Ultramemorias (II de X). Tipologías insólitas. El camarada alcoholizado

4 06 2009

Tormo fue una leyenda en la extrema-derecha valenciana de los años 70, luego se eclipsó completamente y no hace mucho un antiguo camarada me preguntó: “¿Qué ha sido de Tormo?”, añadiendo a continuación: “¿Vive todavía?”, pregunta que contenía en sí misma una duda razonable sobre si el bueno de Tormo habría sobrevivido desde que se retiró a l valle de Beneixama, pueblo de frontera, allí donde termina el Reino de Valencia y empezaba el de Murcia o donde hoy se cruzan las comunidades autónomas valenciana, murciana y manchega. Allí languidece Tormo, cuando tiene dinero apoyado en la barra de un pub local y cuando no lo tiene ensimismado ante un viejo televisor, ausente de todo y recordando glorias pasadas.

Había conocido a Tormo en 1970 en el curso de un “campo de entrenamiento” que organizamos en Joanetas, provincia de Girona (entonces todavía era “Gerona”, nombre que al parecer derivaba de Gerión, el gigante al que venció Hércules después de la aventura del León de Nemea). Allí estábamos todos y Tormo nos daba clase de defensa personal pues, no en vano, era profesor de karate y ostentó los cinturones más negros que cualquier federación de este deporte fuera capaz de idear. Llegó a tener un gimnasio en Valencia y a ser juez en competiciones internacionales. Nos sacaba a los más mayores siete u otro años y él rondaba los veintimuchos cuando lo conocí.

Fue el cuarto valenciano que con el que me fue dado departir. Los dos anteriores habían sido Federico C. y los dos hermanos Selva que luego resultaron ser primos de Tormo. Los conocí a los tres en la cafetería Lauria, un local lánguido de la Plaza del Ayuntamiento que sobrevivió hasta finales de los 90 con una decoración de los 60 y una clientela de los 40. Carbonell era un tipo que desde su más tierna infancia había dado muestras de estar completamente enloquecido. Cuando yo tenía 19 años él debía tener 22 y su voz ya era cazallosa en extremo; sus juicios parecían nublados por una especie de surrealismo que lo acompañaba hasta en sus gestos más mínimos. Dormí una vez en su casa y su padre, un médico de prestigio en Valencia, falangista de pro que me contaba cómo había liberado valencia del bolchevismo casi en solitario, aderezan su peripecia con las anécdotas más abrakadabrantes que me hicieron comprender que Federico era digno hijo de su padre. La madre, a todo esto, intervenía sólo para preguntar una y otra vez si yo era de Barcelona. Cuando a la quinta vez quedó claro era nativo de Barcelona Ciudad y que sabía dónde estaba la calle Fernando, me encomendó la delicada tarea de ir a buscar gargantilla a un joyería que, por algún motivo, en lugar de ser reparada a dos manzanas de su domicilio en la valenciana Gran Vía Marqués del Turia, había ido a parar a 350 km de distancia.

Los Carbonell tenían otro hijo que se deslizó por la senda de la heroína con la misma facilidad con la que Federico lo hizo por la del alcohol (aderezado eso sí con salpicaduras químicas de todo tipo). Le gustaba la variedad; su hermano, en cambio, era más constante con el caballo. Se rumoreaba de él que fue hasta su fallecimiento uno de los yonquis decanos de Valencia.

Un buen día, el hermanísimo pidió prestada una pistola a un camarada sin explicarle que era para realizar un atraco en una sucursal bancaria de su misma calle. De alguna manera tenía que alimentar la vena. El golpe, dado en solitario, fue un éxito, así que al salir se decidió a atracar otra sucursal situada a pocos metros de distancia y al salir también indemne de esta, quiso rematar la faena con una nueva incursión en otro banco próximo… hasta que fue finalmente detenido a pocas manzanas de distancia cuando buscaba una cuarta sucursal. Años después moriría de sobredosis o simplemente porque su organismo estaba debilitado por dos décadas de consumo constante de heroína.

En cuanto a Federico jamás logré detectar cuál era su problema exactamente. O se había caído en una barrica de ron de pequeño y sobrevivía a cualquier consumo que hubiera literalmente convertido en foie-gras cualquier hígado sano, o bien era que sus vísceras estaban hechas de acero inoxidable y remachadas con pernos del 15. Era imposible beber a su ritmo si uno quería regresar en condiciones al hotel. Cada vez que lo he visto desde entonces me ha revalidado aquella primera impresión. Su vida personal era el resultado de su vida como bebedor: un completo desmadre. Era uno de los dirigentes de la ultraderecha universitaria a principios de los 70.

Había aprendido de su paso por la universidad que hablar en una asamblea, a fin de cuentas, no era algo difícil, e importaba poco lo que se dijera. Federico le echaba morro a la vida en todo lo que hiciera. Durante su mili en artillería ya había sido el típico “recluta bribón” y –como es habitual en España– se deleitaba contando una y otra vez más mismas anécdotas de su paso por el ejército. Las canciones de su mili nos las conocíamos todos: “¡Que lo suban, que lo bajen, que le canten el kiryleison!”, o aquella otra en la que denostaba a otros cuerpos y armas: “Caballería, cuerpo inmortal, cuando ella pasa huele a animal”. Tenía una habilidad especial para alternar canciones de la mili con canciones de la tuna, pero tres horas de serenata yendo con él de bares por Valencia, era excesivo incluso para hígados blindados como el mío.

Federico era tan valiente como irresponsable y daba la cara en los enfrentamientos con la izquierda universitaria, pero no estaba claro si la daba por exceso de testosterona o porque no se enteraba muy bien de lo que hacía. Entre él y Tormo habían sido atacados y cercados por la “turbamulta” de izquierdistas en múltiples ocasiones y sobrevivieron repartiendo mucho más que recibiendo, incluso contra fuerzas cien veces superiores en número. En la ultraderecha estas proporciones, que podrían parecer exageradas o otros, eran las normales. De todas formas, los estuvieron a punto de linchar en más de una ocasión y solamente el miedo cerval que la extrema-izquierda tenía a las siglas PENS-MSE -justificado, por lo demás- en la universidad valenciana a finales de los 60 y principios de los 70, logró garantizar su integridad, además, claro está, del cinturón negro de Tormo y de la Star 9mm de Federico que solía acompañarle incluso para tomar unas copas o irse de putas.

