Ultramemorias (VIII de X) Visicitudes políticas en la transición ( y 4ª parte). Los flecos de la transición

3 06 2009

El 23-F no estaba previsto para ese día sino para unos días antes, cuando tuvo lugar el debate sobre la muerte del etarra Arregui. Esa tarde, el dirigente del Frente de la Juventud que había mantenido contactos con el entorno de Tejero que compartía celda con Pepe de Las Heras, le comentó a este que “esa tarde habría un golpe en el parlamento”. No ocurrió nada, pero unos días después, Pepe, que no creía en la parapsicología entendió lo que había ocurrido.

Aquella tarde del 23-F había regresado a Francia y me encontraba en el Château du Reveillón; fue sobre un pajar, en la más idílica de las situaciones, como me enteré de lo que estaba pasando. Todos esperábamos un golpe, pero no de esas características, ni con Tejero como protagonista. Era inútil preocuparse: aquello estaba llamado a fracasar desde el primer momento sin necesidad incluso de que el ray lanzara un tardío mensaje para que las pocas tropas que habían salido a la calle volvieran a la placidez de los cuarteles para salir solamente en días señalados de desfiles o simplemente para el desguace.

A partir de ese momento, ya no tenía sentido ni aludir a la “estrategia de fractura vertical dentro del sistema”, ni apelar al mucho más pedestre golpismo. Había terminado una era y el remate final fue la presentación de “Solidaridad Española” a las elecciones. No fue solamente este acontecimiento el que precipitó la debable electoral de la ultraderecha que desapareció para siempre del parlamento y poco después fue desapareciendo, cada año un poco más, de las calles. Tal como le había dicho a Blas Piñar unos años antes, a partir de 1988, el 20-N se podía celebrar en un teatrito de aforo medio. Fuerza Nueva había visto como sus mejores elementos hacñian mutis por el foro tras el Caso Yolanda. Falange Española estaba envejecida y no porque un venerable abuelete estuviera al frente, sino porque la ideología, la estética, los símbolos del partido, tenían ese inequívoco aroma de naftalina que la inhabilitaba para jugar un futuro incluso dentro de la misérrima ultraderecha. El Alcázar desaparecería solo tres años después cuando las ventas habían descendido a lo que correspondía por la calidad redaccional del diario y las deudas se había disparado a medida de la irresponsabilidad de Antonio Izquierdo. La Confederación de Combatientes se convirtió en habitual en los obituarias y bruscamente los lectores de Fuerza Nueva empezaron a advertir que, en cada número, las páginas que daban cuenta de los fallecimientos de afiliados y camaradas, iban en aumento. En pocos meses, los locales de ultraderecha o fueron desalojados por impago o simplemente se vaciaron de militantes. Y lo peor quedaba por llegar.

Blas había perdido el acta de diputado y se sentía inseguro. Temía ser “el nuevo José Antonio”. No dudaba que los socialistas harían lo mismo con él que en 1936 hicieron con el fundador de la Falange: detenerlo primero, procesarlo después y, fusilarlo, finalmente. Era una opinión muy extendida en la época entre algunos dirigentes ultras de edad. Unos camaradas de Zaragoza que habían visitado a Milans del Bosch en el penal militar no pudieron por menos que sorprenderse cuando el espadón les comentó entre triste y meditabundo que estaba en paz con dios y preparado para ser fusilado por los rojos. Supe el estado de ánimo de Blas, tras la visita que éste realizó a David Martínez Loza, que durante un tiempo estuvo en la cúpula del partido y que el Caso Yolanda había llevado a la cárcel de Meco, donde lo conocí. Cuando eso ocurría, a mediados de febrero de 1983, Blas ya había disuelto Fuerza Nueva, sin apenas resistencias. Solamente, el presidente del sindicato Fuerza Nacional del Trabajo, Jaime Alonso, intentó continuar pero ante el desconsuelo general hubo que reconocer la realidad: un partido cuyos delegados provinciales son elegidos a dedo, sin más programa que la fidelidad a Blas y que estaba a lo que dijera Blas, a la postre, no era nada sin Blas.

El partido murió por los errores de conducción política cometidos entre 1975 y 1982. Siete años de errores y desenfoques, finalmente se pagan con la extinción. Hubo incomparablemente, mucha más pena que gloria. De hecho, no hubo nada que pudiera considerarse glorios. El discurso de disolución de Blas fue un despropósito y dijo aquello famoso de que “la iglesia nuestra madre nos ha abandonado, la patronal nos ha abandonado, los militares nos han abandonado”. Olvidó decir algo que era mucho más importante: los electores le habían abandonado, especialmente porque no supo seducirlos. No hacía falta que le abandonara nadie más. Por lo demás, si Blas no se había enterado todavía que la Iglesia estaba en otra órbita y que prefería apoyar a las democracias cristianas europeas y de paso sancionar la separación Iglesia-Estado, si a esas alturas no había advertido que el 23-F generaba una situación nueva en el estamento militar y que el propio Franco se había declarado “apolítico”, o si desconocía finalmente que la patronal intentaba solamente realizar nuevos negocios al calor de Europa y que para eso era preciso un marco democrático formal… es que Blas no se había enterado de lo que estaba pasando en España en aquellos años.

