Ultramemorias (VI de X) Tipologías insólitas. Tipos Carcelarios (1ª parte)

4 06 2009

Estoy firmemente convencido de que un hombre en la vida tiene que conocer tres experiencias: una cárcel, un cuartel y un burdel. Yo he conocido las tres, pero eso sí, moderadamente. La primera vez que estuve en la cárcel fue en 1974 cuando era una de los “sospechosos habituales” en Barcelona y siempre que se producía algún incidente vinculado a la extrema-derecha, la policía tenía a bien detenerme. Mi teléfono en la época estaba habitualmente intervenido y mi correo también (lo sé por que la policía me interrogaba sin el menor recato con copias de las cartas). En 1975 quise sacarme el carné de conducir moto. Era necesario un informe de la policía y a mí no me lo dieron hasta que, justo al morir Franco, se abolió la absurda medida.

En realidad, el problema se había derivado de las intervenciones telefónicas. Ignacio Castells era un gran amante de hablar por ese teléfono que la policía tenía tan intervenido como el mío. Hacia 1972 nos detuvieron por primera vez. Nos habían enviado una nota en sobre: “Acuda a la Jefatura de Policía por un asunto de su interés”, eufemismo que nos costó tres días a la sombra y que nos preguntaran una y otra vez por el PENS y por el asalto a la Gran Enciclopedia Catalana. Han pasado más de 35 años así que no tengo el menor inconveniente en explicar lo que ocurrió: el asalto no lo realizó nadie del PENS sino falangistas de Barcelona que utilizaban las siglas PENS para firmar algunas de sus acciones. ¿Qué si sabía quiénes eran? Pues sí, lo intuía primero y luego tuve la convicción. ¿Y quiénes eran? Pregúnteles a ellos, yo practico la misma técnica que la masonería: si el interesado no revela su condición, yo no voy a hacerlo.

En aquella primera ocasión todo era nuevo, desde el gris desvaído de las paredes de la Jefatura de Policía, la tristeza de aquellos corredores, el olor a zotal en los calabozos, los primeros contactos con delincuentes comunes, unos fideos con pimentón flotando entre agua amarillenta como potaje y, sobre todo, unas chicas alegres y encantadoras que nos invitaron a pollo a l’ast, prostitutas cogidas en alguna de las muchas redadas que tenían lugar en el Barrio Chino. Aquellas mujeres de facciones endurecidas, trajes provocativos y ajustados, se me aparecieron a partir de entonces con un rostro que el cliente habitual no suele reconocerles. Sabían lo que era las privaciones y estaban dispuestas a mostrar su solidaridad con unos chavales como nosotros, recién llegados a los calabozos.

En aquellos calabozos sombríos los ruidos se viven con extraordinaria intensidad. Un grito dos celdas más allá, un delincuente que pide ir a mear, un guardia que lo envía a paseo, otro guardia que le abre la puerta, otro que viene y te pregunta: “Y tú, chaval, ¿Qué has hecho?”. Antes de contestarle, otro preso ya se ha puesto a gritar y otro dice que se va a chinar. Y el olor a zotal cada vez más intenso y penetrante que mata toda bacteria y es capaz de acabar con cualquier forma de vida si se consume con sobredosis. En los calabozos, los guardias deseosos de mantener su integridad ante el ataque de los virus, suelen rociar el cubo del friegasuelos con sobredosis de zotal.

En la tercera detención en tanto que “sospechoso habitual”, empezaba a estar harto de todo aquel baile incómodo para mí pero sobre todo para mis padres. Policía buena, policía malo, gritos, amenazas, preguntas reiterativas, estúpidas frecuentemente, baile de preguntas: ¿es que la policía no tenía nada mejor que hacer? ¿es que no había, incluso dentro de la extrema-derecha, riesgos mucho más concretos que unos chavales que, a fin de cuentas, no formaban parte más que de una tribu urbana de esos que en la época adoptaban una estética política? Había muchas de esas tribus urbanas: la de la Joven Guardia, la de las Juventudes Comunistas, la de los Jóvenes Comunistas Revolucionarios, qué se yo… Miente –o se engaña, lo que quizás sea peor- quien diga que todos aquellos grupos eran “políticos”. Lo eran sólo accidentalmente; en realidad, todos queríamos vivir una aventura iniciática que nos indicara que habíamos dejado atrás adolescencia y entrábamos en la juventud. La sociedad nos había hurtado los ritos de tránsito y nosotros los reconstruimos. Dejábamos nuestras siglas pintadas en las paredes, adoptábamos unos rituales comunitarios (nosotros nos saludábamos brazo en alto cuando nos encontrábamos, cantábamos las mismas canciones, solíamos vestir igual: cazadora de cuero negra, pantalones ajustados), cuando comprobábamos que éramos capaces de vivir nuestra aventura iniciática (una carrera ante los grises, una pelea con los militantes de izquierda, tomar la palabra en cualquier asamblea) empezábamos a darnos cuenta de que ya éramos hombres y necesitábamos a mujeres. Pero esta ya es otra historia.

Nos metieron aquella primera vez en una celda colectiva. Siempre hay una “primera vez” y yo tuve en aquella ocasión la sensación de que me habían quitado la virginidad y que, a partir de ese momento ya no sería un “ciudadano normal”, sino alguien que había pasado por el calabozo y compartido tres días de su vida con putas, carteristas, tocomochos que aún abundaban en la época, sirleros e inmigrantes ilegales. Sí, porque ya en aquella época, en la celda colectiva en la que nos encerraron había moritos y negros cada uno a la espera de su expulsión. Uno de los negros era un delincuente muy conocido. No levantaba más de 1.30 del suelo y estaba visiblemente contrahecho. Dentro de la escala de totalidades de negro, éste ocupaba el negro azabache que incluso entre los negros de menor intensidad era denostada como “inferior”. Entre eso y que todos los bajitos tienen mala leche, el hombre a poco de salir acuchilló en una pendencia a quien le había delatado. Lo reconocí por la descripción que la siempre meticulosa Vanguardia (que entonces añadía la coletilla de “Española”) daba del crimen: “El negro, de cortar estatura y jorobado, dio saltos para llegar al cuello de la víctima. Cada salto suponía una nueva cuchillada en la yugular”.

Al salir, Ignacio volvió a sus habituales llamadas a toda hora comentando como había ido la detención: “¿Te acuerdas del jefe del grupo?”. Sí, me acordaba, un tal Peña que luego fue jefe superior de policía de Granada. E Ignacio proseguía: “Fíjate el gilipollas, me contó que iba de estudiante secreto a la universidad”. Peña era, a la sazón, el Jefe del Grupo IV de la Brigada Político Social de Barcelona, encargada de investigar a la ultra-derecha y a la ultra-izquierda anarquista. Era un muestrario de los particulares tipos policiales de la época: eran conscientes de que no éramos peligrosos así que no nos sometieron a los malos tratos y torturas de los que habitualmente se quejaban los clientes de izquierda que pasaban por allí. Claro está que nosotros no matábamos y en cambio la extrema-izquierda anarquista, en cambio, sí. Dos años después, en un oscuro tiroteo dentro de un portal resultó detenido Puig Antich, pero un policía, Anguas Barragán, resultó muerto. Ignacio se refirió también al que parecía el brazo derecho de Peña, un tal Alfonso Simón que nos había explicado que era “hijo de caído” sin explicar de caído en qué guerra, ni porque su edad no correspondía con la de cualquier “hijo de caído” que se preciara. Era evidente que estaba haciendo el papel de “policía bueno”. “Menudo gilipollas”, nos dijimos. Y Simón, a todo esto, escuchando la conversación. A partir de ese momento, Ignacio y yo nos convertimos en “sospechosos habituales”. Nunca nos lo pudo perdonar.

Aquella primera detención y las tres que siguieron en pocos más de cuatro meses sirvieron solamente para que nos fuéramos habituando a aquello que en la primera ocasión fue todo novedad. No fuimos procesados en ninguna ocasión. Cuando a las 72 horas de detenernos nos llevaban al Juzgado de Guardia, éste nos ponía en libertad a la vista de que ni había indicios de nada salvo de pertenencia a “organización ilegal” de la que el juez era el primero en percibir que se trataba más de un grupo juvenil (teníamos 18 y 19 años) sin importancia ni repercusión alguna. Pero lo cierto es que en la tercera ocasión, el Diario Femenino, de DOPESA, que luego pasaría a llamarse Mundo Diario, había publicado nuestras iniciales y esto empezaba a ser un feo asunto, a parte de interrumpirnos estudios y crear una situación de tensión familiar insoportable (la policía en tres ocasiones registró mi habitación ante la alarma consiguiente de mis padres). Pero, al parecer, nosotros éramos los “sospechosos habituales” más recomendables. Otros tenían “protección aérea” y hubiera bastado que les molestasen para que el subjefe local del Movimiento o incluso algunos concejales del Ayuntamiento, hubieran manifestado su protesta.  Así pues, nosotros éramos los “sospechosos habituales” más ideales: nuestros padres eran burgueses medios que habían aprendido a huir de problemas y, una vez terminada la detención, serían los primeros en querer olvidar el incidente.

Dado que las asociaciones de vecinos y las plataformas democráticas consideraban que los atentados contra librerías y centros culturales eran una amenaza contra ellos, presionaron para que la policía demostrara la misma eficacia que demostraba con ellos. Y era entonces cuando nos detenían a nosotros. Treinta y tantos años después carecería de sentido que negara lo hecho a la vista de que unas ultramemorias son precisamente para eso, para asumir mis responsabilidades, pero nada más allá de ellas y es por eso que puedo decir lo mismo que le dije a la policía hace más de tres décadas: yo no tuve absolutamente nada que ver con aquellos atentados a librerías y centros culturales, ni nadie del círculo en el que me movía. Aquellos atentados fueron cometidos por gente que utilizaba unas siglas que nosotros, ingenua y torpemente, había pintado por toda Barcelona PENS. Eso era todo. Muchos años después, uno de los que habían cometido aquellos atentados me dijo refiriéndose a otro grupo similar al PENS surgido unos años después (el grupo Patriotas en Pie): “Por la boca muere el pez”. Y era que en aquella época nosotros solamente negábamos ante la policía la comisión de aquellos atentados… pero no en nuestras publicaciones (y cuando lo hicimos fue con letra pequeña). Éramos unos criajos y creíamos que eso potenciaba nuestra sigla y la aureola de miedo que se había organizado en torno a ella. Cuando fuimos conscientes del problema, lo primero que hicimos fue disolver el PENS. Pero ya era tarde.

La cuarta detención, con el PENS ya disuelto, se produjo tras el bombazo que destrozo los anaqueles del Cine Balmes. Proyectaban La Prima Angélica de Antonio Saura; en un momento dado, el actor Antonio Delgado aparecía en escena con camisa azul y el brazo enyesado brazo en alto, suscitando algunas risas en la platea. En el momento en que me detienen, ni había visto la película, ni el PENS existía, ni yo militaba en ningún grupo de extrema-derecha; es más, frecuentaba otros ambientes y, sobre todo, leía y me identificaba con los “franceses no conformistas de los años 30”, me nutría con la poesía de Pound, leía a Freud, y buscaba el amor como un perro busca un árbol sobre el que orinar. Estaba en la edad de amar y amé, y fui amado: solamente eso hubiera bastado para dar sentido a mi vida. Pero seguía siendo “sospechoso habitual” y recurrieron a mí… seguramente por que Castells, de nuevo me había llamado y comentado por teléfono quién había podido colocar el explosivo. En esta ocasión, los tres días de detención no se saldaron con la habitual puesta en libertad en el juzgado de guardia, sino que el caso fue remitido al Tribunal de Orden Público. Dado que era jueves y el sumario no llegaría a Madrid hasta el viernes tarde cuando ya había acabado la jornada laboral, no habría respuesta hasta el lunes o martes. Así que durante ese tiempo nos almacenaron en la cárcel Modelo de Barcelona. Fue mi primera estancia carcelaria. Me cogía a cuatro manzanas de casa así que tampoco iba a ser un drama sino, como máximo, otra experiencia.

Compartí celda con un inmigrante marroquí y con un estafador catalán. Un abuelo que tenía a bien hacerse pasar por coronel del ejército (fue cabo durante su paso por la legión, eso sí) me enseñó las primeras artes de la supervivencia carcelaria: “no se te ocurra hacer amigos dentro de la cárcel y no des tu dirección a ninguno cuando salgas. Las amistades que se conocen en la cárcel no valen la pena”. Y me lo decía mientras intentaba desatascar enérgicamente un inodoro con la escoba. Se notaba que era un taleguero veterano. El estafador, por su parte, había sido detenido durante la boda de su hija con el consiguiente escándalo y el desmayo de la amantísima esposa. Sobre el marroquí poco puedo decir salvo que devoraba un hígado incomestible, mal guisado y repleto de válvulas que todos los demás habían rechazado.

Desde las ventanas de la celda pudimos ver a los presos del MIL y a los de la Asamblea de Catalunya buena parte de los cuales harían brillante carrera política en los años siguientes.

Castells y yo deseosos de no anquilosarnos nos presentamos voluntarios a cuantas tareas pudimos: barrer la galería, fregar los suelos, repartir comida. Todo se nos antojaba nuevo. Éramos unos inconscientes, apenas nos dábamos cuenta de que estábamos en la cárcel, nosotros hijos de la burguesía media catalana, causando a nuestros padres un dolor infinito. En la cárcel –y también en el calabozo- uno aprende a atribuir importancia a los ruidos. Cualquier ruido puede indicar un cambio de estado. En el calabozo, el ruido de la cancela y unos pasos que se acercan es lo que separa la placidez de la celda a un interrogatorio más o menos agitado. En la cárcel, circulaban historias sobre maltratos, sótanos en donde funcionarios desalmados golpeaban a los presos y todo tipo de relatos truculentos que los presos veteranos solía contar sembrando inquietud entre los novatos. Fue por eso que, cuando el martes, cuando ya llevábamos en las celdas cuatro días, a eso de las 12:00 de la noche se oyó el sonido de las cancelas y los pasos de los funcionarios en el silencio de la segunda galería, no pude sino experimentar la peor de las sensaciones. Aquello se podía complicar. Hasta ese momento habíamos vivido “el período”, esto es, un tiempo de observación y espera en la que se mantenía a los presos dentro de la celda. Por eso Ignacio y yo procurábamos eludir esa inmovilización forzosa ofreciéndonos como voluntarios para “tareas serviles”. Al abrirse la puerta, un funcionario adusto me ordenó sacar el colchón y mis cosas. Recorrí sólo aquella siniestra galería alumbrada solamente con tenues luces. En un pasillo me encontré con los otros tres detenidos de nuestro grupo. Todos estábamos sin saber qué iba a ocurrir y los funcionarios se negaban a informarnos. Cinco minutos después, y contra todo pronóstico, nos encontramos en la calle, tomando unas cervezas en el bar “Modelo”… Había tenido mi primera experiencia carcelaria, demasiado breve como para poder valorarla, demasiado joven como para poder entender su importancia. Lamentablemente, a esta seguirían otras.
De aquella experiencia no quedó ningún rastro judicial. Pero el Tribunal de Orden Público acertó a procesar a un tal Costa-Ojeda, un tipo relativamente conocido en el ambiente ultra de la época, que no tenía absolutamente nada que ver con nosotros.
Hubo que esperar seis años después para que tuviera un nuevo percance. Era junio de 1980, habían pasado más de seis años desde la última detención y ya casi me había olvidado de todo lo que suponía el ritual del calabozo, sus olores y sus ruidos. Estaba entonces en el Frente de la Juventud, surgido de la fusión de los restos del Frente Nacional de la Juventud con la organización madrileña con aquel nombre. Los de Fuerza Nueva, entonces en la cúspide de su crecimiento, convocaron una manifestación en la Ciudad Condal. El gobierno civil la prohibió con un argumento que no era de recibo (que podían producirse incidentes con otros grupos políticos). La razón no era esa, sino que Fuerza Nueva el año anterior había movilizado a 14.000 barceloneses en una manifestación que recorrió desde el local de la organización en Mallorca-Urgell hasta el Monumento a José Antonio en la otrora avenida de la Infanta Carlota. Claro está que en aquel momento, Fuerza Nueva estaba dirigida en Barcelona por un personaje que no procedía de la extrema-derecha, sino que había coqueteado con la izquierda en su período de estudiante. Por otra parte, en aquel momento, la extrema-izquierda independentista se mostraba excepcionalmente activa y agresiva. Eran los tiempos en los que en el entorno de grupos tan heterogéneos como el JERC, del PSAN y los antiguos de EPOCA, se estaba empezando a gestar ese aborto que luego sería Terra Lliure. Mientras que la extrema-izquierda marxista (LCR, PTE, ORT, OICE, FRAP) habían caído en la atonía o simplemente se habían disuelto, los independentistas iban de gallitos y solían manifestarse en la calle de manera agresiva y sin ocultar su intención de realizar una fotocopia reducida de ETA. Algunos de estos grupos –gente del PSAN- llegaron a colaborar incluso con ETA(pm) en el asalto al Cuartel de Berga… justo antes de ser todos detenidos.

En Catalunya jamás ha existido un caldo de cultivo para algo ni remotamente similar a ETA. El FAC en los años 70 fue una improvisación en la que confluyeron individuos procedentes de distintos entornos radicales ansiosos todos ellos de emular a ETA y, según se contaba en la época en los mentideros bien informados, había sido impulsada por elementos catalanistas moderados deseosos de reproducir las mismas simetrías del País Vasco: se trataba, como allí, de que unos dieran los palos al árbol y otros cogieran las nueces. Pero, Catalunya es muy diferente a Euzkadi y, finalmente, tras dos docenas de petardazos, uno de los cuales causó la muerte de un guardia civil que custodiaba la Delegación de Hacienda, fueron detenidos todos los militantes, todos los simpatizantes y algún otro que pasaba por allí. Las cosas eran así en la época.

Siete años después de la pulverización del FAC, algunos medios del independentismo radical estaban dando pasos para constituir lo que luego sería Terra Lliure. A esta organización le cabe el dudoso honor en el ranking de organizaciones terroristas internacional de ayer y hoy (y seguramente del mañana) de haberse causado más víctimas a sí mismos que en el “enemigo”. A cuatro militantes de TLl les estallaron las bombas en las manos con el resultado de muerte en tres casos y de gravísimas e insuperables mutilaciones en un tercero (al que, por aquellas casualidades de la vida le vendía cocaína, más que cortada, guillotinada, un ex miembro del FNJ de Gerona o Girona, aunque el Ge me parece mucho más oportuno que el Gi a tenor del origen del topónimo, pero esta es otra historia). De no haber sido completamente desarticulados poco después, seguro que varios más habrían resultado despedazados por su propia impericia. Es lo que tiene querer ser terrorista y no saber como serlo. TLl sería una irrisión de no haber cuatro muertos por medio. Tres de sus propias filas y uno, una pobre mujer a la que se le cayó la casa encima tras el bombazo. Lo dicho, el terrorismo no casa bien con Catalunya ni con los catalanes y no es raro que todo intento de cristalizar una organización así, o una franquicia de ETA, se haya saldado son la hecatombe. Tanto es así que ETA, desde el 2002 ya ha renunciado a poner pie en Catalunya e incluso a haber declarado –vía Carod- una “tregua” en esa autonomía en vista de que cada vez que ponía el pié ahí, perdía hasta la camisa.

Pues bien, tras esta digresión sobre las miserias del terrorismo independentista, volvamos a la manifestación de junio de 1980. Fuerza Nueva se había conformado con la resolución del Gobierno Civil. Nosotros no. En esa época, en el Frente de la Juventud sosteníamos la teoría del “juego de las partes”. Fuerza Nueva tenía un diputado en el Parlamento y quizás hubiera podido sacar un segundo por Madrid, un primero por Valencia y otro por Cantabria e incluso por Toledo y/o Ciudad Real, si las cosas no se le hubieran torcido y si su imagen no hubiera ido empeorando progresivamente. Pero, en aquel momento, nosotros no sabíamos que Fuerza Nueva carecía de futuro (y en lo personal no me convencí hasta que, estando tras un télex en Bolivia, el cabezal impresor no terminara de formar la noticia sobre las candidaturas de extrema-derecha presentes en las elecciones de 1983, media docena: entonces ya no había nada que hacer) y los militantes del Frente de la Juventud asumíamos el rol de “vanguardia militante” mientras que Fuerza Nueva debía de haberse contentado con el papel de “partido de masas”. Nosotros éramos, realmente, una vanguardia militante, pero Fuerza Nueva era cualquier cosa menos un “partido de masas” y sus militantes frecuentemente se veían implicados en más incidentes violentos incluso que nosotros. Pero, entonces, nosotros éramos fieles a esa estrategia del “juego de las partes” y, allí donde a Fuerza Nueva le habían prohibido una manifestación, era oportuno que ellos dieran marcha atrás y aceptaran la decisión, mientras que nosotros saltábamos a la calle y denunciábamos que esas prohibiciones tendrían como resultado más incidentes.

Así que nos preparamos para la manifestación: cócteles molotov, clavos que al ser arrojados al suelo siempre dejaban una punta hacia arriba, botes de humo fabricados por nosotros mismos, nos iban a acompañar en el “salto” que tuvo lugar en la Diagonal desde la Plaza de Francesc Maciá (entonces todavía de Calvo Sotelo, pero ya cambiado el nombre o a punto de cambiar) hasta el local de la UCD situado a 300 metros. La idea era, simplemente, cortar el tráfico, organizar un atasco lo más fenomenal posible para que la policía no pudiera tener acceso y lanzar cócteles molotov contra la sede de UCD. ¿Qué pasaba? ¿no había madurado? Sí, y ese era el problema: que la estrategia que habíamos diseñado era, simplemente, suicida.

Había una gran diferencia entre el FNJ y el FJ. En el primero nos tomábamos cierta molestia en formar militantes, prepararlos técnica y políticamente, pero aquello seguía sin funcionar. Nos dábamos cuenta de que un militante medio tardaba entre seis y doce meses en entrar, militar y desaparecer sin dejar señas. Así que no valía la pena formar militantes… porque pronto abandonaban la organización (una vez consumado su período de tránsito de la adolescencia a la juventud, nuevamente) y su puesto era sustituido por otros militantes completamente inexpertos a los que había que formar. Así pues, en el “segundo frente”, el Frente de la Juventud, no se trataba tanto de “formar y preparar” como de aplicar la teoría del limón: cuando un militante novel se acercaba a la organización se trataba de exprimirlo mientras durase su estancia entre nosotros, sabedores de que su período limitado de militancia había que aprovecharlo por todos los medios. Esto es, exprimirlo como un limón. Nuestra justificación es que no lo hacíamos en beneficio propio (de los tres dirigentes nacional del Frente surgidos del primer y único congreso de la organización: uno terminó asesinado en extrañas circunstancias, Juan Ignacio González, otro exiliado durante más de veinte años, José de las Heras y yo jodido y bien jodido durante un período que terminó en octubre de 1987, es decir, siete años de embrollos judiciales e inestabilidad personal) sino por una estrategia que advertía que contra más tiempo pasaba, más se ponía cuesta arriba nuestra lucha. Entre los delirios estratégicos que se nos ocurrían en la época, la hipótesis golpista era la que barajábamos. Mientras que para la extrema-derecha clásica, el golpe de estado militar era un fin en sí mismo, para nosotros era algo diferente: indicaba una etapa de inversión de tendencias.

En esa época manejábamos la “teoría de la escalera” según la cual la conquista del Estado (que creíamos firmemente como posible) era una etapa de ascenso que pasaba por distintas etapas cada una de las cuales era necesaria para llegar a la siguiente. No es que el golpe de Estado nos atrajera particularmente, pero sí era la posibilidad de dejar atrás el juego de los partidos y sus luchas, todo ese separatismo que no nos hacía ni pizca de gracia y la posibilidad de que lo más oportunista de la izquierda llegara en breve al poder. El golpe de Estado era, pues, el peldaño que debíamos a subir para afrontar una nueva etapa en la que el enemigo quedaba debilitado y nosotros fortalecidos. A esa etapa debía seguir otra marcada por la búsqueda de apoyos internacionales en donde nosotros teníamos mucho que decir en Europa y América Latina. Tal era la hipótesis estratégica en la que nos movíamos en el “segundo frente”.