En 1970, Federico bebía ya demasiado alcohol y Tormo era, según los días, abstemio o bien bebía con una moderación compatible con su vocación deportiva. Pero eso no duró toda la vida. Federico, haciendo gala de una constancia encomiable y de un desprecio absoluto por el estado de sus vísceras sigue como siempre, aunque con una fístula de más y presumiblemente morirá con el gota-a-gota de ron suministrándole alcohol en la vena. En cuanto a Tormo es, quizás unos de los camaradas de aquella época que han evolucionado peor.

En 1980, Tormo seguía siendo abstemio. Cuando, tras una manifestación que organicé en Barcelona a mediados de junio y que terminó con la detención de algunos jóvenes militantes, la policía vino a buscarme, yo opté saltar por la ventana –nada heroico a tenor de que vivía en un principal– y reaparecí unos días después en Valencia ya investido del título encomiable de “clandestino”. Cuatro días después, la policía buscaba también a Tormo. Así que optamos por huir. Inicialmente nos fuimos en una Norton Comando sobre la que aguantamos 20 km en dirección 90º Norte, para dar luego vuelta atrás, volver a Valencia y alquilar con tarjeta de crédito, un Ford Fiesta. Así, tras una estancia en Andorra en la que aproveché para rhacerme con un juego de documentos que luego me servirían durante meses, llegamos a París. El mismo día de nuestra llegada, Sixto Enrique de Borbón Parma había sido víctima de un extraño atentado. Un magrebí le había, literalmente, rajado la garganta de un tajo. No murió de puro milagro, pero quedó durante una semana en el hospital en cuidados intensivos.

En París, inicialmente, nos alojamos en un hotel de la rue Vavin del que luego me enteré que en el siglo XIX, no solamente ya existía, sino que allí habían ido a parar todos los artífices del ocultismo y del satanismo de finales del XIX y principios del XX: los Eliphas Levi, los Aleister Crowley y varios más.  Tenía algo de siniestro el lugar que a principios de los ochenta era un albergue cochambroso regentado por unas zíngaras yugoslavas de aspecto intranquilizador. Mientras dormíamos agotados tras un viaje de 20 horas, se abrió bruscamente la puerta, apareció un fontanero y arregló con ruidos espantosos, el retrete que perdía agua y mierda por todas partes. Allí, Tormo y yo estuvimos cuatro días, al quinto, Alain Robert, hasta entonces dirigente del movimiento Occident –prohibido por las autoridades gaullistas en mayo de 1968- y luego de Ordre Nouveau –prohibido por Pompidou en 1973- y en aquel momento, dirigente del Partí des Forces Nouvelles –desaparecido sin dejar señas en 1983- estaba esperando para dar su saldo de la extrema-derecha a la Unión Nacional de los Independientes, el típico pequeño partido centrista cortejado por todos y que le comprometía menos que los grupos ultras mucho más belicosos que hasta entones había dirigido. Robert nos dejó las llaves de un apartamento en Courveoie, allá por la banlieu parisina, saliendo por la Porte de Clignancourt, donde nos esperaba otra sorpresa.

Se trataba de un pequeño apartamento, a ras de suelo, con cocina y lavabo de no más de 40 metros cuadrados, pero lo curioso no era esto sino que, sorprendente, estaba repleto de sacos y cajas de frutos secos. Había de todo: almendras, almendrucos, orejones, cacahuetes, avellanas, y otras variedades de las que ni conocía su existencia, ni jamás he vuelto a ver, producto de un cargamento sustraído a la mafia italiana. por el anterior inquilino del lugar. El caso es que durante unos días nos estuvimos alimentando de todo aquello. Sigan mi consejo: nunca sigan una dieta así. La ingesta reiterada de frutos secos genera una extraordinaria pesadez en el estómago y un tránsito intestinal plúmbeo, amén de un estreñimiento pertinaz. Las heces fecales, cuando tienen a bien salir, muestran una textura como de metralla por mucho que se mastiquen.

Tormo, en esa época seguía sin beber nada. Tampoco fumaba. Al cabo de un mes, requerido por su compañera –follar, si follaba–, volvió a España cuando ya sabía que no estaba buscado por ninguna causa. Unos años después, cuando regresé a España, tras cumplir mi condena por manifestación ilícita, volví a verlo y me llamó en muchas ocasiones. Algo parecía haberse roto en su interior especialmente a partir de 1989: me llamaba por teléfono presa de extrañas exaltaciones, su conversación era habitualmente desmadrada y me recordaba mucho más al Federico que había conocido que al Tormo del que me despedí entre la niebla en las inmediaciones del puente del Alma.

Lo que había pasado era bastante simple: al volver estudió enología en el Politécnico de Valencia y acto seguido dirigió la explotación agrícola de la propiedad familiar. Le conocí tres mujeres al bueno de Tormo: la primera era una francesa bordelesa que hacía gala a la primera parte de su nombre; permanentemente parecía contrariada y ni siquiera las generosas y rotundas formas de la chica hacían olvidar un carácter completamente insoportable. La segunda era del mismo jaez. Estaba introducida en el mundo de la moda valencia y era también una madurita aparente y extremada cuya dentadura me recordaba a los de una serpiente, entre víbora y cobra, aunque su carácter fuera el de una pija sin más ambiciones, corta de ideas y timorata de juicios que solamente entendía de zapatos de calidad. Rubia de bote, era capaz de volver loco a cualquier con sus imposiciones habituales y su cara de desprecio cuando no algo le impedía satisfacerlas. La conocí en Andorra y nunca entendí que había encontrado Tormo en ella. Para colmo, la chica conocía a todo el ambiente gay valenciano de los años 80 e introdujo en él a su compañero cuyos musculitos pronto gozaron de gran reputación entre los mariquitas saltarines de la comunidad. En un momento dado, la chica se fue con él a la casa solariega de los Tormo y allí, en el aislamiento del valle de Beneixama, ambos iniciaron una loca carrera de autodestrucción que le llevó a ella a huir de allí y a él a destrozar con un hacha un frigorífico que la otra intentaba cargar en una furgoneta. Todos conocemos trifulcas de este tipo, pero en el Valle de Beneixama no son habituales y los lugareños las recuerdan aún como algo excepcional. La tercera mujer en la vida de Tormo fue una gloria villenera unida a él por la común afición a la cocaína. La relación fue breve y tormentosa y como la anterior, también se recuerda en la zona hasta el punto de que la casa ha pasado, para los lugareños, de tener el nombre de la familia a ser la “casa de los drogaos”. Ya se sabe: pueblo pequeño, infierno grande. Aún hubo una cuarta mujer, inglesa ella, que había conocido en Londres en 1968 y con la que vivió un tórrido idilio. Con el tiempo, había sido azafata de las líneas aéreas australianas y cuarenta años después –cuarenta, ni uno más ni uno menos– apareció un buen día en la “casa de los drogaos”, entradita en carnes y cuando Tormo ya era otro y no el que ni ella ni yo habíamos conocido, ella en lo romántico y yo en lo político.

