Ultramemorias (VI de X) Tipologías insólitas. Tipos Carcelarios (2ª parte)

4 06 2009

En febrero de 1981 volví a Francia. No juzgué oportuno residir en París así que me acomodé en el Château de Reveillón, a 70 kilómetros de París. Era un viejo caserón edificado en el siglo XVII sobre las ruinas de un castillo templario; de hecho los sótanos y los subterráneo eran abovedados y el palomar era una antigua torre templaria de bóveda circular sostenida por un pilar central muy común en las construcciones del Temple. El caserón era propiedad de la marquesa Marie Therese Bouniol de Gineste, de origen occitano y cuyo padre, en tanto que director del diario colaboracionista de Perpignan durante la ocupación alemana, había sido depurado por De Gaulle, del que era compañero de promoción y con el que, al parecer, tenía cuentas pendientes que se ajustaron a favor del segundo en la “depuración”. Desterrado de su Occitania natal, la marquesa era capaz de hablar una conversación en catalán que hubiera hecho amarillear de envidia al mismísimo Montilla. Me la había presentado Sixto Enrique de Borbón, en casa del cual pasé un par de meses. a escasos metros de la tumba de Napoleón en Les Invalides. Era monárquica por encima de todo y el amor platónico de su vida no era otro que Maxime Real del Sartre, el que fuera jefe del servicio de orden de Action Française en la pre-guerra, los Camelots du Roi,si bien recordaba con una tierna admiración a otro entrañable amigo de su familia, Antoine de Saint-Exupery. Para los coleccionistas de anécdotas, dediqué a Real del Sartre un largo artículo en Infokrisis en el que entre otras cosas recordaba que estuvo en España durante la guerra civil, fue uno de los que impulsaron el reclutamiento de la Brigada Juana de Arco formada por voluntarios franceses alistados en la Legión Española, conoció a Franco y le regaló una medalla de Juana de Arco cuyo culto constituyó para él una verdadera obsesión. Pero, sin duda, lo que se suele ignorar a esta parte de los Pirineos (y también en la otra vertiente a pesar de que Real del Sartre fue el escultor más famoso de las entreguerras y por todo el hexágono francés hay más una cincuentena de monumentos de homenaje a los caídos en la I Guerra Mundial cincelados por él) es que el proyecto de Valle de los Caídos de Juan de Ávalos debió competir con el de Maxime Real del Sartre y si venció el primero fue porque Franco juzgó que, a pesar de tratarse de un católico a machamartillo, el escultor francés tenía la mancha de ser precisamente eso, francés.

Cuando “mademoiselle la marquise” me enseñó los recuerdos de Real del Sartre (unas cuantas esculturas, algunos esbozos que lo sitúan como el Arno Breker francés, así como diversos libros y cartas) la impresión que me dio es que el proyecto de Ávalos era mucho más grandioso y, si se me apura, “brekiano” que el de Real del Sartre formado por una gigantesca cruz tumbada sobre la muralla y que solamente hubiera sido visible desde el cielo.

Desterrados de Occitania, la familia de “mademoiselle la Marquise” compró el château y 200 hectáreas de tierra fértil en pleno Marne. Uno de los lugares más hermosos que he conocido. Allí conviví con la marquesa, el matrimonio italiano que había tenido albergado en mi domicilio de Barcelona, algunos falangistas libaneses de paso ,estudiantes en París, y nueve perros de raza Leomberg (una raza belga con el tamaño de un mastín español con el pelo más denso en la parte del pecho)  que la marquesa criaba con singular primor y de cuyo club era presidenta. El castillo había alcanzado carta de personalidad en la literatura francesa. Allí, setenta años antes, el destartalado caserón le había servido a Marcel Proust para situar su novela Jean Lantier. Allí estaban los rosales búlgaros entre los cuales Proust había tenido un pasmo de esa “conciencia oceánica” de Arthur Koestler describió tan bien en su El Cero y el Infinito. Allí estaban las extrañas flores plantadas por Sarah Bernard (y que un falangista libanés de paso se cargó de manera inmisericorde a machetazos simplemente porque no supo apreciar su más que cuestionable belleza). Allí estaba la cama sobre la que Marcel Proust había escrito algunas de sus mejores páginas (y cuyos muelles nos saltaron durante una follada relativamente salvaje). Allí estaban las vistas al valle del Marne, los sótanos misteriosos que conducían a otro château situado a unos kilómetros (y que los alemanes durante la ocupación habían sellado para evitar ataques a aquel lugar que habían transformado en residencia de oficiales). Allí estaban los campesinos francesas que todavía mantenían una relación casi feudal con la propietaria del castillo, fuera quien fuera y con tal de que tuviera sangre noble (antes de enviar a algún familiar al hospital o a algún animal al veterinario, los campesinos llamaban antes a la marquesa para pedir consejo y, frecuentemente, era ella misma quien realizaba una primera cura o resolvía el problema; a los animales les daba simplemente una dosis del Vin du Pays de l’Herault, que viene a ser algo así como nuestro ínclito Don Simón de tetrabrick: si la bestia lo resistía se curaba y si no aceleraba su muerte; lo que no destruye, fortalece puesto en práctica en el arranque del último quinto del siglo XX). Allí estaba el frío en invierno (con una nieve persistente y un frío glaciar que llegaba hasta fijar escarcha en las cejas; montando caí del caballo y perdí las gafas entre la nieve; solamente las recuperé con el deshielo , la explosión de la primavera (que nunca antes había visto tan de cerca en una yema de un almendro que día tras día pude ver como se hinchaba hasta el estallido), y el calor sofocante de los primeros días del verano (cuando los gusanos pululaban sobre la crema de leche surgidos de un día para otro dios sabe de dónde).