La manifestación no fue de masas. Debieron acudir unas 60-70 personas. Más que una manifestación era un “salto” de los muy típicos en la época: un grupo de gente interrumpía el tráfico y se disolvía. Se encendieron los botes de humo, se lanzaron los clavos y al llegar delante de la sede de UCD, en lugar de un cóctel molotov, por aquello de la exageración, se arrojó una garrafa molotov que dejó el portal del edificio como la coronación de una crema catalana con azúcar quemado. Se atravesaron algunos coches en los laterales de la Diagonal y, en definitiva, hasta ese punto todo había sido un ejercicio de guerrilla urbana, más o menos diestramente ejecutado. Pero no, a partir de ese momento las cosas se iban a torcer.

Habíamos calculado 5 minutos para el desarrollo de la manifestación y el lanzamiento de la garrafa molotov y luego “aire”. Sin embargo, no todos los que estaban con nosotros eran miembros del Frente y, por tanto, ignoraban nuestras intenciones. Permanecieron más tiempo del que aconsejaba la prudencia, manifestándose por calles adyacentes, hasta que, finalmente, la policía logró salvar el atasco y detener a varias manzanas de allí a tres militantes de la extrema-derecha de los que, por lo que recuerdo, solamente uno pertenecía al Frente.

Cinco días después, llamaban a las 7:00 horas a mi domicilio y, por supuesto, no era el lechero. Mi mujer les cerró la puerta en las narices y yo saltaba por una ventana interior. Junto a mí –y ese era el motivo por el que saltaba- saltaba también una pareja de italianos huidos de su país. Una semana después nos volvimos a encontrar… en París. Había comenzado otra fase de mi aventura.

Todavía recuerdo cuál fue el pensamiento que afloró en mi cerebro cuando alcancé de un salto el edificio contiguo: “Ahora, por fin comienza la aventura”. La aventurera terminaría con una primera estancia en la cárcel parisina de La Santé tras indecibles peripecias que no vienen mucho al caso en este capítulo, proseguiría con una breve estadía en la recién inaugurada cárcel de Alcalá-Meco y un apoteósico fin de fiesta de 14 meses en la Cárcel Modelo. Todo se paga en esta vida, pero el afán de aventura se paga más  caro que cualquier otra cosa.

(c) Ernest Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.eshttp://infokrisis.blogia.com – Prohibida la reproducción sin indicar origen





Ultramemorias (VI de X) Tipologías insólitas. Tipos Carcelarios (2ª parte)

4 06 2009

En febrero de 1981 volví a Francia. No juzgué oportuno residir en París así que me acomodé en el Château de Reveillón, a 70 kilómetros de París. Era un viejo caserón edificado en el siglo XVII sobre las ruinas de un castillo templario; de hecho los sótanos y los subterráneo eran abovedados y el palomar era una antigua torre templaria de bóveda circular sostenida por un pilar central muy común en las construcciones del Temple. El caserón era propiedad de la marquesa Marie Therese Bouniol de Gineste, de origen occitano y cuyo padre, en tanto que director del diario colaboracionista de Perpignan durante la ocupación alemana, había sido depurado por De Gaulle, del que era compañero de promoción y con el que, al parecer, tenía cuentas pendientes que se ajustaron a favor del segundo en la “depuración”. Desterrado de su Occitania natal, la marquesa era capaz de hablar una conversación en catalán que hubiera hecho amarillear de envidia al mismísimo Montilla. Me la había presentado Sixto Enrique de Borbón, en casa del cual pasé un par de meses. a escasos metros de la tumba de Napoleón en Les Invalides. Era monárquica por encima de todo y el amor platónico de su vida no era otro que Maxime Real del Sartre, el que fuera jefe del servicio de orden de Action Française en la pre-guerra, los Camelots du Roi,si bien recordaba con una tierna admiración a otro entrañable amigo de su familia, Antoine de Saint-Exupery. Para los coleccionistas de anécdotas, dediqué a Real del Sartre un largo artículo en Infokrisis en el que entre otras cosas recordaba que estuvo en España durante la guerra civil, fue uno de los que impulsaron el reclutamiento de la Brigada Juana de Arco formada por voluntarios franceses alistados en la Legión Española, conoció a Franco y le regaló una medalla de Juana de Arco cuyo culto constituyó para él una verdadera obsesión. Pero, sin duda, lo que se suele ignorar a esta parte de los Pirineos (y también en la otra vertiente a pesar de que Real del Sartre fue el escultor más famoso de las entreguerras y por todo el hexágono francés hay más una cincuentena de monumentos de homenaje a los caídos en la I Guerra Mundial cincelados por él) es que el proyecto de Valle de los Caídos de Juan de Ávalos debió competir con el de Maxime Real del Sartre y si venció el primero fue porque Franco juzgó que, a pesar de tratarse de un católico a machamartillo, el escultor francés tenía la mancha de ser precisamente eso, francés.

Cuando “mademoiselle la marquise” me enseñó los recuerdos de Real del Sartre (unas cuantas esculturas, algunos esbozos que lo sitúan como el Arno Breker francés, así como diversos libros y cartas) la impresión que me dio es que el proyecto de Ávalos era mucho más grandioso y, si se me apura, “brekiano” que el de Real del Sartre formado por una gigantesca cruz tumbada sobre la muralla y que solamente hubiera sido visible desde el cielo.

Desterrados de Occitania, la familia de “mademoiselle la Marquise” compró el château y 200 hectáreas de tierra fértil en pleno Marne. Uno de los lugares más hermosos que he conocido. Allí conviví con la marquesa, el matrimonio italiano que había tenido albergado en mi domicilio de Barcelona, algunos falangistas libaneses de paso ,estudiantes en París, y nueve perros de raza Leomberg (una raza belga con el tamaño de un mastín español con el pelo más denso en la parte del pecho)  que la marquesa criaba con singular primor y de cuyo club era presidenta. El castillo había alcanzado carta de personalidad en la literatura francesa. Allí, setenta años antes, el destartalado caserón le había servido a Marcel Proust para situar su novela Jean Lantier. Allí estaban los rosales búlgaros entre los cuales Proust había tenido un pasmo de esa “conciencia oceánica” de Arthur Koestler describió tan bien en su El Cero y el Infinito. Allí estaban las extrañas flores plantadas por Sarah Bernard (y que un falangista libanés de paso se cargó de manera inmisericorde a machetazos simplemente porque no supo apreciar su más que cuestionable belleza). Allí estaba la cama sobre la que Marcel Proust había escrito algunas de sus mejores páginas (y cuyos muelles nos saltaron durante una follada relativamente salvaje). Allí estaban las vistas al valle del Marne, los sótanos misteriosos que conducían a otro château situado a unos kilómetros (y que los alemanes durante la ocupación habían sellado para evitar ataques a aquel lugar que habían transformado en residencia de oficiales). Allí estaban los campesinos francesas que todavía mantenían una relación casi feudal con la propietaria del castillo, fuera quien fuera y con tal de que tuviera sangre noble (antes de enviar a algún familiar al hospital o a algún animal al veterinario, los campesinos llamaban antes a la marquesa para pedir consejo y, frecuentemente, era ella misma quien realizaba una primera cura o resolvía el problema; a los animales les daba simplemente una dosis del Vin du Pays de l’Herault, que viene a ser algo así como nuestro ínclito Don Simón de tetrabrick: si la bestia lo resistía se curaba y si no aceleraba su muerte; lo que no destruye, fortalece puesto en práctica en el arranque del último quinto del siglo XX). Allí estaba el frío en invierno (con una nieve persistente y un frío glaciar que llegaba hasta fijar escarcha en las cejas; montando caí del caballo y perdí las gafas entre la nieve; solamente las recuperé con el deshielo , la explosión de la primavera (que nunca antes había visto tan de cerca en una yema de un almendro que día tras día pude ver como se hinchaba hasta el estallido), y el calor sofocante de los primeros días del verano (cuando los gusanos pululaban sobre la crema de leche surgidos de un día para otro dios sabe de dónde).

Aquella era una pequela comunidad autosuficiente. Teníamos unpequeño rebaño de 50 ovejas, media docena de cabras, dos vacas, cinco caballos y unas pocas gallinas. Lo suficiente para sobrevivir. Carne no faltaba pero para acceder a ella había que matar a los corderos. Aprendí a hacerlo. Después de media docena de degüellos descubrí que el animal sufría más que si me limitaba a acariciarlo y le pegaba un tiro en la nuca. Poco después las 50 ovejas se transformaban en 100 con los nuevos nacimientos. De las dos vacas salía leche suficiente para alimentar a humanos y perros y aún sobraba. En cuanto a la crema de la lecha nos servía para hacer mantiquilla. De hecho, cocínábamos con mantequilla. Reconstruimos algunas partes de la granja que estaban deterioradas, habilitamos los sótanos del castillo para criar champiñones. La mierda de los caballos mezclaca con paja y orines era el mejor “fumier” y nos dio muchos más kilos de chapiñones de los que hubieramos podido consumir jamás. Incluso estuvimos pensando en hacer una gasógeno de metano para aprovechar los restos y aprovechar el viento del Este para un generador eléctrico. Robinsón en el Marne.

Solía ir una vez a la semana a París, pero era la primera vez en mi vida que vivía durante un tiempo en el campo, dejando aparte las excursiones más o menos largas, pero nómadas e itinerantes, que había realizado hasta no hacía mucho. Los meses anteriores habían sido muy intensos y contrastaban con aquel remanso de paz. En ninguno de los países de tres continentes que visité en aquella época tuve la menor intención de hundir raíces, pero en Reveillon era algo diferente, acaso por el contraste con todo lo vivido en los meses anteriores y, por tanto, sorprendente.

Mi esposa aprovechó para venir allí con mi hijo de apenas 15 meses… Fue demoledor para mí  que en la Gare d’Austerlitz mi hijo pasara a mi lado sin reconocerme a la vista de los ocho meses que no lo había visto. En ese momento me di cuenta de que había sido un inconsciente y entendí el porqué para algunas aventuras hay que ser soltero y sin compromiso. Los dos meses que pasé con ellos en Reveillon hicieron que se disipara algo aquella sensación y que no pensáramos mucho en el futuro. Allí nos cogió el golpe del 23-F. Estaba esperando ir a Argentina y tan solo necesitaba documentos nuevos, no contaminados y capaces de inspirar confianza en los aduaneros franceses y argentinos (la documentación suiza, por ejemplo, era buena para eso), pero esa documentación se retrasó demasiado y todo se precipitó.

Antes de todo eso, en la mañana del 14 de noviembre de 1980 estando en el metro de París ocurrió algo relativamente gracioso. Sentado delante de mí, un tipo leía con fruición L’Humanité, el diario del Partido Comunista de Francia, seguramente el diario con menos credibilidad de todo el país, un vulgar panfleto partidista cuyo único mérito era glosar, loar y alabar la política exterior de la URSS. Intentaba leer las noticias sin poder evitar cierta sensación de conmiseración por aquel pobre obrero con el cerebro sorbido por el agit-prop del más estalinista de los partidos comunistas occidentales. En un momento dado pasó de página y bruscamente me vi a mi mismo en las páginas de aquel panfleto que mostraba una foto mía tomada en 1974 durante mi detención por el asunto del Cine Balmes. La noticia se titulaba: “Atentado de rue Copernic: la pista española”.

Un par de meses antes me encontraba en París, en la terraza de uno de los más conocidos bistrós de Saint Michel tomando una cerveza con Yves Bataille. El camarero era un polaco delegado del sindicato Solidarnosc en París. Desde el bistró situado frente al Sena podía verse una actividad policial inusual en la otra orilla donde se encuentra la Prefectura de Policía. Sirenas, furgones policiales que iban y venían, evidenciaban que “algo” había ocurrido. En principio lo atribuimos a que en la mañana había tenido lugar allí el juicio contra Mark Fredriksen, dirigente de un pequeño grupo de extrema-derecha. Por la noche, al llegar a casa me enteré del verdadero motivo de todo aquel revuelo: alguien había colocado una bomba en la sinagoga de la rue Copernic. Era el tercer extraño atentado de aquella época: primer, el 2 de agosto el atentado de la estación de Bolonia cargado a espaldas de la extrema-derecha, luego el atentado de Munich durante la fiesta de la cerveza, no reivindicado y cargado igualmente a espaldas de la extrema-derecha alemana y, finalmente la explosión de la rue Copernic del que, inmediatamente, los medios y la comunidad judía, señaló a la extrema-derecha. No hay dos, sin tres. En aquel momento tuve la sensación de que aquel atentado me iba a quemar. Poco antes, un semanario italiano había sacado mi nombre como relacionado a la masacre de Bolonia. Semana sí y semana también la prensa europea solía publicar artículos sobre las “tramas negras” y una supuesta “internacional negra” que, como un pulpo, movía los hilos aquí y allí. Cuando aquel lector de L’Humanité tuvo a bien volver el diario y servirme espejo (incluso llevaba unas gafas de pasta parecidas a las de la foto policial) supe que aquel infame atentado me había salpicado.

¿Es necesario decir que no tuve nada que ver con aquel episodio? Seguramente. Desde el primer momento, la policía francesa orientó la investigación hacia los medios palestinos. Pocos meses después identificó a un palestino del grupo de Abu Massu identificado como autor material del atentado y que no sería detenido hasta 28 años después… Sin embargo es lícito preguntar cómo diablos había salido a relucir mi nombre en toda esta trama. Fue relativamente fácil reconstruir una parte de la peripecia y tardaría todavía unos años en atar los últimos cabos del episodio.

Antes he recordado que el Frente de la Juventud, a partir del primer congreso de la organización celebrado en Madrid en el local del Centro Cubano formó una troika compuesta por tres personas: Juan Ignacio González como Secretario General, José de las Heras como Presidente y yo como Secretario Político. Esto ocurría en febrero de 1980. Cuando tuve que irme de España en junio de ese año la policía española ni siquiera se tomó la molestia de remitir mi nombre a Interpol: en efecto, los “delitos” por los que me buscaban en España se reducían a una triste manifestación ilegal, algo que no era ninguna policía del mundo le atribuiría la más mínima importancia. En Francia, esa acusación no era motivo de extradición. Así que permanecí en aquel país utilizando mi pasaporte auténtico y sin tomar excesivas medidas de clandestinidad, si bien procuraba evitar los ambientes de la extrema-derecha francesa que, por lo demás, conocía bastante bien.

Aparte del grupo de apoyo que habíamos formado los exiliados que nos encontrábamos en la capital francesa, por mi cuenta organicé mi propia red para casos de emergencia. Formaban parte de ella, gentes que no tenían absolutamente ninguna militancia ni pasado en la extrema-derecha, ni eran conocidos políticamente por ninguna actividad. Cuando el 14 de noviembre de 1980 L’Humanite me acusó de haber tenido algo que ver con el atentado, a partir de entonces sí que me sumergí en la clandestinidad y en una tarde logré desaparecer del territorio francés. Me he preguntado muchas veces si aquella fue la actitud correcta y si no hubiera sido más razonable haberme presentado en la Prefectura de Policía y declarado mi total extrañeidad al atentado de la rue Copernic. Pero en aquel momento no sabía qué acusaciones pesaban contra mí y era posible que se sostuvieran sobre documentos y testigos falsos. Así que, hasta que la cosa se aclarara, consideré que lo más razonable era poner tierra de por medio, intentar investigar qué había ocurrido y desde qué centro se me estaba criminalizando. Había pues que preguntar, indagar y reflexionar sobre el puzle. Para eso hacía falta tiempo y movilidad y en la cárcel no se disponía de lo segundo aunque sobre de lo otro. Luego había otra cuestión: estaba a la espera de trasladarme a Latinoamérica. Y las órdenes eran no dejarme coger. Así que desaparecí de Francia durante dos meses y medio.

En ese tiempo pude saber que la información había llegado a L’Humanité como ultima ratio. Antes se había intentado colar por Radio Montecarlo, y en el diario Le Soir que rechazó la información por manifiestamente falsa e intoxicadora. Era evidente que, de todos los diarios franceses, L’Humanité, órgano del PCF, era la menos creíble de todas las publicaciones editadas en aquel país. Si lo habían publicado era por dos motivos: como ejercicio de antifascismo que para el PCF era una forma de realizar apostolado seglar y para exculpar a la constelación de grupos palestinos en buena medida teledirigidos por los servicios soviéticos los que no estaban teledirigidos por los servicios norteamericanos o directamente por el Mosad. La información era increíble pero, aún así, fue reproducida en España y dio que hablar: era la “pista española”.

La lectura de lo publicado indicaba que para elaborar el artículo se había contado con un fascículo de declaraciones sobre mí realizada por Ramón Graells Bofill ante la policía de Barcelona. El por qué Graells fue voluntariamente a declarar ante la Jefatura de Policía no es ningún misterio y hasta tiene su interés. Demuestra como, en ocasiones, los errores y las casualidades tienen su importancia. El día en que salté por la ventaba de casa e inicié mi período de exilio, antes hice unos cuantos desplazamientos para intentar avisar a otros camaradas de que se estaba produciendo una redada. Fui al Paseo del Tibidabo a la puerta del SIL a avisar a Enrique Moreno de lo que estaba ocurriendo… sin saber que el interesado había sido también detenido. Me encontraba en la avenida Pearson cuando una vespino petardeante se detuvo ante mí. Era Albert Viladot, un periodista con el que había hecho buenas migas desde el período del FNJ. Le conté, con unas pinceladas lo que había pasado: manifestación ante la sede de UCD, detenciones, redada, y yo que me había fugado. Lo entendió todo y al día siguiente lo publicó con un error: “La policía busca a un conocido abogado vinculado a  la ultraderecha barcelonesa”… Era evidente que Viladot se había confundido: yo no era abogado, pero Graells, el que fuera presidente del FNJ sí lo era, así que se dio por aludido y se presentó voluntariamente para declarar a la policía: y vaya si declaró. Fruto de sus declaraciones fue la detención de Alfredo Alemany y la orden de busca y captura contra Rafael Tormo. Graells contó en su declaración todo lo que sabía sobre mí, lo que se imaginaba y lo que, aun siendo falso, le gustaba creer como auténtico. El resultado fue que, solamente con esas declaraciones, había más que suficiente para montar la operación de intoxicación.

Ese fascículo de declaraciones, había llegado por no tan insondables caminos a manos del delegado de la Unión Sindical de Policías, comisario en la calle Enrique Granados de Barcelona, el cual lo había entregado al delegado de un sindicato francés de policías… vinculado al PCF. Demasiado esfuerzo para un oscuro sindicalista. Detrás había algo más y no era difícil intuirlo.

El asunto de la “pista española” salió a la superficie el 14 de noviembre de 1980. Tres semanas después resultaba asesinado en un misterioso atentado (el único cometido durante la transición y el único que todavía hoy sigue impune) Juan Ignacio González, secretario general del Frente y quince días después de este crimen, 40 militantes del Frente de la Juventud fueron detenidos o tuvieron que exiliarse, entre ellos Pepe de las Heras, presidente de la formación. Así pues, en apenas mes y medio, la totalidad del Frente fue aplastado de un plumazo. La duda era ¿por qué entonces y no antes? ¿por qué la detención de los 40 militantes no se había operado uno o incluso dos años antes a tenor de que la policía conocía perfectamente las actividades ilegales del Frente que Juan Ignacio impulsaba y coordinaba? ¿por qué se me criminalizó primero a mí, luego se asesinó a Juan Ignacio y, finalmente se detuvo a Pepe de las Heras y a 40 militantes, por este orden?

Es difícil explicarlo, pero, para abreviar, digamos que el CESID en aquella época tenía la idea, simplificando, de que “el frente trabajaba para la policía”. Esto se basaba en la amistad personal que mantenía Juan Ignacio con Marín, un conocido policía de la época, procesado luego por la muerte del etarra Arregui durante su detención. Dada la tendencia a simplificar: si Juan Ignacio tenía buenas relaciones personales con Marín, era que todo el frente “trabajaba” para la policía. Esto es todavía más grotesco si tenemos en cuenta de que, dado que Pepe de las Heras había sido miembro de las Defensas Universitarias durante su período de estudiante, Fuerza Nueva difundía la idea de que el Frente de la Juventud “trabajaba para presidencia” (y, por “presidencia” entendía el viejo SEDEC que ya entonces ni siquiera existía). Todo este tira y afloja de acusaciones tenía, eso sí, algunas bases sólidas que, paradójicamente eran desconocidas por muchos que nos acusaban de estar manejados por unos o por los otros. Cabría añadir que Madrid era el ambiente en el que todas estas informaciones circulaban respondiendo al carácter de la extrema-derecha de la época: en un país de enteraos, la extrema-derecha madrileña era la más enterada del mundo, todos lo sabían todo de todos y todos difundían sus informaciones a quien quisiera escucharlas. Pero, como digo, sí es rigurosamente cierto que “había algo”.

“Alguien” había estado dando “cuerda” al Frente de la Juventud durante dos años. Era una formación lo suficientemente radical como para dar que hablar sobre sí misma. Las actividades del Frente servían para que la violencia de extrema-izquierda fuera contrabandeada por una violencia de extrema-derecha que obligaba por pura inercia a la opinión pública a refugiarse bajo el paraguas protector del Estado. Tal era el esquema de “los extremismos opuestos” que se había puesto en práctica en Italia durante los “años de plomo”.

No solamente es que el aparato del Estado “estimulara” la violencia de extrema-derecha, sino que la permitía, hacía la vista gorda o simplemente miraba a otro lugar. Solamente así puede explicarse que el Frente de la Juventud se financiera mediante atracos durante años, algo que toda la extrema-derecha madrileña sabía perfectamente y que era imposible que no hubiera llegado a oídos de la policía. Sin embargo, yo era el primero el preguntarme por qué la policía no hacía nada y cómo Juan Ignacio estaba muy tranquilo ante este tema. La impresión que tenía en la época era que Juan Ignacio se había trabajado algún tipo de “protección aérea” que blindaba al Frente ante la intervención policial. Y en ese supuesto, se explica el por qué la redada demoledora contra el Frente tuviera lugar solamente poco después de haber sido asesinado Juan Ignacio y no antes. Una interpretación posible indicaría que si Juan Ignacio era el obstáculo que taponaba la acción policial contra el Frente, muerto él, quedaba abierta la posibilidad de realidad la redada demoledora.

La investigación policial sobre el asesinato no llegó muy lejos. Dos horas después del crimen (cometido a altas horas de la madrugada cuando Juan Ignacio volvía a su casa tras una velada con un grupo de camaradas) Radio Nacional de España ya daba la noticia de que había sido asesinado “por un ajuste de cuentas entre grupos de extrema derecha”. Era falso. Pero, como siempre, la falsedad no podía improvisarla un oscuro redactor a las tantas de la madrugada, ni policía alguno podía haberla urdido en tan poco tiempo: la información –como años después la “versión islámica” de los atentados del 11-M propagada por la SER a poco del atentado- debía haber sido construida previamente por alguien que conocía que se iba a producir el asesinato. Cuando se produjo la redada contra los miembros del Frente, la policía incautó una treintena de revólveres Arminius, varias armas más, cortas y largas y unos cuantos miles de cartuchos… pero no el arma con el que fue asesinado Juan Ignacio, lo que excluía por completo el que fuera asesinado por sus camaradas. Las insinuaciones de algún individuo turbio y que trabajaba para las “alcantarillas” –“Cocoliso”, en concreto- que señalaban a un querido camarada como asesino a causa de una pendencia personal y momentánea con Juan Ignacio, abundaban en las sospechas de que aquella muerte se había fraguado desde esas mismas “alcantarillas”. Las investigaciones, por supuesto, no llegaron a ninguna conclusión. Se llegó a traer a policías de Canarias que se movían como un pulpo en un garaje en el ambiente madrileño. Finalmente, el caso fue archivo y ahí sigue como único crimen impune de la transición.