Las “masas oceánicas” se disolvieron en la nada y se dieron de alta como votantes entusiastas de Fraga, el hombre que había impuesto en los pactos de la transición el “nada a mi derecha”. Por aquellos días andaba leyendo un libro fundamental, La contrarevolución de Tomas Molnar que venía al pelo para interpretar lo que había ocurrido. La tesis de Molnar era que los conservadores, en momentos puntuales de su trayectoria se enfrentan a la necesidad de realizar reformas y es el momento en el que pueden hacerlas. Pero la “reforma necesaria” habitualmente es desestimada por los conservadores que, a fin de cuentas están preocupados sólo por “conservar”, no por “reformar”. El paso del tiempo hace que esas reformas necesarias lo sean cada vez más, pero llega un momento en el que ya no son posibles de realizar. El esquema de ese brillante pensador católico que, a fin de cuentas es Tomas Molnar, podía aplicarse a Fuerza Nueva con singular precisión: entre 1975 y 1982 (y desde luego muy claramente entre 1977 y 1979) el partido tenía la entidad suficiente para liderar a la ultraderecha, romper la unión de “los siete magníficos” y con ello la hegemonía de Fraga en la derecha liberal y construir un partido moderno similar al MSI… cuyo avatar gobierna hoy en Italia. Pero para ello era preciso abordar en 1975, o como máximo en 1977, “la reforma necesaria”: Blas lo podía hacer. Esa reforma consistía en desmilitarizar el partido, convertir a las centurias de Pancho Villa en asociaciones de jóvenes que hicieran trabajo político en la universidad, en las escuelas, en los centros de formación profesional, en las calles. Dejarse de mirar hacia atrás y hacerlo hacia el futuro. Disminuir la tensión religiosa del partido y aumentar la tensión política en su interior. Crear una escuela de cuadros Estructurar un programa político, una estrategia electoral en la que todo lo que no estuviera destinado a ganar elecciones fuera erradicado del partido, todo militante conflictivo o que no se adaptara al “nuevo curso”, expulsado… para eso estaba el Frente de la Juventud, para agrupar a los más exalados, a los disidentes y disconformes, a los turbulentos y a los que tenían ganas de activismo permanente y bronca segura…, pero ello implicaba deshacerse de miles de militantes y, sobre todo, tener el valor para hacerlo. No se hizo. Se creyó que las “masas oceánicas” seguirían plantificadas cada 20-N en la Plaza de Oriente y, lo peor de todo, que el Espíritu Santo proveería de éxitos. En política, eso no suele dar resultado. Y aquí, a pesar de la fe de Blas y de su círculo más íntimo, por supuesto, tampoco lo dio.

Tras el caso Yolanda, la reforma del partido era urgente… pero ya no era posible. Se había ido demasiada gente por la vía de la escisión o del “ahí te quedas”. Ya  no había nada que hacer. La gente con ideas estaba fuera del partido. Dentro quedaban chicos jóvenes, probos militantes, hombres y mujeres de fe, admiradores incondicionales de Blas, despistados varios y gentes de paso.

Tras el anuncio de la disolución de Fuerza Nueva se crearon asociaciones provinciales con los simpatizantes que decidieron seguir en activo. No estaba claro para qué iban a servir aquellas cuarenta y tanas siglas, pero como el partido estaba formado a imagen y semejanza de Blas, todos pensaron que Dios proveería y que Blas sabía lo que hacía. En Barcelona se creó la asociación “Adelante España”, siglada ADES… Nosotros bromeábamos con esta sigla en un momento en el que la televisión pública emitía una serie japonesa abrakadabrante en la que el malvado residía en el Hades, del que se decía que era “el reino de los muertos”. Nosotros calificábamos al otro ADES de “reino de los muermos”, hasta que finalmente, comprobé que servía de poco hacer la guerra y escarnecer a una asociación compuesta, en general, por buenas gentes cuya única falta era ser políticamente inoperantes.

