaron que era la “antigua Aula Azul”. Eje, seguramente no era el nombre que mejor le cuadraba y que remitía necesariamente al pacto germano-italiano, pero ya no se trataba de una publicación falangista, sino sindicalista cuya insistencia en la “autogestión” era tan obsesiva como aburrida. Para mí era un misterio, como unos chicos de la OJE, estudiantes y con pretensiones intelectuales, se habían acostado un día como falangistas y al día siguiente eran capaces de impulsar una sedicente “federación de grupos autogestionarios” a partir del “Grupo  de Acción Auto Gestionario” que ellos mismos habían constituido y que, con el paso de las semanas y los pajotes mentales mal administrados pasaría a converger con el FSR y con el Partido Sindicalista reconstruido en plena transición por el profesor Rubio Cordón. Mutaciones sin historia, sin gracia, sin aventura, sin gran novedad intelectual.

Entre aquellos falangistas estada el hijo de José Maluquer Cueto, intelectual falangista y antiguo concejal del Ayuntamiento de Barcelona a quien conocí en el Círculo José Antonio de Barcelona y del que puedo contar que tuvo a su cargo las llaves y el mantenimiento de la Biblioteca Arús, la biblioteca masónica de Barcelona, durante el franquismo. Maluquer, un hombre que amaba los libros, preservó de cualquier expolio a aquella biblioteca que, una vez reabierta, conservó el mismo fondo que tenía en 1939. Por lo demás, si alguien quería consultar el fondo de la Biblioteca, el propio Maluquer le acompañaba, le abría la puerta y aprovechaba él mismo para recrearse con aquellos tesoros. Precisamente, cuando se produjo el Caso Scala (incendio del local de fiestas durante una manifestación convocada por la CNT y que costó la vida a 4 trabajadores), aquella misma mañana una llamada reivindicó el atentado, dejando incluso su apellido: ”Jordi Maluquer”. La reivindicación era, por supuesto, falsa…

El caso Scala fue pura provocación. Desde muy pronto se supo que el instigador era un conocido confidente policial infiltrado en la CNT. Si se alguien utilizó el nombre de Maluquer fue precisamente porque este chaval había seguido el rastro que llevaba desde Aula Azul hasta los medios radicales periféricos a la CNT. No todos los miembros de aquel grupo originariamente falangista se integraron en el Partido Sindicalista, los hubo que siguieron caminos mucho más radicales. El joven Maluquer había sido detenido unos meses antes en una manifestación comando contra la Comisaría de Policía de Calle Santaló (por cierto próxima a su domicilio familiar) sobre la que arrojaron unos cuantos cócteles molotov. Detenidos varios, entre otros, el propio Maluquer, fue la primera –y última acción- de este tipo que realizaron los post-falangistas, devenidos ardientes sindicaleros.

Este tipo de grupos suscitaban cierta perplejidad y desconfianza en la extrema-izquierda barcelonesa de la época. No estaba claro su origen y era posible que fueran grupos provocadores. No lo eran, desde luego, pero la extrema-izquierda lo sospechaba. Por tanto, cuando se produjo el atentado del Scala no era una mala idea introducir en la ecuación a un antiguo falangista (esto es, al miembro de un sector que quedaba identificado con la extrema-derecha). Eso daba la posibilidad de que el atentado hubiera sido planificado en medios “involucionistas”… cuando en realidad el objetivo era cortar la influencia de la CNT sobre la juventud de Barcelona e impedir que el sindicato taponara (como había ocurrido en la pre-guerra civil) el crecimiento de la UGT en Catalunya. El atentado, no fue más que una acción táctica programa desde los sectores que impulsaban la transición. Esta era imposible con una extrema-derecha y con una extrema-izquierda fuertes, así pues, había que desactivarlas lo antes posible. El Caso Scala fue el principio del fin para la CNT que, desde entonces, no ha logrado recuperarse.

Tras aquel atentado contra la Comisaría de Santaló debió exiliarse un tal Pedregal cuyo trágico destino fue paradigmático de aquella pequeña generación de falangistas que quisieron dejar de serlo sin saber muy bien como hacerlo. Pedregal era un tipo de voz dura y tan cortante como su apellido. Lo conocí en el Círculo José Antonio de la mano de Ramón Graells. Sus primeras acciones políticas se habían originado, si no recuerdo mal, en las Juntas Promotoras de FE de las JONS, de ahí pasó a Aula Azul –época en que lo conocí- y luego siguió esa dinámica endiablada e indigesta de grupos autogestionarios, sindicalistas y postfalangistas. En Francia tuvo también problemas al participar –seguramente de la mano de la Federación Anarquista o de la ORA, Organización Revolucionaria Anarquista- en una manifestación de apoyo a la banda Baader-Meinhoff. Por si todas estas peripecias no hubieran sido suficientes, finalmente se mató en un accidente automovilístico en el vecino país. Pedregal era todo entusiasmo, voluntad y solidaridad. De tanto en tanto le salía el pelo de la dehesa falangista, pero en mi opinión era el más sincero y el mejor de todo aquel grupo.

El líder de Aula Azul era un tal Luis García (nada que ver con el otro Luis Gardía barceloneés, más conocido como “Mataestudiantes”), hombre que se movió incluso hasta muy avanzada la transición en los medios falangistas socialdemócratas afectos a la Asociación de Antiguos Miembros del Frente de Juventudes regentada por el recientemente fallecido Manuel Cantarero del Castillo. Lo conocí en cierta ocasión, quizás hacia 1972. Ejercía de antifranquista y fino estilista del falangismo más puro, lo que no era óbice para que si el SEDEC les convocara, fueran. En aquella ocasión, el SEDEC organizó en el Albergue Xifré de Arenys de Mar (quién me iba a decir que años después reconstruiría la vida de aquel indiano y penetraría en su biografía esotérica presentando la Casa Xifré de Barcelona como una “morada filosofal”…) un encuentro de estudiantes anticomunistas. Me llamaron. Advertí que no podía ir: ese día me habían convocada al ayuntamiento de Distrito para “tallarme”, primer acto del ritual de tránsito que terminaba en la búsqueda del petate un año después  e incorporase a algún campamento de reclutas. Me dijeron que no me preocupara, que ellos se encargarían de avisar que no acudiría a la ceremonia del “tallado”. Cuando al lunes siguiente fui, me comunicaron que estaba declarado desertor. La persona que tenía que avisar –el coronel Clavero– o no lo había hecho o no habían recogido su llamada. Así que tuve que dar el teléfono milagroso y todo se aclaró.

En el encuentro de Arenys había tres tendencias: el clan de los falangistas, el de los ultras y el de los espectadores. La gran mayoría de los asistentes eran espectadores, en torno a 130 personas, y los otros dos clanes estábamos representados por apenas 10 cada uno, así que aquello se convirtió en un partido de ping-pong en donde la mayoría del público miraba alucinado a dos grupos que se peleaban uno por parecer de izquierdas sin serlo y el otro por parecer de extrema-derecha aun teniendo muy poco que ver con la derecha ultramontana de la época. La conclusión que saqué es que con aquellos tipos se podía hacer poca cosa en común. El PENS en aquel momento estaba disuelto y una de las vías posibles era adherirnos al medio azul. Pero, claro, aquel medio azul, practicaba un antifascismo visceral que no compartíamos, y un progresismo precursor de lo políticamente correcto, que nos parecía igualmente odioso. El choque era inevitable. A partir de esa reunión empecé a ser considerado como la bestia negra de los falangistas puros y duros de Barcelona. Para mí también aquella reunión tuvo su secuela psicológica. A partir de ese momento empecé a ver con desconfianza al mundo azul… lo que no fue obstáculo para que unas semanas después ingresara en el Círculo José Antonio de Barcelona.