Veinticinco años después, Pedro Alonso y algunos otros antiguos militantes del Frente de la Juventud convocaron un acto de homenaje y recuerdo de Juan Ignacio. Participé en alguna reunión preparatoria, indicando que el acto debería servir como ocasión para que el Ministerio del Interior o la Audiencia Nacional reabrieran la investigación. Finalmente, todo quedó en un emotivo acto en el que los antiguos militantes del Frente se reunieron por primera vez en mucho tiempo. Al final no pude asistir, si bien era cierto que hubiera algunos de los compromisos de aquel fin de semana eran eludibles, pero nunca me han gustado excesivamente las reuniones de ex combatientes; supone mirar atrás demasiado y eso solamente se lo puede permitir quien sólo tiene pasado. En mi caso, todavía no sé lo que quiero ser de mayor, así que el pasado sólo me interesa si puede revisarse para resolver misterios de otro tiempo. Es imperdonable que el asesinato de Juan Ignacio haya quedado impune y que ni periodistas, ni policías, ni magistrados, ni siquiera sus ex camaradas, hayamos hecho nada por obtener una reapertura del sumario. Aquel 25º aniversario fue una ocasión perdida de presionar para que se reabriera el caso contar lo que algunos no habían contado –seguramente porque nadie les había preguntado- sobre aquella azarosa época. Pero fue algo más: la señal de que el tiempo había pasado y que muchos camaradas no estaban dispuestos a pechar con sus responsabilidades del pasado a fin de conservar sus nombres limpios de polvo y paja. No voy a ser yo quien se lo reproche, pero, francamente, creo que Juan Ignacio merecía que se conociera el nombre de su asesino y que hoy se llegaría sin dificultad a él, a poco que algún organismo de esos que dicen repartir justicia rascara un poco. El que más, el que menos, con el paso del tiempo, ha entendido lo que pasó. Y son los ex militantes del Frente de la Juventud de Madrid, quienes tienen la clave del misterio. A ellos la responsabilidad del silencio.

Tampoco es posible desvincular aquellos sucesos del gran episodio de la historia de España de aquella época: el 23-F. Pero este es el capítulo de las cárceles y no el de los golpeteros.

Tras la publicación de mi falsa vinculación en el atentado de la calle Copernic, salí de Francia. El asunto cayó en el descrédito más absoluto y ni uno sólo de los medios de comunicación solventes de Francia atribuyó la más mínima credibilidad a aquel libelo vehiculizado por L’Humanité y reelaborado en los laboratorios del CESID (sí, del CESID). Unos meses después, tras peripecias que me llevaron de un sitio para otro, me refugié en Reveillón. Florecieron los almendros y pasó el 23-F. Pasó la primavera con mi mujer que quedó nuevamente embarazada. A principios del verano debía haberme ido a Argentina, pero los pasaportes no terminaban de llegar. Para colmo de males, tres días después, el Corriere della Sera traía una muy mala noticia: en la frontera italo-suiza había sido ametrallado un coche que había intentado eludir un control policial. Uno de los pasajeros resultó muerto y los otros dos heridos de gravedad. Entre ellos estaba “Mimo” Magneta, miembros de los NAR que nos debía traer los pasaportes. Y como las desgracias nunca vienen solas, unos días después la prensa volvió a la carga en relación a mi increíble vinculación con el atentado de la rue Copernic. En esa nueva ofensiva las informaciones eran completamente diferentes a las que se habían publicado en noviembre. Procedían de diarios de obediencia socialista y se limitaban a decir que la prefectura de policía había eludido investigar la “pista española”. La cosa no iba contra mí, sino contra el Prefecto de Policía y aparecía justo en el momento en que se producía la transmisión de poderes de Giscard a Mitterand. Yo era el “chivo expiatorio”, en francés de ”bouc emisaire” que suena igual de mal e incluso ligeramente siniestro.

La lectura atenta de las informaciones publicadas evidenciaba que los redactores estaban convencidos de que había abandonado Francia e incluso se publicaba que residía en ese momento en un país iberoamericano. Daban por supuesto que tras las informaciones publicadas en noviembre había abandonado el territorio francés, por tanto, se sentían libres para lanzar alguna calumnia más y, sobre todo, informaciones tendenciosas y erróneas. Había que responder y hacerlo rápido. El problema era reconstruir la situación, entender qué es lo que sucedía y establecer los centros de imputación. Tardé solamente unos días en lograr los datos necesarios para reconstruir el mecanismo de la intoxicación informativa. Cuando la tuve, mi esposa llamó a Juan Lago, entonces redactor de Interviu para utilizar esta revista como vehículo para publicar el mecanismo de la publicación. Lago y la redactora de Interviu en París –Evelyn Mesquida, si mi memoria no me falla- acudieron a la cita frente al pórtico principal de Notre Dame. Allí, algunos amigos habían organizado un dispositivo de seguimiento para comprobar si la policía francesa o la española habían sido alertadas. La entrevista tuvo lugar en un hotel de Montparnasse y duró en torno a tres horas. Se publicó al cabo de 15 días en Interviu y, en general, respondía a la conversación real si bien estaba titulada con el aire de suficiencia que utilizaba esta publicación en la época: “Interviu encuentra al ultra más buscado por Interpol”. Realmente, no sé si era el ultra español más buscado por Interpol, ni cómo Lago o quien fuera logró encontrar un título tan escandaloso. Unos días después le envié las fotos que unos camaradas franceses me realizaron de espaldas… frente a la Prefectura de Policía.

La intención de la entrevista era simplemente recordar: “sé por qué me habéis utilizado como chivo expiatorio, pero ahora sabéis que puedo reconstruir cómo lo habéis hecho y a través de quien, así que la próxima vez saldrán más nombres”. No hubo “próxima vez”. Pocos días después de la publicación de la entrevista, volví de Reveillon a París para realizar algunas gestiones y resolver el problema de los pasaportes falsos a la vista de que había recibido la orden de trasladarme a sudamérica. Visité el local de una representación diplomática iberoamericana que estaba bajo vigilancia policial y allí me localizó la policía francesa, siguiéndome a lo largo del día hasta el hotel en el que me albergaba. Algo me decía que las cosas no acababan de ir bien, dos días antes había soñado que resultaba detenido. Por algún motivo, solamente he soñado algo tan siniestro en tres ocasiones en mi vida y en las tres, unos días después, se produjo la detención real o, al menos, tuve que salir a escape con la policía pisándome los talones.

Aquella noche, a eso de las cuatro de la madrugada noté que alguien estaba hurgando en la cerradura del hotel. Me levanté con la intención de arrojar los documentos falsos por la ventana y comprobar si podía huir por allí. Antes de que pudiera abrir la ventana, la policía derribaba la puerta. Una etapa había terminado. Debíamos haber partido para Iberoamérica esa misma semana. Dos días antes, decidimos quemar algo de dinero en uno de esas roulotes de videntes que se situaban en el boulevard Stalingrad. Con una seriedad pasmosa, la vidente nos auguró: “emprenderéis un largo viaje”. Bingo. Lo que ignorábamos era que el viaje era, yo a prisión parisina de La Santé y Cecilia a la de Fleury-Merogis. Estas cosas pasan cuando no se está familiarizado con la videncia…

La detención de Cecilia se produjo cuando la policía percibió que no llevaba ninguna maleta en el hotel, sino tan solo una pequeña cartera. Así pues, debía de tener una base. Examinando los documentos incautados, la policía me ocupó un tiquét de tren que llevaba a Esternay. Examinaron la relación de simpatizantes de la extrema-derecha en la región, realizaron sus comprobaciones y, finalmente, irrumpieron en Reveillón. Cecilia huyó en medio de la tormenta por el bosque y solamente regresó al Château en cuanto comprobó que la policía se había alejado. Una sirvienta de la marquesa, avisó a la policía cuando la vio reaparecer de nuevo calada hasta lel tuétano de os huesos y con el corazón  latiendo desbocadamente. No es que ella no pudiera resistir una situación así, es que estaba embarazada de cuatro meses. Daría a luz en el hospital penitenciario de Frésnes, la misma carcel en la que 35 años antes había sido fusilado Robert Brasillach.

(c) Ernest Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.eshttp://infokrisis.blogia.com – prohibida la reproducción de este texto sin indicar procedencia





Ultramemorias (VI de X) Tipologías insólitas. Tipos Carcelarios (3ª parte)

4 06 2009

Tras la publicación de mi falsa vinculación en el atentado de la calle Copernic, salí de Francia. El asunto cayó en el descrédito más absoluto y ni uno sólo de los medios de comunicación solventes de Francia atribuyó la más mínima credibilidad a aquel libelo vehiculizado por L’Humanité y reelaborado en los laboratorios del CESID (sí, del CESID). Unos meses después, tras peripecias que me llevaron de un sitio para otro, me refugié en Reveillón. Florecieron los almendros y pasó el 23-F. Pasó la primavera  y mi mujer quedó nuevamente embarazada. A principios del verano debía haberme ido a Argentina, pero los pasaportes no terminaban de llegar. Finamente, me aseguraron que llegarían un lunes. Para esas fechas, había ido a París a despedir a mi mujer y a mi hijo. Nos acompañaron a París la pareja italiana exiliada con la que convivíamos en el château de Reveillon. Nos alojamos los tres en una mansarda próxima a la Gare du Nord propiedad de una falangista libanés. Por un desgraciado incidente fortuito, él resultó detenido e identificado, así que debimos abandonar la mansarda y trasladarnos a un segundo punto de apoyo en la Montaigne de Sainte Genevieve, sin duda uno de los lugares más hermosos de París (aunque malamente, Cecilia y yo estábamos para apreciar las bellezas del lugar). Para colmo de males, tres días después, el Corriere della Sera traía una muy mala noticia: en la frontera italo-suiza había sido ametrallado un coche que había intentado eludir un control policial. Uno de los pasajeros resultó muerto y los otros dos heridos de gravedad. Entre ellos estaba “Mimo” Magneta, miembros de los NAR que nos debía traer los pasaportes. La prensa, hablaba de Doménico Magneta, así que le pregunté a Cecilia si “Mimo” y “Doménico” eran los mismo… lo eran. En ese momento nos quedamos en París, literalmente colgados. Por si eso fuera poco, unos días después la prensa volvió a la carga en relación a mi relación con el atentado de la rue Copernic. En esa nueva ofensiva las informaciones eran completamente diferentes a las que se habían publicado en noviembre. Procedían de diarios de obediencia socialista y se limitaban a decir que la prefectura de policía había eludido investigar la “pista española”. La cosa no iba contra mí, sino contra el Prefecto de Policía y aparecía justo en el momento en que se producía la transmisión de poderes de Giscard a Mitterand. Yo era el “chivo expiatorio”, en francés de ”bouc emisaire” que suena igual de mal e incluso ligeramente siniestro. La lectura atenta de las informaciones publicadas evidenciaba que los redactores estaban convencidos de que había abandonado Francia e incluso se publicaba que residía en ese momento en un país iberoamericano, Chile en concreto. Daban por supuesto que tras las informaciones publicadas en noviembre había abandonado el territorio francés, por tanto, se sentían libres para lanzar alguna calumnia más y, sobre todo, informaciones tendenciosas y erróneas. Había que responder y hacerlo rápido. El problema era reconstruir la situación, entender qué es lo que sucedía y establecer los centros de imputación. Tardé solamente unos días en lograr los datos necesarios para reconstruir el mecanismo de la intoxicación informativa. Cuando la tuve, mi esposa llamó a Juan Lago, entonces redactor de Interviu para utilizar esta revista como vehículo para publicar el mecanismo de la publicación. Lago y la redactora de Interviu en París –Evelyn Mesquida, si mi memoria no me falla- acudieron a la cita frente al pórtico principal de Notre Dame. Allí, algunos amigos habían organizado un dispositivo de seguimiento para comprobar si la policía francesa o la española habían sido alertadas. La entrevista tuvo lugar en un hotel de Montparnasse y duró en torno a tres horas. Se publicó al cabo de 15 días en Interviu y, en general, respondía a la conversación real si bien estaba titulada con el aire de suficiencia que utilizaba esta publicación en la época: “Interviu encuentra al ultra más buscado por Interpol”. Realmente, no sé si era el ultra español más buscado por Interpol, ni cómo Lago o quien fuera logró encontrar un título tan escandaloso. Unos días después le envié las fotos que unos camaradas franceses me realizaron de espaldas… frente a la Prefectura de Policía. Algo que la policía francesa consideró una provocación.

La intención de la entrevista era simplemente recordar: “sé por qué me habéis utilizado como chivo expiatorio, pero ahora sabéis que puedo reconstruir cómo lo habéis hecho y a través de quien, así que la próxima vez saldrán más nombres”. No hubo “próxima vez”. Pocos días después de la publicación de la entrevista, volví de Reveillon a París para realizar algunas gestiones y resolver el problema de los pasaportes falsos a la vista de que había recibido la orden de trasladarme a sudamérica. Visité el local de una representación diplomática iberoamericana que estaba bajo vigilancia policial y allí me localizó la policía francesa, siguiéndome a lo largo del día hasta el hotel en el que me albergaba. Algo me decía que las cosas no acababan de ir bien, dos días antes había soñado que resultaba detenido. Por algún motivo, solamente he soñado algo tan siniestro en tres ocasiones en mi vida y en las tres, unos días después, se produjo la detención real o, al menos, tuve que salir a escape con la policía pisándome los talones. La obsesión agudiza la intuición. No hay nada paranormal en ello.

Aquella noche, a eso de las cuatro de la madrugada noté que alguien estaba hurgando en la cerradura del hotel. Me levanté con la intención de arrojar los documentos falsos por la ventana y comprobar si podía huir por allí. Antes de que pudiera abrir la ventana, la policía derribaba la puerta. Una etapa había terminado. Debíamos haber partido para Iberoamérica esa misma semana. Dos días antes, decidimos quemar algo de dinero en una de esas roulotes de videntes que proliferaban en  Clichy y en el boulevard Stalingrad. Con una seriedad pasmosa, la vidente nos auguró: “emprenderéis un largo viaje”. Bingo. Lo que ignorábamos era que el viaje era, yo a prisión parisina de La Santé y Cecilia a la de Fleury-Merogis. Años después, en un período bohemio, tiraría las cartas en un pub barcelonés solamente a chicas de buen ver, a todas les decía lo mismo –“Conocerás a un desconocido y emprenderás un largo viaje”– y todas quedaban contentísimas. Alguno incluso que confirmó semanas después ambas predicciones. Lo dicho, no hay nada paranormal en todo esto.

La detención de Cecilia se produjo cuando la policía percibió que no llevaba ninguna maleta en el hotel, sino tan solo una pequeña cartera. Así pues, debía de tener una base. Examinando los documentos incautados, la policía me ocupó un tiquét de tren que llevaba a Esternay. Examinaron la relación de simpatizantes de la extrema-derecha en la región, realizaron sus comprobaciones y, finalmente, irrumpieron en Reveillón. Cecilia huyó en medio de la tormenta por el bosque y solamente regresó al Château en cuanto comprobó que la policía se había alejado. Una sirvienta de la marquesa, avisó a la policía cuando la vio reaparecer de nuevo cada hasta los huesos y con taquicardia. No es que ella no pudiera resistir una situación así… es que estaba embarazada de tres meses.

A diferencia de la Brigada Político-Social, que tenía una irreprimible tendencia a jugar al “policía bueno – policía malo” y llegar a soltar desde un grito destemplado hasta una o varias hostias duramente templadas, la policía francesa actuaba con flema inglesa. Antes de detenerte, ya lo sabían todo sobre ti. La declaración era prácticamente irrelevante y apenas se trataba de una mera formalidad. Mientras me conducían del hotel en el que me habían detenido a la Prefectura de Policía, el que parecía llevar la voz cantante me preguntó: “¿Tiene inconveniente en que le tratemos como Ernesto Milá o con cuál de las tres documentaciones prefiere?”. En efecto, después de tres meses de esperar el nuevo juego de documentaciones, finalmente había podido hacerme con tres carnés de identidad, tres carnés de conducir y tres pasaportes italianos, todos con mi foto y ninguno con mi nombre. Hubiera sido absurdo negar que yo era quien era, especialmente porque mis huellas dactilares hablaban por mí y en unas horas identificarían mi identidad. Stefano, el marido de Cecilia, había optado, sin embargo, unos meses antes por la vía melodramática: en el momento de ser detenido sin documentación –se había cambiado de cazadora y la había olvidado- no dudó en abrirse la cabeza contra un cristal en cuanto se pusieron pelmazos preguntándole por su verdadera identidad. Aquella misma noche, de todas formas, supieron quién era. En Francia, por lo que me explicaron, es básico establecer la verdadera identidad del sospechoso para poder juzgarlo. No iba a ser yo quien negara cuál era mi nombre, por lo demás no tenía nada que decir y respondí a las cuestiones comprometidas con un “no estoy autorizado para hablar sobre ese tema”, enfatizando cuando me preguntaron de dónde había sacado los pasaportes. Un policía entrado en años y en carnes y con la nariz propia de un pimiento ironizó: “En estos casos se suele decir que la documentación te la ha dado un moro”.

A la mañana siguiente me llevaron al despacho del prefecto que había manifestado interés en conocerme. No era raro. Sobre la mesa tenía el ejemplar de Interviú en donde Julián Lago me entrevistaba y en el curso de la cual había salido en su defensa. En efecto, si había estallado una campaña contra mí en la prensa francesa era para intentar demostrar que el prefecto había eludido profundizar en la “pista española” y ser éste uno de los elementos que justificaran su sustitución. En realidad, todo estaba motivado por el cambio de gobierno y por la larga pasada por la izquierda que el Estado francés iniciaba en aquellos momentos.

A media tarde durante el tránsito del calabozo a una oficina pude ver a Cecilia y supe que la habían detenido. Lo acepté mal y mi primera reacción de cólera fue golpear la pared que tenía más fuerte con la cabeza a la vista de que estaba esposado. Los policías se echaron sobre mí intentando impedir que me diera una segunda y una tercera hostia. A pesar de que el tabique retumbó y que quedé ligeramente conmocionado, mi cabeza soportó bien aquella pérdida momentánea de control. Uno de los policías que custodiaban a Cecilia le preguntó con una seriedad pasmosa: “¿Le ocurre eso a menudo?”. En realidad no, pero las últimas 18 horas me habían supuesto un cúmulo de emociones que, acumuladas una sobre otra, me habían hecho perder el control: además ni siquiera sabía cómo podía acabar la acusación sobre el atentado de rue Copernic. Gobernando la izquierda, el antifascismo de oficio, era un riesgo y a falta de presentar al culpable auténtico, alguien del entorno de Mitterand podía optar por recurrir al bouc emissaire, al chivo expiatorio. Todo esto y el ver a Cecilia detenida precipitó el que intentara derribar un tabique a cabezazos. Lo único que logré destrozar en mil pedazos fueron mis gafas.

Aquella primera noche en la prefectura fue inolvidable. A eso de las 20:00 horas el edificio se vació y, por algún motivo, en lugar de llevarme al calabozo me encerraron en una especie de jaula en las dependencias de la prefectura. La soledad contribuyó a que pudiera reconstruir mi estado de ánimo. Y entonces ocurrió una experiencia única de esas que casi pueden considerarse “religiosas”: una mujer de faenas a la que ni siquiera vi el rostro, realizaba su trabajo cotidiano cantando una canción italiana. Era una tarantela. Aquella era la voz más angelical y perfecta que he oído jamás, digna rival de una Renata Tebaldi o de una Maria Callas, sus inflexiones eran capaces de levantar el ánimo hasta a aquel tipo momentáneamente hundido que era yo en aquel momento. Debió estar por la zona, limpiando, durante media hora, luego su voz de fue alejando hasta desaparecer. Si creyera en apariciones o en fantasmas hubiera apostado que aquella voz era celestial, un mensaje llegado de la trascendencia que me animaba a seguir en pie. El efecto terapéutico de aquella voz me sirvió para reconstruir mi estado de ánimo y valorar la situación con calma: sobre rue Copernic, era evidente que la propia policía se burlaba de lo publicado en noviembre L’Humanité y que coincidían con mi teoría de que lo publicado en junio de 1980 respondía a un intento de facilitar la sucesión del prefecto de París, Así que rue Copernic no iba a ser un problema, en cuanto a lo de la documentación falsa, no había vuelta de hoja: lo único que me esperaba era una condena. No sería grande, y seguramente una parte la haría en libertad condicional. Aquella noche, las tarantelas derramadas por la desconocida me habían traído una riada de realismo: de esta salía. Jodido, pero salía.

Al día siguiente, la policía empezó de buena mañana a pedirme mi coartada para el atentado de la rue Copernic: “Sabemos que no ha sido usted, pero es rigurosamente necesario que nos dé una coartada… ejem… por cierto ¿tiene algún problema en bajarse los pantalones?”. En esta vida nunca se puede estar seguro de nada, especialmente de que no te sodomicen a traición y por la espalda, así que la pregunta no tenía nada de tranquilizadora a pesar de que la formulara un policía con aspecto de gentleman británico, incluido bigotillo y aspecto repeinado, o quizás a causa de esto. Al ver mi cara de extrañeza, el funcionario prosiguió: “Verá, no le pediría esto si no fuera rigurosamente necesario” y me explicó el asunto: el terrorista que había puesto la bomba de la rue Copernic, estaba identificado y antes de cometer el atentado se había corrido una juerga flamenca con una prostituta. Ésta había contribuido a identificarlo y, además, dato importante, recordaba que el fulano estaba circuncidado. Si yo conservaba la integridad de mi santo prepucio, yo sería inmediatamente descartado de la investigación y no habría ni prefecto de izquierda, ni prensa-basura al estilo de la bazofia estalinista de L’Huma, capaz de acusarme del crimen. Además, la pilingui me podría identificar de manera negativa. Así que accedí a bajarme el pantalón ante un forense, el cual se limitó a levantarme la picha con una tarjeta y a negar con la cabeza: “Il n’est pas circouncidé”, le dijo al policía que procuraba mirar a otro sitio con cara de embarazo. La prostituta,, de aspecto coqueto y pizpireta, por supuesto, tampoco me reconoció como su cliente y, por si esas pruebas fueran poco, Yves Bataille reconoció que había estado conmigo en el momento de la explosión justo ante la Prefectura de París, al otro lado del Sena, en un bistró de Saint Michel. Asunto resuelto, por lo que se refería al crimen de rue Copernic.

Luego estaba lo de los documentos falsos, el verdadero marroncillo que debía de afrontar con la perspectiva de una breve pena de prisión. La cuestión era a cuánto ascendería. La abogada me decía que, al carecer de antecedentes, todo se militaría a una pena en “sourci”, esto es, en condicional que solamente se haría efectiva si me implicaba en algún otro hecho delictivo. Nunca creí que eso pudiera ser así, sino que el ruido mediático induciría a los jueces a aplicarme la pena correspondiente en el máximo grado, como de hecho así ocurrió. Salí con tres meses de prisión en firme y tres más en condicional. Eso suponía, de hecho, dos meses y una semana de prisión, dicho de otra manera, un veranito a la sombra de los muros de la histórica prisión parisina de La Santé.

De todas formas mi caso fue, en cierto sentido, histórico, poco más o menos. En efecto, no fui juzgado por un tribunal ordinario sino por la Corte de Seguridad del Estado, creada por De Gaulle en los años sesenta cuando el Estado francés debió afrontar la resistencia armada de la OAS (Organisation de l’Armé Secrete) partidaria de la presencia francesa en Argelia. La OAS defendió esta idea a base de dinamita y de ráfagas de Mat-49, el fusil ametrallador de ordenanza en el Ejército Francés. Lógicamente, De Gaulle soltó a sus perros de presa –los “barbouzes”- y habilitó un sistema jurídico demoledor, una especie de Santa Veheme a la francesa, cuya única sentencia era culpable o culpable y si era muy culpable, ni siquiera sentencia: pasaban primero los barbouzes y despedazaban, trocito a trocito al “plastiqueur”. Tras la debacle de la OAS, la Corte de Seguridad del Estado siguió existiendo y tratando los temas que tenían que ver con el terrorismo sobre el territorio francés. El mío fue el último caso que vio este tribunal especial, estando en La Santé, leí la noticia de la disolución del tribunal. De ahí la relativa historicidad de mi caso.