¿Qué había hecho de Tormo un individuo alcoholizado al que solamente la proximidad de una lata de cerveza bastaba para que perdiera el oremus? La inactividad y la soledad, por este orden. No le gustaba trabajar, no por vagancia, sino por vocación de hidalgo español. No lo era pero se consideraba así. Un día, de pequeño, le comentó a su padre que eso del negocio de la horchata parecía un buen asunto y que podrían ganar unas buenas pesetejas. El padre asintió, pero luego añadió: “Sí, pero ¿y la vergüenza que pasas?”. Para el padre de Tormo, trabajar o que alguien lo viera trabajar detrás de un mostrador, era algo bochornoso. El hijo tomó buena nota y nunca siempre evitó matarse trabajando. Estas cosas no pasan en Catalunya. Torno fue sobreviviendo el paso de las décadas a costa de ir vendiendo propiedades que incluso yo acerté a comprar. Cuando lograba vender algunas fanegas de tierra, como hombre de palabra que era, mientras el alcohol no le nublaba el juicio, cubría primero las deudas de las que era capaz de acordarse, luego acudía al pub más próximo y en los dos meses siguientes agotaba el beneficio de la venta en alcohol para malvivir hasta la siguiente.

Como todo alcholizado –y a estas alturas si Tormo era algo era un dependiente de la botella– vivía en medio de la más completa inmundicia. La casa solariega que compartía con dos de sus primos con los que alternaba temporadas de familiar intimidad con ciclos de disputas, trifulcas y recriminaciones, era un tétrico portento de telarañas, ratas y capas de polvo. Era posible datar el tiempo que tal o cual objeto por el grosor de la capa de polvo depositado en torno suyo. Los trajes elegantes de otro tiempo estaban literalmente comidos a dentelladas por los ratones de campo con los que convivía y sus más preciados tesoros (cámaras de fotos Haselblad, álbumes fotográficos en los que posaba junto a Jane Mandsfield o Silvye Vartan) mostraban los estragos de décadas de abandono y humedad, así como de algún que vómitos superpuestos en capas resecas en torno al tálamo. El vivía en medio de toda esa inmundicia sin que le preocupase mucho la opinión de los otros. En Francia les llaman clochards, él creía que ese era el destino de un hidalgo o presunto tal.

Se interesaba poco por la TV, pero tenía una particular fijación por el Diario de Patricia que jamás llegué a entender. De hecho, había estado a punto de aparecer en él como protagonista. Tormo, en 1978 había tenido un hijo con una prostituta. Antes de que la chica diera a luz, él desapareció de su vida hasta que un día le llamaron precisamente de la redacción del Diario de Patricia preguntándole si él era Tormo –lo era, hasta ahí estaba seguro, todo lo demás era la duda cartesiana– y si estaría interesado en aparecer en un programa junto a una chica cuyo nombre en principio le decía poco. No le interesaba y mucho menos para abrazar a su presunto hijo antes las cámaras. Declinó la oferta y poco después me llamó: “¿Tú qué harías?”. Yo no haría nada: ”A mí es que estas cosas no me pasan, coño”. La exprostituta le había llamado y quería verlo para presentarle a la criatura que tenía 30 años, se había casado y tenía incluso un hijo. Tormo que ni se acordaba de la chica, ni apenas de que la dejara embarazada, bruscamente supo que era padre y abuelo a la vez. Para colmo, el hijo tenía ganas de conocerlo.

Entonces Rafa no atravesaba una buena época. Era 2004 y se vivía la euforia del crédito, así que había pedido una línea de crédito avalada con su casa y 30 hectáreas de terreno. Como era habitual, pagó las deudas contraídas hasta ese momento y el resto, que debería haber servido para reiniciar la actividad vitivinícola de su propiedad, simplemente, se la bebió antes de procesar la uva. Y entonces aparece lo de su paternidad, en el peor momento en el que no tenía la mente, digamos, lo suficientemente clara como para juzgar lo que había que hacer. El hijo desconocido, a mayor abundamiento, tenía trastorno bipolar. Tocaba en una banda de rock salvaje y era lo que por aquella comarca se llama “un broncas”, esto es, un individuo intemperante con mal beber y peor estar. Lo habían detenido en varias ocasiones y acumulaba juicios de faltas como el héroe que acumula medallas o cicatrices. El psicólogo le había dicho que le iría bien conocer a su padre, así que la mater amantísima contactó con Rafa.

Éste, por su parte, en plena confusión mental, me llamó y me llevó al pub donde pasaba desde las 16:00 horas hasta las 03:00 de la madrugada (hay que añadir que tan sólo juzgaba prudente levantarse entre 13:00 y 14:00 horas; lo contrario hubiera sido demostrar excesiva laboriosidad, condenada por su educación aristocrática y que hubiera causado una puñalada en el costado de su amado padre). Tormo tras una copa seguía siempre el mismo ciclo: primero los problemas que le interesaban, segundo la batalla del Golfo de Leyte narrada con todo género de detalles, para seguir luego con sus historias de la mili en el triste microcosmos de un dragaminas  con casco de balandro y, ya más allá de la medianoche, recordar cuatro anécdotas –siempre las mismas– de su período de “militancia política” en donde fue, en realidad, un jefe de banda, más que un líder político. Todos los alcohólicos siguen los mismos ritmos y éste era el de Tormo.

En aquella ocasión le preocupaba si el complejo bipolar se heredaba. Yo conocía el tema porque no hacía mucho había escrito un librito en el que tocaba la cuestión (La Depresión y la madre que la parió, era el título). “Pues sí, lo primero que hace un psicólogo cuando trata a un depresivo es sobre sus padres. Si hay huellas de depresión en la familia, no hay duda, el aplatanamiento y la melancolía de que hace gala el paciente, se tipifica como depre y Prozac con él”. Tormo entonces empezó a preocuparse: si él era el padre de un hijo depresivo, la dolencia anidaba originariamente en él. En realidad, no había tal relación, su depresión procedía de su alcoholismo y la de su hijo de una vida desordenada, emporrada y encocada, jalonada de fracasos, sin olvidar a una madre todo lo amantísima que se quiera, pero hembra de tronío y de cafeta a la vez; el chaval, al frisar los 30 percibía su vida como desperdiciada.