Stanley Payne desmoralizando a la izquierda azul

Anteriormente a este había ocurrido otro episodio que supuso para mí la primera señal de ALT! cada vez que intentaba aproximarme a la falange. Un buen día, no recuerdo por qué, tuvimos que ir a la Facultad de Económicas en misión de apagafuegos. Al parecer algunos alumnos de extrema-izquierda estaban amenazando a un profesor falangistas, un tal Rivilla. La sangre no llegó al río y todo discurrió normalmente, pero me encontré a Manolo Parra que me invitó a asistir a un seminario que daba el propio Rivilla en el Hogar Extremadura y al que acudiría Stanley Payne que en aquella época era conocido solamente por su libro sobre la Falange. Parra se había encontrado casualmente a Payne y le había invitado.

Allí estaba Payne sentado en el extremo de una larga mesa, meditabundo mientras Rivilla largaba un rollo interminable y tirando a tostón sobre economía nacional-sindicalista y transformación de la estructura económica capitalista en una estructura nacionalsidicalista, lo cual, a su juicio, era coser y cantar.

El tema del seminario era sobre estructura económica nacional-sindicalista, así que nadie se llamaba e engaño, aquello iba a ser duro. Intenté seguir la exposición pero al cabo de media hora estaba saturado de plusvalías, estructuras económicas, medios de producción y propiedad de los mismos. No era el único. El resto de la decena de asistentes ahogaba como podía  los bostezos sin poder evitar que la presión sobre los lacrimales diera un tono cristalino a los ojos. El único que parecía fresco como una rosa, atrincherado tras unas enormes gafas de pasta, era Payne. Nadie, por supuesto, tomó la palabra para pedir aclaraciones o formular dudas a Rivilla el cual terminó su alocución diciendo: “A la vista de todo esto la transformación de estructura económica capitalista en la estructura propia de un Estado Nacional Sindicalista podría realizarse sin excesivos problemas…”. Quedamos anonadados. El propio Rivilla, a la vista del incómodo silencio general, preguntó a Payne qué le había parecido la exposición. El americano no lo dudó y salió por donde menos me lo esperaba, pronunciando unas cuantas frases que yo esperaba protocolarias y dichas con el peculiar acento de Idaho o Montana: “Mire, creo que lo que usted ha expuesto es muy parecido y me recuerda extraordinariamente a los treinta meses de colectivismo en Catalunya durante la guerra civil…”. Hizo un alto y luego sentención: “Me parece que ustedes no tienen grandes posibilidades en el futuro para llevar a la práctica ese modelo económico”. La reunión se levantó. Desde entonces y mientras permanecí próximo a la Falange pude comprobar esa increíble tendencia de los falangistas a diseñar cómo sería un Estado Nacional Sindicalista, hasta en los más pequeños detalles y, sin embargo, eludir por completo el enunciado de una estrategia que permitiera llegar a él. Hoy esa tendencia está más atenuada por dos motivos: primero porque los teóricos falangistas han desaparecido de escena (Rivilla se mantuvo unos años discretamente y luego desapareció por completo; en Valencia tenía otra réplica, Manuel Martínez Sospedra, también profesor universitario, capaz de describir con minuciosidad obsesiva las estructuras políticas de un Estado Nacional Sindicalista. Diego Márquez habitualmente lo traía a sus mítines como telonero. Terminó en el PSOE) y, en segundo lugar, por que la contracción numérica de estos grupos les ha obligado a optar por otros caminos.

En el Círculo Doctrinal José Antonio

El encuentro de Arenys de Mar y, antes, el seminario con Payne, lograron que a partir de ese momento, siempre que oía hablar de la Falange, algo en mi corazón se pusiera en s ituación de prevengan. El encuentro con Payne tuvo lugar cuando apenas tenía 18 años y el de Arenys con 20, cuando el PENS ya se había disuelto. Me había dado cuenta de que era inútil intentar hacer política con una etiqueta inadecuada, así que casi automáticamente me volví hacia la Falange a pesar de las reservas mentales siempre crecientes que tenía. Estaba muy influenciado por el concepto marxista de “objetividad” que había visto de nuevo en las primeras obras de Evola que habían caído en mis manos. A pesar de leerlas mal al estar impresas en italiano, había podido entender la importancia de la noción de “objetividad”. Así mismo, la izquierda marxista, utilizaba también el palabro de manera machacona. Objetividad era percibir las cosas tal cual eran y aceptar la realidad tal como venía. Entonces tuve la insensatez de pensar: “Ernesto, si de lo que se trata es de adherirse a un movimiento alternativo y revolucionario, en España, el movimiento objetivo nacional-revolucionario es la Falange”.

Hay que decir que en 1973 había cambiado con Fernando Gallego (o Ferrán Gallego a partir de su adhesión al PSUC) mi reproducción facsímil del semanario La Conquista del Estado publicado por Ramiro Ledesma en 1931-32, contra su volumen de Las Ideas políticas de Jean Touchard. Creo que gané con el cambio. Ya entonces me sorprendió conocer la existencia de los “no conformistas de los años 30” en Francia: Thierry Maulnier, Drieu la Rochelle, el propio Mounier, Armand Dandieu, el Grupo Ordre Nouveau, etc. Entonces supe que “eso era lo mío”. Lamentablemente hasta una década después no logré profundizar en esa dirección. Había algo en el pensamiento joseantoniano que remitía a estos “no conformistas” y que se le escapada a la izquierda falangista. Incluso Mounier, que gozaba del predicamento de esos medios azules que devoraban sus obras completas publicadas por ZYX -una editorial de culto en la primera mitad de los años 70 en la izquierda alternativa- no parecían entender lo esencial de su pensamiento. Era difícil que un falangista criado en la opinión de que José Antonio y su obra eran algo completamente nuevo y original, inédito en la historia mundial, pudieran apreciar que había elementos interpolados en el pensamiento de José Antonio, dispersos aquí y allí, que permitían establecer cierta familiaridad con los “no conformistas franceses de los años 30”.

Así que un buen día me afilié al Círculo José Antonio de Barcelona, en su sección juvenil. Por ahí andaba Ramón Graells que se acababa de casar con María Victoria que no había cumplido ni los 20 años. Me invitaron a la boda; las cosas no empezaron bien para el matrimonio. María Victoria (Mariví para los amigos) en el momento de la ceremonia dijo aquello de “Yo Ramón Graells quiero como legítima esposa a María Victoria y prometo, etc”. El cura prefirió no aclarar el error y el marido sonrió benevolente. Luego, cuando me dirigíamos al banquete en el Mini Morris de Arturo Alonso, otro antiguo del FSR, falangista y luego delegado comarcal de Fuerza Nueva en Alicante, pudimos ver horrorizados como se abría la ventanilla del coche nupcial, emergía la cabeza Marivi soltando un vómito que sólo el limpiaparabrisas del Mini logró eliminar. En el convite me tocó junto a una chica del Hogar Extremadura del que recuerdo  unos hermosos ojos rasgados muy particulares que nunca más volvería a ver. Unos años después, los cónyuges se separaban.