Por lo demás, debo reconocer que la experiencia en La Santé no me aportó gran cosa. Las cárceles son una reserva completamente inútil pero, puesto a pasar allí el verano, había que tomárselo con filosofía y, a ser posible, aprovechar el tiempo para leer y escribir. Los muros de La Santé no me sorprendieron. Eran similares a los que había visto en la cárcel Modelo de Barcelona, apenas a trescientos metros de donde había transcurrido mi infancia, adolescencia y juventud. El sistema de justicia francés de la época me pareció genial: nada de pérdidas de tiempo inútiles, nada de esos razonamientos de sentencia patateros y pedrestres que retrasan la emisión de la sentencia en España y nada de largas y angustiosas esperas. Llegué ante el tribunal (la sala, por lo demás, estaba llena de periodistas, curiosos y algún que otro observador de la Embajada Española), me preguntaron, contesté, no hubo testigos, la abogada hizo su papel, me preguntaron si tenía algo que decir y vine a decir algo así como “apelo a la clemencia de este tribunal”. A la viste de que el traductor era tirando a catastrófico tuve que expresarme en la lengua de Moliére con acento castellano, sin raspar excesivamente las erres, ni distinguir entre “es” abiertas y cerradas. Me entendieron y allí mismo dictaron la sentencia: tres meses de prisión en firme y tres en “sourci”. Lo dicho: un veranito a la sombra. Nada excesivamente grave. Otra aventura que contar. Es bueno, en cualquier caso, eso de entrar en la cárcel con fecha de caducidad. En España se sabe el día que se entra pero nunca el que se sale.

Tenía a mi lado a Cecilia con tacones y una gabardina gris oscura con cinturón. Antes de entrar en la sala, nos mantuvieron separados unos metros. Un gendarme me quitó las esposas, pero no a ella, le pregunté por qué: “Esa chica de las Brigadas Rojas ha matado a varios”. El gendarme no era más tonto porque no se entrenaba. Luego en la sala, compartimos el banquillo de los acusados. La mía fue una sentencia rápida y leve, pero el gobierno italiano había pedido la extradición de ella y el tribunal se retrasó la vista de extradición unas semanas. Mucho más siniestro fue el tránsito desde el Palacio de Justicia hasta los calabozos.

Ese recorrido supone algo así como 200 metros de subterráneo mal iluminado e interminable. Cada uno iba acompañado por un par de gendarmes a lo Louis de Funes por unos pasillos similares a los corredores de la Línea Maginot. El ruido de los pasos solamente quedaba cortado por el rumor de los ventiladores que apenas lograban renovar un aire visiblemente viciado. En un momento dado, llegamos a la cancela de los calabozos para mujeres. Allí nos despedimos. Habíamos pasado mucho juntos y no volveríamos a vernos hasta 18 meses después. Al día siguiente por la mañana me llevaron a La Santé. El furgón policial estaba compartimentado en algo así como 12 compartimentos divididos por tabiques metálicos de apenas 75×75 cm, sin más ventilación que una pequeña rejilla en la puerta metálica y una pequeña ranura trasera que daba al exterior. El lugar ideal para claustrofóbicos titulados. Los ruidos indicaban a las claras por dónde pasábamos: ahora por Franklin Roosevelt, ahora por Nation, ahora por ¿cuál coño será este barrio? Era el barrio donde estaba instalada desde tiempo inmemorial la prisión parisina de La Santé.

Por allí pasaron Ben Bella y los presos notables del FLN argelino y también los de la OAS francesa. Tuvieron un módulo para ellos solos como en 1981 había uno solo para argelinos (al que ni siquiera los argelinos querían ir pues, la óptica antropológica de aquel país implica el reconocimiento de que un argelino es un lobo para otro argelino, esto es, casi lo peor) y otro para negros (al pasar a su lado los presos veteranos comentaban lo mal que olía y, efectivamente, no se trataba de una leyenda carcelaria. Algo así como 200 africanos sudando se bastan por sí mismos para dar negocio a toda una empresa de ambientadores y desodorantes. Terrible, se lo aseguro). Durante la guerra mundial la cárcel se llenó de resistentes (insurgentes de hoy), y durante la depuración de colaboracionistas. La cárcel, a decir, verdad, comparad con lo que había visto de La Modelo de Barcelona era limpia, coqueta y a ratos hasta hogareña.

Además no se comía mal. Dos veces a la semana nos daban pamplemuse de postre (pomelos que en Francia es, sin duda, la fruta más apreciada y en España de las más freucentemente ignoradas) y dos unidades de Petit Suis. Y tenía gracia ver a atracadores osados, asesinos sin escrúpulos, tíos más grandes que un castillo, a los mas malos de toda Francia, comiendo con singular fruición un petisuis que se les perdían entre las manos con minúsculas cucharitas de café. El contraste era, ciertamente, grotesco.

Además de comerse bien, cada día podía rellenarse un pedido al economato que incluía desde un par de latas de cerveza hasta hilo y aguja, sellos, sobres y papel de carta. No había dinero ni vales dentro de la cárcel. La oficina contable te detraía el dinero del pedido de tu cuenta y nadie se mataba como en las cárceles españolas por un quítame allá esa paperina de droga o aquella postura de hachís. Estaba bien organizada aquella maldita Santé.

Sin embargo, el primer paso fue –hay que decirlo- ciertamente desagradable. A poco de entrar, en una habitación aséptica y alicatada un funcionario me dijo aquello que ya empezaba a ser tradición en esta aventura: “Bájese los pantalones”. Bueno, no perdía nada. “Inclínese”. Y me indicó una mesa para que me apoyara. Aquello ya tenía más enjundia y mucho más cuento me introdujo una cuchara en el ano e inspeccionó con una linterna mis intimidades como quien buscase un tesoro .Decididamente, los franceses se toman la cárcel mucho más en serio que en España. Aquí este tipo de inspecciones son una broma. Se le pide al preso puesto en pie que cierre la boca y la nariz y haga fuerza como si fuera a tirarse un pedo. La teoría carcelaria española es que si se lleva algo oculto esfínteres para arriba, el peo simulado lo expulsará como si de un paquete de tabaco se tratara. Al parecer ignoran lo prietos que pueden conservarse esfínteres sólo estrenados con las deposiciones cotidianas. Pero esta es otra historia, naturalmente.

Después de la ominosa experiencia me llevaron al módulo 8 y a la celda 21 de primer piso. Allí estaban otros tres fulanos muy peculiares que me enseñaron mucho sobre la vida en prisión. El más gigantesco era un francés que parecía extraído de la aldea de Asterix. Enorme, primitivo y atrabiliario, leía solo “El Pato Donald” y cada vez que terminaba una historieta lanzaba al aire el cuaderno. Le pegunté que hacía por allí: “Je suis braqueur” me dijo con indisimulado orgullo. En Francia en aquella época el “bracage” (atraco) era propio solamente de la élite de la delincuencia. En Italia existe “la mafia”, en España “la basca” y en Francia “le milieu”, los atracadores eran la élite de “le milieu”. De tanto en tanto, el atracador me preguntaba si a “los políticos” nos sonreía la vida y nos defendíamos bien, que era como preguntar si robábamos lo suficiente. Evité darle una lección de ética militante, ociosa en aquellos momentos. A pesar de ser “braqueur” el delito que le había llevado a la cárcel era menos honroso y costaba  que lo reconociera: en pleno invierno alquiló un camión de 20 toneladas y con otro par de cofrades forzó la puerta de un hotel cerrado por fuera de temporada y empezó a cargar todo el mobiliario. Para colmo de desgracias, los cogieron cuando el camión estaba que se salía. Eso era lo que más le desesperaba: “Estos cabrones, si al menos nos hubiera trincado al principio de la faena”. Ese concepto de “faena” me llamó extraordinariamente la atención y otro inquilino de la celda terminó de aclarármelo.

Era portugués y se alegró de que me hubieran ingresado allí. Su novia era gallega. El tipo apenas levantaba metro y medio del suelo y era evidente que tenía complejo de bajito. Camino de la calvicie, sus pocos pelos estaban ordenados en forma de un tupé que hubiera hecho envidiar a muchas damas que adoptaron en la postguerra española el peinado “arriba España”. Entre el tupé, los tacones de los zapatos y las alzas introducidas dentro del calzado, ganaba entre 12 y 15 centímetros. Con todo, seguía viéndosele bajito. Hicimos buenas migas en aquellos meses. Gracias a él me di cuenta de lo absorbente que había sido mi vida como militante político. De música, por ejemplo, yo no entendía nada. Mi mujer me había intentado aleccionar, pero a fuerza de ser sinceros, no le hice mucho caso y ahora me encontraba con una especie de roquero portugués que suponía para mí una innovación: en efecto, hasta ese momento de mi vida (los 29 años), por extraño que parezca, no había conocido a nadie que fuera fan de Julio Iglesias. El portugués en cuestión lo era y hasta las trancas. “Esh que Giulio Iglesias disse verdá. No esh como otrosh, Giulio solo canta verdá”, solía decirme con ese peculiar arrastre de las eses y esa imposibilidad para vocalizar rotundamente las jotas que tiene la lengua de Camoens y Pessoa. Quedé muy preocupado porque, aun a fuerza de oir y oir los casetes de Julios Iglesias, ni ayer, ni más tarde, ni siquiera hoy, he podido entender jamás qué diablos me quería decir con todo aquella muletilla sobre la verdad en la canción de Iglesias.

Al principio no sabía que le había llevado a la cárcel, pero con el paso del tiempo fui entendiendo que  se trataba de un pequeño delincuente habitual , lo que en tiempos se conoció como un ratero, que alternaba el descuido con los robos por el viejo procedimiento del encalomo habitual todavía en las deprimidas sociedades peninsulares de los años 80, pero para el que la sociedad francesa estaba completamente inerme. El portugués solía hablar de su novia, la gallega y me enseñaba su foto (es curiosa esa deferencia de los presos en enseñarte las fotos de sus mujeres, en muchos casos en actitudes sicalípticas y con menos ropa que ética tiene un político; las fotos de la gallega, eso sí, eran completamente castas y banales). Solía decirme: “Eshtuve con mi chica y luego me fui a trabajar…” y al cabo de un rato narraba sin venir a cuenta insistía en otro episodio: “Volví de trabajar y me encontré con mi chica”. Al cabo de unos días de estas historias me tenía intrigado sobre la naturaleza de su trabajo. Por algún motivo lo consideré durante unos días, y a tenor de lo que me explicaba, que debía ser mecánico de ascensores o algo parecid. El hueco del ascensor y la escalera para llegar al ascensor, aparecían frecuentemente en sus historias intrascendentes que rellenaban mi tiempo en prisión. Un día, la historia en cuestión sobre su trabajo no encajaba con su presunta profesión de mecánico  ascensorista así que no pude evitar preguntarle: “Oye, y a todo esto, ¿a qué te dedicas?”. Me miró como si me hubiera bebido el entendimiento, abrió los dos ojos, sonrió piadosamente y me dijo: “Yo shoy ladrón”. Para él, robar era una profesión tan respetable como ingeniero de caminos o anestesista titulado. Este nuevo concepto de  “trabajo” chocó con todos los convencionalismos de mi educación pequeño-burguesa. Era un ladrón lúcido: “tengo que pensar en cambiar de trabajo porque dentro de poco, a medida que me haga mayor , cada vez correré menos y me pillarán antes”. El razonamiento era palmario y no admitía réplica alguna.

Luego estaba un chaval tunecino de apenas 19 años. Por los pelos no lo habían enviado a una cárcel de menores. Era un pequeño traficante de cocaína de la banlieu parisina. Lo detuvieron por los signos externos: a poco de vender sus primeros 50 gramos de cocaína se había comprado un BMW. No tenía carné de conducir, así que entre la edad –aparentaba todavía menos años que los que decía tener-, lo aparatoso del vehículo y lo marginal de los barrios que frecuentaba, la gendarmería le dio el alto y dentro  del vehículo apareció lo que en España es “el consumao” y en Francia “la came”. Y “la came” le llevó al módulo 8, celda 21 del primer piso. Era un chaval infantil que estaba dando sus primeros pasos como delincuente. Llevaba toda la pinta de que en el futuro insistiría en la ruta emprendida: había comprobado que vendiendo 10 gramos al día de cocaína podía llevar una vida de potentado. No estaba dispuesto a reciclarse en un trabajo gris de a 1000 francos al mes por 40 horas a la semana. Aquel chaval, inmigrante e hijo de inmigrantes, supuso para mí el primer contacto real con el fenómeno de la inmigración en Francia. Me contaba algunas historias que indicaban que la sociedad francesa estaba aquejada de una patología insuperable cuyo fiebrón se intensifica en períodos de gobierno de la izquierda. Vean sino.

En aquel verano de 1981 me explicaba que si un delincuente magrebí se veía detenido por la policía o por algún viandante tras haber cometido un delito, le bastaba con gritar: “¡Socorro, A mí! ¡son racistas!”. Inmediatamente, como la foca que responde al chasquido de los dedos del cuidador y salta por el aro antes de recibir un arenque, los franceses de a pie se hacían inmediatamente cargo de la situación e imprecaban a policías o a otros ciudadanos que retenían a aquel pobre argelino. Si sus manos estaban manchadas de sangre sin duda sería a causa del forcejeo con los racistas y si se le había roto alguna costura  no era de buen tono dudar que los infames xonófobos pensaban lincharlo allí mismo. En una sociedad en la que el francés de cuna había dejado de tener razón, la única verdad aceptable era la gritada por el inmigrante. Veinticinco años después, ese hábito de zafarse de la policía se estaba utilizando en las calles de nuestras ciudades. No hay nada nuevo bajo el sol.

Yo era extranjero, así que hablaba francés con otro acento. Me fue fácil aproximarme a la mafia argelina, a la eslava, a la polaca, a la camboyana, a la vietnamita y solamente la mafia judía me vio como enemigo, pues no en vano, la prensa había hablado mucho de mí antes de mi ingreso en La Santé, así que, en principio contaba con la solidaridad de todos los presos islámicos y la hostilidad de los judíos (aunque también de la de un choro español que me dijo de manera amenazante que era de ETA.  La temeraria airmación cayó en el descrédito cuando le dije eskarrikasko y me preguntó con acento mañico que qué coño le había querido decir). No todos los magrebíes estaban en el módulo de los argelinos. Había marroquíes, tunecinos y argelinos que habían declarado cualquier otra nacionalidad y que, asociaban mi nombre y mi rostro a la del terrorista que había colocado la bomba en la sinagoga de París. Así que yo era uno de los suyos. El antisemitismo está vivo y activo en los países árabes como el la  sede del NSADAP en la Wilhelmstrasse de 1939. Cuando les explicaba que yo no había tenido nada que ver con el atentado, sonreían unos a otros y me miraban con aire de complicidad como diciendo: “Vale, te entendemos, mejor no confesar lo que has hecho, eres cojonudo tío…”. Al cabo de unos días entendí que era mejor aprovechar la situación antes que explicarles lo imposible: que había resultado completamente exculpado del atentado de rue Copernic. Convertí aquella estancia en prisión en un estudio de sociología sobre la inmigración. Fue en aquel verano de 1981 cuando me sensibilicé sobre esta cuestión y entendí dos cosas: los magrebíes que llegaban a Europa no tenían absolutamente ninguna intención de integrarse en la sociedad de acogida, sino solamente de aprovecharse de ella y los magrebíes eran algo radicalmente diferente a los europeos y completamente incompatibles con ellos. Sus valores eran tan diferentes como sus idiomas. Ese chaval tunecino que compartía celda conmigo me enseñó que los escaparates de consumo occidentales eran el mejor reclamo para dejar atrás la sociedad medieval de sus países de origen y acceder al lujo, a la abundancia y a las mujeres. Por algún motivo que jamás he logrado entender, los magrebíes están convencidos de que la mujer europea experimenta una sensación arrebatadora ante ellos y la que no muestra esa sensación es simplemente “racista y xenófoba”. Entre los magrebíes, todo aquello que les disgusta, todo lo que supone una limitación a hacer lo que les dé la real gana, supone una nuestra de “racismo”. El tunecino me explicaba cómo ligaba: simplemente invitaba a la chica a una cerveza, le vertía el contenido del botellín en un vaso procurando que la cerveza le tocara la uña del dedo gordo de la mano derecha, “entonces puedes hacer todo lo que quieras con la chica”. No me atreví preguntarle que incluía ese “todo lo que quieras”, francamente. Si el sistema de ligue fallaba, la chica era racista. Por el mismo precio, Peter Bowles contaba que una amiga, lesbiana ella, mantenía el control sobre la voluntad de la propia esposa del escritor colocando un ficus cerca de ella entre cuyas raíces había enterrado un paño de seda negra con unos fragmentos de antimonio y sangre menstrual de la mujer amada. Era magia medieval magrebí en pleno siglo XX. El tunecino me contó varias de estas fórmulas ninguna de las cuales, por su puesto, podían ponerse en práctica sin sentirse un auténtico gilipollas. Pero el Magreb es así: la edad media y las mil y una noches en la otra orilla del Mediterráneo. Allí no dan problemas y tienen el encanto que Bowles supo apreciar. En cuanto vienen con esas conceptos “multiculturales” a esta otra orilla, créanme, solamente un “progre” sin mucha neurona carburando puede considerar a estas chorradas supersticiosas como un “enriquecimiento cultural”.

Aquel chaval magrebí, exponente ingenuo y no particularmente malintencionado de su pueblo, me enseñó cómo veían los inmigrantes a la sociedad francesa: “los franceses son débiles y cobardes”. Así es como nos ven a los europeos y probablemente tienen razón. Su error es confundir a unos “progres” de pastel con toda una sociedad: esto es Europa. La tierra de Leónidas, y del Cid, de las legiones romanas y de los tercios de Flandes, la tierra que vio florecer a la orden del Temple y a los freikorps, todavía no ha dicho su última palabra. Lo malo que tienen los gigantes dormidos es que su despertar suele ser de mala hostia.

La vida en La Santé era, por lo demás, aburrida e insulsa. Sin más alicientes que la ventana de un edificio situada frente a las rejas de la celda en donde, al decir de los más veteranos, de tanto en tanto salía en pelotas una mujer de opulentas carnes sólo por el placer de exhibirse ante los galeotes. En los dos meses y pico que permanecí allí nunca acertó a salir con el uniforme de Afrodita. Por lodemás, aunque lo hubiera hecho, mis gafas seguían rotas en mil pedazos, así que no hubiera visto gran cosa. De todas formas, he comprobado que esta misma leyenda urbana se cuenta en todas las cárceles, incluso presos procedentes de cárceles iberoamericanas me han contado análogas historias. Joan Amadés, el gran reconstructor de las tradiciones y costumbres catalanas, contaba ya lo mismo sobre la antigua cárcel barcelonesa de la calle Reina Amalia, donde una mujer de pechos caídos hasta casi rozar la alfombra realizaba cada tarde un streep-tease pedestre y sin música ante las celdas, por puro exhibicionismo. Lo dicho, no hay nada nuevo bajo el sol.

A diferencia del régimen penitenciario español que se resuelve manteniendo al preso la mayor parte del día aireado en el patio de la prisión, no menos de 10 horas, en el régimen francés en vigor en 1980 los presos salían fuera de la celdasolamente dos horas por la mañana y una por la tarde. Era frecuente que los presos que habían permanecido más tiempo en prisión estuvieran aquejados de todo tipo de problemas cutáneos. La falta de sol tiene estas cosas. A diferencia de los patios de las prisiones españolas, los de La Santé eran extremadamente pequeños y sin espacio suficiente para practicar deporte alguno. La única forma de hacer algo de ejercicio era dar vueltas al patio formando un círculo perfecto. Y vaya que si se daban. Había visto la genial película de Billy Wilder, Irma la Dulce, desarrollada en París, en la que Jack Lemon termina en prisión competamente atontado dando vueltas junto a otro centenar de presos una y otra vez, una y otra vez, siempre así, eternamente así. Había visto esa misma actitud en otras películas del cine francés de los 50 y 60, ambientados en “le milieu” y en los ambientes carcelarios y siempre me parecía ridícula e increíble esa actitud de cien tipos dando vueltas en círculo y en infernal cadencia casi en formación en un minúsculo patio. No era ficción cinematográfica. Era real como la vida misma. Si te introducías en la vorágine de aquella riada humana circular no había forma de detenerse: hacerlo hubiera supuesto ser pisoteado por todos los demás y, lo peor, romper la formación informal. Los más mayores o aquellos en los que el amor por el footing carcelario estaba completamente ausente se situaban más próximos al centro del círculo y su circuito vital no tendría más de cinco metros, sin embargo los que, por inexperiencia, azar o vocación se situaban en la parte mas exterior del círculo estaban próximos a la velocidad de fuga de un satélite orbitando en torno a un planeta, y sometidos a las mismas leyes de la mecánica newtoniana. Algo enloquecedor, vaya.

Al cabo de unas semanas, el “braqueur” pidió traslado. Habían traído a otro de su banda y quería estar en su celda. Se llevó todos los cuadernos del Pato Donald. Fue sustituido por un delincuente sexual armenio completamente insoportable, sucio y desagradable. En aquella celda de cuatro literas, el retrete estaba en un ángulo sin que mampara alguna diera algo de intimidad. Se cagaba, digamoslo así, ante la afición. Los ruidos, esfuerzos y olores los compartían inevitablemente todos los inquilinos de la celda, así que había que estar bien conjuntado o aquello se convertía en un sinvivir. El único remedio era quemar piel de naranja previamente reseca. Ésta arde lentamente y supone un eficaz remedo de ambientador en un medio sin ambientadores dignos de tal nombre. La otra alternativa era el llamado “papel armenio” que ardía impregnando el ambiente con una fragancia extremadamente volátil. Algo así como incienso de baratillo. No lo utilizábamos mucho, dentro de la cárcel se cotizaba a precio de oro. Entre las pocas palabras que cambié con el armenio me di cuenta de que estaba orgulloso de ser connacional de Charles Aznavour –se lió en una discusión violenta con el portugués sosteniendo los derechos de su ídolo sobre aquel otro que “cantaba verdad” que, a la vista de lo tenso me indujo a inhibirme- y del “papal armenio”. Ni se había enterado del genocidio de su pueblo a manos de los turcos en la primera postguerra.

El armenio era otro que estaba convencido de ser irresistible para las mujeres y para todo lo que se moviera mientras tuviera algún agujero no importaba si delante o detrás; contaba grandes aventuras de cama y ligues brillantemente coronados incluso en Miami. La respuesta que me dio cuando le pregunté qué camino había seguido para ir a Miami, primero Bombay y luego Johannesburgo, y me lo dijo con toda la seriedad del mundo y aire de estar reviviendo la experiencia, para concluir que Miami estaba a dos pasos de Hawai me confirmó sobre lo intratable del sujeto el mismo día que lo conocí. Por aquello de que también en el perfecto sistema carcelario francés hay errores, esa primera tarde de estancia del armenio, el sanitario trajo la medicación que correspondía al “braqueur” ya fuera de nuestro pequeño círculo. Era un Valium 50 o algo así, inusual para quienes nos dormíamos con facilidad. Le convencí al armenio de que le iría bien para conciliar el sueño y sin darme ocasión a insistir se lo bebió de un trago. Acto seguido cayó redondo sin mediar ni el paso de un ángelote. Tuve que llamar a los guardias: “Seguramente se ha drogado” les dije. Lo llevaron al “mitard”, equivalente a las celtibéricas y carpetovetónicas celdas de castigo. Nunca he albergado el menor sentimiento de culpa por liberar a nuestra pequeña comunidad de presos de aquel subproducto inmundo. No estaba dispuesto a compartir las cuatro semanas que me quedaban de estancia en La Santé con un tipo repugnante. Ganamos con el cambio. Nos colocaron a un croata de 28 años, delincuente a la antigua de esos con un alto sentido del honor, de la seriedad y del saber estar en prisión. Era también “braqueur”, ejerciendo intrusismo profesional en la élite de los delincuentes galos, lo que le hurtaba las simpatías de estos. Hábil jugador de cartas su lectura favorita era Le livre du tricheur, el libro de los tramposos, en el que se contaba cómo hacer trampa en el póker. Lo cierto es que nos ganaba siempre a las cartas y seguramente su lectura tenía algo que ver. Lo único que nos jugábamos eran huesos de oliva así que poco importaba quien ganaba o perdía, tan sólo se trataba de dejar pasar el tiempo.