A  Tormo lo dejé de ver el día en que lo vi demasiado intoxicado con coca y con alcohol, como para soportar una vez más su verborrea, la enésima descripción de la batalla del Golfo de Leyte o la enumeración de recuerdos deformados y alterados por la distancia y los vapores etílicos. Hacía tiempo que desoía la norma de vida que un día ya lejano me diera otro camarada notable de la ultra catalana: Don Fernando Durán, vástago lejano del Salmerón que fuera presidente de la I República.

Vaya por delante que Durán era otro tipo inteligente, culto y elegante que, por algún motivo, era una mezcla de Josemi Rodríguez Sieiro (su forma de hablar era exacta y sus modales superponibles) con el físico de Arturo Fernández. Lamentablemente, a diferencia de ambos, había evidenciado desde los treinta un afán desmedido por cualquier licor o bebida. Durán sostenía –y eso me transmitió– que “con razón o sin ella, mis camaradas por encima de todo”, lo que implicaba decir que exigía el mismo tato de favor por múltiples que fueran sus meteduras de pata. Era un tipo servicial que había experimentado en su propia carne el llamado “timo del camarada”, o lo que los neofascistas italianos conocen también como el “camerata, camerata, fregatura assicurata”, que viene algo así como que de un camarada solamente puedes esperar una estafa, una embarcada inenarrable o una jugada de fantasía que, sin duda, te hundía un poco más en la miseria. Durán había soportado muchas faenas, faenitas y putadas de sus camaradas más queridos y, por no quedarse atrás, había hecho otras muchas más. Murió completamente alcoholizado y solo no hará mucho, cuando ya se había perdido para todos, incluso para sus hijos de los que, él mismo era el primero en decir que todos los había tenido su mujer, pero que ninguno se le parecía a él, cosa que yo mismo, a decir verdad, pude constatar no sin cierta sorpresa.

Fue Bernardo el que me presentó una mañana de 1972 a Fernando Durán. Mañana inenarrable como pocas de mi juventud. Durán era vecino mío y vivía a dos manzanas, pero apenas habíamos coincidido. En aquel momento había emprendido una brillante carrera política siendo elegido Consejero Local del Movimiento por Barcelona. En teoría la elección era democrática y podían votar todos los “cabezas de familia” empadronados en el distrito VI de la Ciudad Condal que coincidía con el Distrito VI del Movimiento. Por entonces, el “Movimiento organización” formado por la fusión de falangistas y carlistas durante la guerra se había transformado en “Movimiento comunión de todos los españoles en los ideales del 18 de julio”, algo que hoy resulta difícil de explicar a las jóvenes generaciones y que también en la época era difícil de que lo entendiéramos las jóvenes generaciones. Fueron pocos los votantes. Se presentaban dos candidatos: el “oficialista” y el “revolucionario”, el propio Durán. Ganó por 7.017 votos a 7.015 votos. Tan escasa diferencia se explica porque tan sólo se registraron 17 votos para un candidato y 15 para el perdedor y éste acepto hinchar la cifra para que su derrota no fuera tan vergonzosa. Estas cosas solían pasar en la “democracia orgánica” del tardofranquismo.

Pues bien, Bernardo me llamó temprano diciendo que teníamos una “misión”. Por entonces yo seguía en la inopia y cualquier embarcada generada por los camaradas la asumía como propia sin pestañear. Lo primero fue conocer a Durán. En un bar, por supuesto, como corresponde al alcoholismo militar de nuestro estilo que diría, más o menos, José Antonio. En Santa Colona de Gramanet –me explicaron– se iba a celebrar esa mañana un juicio de faltas contra un camarada de la Guardia de Franco y, Bernardo –artífice de la movida y armador por antonomasia de todo tipo de embarcadas inverosímiles– nos aseguraba que los de CCOO estarían presentes para agredir al camarada en cuestión, así que había que ir a defenderlo. “Bueno, no llevo encima –les dije– la barra de hierro, pero podemos irla a buscar”. Lz barra de hierro en cuestión era de hierro al cromo y no pesaría menos de 10 kilos. Si le dabas a alguien lo partías en dos y si esquivaba el golpe la propia barra te expulsaba de la pela por pura inercia. Para colmo, el camarada en cuestión no tenía abogado. Durán puso cara de entender la situación y dijo aquello de “No os preocupéis que esto lo resuelvo yo”. Esa misma frase la oí de esos mismos labios en los siguientes veinte años y por algún motivo siempre me estremeció. Yo ya conocía las veleidades de los miembros de la Guardia de Franco barcelonesa; se atrevían con todo: “la Guardia de Franco contra el universo” venía a ser su norma de actuación; a la hora de la verdad, fallaban más que una escopeta de feria y solamente estaban en perfecto estado de revista los días de reparto de armas (cuando había una huelga general o Franco visitaba Barcelona). Luego costaba que devolvieran las armas y siempre había alguna que se despistaba y emergía semanas –u horas– después en el curso de algún atraco.

Durán llamó al jefe de policía de Barcelona, amigo suyo y camarada suyo del Distrito VI (que pocos meses después, por cierto, me ordenaría mi detención… cuando estaba confeccionando el pergamino que me habían pedido sus camaradas, Durán entre otros, para el homenaje que le preparaban). Éste le aseguró que “si hacía falta, envío a los antidisturbios”. No hizo falta porque, realmente, no pasaba nada. Entramos en la sala del juicio y el secretario empezó la lectura del sumario: “Doña tal…. asomándose a la ventana del patio interior del inmueble imprecó a la vecina del 5º 1ª llamándola “hija de puta”, añadiendo: “que tu marido es un cabrón de mierda y me voy a cagar en todos tus muertos y en tu puta madre, tía jodía”… Yo en aquel momento era un hijo de la honesta clase media barcelonesa, educado en los Escolapios y en un hogar católico en el que los tacos y los insultos estaban –como era menester– censurados. Me sentí abochornado por oir estas palabras exclamadas por un funcionario de aspecto sobrio y sereno. La retahíla de improperios siguió un buen rato leídao como la cosa más natural del mundo.