Cuándo Ramón Graells me invitó a participar en las actividades del Círculo José Antonio, no podía negarme entre la invitación a la boda y mi reflexión pedestre sobre el “movimiento nacional-revolucionario objetivo” que a la vista de los años, revisándola, carecía de pies, cabeza, tronco y extremidades. Allí, en el Círculo José Antonio conocí a tres personas que constituían lo mejor de la Falange barcelonesa, vale la pena recordar sus nombres: Luis de Caralt, editor, Enrique Chinchilla, arquitecto y Joaquín Encuentra, médico. No solamente eran personas distinguidas en sus trabajos cotidianos, sino que además los recuerdo como modelos de honestidad. Caralt era un pozo de conocimientos. Con apenas 16 años, afiliado a la Falange, había conocido la cárcel en la confusión que siguió a los incidentes de Salamanca que defenestraron a Manuel Hedilla. Liberado y siendo un chiquillo, fue Alférez Provisional y ya en la paz, editor de relieve y prestigio. Encuentra, afectado de una pequeña cojera, había conocido al fascismo francés en los años 30, durante la guerra se vinculó a los medios que editaban la revista Occident y en la paz siguió siendo un montañero avezado y un médico apreciado por sus pacientes. En cuanto a Enrique Chinchilla, había ejercido parte de su carrera como arquitecto en Argentina y entre los tres formaban una troika dirigente que, a pesar de su categoría humana y moral, y, sobre todo, a pesar de mantener con su patrimonio todas las actividades del Círculo, era odiado por los falangistas “disidentes”, que, dirigidos por Roberto Ferruz, ocuparon el local durante un fin de semana antes de ser conducidos esposados a la Jefatura de Policía situada 100 metros más abajo en la Vía Layetana.

En esa época, la Falange disidente o, si se quiere, levantisca, tenía unos cuantos nombres señeros. Los primeros que conocí fueron los de Ferruz, Royuela y Caballero. Roberto Ferruz era hijo de su padre y éste un anarcosindicalista faiero del que había recibido los ideales de revuelta social y de sindicalismo. A Royuela ya lo he mencionado como habitual del bailongo del Distrito del Movimiento de la Calle Blay desde donde empezó a editar una revista ciclostylada no particularmente mal hecha y de título provocativo: Cuadernos para el Monólogo, réplica ultramontana al Cuadernos para el Diálogo que agrupaba las grandes firmas de la oposición democrática. Salieron media docena de números. Ferruz en cambio consiguió llegar en distintas etapas a los cien e incluso superarlos con su revista ciclostylada No Importa que publicó desde finales de los 60 hasta mediados de los 70. Las revistas de Ferruz, para ser ciclostylada, tenían una muy buena presencia gracias a la mano derecha de Márquez, quien las ilustraba con dibujos alegóricos que fascinaban a muchos. La colección de estas revistas sería una muestra inestimable de lo que fue la falange barcelonesa en esa época. Ferruz, dirigió desde las Juventudes Falangistas hasta el Círculo Eugenio D’Ors en los últimos meses del tardofranquismo y que prosiguió hasta bien entrados los años 80. No se comprometió con ninguna de las falanges, ni con fuerzas nuevas ni nada parecido. Lo suyo era el nacional-sindicalismo y no encontró ninguna opción que lo encarnara. Finalmente para satisfacer tantas ansias sociales creó un sindicato independiente en la Compañía de Aguas. En cuanto a Paco Caballero, a medida que se fue haciendo mayor, abandonó la política activa y se limitó a concentrarse en los medios juveniles de la OJE. De tanto en tanto todavía se le ve en conferencias, charlas y mítines. Creo que fue en el 68 cuando Caballero y el mayor de los hermanos Oriente, hijos de padre divisionario (de casta le viene al galgo), asaltar el furgón de Radio Nacional que retransmitía el acto de homenaje a José Antonio en el aniversario de su fusilamiento en el monumento hace poco desmontado en la avenida en un tiempo de la Infanta Carlota, hoy Pau Claras. Lograron hacerse con los micrófonos antes de que el famoso locutor Luis Soriano leyera ritualmente el Testamento de José Antonio y la oración por los caídos de Rafael Sánchez Mazas. “Franco traidor a la falange” junto al consabido “Falange sí, opus no” fueron las consignas que pudieron gritar mientras tuvieron el micrófono en sus manos. Lo que siguió después fueron cargas policiales a pie y a caballo y un espectáculo dantesco de violencia inusitada. Los falangistas, a diferencia de la oposición democrática, plantaban cara a las “grises”. En aquella ocasión hubo leña para todos, incluso para los que pasaban por allí.

Ninguno de estos tres falangistas –ni Caballero, ni Ferruz, ni Royuela- participaron en las actividades del Círculo José Antonio en los seis meses que permanecí allí. Fueron, sin duda alguna, los seis meses políticamente más inútiles de mi vida. En ese tiempo solamente se dio una conferencia (y me tocó darla a mí), nunca se redactó un texto político, pero sí en cambio fueron meses de desgaste y permanente pugna interior. Como recién llegado podía alinearme con unos o con otros, pero jamás entendí –al menos mientras se desarrollaban aquellas pugnas- el fondo de los conflictos. Para colmo, los del Distrito VII de la Guardia de Franco, ocuparon las dependencias del círculo otro fin de semana. La “ocupación” del círculo se había convertido en algo habitual, por lo que la parecía. Otro día, sin venir a cuenta –o viniendo poco a cuento- Ana María Fernández Llamazares, procedente del PENS y que más adelante sería jefa nacional de Falange Española Auténtica le dio un sopapo seco y sonoro a uno de los miembros de la Junta, un excombatiente por cuyos ojos –lo pude ver- debieron pasar las escenas de la batalla del Ebro, de Belchite y de la estepa rusa, quedándose sin saber que hacer durante un par de segundos, lo justo para que otros evitáramos que la cosa fuera a mayores. Aquello más que un partido o un círculo (oficialmente era círculo cultural pero realmente era la sección barcelonesa de un partido, entonces las cosas eran así de complicadas), era la guerra civil rediviva. Nos fuimos a Valladolid en autobús a un acto político de conmemoración de la fusión de Falange con las JONS (la ruptura posterior, al parecer, no era oportuno celebrarla). Allí, de madrugada me presentaron a Pedro Conde Soladana quien no me produjo una impresión particular salvo la de ser una buena persona, pero cuyas cualidades políticas permanecieron inéditas para mí entonces y siguieron siendo inéditas más tarde cuando fue nombrado jefe nacional de la Falange Auténtica.