Aproveché aquellos meses para leerme la obra de Mircea Eliade sobre El yoga, La Tradicion Hermética de Julius Evola y El Reino de la Cantidad y los signos de los tiempos de René Guénon. El tiempo era interminable. Allí perdí unos cuantos quilos y aparecieron las primeras canas. Nada grave, en definitiva. Una piedra en el riñón como fruto de las tensiones pasadas y que fue la primera de esa cantera que periódicamente mesurve para excretar más y más hoxalato cálcico cristalizado, fue el gran percance de esos meses. Entendí también que una aproximación a las doctrinas tradicionales tal como eran descritas por Evola, Eliade y Guénon, era imposible de realizar por una vía meramente intelectual. El concepto de “metafísica” que describían no era una “teoría” sino una “práctica”. Así que empecé a practicar yoga en la prisión. Eliade daba las indicaciones suficientes para introducirse en esa práctica oriental y las seguí al pie de la letra. Empecé a inhibirme del círculo infernal de los caminantes del patio de la prisión y aproveché el quedarme solo en la celda para practicar yoga. El control de la respiración está en la base del éxito o del fracaso de la experiencia. Dependiendo del tipo de práctica se asumen un ritmo u otro de respiración: 1 tiempo de inspiración, 3 de contención y 2 de expulsión del aire, tal era el ciclo que practicaba y que, ciertamente, concedía una indudable estabilidad interior. Estaba completando uno de estos ciclos, a punto de llegar a la segunda fase de expulsión cuando entró un funcionario a la celda para entregar el correo. Esperaba un par de cartas así que me levanté automáticamente. Entre que mis pulmones estaban completamente vacíos de aire y que el cambio de postura afectó a mi presión arterial, caí redondo. Golpeé con la cabeza el malhadado trono de exhibición, el retrete, que quedó desprendido de la cañería de salida (desde ese día buena parte de orines y agua sucia se filtraba por la grieta abierta inundando la celda con su pestilencia). Pero lo que más que sorprendió de aquel desvanecimineto momentáneo fue comprobar que el cabezazo contra la taza del wáter me hacía, literalmente, ver las estrellas, no como metáfora literaria o perífrasis simbólica, sino como pura y puta realidad. El golpe sonó como un crash dentro de mi cabeza y durante un momento sentí que la vía láctea se había materializado entre neurona y neurona. De aquel golpe no quedó, sorprendentemente, ni un chichón. Tres días después salía de La Santé por la puerta grande.

Mi mujer no había podido irme a esperar a la puerta de la prisión. Estaba embarazada de mi segundo hijo y a punto de dar a luz. Así que vino a buscarme una amiga, Amparo, ex militante del Frente de la Juventud. En tanto que farmacéutica me trajo algunos reconstituyentes y unas cuantas cajas de Biomanant. Cambiar  La Santé por un hotel de cinco estrellas  y a la compañía por la buena de Amparo fue una experiencia bastante agradable. Poco después, unos camaradas me presentaron a una periodista de Liberation y ese mismo día visité la Embajada Española: quería estar con mi mujer en el momento de dar a luz, pero no tenía pasaporte, ni a mi nombre ni a cualquier otro, así que lo primero era procurarse nuevos documentos.

(c) Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.eshttp://infokrisis.blogia.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar procedencia.





Ultramemorias (VII de X) Personajes y situaciones del exilio

4 06 2009

En dos meses y pico, solamente había salido una vez de La Santé y no por voluntad propia. Por algún motivo la esposa de Jacques Mesrine había pedido que me interrogaran sobre la muerte de su marido, así que los mismos policías que habían irrumpido en la habitación de mi hotel en Montmartre, me alejaron durante unas horas de la aburrida rutina carcelaria. El mismo policía con aspecto de Lord inglés me explicó la situación: “¿Ha oído hablar de Jacques Mesrine?”. “Un bandido”, le respondí. “Si, ejem, un bandido… la esposa de Mesrine dice que usted puede tener algo que ver con su muerte; ha presentado denuncia y tenemos la obligación de pedirle que nos diga lo que sabe sobre el asunto”. Mesrine era algo más que un bandido antes de ser encarnado por Vincent Cassel en la película biográfico “Enemigo público nº 1”. Traficante, hampón, atracador y asesino, por algún motivo estaba reputado de ser un “hombre de izquierdas” y de encarnar a una especie de Robin Hood que robaba a los malos para entregarlo a los pobres. Era falso. Mesrine era sólo un bandido y nada más que un bandido cuyo único aliciente era que se disfrazaba. Con el paso del tiempo los “disfraces” de Mesrine presentados en otro tiempo como caracterizaciones de Fantomas, no pasaban de ser lo usted y yo hacemos si nos ponemos unas cojas, unas gafas y un bigote de Harpo Marx. Mesrine gozaba de gran popularidad en la extrema-izquierda antifascista francesa, acaso porque fumaba tantos porros como ellos. La viuda, al parecer, al haber leído lo que publicaba la prensa francesa sobre mi vinculación a la “internacional negra” y, especialmente, la implicación que se me atribuía en el atentado de la rue Copernic, creyó que yo podría tener algo que ver con su muerte… El problema era que Mesrine había sido muerto por la policía en circunstancias no muy bien aclaradas. No se sabe cómo, la policía había localizado el vehículo del bandido y, tras bloquearlo, resultó muerto en el tiroteo. Para colmo, un policía le dio el tiro de gracia. Y existía el misterio de cómo la policía había encontrado el paradero de Mesrine. Dado que la prensa francesa aireaba mi vinculación a Aginter-Press (que ya no existía en esa época) y a las tenebrosas redes de la “internacional negra”, la viuda dedujo que era yo –mire usted por dónde- quien me había infiltrado en el grupo de Mesrine.

La policía abordó el interrogatorio con cierto escepticismo: “¿Qué hacía usted en la mañana del 2 de noviembre de 1979?”. De eso hacía ya tres años, pero lo recordaba: “estaba trabajando en la universidad”… es lo que suele hacer un funcionario en su jornada laboral. Yo era funcionario en aquella época, así que debía estar trabajando. Años después supe que lo comprobaron. Todo se redujo a una diligencia y poco más. Ni entonces me interesaba Mesrine, ni ahora despierta en mí ni siquiera curiosidad. Con decir que tengo la película de Vincent Cassel desde hace un mes bajada de E-mule y sigo sin tener el más mínimo interés en verla, está todo dicho.

Tras Mesrine, Germancito

Pero en aquella visita a la Prefectura de Policía, todos estábamos mucho más calmados que un mes y medio antes, cuando la policía francesa estaba presionada por una campaña mediática que les acusaba de haber eludido investigar la “pista española” y yo seguía trazando rallitas en la pared de la celda y era consciente de que permanecería en La Santé solo algo más de tres semanas. El comisario aprovechó para darme algunos datos que podían interesarme. Me tendió una foto sin decir nada, seguramente para escrutar en mi reacción. El tipo de la foto era greñudo, una especie de heavy-metal avant la lettre; bastante grueso, sino rollizo, con barba absolutamente desordenada y aspecto grasiento y sudoroso. “¿Lo conoce?”. En aquella época consideraba prudente no aportar ningún dato a la policía, más de los que pudieran contribuir a mi descargo. Pero en esta ocasión evidencié cierta perplejidad: no lograba reconocer al individuo en cuestión, pero tampoco me era completamente desconocido. Había algo en el fondo de sus facciones que me remitía a alguien familiar. Devolví la foto al policía sin poder evitar una expresión de extrañeza: “¿No lo conoce? Él si dice que lo conoce a usted…”. Y yo con la mejor de mis expresiones de no saber de qué iba el asunto. “Es Germán Sanchís”. Hostia, pues claro que era Germancito.

Germán debió entrar en el PENS valenciano cuando la organización ya se había disuelto en Barcelona. Había sido instructor de un grupo de la policía valenciana, se las daba de profesor de kárate y cinturón no-se-cuántos-Dan y era difícil saber cuando hablaba en serio o cuando la mitomanía hablaba por él. Durante un tiempo, el grupo del PENS de Valencia lo habían dirigido entre Tormo y él, alternando disputas, peleas, celos y rivalidades. Nada, precisamente, que tuviera algo edificante. Finalmente, Germán, entrevió que Fuerza Nueva de Valencia tenía un futuro más prometedor, así que se ofreció al “señor Ortuño”, brazo derecho de Blas Piñar para casi todo, piadoso varón y hombre honesto a carta cabal como se decía en román paladino hace unas décadas. Era Ortuño quien había tramitado la venta del local faraónico en el que el partido de Blas Piñar había instalado su cuartel general. Se decía que era miembro del Opus –muy probable a tenor de que su catolicismo era piadoso a machamartillo- y que era ex combatiente de la División Azul –a pesar de que me era muy difícil imaginármelo en la estepa rusa con un chopo- pero de lo que no cabía la menor duda era que ejercía como tesorero de Fuerza Nueva, seguramente la persona más escrupulosa que podía desarrollar esa tarea.

Prueba del talante de Ortuño era que, en 1978 sondeó al padre de un amigo para que encabezara la lista de Fuerza Nueva a las elecciones municipales. El solicitado preguntó cuál sería, según él, la misión de los concejales del partido que resultaran electos. Ortuño, sin pestañear contestó: “cristianizar las tareas municipales”. Allí se perdió un candidato, pero Ortuño –que en paz descanse- se alzó un peldaño más en su irreprimible marcha hacia el sueño de los justos.
Hacía muchos años que no pensaba en Ortuño (mantuve contactos con Blas después de ser expulsado del partido por haberme casado por lo civil en julio de 1977, y hacía pocos días, en la cárcel parisina de La Santé había recibido una carta de Blas) y, mira por dónde, aquel policía me iba a refrescar la memoria. Me puso en entecedentes: “El señor Sanchís fue detenido hace unos meses en Strasbourgo. Se le ocupó una importante cantidad de joyas robadas. Fue juzgado y condenado por receptación y sigue en la cárcel. Mire su declaración…”. Y me abrió el cuaderno de declaraciones de Germán en la parte más suculenta que me afectaba. Venía a decir que él era activista de extrema-derecha y que las joyas robadas eran para financiar a un movimiento de esa tendencia en España. Se ve que le preguntaron nombres y datos y, dado que yo aparecía en las crónicas francesas como buscado en aquel país, debió intentar validar su filiación como preso político, metiéndome a mí por medio. Decía que el atentado de rue Copernic había sido cometido por la ultra-derecha española con dinero… entregado por Don Ángel Ortuño.

No había policía alguna en el mundo capaz de tomarse en serio aquella sarta inconexa de estupideces. Si Germán había querido ingresar en el sistema carcelario francés con la aureola de “preso político”, no había elegido la mejor vía. Las declaraciones sobre todo lo que no fuera el banal traslado de joyas robadas era lo único que tenía credibilidad y lo que dio con sus huesos en la cárcel. El resto era una mala historia que llegó a la prensa francesa (si no recuerdo mal fue Liberation quien unas semanas antes había publicado algo sobre el asunto sin excesiva convicción y alertando sobre las dudas de la información) y que ningún diario en España se atrevió a publicar.

Parece ser que las joyas eran el producto de un atraco en España y que el interesado fue a Holanda con la intención de deshacerse del botín –de ahí la acusación de “receptación”- pero el perista que debía comprarlas, ante la importancia del alijo y a la vista de que quería seguir en libertad, hizo lo que todo perista con rodaje en el oficio hace: denunciar la existencia del gran alijo, para poder seguir traficando con pequeños alijos. La policía siguió a Germán y, finalmente, lo detuvo en Strasburgo, donde fue juzgado y condenado fulminantemente.

No volvería a saber absolutamente nada de Germán hasta al cabo de 23 años cuando una revista especializada en artes marciales hacía una entrevista a un tal “coronel Sanchís”, ilustrándola con varias fotos que denotaban que el aspirante a “preso político” de 1981 había pasado a ostentar el grado de coronel sin haber pasado antes ni por capitancete, ni por sargento, ni por cabo, ni haber hecho la mili.

La mañana había sido entretenida: Mesrine, Germán, una charla animada sobre lo mal que estaba Francia, sobre la inmigración y un nuevo paseo desde la Prefectura hasta La Santé que me sirvió para recordar que París no es una ciudad más, sino “la ciudad” europea por excelencia: acaso por el contraste entre lo sombrío y gris de La Santé, los Campos Elíseos se me aparecían como singularmente luminosos.

De nuevo en España

Hacia mediados de septiembre, me volvía a mover por París en libertad. Cecilia estaba en Freury a punto de ser juzgada. O se le concedía la extradición a Italia o la ponían en libertad. Así que decidí quedarme hasta saber el resultado. No pudo ser peor: el tribunal retrasó la sentencia. Así que decidí volver a España. Problema: no tenía documentación. Lo que sí tenía era mucha urgencia. Mi mujer estaba a punto de parir y quería estar cerca de ella. Los funcionarios del consulado español me parecieron unos completos ineptos: “¿Pasaporte? Bien, eso tardará unas semanas, usted tiene que demostrar su personalidad mediante sus huellas”. El proceso tardaría entre dos y tres semanas y, para colmo, me darían un pasaporte con el que llegar hasta La Junquera. Lo que equivalía a decir que, una vez en el puesto de frontera español sería detenido. Dejé con la palabra en la boca al funcionario consular y me fui escaleras abajo. Mientras que desgranaba toda la estupidez burocrática que debía seguir para… ser detenido en la frontera, había decidido cruzarla a pie.

Unos cuantos camaradas me ayudaron a atravesar la frontera. Inicialmente tomé el tren hasta Perpignan. El tren estaba cargado de españoles que regresaban de la vendimia. Cantaban sus canciones con cierto fastidio de los pasajeros autóctonos. En Perpginan había pedido un coche para que me fuera a buscar a la parte española de la frontera, un plano del Pirineo y equipo para cruzar la montaña. Y, sobre todo, una brújula. Allí estaban tres ex militantes del FNJ (Manolo Frías y su esposa Elisa y Pepe Llacuna). Me alegró verlos. Debían ser las 19:00 horas.
Mi idea era ver el plano del Pirineo y decidir in situ la zona mejor para atravesarlo. Lamentablemente, en lugar de un plano de montaña me habían traído una Guía Michelín de caterretas. Con todo, se veía una carretera que se desviaba a la derecha antes de llegar a Perpignan y terminaba en un lugar que parecía próximo a la frontera. ¿Qué podía haber de distancia entre esa carretera y la frontera. Apenas 10 kilómetros como máximo. Así que bastaba con caminar hacia el sur, cruzar la frontera y esperar en alguna carretera al coche que, dando vueltas, antes o después lograría cruzarse conmigo. Era insensato y sin posibilidades de salir bien. Algo así como buscar una aguja en un pajar.

Me dejaron en un pueblo y me vestí con el traje de montaña: anorak, rochetores y mochila con el equipo mínimo de supervivencia, agua y frutos secos. Los camaradas me dejaron en un pueblo pequeño, debía ser una pedanía. Los Pirineos se alzan delante, increíblemente majestuosos y enormes, mucho más si uno tiene la intención de cruzarlos por vaya usted a saber dónde. El sol se acababa de poner y empecé mi tura hacia el sur, mientras los tres camaradas volvían a cruzar la frontera y se situaban por la zona en la que yo debía de cruzar.

Estuve andando algo así como cinco horas, guiado por la brújula. A razón de 4 kilómetros por hora, debía de haber recorrido 20 cuando vi una carretera de tierra que llevaba a un pueblecito… a la misma pedanía donde cinco horas antes me había apeado del coche. La brújula, la maldita y jodida brújula iba con el culo. Estropeada, tenía una leve desviación de unos grados, los suficientes como para que quien se guiada por ella realizara un círculo perfecto. Para colmo la pila de la linterna hacía rato que se había acabado, afortunadamente la luna estaba en su mejor momento. En esas cinco horas me había perdido en medio de un rebaño de vacas, me había caído por una pendiente hasta que el lecho de un arroyo consiguió detenerme dejándome, como contrapartida, empapado. Y luego, para colmo, había subido montañas, bajado montañas, se me habían enredado en mis piernas todos los espinos del Pirineo, las zarzas me habían dejado las pantorrillas asaeteadas. Y buena parte de las almendras eran amargas. Así las cosas, era imposible orientarse. Decidí encontrar un lugar cómodo para hacer el vivac y esperar a verlo todo más claro en cuanto saliera el sol.

En la verde ladera de una montaña me acomodé. Ni fuego, ni tienda de campaña, solo saco y mochila. Estaba lo suficientemente cansado como para dormirme enseguida. Lo que ocurrió después fue otra auténtica experiencia mística. Me desperté con la salida del sol, el lugar estaba completamente bañado por la niebla –o quizás fueran nubes bajas- y al fondo se oía el rumor de un arrollo que sin duda unas horas antes no había podido percibir a causa del cansancio. El viento era suave, lo justo para generar un rumor en el bosque cercado pero no lo suficiente como para ahogar los cantos de los pájaros. En la cárcel me había habituado a hacer ejercicios de yoga y aquella primera sesión matinal me indicó que, efectivamente, las prácticas de meditación, antes o después, terminan abriendo puertas de nuestro interior que no sospechábamos que existían. Para los que no creemos en dios ni en el diablo, este tipo de experiencias tienen otras connotaciones que para los devotos de tal o cual religión. Son, simplemente, una forma de abrir lo que Huxley llamó “las puertas de la percepción”. Yo había llegado al atrio del templo de la percepción en aquel lugar olvidado del Pirineo.

Me levanté renovado y emprendí el camino. Un pastor, todavía en el lado francés, me indicó hacia dónde estaba la frontera. La encontré en apenas una hora de marcha. Luego fue fácil: vi la alambrada, la cruce y seguí el primer camino forestal que encontré: antes o después pasaría el coche con los camaradas. Dos horas después, coincidimos. La aguja había sido localizada en el pajar. Tomamos una cerveza en un discreto bar de carretera. A la hora de pagar me di cuenta de que las cosas habían cambiado en España: los precios habían subido y de qué manera.

Dos días después mi mujer dio a luz a nuestro segundo hijo. Pude estar cerca de ella en este momento. Servidor, que no cree ni en la reencarnación, ni en el castigo a los malvados, ni en el premio a los justos, ni en el karma, ni en nada que se le parezca, tuvo una extraña sensación al ver al bebé recién nacido: era como algo de mi padre estuviera de nuevo presente en él.

Unos meses después volvería a Latinoamérica, esta vez con pasaporte boliviano.

Algo no va bien: el crimen Pagliai

En aquel país me hice con otro pasaporte con el que regresé a unos meses después a España tras una indecible peripecia que me llevó de Bolivia, a Colombia, pasando por Yunguyo, Arequipa y Lima, en Perú. Habíamos salido cuatro personas de Bolivia y cruzado el Titicaca en lancha cuando supimos, a través de una fuente de la embajada norteamericana, que nos buscaban. Pocos días antes había tenido lugar un tiroteo en Santa Cruz de la Sierra en el que había sido fríamente asesinado un exiliado italiano, Pier Luigi Pagliai, por un grupo de carabinieri italianos llegados ex profeso a Santa Cruz. El crimen se perpetró justo en el día y en la hora en el que se estaba produciendo el cambio de gobierno.

Della Chiaie se había ido de La Paz unas semanas antes y media docena de franceses, italianos y yo, seguíamos viviendo en un bonito chalet de Calacoto. Todavía hacía yoga, si bien en aquel momento estaba en fase de mutación. Las virguerías circenses propias del hatha yoga terminaron por aburrirme. No tenía muy claro si esa “vía espiritual” llevaba a algo, o simplemente al contorsionismo. Había logrado mover algún músculo del estómago de esos que uno no advierte siquiera que los tiene y siempre lograba extraer alguna expresión de admiración y/o sorpresa cuando se lo mostraba a alguna chica. Pero, claro, lo que yo buscaba era una “vía espiritual” apta para agnósticos y me estaba perdiendo en algo parecido al faquirismo de cabaret. En esa época empezaba a considerar que las prácticas espirituales que en Europa se habían perdido casi completamente (a excepción del hesicasmo), todavía estaban vivas en Oriente. Bien, esto no era ninguna novedad. La novedad para mí estribaba en percibir que el budismo era la forma más accesible de práctica para nosotros occidentales. Había dos vías que me interesaban: el budismo tibetano y el zen. Pero para acceder a ellas era necesario resolver mis problemas judiciales (que, en realidad, se reducían a una simple manifestación ilícita) y eso solamente podía ocurrir cuando terminase esa dinámica de activista que me llevaba de un sitio para otro.

Todo esto de la práctica espiritual viene a cuento porque seguía haciendo yoga y notaba como la intuición se me iba agudizando progresivamente. Desde finales de julio de 1981, notaba que había algo que no funcionaba. Era una sensación extraña, de riesgo. En aquel momento vivíamos en el piso 18 del Edificio Fernando el Católico de la paceña plaza de Isabel la Católica. Todo muy español, como se ve. El domicilio estaba vigilado, pero no sabíamos por quién. No era normal que el gobierno del general Vildoso nos pusiera bajo vigilancia, pero era indudable que “alguien” realizaba un servicio de control periódico sobre nuestra pequeña comunidad militante. Así pues decidimos cambiar de domicilio y fue así como llegamos al chalet en el barrio de Calacoto. Pero la situación no mejoró. Delle Chiaie decidió partir para Caracas. En la última noche celebramos una reunión en medio de las perspectivas políticas más sombrías. Delle Chiaie defendía que hubiéramos tomado partido en Bolivia y que hubiéramos trabajado con los sectores que creíamos más sanos de las Fuerzas Armadas. Hicimos un catálogo de amistades y contactos en el país y, aparentemente, ni había narcotraficantes, ni chorizos, ni estafadores, ni gente de mal vivir. Habíamos sido queridos y apreciados en el país. Della Chiaie incluso se había identificado con el país. Yo no era de la misma opinión: buena parte de las amistades que teníamos lo eran porque percibían detrás nuestro buenos contactos y posibilidades de promoción. Otros eran aventureros. Claro está que había buenos camaradas, pero yo personalmente no estaba muy seguro de su capacidad política, ni de cómo actuarían en los próximos meses en los que el gobierno Vildoso había anunciado que cedería el poder al congreso de los diputados elegido en junio de 1980 (estábamos en septiembre de 1982). En mi opinión nos habíamos equivocado significándonos excesivamente en Bolivia a favor de determinada opción política. Hubiera valido más tomar el país como base de retaguardia y dedicarnos solamente a hacer fructificar los distintos negocios que teníamos en pié (un par de minas de oro en Mapiri y Chungamayo, una gigantesca plantación de árboles gomales en el Chaparé, un par de minas de cobre que no habíamos empezado a explotar y una explotación forestal de 2000 hectáreas dentro de las cuales existía incluso un criadero de caimanes). Teníamos unos cuantos proyectos económicos a considerar pero, en el momento en que se produjera el cambio de gobierno, era evidente que bastante tendríamos con salir cortando. Lo que no calculábamos es que iba a ser tan pronto.

En el mismo momento en el que se estaba produciendo el cambio de poderes de la junta militar al congreso elegido en junio de 1980, me llamaron de la Sección VII del Estado Mayor en el que estaba contratado como asesor de Operaciones Psicológicas. Me informaron del tiroteo de Santa Cruz y de la muerte de Pagliai, así como de las circunstancias en las que se había producido: eran policías italianos operando en territorio boliviano con la cobertura de la embajada americana, esto es, de la CIA. No solamente buscaban a Pagliai sino a Delle Chiaie. Ambos aparecían en la época como implicados en la masacre de Bolonia junto a Carmelo Palladino, Adriano Tilgher y un francés, Olivier Danet. Palladino había sido asesinado en la cárcel en Italia por un loco homicida con el cerebro intoxicado por sus carceleros (de cuyo nombre prefiero ni acordarme). Pagliai acababa de ser asesinado (en realidad fue herido de gravedad con varios tiros en la nuca disparados a quemarropa, trasladado en avión a Italia, moriría diez días después). En esa “saca”, los organizadores (el Estado Italiano) estaba previsto también asesinar a Delle Chiaie (de ahí la vigilancia que habíamos experimentado semanas antes). La idea de los “maestros de la orquesta” era que los acusados de haber perpetrado la masacre de Bolonia murieran todos… por lo tanto jamás habría juicio. “Muerto el perro se acabó la rabia” o, dicho a la manera taleguera: “el muerto siempre se come el marrón”. Fracasada la operación por la salida de Della Chiaie del París, nuevas pruebas archivaron estas acusaciones que fueron olvidadas primero y sepultadas después, emergiendo solamente años después en la Comisión de Encuesta sobre las Masacres en el parlamento italiano.