En cuanto al Frente de la Juventud, murió con la redada del 14 de enero de 1981. El golpe fue demasiado fuerte como para que la estructura madrileña resistiera. Los que no se dejaron coger, se exiliaron y muchos se hicieron olvidar. La militancia se dispersó en cuanto la columna vertebral del Frente terminó en la cárcel. Nadie podía reprochárselo. Sólo unos pocos prosiguieron la lucha, entre ellos, Luis Pineda a quien ví un año después del 23-F cuando retorné del exilio. “Luispi”, se había hecho cargo del Frente en un clima de derrota generalizado. Habia militantes conscientes de que cuando se viera el juicio terminarían con años de cárcel a la espalda y no estaban dispuestos a dejarse coger. Era urgente sacarlos del país y proveerles de documentación falsa. Luego era preciso reforzar el Frente, adicionando pequeños grupos activistas que se habían ido desgajando de Fuerza Nueva. Ví a algunos de estos grupos. En general, eran patéticos. Uno de ellos, creo recordar que se llamaba “Legión Azul”, estaba formado por una docena de chavales escindidos de un  grupo de distrito de Fuerza Nueva en Madrid a la vista de que les habían prohibido utilizar una bandera en la que habían bordado no se qué inconveniencia. Ellos se fueron con la bandera y todo el problema que tenían era si el Frente les autorizaría a llevar de nuevo esa misma bandera. Eran solo un ejemplo entre muchos del nivelazo político generado por Fuerza Nueva, a la altura del betún o quizás algo inferior.

Me entrevisté con el comandante Sáez de Ynestrillas. La persona que hacía de intermediario era consciente de que yo me encontraba en busca y captura. Sin embargo, el comandante sugirió que el encuentro tuviera lugar en su casa. Le dije al intermediario que eso era imposible, que seguramente la casa estaría vigilada. Así que el intermediario volvió a ver al comandante y éste me citó en el bar de debajo de su casa. Nuevamente  envié al intermediario para volver a quedar con el comandante y decirle que un coche pasaría ante su domicilio para recojerlo y luego, cuando comprobaran que no estaban seguidos, recojerme a mí. Y así se hizo. La entrevista tuvo lugar, pues, dentro de un vehículo.

Le pregunté al comandante si podía resumirme el estado de ánimo había de las Fuerzas Armadas. Fue entonces cuando me dijo aquello de que los militares escupían a monedas con la efigie del rey y luego las arrojaban al suelo y las pisaban. Lo vi muy exaltado y lo que me contaba tenía muy poco que ver con lo que ya había leído y lo que sabía por otras fuentes. En ese momento, Ynestrillas y un pequeño grupo de militares (entre los que, incluso, había algún general) seguían viéndose, animados y arropados por los últimos mohicanos del golpismo. Se sentían muy cerca de la ultraderecha y no habían dudado en dar una cantidad de dinero para que el Frente de la Juventud realizara una movilización ante el parlamento en el primer aniversario del 23-F.  La conversación debió durar 45 minutos, pero a los 10 mis temores se habían confirmado: del golpismo no quedaba nada, salvo ese pequeño grupo que sería desarticulado en cuando el ministerio del interior juzgara conveniente.

Le comenté que trabajaba en el Servicio Americano de Noticias (SAM-News), la agencia de prensa norteamericana que emitía en lengua castellana. Su fundador, Nemen Nader, un aventurero dominicano de vida increíble y extremadamente representativo del desmadrado carácter caribeño, había creado desde Miami una estructura de prensa e información que remitía noticias a todos los medios de prensa iberoamericanos. Nosotros habíamos trabajo juntos en varios países así que durante mi estancia en Bolivia había colaborado con la agencia y hecho buena amistad con Nader. Éste realizó una ampliación de capital de la empresa y nuestra red compró algunas acciones que se pusieron a nombre de mi esposa. Por otra parte, en Iberoamérica había conocido a la red de Moon, cuyo “hombre político”, Bo Mi Pak disponía de un pequeño imperio de prensa editada en castellano en los EEUU con dos diarios, en Washington y California. Pak había estado en Bolivia después del golpe de julio de 1980, junto con un grupo de periodistas de su grupo. Poco después, su delegado en Perú me mostraba algunas fotos tomadas por satélite de las zonas en donde se encontraban campamentos de una guerrilla entonces desconocida para la opinión pública, Sendero Luminoso.

Le ofrecí al comandante Ynestrillas que si necesitaba algún canal para difundir información periodística podía hacérmela llegar a SAM-News y a partir de ahí la repicaría en todos los medios en lengua española contactados. Ynestrillas me miró como si me hubiera bebido el entendimiento y me contestó que ellos ya contaban con El Alcazar y que por tanto no era preciso el apoyo de una agencia de prensa extranjera. Quedaba poco de lo que hablar, desde luego. Nos deseó suerte para la manifestación del 23-F y ahí quedó todo, como una conversación que me reveló que no quedaba absolutamente nada en pie de las redes golpistas de otro tiempo. Unos años después era asesinato por ETA.