No juzgaban al camarada, sino a su mujer y no por tema político sino por una trifulca entre vecinas. Todo lo demás era correcto: el juicio era de faltas y en Santa Coloma. Y allí estábamos Bernardo y yo esperando que, de un momento a otro aparecieran las turbas de CCOO y se lanzaran sobre nosotros, cuando ya habíamos asumido una actitud numantina de resignado fatalismo: “si hemos de morir, muramos ya, coño, que esto es un bochorno”. Duran, por su parte, conservaba la cabeza fría (o quizás algo calenturienta como era propio en él). Justo cuando el juez lanzó una pregunta inocente a la acusada, Durán se levantó y pidió ser “el defensor de viva voz”. El juez dijo exactamente lo que usted y yo hubiéramos dicho sólo que avalado por su experiencia en leyes: “Mire, llevo veinte años de ejercicio en la judicatura y es la primera vez que oigo hablar de eso que usted llama defensor de viva voz”. No había hostilidad en la voz del juez, sino que era posible incluso percibir una mezcla de ironía y curiosidad. Durán no se amilanó y empezó a argumentar que en el derecho tradicional catalán era una práctica habitual. Mal asunto ir por ahí porque el juez había participado en el Congreso de Zaragoza en el que se había compilado los derechos regionales, entre ellos el catalán y seguía sin conocer la figura del “defensor de vida voz”. Seguramente Durán lo había oído en alguna francachela con jueces de la audiencia de Barcelona.

Cuando llego al forcejeo entre Durán y el Juez yo estaba ya literalmente refugiado dentro de mi cazadora de cuero negra, intentando ser invisible. Llevaban tres interminables minutos discutiendo, cuando, sin pedir la venia ni nada de lo que quienes habíamos visto con fruición todos los episodios de “Perry Mason” sabíamos que había que pedir para hablar en un juicio, la procesada se levantó con los ojos inyectados en sangre, además y juzgó que Durán ya la había defendido “de viva voz” lo suficiente: “!Qué viva voz ni que hostias! Si aquí lo que ha pasado es que mi marido es de la Guardia de Franco y los maridos de estas hijas de puta son de CCOO y nos están jodiendo la vida!”. El juez se hizo cargo de la situación, hizo unas preguntas protocolarias que fueron contestados con escuetos monosílabos y la cosa quedó vista para sentencia. El camarada de la Guardia de Franco nos agradeció nuestra presencia, pero ni siquiera nos invitó a una cerveza. Durán, en cambio, sí.

En aquella época bebía pero no en exceso. Cuando lo volví a ver ocho años después, en plena transición, lo hacía como una esponja. Por entonces ya era presidente del poderoso Colegio de Agentes Comerciales de Barcelona, elegido democráticamente… gracias a un recuento fraudulento devotos enviados por correo utilizando fotocopias de DNI falsificadas con los nombres de los electores. La cosa puede parecer escandalosa, pero me consta que muy avanzada la democracia, esta misma práctica seguía utilizándose como la cosa más natural del mundo. De hecho, en 1987, Durán presentó a un candidato amigo suyo y perdió. Había falsificado sólo unos pocos votos menos que su oponente.

Al frente del Colegio de Agentes Comerciales, Durán había aprendido que podía colocar en la lista de gastos de representación las copas que consumía y las que generosamente obsequiaba a todos los camaradas. No fue el único en salir alcoholizado de aquella experiencia. En 1980, ya estaba en el peor momento y su mujer se había ido del hogar llevándose a sus cuatro hijos. Pasó por el psiquiátrico de Sant Boi, y a partir de ese momento alternó instantes de abstinencia con desmesura etílica. Cuando llegaba ésta, podía pasar mes o mes y medio en estado de constante embriaguez. Todo esto tiene su coste y no he conocido a ningún alcohólico que superase los 65 años; por algún motivo, en llegando a esa edad se extinguen como la vela de la palmatoria.

Durán, hasta dos años antes de su muerte siguió manteniendo su elegancia y su buena estampa; sus modales refinados le daban acceso a salones distinguidos en los que entraba admirado por las cincuentonas y sesentonas, hasta que bebía la segunda cerveza. A partir de ese momento se ponía impertinente, beligerante y peleón. En ese estado era capaz de regalar dinero a espuertas o gastarse 900.000 pesetas en un puticlub. Luego –no es para menos–, le entraba la depresión a la que seguían más pastillas, tranquilizantes, euforizantes, pastillas contra la presión arterial, contra la acidez de estómago creada por todas las pastillas anteriores y un largo etcétera de dolencias que se le iban acumulando por mala circulación, trastornos alimentarios y estomacales y un sin fin de problemas que al final, tras un embolia que siguió a su segunda separación, se lo llevó a la tumba.

Entonces entendí porque siempre Durán salía con aquello de que “con razón o sin ella mis camarada por encima de todo”, norma a la que añadía como coletilla: “A mí no me importa que un camarada sea alcohólico, si hay que ayudarle se le ayuda”, que era como decir: “antes o después me vais a tener que ayudar así que iros haciendo una idea”. Yo nunca compartí ese criterio: si un camarada necesitaba cualquier tipo de ayuda, debía merecerlo. Hacia 1982 ya había entendido que la camaradería no puede ser una carta en blanco para justificar cualquier actitud vital.

Durán formaba parte de la generación de falangistas anterior a la mía. Era algo mayor que Bernardo y de la misma edad de otros como él, a los que el alcohol se llevó a la tumba o están en ello en fase avanzada de desintegración personal. Me he preguntado a menudo qué es lo que mueve a alguien a alcoholizarse. Desde muy joven sé que el mejor vino no vale el malestar de la resaca subsiguiente. Mi padre me enseñó la moderación propia del catalán de seny de la que solamente me aparté cuando me vinculé a la ultraderecha.

Aunque Durán o Tormo atribuyeran en el curso de sus delirios etílicos buena parte de sus desgracias a su opción política, la verdad es que el segundo militó solo unos pocos años y el primero nunca había sido “militante” sino que había intentado reciclarse en la política democrática después de ser Consejero Local del Movimiento en Alianza Popular (fue el primer candidato por Girona en 1977) y luego en UCD. Su carrera política se vio obstaculizada por sus altibajos alcohólicos. Nunca perteneció a Fuerza Nueva ni a Falange. Era “camarada”, simple y genéricamente. Tormo, a su vez, también intentó entrar en el Consejo Local del Movimiento de Valencia pero fue tumbado por una damita entonces grácil, vivaracha  y parlanchina que hoy es la alcaldesa de Valencia, Rita Barberá. Luego dirigió un pequeño grupo de estudiantes y bachilleres, protagonizó unas cuantas irrupciones violentas en la universidad y tras defender un mitin de Fuerza Nueva en Molina de Segura, se contentó en los dos años siguientes con ir al 20-N acompañado por 20 críos vestidos de paramilitares, luciendo brazales con la svástica, bajo la bandera de la svástica y con un dóberman cubierto con una manta con la svástica. La svástica, evidentemente, le iba como a un tonto un lápiz. La televisión alemana, habitual de aquellos saraos, filmaba cada año sus mejores poses inspiradas en su experiencia como culturista. Desde 1981, vivía de un recuerdo que el paso del tiempo y el alcohol lo deformaban progresivamente. Seguía contando que había sido un gran jefe político a quien quisiera escucharlo y estuviera apoyado en la misma barra del bar villenero en el que lo vi por última vez. Cuando murió su perro pastor alemán ni siquiera tuvo arrestos para enterrarlo. Me tocó hacerlo a mí cuando; por entonces, medio valle de Beneixama ya olía a muerto.
Dejé de ver a Durán tras advertirle en tres ocasiones que no me iban las borracheras ni propias ni ajenas. A la tercera vez, en plena calle, me despedí de él para no volver a verlo nunca más. A mi espalda oí la muletilla de todo alcohólico: “Joder, qué mal te lo tomas, ¿nos hacemos un cubata y lo discutimos?”. El caso es que el cubata me apetecía pero había llegado a odiar el alcoholismo y todo lo que comporta.