Aquella era una pequela comunidad autosuficiente. Teníamos unpequeño rebaño de 50 ovejas, media docena de cabras, dos vacas, cinco caballos y unas pocas gallinas. Lo suficiente para sobrevivir. Carne no faltaba pero para acceder a ella había que matar a los corderos. Aprendí a hacerlo. Después de media docena de degüellos descubrí que el animal sufría más que si me limitaba a acariciarlo y le pegaba un tiro en la nuca. Poco después las 50 ovejas se transformaban en 100 con los nuevos nacimientos. De las dos vacas salía leche suficiente para alimentar a humanos y perros y aún sobraba. En cuanto a la crema de la lecha nos servía para hacer mantiquilla. De hecho, cocínábamos con mantequilla. Reconstruimos algunas partes de la granja que estaban deterioradas, habilitamos los sótanos del castillo para criar champiñones. La mierda de los caballos mezclaca con paja y orines era el mejor “fumier” y nos dio muchos más kilos de chapiñones de los que hubieramos podido consumir jamás. Incluso estuvimos pensando en hacer una gasógeno de metano para aprovechar los restos y aprovechar el viento del Este para un generador eléctrico. Robinsón en el Marne.

Solía ir una vez a la semana a París, pero era la primera vez en mi vida que vivía durante un tiempo en el campo, dejando aparte las excursiones más o menos largas, pero nómadas e itinerantes, que había realizado hasta no hacía mucho. Los meses anteriores habían sido muy intensos y contrastaban con aquel remanso de paz. En ninguno de los países de tres continentes que visité en aquella época tuve la menor intención de hundir raíces, pero en Reveillon era algo diferente, acaso por el contraste con todo lo vivido en los meses anteriores y, por tanto, sorprendente.

Mi esposa aprovechó para venir allí con mi hijo de apenas 15 meses… Fue demoledor para mí  que en la Gare d’Austerlitz mi hijo pasara a mi lado sin reconocerme a la vista de los ocho meses que no lo había visto. En ese momento me di cuenta de que había sido un inconsciente y entendí el porqué para algunas aventuras hay que ser soltero y sin compromiso. Los dos meses que pasé con ellos en Reveillon hicieron que se disipara algo aquella sensación y que no pensáramos mucho en el futuro. Allí nos cogió el golpe del 23-F. Estaba esperando ir a Argentina y tan solo necesitaba documentos nuevos, no contaminados y capaces de inspirar confianza en los aduaneros franceses y argentinos (la documentación suiza, por ejemplo, era buena para eso), pero esa documentación se retrasó demasiado y todo se precipitó.