En otra ocasión me fui con unos camaradas a Toledo donde tendría lugar el Acto Nacional de los Círculos de ese año en el Teatro Rojas: entre aquel mar de camisas azules nosotros desentonábamos con atuendo desenfadado. La cosa no terminó trágicamente porque ese día no tocaba. Diego Márquez cedió la palabra primero a Martínez Sospedra, que largó un royo bastante infumable, aburrido, denso e interminable como pocos, y luego a Manolo Valdés Larrañaga, que fuera amigo personal de José Antonio y en ese momento ocupaba un cargo prominente en la Secretaria General del Movimiento.  La primera frase de Valdés fue antológica y la repito textualmente: “Paseando con José Antonio por la ribera del Manzanares, me habló sobre la conveniencia de restaurar la monarquía en España…”. No pido decir más, Pedregal, todavía en el medio azul, casi se lanza sobre él desde un palco del primer piso y a partir de ese momento aquello se transformó en una batalla campal, ante la cual optamos por abandonar el teatro y esperar fuera acontecimientos no fuera a ser que nosotros a quienes ni nos iba ni nos venía el tema nos lloviera una piña. La trifulca debió durar como una hora. Para colmo los organizadores habían instalado altavoces en el interior del teatro pensando que acudirían ingentes masas populares, sin embargo, el teatro estaba lleno hasta la bandera, pero no más. Nosotros los únicos que permanecíamos en la plaza situada ante el teatro escuchando en riguroso directo y por megafonía el formidable alboroto interior, con un Diego Márquez que oscilaba entre la desesperación y la cólera, gritos atronadores por todas partes y alguna que otra silla lanzada al escenario. Una familia que regresaba de misa pasó ante nosotros azuzada por el padre que decía a sus amados hijitos y a su oronda esposa “Vamos, vamos… antes de que estos se maten”. La sangre no llegó al río, afortunadamente, pero la trifulca recomendó a Torcuato Fernández Miranda, a la sazón Ministro Secretario General del Movimiento que cerrara los círculos durante tres meses. En Barcelona nadie comunicó el cierre por lo que seguimos acudiendo regularmente, si bien en esa época ya estaba desvinculado de sus actividades.

Esos “Actos Nacionales” había arraigado en el ambiente falangista desde que el 20-N de 1970, las Juntas Promotoras de Falange Española de las JONS, convocaran el primero en Alicante. Fui por pura curiosidad en un autobús repleto de azules cantando interminablemente canciones de campamentos y pasean provocativamente por los pueblos de la geografía mediterránea camino del sur con las habituales pancartas de “Falange sí, opus no” y demás lindezas. Como no podía ser de otra manera, a la entrada en Valencia nos pararon. Mientras se discutía si seguíamos o no y a la vista de que no seguíamos, aproveché con otro camarada para lanzarme a correr entre los naranjales en dirección a Valencia. Luego hicimos autoestop y finalmente llevamos, tarde pero llegamos a Alicante, el tiempo justo para ver y sufrir sucesivas cargas de los grises, a pie, a caballo y en tanqueta. Sobre 30.000 falangistas, solamente habíamos conseguido llegar a Alicante 4.000, mucho más de lo que hoy pueden movilizar todas las falanges en toda España. Aquello era políticamente inútil, pero iba acorde con nuestro carácter: Ya por entonces, era perfectamente consciente de que sobre todo y por encima de todo, lo que yo buscaba en la acción político –o en la presunta tal- era la aventura. De ahí hasta bien cumplidos los 40, realmente, lo que me llamaba la atención de la actividad política y que constituía su más irreprimible imán era la posibilidad de vivir la aventura. Y contra más desmadrada, mejor. El problema es que pronto percibí que dentro de la Falange no había aventura posible, al menos para mí.

(c) Ernesto Milà – infokrisis – http://infokrisis.blogia.cominfokrisis@yahoo.es – Prohibida la reproducción sin indicar origen





Ultramemorias (V de X) Tipologías insólitas. El falangista valeroso (2ª parte).

4 06 2009

Abandonar el Círculo José Antonio de Barcelona fue para mí como una especie de liberación. Después de seis meses de embrollos interiores infinitos que ni me iban ni me venían, resultaba evidente que en aquella estructura política no podía hacerse absolutamente nada. De aquella época lo único que recuerdo como positivo fue el haber conocido a la troika dirigente, los Caralt, Chinchilla (Enrique) y Encuentra. Por lo demás, aquella época es completamente olvidable.

A pesar de lo breve de aquel período invitaron a asistir a una Junta Nacional de Círculos José Antonio a celebrar en la sede madrileña de calle Ferraz. Fui con el matrimonio Gracia, esto es, con Javier Gracia y Ana María Fernández Llamazares de los que, como mínimo, puedo decir que su evolución fue sorprendente. Sobre los Gracia, a partir de 1977 se contarían las historias más truculentas y hace poco un antiguo camarada me decía que trabajaban “para alguien”. No, en mi opinión jamás trabajaron para nadie, es que ellos eran así… y su constante evolución política que les llevó del integrismo católico a la comisión de solidaridad con los inmigrantes del Colegio de Abogados de Catalunya (o algo así) pasando por todo tipo de peripecias políticas desde el PENS hasta la Falange Auténtica, era espontánea y seguramente sincera, pero automática como aquella canica que empieza a deslizarse por una pendiente hasta llegar al final de la misma. O si se quiere como un cohete disparado que sigue ascendiendo hasta que se termina el combustible y, a partir de ese momento, queda suspendido en órbita. Los Gracia merecerían todo un capítulo para ellos solos, especialmente porque ella, fue la primera mujer elegida en España como secretaria general de un partido político, mérito que le corresponde a pesar de que ese partido fuera una escisión de Falange Española de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista a la que, por si esta longitud no fuera poca se le había añadido el calificativo optimista entre paréntesis de “(auténtica)”. Eran los hedillistas que hacia finales del 1977 se partieron en dos a la vista del revés electoral de las primeras elecciones democráticas. Los escindidos formaron Falange Española Auténtica que, al menos, tenía la virtud de la brevedad, si bien sus siglas, FEA, no eran lo que se dice afortunadas y nos daban pie algunos para ironías: “Pues no, no estamos ni con la FEA, ni con la BONITA”.