Camaradas deslizados por la pendiente etílica hubo muchos más. Diez días después de los ataques del 11-S supe del fallecimiento de Liberato Egea, quien fuera mi muy querido camarada desde 1969. Liberato era uno de los pocos falangistas de cultura enciclopédica, inteligencia muy superior a la normal, cerebro lujosamente amueblado y un sentido del humor desbordante que ponía al servicio de sus conocimientos eruditos. Se sabía de memoria la mitad de La Venganza de Don Mendo y seguramente nos entendimos bien desde el principio porque yo me sabía la otra mitad y nos gustaba declamarla a dúo incluso en salones mala nota. Liberato tuvo unas cuantas horas de fama mediática cuando salió en media docena de ocasiones como tertuliano de choque en aquellas Crónicas Marcianas de fines de los 90. Estaba especializado en chocar con Ramoncín y con Pilar Rahola. Tenía aplomo, que es lo que hay que tener en estos programas, frases irónicas y reacciones rápidas. El único problema era que le resultaba difícil condensar todo su saber en unas pocas frases telegráficos, lo más que podía entender el sufrido público de Crónicas Marcianas. Era licenciado en filosofía y letras y ejercía el magisterio. Había nacido en las inmediaciones del Pirineo leridano y hablaba catalán regularmente. Por lo demás había leído toda la literatura catalana del siglo XIX y XX sin excepción. Cuando la Generalitat obligó a los enseñantes a demostrar que conocían la lengua de Pompeu, Liberato se negó en banda. Él no tenía nada que demostrar a nadie. Era catalán, hablaba catalán normalmente, pero no iba a dar clases en lengua catalana porque no toleraba imposiciones de un gobierno autonómico al que despreciaba. Allí empezó su calvario.

De todos nosotros era el que tenía más motivos para zambullirse en una piscina llena de alcohol: en efecto, había visto la degradación del sistema de enseñanza pública desde que empezó a dar clases en 1969 hasta su muerte en 2001. Amaba la enseñanza y toleraba mal su desmadejamiento progresivo. Tenía otro problema y bastante grave que él mismo reconocía: le olían los pies; lo suyo no era un olor normal, era algo en extremo intenso y penetrante que no había forma que desapareciera ni siquiera se atenuara. Sus pies eran una especie de planta productora de metano que trabajaba a destajo y sin interrupción. Acompañarlo en coche a casa equivalía a tener una experiencia en guerra química.

Lo recuerdo como a una de las personas más inteligentes y eruditas que he conocido jamás. Bebía y se emborrachaba con cierta frecuencia especialmente en la segunda mitad de los 80 y a lo largo de los 90. Lo hacía, por respeto a sus alumnos, esto es, al salir de clase. Amaba la enseñanza como he visto a pocos maestros amar su profesión. Y sufría por ello. Había otros como él que también atravesaron idéntico calvario, procedían de la extrema-derecha más sofisticada que existió en Barcelona, era gente con capacidad para el debate con quien quería debatir y con testosterona agresiva contra quien pretendía acallarlos con soflamas antifascistas. A uno lo conocía de pequeño. Sus padres tenían en el barrio una perfumería (en la Gran Vía), la Perfumería París, pero a él no le gustó ser tendero ni perfumista así que optó por el Derecho. Le fue bien como abogado y profesor en un colegio privado por las tardes, hasta que empezó a engordar. Su novia le puso ante la tesitura de que adelgazaba o rompía con él. Lo dejó y a partir de entonces empezó a beber. Más y más. Lo perdió todo con la bebida. Liberato un buen día le llevó a unas maestras que habían sido sancionadas por la Generalitat por no expresarse en catalán y, con una seriedad pasmosa, Manolo les pidió una “provisión de fondos” para ocuparse del caso. Las chicas preguntaron cuánto necesitada y él con la misma seriedad se limitó a contestar: “¿Cuánto lleváis en el bolso?”. No era la mejor forma de empezar un caso, desde luego.

Manolo hablaba perfectamente en público, su dicción precisa y bien modulada solamente era superada por la prosopopeya digna de un Cicerón o de un Demóstenes. Incluso con el cerebro nublado por el alcohol seguía haciendo gala de una envidiable oratoria, a diferencia de Federico que, siempre, cuando agarraba una melopea, arengaba a los camaradas diciéndoles aquello de que “nosotros defendemos una ética, una estética, una hermanéutica…”, entonces paraba y gritaba el consabido “A por ellos” y poco importaba quien estuviera al otro lado, la bronca quedaba garantizada.

Manolo murió de puro alcoholismo, dejando deudas por todas partes y a todos los camaradas, triste y miserablemente, en plena ruina. Como Durán. Liberato en cambio fallecería de un tumor maligno que le afectó la garganta. La ultraderecha en Barcelona nunca volverá a ser lo mismo sin éllos.

Todos los camaradas que han padecido y padecen alcoholismo crónico, han llevado vidas paralelas. La historia es siempre la misma: han acabado peleándose con todos. No entienden el motivo por el que los camaradas junto a los que han militado y han combatido con ellos codo a codo, ahora les niegan el saludo y les cuelgan el teléfono o, en el mejor de los casos, les dan largas. En estado de embriaguez se han insolentado con todos, han generado malestar dentro de sus núcleos militantes, se han puesto impertinentes e insufribles… y luego, a la mañana siguiente, lo han olvidado todo disueltos los recuerdos en el alcohol del día anterior. Quienes no han olvidado son todos los demás.