Este grupo de militares solía reunirse en una tienda del pasaje situado en la calle de la Montera, donde un antiguo miembro de Fuerza Nueva, de los que estaban en el partido antes incluso de que se constituyera, cuando sólo era un círculo de simpatizantes formado en torno a una revista, un tal Llopis. Supe, por Antonio Assiego, años después, que todas las conversaciones que habían tenido lugar en aquel local, habían sido grabadas por la policía. Era algo normal. A fin de cuentas,  en 1982 ya quedaban pocos golpistas en activo y, se trataba, como en el caso de Ynestrillas de gente muy conocida por lo que lo más normal era que estuvieran vigilados todos sus movimientos… pero ¿por qué no los desarticulaban? En realidad, nadie saldría ya a defenderlos.

Esperaron a detenerlos hasta el 28 de septiembre pocos días antes de las elecciones que dieron la victoria a los socialistas. Recuerdo que acababa de regresar de Colombia ese día y compré en el aeropuerto El Noticiero Universal, el último diario barcelonés de las tardes. La noticia se titulaba: “Ante la posible victoria socialista: ruido de sables” y, a continuación se daba cuenta de la desarticulación del grupo golpista. Para la UCD, la desarticulación de este grupo era la última posibilidad de ganar las elecciones. Ante unas encuestas completamente desfavorables, la esperanza era que el electorado se replanteara su voto a la vista de que esta conspiración providencialmente descubierta parecía indicar que los cuarteles volvían a sentirse levantiscos y no tolerarían una victoria socialista. Era falso. En aquel momento, los cuarteles ya eran una balsa de aceite. El castigo ejemplar a unos cuantos mandos militares por los sucesos del 23-F, había inducido a la casi totalidad del estamento militar al silencio y a aceptar los valores democráticos. Las conspiraciones para todos ellos habían quedado atrás. Se había dejado a un grupo de incautos que siguieran creyendo que “conspiraban” (ya he comentado que vinieron a Barcelona a repartir alcaldías…), teniéndolos completamente cercados y vigilados hasta la saciedad y la detención se operó unos días antes de la elecciones, cuando más convenía a Interior todavía gestionado por UCD. Era una desarticulación-farsa, pero ¿qué importaba ya?

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Pasó el tiempo, fui detenido en Barcelona, juzgado, condenado y extinguí mi condena de dos años por “manifestación ilegal”. Lo iniciado en junio de 1980 cuando salté por la ventana de mi casa mientras la policía entraba por la puerta, había terminado. Siete años duros e intensos. Los había superado y me habían enseñado mucho. En 1987, me vino a ver Bernardo acompañado por un ultra ilustre a quien todavía no había conocido, pero sí oído hablar de él. Se trataba de Antonio Asiego. Asiego se había configurado como el “hombre de confianza” de Tejero, de la misma forma que Bernardo ocupaba la misma plaza en Catalunya. Me fui con ellos a ver a Tejero a la sazón preso en el castillo de Figueras.

Durante el viaje de ida, Asiego me puso en antecedentes. Poco antes había resultado detenido el coronel De Meer, del que decía que era íntimo amigo suyo. Se acusaba a De Meer entre otras cosas de haber viajado a Libia y Asiego me comentaba que él acaba de regresar de allí e incluso que se había entrevistado con el coronel Gadafi. No entendía todo este trasiego de ultras a Libia, un régimen que, por lo demás, había sido bombardeado pocas semanas antes por los norteamericanos y que era cualquier cosa, menos un régimen ultra. Era cierto que uno de los capitostes de la prensa ultra de la época, el director del efímero El Heraldo Español, había estado próximo a Gadafi y se constituyó como polo difusor de El Libro Verde, escrito por el exótico coronel librio. Pero, de ahí a pensar que Gadafi, recién bombardeado el palacio de Trípoli estaba para recibir a Asiego, había un trecho que el ex dirigente del sindicato de Fuerza  Nueva no dudaba en recorrer a velocidad endiablada.

“¿Dónde os reunisteis?”, le pregunté: “En una jaima en el desierto”, me contestó Assiego. “¿En qué idioma hablasteis?”, insistí recavando datos de una reunión que me parecía pura fantasía: “En castellano, por señas, Gadafi me decía: tú eres medio moro, moreno, como yo, si somos lo mismo…”. Aquello era completamente increíble. Asiego aderezó la fantasía con algún detalle aún más chusco. Dado que durante la hora y pico que iba a prolongarse el viaje era preciso mantener la calma (no era cuestión de llegar a Figueras con un Assiego enfurruñado porque le hubiera llamado mentiroso) cambié de tema por que todo lo de Gadafi y de Libia era absolutamente enfurecedor.