Inicialmente no entendí como era posible que Ana María hubiera llegado a dirigir la FEA. No es que no creyera en sus cualidades, pero no me daba la impresión de ser una mujer particularmente ambiciosa en materia política. Inicialmente tendí a pensar que había asumido la dirección de los disidentes por aquello del “servicio” o por aquello otro de que no había nadie más para asumir el marronazo que representaba encabezar una escisión que se iba deshilachando con el paso de los días. Debieron de pasar algo más de 10 años para que alguien me lo explicara y fue Gustavo Morales. Morales era de esos falangistas, tirando a la izquierda y con ideas propias que le llevaron a la FE-JONS(a) a la vista de que el hedillismo (o presunto tal) era lo que más se adaptaba a su deseo de alejarse lo más posible del franquismo y/o de la falange franquista que no era otra que la FE-JONS amputada de la (a) o aquella otra fundada por Sigfredo Hillers FE(i) que para Gustavo debía ser demasiado católica. Sea como fuere coincidimos en una reunión en el antiguo local de CEDADE de Barcelona en calle Consejo de ciento cuando se estaban teniendo los primeros contactos que conducirían a la formación del Círculo Nuevo Europa con Colomar, Moreno y Farrerons. Gustavo me reprochó el que en algún escrito mío hubiera ironizado sobre un episodio inmediatamente posterior a la escisión de la FEA. En efecto, en su afán de homologación democrática, Gustavo y algún otro se había embarcado en dirección a Cuba junto al resto de participantes en el Festival Mundial de la Juventud y no habían dudado en ponerse camisa azul mahón. El episodio es, cuanto menos, curioso y es de los que no pasan todos los días; sería algo equivalente a que en la fiesta de la Organización Mundial Anticomunista apareciera alguien con camiseta de “orgulloso de ser socialista”. Sería, en efecto, inevitable que algunos quisquillosos lo consideraran provocador o simplemente despistado. Los de la FEA en aquel barco pegaban tanto como tirarse un sonoro pedo en un desfile de top models. Diez años después del episodio, en aquel sórdido salón, húmedo y frío, Gustavo seguía manteniendo que aquel viaje era coherente con la imagen que querían proyectar de la FEA.

El caso es que aproveché para preguntarle cómo fue que Ana María llegó a presidir el nuevo partido: “Es que había que poner a alguien y la pusimos para que recibiera las hostias” me vino a decir poco más o menos. Vamos, que colocaron a alguien a quien pudieran manipular y dirigir un partido sin figurar como cabezas visibles. Todo muy complicado para mi mente cada vez más amante de la simplicidad. Ana María, al frente de aquella escisión duró apenas un par de años. Le sustituyó ya en plena crisis, al frente de la FEA, un obrero de la SEAT, muy buena persona, aquejado en la época de una sordera creciente (en aquel tiempo no existían muchas medidas de protección y seguridad en el trabajo, así que estar al lado de una prensa de chapa y soportar los golpes reiterados le había afectado al aparato auditivo). Se trataba de Ángel Gómez Puértolas, otro tipo singular.

En 1974 la Brigada Político Social me detuvo a raíz de un bombazo que había estallado en un cine que proyectaba la película La Prima Angélica. Ni siquiera había visto la película, ni sabía de qué iba, ni que coño me estaban preguntando aquellos pelmazos. Entre la catarata de preguntas hubo una que me llamó la atención: “¿Qué relación tienes con Tórtolas?”. Y se pusieron muy pesados con el tal “Tórtolas”. Estaba aguantando el chaparrón –bastante desagradable por lo demás, porque a poco de detenerme la Brigada Político Social entendió que ni yo tenía nada que ver con el atentado ni podía decirles nada sobre el mismo- cuando bruscamente caí en la cuenta de que “Tórtolas” era en realidad “Puértolas” a quien había conocido en el Círculo José Antonio de Barcelona.

Volví a encontrarme a Puértolas-Tórtolas en el arranque de la transición durante una cena que convocaron los Alféreces Provisionales para adoptar una postura sobre el referéndum para la reforma política que tuvo lugar en 1976. Había unanimidad en votar No, y solamente había una disonancia, los Círculos José Antonio que estaban a favor de la abstención. En el postre, hubieron varias intervenciones que seguían el ritual habitual: hablaban primero los teloneros, siempre una mujer, luego un joven y finalmente el baranda que asumía su papel estelar. En aquella cena no se siguió el esquema y tomaron la palabra gentes de todos los grupos, grupitos y grupetes de la época. En un momento dado al presidente de la Hermandad se le ocurrió que no había hablado ningún joven y pidió con gestos que saliera uno, mirando precisamente a Puértolas, el cual agarró el micrófono con una sonrisa cándida dispuesto a defender con un brillante parlamento la posición de los Círculos que era… justamente la contraria de todos los que habían hablado antes. El público, primero se sorprendió, luego se enfureció y, finalmente, exteriorizó su estado de ánimo increpando al orador cuya sordera le impedía oír las imprecaciones; por los gestos, creía que le estaban jaleando. Debió de levantarse Royuela que estaba a la vera del micro y sacarlo a empujones del estrado. Así era el ambiente en aquella época y así era Puértolas en casi todo lo que hacía: dejando aparte que era una excelente persona y el clásico obrero con “conciencia de clase” que le llevaba a solidarizarse con cualquier otro trabajador que sufriera algún problema, no se enteraba de casi nada. Pues bien, al caer la Llamazares de la dirección de la Auténtica, le sustituyó Puértolas atrincherado en un pequeño localito de la calle Puertaferrisa que ondeó hasta última hora anterior al deshaucio la bandera rojinegra, eso sí progresivamente más descolorida y deshilachada. Aquella bandera que veía con cierta frecuencia constituía para mí la perífrasis simbólica de la extinción de un ambiente.

Había algo en los Gracia que los hacían diferentes al resto de militancia. Por de pronto eran matrimonio y eso no era habitual. Luego eran encantadores en un ambiente más bien bronco y áspero. En aquella época eran católicos y lo manifestaban en un ambiente como la Auténtica que nunca me dio la sensación de que fueran muy “fuertes en la fe”. El propio Pedro Conde en una entrevista concedida a Interviú en la que hizo gala de su más depurado izquierdismo, cuando el periodista le preguntó forzado por las respuestas: “Bueno, y a todo esto ¿qué es lo que les separa del marxismo?”, Conde, mesándose la perilla dio aquella respuesta tan antológica de: “Lo espiritual…” Y ahí se quedó sin explicar exactamente qué era “lo espiritual”. Los Gracia no pegaban en el ambiente y tenían la virtud de tomarse muy en serio su papel y defender sus actitudes con tanta obstinación como convicción. No eran lo que se dice muy flexibles en el día a día aunque su actitud haya constituido, más que una caña doblada por el ciento, un giro de circunferencia de 0 a 180º.

Sus enemigos dentro de la FE-JONS(a) fueron buscando informaciones y datos que los evidenciaran como antifalangistas. Y finalmente la obtuvieron. En 1970, Curro (un miembro de Fuerza Joven, luego del PENS, más tarde de la CNT, luego de la LCR y finalmente cofundador del primer colectivo gay catalán) los había captado para el PENS y el matrimonio acertó a asistir a una reunión que tuvo lugar en el antiguo local del SEU de la calle Canuda. Íbamos de uniforme (camisa caqui y brazal con la “cruz de acero”). Debimos asistir algo más de una  treintena de militantes (la totalidad del PENS en la época) y la cosa se hubiera olvidado completamente de no ser porque Ignacio Castells la filmó con una cámara de super 8mm. Finalmente esa filmación llegó a los adversarios de los Gracia justo en el momento en que el grupo de la FE-JONS(a) de Barcelona se había partido en dos. Uno de los grupos había convocado un mitin en un cine de barrio. Al intentar acceder al cine se encontraron a los Gracia, y a algún otro camarada, encadenados ante la puerta con un cartel: “Queremos un debate”. Los otros se frotaron las manos: “¿debate? Ahora vais a ver”. Y les proyectaron la película a ellos que habían negado por activa y por pasiva haber sido miembros del PENS (no es que el PENS repartiera carnés, pero sí habían tenido algún tipo de compromiso). “No se ve muy clara esta película” fue lo único que acertaro a decirJavier Gracia.