Antes de todo eso, en la mañana del 14 de noviembre de 1980 estando en el metro de París ocurrió algo relativamente gracioso. Sentado delante de mí, un tipo leía con fruición L’Humanité, el diario del Partido Comunista de Francia, seguramente el diario con menos credibilidad de todo el país, un vulgar panfleto partidista cuyo único mérito era glosar, loar y alabar la política exterior de la URSS. Intentaba leer las noticias sin poder evitar cierta sensación de conmiseración por aquel pobre obrero con el cerebro sorbido por el agit-prop del más estalinista de los partidos comunistas occidentales. En un momento dado pasó de página y bruscamente me vi a mi mismo en las páginas de aquel panfleto que mostraba una foto mía tomada en 1974 durante mi detención por el asunto del Cine Balmes. La noticia se titulaba: “Atentado de rue Copernic: la pista española”.

Un par de meses antes me encontraba en París, en la terraza de uno de los más conocidos bistrós de Saint Michel tomando una cerveza con Yves Bataille. El camarero era un polaco delegado del sindicato Solidarnosc en París. Desde el bistró situado frente al Sena podía verse una actividad policial inusual en la otra orilla donde se encuentra la Prefectura de Policía. Sirenas, furgones policiales que iban y venían, evidenciaban que “algo” había ocurrido. En principio lo atribuimos a que en la mañana había tenido lugar allí el juicio contra Mark Fredriksen, dirigente de un pequeño grupo de extrema-derecha. Por la noche, al llegar a casa me enteré del verdadero motivo de todo aquel revuelo: alguien había colocado una bomba en la sinagoga de la rue Copernic. Era el tercer extraño atentado de aquella época: primer, el 2 de agosto el atentado de la estación de Bolonia cargado a espaldas de la extrema-derecha, luego el atentado de Munich durante la fiesta de la cerveza, no reivindicado y cargado igualmente a espaldas de la extrema-derecha alemana y, finalmente la explosión de la rue Copernic del que, inmediatamente, los medios y la comunidad judía, señaló a la extrema-derecha. No hay dos, sin tres. En aquel momento tuve la sensación de que aquel atentado me iba a quemar. Poco antes, un semanario italiano había sacado mi nombre como relacionado a la masacre de Bolonia. Semana sí y semana también la prensa europea solía publicar artículos sobre las “tramas negras” y una supuesta “internacional negra” que, como un pulpo, movía los hilos aquí y allí. Cuando aquel lector de L’Humanité tuvo a bien volver el diario y servirme espejo (incluso llevaba unas gafas de pasta parecidas a las de la foto policial) supe que aquel infame atentado me había salpicado.

¿Es necesario decir que no tuve nada que ver con aquel episodio? Seguramente. Desde el primer momento, la policía francesa orientó la investigación hacia los medios palestinos. Pocos meses después identificó a un palestino del grupo de Abu Massu identificado como autor material del atentado y que no sería detenido hasta 28 años después… Sin embargo es lícito preguntar cómo diablos había salido a relucir mi nombre en toda esta trama. Fue relativamente fácil reconstruir una parte de la peripecia y tardaría todavía unos años en atar los últimos cabos del episodio.

Antes he recordado que el Frente de la Juventud, a partir del primer congreso de la organización celebrado en Madrid en el local del Centro Cubano formó una troika compuesta por tres personas: Juan Ignacio González como Secretario General, José de las Heras como Presidente y yo como Secretario Político. Esto ocurría en febrero de 1980. Cuando tuve que irme de España en junio de ese año la policía española ni siquiera se tomó la molestia de remitir mi nombre a Interpol: en efecto, los “delitos” por los que me buscaban en España se reducían a una triste manifestación ilegal, algo que no era ninguna policía del mundo le atribuiría la más mínima importancia. En Francia, esa acusación no era motivo de extradición. Así que permanecí en aquel país utilizando mi pasaporte auténtico y sin tomar excesivas medidas de clandestinidad, si bien procuraba evitar los ambientes de la extrema-derecha francesa que, por lo demás, conocía bastante bien.

Aparte del grupo de apoyo que habíamos formado los exiliados que nos encontrábamos en la capital francesa, por mi cuenta organicé mi propia red para casos de emergencia. Formaban parte de ella, gentes que no tenían absolutamente ninguna militancia ni pasado en la extrema-derecha, ni eran conocidos políticamente por ninguna actividad. Cuando el 14 de noviembre de 1980 L’Humanite me acusó de haber tenido algo que ver con el atentado, a partir de entonces sí que me sumergí en la clandestinidad y en una tarde logré desaparecer del territorio francés. Me he preguntado muchas veces si aquella fue la actitud correcta y si no hubiera sido más razonable haberme presentado en la Prefectura de Policía y declarado mi total extrañeidad al atentado de la rue Copernic. Pero en aquel momento no sabía qué acusaciones pesaban contra mí y era posible que se sostuvieran sobre documentos y testigos falsos. Así que, hasta que la cosa se aclarara, consideré que lo más razonable era poner tierra de por medio, intentar investigar qué había ocurrido y desde qué centro se me estaba criminalizando. Había pues que preguntar, indagar y reflexionar sobre el puzle. Para eso hacía falta tiempo y movilidad y en la cárcel no se disponía de lo segundo aunque sobre de lo otro. Luego había otra cuestión: estaba a la espera de trasladarme a Latinoamérica. Y las órdenes eran no dejarme coger. Así que desaparecí de Francia durante dos meses y medio.