Tejero se movía como pez en el agua en sus las dos habitaciones en las que estaba didivido su “celda”. Era un entorno gris, mal iluminado, con ventanas minúsculas, pero nada que ver con la cárcel Modelo de la que acababa de salir. Allí estábamos hacinados cinco personas en un espacio de apenas 12 metros cuadrados y por no haber ni siquiera las ventanas tenían vidrios, ni marco de madera. El espacio en el que se movía Tejero debía tener en torno a 45 metros cuadrados, modestamente amueblado, como cualquier otra de las viviendas militares que había visto en cuarteles. Un ordenanza seguía tratándolo de “mi teniente coronel” y la puerda de la “celda” estaba abierta a voluntad. Las condiciones de su detención eran benignas (luego se endurecieron cuando fue trasladado a otro penal militar).

Había ido para hacerme una idea de cómo era el teniendo coronel Antonio Tejero Molina. Teníamos conocidos comunes, incluso un compañero de su promoción, amigo personal suyo que formaba parte de “los tres antonios”, mi conocido, Tejero y el coronel Antonio Pastor, durante un tiempo jefe de la Guardia Civil en Tarragona, famoso por haber desarmado a hostia limpia a un atracador que retenía a unos rehenes y exigía hablar con alguien con mando para negociar la salida. El choro tuvo la desgracia de tener enfrente a un oficial bragado y poco dado a contemplaciones. El otro teniente-coronel en excedencia, era Antonio Segura, cuyos hijos habían militado en el FNJ. Por algún motivo, durante mi detención, la policía barcelonesa se empeñaba en que yo trabajaba para redes anti-ETA que habrían operado en el País Vasco y sostenían –la ignorancia siempre es audaz- que era el teniente-coronel Segura quien me habría metido en ese berenjenal. Si era amigo de Tejero –y eso le constaba a la policía- debía ser necesariamente un golpetero más. No era tal. Se había orientado más bien por el camino del marketing y la empresa en donde había destacado. Me había dado algunos datos sobre Tejero a quien apreciaba, pero quería hacerme una idea propia de cómo era y si la situación lo permitía plantearle alguna custión sobre el 23-F que se me escapaba.

Me encontré a un hombre directo, de los que miran a los ojos no tanto inquiriendo de qué vas o lo que hay tras de ti, sino para mostrar una actitud abierta y sencilla, sin dobleces.  Se me antojó como el anti-Cortina. Hombre directo, me dio la impresión a lo largo de toda la conversación de que era alguien para quien el ego no existía, extremadamente generoso, buen padre de familia, y que llevaba a España (o al menos el concepto que él se hacía de España y que entroncaba con los valores militares enseñados durante el franquismo) hasta el tuétano. Me dio la impresión de ser un hombre extremadamente vivaracho, al que la cárcel, el juicio y los sucesos que había protagonizado no le habían amargado y si por algo sentía su situación era especialmente por su esposa y sus hijos. También me dejó la impresión indeleble de ser extremadamente confiado –mala virtud para quien realiza incursiones en el terreno de la política o del golpismo- y que confiaba excesivamente en la gente que acudía a verlo.

Y debo reconocer que para advertir esto último no tuve que seguir ningún curso de elaboración de perfiles. En realidad, la conversación tal como se planteó fue ilustrativa de este rasgo de la personalidad de Tejero. Abrió el fuego, Assiego con palabras crípticas: “He estado con Jaime en Galicia y me ha dicho que con doscientos millones se arregla…”. Tejero evidenció expresión de disgusto exclamando: “Siempre he dicho que Jaime es un soldado de fortuna”. Yo permanecía entre silencioso y extrañado, así que intervine: “Oye, disculpad si estoy fuera de juego, pero el tal Jaime…”, “Si, hombre, Milans…”, me atajó Assiego. Bien, ya sabía algo. Y entonces me lo explicaron todo…

Assiego había ido –mejor dicho, decía haber ido, lo que no es lo mismo- a Libia para pactar la creación de un gobierno español en el exilio radicado en ese país. El jefe de ese gobierno no sería otro que Jaime Milans quien, por lo que contaba Assiego, estaba dispuesto a solicitar el indulto real (algo a lo que se había negado hasta ese momento), pero pedía una compensación económica de 200 millones “para su mujer y sus hijos”, explicaba con una seriedad pasmosa Assiego.