Desde ese momento entendí los riesgos de no asumir el pasado: no es que considere el tránsito por el PENS como algo más que una experiencia juvenil, breve en el tiempo y que equivalía a un rito de tránsito de la adolescencia a la juventud. El PENS me dio la ocasión de alejarme del hogar paterno, de conocer nuevos amigos y de vivir un remedo de aventura que, en mi caso, consistió en excursiones a la montaña, pintadas y empezar a escribir sistemáticamente, algo que finalmente terminó determinando mi vida profesional.

Pues bien, fue con los Gracia con los que me fui a Madrid a la reunión de los Círculos José Antonio. Debieron asistir unas cuarenta personas procedentes de casi toda España. Allí conocí al representante del Círculo José Antonio de Zaragoza con el que todavía sigo manteniendo estrechas relaciones de amistad y colaboración política. Al poco de conocernos vimos que teníamos inquietudes disonantes con el resto: nos había interesado la revolución de mayo, Evola, Guénon y las doctrinas tradicionales, habíamos leído a los situacionistas franceses y considerándonos anti-izquierdistas nos atraía extraordinariamente el pensamiento de la izquierda alternativa europea como fuente de inspiración.

La reunión, presidida por Diego Márquez y Carlos Ruiz Soto fue bastante gris y de ella recuerdo solamente que pedí en nombre del Círculo de Barcelona la celebración del Acto Nacional anual para nuestra ciudad. Diego me miraba con expresión de conmiseración y de condescendencia hacia la juventud, como pensando: “Como se nota que este es recién llegado y no conoce el terreno que pisa”. Efectivamente, no lo conocía. El acto tuvo lugar no recuerdo dónde pero yo, para esa época, ya no estaba bajo la disciplina de los Círculos José Antonio. Diego expresó el plan de los Círculos: llegar a los 100 (debían ser en aquel momento unos 75), constituir el embrión de un partido político y, finalmente, notificar el estado de los trabajos para alcanzar la “unidad falangista”, algo que Diego veía difícil y que a mí me convenció de ser una verdadera quimera en el sentido de ilusión de algo horroroso a la vista de lo que podría salir de la multiplicidad de tendencias ideológicas y líneas políticas de la media docena de grupos existentes en la época.

Hasta tres años y medio después no volví a tener contacto con todo el ambiente azul.  Fueron unos camaradas, “el Boinas” y Bernardo los que me animaron a ir al Congreso y allí, en un Citröen estaba yo un viernes por la tarde saliendo para Madrid. Entre que “el Boinas” fumaba puros y que al Citröen se le salía la gasolina y, más que correr el riesgo de convertirnos en un coctel molotov sobre ruedas, aquel viaje fue mareante a causa del ambiente saturado de olor a puro y a gasolina (el viaje con los Gracia a Madrid, a todo esto, no había sido mejor: a eso de las 5 de la madrugada paramos en plena carretera, dormimos un poco hasta que me despertó un ruido extraño. Delante nuestro había un montón de basura y miles de ratas –miles– paseándose). Aparentemente, el Congreso estaba bien montado y en el hall del Palacio de Congresos parecía invadido por un azul pastoso en medio del cual nosotros éramos la excepción catalana. Nos dieron los pases –se trataba de un congreso abierto– y una carpeta con el programa, una pequeña declaración y poco más. En principio lo que más me sorprendió era que el encuentro recibía como nombre “Congreso Nacional Sindicalista (Primera Fase)”. Eso de las “fases” atribuía al proyecto el aspecto de ser el parto de los montes, pero no se nos indicaba qué otras fases habría ni cuantas ni para qué. Veía aquello con cierto alejamiento, pero con la secreta esperanza de que alguien levantara una bandera que fuera susceptible de ser seguida sin ningún tipo de reservas mentales. No hubo tal.

A primera hora de la mañana, seríamos no más de 350, quizás 400, quienes acudimos al Palacio de Congresos de Madrid. Con el paso del día se fue sumando más gente. Todos –salvo los tres que veníamos de Barcelona– eran miembros de los Círculos José Antonio o de los Antiguos Miembros del SEU o de los Antiguos Miembros del Frente de Juventudes, o de la Asociación Juvenil Amanecer, o del Círculo Doctrinal 4 de marzo o de la Agrupación Juvenil Bandera Roja y Negra o de los Jóvenes Falangistas, demasiadas siglas que evitaban reconocer que los otros dos grandes grupos, el de falangistas-franquistas encabezado por Raimundo Fernández Cuesta y el de Pedro Conde o los falangistas-izquierdistas no habían participado en el sarao.

Cuando nos enunciaron las ponencias yo me apunté a la de organización y Bernardo a la de programa. Había media docena de estas ponencias presidida cada una de ellas por algún “figura” del falangismo y de los círculos. La ponencia de Internacional, por ejemplo, estaba presidida por David Jato Miranda, autor de La Rebelión de los Estudiantes, una historia del SEU en la preguerra. La de organización la presidía López Otero, presidente del Círculo José Antonio de Sevilla.

Aparentemente, las ponencias podían modificarse según los trabajos de las reuniones. En realidad, eran inamovibles. El ponente de organización logró sorprenderme elaborando en menos de un minuto una teoría organizativa que hubiera dado vértigos al mismísimo Lenin. Sostenía que mientras lo normal era que “los partidos consideraran al sindicato como una correa de transmisión, para el nacional-sindicalismo el partido era la correa de transmisión del sindicato”. La frase era ingeniosa, era del tipo de “el sentido común es el menos común de todos los sentidos”. Y de ahí la ponencia no salía. Tuve que explicar –entonces ya empezaba a moverme con más confianza en mí mismo y había dejado atrás la timidez congénita que me dificultaba el tomar la palabra en asambleas, mítines y ponencias– que lo esencial del período que se abría era la legalización de los partidos y que el eje de la política iba a depender de los partidos, no de los sindicatos que se limitarían cada vez mas a defender, mal que bien, los derechos de los trabajadores, pero nunca a forzar reformas políticas ni siquiera a intervenir en política. No hubo forma. Ni tampoco cuando pasé a explicar que lo esencial en un congreso de este tipo era definir objetivos, estrategias y tácticas, en lugar de buscar innovaciones organizativas poco meditadas que, más allá de un enunciado más o menos rutilante, eran imposibles de llevar la práctica. Ni por esas. La ponencia era inamovible y así se quedó, a pesar de que buena parte de los miembros de la ponencia compartían mi posición.