En 1971 se adhirió al partido un joven camarada, un tal Alemany. Su familia era muy conocida en el obispado barcelonés y había dado varios sacerdotes notables a la diócesis. Fui yo quien lo introduje en el partido y al cabo de pocos días me lo llevé a uno de los habituales “campamentos” de Joanetas. Había venido, Jaime Serrano, un camarada que entonces estudiaba derecho en Zaragoza y luego fue el delegado de Fuerza Nueva en Gerona (que, a todo esto, ya se había reconvertido en Girona dejando atrás la “e” de su origen implícito en Gerión). Serrano nos estaba dando una charla sobre no recuerdo qué tema, cuando inopinadamente, Alemany, en un estado completamente alucinado, pronunció una frase inolvidable que resonó como un estampido en la estancia: “Los masones existen… yo los he visto”. Se hizo un silencio tenso. Era fácil ver que estaba como ebrio, pero no de alcohol ni de entusiasmo, sino de alguna otra cosa. Me lo llevé fuera y conseguí que explicara a qué se debía su estado: se había zampado unas cuantas dormidinas aderezadas con café y coca-cola. Desconocía los efectos del combinado pero, a tenor del estado en el que se encontraba, eran demoledores. Años después volví a verlo un 23 de abril en las Ramblas. En esa ocasión me ofreció su tarjeta de visita: “J. Alemany – Pastor Metodista-Presbiteriano”. Como alucinado que era, había conseguido montar su propia Iglesia. Luego se eclipsó de nuevo. Tras otro período de ausencia volví a verlo, esta vez como dirigente de la Iglesia de la Cientología en Barcelona. Además, como es habitual entre gentes que precisan ayuda, él mismo había abierto un consultorio psicológico. También había estudiado teología mormona en Alemania y, acto seguido, supongo que por “coherencia”, ingresó en la Gran Logia Simbólica de España. Se le vio poco entre masones porque tras la iniciación siguió un “ágape” y aquí Alemany bebió más de la cuenta insolentándose con el Venerable, con el primer y con el segundo oficial de Logia y con cuantos aprendices, compañeros, maestros y altos grados estuvieron presentes.

Alemany, luego, se casó con una chica que procedía de los Gnósticos de CARF, un grupo ocultista, verdadera fábrica en serie de averiados de la vida, que luego se recicló en la Iglesia Ortodoxa de Barcelona. La chica es, probablemente, la mejor iconógrafa del país utilizando técnicas del siglo VII para pintar y diseñar sus tablas sagradas. Su marido, a decir verdad, es otro tipo extraordinario e inusual.  Hacen buena pareja. Alemany debía tener sangre judía porque era muy conocido en la sinagoga de Barcelona durante una época y allí me llevó por pura curiosidad. Nunca entendí si era judío, lo parecía o se había arrogado la nacionalidad como enésimo gesto de originalidad. Era, en cualquier caso, encantador y podía perdonársele cualquier excentricidad con más facilidad que a otros.

Era imposible fijar a Alemany en sus posiciones políticas: fue secretario de Enrique Líster, confidente de sus últimos años y militó, tras la desaparición del gran timonel del stalinismo español, en el PCC, los llamados “afganos” escindidos del PSUC. Algo que se me escapa debió pasar porque también abandonó esta formación, cruzando la calle y pasando a la Sociedad Vegetariana de Barcelona, situada justo en frente. Resulta difícil interpretar la coherencia de estas opciones. Luego pasó a la Asociación de Amigos de la UNESCO, más tarde se escindió de la “Iglesia Ortodoxa–patriarcado de Serbia”, para fundar con otros la “Iglesia Ortodoxa–patriarcado de Bulgaria” que se reunía en la siniestra cripta de la encantadora iglesia de Montserrat a tiro de piedra de la cruz de Pedralbes. No se encuentran tipos de estos todos los días y Alemany era, desde luego, inusual. No he conocido una persona más generosa que él. La mala noticia es que sus recaídas alcohólicas eran cada vez más fuertes. Se me olvidaba decir que prácticamente había pasado por todas las iglesias protestantes de Barcelona, pero creo que a estas alturas esto ya no le extrañará a nadie.

Estaba con él y con su mujer en un bar y le prohibí que bebiera más cervezas. Sus melopeas no eran agresivas, simplemente se quedaba en Babia y seguía bebiendo más y más. Luego costaba levantarlo y mucho más llevarlo a su casa. Los años lo habían hinchado y en 1997 triplicaba el volumen que tenía 25 años antes cuando se quedó in albis a causa de la dormidina. Los toxicómanos –y el alcoholismo es una toxicomanía–, por buenas personas que sean, son, al mismo tiempo, mentirosos. Jordi se limitó a decirme que iba a telefonear y a una cabina porque no funcionaba el teléfono del bar. Se fue a otro bar y desde allí siguió bebiendo. No sé que se habrá hecho de él.

Aunque parezca increíble, entre Líster y los vegetarianos, entre protestantes y ortodoxos, fue un probo militante de la ultra barcelonesa. La última vez que lo vi había reingresado en la masonería, esta vez en la Gran Logia de España, preocupándose muy mucho de ocultar su breve tránsito por la Logia Simbólica.

Alemany tenía el espíritu de secta insertado entre las meninges. Toda su vida era una permanente búsqueda de la secta perfecta que le ofreciera justo lo que buscaba: respuestas a su vida y medios de vida. Debió de ser por eso por lo que un buen día se afilió al PP. Liberato, por su parte, buscaba, tras el vidrio, olvidar la decadencia del sistema de enseñanza. Durán, a su vez, quería enjugar sus fracasos personales. Hay muchos más de estos; casi diría decenas. Eran habituales en la ultra, pero muy especialmente, en algunos sectores de la ultra, particularmente entre los falangistas.

En CEDADE, sin embargo, siempre miró mal el consumo de alcohol, especialmente antes de 1980. No había para tanto. Ciertamente, Hitler había sido abstemio, pero no parecía que otros dirigentes del NSDAP, Rohem, Goebels, Borman, lo fueran. Durante un cierto tiempo, cuando algún falangista llamaba al local de CEDADE, Varela lo anunciaba de forma sintética y paradigmática: “Llaman los del carajillo”. Para Varela, y por extensión, para CEDADE, el carajillo era lo que definía el ideal falangista mucho más que las obras completas de José Antonio o la definición de España como “unidad de destino en lo universal”.  A fuerza de mirar atrás, contar y recontar alcohólicos, debo reconocer que ciertamente en las distintas falanges existía la tendencia al desmadre etílico quizás para compensar otras carencias políticas.