Todo era absolutamente increíble. No solamente no podía ser cierto, sino que lo más increíble era que Tejero creyera en lo que le estaban contando. Manifesté mi escepticismo sobre esa posibilidad, pero Assiego insistía por activa y por pasiva, que había obtenido el permiso de Gadaffi. para acojer a Milans y asentar un gobierno ultra en el exilio.  Hubo un momento incluso que dudé si todo esto no terminaría siendo cierto; era demasiado absurdo como para que alguien hubiera podido inventarlo; recorde que, efectivamente,  no hacía mucho el coronel De Meer había sido procesado por ir a Libia sin avisar a sus superiores y porque Merino, el de El Heraldo Español era público y notorio que sí conocía a Gadafi y que había apoyado la causa del coronel libio en los ambientes ultraderechistas. Pero no, una enormidad como la formación de un gobierno español en el exilio era virtualmente imposible, se mirase desde el punto de vista que se mirase. Con otras frases crípticas, Tejero y Assiego aludieron a algunos conocidos comunes, y se pasó a hablar de otros temas completamente banales.

Tejero me explicó –Bernardo y Assiego ya lo sabían perfectamente- que cada semana acudían varios cientos de personas para saludarle, venían incluso en autobuses fletados al efecto desde los puntos más alejados de la Península, como si se tratase de una romería piadosa o de un viaje al Loudes de los devotos. Los otros dos confirmaban sus  palabras. Desde que estaba encerrado habían ido a verlo miles de personas. Le felicitaban como el “hombre que intentó salvar a España”, como “el mayor patriota”,  el que tuvo “los santos cojones de entrar en el Parlamento”… entonces entendí algunos de los silencios de Tejero.

Tengo la convicción moral de que en el curso de sus primeras semanas de detención, acaso por conversaciones con algunos de los procesados en Campamento por los hechos del 23-F, debió entender necesariamente que el golpe del 23-F había fracasado por que el Comandante Cortina, y seguramente algún otro, le indujeron a entrar él personalmente –él, el Guardia Civil más conocido de España- en el Congreso de los Diputados. Todavía hoy tengo la sensación –y los silencios de Tejero son elocuentes, así como su alejamiento del sector ultra- de que Tejero era perfectamente consciente de la importancia del error al que le había inducido aquel profesional de las operaciones especiales del que Vázquez Montalbán decía que era un cajón de doble o triple fondo.

El dilema que se le planteó, así pues a Tejero, durante su encierro,  especialmente cuando empezaron a acudir a la puerta de su celda admiradores incondicionales, era qué diablos explicarles a aquellas gentes, tan sencillas como él, tan directas y patriotas como él… que se había equivocado y que había sido por error la pieza clave del “golpe para acabar con todos los golpes”. ¿Cómo explicarles a todos aquellos cientos de entusiastas que el golpe había fracaso precismente porque él realizó la acción por la que venían a felicitarle, el “se sienten coño”, los disparos al aire, el empujón al odiado Gutierrez Mellado… algunos le decían que por qué diablos no había fusilado a Carrillo el verdugo Paracuellos, otros que si era verdad que varios diputados se habían cagado en el suelo, ¿qué podía decirles a todos ellos? Simplemente sonreír condescendientemente, mirarles a los ojos y decirles unas palabras sobre España y la necesidad de manterse firmes en su defensa. Ese era Tejero. Todavía estuvo cinco años más en la cárcel, poco a poco, el número de admiradores fueron descendiendo a medida que los grupos ultras se disolvían como un azucarillo y el régimen penitenciario se endurecía. No era ese estúpido desalmado y sin escrúpulos, esa mala persona tal como se le ha presentado, tan sólo era un patriota equivocado, que seguramente dejó de asistir a algunas lecciones sobre estrategia y que pagó su equivocación con  más de diez años de destrucción de su vida familiar y la pulverización de su carrera militar a la que hasta ese momento había dedicado su vida. Creo que si hace falta llegar al fondo de la cuestión –que ni remotamente se ha llegado- del 20-N es para que gentes como Tejero dejen de ser presentados como los “malos” del episodio, para ser vistos como chivos expiatorios de situaciones terribles en las que jugaron un papel que otros escribieron justo para llevarlos premeditamente al matadero.