La ponencia de ideología no había ido mejor. Se habían limitado a comentar y votar, uno a uno, los 27 puntos de la Falange. En aquella época era todavía importante esta cuestión de si eran 26 ó 27 los puntos del programa falangista. Los 27 puntos habían sido redactados por José Antonio Primo de rivera, pero el 27 que decía eso de que “pactaremos muy poco” no tenía sentido cuando Franco fusionó a la Falange con los Carlistas en su Movimiento. Así que de 27 se quedaron en 26. Ese punto marcaba la diferencia e indicaba si se estaba ante un falangista disidente, auténtico, hedillista, etc., o si se estaba ante un falango-franquista. En aquella ponencia, Bernardo, al que los problemas ideológicos nunca le preocuparon excesivamente, había salido despotricando cuando se sometió a votación si el hombre era portador de valores eterno o no, y resultó que sí lo era, pero por la mínima. En otras ponencias las cosas no fueron mejores. En la de internacional, cuando lo único que cabía era intentar vincularse a organizaciones similares europeas, David Jato lo centró todo en la Hispanidad y en su defensa. A media tarde del primer día de trabajos, era evidente, al menos para mí, que aquel encuentro no iba a servir para nada y que jamás tendría lugar la 2ªFase, ni mucho menos la 3ª, en caso de que estuviera prevista.

Para colmo en la mañana del domingo acertaron a ponerse ante la puerta del Palacio de Congresos un grupo de hedillistas para hacer propaganda –claro está- de lo suyo, la FE-JONS(a). Hubo el consabido reparto de estopa que entre camaradas duele más. El acto de clausura registró la presencia de De Raymond que en aquel momento emergió como cantante patriótico. Sin embargo también desentonaba algo con el congreso. A fin de cuentas, De Raymond era franquista y posteriormente se encontró mucho más cómodo en el entorno de Fuerza Nueva, junto a José María su compañero del alma con el que todavía sigue en el Miami de las Américas. No asistimos al mitin de clausura y preferimos visitar a Della Chiaie y sus camaradas exiliados en la Pizzería L’Apuntamento que tenían abierta en la calle Libreros de Madrid. Y luego para Barcelona comentando la inutilidad de aquel congreso que, efectivamente, no tuvo la menor repercusión.

A poco de celebrarse el congreso parte de los círculos fueron a engrosar las filas de FE-JONS(a) que en su primera fase prodigó un activismo frenético que duró hasta la noche en que se conocieron los resultados electorales de 1977. Zulueta, uno de los dirigentes de los Círculos se había pasado a los presuntos hedillistas con armas y bagajes. Los Círculos José Antonio se quedaron en medio de un bocadillo formado por la derecha falangista de Raimundo y por la izquierda hedillista, sometidos a una pérdida de efectivos por goteo que no logró detener su transformación en Partido Nacional Sindicalista. Para colmo estaba la presión del grupo de Sigfredo Hillers desde las altas cumbres de su rigorismo falangista.

Diego Márquez siguió predicando la unidad falangista hasta que finalmente la consiguió cuando Raimundo dimitió y él venció a Antonio Tuero en el ya lejano 1986. Tuero meditó sobre el nacionalsindicalismo, la ocasión perdida de ser el jefe nacional heredero de Raimundo, el pasado, el futuro, y, por aquello de la coherencia, se hizo francmasón entrando algo después en el Consejo Supremo el Grado 33. No era el único en nuestro ambiente que se decantó hacia la masonería y no voy a ser yo quien se los reproche. Diego, como primera providencia, convocó un “Congreso Ideológico” cuya ponencia me inspiró una irreprimible tristeza: era lo de siempre que llevó a lo de siempre, una escisión por aquí, una ruptura por allá, una fusión acuyá y Diego casi 25 años después que dice que ahora sí que dimite. En ese ciclo de 25 años, la Falange se ha extinguido casi completamente.

(c) Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.eshttp://infokrisis.blogia.com – Prohibida la reproducción sin indicar origen





Ultramemorias (V de X) Tipologías insólitas. El falangista valeroso (y 3ª parte).

4 06 2009

Nunca más volví a tener relación con Falange si bien mantuve relaciones personales con algunos falangistas. Realmente, el plural es muy aventurado a la vista de que fue realmente fue con pocos. Cuando en 1987 pusimos en marcha la revista DisidenciaS (de la me cabe el honor de decir que los seis números aparecidos supusieron una ruptura con todo lo que se había hecho hasta ese momento), participaron algunos falangistas (el grupo Tercera Posición de Valencia que, para ser fiel al nombre, eran justamente tres camaradas), Miguel Ángel Vázquez y Juan Antonio Aguilar. Para algunos falangistas era evidente que se trataba de evolucionar de la misma forma que para gentes que procedían de CEDADE o del Frente de la juventud, la evolución era la única aventura que podía garantizar la subsistencia política. Con una tirada inicial de 2.000 ejemplares unas 64 páginas, en sus contenidos, en su concepto estético, era otra cosa que, desgraciadamente, abandonamos (si bien Aguilar ha rescatado la cabecera para otra revista editada en el momento en que escribo estas líneas) en cuanto se puso en marcha el Círculo Nueva Europa.

Salvo las relaciones que pude tener a través de DisidenciaS con gente que militaba o estaba próxima a Falange, no volví a tener relaciones ni directas ni indirectas con ese ambiente hasta que debió ser en 1994 ó 95 cuando Gustavo Morales y Miguel Hedilla ingresaron en Falange Española de las JONS con la sana intención de sustituir a Diego Márquez. No lo consiguieron, pero como una escisión es lo habitual en estos casos, se escindieron y de ahí surgió FE-La Falange. Fue la única vez en toda la historia reciente de estos grupos que los falangistas fueron capaces de atraer a algunos que jamás habían militado en el ambiente azul. Enrique Moreno, por ejemplo, logró sorprenderme cuando una tarde le pregunté si era verdad eso que se decía por los mentideros de que había ingresado en La Falange. Me lo confirmó. Así mismo, otros que habían participado en la iniciativa de la revista DisidenciaS o de Nueva Europa se integraron en el partido. De ahí surgió la tendencia Vértice cuando ya Internet había irrumpido en nuestras vidas.

Algo así como un año antes, Aguilar, Gustavo Morales y algunos más habían pasado por Barcelona y tuvimos una pequeña reunión informal. Si idea era “cambiar a la falange”. Yo en aquel tiempo permanecía en situación de reserva disponible, pero el ambiente falangista me parecía irrecuperable y me había jurado, ante el altar de la naturaleza en el curso de una excursión en solitario a los Pirineos nevados, gélidos, nebulosos y majestuosos, que jamás volvería a tener devaneos políticos con ninguna de las falanges. Sin embargo, era natural que cada vez que iba a Madrid pasara a saludar a los amigos y camaradas al margen de donde se situaran políticamente, así que pude ver, con cierta proximidad, no la suficiente para quemarme, la evolución de toda esta iniciativa. Me perdí, eso sí, la ruptura entre Gustavo Morales y Diego Márquez y los primeros pasos en la formación de FE-La Falange. Luego, cuando se formalizó la creación de la tendencia Vértice tuve información algo mas fluida e incluso pude conocer a falangistas con los que sigo manteniendo buena amistad. Pero no podía evitar experimentar un pesimismo absoluto sobre el destino de la iniciativa.