En ese tiempo pude saber que la información había llegado a L’Humanité como ultima ratio. Antes se había intentado colar por Radio Montecarlo, y en el diario Le Soir que rechazó la información por manifiestamente falsa e intoxicadora. Era evidente que, de todos los diarios franceses, L’Humanité, órgano del PCF, era la menos creíble de todas las publicaciones editadas en aquel país. Si lo habían publicado era por dos motivos: como ejercicio de antifascismo que para el PCF era una forma de realizar apostolado seglar y para exculpar a la constelación de grupos palestinos en buena medida teledirigidos por los servicios soviéticos los que no estaban teledirigidos por los servicios norteamericanos o directamente por el Mosad. La información era increíble pero, aún así, fue reproducida en España y dio que hablar: era la “pista española”.

La lectura de lo publicado indicaba que para elaborar el artículo se había contado con un fascículo de declaraciones sobre mí realizada por Ramón Graells Bofill ante la policía de Barcelona. El por qué Graells fue voluntariamente a declarar ante la Jefatura de Policía no es ningún misterio y hasta tiene su interés. Demuestra como, en ocasiones, los errores y las casualidades tienen su importancia. El día en que salté por la ventaba de casa e inicié mi período de exilio, antes hice unos cuantos desplazamientos para intentar avisar a otros camaradas de que se estaba produciendo una redada. Fui al Paseo del Tibidabo a la puerta del SIL a avisar a Enrique Moreno de lo que estaba ocurriendo… sin saber que el interesado había sido también detenido. Me encontraba en la avenida Pearson cuando una vespino petardeante se detuvo ante mí. Era Albert Viladot, un periodista con el que había hecho buenas migas desde el período del FNJ. Le conté, con unas pinceladas lo que había pasado: manifestación ante la sede de UCD, detenciones, redada, y yo que me había fugado. Lo entendió todo y al día siguiente lo publicó con un error: “La policía busca a un conocido abogado vinculado a  la ultraderecha barcelonesa”… Era evidente que Viladot se había confundido: yo no era abogado, pero Graells, el que fuera presidente del FNJ sí lo era, así que se dio por aludido y se presentó voluntariamente para declarar a la policía: y vaya si declaró. Fruto de sus declaraciones fue la detención de Alfredo Alemany y la orden de busca y captura contra Rafael Tormo. Graells contó en su declaración todo lo que sabía sobre mí, lo que se imaginaba y lo que, aun siendo falso, le gustaba creer como auténtico. El resultado fue que, solamente con esas declaraciones, había más que suficiente para montar la operación de intoxicación.

Ese fascículo de declaraciones, había llegado por no tan insondables caminos a manos del delegado de la Unión Sindical de Policías, comisario en la calle Enrique Granados de Barcelona, el cual lo había entregado al delegado de un sindicato francés de policías… vinculado al PCF. Demasiado esfuerzo para un oscuro sindicalista. Detrás había algo más y no era difícil intuirlo.

El asunto de la “pista española” salió a la superficie el 14 de noviembre de 1980. Tres semanas después resultaba asesinado en un misterioso atentado (el único cometido durante la transición y el único que todavía hoy sigue impune) Juan Ignacio González, secretario general del Frente y quince días después de este crimen, 40 militantes del Frente de la Juventud fueron detenidos o tuvieron que exiliarse, entre ellos Pepe de las Heras, presidente de la formación. Así pues, en apenas mes y medio, la totalidad del Frente fue aplastado de un plumazo. La duda era ¿por qué entonces y no antes? ¿por qué la detención de los 40 militantes no se había operado uno o incluso dos años antes a tenor de que la policía conocía perfectamente las actividades ilegales del Frente que Juan Ignacio impulsaba y coordinaba? ¿por qué se me criminalizó primero a mí, luego se asesinó a Juan Ignacio y, finalmente se detuvo a Pepe de las Heras y a 40 militantes, por este orden?