La operación de los carabinieri italianos en Bolivia tuvo bastantes percances. El tiroteo que costó la vida a Pagliai tuvo lugar en la plaza situada frente a la catedral de Santa Cruz justo en el momento en que salían los fieles de asistir a un oficio. Entre ellos se encontraba Mabel Azcuy, corresponsal del diario madrileño El País que presenció lo gratuito del tiroteo y jamás albergó ninguna duda de que los policías italianos iban a matar. Para colmo, cuando el avión con los 40 carabinieri intentó despegar del aeropuerto de Santa Cruz, una vieja deuda contraído por Alitalia con el ente que administraba los aeropuertos en aquel país, bastó para que las autoridades le impidieran la salida. Menos de una hora después el cónsul americano apareció con los 15.000 dólares en efectivo que saldaban la deuda… En el interín de la espera, los medios de comunicación cruceños habían sido alertados y un fotógrafo del diario El Mundo de Santa Cruz fotografió a todos los policías, incluido al que había efectuado el disparo contra Pagliai. La decena de fotos ilustraron una página entera del diario al día siguiente. Yo me llevé una copia de ese diario a España. Lo que ocurrió con ese diario y con  esas fotos es propio de El Gran Hermanos de George Orwell.

En enero de 1983, cuando llevaba unos meses entre España y Francia, viviendo en clandestinidad, me entrevisté en una pizzería de la barcelonesa calle Pelayo con Fermín Bocos que entonces, sino recuerdo mal, era redactor jefe de Interviu. Me lo presentó Viladot y acordamos la publicación de una entrevista hecha a Delle Chiaie. Me pidió algunas fotos para ilustrarla y pocos días después le pasé la hoja del diario El Mundo de Santa Cruz con las fotos de todos los carabinieri que habían participado en la operación. La entrevista se publicó firmada por León Klein, pero las fotos de los carabinieri no se publicaron. Y no solamente eso: sino que jamás volvieron a verse. Según Bocos se perdieron en la confusión de una redacción. Es posible. Pero es mucho menos posible que ni en Bolivia, ni en lugar alguno, haya quedado algún ejemplar de esas fotos, de las que ni siquiera el autor tiene los negativos. Los ejemplares de la Biblioteca Nacional, y de cualquier otra biblioteca en Bolivia han desaparecido. Los ejemplares de ese número que deberían haber permanecido en la redacción del diario, no existían.

La constatación de todo esto la realizó un periodista español que entonces ejercía en los servicios informativos de TV3 y posteriormente pasó a El País. Se trató de una desaparición sistemática de pruebas que no podía haber sido realizada accidentalmente, sino deliberada y metódicamente.

El mismo día en que se producía la muerte de Danet, Alberto C. (un militante italiano) y nos sentimos seguidos en La Paz por gente que lucía americanas de corte italiano. Logramos despistarlos. En ese momento pensábamos quedarnos en el país hasta no recibir órdenes concretas. Dos días después –días excepcionalmente tensos– una fuente de información procedente de la Embajada americana nos alertaba que “iban a por nosotros”. En pocas horas organizamos la fuga. Primero alcanzamos el pueblo fronterizo de Copacabana (con el mismo nombre que la ciudad mexicana, era, sin embargo, un pequeño y típico pueblo con un santuario famoso en todo el país dedico a la Virgen de Copacabana). Fuimos a visitar al “sheriff”, uno de esos tipos que parecen extraídos de una película de vaqueros: dos pistolas al cinto, mostacho, sombrero con la estrella metálica de cinco puntas y aspecto temible. Era el tío de un boliviano que nos acompañaba y, desde luego, la persona más indicada para saber si la frontera estaba particularmente vigilada.

Este boliviano carecía por completo de convicciones políticas, era un chaval deseo de inmigrar a los EEUU, en concreto a Miami, en donde la había prometido trabajo otra de las personas que nos acompañaban, un ciudadano norteamericano de origen dominicano. Optamos por cruzar el Titicaca en lancha hasta la parte peruana y una vez allí alquilar un coche hasta Yunguyo, luego a Arequipa y, finalmente, llegar en avión a Lima en donde teníamos un buen contacto, miembro de la familia del presidente peruano Fernando Belaunde Terry, que nos estaba esperando.

Tuvimos que ir de Yunguyo a Puno y de ahí a Arequipa, más grande y mejor comunicado. De Puno a Arequipa hubo que ir en un trenecito cargado de indios que atravesaba los Andes y que seguramente fue el que inspiró al genial Hérgé en su aventura “Tintín y el templo del Sol”. Aunque en aquella época la RENFE no fuera el mejor de los ejemplos de una empresa de transportes ferroviarios, debo reconocer que era un ejemplo para aquella línea férrea sobre la que el tren traqueteaba fatigosamente cuando iba ascendiendo por una montaña y parecía descarrilar cuando tras llegar la cumbre emprendí la bajada. Había indios dentro del vagón, en los portaequipajes, en el techo y colgados de los lugares más peligrosos e inverosímiles. El tren avanzaba con tal parsimonia que los apenas 80 kilómetros los hicimos en casi ocho horas. A pie hubiéramos tardado sólo un poco más.

Entre la suciedad y el polvo de las carreteras bolivianas, entre la suciedad del tren (yo, harto del viaje terminé acomodándome debajo de los bancos y durmiendo allí), el no ducharnos durante un par de días, llegamos al Hotel Presidente de Lima en estado ciertamente lamentable. Nos cobraron por anticipado. Para llegar al hotel habíamos tenido que cruzar un  cinturón de chabolas de quizás más de 10 kilómetros, bruscamente en lo que va de una calle a otra, llegamos al centro de Lima: y el panorama cambió. Las chabolas se transformaron en los hoteles más lujosos que había visto, desde luego mucho más lujosos que los cinco estrellas de la época. Era un país curioso.

Mientras estaba trabajaba en el Estado Mayor del Ejército Boliviano, un informador miembro de la secta Moon, nos había pasado fotos tomadas vía satélite (y seguramente cuyo origen era la CIA) tomadas sobre las zonas que empezaba a controlar Sedero Luminoso. Yo mismo hice el primer artículo que se publicó en aquel país sobre la naciente guerrilla maoísta y a efectos dramatización de la situación inventé la noticia de que los senderistas hacían pasar convoyes de armas procedentes de Brasil a través de Bolivia en un pueblo frontero entre las tres naciones llamado Bolpebra (nombre formado por las primeras sílabas de los tres países). En lugar de publicar la “noticia” directamente en algún medio boliviano, le di más credibilidad enviándola a la única agencia de prensa que existía en los EEUU transmitiendo partes en lengua española, el SAN-News (Servicio Americano de Noticias). El SAN-News la rebotó hacia todos los medios de prensa iberoamericanos, siendo reproducida, por supuesto, en Bolivia. No me enorgullece particularmente esa intoxicación informativa, pero sí me plantea la cuestión de ¿cuántas de estas intoxicaciones se producen al día, deliberadamente y con alguna intención que se escapa al lector? O dicho de otra manera ¿podemos fiarnos de las noticias que proceden de agencias? O más taxativamente: ¿llega hasta nosotros información veraz? Si yo había sido capaz de improvisar una operación psicológica de intoxicación informativa utilizando medios pedestres, ¿qué no serán capaces de hacer aquellos que han hecho de la intoxicación su medio de vida? He leído libros de historia en los que todavía se da como cierto este tránsito de armas y municiones a través de Bolpebra y puedo asegurar que allí, por no suceder, nunca ha sucedido nada.

Al bajar del avión en Lima nos dimos cuenta horrorizados de que el parque de taxis que teníamos ante nosotros era ciertamente deprimente. Al que no le faltaban las puertas, le faltaba el parabrisas y el que no era el motor cubierto solamente con una chapa oxidada y arrugada. Todos los taxis eran puro desecho. Coches de origen norteamericano, enormes, pesados, que más que consumir gasolina la absorbían y que tenían una media de veinte años. Elegimos aquel al que le faltaban menos piezas. Conducido por un loco homicida del volante –“Soy Charly, el rey de los piratas”, presentación que hizo de sí mismo y que no animaba a tomárselo muy en serio, solamente al salir comprobamos que, aun aparentemente estando entero el vehículo, tan solo tenía un problema de frenos que nos puso en peligro en varias ocasiones.
Era bastante patético ver como cuando el coche aminoraba la velocidad, los niños y no tan niños que se encontraban en las inmediaciones se ponían alerta para ver de qué manera podían robar algo del coche. “Charly, el rey de los piratas” nos lo había advertido: “No pierdan de vista las maletas”. Y el cinturón de miseria no se acababa y seguía y seguía hasta más allá de lo angustioso.

Compartí habitación con el americano-dominicano. Entonces empezaron los problemas de convivencia: “Oye, chico, yo tengo que chingar, si no chingo una vez al día me pongo malo”. Su peculiar acento caribeño le eximía de cualquier otra explicación adicional. Pero, hombre, y no te puedes hacer un pajote y relajarte: “¡Qué dices chico! ¿un pajote yo?, eso es para los comemierda, para los remamagüevos y coñosdemadre…”. No había nada que hacer. Se quería pegar un polvo. Eludamos el nombre del interesado que todavía aparece con cierta frecuencia en la prensa, especialmente latina y cuya vida daría para unas ultramemorias diez veces mayores que estas. “Tengo el teléfono de una periodista limeña, voy a ver sí…”, le oí decir cuando yo estaba ya sumergido en un baño relajante.

Fuimos a ver a la periodista en cuestión. Era peruana de raza blanca quizás con una décima de antepasados indígenas. Una mujer de estilo y que, sin duda, pertenecía a la alta sociedad criolla de la capital. Resulta que poco antes había conocido a uno de los Ansón en el curso de un encuentro de periodistas. Alberto C., el italiano que nos acompañaba y yo nos retiramos y ellos se quedaron como dos tortolitos. Estaba claro que no se trataba de “en tu casa o en la mía”, sino en la casa de ella y allí que se fueron. Hora y media después, nuestro hombre ya estaba de retorno, eso sí, mucho más relajadito. Yo estaba dormido como un leño cuando oí la puerta que se abría, la ducha, cierto canturreo y al compañero de habitación que se acostaba. Había dejado la luz encendida. “¿Quieres haces el favor de cerrar la luz, coño?”. “No jodas chico, no puedo…”. “Pero, como coño que no puedes dormir con la puta luz apagada”… nuestro hombre había pertenecido durante un período de su vida a la CIA y allí le habían enseñado que había que dejar una luz encendida mientras se dormía para evitar dar la sensación que se estaba inerme y con la guardia baja. Me pareció algo completamente estúpido que parecía más sacado de las películas de James Bond que de la CIA. Pero, a decir verdad, la CIA había fallado a la hora de localizarnos en Bolivia. Estaban utilizando información obtenida dos meses atrás y por eso fracasó el intento de captura de Della Chiaie e incluso la suposición de que el pobre Pier Luigi Pagliai pertenecía a nuestro pequeño círculo. Si la CIA era capaz de tener esos errores de bulto, me creía que en los cursos para sus agentes de campo les dieran instrucciones estúpidas como esa de dejar la luz encendida.

Quizás por el cansancio excesivo me costó dormir y fui el primero en despertar. Desayuné y en el hall del hotel leí la prensa: en primera página y a grandes titulares el diario limeño La República publicaba la detención del familiar del presidente Belaunde que teníamos que ver esa mañana. Y por chorizo. Definitivamente, la política andina era cosa de locos. Aquella misma tarde compramos el billete para Bogotá con la intención de alcanzar Caracas unos días después. Lamentablemente yo iba con pasaporte boliviano y no había previsto la necesidad de un visado para entrar en Venezuela. Así que el boliviano que nos acompañaba y yo nos quedamos en Caracas, esperando resolver este asunto: o falsificábamos el visado, o nos trasladábamos a Bucaramanga y de ahí, otros se encargarían de hacernos pasar a Venezuela.

Nos albergamos en un discreto hotel próximo al Tequendama y allí esperamos la llamada con las instrucciones. Esperamos un día, dos, tres… la llamada no se producía. Vi mucha televisión aquellos días en el hotel. Nunca antes había visto nada parecido a un culebrón latinoamericano. Tuve la ocasión de ver el inicio de uno de ellos. El primer día, la chica de servicio es violada por un señoritingo y queda embarazada. Por supuesto la echaban de su trabajo a cajas destempladas. En el segundo capítulo la chica volvía a su pueblo y daba a luz ante la indiferencia y la hostilidad de sus vecinos que la tachaban de puta degenerada y viciosa. Fin de la segunda parte. En la tercera, dejaba en su chabola al bebé recién nacido, entraba un cerdo –sí, un cerdo- y se comía –sí, se comía- al bebé… Preferí no ver el cuarto capítulo y recuerdo que sentí una inmensa conmiseración hacía los televisionarios latinoamericanos que tenían que ver culebrones de ese jaez. Dos años después, esos culebrones empezaban a causar furor en España.

De todas formas al cuarto día de estar pendientes del teléfono ocurrió algo anómalo. Mi compañero boliviano, ese del que he dicho que nunca había participado en política y que simplemente nos acompañaba para llegar a Miami, salió a dar una vuelta… y desapareció. Nunca más nadie lo ha vuelto a ver. A última hora de la mañana, cuando ya tenía la sensación muy evidente de que algo volvía a ir mal, cogí un billete en la central de Iberia y regresé a España.

(c) Ernesto Milá – infokrisis – infokrisis@yahoo.eshttp://infokrisis.blogia.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar origen





Ultramemorias (VIII de X) Visicitudes políticas en la transición (1ª parte)

4 06 2009

Tenía decidido quedarme una temporada en España, intentar resolver el problemilla legal de la manifestación ilícita de junio de 1980 y esperar órdenes. Pasar una frontera tras otra con media docena de pasaportes arreglados era incómodo y peligroso. En cierta ocasión en aeropuerto de El Prat de Llobregat varios policías se pasaron uno a otro mi pasaporte. Me veía detenido, sin embargo, todo el problema estribaba en que ese mismo día vencía el visado. Afortunadamente no repararon en que la falsificación y era torpe y el sello de caucho impreso sobre la foto tenía forma apepinada en lugar de formar un círculo perfecto. En otra ocasión, atravesé la frontera de Le Perthus utilizando solamente una funda de pasaporte que no contenía nada dentro. En otra más el tipo de la foto no era yo, sino alguien que ni remotamente se me parecía. De todas formas, las entradas y salidas de España a Francia y viceversa la realizaba a través del Pirineo por la ruta que había descubierto y que fui perfeccionando hasta finalmente no tener que andar más de 500 metros entre que me dejaba un coche en una lado de la frontera y cogía otro más allá de la alambrada. En una ocasión la situación alcanzó los límites del surrealismo. Retornaba de Argentina y un par de camaradas me esperaban en la salida de internacional de Orly. Había logrado pasar la frontera con un pasaporte italiano a nombre de “José Antonio Olivera, nacido en Milán y residente en Barcelona”, de profesión “empresario”. Me encontraba a pocos metros de la puerta de salida cuando advertí que los camaradas que me esperaban acababan de dar media vuelta, desapareciendo. Por mi parte, oía detrás de mí a alguien que gritaba un nombre al que no atendí. El infarto me rondó cuando una mano recia detuvo mi hombro: era el gendarme de la aduana. En ese momento lo único que pensaba es en mi próxima frase: “Me declaro prisionero político y no tengo nada que decir” o quizás aquella otra de “No hablaré si no es en presencia de mi abogado”. Decididamente no sabía cual sería más oportuna. Sin embargo, el gendarme estaba demasiado sonriente como para practicar una detención. “¿Es usted empresario de Milán?”, me preguntó sin abandonar su sonrisa. “Ejem… sí” le respondí con todo el aplomo que era capaz de reunir en aquel angustioso trance. “Es que yo canto ópera…”. En una fracción de segundo pasé de la angustia más absoluta a ver la luz: por algún motivo, este gendarme asociaba “empresario de Milán” a “empresario del Bel Canto”. Le tuve que aclarar que no era empresario de ópera, sino de import-export. El gendarme puso cara de tristeza y entonces se me ocurrió que no podía dejar las cosas así: “no soy empresario de ópera, pero tengo un amigo quesí lo es…”. Y recuperó la luz en su mirada. El gendarme, en horas libres, se dedicaba a ejercitarse en el noble arte de Pavarotti y Carreras, era un aficionado y solamente cantaba ópera delante de su sufrida esposa, pero no abandonaba la idea de dedicarse profesionalmente. Quedé con él unos días después en plenos Campos Elíseos para que me diera algunos casettes con grabaciones suyas para hacérselas llegar a “mi amigo el empresario del bel canto”. Logró llamar la atención  de la clientela activando el casette con sus gorgoritos a dos pasos de la sede de Aeroflot. Era uno de esos tipos excelentes, ingenuos y con un carácter extraordinariamente jovial que uno conoce por esos mundos de Dios. En varias ocasiones sentí escrúpulos de jugar a esa pantomima solamente para lograr que la próxima vez que tuviera que cruzar la frontera redujera los riesgos a cero. Así fue, en efecto. El día antes de retornar a Iberoamérica le llamé: “Mañana me voy, si estás de guardia –sabía que iba a estar de guardia- te agradecería que me acompañaras para evitar las colas y de paso tomamos una última copa”. Atravesé la aduana francesa con varios kilos de documentación bajo el brazo, precedido por el gendarme: “C’est mon ami”, dijo al  encargado del control de pasaportes. ¿Quién me iba a detener? Luego, en el avión tuve ocasión de reflexionar: me sentí odioso por haber engañado a una buena persona. De tanto en tanto pienso en aquel tenor aficionado y no puedo evitar cierta caída en mi autoestima.

En las aduanas andinas, las cosas son bastante diferentes; basta que uno vaya bien vestido y mejor peinado, muestre ostentosamente alguna revista en otro idioma (solía recurrir a Le Monde Diplomatique hasta que terminé aficionándome a su lectura), o haya entablado amistad con alguna chica de buen ver, para que los aduaneros no reparen en ti o te pregunten sólo si tienes algo que declarar. Es preciso mirarles a los ojos y sonreír lo justo. Y sobre todo, aplomo, mucho aplomo. La documentación falsa es un engorro para todo militante clandestino. A fuerza de cruzar una y otra frontera y que no ocurra nada, uno tiene tendencia a pensar que sus problemas han terminado. Sin embargo, él no es quien dice su pasaporte que es. El pasaporte otorga solamente una falsa personalidad que no tiene nada que ver con la personalidad real. Con el tiempo y a fuerza de pasar fronteras, la tensión se va relajando y el militante clandestino tiende a confiarse. En cierta ocasión tres militantes del Frente de la Juventud se fueron exiliados a Paraguay, dos de ellos con pasaporte  italiano recién “armado”. Les dije unos días antes que, Paraguay no era un lugar saludable; ellos argumentaban que era el “más anticomunista” de todos los regímenes suramericanos. Era cierto, pero también lo era que Stroessner y sucesores controlaban todo el contrabando del país y que si las cuentas no le salían por un kilo que le faltase era capaz de montar una operación policial en todo el país buscándolo. Por otra parte, en Asunción se encuentra la centra de la CIA para Iberoamérica. Es, además, un país muy pequeño en el que cualquier europeo recién llegado llama la atención. Bolivia, que entonces era gobernado por la izquierda, era, con todo, mucho más seguro. No me hicieron caso y aterrizaron en Asunción. Menos de un año después, cuando estaban comiendo, se rompieron puertas y ventanas irrumpiendo una unidad especial de policía. Recibieron una paliza allí mismo y otra en la jefatura de policía. Sobrevivieron de puro milagro, pero permanecieron un año en la cárcel sin que nadie se dignara explicarles los motivos. La seguridad paraguaya pensó, inicialmente, que se trataba de activistas de ETA. Y les dio más fuerte. Así son las cosas en aquel remanso de paz que es Asunción de Paraguay. Todo había ocurrido porque al cruzar la frontera paraguaya con los pasaportes italianos creyeron que sus problemas habían quedado atrás y no era así, especialmente, cuando apenas sabían decir “spagethi” en la ñengua de Dante.

No extrañará a nadie que después de tres años de atravesar fronteras en estas condiciones, terminara por estar harto. Así que en octubre de 1983 regresé con la intención de presentarme en la Audiencia Nacional. Llegué hacia finales de octubre y quise pasar unos días con la familia. Luego la navidad quedaba cerca y  opté por presentarme después de las fiestas. Fue entonces cuando me encontré con Fermín Bocos de Interviú. A la salida de la reunión, en plena calle Pelayo, pisé una mierda de perro, caí y me hice trizas el codo. Cuatro días después me operaban en el Hospital Clínico de Barcelona extrayéndome media cabeza del radio. A pesar de encontrarme todavía en clandestinidad, suponía que no existiría ningún hilo entre la red hospitalaria y la jefatura de policía, así que no había riesgo. Pero luego, todo se torció. Y vale la pena recordar cómo y por qué, o quizás mejor cómo y a causa de quién.

Estar en la lista de busca y captura implica que tu nombre está en una base de datos. No quiere decir que la policía te busque afanosamente, sino que si te encuentra, sin saber quien eres, y comprueba tu identidad, sale en ese momento el “marrón”. Dicho de otra manera, alguien que está mucho tiempo en clandestinidad y al que no se le busca por motivos muy especiales, solamente puede ser detenido por la policía en dos hipótesis: o por que casualmente le piden la documentación o porque virtualmente le traicionan. A mí me ocurrió lo segundo.

El 15 de febrero de 1983, la policía aparecía por el lugar donde me encontraba utilizando a mi mujer como escudo humano. En efecto, tras ella aparecían una docena de policías pistola en mano que la ponían por delante no fuera a ser que yo respondiera a tiros a la detención. Lo único que se me ocurrió decirles es: “Mira que sois exagerados”. Habían pasado las navidades, había dejado atrás los efectos de la amputación de parte de la cabeza del radio, estaba iniciando la recuperación y, había encontrado todo este problema un motivo para retrasar unos días mi presentación ante la Audiencia Nacional. Unas semanas antes, Luis Pineda, un antiguo camarada del Frente de la Juventud madrileño me había presentado a un fiscal de la Audiencia Nacional, amigo de su familia, el cual, tras la barra de un pub me explicó mi situación: “Te buscan por una manifestación ilegal. Es casi un chiste en este país en donde ETA asesina un día sí y otro también. Preséntate y el fiscal que le toque el asunto no tendrá inconveniente en dejarte en libertad”. Y se atizó otro copazo. El problema era que no iba a tener ocasión de presentarme voluntariamente. Primero la navidad, luego la rotura del codo y la consiguiente operación. Pero, realmente, la culpa de que la policía me localizara en Barcelona la tuvo Carlos Blasco que seguía empeñado en reconciliarme con Ramón Graells.

Vale la pena poner en antecedentes sobre el origen de la disputa con Ramón Graells, pero para ello hay que aludir a algunos antecedentes: Fuerza Nueva, el Frente Nacional de la Juventud….

De la religión a la experimentación

Hacia septiembre de 1977 fui expulsado de Fuerza Nueva. ¿Motivo? Haberme casado por lo civil. En aquellos años éramos raros los que no subíamos al altar. Casarse por lo civil implicaba entonces visitar la parroquia por última vez y solicitar al sacerdote un dramático “certificado de apostasía”. Cuando lo tuve en mis mano experimenté una sensación de proximidad hacia Juliano el Apóstata, emperador que me habían intentado hacer odiar mis muy progresistas curas escolapios, pero por el que siempre he sentido admiración, sino devoción. Realmente, la entrevista con el sacerdote fue menos tensa de lo que hubiera pensado: “¿El certificado de apostasía? Sí, hijo, ahora mismo te lo hago” y el mosén añadió no sin cierto aire de desesperanza y comprensión: “Si es que tal como está la Iglesia de nada os va a servir a los jóvenes”. Eso mismo pensaba yo.