Morales que siempre había manifestado una postura pro-iraní y publicado incluso un libro encomiástico como Jomeini y la revolución islámica, trabajaba en la embajada de ese país hasta que, finalmente, fue despedido. Por algún motivo y siguiendo canales que se escapan y que no tengo el más mínimo interés en sondear, en tanto que previsibles, su vida terminó por confluir con la de Emilio Rodríguez Menéndez que había sido comisionado por Vera para revivir el diario Ya y con él acometer una campaña de desprestigio contra Pedro J. Ramírez. Durante unos meses el diario fue saliendo, pero, conforme a su tradición consuetudinaria Rodríguez Menéndez no pagó ni una sola factura, ni por supuesto, salarios. Miguel Ángel Vázquez estaba a cargo de las páginas culturales y la inmensa mayoría de artículos los elaboraban camaradas. El director oficial del diario era Javier Bleda, también miembro de FE-La Falange. En la propia sede del diario se celebraron reuniones del partido que, cuando se produjo la caída de toda aquella falsa estructura, pudo evitar hundirse con los restos del naufragio. Morales y Bleda, también siguiendo vericuetos insondables, terminaron su vida política activa en el entorno de Mario Conde que acababa de comprar al peso el CDS y acababa de lanzar una publicación efímera a efectos de mejorar su revista. El director volvía a ser Bleda. Mario Conde sufrió en aquel tiempo la inflación de ex miembros de la extrema-derecha que percibiendo fortuna afluyeron allí para ofrecer sus servicios. Antes ese mismo flujo de ex ultras a la búsqueda de acomodo y de fondos, se había producido en el entorno de Ruiz Mateos, cuando intentó lanzar un partido y más tarde del fallecido Gil y Gil cuando intentó hacer otro tanto. En realidad, las tres iniciativas tenían un denominador común, utilizar lo público para defender lo privado y los tres terminaron pegándose el batacazo. Mejor no recordar los nombres ilustres de la ultraderecha que figuraron en cada una de estas tres iniciativas, ni sus vidas y milagros en la ultra.

Con la llegada de Morales, Mariat, Hedilla hijo y alguno más, algo pareció moverse en el ambiente azul. Desde la lejanía, me dio la sensación de que Morales y Bleda habían apostado demasiado fuerte por el Ya y más tarde por Mario Conde y eso les hizo perder el interés en FE-La Falange. Quizás haya otra explicación, pero se me escapa. Así que asumió la dirección un tal López, a quien por su volumen bauticé como “Lopezón”, y eso coincidió con los intentos de formar un Frente entre FE, DN y algunos más. Hay que decir que, en aquel momento, FE-La Falange debía contar con unos 800 militantes activos y DN con una cantidad menor, pero, en cualquier caso, lo que personalmente me parecía necesario era desbrozar de siglas el ambiente y lograr una convergencia progresiva de grupos hasta alcanzar lo que llamaba en la época “masa crítica”, necesario para poder jugar un papel político. Había demasiadas siglas y todas demasiado pequeñas. La FE-JONS de Diego había quedado empequeñecida con la escisión de Gustavo y demás. Fuerza Nueva no se había recuperado de su segunda disolución esta vez bajo la forma de Frente Nacional. El AUN de Ynestrillas seguía como sigla pero su jefe estaba de vacaciones en la cárcel por el tiroteo en la discoteca y no había nada más, al menos nada más digno de consideración y mención, fuera de los habituales grupos falangistas herederos de mejores tiempos como el FEI, del que Hillers se había descolgado lustros atrás.

Fue bajo la jefatura de Lopezón que se constituyó el Grupo Vértice formado por un grupo de amigos que habían ingresado en el partido: Miguel Ángel, Aguilar, Moreno, Néstor, Galocha, etc. Cuando se trató de dar el cambio radical al partido, Vértice perdió la partida por escaso margen y Lopezón salió reelegido. Victoria pírrica porque poco después abandonaría el partido. Luego FE-La Falange estallaría a pedazos: de la escisión de FE-JONS aparecieron primero la Mesa Nacional Falangista, luego la Falange Española Auténtica (una FEA rediviva), mientras que el grupo FE-La Falange quedó empequeñecido. Luego Lopezón se ausentó sin dejar señas, asumiendo la dirección, Cantalapiedra. Y en eso está, sin haber podido evitar, por supuesto, la escisión de la escisión que dio vida a otra FE-La Falange a la que, finalmente, Ynestrillas se sumó por aquello de que las desgracias nunca vienen solas. Sin desaparecer, FE-La Falange de Cantalapiedra dio vida al Frente Nacional. En su conjunto, todo este tejemaneje de escisiones y más escisiones y escisiones de escisiones, se hacía dentro de un ambiente cada vez más contraído, más empequeñecido y más poblado por siglas y mas siglas entre las que es difícil aclararse donde empieza una, termina otra y quien es quien y donde está quien, en cual proyecto y qué aspiraciones se forja.

La tendencia Vértice, al poco tiempo de perder las elecciones, se desvinculó del partido. Participaron en la coalición España 2000 en las elecciones de ese año, junto a DN, al grupo formado en torno a Juan Antonio Llopart y los valencianos agrupados en torno a José Luis Roberto. El resultado fue pobre sino pobrísimo y, por supuesto, no hubo ninguna reunión posterior para analizar los resultados, ni aquella Unión Temporal tuvo continuidad, salvo en Valencia. Unos cuantos “vértices” confluyeron con el grupo de Llopart y algunos exmiembros de CEDADE y allí estuvieron siete años compartiendo las siglas Movimiento Social Republicano, hasta que unos por un motivo y otros por otro, se fueron desprendiendo de la matriz que jamás logró superar el estadio grupuscular.

Lo interesante de Vértice fue la naturaleza de sus miembros, en gran medida –nunca se puede generalizar del todo y siempre existe algún “pero”– gente normal, respetada en el ambiente y con ideas y capacidad para expresarlas. Quizás era demasiado pequeño para poder controlar una estructura que nunca había funcionado muy bien (me refiero a la sigla histórica FE-JONS, que siempre, incluso en tiempos de José Antonio tuvo una trayectoria vacilante, excesivamente activista, poco política y es con el “fundador” cuando se inicia la tradición del ahí te quedas por vía de la escisión. De hecho si Ramiro Ledesma, después de fusionarse con el grupo de José Antonio Primo, se escindió y desde ese momento no dudaron en ponerse verdes, ¿por qué no iban a tener derecho a hacer otro tanto sus émulos tardíos?).

En Vértice participaba gente que había asumido iniciativas interesantes antes, que tenía imaginación, que conservaba presencia militante en alguna de las pocas zonas en donde Falange tenía todavía cierto arraigo (Cantabria) y que, aun siendo falangistas, eran perfectamente conscientes de que debían variar mucho las estructuras del partido si querían hacer política. El hecho de que miguel Ángel Vázquez no fuera elegido enésimo “jefe nacional”, en lo personal, creo que le liberó de un marronazo del que difícilmente hubiera podido salir. De todo se aprende y todos los que participaron en Vértice –y los que vimos los toros desde la barrera- aprendimos mucho de aquella época y de la que siguió ya en el nuevo milenio.

Siempre se aprende a hostias y, al final, se termina conociendo el camino justo que lleva al éxito político. Claro está que eso nos puede ocurrir cuando seamos venerables abueletes o bien en la siguiente reencarnación. O en la otra.

(c) Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.eshttp://infokrisis.blogia.com – Prohibida la reproducción sin indicar origen.