Es difícil explicarlo, pero, para abreviar, digamos que el CESID en aquella época tenía la idea, simplificando, de que “el frente trabajaba para la policía”. Esto se basaba en la amistad personal que mantenía Juan Ignacio con Marín, un conocido policía de la época, procesado luego por la muerte del etarra Arregui durante su detención. Dada la tendencia a simplificar: si Juan Ignacio tenía buenas relaciones personales con Marín, era que todo el frente “trabajaba” para la policía. Esto es todavía más grotesco si tenemos en cuenta de que, dado que Pepe de las Heras había sido miembro de las Defensas Universitarias durante su período de estudiante, Fuerza Nueva difundía la idea de que el Frente de la Juventud “trabajaba para presidencia” (y, por “presidencia” entendía el viejo SEDEC que ya entonces ni siquiera existía). Todo este tira y afloja de acusaciones tenía, eso sí, algunas bases sólidas que, paradójicamente eran desconocidas por muchos que nos acusaban de estar manejados por unos o por los otros. Cabría añadir que Madrid era el ambiente en el que todas estas informaciones circulaban respondiendo al carácter de la extrema-derecha de la época: en un país de enteraos, la extrema-derecha madrileña era la más enterada del mundo, todos lo sabían todo de todos y todos difundían sus informaciones a quien quisiera escucharlas. Pero, como digo, sí es rigurosamente cierto que “había algo”.

“Alguien” había estado dando “cuerda” al Frente de la Juventud durante dos años. Era una formación lo suficientemente radical como para dar que hablar sobre sí misma. Las actividades del Frente servían para que la violencia de extrema-izquierda fuera contrabandeada por una violencia de extrema-derecha que obligaba por pura inercia a la opinión pública a refugiarse bajo el paraguas protector del Estado. Tal era el esquema de “los extremismos opuestos” que se había puesto en práctica en Italia durante los “años de plomo”.

No solamente es que el aparato del Estado “estimulara” la violencia de extrema-derecha, sino que la permitía, hacía la vista gorda o simplemente miraba a otro lugar. Solamente así puede explicarse que el Frente de la Juventud se financiera mediante atracos durante años, algo que toda la extrema-derecha madrileña sabía perfectamente y que era imposible que no hubiera llegado a oídos de la policía. Sin embargo, yo era el primero el preguntarme por qué la policía no hacía nada y cómo Juan Ignacio estaba muy tranquilo ante este tema. La impresión que tenía en la época era que Juan Ignacio se había trabajado algún tipo de “protección aérea” que blindaba al Frente ante la intervención policial. Y en ese supuesto, se explica el por qué la redada demoledora contra el Frente tuviera lugar solamente poco después de haber sido asesinado Juan Ignacio y no antes. Una interpretación posible indicaría que si Juan Ignacio era el obstáculo que taponaba la acción policial contra el Frente, muerto él, quedaba abierta la posibilidad de realidad la redada demoledora.

La investigación policial sobre el asesinato no llegó muy lejos. Dos horas después del crimen (cometido a altas horas de la madrugada cuando Juan Ignacio volvía a su casa tras una velada con un grupo de camaradas) Radio Nacional de España ya daba la noticia de que había sido asesinado “por un ajuste de cuentas entre grupos de extrema derecha”. Era falso. Pero, como siempre, la falsedad no podía improvisarla un oscuro redactor a las tantas de la madrugada, ni policía alguno podía haberla urdido en tan poco tiempo: la información –como años después la “versión islámica” de los atentados del 11-M propagada por la SER a poco del atentado- debía haber sido construida previamente por alguien que conocía que se iba a producir el asesinato. Cuando se produjo la redada contra los miembros del Frente, la policía incautó una treintena de revólveres Arminius, varias armas más, cortas y largas y unos cuantos miles de cartuchos… pero no el arma con el que fue asesinado Juan Ignacio, lo que excluía por completo el que fuera asesinado por sus camaradas. Las insinuaciones de algún individuo turbio y que trabajaba para las “alcantarillas” –“Cocoliso”, en concreto- que señalaban a un querido camarada como asesino a causa de una pendencia personal y momentánea con Juan Ignacio, abundaban en las sospechas de que aquella muerte se había fraguado desde esas mismas “alcantarillas”. Las investigaciones, por supuesto, no llegaron a ninguna conclusión. Se llegó a traer a policías de Canarias que se movían como un pulpo en un garaje en el ambiente madrileño. Finalmente, el caso fue archivo y ahí sigue como único crimen impune de la transición.