En octubre 1966 los escolapios nos hacían asistir diariamente a misa a primera hora de la mañana, en solemne rito tridentino; las únicas canciones que cantábamos eran en gregoriano. Ese mismo curso escolar cambiaron el emplazamiento del altar para que el cura pudiera decir la misa frente a su público y en cuanto a música sacra, salimos malamente damnificados cuando cambiaron el gregoriano por la Misa Luba, los espirituales negros y el kumbaya. Aquello era lo que los escolapios entendían por acercar la misa al “pueblo de Dios”. Entre eso y el “darse la paz”, el culto católico había dejado de ser una mera manifestación exterior para convertirse en una expresión de demagogia social. De la nada a la más absoluta miseria.

Yo fui uno de los que ese curso dejé de ir a misa y dejé de creer, primero en el Dios de la biblia y luego en cualquier otro Dios. Al menos, el budismo no te obliga a creer en un dios personal y a medida que vas progresando en su senda te va siendo cada vez más claro: se empieza con el “no hay Dios” personal, se pasa del “Buda era un hombre como tú”, al “Buda histórico nunca existió” y se concluye, “por muchas veces que Buda haya nacido, no te va a servir como no nazca en tu interior”. La conclusión es bonita, pero mucho más que bonita, educativa y con desembocaduras terribles: no hay dios al que agarrarse, no hay clavos ardiendo en los que confiar, no hay otras vidas tranquilizadoras, no hay esperanza para desesperados, no hay anestesias para el espíritu.

Lo entendí en cierta ocasión en que meditando experimenté una sensación extraña: la del despertar. Realizar aproximaciones a ese estado sería demasiado ambicioso para este pobre plumífero, especialmente cuando ya Borges lo definió en su relato El Aleph, o con Arthur Koestler en su El Cero y el Infinito como “conciencia oceánica”, o, finalmente, Aldous Huxley demostró haber llegado hasta él en Las puertas de la percepción. Yo sentí esa misma sensación en aquellos meses de clandestinidad mientras practicaba zen. Entendí por qué Evola había titulado su estudio sobre el budismo La doctrina del despertar. O por qué Gustav Meyrink –bendito Meyrink y bendita su obra- escribió en sus mejores páginas de El rostro verde que “velar lo es todo”. Estar en vela es estar despierto. Cuando esos momentos de ruptura con la conciencia ordinaria se producen, se experimenta la sensación muy vivida y auténtica de “estar despierto”. Hay que ser muuy precavidos ante este tipo de experiencias, los textos zen alertan sobre estas experiencias de trascendencia que, a la postre, pueden resultar falsas y ser, en última instancia, nuevas manifestaciones del ego que se resiste a perder protagonismo. En cualquier caso, si el “despertar” es remotamente parecido a lo que yo experimenté habrá que fecilitarse porque si en aquel momento experimenté alguna sensación definible, ésta era la de una felicidad sin límites, sin posibilidades de expresarla con pobres palabras ni de encerrarla en definiciones racionales.

En cierto sentido este tipo de experiencias tienen cierta similitud con los efectos de las drogas psicodélicas. A fin de cuantas, la “psicodelia” etimológicamente no es más que  la “manifestación del alma” (de ψυχή, “alma”, y δήλομαι, “manifestar”). Si bien es cierto que la definición es algo abusiva, lo cierto es que las drogas psicodélicas proporcionan efectos que trascienden la racionalidad y, utilizando la expresión de Huxley, “abren las puertas de la percepción”. Harina de otro costal es lo que tú hagas con las drogas y si las drogas son los suficientemente fuertes como para abatirte o viceversa. Crowley llamaba a las drogas “el alimento de los fuertes” y ciertmaente lo es: consumirlas y sobrevivir, implica “ser fuerte”. Consumirlas y ser arrastrado por ellas, equivale a ser como una mierda bien aplanada, pero sin el como. El problema es que la droga psicodélica implica insertar algo exterior al individuo que genera una reacción química en su cerebro. Por mucho que Castaneda y su Don Juan lo plantearan de otra forma, la triste realidad es que en una reacción química no hay nada de espiritual ni por asomo. Castaneda y su “vía del guerrero” sedujo a muchos de mi generación. Algunos se quedaron en la cuneta, incluso en nuestro ambiente político. Recuerdo, con especial cariño a uno de ellos: era noble de España, neurótico obsesivo y, en tanto que tal, coleccionista. Había pertenecido a Fuerza Nueva en sus últimos tiempos y a Juntas Españolas más tarde. Acompañado por un título de nobleza, afortunado él, no tenía que vivir para trabajar. Florensá, era un gran lector y estaba escribiendo una obra que debería revolucionar el mundo en el que se movía: Metafísica del Coleccionismo. Él y su grupo habían leído a Castaneda y decidieron experimentar con drogas. El canuto primero, luego la búsqueda de marihuana cada vez más fuerte. Y más tarde la heroica. En el viaje sin retorno, su madre le pagó primero las dosis para evitar que tuviera que delinquir. Así se fueron varios millones del patrimonio familiar. Luego vivieron las curas de desintoxicación. Los altibajos. Las recuperaciones momentáneas seguidas de caídas cada vez más profundas. Finalmente me vino a ver un día. Fue al lavabo y estuvo allí durante más de media hora. Bruscamente reparé que hacía rato que permanecía dentro del lavabo y era evidente lo que estaba haciendo. “¿No se te ocurrirá colocarte, verdad?”, le pregunté intuyendo la respuesta: “¿Se nota mucho?”. Sí, se notaba demasiado. Pensé en llamar a su madre para darle la mala noticia de que su hijo volvía a meterse caña, pero aquella tarde estaba muy ocupado. Florensá se despidió de mí sacando fuerzas de flaqueza y en su rostro era visible una extraordinaria amargura y la sensación de haber fracasado en la vida. Carlos Castaneda y esa ficcion maligna que inventó -su “Don Juan Matos”- estaban en el origen de su derrumbe. El fin de semana no me acordé de Florensá. Pocos días después me comunicaron que había muerto aquel mismo día en que lo ví por última vez. Pocas horas antes le habían comunicado que estaba infectado con el VIH. Eran los tiempos en los que resultaba habitual que los toxicómanos compartieran jeringuillas. Después de ver se fue a un bingo de la Meridiana, y en lavabo se inyectó una sobredosis de gran pureza. Se había suicidado y cabía recordar aquellas palabras de Ginsberg en su “Ahullido”: “He visto a las mentes más lúcidas de mi generación destruidas por la droga, arrasadas por la locura”. Florensá era una de las mentes más creativas que he conocido.

A partir de estas experiencias, a nadie le puede extrañar que no sea muy condescendiente con las drogas, ni con los que proponen su legalización. La droga, la psicodélica, abre ciertas puertas, muestra que más allá del mundo racional y sensitivos, existe otra realidad. Para activar esa percepción hay que consumir drogas, por tanto lo que se genera es un estado de dependencia. Y nunca es bueno depender de algo. Es como aquel usuario de un peep-show que sabe que mientras siga colocando monedas en la ranura, la chati de turno seguirá contorsionándose más o menos sicalípticamente, pero en el momento en que deje de hcerlo, la cortinilla le vedará seguir viendo las formas de sus sueños. No hay nada como el sexo en vivo, sin cortinilla y sin tragamonedas. No hay nada como estar retozando directamente con la chati. Por lo mismo, lo que puede percibirse a través de la droga ni tiene nada que ver con la espiritualidad, ni con búsqueda alguna, salvo que no sea la pura búsqeuda viciosa. Sin embargo, las prácticas tradicionales permiten prescindir de la moneda y de la cortinilla y, por así decirlo, tomar el cielo por asalto. Pero aún así, en los primeros pasos de la práctica de la meditación es frecuente la aparición de visiones, los llantos o las risas incontenibles, las experiencias extrañas, ante las que los maestros y los textos clásicos alertan: no hay que fijarse en ellas, no hay que agarrarse a ellas, no hay que buscarlas, sino simplemente dejarlas pasar y considerarlas como el necesario entremés de lo que vendrá luego, pero, en modo alguno, confundirlos con el plato principal.

Aquella tarde estaba leyendo un volumen publicado por Editions Copernic, la editorial francesa vinculada a la nouvelle droite, sobre Julius Evola. Me había atascado en un frase del Canon budista Palí: “Consideró el Nirvana como Nirvana y habiendo considerado el Nirvana como Nirvana pensó: “Nirvana”, se identificó con el Nirvana, pensó como el Nirvana. Se dijo: “El Nirvana es mío” y se regocijó en el Nirvana. ¿Y esto por qué? a causa de su ignorancia te digo”. El mismo texto en otra traducción no pierde su enigmático sentido: “Considerando la extinción como extinción, aquel que vive la extinción y experimentando la extinción, aquel no conoce la extinción”<br /><br />. No hay forma de interpretarlo y era un fragmento interesante porque, solamente en este texto Evola hubo encontrado un sentido a la vida. Después de la Primera Guerra Mundial, tras sus experiencias como poeta y pintor dadaísta, no conseguía encontrar un sentido a este tránsito por la vida y pensó en el suicidio. Le salvó precisamente este texto hinduista. En caso de atasco, lo mejor es pegarse un polvo. Luego las cosas se ven con más calma. No es una frivolidad. Para que la meditación opere efectos benéficos es preciso, en primer lugar no buscar nada, situarse en una situación de completo abandono de sí mismo, y en segundo lugar poder vencer fácilmente la tiranía del cuerpo, dicho de otra manera, el cuerpo debe estar debilitado. Un polvo en ayudas siempre es un polvo en ayunas y tiende a agotar el cuerpo. Otros logran ese mismo estado mediante “maceraciones” y ayunos. El polvo es, desde luego, mucho más reconfortante.

Poco después abordé la meditación tal como venía haciendo en los últimos meses: primera adoptando una posición cómoda, luego regulando la respiración, finalmente pasando revista a cada parte de mi cuerpo, luego inhibiéndome de cualquier pensamiento, en definitiva, unos prolegómenos de 20 minutos acabados los cuales me envolvió una increíble sensación de negrura. Cuando se cierran los ojos siempre se sigue percibiendo algún tipo de tonalidad o color. En esta ocasión un negro más negro que el negro era lo único que alcanzaban a ver mis ojos. Luego la sensación de caída vertiginosa, más tarde el percibir discos cortantes que venían hacía mí y literalmente me rompían. Y, bruscamente, la convicción de que “dentro de mí no hay nadie”. Habitualmente dentro de uno pugnan por aparecer distintos yos: vemos una película y nos identificamos con el prota, leemos un libro y nos inhibimos de la realidad en un proceso de identificaciones con personas, situaciones o estados. Es lo que los marxistas llaman “un proceso de alienación”. Nos alienamos cuando dejamos de ser nosotros mismos, para ser otra cosa. O como decía el diablo en el Evangelio: “Mis yos son legión”. Hay un yo valiente, otro yo conservador, otro lúbrico, otro festivo, otro generoso, otro ególatra y muchos más hasta lo incontable; todos ello se van superponiendo uno tras otra, con una formidable cadencia van asumiendo el control de nuestro Ego, por eso somos capaces de las mayores heroicidades y cinco minutos después de las vilezas más miserables; por eso somos capaces de decir una cosa y pensar otra; por eso la individualidad está hecha por múltiples vectores orientados en direcciones diferentes y contradictorias y que, finalmente, se anulan. Cuando se tiene la convicción de que, al menos en situación de meditación profunda, se ha superado momentáneamente todo este ciclo de contradicciones y conflictos internos, cuando, en definitiva, “dentro de mí no hay nadie”, es cuando empieza a ser posible percibir el mundo con objetividad, tal cual es, lo único  que a fin de cuentas, vale la pena en este tránsito.

La fe es un impulso emotivo y sentimental, irracional, que nos ayuda a vivir. Tenemos fe en la existencia de un dios todopoderoso que premia a los buenos y castiga a los malos. Tenemos fe en el más allá, en la vida eterna, en el perdón de los pecados, en la resurrección de los muertos, en la compasión de Dios, en la Trinidad y en los Santos… y eso hace que, a fin de cuentas, eludamos plantearnos cualquier problema sobre la trascendencia, simplemente porque tenemos fe en que nuestra “fe” es la fe verdadera. y la vida feliz que no conocemos ahora la conoceremos en el futuro a la diestra de Dios Padre. Además sirve, sobre todo, para mantener la cohesión y el orden social. Todo exoterismo es, a fin de cuentas, el intento de dar una sanción superior a un sistema de creencias que garanticen la estabilidad social. Si esa es la única forma para asegurar que no nos matemos unos a otros, para que no nos robemos sistemáticamente, bienes, propiedades y mujeres de prójimo a prójimo, para que no hagamos de la mentira una tradición, hay que reconocer que la religión es un invento genial. Más aún, si la religión sirve como puerta para que muchos entren en la vía del esoterismo, esto es, en la vía de la experiencia interior, el invento es, simplemente, genial, y útil para todos. A fin de cuentas el ateísmo puro y simple lleva a un nihilismo absoluto. No hay Dios. Vale, no hay Dios. No hay alma. Bueno, pues no hay alma, total para lo que la utiliza la mayoría de la gente que ni se ha enterado que la tiene, ni sabe para qué sirve, ni ha leído el folleto explicativo sobre su modo de empleo. ¿Qué no hay más allá? ¿y eso qué puede importar para los que no aspiramos más que a vivir el aquí y el ahora? De acuerdo, no hay nada de todo esto, la religión es una ficción ad hoc y nada más. ¿Cómo convencemos a la peña de que no mate, no robe, no mienta y, en general, no sea borde? ¿Mediante la coacción y la ley, vendiendo una ética que ni siquiera quienes lo venden respetan? ¿mediante la educación para la ciudadanía? Amos, anda… Mejor una ficción que, en general, se ha mostrado útil a lo largo de la historia, que la racionalidad que nos proponen ateos, agnósticos, librepensadores y positivistas que, no es que cree monstruos, sino que, de natural, ya tiende a ser montruosos.

La religión es un sistema casi perfecto y extremadamente simple: ayuda a mantenerse en pie gracias a lo irracional. El problema es doble: evidencia un bajo perfil espiritual y en segundo lugar, si por cualquier motivo, se pierde la fe, luego ya no hay forma humana de recuperarla. Además, contrariamente a sus pretensiones, la historia enseña que los sistemas religiosos no son eternos, nacen, crecen, evolucionan, declinan y mueren para ser sustituidas por otros. Es la rueda del zodiaco, hasta ahora no hay religión algura que no haya nacido de la combinación de símbolos zodiacales. Como si se tratara de un plano para orientarse en lo que vendrá. Desde hace 100 años se habla de la decadencia de Piscis-Virgo, signos antagónicos de los que se ha extraído lo esencial del cristianismo. Nos dicen quienes entienden de esto que viene Acuario-Leo, la polaridad siguiente y  que gobernará durante los próximos 2.125 años, lo cual no es poco. Acuario, la humanidad; Leo, la jerarquía. Quizás sea cierta la última profecía de la pithya de Delfos: “Un día Apolo volverá y será para siempre”. Para un tipo cuya vida dura en la mejor de las hipótesis 100 años, 2.125 pueden ser considerados “siempre”. La trascendencia está en cualquier parte, puede ser vivida en la soledad y en la estabilidad de una sesión de meditación y también en un ferrocarril metropolitano a una hora punta. La ventaja del paganismo clásico es que recomendaba la naturaleza salvaje como expresión directa de la trascendencia y como forma más accesible para alcanzarla. Haga montañismo, vaya con frecuencia a la montaña y lo comprobará. Creo que el viejo paganismo volverá y que determinadas formas de ecología y determinados deportes pueden ponernos en la pista de la trascendencia mucho más que todos los sacramentos y las docenas de iniciaciones del budismo tibetano.

A pesar de estar tonsurados, de haber recibido la iniciación sacerdotal y vestir hábito, los escolapios que tuve constituyeron para mí verdadera máquinas para hacer perder la fe a sus alumnos. Nunca más la recuperé. Hice esfuerzos por restablecer un vínculo con la fe que había ayudado a vivir y a morir a mis padres, con la fe de mi linaje, con la fe que había caracterizado a mi pueblo a lo largo de la historia. A falta de lecturas en La Santé, le pedí al cura de la prisión un ejemplar de la biblia en castellano y tuve con él unas cuantas conversaciones. Casi lo consigue, pero no, la fe es como la virginidad, una vez verdida no hay pegamento que te la re-ligue. La lectura de la Biblia tan sólo me sirvió para apreciar las pocas páginas de El Cantar de los Cantares, algunos de cuyos versos me había repetido tantas veces mi padre durante la infancia: “Vanidad de vanidades, todo es vanidad”. Ni los salmos, ni las peripecias de los judíos yendo y viniendo por el desierto, ni el puteo del que fueron objeto por su dios, causaron en mí la más leve emoción. Intenté recuperar la fe de mis antepasados, pero no lo conseguí. Había hecho bien en abandonarla oficialmente cuatro años antes cuando solicité a aquel simpático sacerdote diocesano el “certificado de apostasía”. A fin de cuentas, el honor es más importante que la fe y el honor se pierde cuando lo que se hace no está en consonancia con lo que se piensa. Blas Piñar no lo vio así y me expulsó del partido. A decir verdad, Blas pensaba justo lo contrario de lo que yo pensaba en esa época en materia religiosa. Una buena dosis de realismo me hubiera simplemente ahorrado entrar en Fuerza Nueva a la vista de que el partido y su líder eran no solo católicos, sino católicos a machamartillo. ¿Por qué entré? por que había una tarea política por hacer yaunque su resultado no tuviera nada que ver con la Iglesia, si era cierto que, en mi primer contacto con Fuerza Nueva percibí rápidamente que, aun habiendo gente con una fe acrisolada, la inmensa mayoría vivía la religión con una indiferencia completa, y el nivel medio de práctica religiosa se situaba en un escalón quizás ligeramente más alto a la media de la sociedad española de la época, pero, en cualquier caso, bastante bajo.

Existía una contradicción creciente entre las gentes que llegaban a Fuerza Nueva atraídas, más que por los méritos del partido, por las dificultades y desajustes generados en la transición y por la sensación de que aquel período era duro y, en comparación con el cual, el franquismo era un ideal. En esto radicaba el drama del partido:  de un lado en que existía una contradicción entre los intereses y motivaciones de las bases del partido y los de la dirección, y de otro en que a medida que los desajustes de la transición fueran desapareciendo y el sistema entrara en su fisonomía definitiva, esto es, a medida que el franquismo quedara atrás, el partido iría perdiendo “tirón”. Lo mismo ocurrió con el Movimiento Social Italiano a partir de los años 90: este partido tuvo como sustrato a los partidarios y simpatizantes de la República Social Italiana. Lo esencial de su electorado había salido de ahí y cuando empezó a mermar, por el paso de la dama de la guadaña, no tuvo más remedio que renovarse o morir. Fini optó por la senda de la renovación y en eso está. Fuerza Nueva hubiera podido seguir el mismo camino con el paso del tiempo de no huber tenido esa percepción tan particular  y excéntrica del franquismo como nacional-catolicismo y supeditase la acción política a la creencia religiosa.

Este no es un análisis a posteriori: era el que un grupo de camaradas hacíamos a principios de 1976. Se imponían dos líneas de trabajo: intentar que el eje de la “derecha nacional” (esto es de lo que hoy se llama “patriotismo social” y “derecha no liberal”) no basculara tanto en torno a Blas Piñar y procurar que el partido adoptara una línea “más política” y “menos religiosa”. Y fue en función de estas consideraciones como algunos camaradas que manteníamos contactos informales fuimos ingresando en Fuerza Nueva a lo largo de 1976.

En Fuerza Nueva

Había ingresado en Fuerza Nueva año y medio antes, hacia mayo de 1976. Asistía a una especie de acto en el antigua local del SEU de calle Canuda, tomé la palabra aludiendo al divorcio creciente entre el papel del rey asignado por Franco y el que había adoptado una vez muerto, me aplaudieron y, como en la época uno era sensible a estos halagos, me afilié. Escribía habitualmente en el semanario Fuerza Nueva (que había comprado ocasionalmente desde los 15 años) y era conocido entre la delegación de Barcelona por los artículos, pero no personalmente.

Hacia mediados de 1970, por iniciativa de Javier Antoja se había constituido en Barcelona el grupo Fuerza Joven, rama juvenil de lo que entonces era un círculo informal que rodeaba a Blas Piñar. Deberían ser no más de 15 jóvenes que disponían de un despacho en el local de la Hermandad de Alféreces Provisionales de la Gran Vía. Allí estaba también la ciclostil en la que editaban un boletín mensual o poco más. Repartían algunos panfletos y, sobre todo, acudían a los mítines de Blas. Todos ellos eran católicos tirando a ultramontanos y todos ellos sin duda bienintencionados pero con muy poca experiencia política. Había algunas chicas de buen o de buenísimo ver. En llegando a la Semana Santa una de ellas me llamó, era encantadora en todos los sentidos. Me invitó a quedar con ella. Lamentablemente era para que la acompañara a una procesión en el barrio de Sans. En aquel tiempo, prácticamente todas las parroquias hacían su procesión particular. Abría el cortejo la cruz y detrás alguna imagen particularmente notable de la iglesia, luego seguían las autoridades de riguroso uniforme: el jefe local del movimiento, el jefe de la Guardia de Franco, y así sucesivamente. En uno de estos saraos devotos conocí a Javier Gracia portando una cruz extraordinariamente grande y de aspecto pesado. Me dio la sensación de estar a punto de herniarse por el esfuerzo. De no ser por las cuerdas que ataban los brazos a derecha e izquierda, se le hubiera venido abajo el Cristo, la cruz y el INRI.

Aquel era un grupo formado por gente encantadora, pero era muy heterogéneo, la prueba es que pocos años después cada uno de ellos había adoptado un rumbo diferente. La hermana de Antoja era wagneriana y la tenía vista por los pagos de CEDADE. Otro, ya fallecido prematuramente, solía ir con camisa azul incluso dentro del local y terminó en la Falange Auténtica. Curro, pasó al PENS, como ya he dicho, y unos años después me lo encontré en un corredor de metro vendiendo Combate, la revista mensual de la Liga Comunista Revolucionaria. Antoja, tras un par de años de coordinar el grupo se retiró casi completamente de la actividad política y no tuvo protagonismo alguno en Fuerza Nueva durante la transición. De la rubia encantadora no volví a tener noticias tras la procesión, la supongo casada o recasada con familia numerosa.

El local de los Alféreces provisionales era un amplio entresuelo dominado por una enorme sala para casi un centenar de personas y un bar anexo para otro tanto. El resto eran despachos ocupados por las Hermandades de Ex Combatientes de las que, sin duda, la de Alféreces era la más poderosa. A unas ocho manzanas de allí, se encontraba un discreto quinto piso, en la misma Gran Vía, sede de la Hermandad de la División Azul, mucho menos influyente, pero mucho más militante. La primera institución estaba gerenciada por falangistas moderados, alejados de gesticulaciones revolucionarias y que, habían tenido su parcela de poder bajo el franquismo: allí se encontraban afiliados muchos concejales y ex concejales del ayuntamiento de Barcelona. Algunos pasaron a Alianza Popular, otros a UCD y sólo unos pocos a Fuerza Nueva. Los divisionarios, en cambio, más broncos y activistas, pasaron en bloque a Fuerza Nueva que aportó lo esencial de los altos mandos del partido en Barcelona.

En cierta ocasión, algunos miembros del PENS habíamos quedado citados en el local. Al lado nuestro había llegado un negro (aunque lo políticamente correcto es llamarlo subsahariano, el color de su piel legitima a llamarlo negro con toda la propiedad del mundo y sin rastro alguno de hostilidad, discriminación o racismo). Era habitual de la Hermandad de la Legión. Pidió una cerveza, el cantinero se la sirvió y debió caer algún fragmento de vidrio del cuello de la botella en el interior del vaso, porque al beberse de un trago el contenido, inmediatamente dio signos de que se estaba ahogando o lo que era peor, de que algo le estaba poniendo en un trance apurado. El cantinero llamó a la ambulancia y ahí quedó todo. Sin embargo, corrió el rumor en la Hermandad de que los del PENS habían “apalizado a un negro”. Entre episodios como éste y los asaltos a las librerías firmados por el PENS pero realizados por gente próxima a la Guardia de Franco, empezábamos a tener una fama tan endiablada como falsa.