La reunión con Tejero debió durar tres horas y todavía quedaba una hora y media más de viaje a Barcelona. Assiego siguió dando la barrila con que si Gadaffi por aquí, Gadaffi por allá, hasta que relajándome en el asiento de atrás del coche, le resumí la política libia en el Mediterráneo en aquel momento, favorable a un entendimiento con el gobierno socialista español. Le recordé las inmejorables relaciones de Felipe González con Libia, los encuentros comunes que habían tenido y la imposibilidad de que un gobierno español en el exilio terminase radicado en Libia. Así que no me lo creía. Assiego insistía y cuando ya faltaban pocos kilómetros para llegar a Barcelona, le planteé la prueba del nueve: si tan amigo era de Gadafi no le costaría mucho pedirle que me concediera una entrevista. Le dí incluso el nombre de un “fiador” italiano que podía responder por mí, un querido camarada de aquel país que, efectivamente, era íntimo amigo de Gadaffi. Nunca más, por supuesto, volví a ver a Antonio Assiego…

¿Qué había detrás de toda esta historia del “gobierno en el exilio”? Poco, seguramente. Tejero tenía la llave simbólicamente de la caja de una asociación de apoyo a las viudas y huérfanos de militares que durante años había acumulado una importante suma bancaria. Seguramente poner la mano en esa caja era lo que algunos pretendían. Siempre cerca de alguien fundamentalmente honesto existe algún chorizo.

Unos meses después, Bernardo, que para embarcadas era único, me llamó. Al parecer, Alberto Royuela, el conocido subastero vinculado a la ultra barcelonesa, le había comprado unos cuadros a Tejero y Bernardo se las arregló para incluir en el paquete los famosos autobuses comprados a Martín Berrocal. Desde 1981, esos autobuses habían permanecido en el patio de la Escuela de Guardias Jóvenes de Valdemorillos y la nueva dirección conminó a que alguien se llevara de allí a los “autobuses de Tejero”. Royuela aceptó comprarlos por un precio simbólico y allí estábamos nosotros, Bernardo, un chófer profesional y yo, para conducirlos a Barcelona. Otro ultra de pro, suficientemente conocido y asociado a la crónica negra de la ultraderecha de la época, Mariano Sánchez Covisa, ofició de intermediario. Covisa advirtió que los autobuses estaban muy mal y envió a un mecánico para que los reparan. La idea de Royuela era transformar los autobuses en un “museo del 23-F” en unos terrenos cercanos a Barcelona, en dirección al Prat. Covisa se mostraba escéptico sobre la posibilidad de que los autobuses llegaran a Barcelona. En realidad eran, en ese momento, un hierro inservible que no hubo forma de poner en marcha. No era solamente la bateria, y las luces lo que era necesario cambiar, sino que todos los mecanismos esaban literalmente agarrotados. Finalmente, Royuela consiguió traer uno o dos autobuses a Barcelona y allí se quedaron acentuando su proceso de oxidación y deterioro. Supongo que terminarían en algún desguace…

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Durante años, los sucesos de la transición prolongaron su impacto en muchos militantes del Fente de la Juventud. Abundaron los exiliados, los que huyeron para evitar el encarcelamiento, los que reconstruyeron sus vidas en países lejanos y permanecieron en ellos durante muchos años hasta que sus condenas prescribieron en nuestro país. Otros entraron en las cárceles por tiempos variables, alguno, a principios del milenio, todavía seguía envuelto en peripecias carcelarias. Los hubo que triunfaron en el mundo de los negocios, de la veterinaria, de la mecidina, del derecho y también los que murieron en el curso de atracos que ya no tenían nada de políticos, los que lucharon día a día para ganarse la vida en una España permanentemente en crisis y con altibajos, los que murieron oscuramente, los que no quisieron saber nada, ni teniendo las llaves para reabrir el sumario por el asesinato de Juan Ignacio Gonzalez Ramírez, prefirieron mantenerse fuera de la luz pública, dedicados a su profesión y a su familia. No voy a ser yo quien se lo reproche.

El Frente de la Juventud murió de la peor forma posible como suelen morir todas las organizaciones ultras: precedidas de una larga y lastimera agonía. Se reconstruyó en Barcelona y siguió actuando durante un par de años más. En Madrid, la manifestación convocada en el primer aniversario del 23-F acarreó una nueva oleada de detenciones que terminó de pulverizar lo poco que quedaba en pie. Cuando salí de mi prisión preventiva en Meco en junio de 1983, Luis Pineda había pactado la integración de los restos del Frente de la Juventud en un pequeño grupo azul que en aquellos momentos daba algo que hablar: el MOFE, Movimiento Falangista de España. El día que salí de Meco me dio la noticia: “¿qué te parece?”. Pues, francamente, como una mierda, pero sin el como, para qué nos vamos a engañar… Así murió el Frente de la Juventud