Veinticinco años después, Pedro Alonso y algunos otros antiguos militantes del Frente de la Juventud convocaron un acto de homenaje y recuerdo de Juan Ignacio. Participé en alguna reunión preparatoria, indicando que el acto debería servir como ocasión para que el Ministerio del Interior o la Audiencia Nacional reabrieran la investigación. Finalmente, todo quedó en un emotivo acto en el que los antiguos militantes del Frente se reunieron por primera vez en mucho tiempo. Al final no pude asistir, si bien era cierto que hubiera algunos de los compromisos de aquel fin de semana eran eludibles, pero nunca me han gustado excesivamente las reuniones de ex combatientes; supone mirar atrás demasiado y eso solamente se lo puede permitir quien sólo tiene pasado. En mi caso, todavía no sé lo que quiero ser de mayor, así que el pasado sólo me interesa si puede revisarse para resolver misterios de otro tiempo. Es imperdonable que el asesinato de Juan Ignacio haya quedado impune y que ni periodistas, ni policías, ni magistrados, ni siquiera sus ex camaradas, hayamos hecho nada por obtener una reapertura del sumario. Aquel 25º aniversario fue una ocasión perdida de presionar para que se reabriera el caso contar lo que algunos no habían contado –seguramente porque nadie les había preguntado- sobre aquella azarosa época. Pero fue algo más: la señal de que el tiempo había pasado y que muchos camaradas no estaban dispuestos a pechar con sus responsabilidades del pasado a fin de conservar sus nombres limpios de polvo y paja. No voy a ser yo quien se lo reproche, pero, francamente, creo que Juan Ignacio merecía que se conociera el nombre de su asesino y que hoy se llegaría sin dificultad a él, a poco que algún organismo de esos que dicen repartir justicia rascara un poco. El que más, el que menos, con el paso del tiempo, ha entendido lo que pasó. Y son los ex militantes del Frente de la Juventud de Madrid, quienes tienen la clave del misterio. A ellos la responsabilidad del silencio.

Tampoco es posible desvincular aquellos sucesos del gran episodio de la historia de España de aquella época: el 23-F. Pero este es el capítulo de las cárceles y no el de los golpeteros.

Tras la publicación de mi falsa vinculación en el atentado de la calle Copernic, salí de Francia. El asunto cayó en el descrédito más absoluto y ni uno sólo de los medios de comunicación solventes de Francia atribuyó la más mínima credibilidad a aquel libelo vehiculizado por L’Humanité y reelaborado en los laboratorios del CESID (sí, del CESID). Unos meses después, tras peripecias que me llevaron de un sitio para otro, me refugié en Reveillón. Florecieron los almendros y pasó el 23-F. Pasó la primavera con mi mujer que quedó nuevamente embarazada. A principios del verano debía haberme ido a Argentina, pero los pasaportes no terminaban de llegar. Para colmo de males, tres días después, el Corriere della Sera traía una muy mala noticia: en la frontera italo-suiza había sido ametrallado un coche que había intentado eludir un control policial. Uno de los pasajeros resultó muerto y los otros dos heridos de gravedad. Entre ellos estaba “Mimo” Magneta, miembros de los NAR que nos debía traer los pasaportes. Y como las desgracias nunca vienen solas, unos días después la prensa volvió a la carga en relación a mi increíble vinculación con el atentado de la rue Copernic. En esa nueva ofensiva las informaciones eran completamente diferentes a las que se habían publicado en noviembre. Procedían de diarios de obediencia socialista y se limitaban a decir que la prefectura de policía había eludido investigar la “pista española”. La cosa no iba contra mí, sino contra el Prefecto de Policía y aparecía justo en el momento en que se producía la transmisión de poderes de Giscard a Mitterand. Yo era el “chivo expiatorio”, en francés de ”bouc emisaire” que suena igual de mal e incluso ligeramente siniestro.