Bernardo contaba historias sorprendentes. Una de ellas era el origen del carajillo. Según él, el término procedía de la guerra de Cuba cuando los soldaditos españoles, entre tiroteo y tiroteo, ingerían café de Cuba con coñac. Eso, me decía Bernardo, servía para alimentar el “corajillo” (de coraje). De corajillo derivaría pues carajillo. No sé qué pensar, si hacías mucho caso a las etimologías de Bernardo, podías terminar delirando. La mía con el carajillo fue una dulce historia.

En 1992 ya eran habituales los camaradas rusos que venían a España. Me llegaron dos activistas del Pamiat –un grupo efímero pero que tuvo sus dos años de fama mediática que encarnaba las esencias del fascismo postsoviético– a la empresa mediática en la que trabajaba. Me los llevé al bar de abajo para conversar y pedí un carajillo de ron. Con curiosidad, ellos pidieron lo mismo. Al día siguiente me los encontré a la misma hora en el mismo bar: habían recorrido Barcelona de parte a parte pensando que el carajillo era una modalidad que solamente servían en aquel bar. Con el tiempo, los rusos mejoraron su capacitación para la vida occidental, pero entre la caída del Muro y mediados de los 90 anécdotas con rusos hubo de todos los colores que habrá tiempo de ir desglosando.

De todas formas, reconozco que los españoles eran únicos en cuando a su relación con el alcohol se refiere. Luis Antonio García, alias el “Mataestudiantes”, era uno de los “duros” de la extrema-derecha de la época. Para él el carajillo era una pura mariconada. Él prefería invitar a los camaradas a la llamada “leche de pantera” que consistía en un carajillo de coñac –o en su defecto de brandy El Brigadier fabricado en Rute en las mismas destilerías del Anís Machaquito– sobre el que vaciaba la pólvora de una bala de 9 mm. Luis había hecho de la ingesta de “leche de pantera” un ritual colectivo para la organización que creó en 1993 ó 94: ENE, surrealista sigla que correspondía al no menos surrealista nombre de Estado Nacional Europeo. Un día me lo encontré en la calle y quiso reclutarme para una fiesta que celebraban en la sede de su partido: “Tomaremos leche de pantera”. Fue suficiente para que eludiera el compromiso. “ENE es una opción,  nueva, original, ya sabes…”, añadió a modo de cuña publicitaria. Me dejó un folleto: era tan original que el símbolo era una svástica. Para animarme citó a un conocido mío –un “gran economista” recalcó– que había redactado el programa económico del ENE, Juan Bosh: “Bosh sostiene que no hay que reducir impuestos, basta con abolirlos”. Conocí a Bosh en Lérida el día que el primer astronauta pisó la luna, así que ninguna de sus teorías podía sorprenderme mucho. Su presencia era otro buen motivo para eludir el compromiso con ENE.

“El Mataestudiantes” fue uno de los habituales de la extrema-derecha desde principios de los sesenta hasta el 2005, cuando una embolia lo mermó físicamente. Hasta entonces había llevado una vida desmadrada y excesiva. La extrema-derecha de Barcelona no podría comprenderse sin él. No será ésta la única vez en la que aparecerá en estas páginas. Cuando un tipo es capaz de convertir algo tan intrascendente como tomar un carajillo en una anécdota es que todo su vida es pura anécdota. Desde luego su ejemplo fue uno de los que más convencieron a Varela para que apostrofara a los falangistas como “los del carajillo”.

No vale la pena seguir. El alcohol es una “prueba”; claro que engancha, como cualquier otra cosa que te satisfaga. Pero en nuestro ambiente ultra algunos desarrollamos con el tiempo una moral particularmente rígida, a pesar de su aparente pasotismo; la anunciábamos escuetamente: “Haz lo que quieras”. Y se justificaba así: “Si quieres beber, hazlo hasta reventar, que la prudencia no te paralice si el alcohol es tu demonio particular. Si sabes lo que quieres, y lo que quieres es alcohol, llega hasta el final de tu aventura y no dejes ni un momento de consumir”. A eso se le llama ser consecuente. Los alcohólicos que he citado lo solían ser; pero, añadíamos,  “cuando hayas emprendido esa vía, no mires atrás porque no verás a los que hasta ese momento han sido tus camaradas, ni les pidas apoyo porque ya los habrás decepcionado y, por lo demás, algunos sabemos que cuando alguien ha sido capturado por el demonio del alcohol carece de voluntad aunque en otro tiempo la hubiera tenido. Eres débil, camarada: has caído en manos del demonio del alcohol. Y si eres débil no eres de los nuestros”. ¿A cuántos camaradas les habré dicho estas mismas palabras? Os juro que a no menos ve una veintena. De estos, muchos ya no existen.

La ventaja de la heroína sobre el alcohol consiste en que la primera suele matar a mayor velocidad. El alcohol es más lento, más angustioso, más decadente; apto sólo para desesperados. Y en la ultra derecha hay muchos motivos para desesperarse: el que el rol social asumido según la lógica política, no corresponda con el rol real experimentado interiormente (el caso de un gay ultra al que le horroriza salir del armario o simplemente enfrentarse a su problema), la desesperación de ver la degeneración de una sociedad producida ante la complacencia general y el desinterés absoluto de los poderes públicos (el caso del maestro que fue Liberato amante de su profesión), el caso del desengañado y decepcionado por la vida, el caso del ocioso, lumpen o aristócrata, que de muy pequeño ha aprendido a moverse abotargado con un vaso largo en la mano apoyándose en la barra de un bar… hay muchos subtipos, muchas variantes taxonómicas del modelo genérico del alcohólico.

He de reconocer, finalmente, que en este terreno la ultraderecha no es sino un microcosmos de la sociedad. No me da la sensación de que en la ultra haya un porcentaje mayor de alcohólicos que en la sociedad, sino la cuota equivalente a la que le corresponde por su volumen. El problema con los alcohólicos es que dejan huella y te planteas porque la naturaleza humana es tan débil que el resultado de mezclar un azúcar con una levadura, el alcohol, es capaz de nublarles el cerebro y frecuentemente los mata antes de tiempo, incluso aunque algunos de ellos fueran, como cantaba Ginsberg en su “Aullido”, “los mejores hombres de mi generación”.

La conclusión que he sacado es que es posible justificar la debilidad, comprenderla, pero no vivir cerca de la debilidad. Todo alcohólico es, débil. No tiene lugar en un ambiente político en el que algunos queríamos formar hombres duros como el acero y puros como el diamante. Esa ultraderecha, por supuesto, solo existía en la imaginación de unos pocos que queríamos ignorar que este sector estaba en medio de una sociedad en la que la debilidad era la norma.

(c) Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.eshttp://infokrisis.blogia.com

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