El 20-N de ese año fui a Madrid por nada relacionado con la política, a pesar de las apariencias, simplemente para resolver algunas cuestiones personales. De paso llevaba algunos documentos para camaradas del Frente que tenían que abandonar España inmediatamente. Lo primero que hice al llegar a Madrid fue entregar los papeles y volví al hotel sin intención de participar en la manifestación del 20-N. A eso de las 4:00 de la madrugada un grupo de ultras pasó por debajo de la ventana del hotel cantando el Cara al Sol. Dita sea, pensé, los hay incorregibles. Dos horas después unas voces histéricas aporreaban la puerta de mi habitación. Era la policía que me conminaba a abrir inmediatamente o dispararían. Así que a abrir me encontré dos cañones negros apuntándome a la cabeza: “oye, tranquilos que no tengo nada pendiente”.  Y ellos dos histéricos apuntándome y otros dos más también pistola en mano registrándolo todo. Yo a todo esto, brazos en alto y en pelotas, situacion comprometida donde las haya, especialmente con desconocidos. Me llevaron a la comisaría. Al parecer algún funcionario inútil se había olvidado de darme de baja en la lista de busca y captura. Cuando llené mi ficha en el hotel, sonaron las alarmas: “El Ernesto está suelto por Madrid, a por él que se nos escurre”. El interrogatorio se estaba poniendo duro porque me habían cogido ese día con poco sentido del humor y yo no hacía nada por aligerar  ni suavizar el tramite; la situación había conseguido cabrearme. Al ser fin de semana, en la Audiencia Nacional ni había jueces estrella, ni siquiera el botones Sacarino, así que tendría que esperar en los calabozos de la Puerta del Sol hasta que se abrieran el lunes por la mañana. Bonita perspectiva. En un momento dado, cuando las cosas se estaban torciendo en el interrogatorio uno de los policías me preguntó si yo tenía algo que ver con Mercedes Milá, que en aquel momento ya era una figura conocida: cuando les dije que era “mi prima”, todo aquel de gritos, amenazas, policía bueno, policía malo, policía pasota, desapareció: “¿Te apetece un bocadillo?”, “¿Y una cervezita?, vamos hombre, relájate”. Para aquel que lo ignore, no tengo la más mínima relación familiar con Mercedes Milá.

En Puerta del Sol la cosa andaba movidita aquella mañana. Me encerraron en una celda con un maño que había resultado detenido en la confusión al tener antecedentes por haber asesinado a alguien años antes en un rifirrafe que nada tenía que ver con la política. Luego empezaron a entrar detenidos ultras. Conocía a varios, entre otros a antiguos militantes del Frente de la Juventud de Navarra arrestados en el curso de los choques que habían tenido lugar esa mañana en el Barrio de Salamanca. Uno de ellos tuvo un destino inesperado. Pasado del Frente de la Juventud al mundo de las drogas, terminó en El Patriarca y se integró tanto que llegó a ser capitoste de  esta ONG en Centroamérica, participando luego en la pacificación de Nicaragua junto a las jerarquías de la Iglesia local. Hoy sigue por allí trabajando para NNUU. Los caminos seguidos por la militancia frentista, que no los del Señor, fueron, en cualquier caso, inescrutables.

Tal como correspondía, me soltaron el lunes a media mañana. Ni siquiera me interrogó juez alguno, simplemente un funcionario salió y me explicó que todo había sido un error, pero era imposible saber quién había cometido el error. Le dije de todo y creo que me quedé corto, incluso recorrí los pasillos de la Audiencia Nacional maldiciendo a diestro y siniestro, incluso a los policías nacionales que me habían llevado hasta allí y que encontré en la puerta.

En 2005 tuvo lugar la reunión de antiguos militantes del Frente de la Juventud en un acto de homenaje en el 25 aniversario de la muerte de Juan Ignacio. Organizado por un camarada  y amigo asturiano, Pedro Alonso, el acto consiguió reunir a lo esencial de la militancia frentistas, todos, eso sí, algo más canosos, tripudos y barrigones y algunos peinándose con gamuza. Intenté asistir, pero finalmente no pude. Fue la última manifestación del Frente de la Juventud. No creo que haya otra, pero si  la hay, sabedlo, mis muy queridos camaradas, no puede estar motivada más que para presionar en favor de la reapertura del sumario de nuestro amigo y camarada asesinado. Creo que es el último tributo  que le debemos al que fuera nuestro jefe indiscutible.

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Asi terminó para nosotros, la transición, con cierta amargura y con la resaca (judicial y carcelaria para unos,  o el  largo exilio para otros) en los años siguientes  a causa de los episodios que habíamos protagonizado. Era “la torna” como se dice en Catalunya. Personalmente intuía que, a partir de eso momento, del final de la transición, nada sería igual y que si la ultraderecha quería sobrevivir, de alguna manera tenía que hacer tabla rasa con todo lo que había sido hasta entonces. Esto es, dejar de ser ultraderecha.

© Ernesto Milà – Infokrisis – Infokrisis@yahoo.eshttp://infokrisis.blogia.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar procedencia.

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