La lectura atenta de las informaciones publicadas evidenciaba que los redactores estaban convencidos de que había abandonado Francia e incluso se publicaba que residía en ese momento en un país iberoamericano. Daban por supuesto que tras las informaciones publicadas en noviembre había abandonado el territorio francés, por tanto, se sentían libres para lanzar alguna calumnia más y, sobre todo, informaciones tendenciosas y erróneas. Había que responder y hacerlo rápido. El problema era reconstruir la situación, entender qué es lo que sucedía y establecer los centros de imputación. Tardé solamente unos días en lograr los datos necesarios para reconstruir el mecanismo de la intoxicación informativa. Cuando la tuve, mi esposa llamó a Juan Lago, entonces redactor de Interviu para utilizar esta revista como vehículo para publicar el mecanismo de la publicación. Lago y la redactora de Interviu en París –Evelyn Mesquida, si mi memoria no me falla- acudieron a la cita frente al pórtico principal de Notre Dame. Allí, algunos amigos habían organizado un dispositivo de seguimiento para comprobar si la policía francesa o la española habían sido alertadas. La entrevista tuvo lugar en un hotel de Montparnasse y duró en torno a tres horas. Se publicó al cabo de 15 días en Interviu y, en general, respondía a la conversación real si bien estaba titulada con el aire de suficiencia que utilizaba esta publicación en la época: “Interviu encuentra al ultra más buscado por Interpol”. Realmente, no sé si era el ultra español más buscado por Interpol, ni cómo Lago o quien fuera logró encontrar un título tan escandaloso. Unos días después le envié las fotos que unos camaradas franceses me realizaron de espaldas… frente a la Prefectura de Policía.

La intención de la entrevista era simplemente recordar: “sé por qué me habéis utilizado como chivo expiatorio, pero ahora sabéis que puedo reconstruir cómo lo habéis hecho y a través de quien, así que la próxima vez saldrán más nombres”. No hubo “próxima vez”. Pocos días después de la publicación de la entrevista, volví de Reveillon a París para realizar algunas gestiones y resolver el problema de los pasaportes falsos a la vista de que había recibido la orden de trasladarme a sudamérica. Visité el local de una representación diplomática iberoamericana que estaba bajo vigilancia policial y allí me localizó la policía francesa, siguiéndome a lo largo del día hasta el hotel en el que me albergaba. Algo me decía que las cosas no acababan de ir bien, dos días antes había soñado que resultaba detenido. Por algún motivo, solamente he soñado algo tan siniestro en tres ocasiones en mi vida y en las tres, unos días después, se produjo la detención real o, al menos, tuve que salir a escape con la policía pisándome los talones.

Aquella noche, a eso de las cuatro de la madrugada noté que alguien estaba hurgando en la cerradura del hotel. Me levanté con la intención de arrojar los documentos falsos por la ventana y comprobar si podía huir por allí. Antes de que pudiera abrir la ventana, la policía derribaba la puerta. Una etapa había terminado. Debíamos haber partido para Iberoamérica esa misma semana. Dos días antes, decidimos quemar algo de dinero en uno de esas roulotes de videntes que se situaban en el boulevard Stalingrad. Con una seriedad pasmosa, la vidente nos auguró: “emprenderéis un largo viaje”. Bingo. Lo que ignorábamos era que el viaje era, yo a prisión parisina de La Santé y Cecilia a la de Fleury-Merogis. Estas cosas pasan cuando no se está familiarizado con la videncia…

La detención de Cecilia se produjo cuando la policía percibió que no llevaba ninguna maleta en el hotel, sino tan solo una pequeña cartera. Así pues, debía de tener una base. Examinando los documentos incautados, la policía me ocupó un tiquét de tren que llevaba a Esternay. Examinaron la relación de simpatizantes de la extrema-derecha en la región, realizaron sus comprobaciones y, finalmente, irrumpieron en Reveillón. Cecilia huyó en medio de la tormenta por el bosque y solamente regresó al Château en cuanto comprobó que la policía se había alejado. Una sirvienta de la marquesa, avisó a la policía cuando la vio reaparecer de nuevo calada hasta lel tuétano de os huesos y con el corazón  latiendo desbocadamente. No es que ella no pudiera resistir una situación así, es que estaba embarazada de cuatro meses. Daría a luz en el hospital penitenciario de Frésnes, la misma carcel en la que 35 años antes había sido fusilado Robert Brasillach.

(c) Ernest Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.eshttp://infokrisis.blogia.com – prohibida la reproducción de este texto sin indicar procedencia

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