El idilio entre la Hermandad de Alféreces y Fuerza Nueva no se prolongó excesivamente. Las hermandades de ex combatientes sostenían la curiosa e increíble teoría de que ellas “no eran políticas”. Bajo el franquismo, nadie era “político”: el ejército se declaraba apolítico, la policía gustaba presentarse como una institución profesional, en la Iglesia nadie quería ver nada político o que supusiera un apoyo al régimen, la educación era, por supuesto, apolítica, como apolítico era también el Frente de Juventudes, la OJE y el sindicalismo vertical. Y ya, en el colmo del desenfoque, el propio Movimiento Nacional de FET y JONS no era un “partido”, sino la “comunión” de todos los españoles en los ideales del 18 de julio… Había gente que todo esto incluso se lo creía. Fuerza Nueva, que sí era “política”, tuvo que cambiarse del local de los Alféreces al del SEU (que hacía 15 años que no existía, salvo el restaurantillo para estudiantes de pocos recursos que siguió abierto hasta que murió con Franco).

Era 1976 y, como joven que todavía era, me tocaba estar en la rama juvenil de Fuerza Nueva. Desde que Antoja se retirara a la vida privada, el partido no había conseguido cristalizar un grupo juvenil. Ahora se trataba de reconstruirlo e impulsarlo. Había una buena base militante de en torno a 50 personas y media docena de cuadros algo fogueados. Con todo, no me hacía excesivas ilusiones –quien se las hace no deja de ser un iluso- sobre el futuro del partido. De hecho, conocía a Blas Piñar desde 1970. Lo fui a ver junto con Enrique Molina otro dirigente del PENS en Badalona, a unas “jornadas” que organizaba la revista Fuerza Nueva en el Valle de los Caídos. Le preguntamos como veía la situación política y, aun sin lograr recordar exactamente sus palabras, recuerdo, sí, que salimos tirando a decepcionados. Para colmo, el entonces jefe de Fuerza Joven que si no recuerdo mal era Fernando Abollado, cuando le preguntamos sobre estrategias de lucha contra el comunismo, nos explicó con una seriedad pasmosa que “el comunismo es el brazo ejecutor del diablo contra la cristiandad”, respuesta que aumentó todavía más nuestro escepticismo en relación a Fuerza Nueva. Había gente, pero muy heteróclita y, poco aprovechable políticamente. Con esa impresión indeleble volvimos a Barcelona. Manteníamos en esa época contactos con José Luis Jerez, que nos había sido presentado por Della Chiaie que era redactor de la revista semanal.

En los años que siguieron y a la vista de los discursos que oíamos en mítines de Blas y de las columnas de la revista aumentó nuestra sensación de que aquel grupo aspiraba sobre todo a realizar una tarea pastoral y a difundir mucho más el catolicismo que pensamiento político alguno, por más que para ellos el catolicismo fuera, en sí mismo, una definición política. En aquellos momentos, la Iglesia de Paulo VI también se había declarado –para variar- apolítica. De hecho, todavía creo que Blas Piñar eligió una vía errónea a la vista de sus creencias más profundas. Probablemente le hubiera cuadrado mejor formar algo parecido al Movimiento Neo-Catecumenal de Kiko Argüello o a los Legionarios de Cristo, o si se nos apura mucho, a la asociación Familia, Trabajo y Tradición creada en Brasil por Plinio Correa de Oliveira. En todos estos grupos, nadie se llamaba a engaño: el carácter religioso aparecía por encima de todo y, desde luego, muy por encima de su aspecto político. Esto le hubiera permitido a Blas Piñar contar con un fuerte movimiento de matriz religiosa que en pocos años y a la vista del verbo fogoso de Blas, hubiera podido ser hegemónico entre los grupos católicos y, sobre todo, hubiera dejado libre el espacio político para opciones menos marcadas desde el punto de vista religioso.

En aquella época, yo había advertido sobre esta deriva del partido. Envié algún informe a Madrid en el que recordaba que en un partido político obligado a actuar en un marco democrático lo que cuentan son los votos y que la adscripción de Fuerza Nueva al catolicismo tradicionalista nos reducía, en el mejor de los casos a disputar un 5% del electorado que se identificaba con esa opción. Sostenía que el partido debería defender una ética y una moral, mucho más que una religión concreta. Pero esa, ni era la opción mayoritaria dentro del partido, ni siquiera la admisible. De ahí, primero mi puesta en el índice y luego mi expulsión.

Vale la pena introducir aquí una breve interpolación sobre Montejurra 76.

(c) Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.eshttp://infokrisis.blogia.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar procedencia





Ultramemorias (VIII de X) Visicitudes políticas en la transición (2ª parte)

4 06 2009

Tras la muerte de Franco, el grupo informal de camaradas que estábamos en situación de “disponibles forzosos”, éramos bastante críticos con Blas Piñar. Nosotros habíamos conocido los últimos años del régimen franquista y, ciertamente, no era como para echar cohetes. El régimen, por lo demás, había tenido distintas etapas de evolución (el falangismo imperial de los primeros momentos, el nacional-catolicismo a partir de Stalingrado cuando se ve que el Eje va a perder la guerra y Franco evita identificarse con los que intuye futuros perdedores, luego el período desarrollista a partir del abrazo efusivo con Eisenhower, etc.), el “franquismo” era un perpetuo adaptacionismo político. Nosotros pensábamos en aquella época que no había habido “franquismo” sino “los franquismos”. El error de Blas había consistido en identificarse con una etapa histórica del régimen y con un aspecto del mismo (el que abarcó desde 1943 hasta 1956 (de la eyección de Serrano Suñer a la firma de los acuerdos con los EEUU) y extrapolar ese período a la totalidad del franquismo en una generalización abusiva.

El propio Blas había tenido sus más y sus menos con el régimen y el hecho de que el único cargo político que ostentara fuera el de Presidente del Círculo de Cultura Hispánica, indica muy a las claras que Franco, incluso compartiendo sinceramente los mismos ideales religiosos de Blas, huyera de todo tipo de exaltación. Y Blas Piñar solía aparecer en los medios, frecuentemente, como un exaltado nacional-católico. ¿Lo era? Era rigurosamente cierto que a Blas le interesaba mucho más la religión que la política y su visión del catolicismo era integrista y ultramontana: entre Trento y el Vaticano II, Blas se quedaba con Trento a pesar de que el “aggiornamento” de Roma marcara otra vía.

El catolicismo integrista de Blas enajenaría simpatías y haría que Fuerza Nueva jamás pasara de ser un grupo anecdótica y nostálgico del “franquismo”. En 1975 el núcleo de camaradas que solíamos vernos y comentar todo esto no utilizábamos etiqueta alguna, tampoco realizábamos ningún tipo de actividad militante. Simplemente, “buscábamos”. Pero hacia marzo de 1976 había una cosa que estaba clara: el régimen empezaba a entrar en fase de autodemolición. La oposición democrática, aun sin tener la fuerza social suficiente como imponer la ruptura democrática, había impuesto su legitimidad y actuaba prácticamente como si los partidos estuvieran legalizados. Nadie, ni siquiera quienes se consideraban sus más leales servidores solo un semestre antes, estaban dispuestos a jugarse su futuro político por una frase en defensa del antiguo régimen del que ellos, por otra parte, seguían alimentándose.

Algunos entendíamos que se abría un período nuevo. Debíamos de habituarnos a trabajar como un partido político democrático. Una más entre otros muchos. A fin de cuentas no era nada raro: en Italia estaba el MSI que, para nosotros, era el modelo y en Francia Le Pen daba sus primeros pasos. Teníamos, pues, muy claro, cuál debía ser el modelo organizativo y nos preguntábamos, no sin cierta dosis de angustia, si Blas Piñar era el hombre que requería la situación. El MSI había alcanzado un 14% de votos y se mantenía habitualmente por encima del 10%. Era una buena cuota electoral, de hecho envidiable. Pero ese objetivo chocaba con la realidad de Fuerza Nueva cuyo elemento central era el nacional-catolicismo, el recuerdo del franquismo y poco más. Y si eso era así era solamente porque Blas Pilar tenía justamente esos mismos ideales.

Para nosotros era evidente que con Franco, había muerto el franquismo y que el régimen jamás hubiera podido prolongarse más allá de la muerte de su fundador. La mente más preclara de la última década del régimen había sido Carrero Blanco que ya a finales de los 60 previó un futuro democrático para España. Democracia, sí, pero limitada, hasta los socialistas, nada con los comunistas. Ese mismo esquema se había aplicado en Alemania sin problemas. Carrero intentó, mediante el “asociacionismo político”, organizar a la derecha ante una izquierda que se había organizado en la clandestinidad. Pero Carrero había saltado por los aires y todo el problema era intuir cuánto tiempo iba a tardar el régimen en desmantelarse completamente: yo opinaba que en dos o tres años del franquismo sería un recuerdo. Della Chiaie, por el contrario, creía que los plazos de desmantelamiento del régimen serían más dilatados. Otros pensaban incluso que el ejército no dejaría que se consumara una transición hacia la democracia. Alfredo Alemany, por ejemplo, era de los que cada vez que íbamos a Madrid, nos contaba alguna supuesta y/o real conspiración militar con todo lujo de detalles, profusión de nombres y detalles chuscos. Entre 1976 y 1981, el “golpismo” estuvo a la orden del día especialmente en Madrid.

¿Qué tiene que ver esto con Montejurra 76? Mucho. Della Chiaie era un buen amigo de Sixto Enrique de Borbón. Se conocían desde hacía tiempo y habían hecho buenas migas. Nosotros no lo conocíamos, pero Della Chiaie garantizaba que era un tipo valiente, amigo de sus amigos, con un alto sentido del honor y de la lealtad y que, era una pena, que teniendo cualidades personales innegables incluido un evidente atractivo personal, redujera su ámbito de influencia a los altos muros del carlismo (que por lo demás estaba multifraccionado). Se trataba de promover la imagen de Sixto Enrique al rango de “hombre de la situación”. Católico, no hacía de la religión el eje de su discurso, sino que vivía la religión en sí mismo con intensidad pero sin estridencias; su educación era “europea” (habla todas las lenguas europeas y, al mismo tiempo, ha realizado estancias más o menos prolongadas en casi todos los países de Europa Occidental), y esto era importante porque ya entonces algunos solamente considerábamos como “dimensión nacional”, la europea.

Estábamos muy influidos por los escritos de Jean Thiriart, el fundador de Joven Europa y buena parte de los camaradas de la generación anterior a la mía habían pasado por las filas de esa organización que llegó a tener sección española y sede en Madrid a los pasos de la Puerta del Sol. Hasta 1969 (ó quizás 70), el grupo español de Joven Europa siguió funcionando dirigido por Pedro Vallés, un cántabro amigo de Thiriart. Durante el corto período del PENS nos habíamos puesto en contacto con él. Seguía utilizando el membrete de Joven Europa en el papel de carta. En realidad, el grupo de Thiriart se disolvió hacia 1966, pero le sucedió una revista La Nation Europeenne (y su edición italiana dirigida por Claudio Mutti, La Nazione Europea) en la que Thiriart había agrupado como corresponsales a los cuadros mejor preparados de la antigua Joven Europa. Vallés era uno de ellos. Thiriart, como digo, hacía que nos sintiéramos muy poco “nacionalistas españoles” y que entendiéramos desde 1973 que ante la política de los bloques que caracterizó la “guerra fría” y ante el boom de las comunicaciones que tuvo lugar tras la Segunda Guerra Mundial, el mundo se había empequeñecido y los Estados-Nación no respondían ya a las necesidades del nuevo momento histórico. Pero, en general, la extrema-derecha española era –y sigue siendo– furibundamente nacionalista, salvo en las franjas marginales de CEDADE, del PENS o de Joven Europa. El que Sixto fuera un hombre de educación europea, pero que, al mismo tiempo vástago de la familia real carlista, lo hacía muy receptivo a lo que nosotros llamábamos “dimensión europea”.

Así pues, jugar la carta de Sixto Enrique de Borbón para intentar ubicar en torno suyo a la extrema-derecha del post-franquismo era una opción, desde luego para algunos de nosotros más atractiva que la de Blas Piñar. Por eso se organizó el Montejurra-76. En el carlismo, Sixto tenía “partidarios” que lo trataban –y lo tratan– de Alteza Real. Para nosotros era, ante todo, un “camarada”, alguien que estaba junto a nosotros, que estaba con nosotros y que, cuando hacía falta se ponía al frente nuestro. En torno a Blas, percibíamos que se estaba formando (ya desde 1970) una especie de círculo de acólitos que lo consideraban como su líder, que habitualmente no le aportaban nada más que admiración y respeto, pero que en su gran mayoría eran incapaces de tener iniciativa propia y mucho de menos de expresar alguna idea contraria a la del gran timonel y líder máximo. Ese pequeño círculo de admiradores incondicionales fue fraguando con el tiempo y Blas solamente tenía contacto con la realidad política de su propio partido a través de ellos. Sí, era lo que por entonces se empezaba a llamar “el imperio de la braga” formado por una docena de mujeres, con varios títulos nobiliarios entre ellas, dentro del cual la propia esposa de Blas, Doña Carmen, tenía un peso decisivo.

Yo estaba en Barcelona y había oído hablar muchas veces y en forma despectiva del “imperio de la braga”. Estos comentarios solían venir de gente de Madrid que, por un motivo u otro, se la tenía jurada a Blas. Así que en aquella época y en los cinco años siguientes no estuve predispuesto a conceder el más mínimo crédito a todas estas habladurías. Hasta que en la cárcel de Alcalá-Meco compartí durante dos meses y medio módulo con un alto cargo de Fuerza Nueva implicado en el llamado “Caso Yolanda”, el más que desgraciado, trágico y triste episodio que marcó el punto de inflexión del partido piñarista. Este alto cargo, había estado durante tres años “en el ajo” y me confirmó estas habladurías en torno al “imperio de la braga”, utilizando él mismo el nombre y poniendo nombre, apellidos y, en su caso, título nobiliario a sus componentes. Con Sixto, en cambio, esto jamás hubiera ocurrido. Era un hombre de mundo que conocía lo que era la adulación y sabía distinguirla de la camaradería. El adulador suele ser un incapaz, arribista y oportunista de la peor especie que luego, una vez ha alcanzado la promoción a la que aspira, da el peor de los resultados. En Fuerza Nueva había demasiados de estos “yesman”, incapaces de plantear alguna objeción a Blas quien jamás tuvo “asesores” o “consejeros”, sino –por lo que pude ver y por lo que otros que estuvieron más tiempo y más cerca de la cúspide me confirmaron– aduladores o, en el mejor de los casos, admiradores incondicionales con el cerebro nublado por tanta adhesión incondicional.

Luego estaba el factor religioso. En aquella época era de la opinión de que, fuera cual fuera la orientación política de un militante, de lo que se trataba, a fin de cuentas, era que fuera una buena persona, alguien estable, con una ética y una moral, más que con una religión. A lo largo de los siglos, el fiel cristiano ha aprendido que puede cometer las mayores tropelías en la convicción de que basta arrepentirse poco después y recibir una absolución en vigor hasta la siguiente retahíla de putadas encadenadas. En lo personal podía entender que se me excluyera del partido por mi matrimonio civil, lo que ya me era mucho más difícil de entender era que quienes tanto celo católico ponían en la defensa de su fe fueran incapaces de toserme a la cara, utilizaran la sonrisa cuando me tenían de frente y la alternaran con la puñalaíca por la espalda en cuanto les daba el lomo, enviaran cartas a Blas poniéndome de vuelta y media  considerándome un peligro para las buenas costumbres de las gentes del partido. Y había algo más. Sigo casado con la mujer con la que contraje matrimonio civil en 1977. Han pasado 32 años y mi matrimonio goza de buena salud. Lamentablemente buena parte de los que subieron al altar en aquella época e incluso muchos de los que el propio Blas apadrinó, no pueden decir lo mismo. No puedo evitar situar la estabilidad familiar por encima de la forma contractual de mantenerla: pareja de hecho, matrimonio civil, matrimonio religioso, lo importante es su persistencia en el tiempo. La persistencia –por encima de las crisis inevitables en cualquier manifestación de lo humano- es lo que da la medida de la legitimidad del vínculo, mucho más que si es unión de hecho, cualquier otra forma contractual, o incluso sacramento.

Y si vamos a esto, vale la pena recordar cómo se resolvía la cuestión sexual en el partido. Los desplazamientos semanales de Blas para dar mítines en toda la geografía nacional arrastraban un séquito de militantes de Madrid y de provincias tras el líder máximo y gran timonel del partido. Se practicaba el turismo político que nos llevó de Asturias a Huelva y de ahí a Girona y más allá a Pamplona para ir a la semana siguiente a Madrid y a la siguiente tener un fregado de impresión en San Sebastián. Se solían desplazar los “jerarcas” del partido y parte del servicio de orden. En principio, católicos y no como yo, infames descreídos. Luego resultaba que, cuando los Piñar se iban a dormir, en el mismo hotel se sucedía algo parecido a una comedia de enredo. Las puertas de las habitaciones se abrían y cerraban, los chicos dejaban de estar con los chicos y las chicas no te cuento; el trasiego de una habitación a otra era impresionante. Allí se formaron parejas estables, inestables y mediopensionistas. La pareja formada en el mitin de Huelva dejó de serlo en el de Asturias y aquella chica tan maja que se lo montó con un jefe de “línea” de Fuerza Joven, luego se entregó a un delegado comarcal que abandonó armas y bagajes, esto es esposa e hijos, por aquel cuerpo serrano embutido en falda de tuvo, con tacón de aguja, medias de malla con costura trasera, camisa azul, preferentemente entallada y boina roja ladeada bajo la cual la chati alternaba sonrisa ingenua y/o picarona. Y todo ello sin solución de continuidad. A pesar de la moral católica, de los cantos a la castidad marital o a la contención que propagaban los paters del partido, en Fuerza Nueva se follaba tanto y tan bien como en cualquier otro partido en la época, o quizás más porque cuando el PSOE todavía no pensaba en cuotas, ni en listas paritarias, en Fuerza Nueva había en torno a un 30% de mujeres (que en el FNJ llegó a un 40%).

En muchas ocasiones todo este tejemaneje sicalíptico y voluptuoso tocó muy alto y muy cerca de la propia cúspide, así que era imposible que no esta no advirtiera que se fornicaba a base de bien, arruinando el principio de catolicidad del partido. Si uno se define como católico debe dar ejemplo, sino es lo más parecido a una mierda bien aplanada. O quizás era que se daba por supuesto que quien se lo montaba por la noche se arrepentía antes de misa de 8:00. A mí todo eso me pareció siempre de una hipocresía hipertrófica: o somos o no somos y somos –si eran– debían demostrar su fe católica siendo consecuentes con sus principios. Y si no lo eran –que buena parte no lo eran– el problema venía porque el partido misional y católico que Blas tenía en mente, en la base era algo muy diferente. Cuando aparecen contradicciones de este tipo, es como si en una peña madridista, la mayoría de afiliados fueran del Atletic, algo inviable, vaya.

Sixto Enrique, en cambio, no tenía fijaciones de este tipo. Era más accesible, menos complicado, más directo, especialmente para los que lo tratábamos como un camarada, más que como Alteza Real. Por eso lo veíamos en el primer trimestre de 1976 como una alternativa a Blas. El otro sector de las que entonces llamábamos “fuerzas nacionales”, el falangista, estaba acometiendo un complicado e irresoluble proceso de recomposición, pero las diferencias eran demasiadas como para que pudiera llegar a buen puerto. Raimundo Fernández Cuesta, seguía con su falangismo franquista en el Frente Nacional Español que no tardaría en obtener las siglas polémicas FE-JONS, cuando esas siglas representaban ya muy poco para la mayoría de los españoles. Diego Márquez y sus Círculos José Antonio, a fuerza dar y dar vueltas –no en vano eran “círculos”– en torno al problema de la unidad se estaban deshilachando hacia los hedillistas unos y hacia Raimundo por el otro lado. En cuanto a Sigfredo Hillers y su FE(i), torturado por los problemas de “ortodoxia falangista”, y escéptico respecto a cualquier maniobra unitaria, apenas levantaba cabeza. Tal era la situación del “sector azul”, por resumir, ante la cual era lógico que ninguno de nosotros se hiciera muchas esperanzas sobre su futuro: estarían así por tiempo indefinido despedazándose unos a otros, mientras España cambiaba de fisonomía política. Contar con alguno de estos grupos para intentos unitarios o explicarles que en el futuro no habría espacio para cualquiera de las falanges y un partido al estilo del MSI, era tiempo perdido. Ni veían, ni querían ver, ni aspiraban a ver nada más allá de un futuro azul mahón y de convertirse en propietarios de la sigla-fetiche FE-JONS que estuvo apunto de agotar el muestrario de vocales de la lengua española: “A” de Auténtica para los hedillistas, “I” de Independiente para los comilitones de Hillers. Si se hubiera podido contar con alguna de estas siglas, nada aseguraba que una vez en marcha, bruscamente sin aviso previo, te dejaran tirado y desembarcaran en un nuevo proyecto de unidad falangista. Lo dicho, por ahí había una vía muerta.

Luego estaban los franquistas moderados de extracción no falangista. Habían constituido media docena de asociaciones políticas que, increíblemente en aquella época, tenían, todas, su parroquia. Estaba el ex ministro de Obras Públicas, Fernández de la Mora, ex ministro de trabajo que había formado Unión Nacional Española, y luego Licinio de la Fuente que había creado otra asociación similar. Y Cruz Martínez Esteruelas. Habían sido “figuras” en el antiguo régimen y tenían su corte de partidarios. Además tenían una talla cultural bastante superior a la de la clase política actual y no ocultaban su intención de seguir activos en política. Blas movía a bastante más gente de base que ellos y solía aparecer mucho más en medios de comunicación, pero la excesiva carga que depositaba en el hecho religioso parecía a los otros –santos varones por lo demás y fervientes católicos todos ellos– como impropia para alumbrar un partido político con perspectiva de eficacia en la nueva etapa político que se adivinaba. Eran franquistas, sí, pero moderados y les gustaba poco que les compararan con los franquistas radicales al estilo de Blas que, además, tenía la mala costumbre de permitir que sus chicos jóvenes lucieran ostentosamente uniformes paramilitares, gorras carlistas, camisas azules, yugos y flechas, correajes, cantos, formaciones, desfiles de Pancho Villa y todo ese tipo de rituales propios de otro tiempo y que, era evidente que no encontrarían acomodo en el futuro. Para colmo de males, era un ejército sin disciplina ni cuadros, sólo con uniformes. Los chicos con demasiada frecuencia salían calientes de los discursos de Blas: “España se hunde”, “el enemigo asalta la fortaleza de la catolicidad”, “hay que hacer algo”, pero, en general, no quedaba claro que era lo que había que hacer. Y esa parte, siempre permaneció inédita y con poca fuerza dentro del discurso general de Blas: votar a las candidaturas del partido y confiar en la providencia era desalentador para todos a la vista de los riesgos apocalípticos anunciados en los párrafos más encendidos del anterior del discurso. Al acabar y bien entrados los años 80, la mayor parte de la militancia, incluso los cuadros superiores del partido (o de lo que quedó de él tras la disolución) seguían pensando que los socialistas eran “lobos con piel de corderos” e incluso tuve que soportar que Valero Bermejo, uno de los prohombres de la Confederación de Combatientes me afeara públicamente el hecho de haber aludido al gobierno “socialdemócrata” de Felipe González en lugar de a “marxistas y comunistas”. Lo achacó a “mi juventud”. Yo achaqué lo suyo a que en lugar de leer la prensa, leía El Alcázar que era la garantía de andar desenfocado por la vida. Y era 1984. El PSOE había renunciado al marxismo seis años antes, Ruiz Mateos ya había sido expoliado en beneficio de “los amigos”, algunos de los cuales –como el venezolano Gustavo Cisneros– tenían tanto de “marxistas” como San Juan de Capistrano o el Padre Damían, apóstol de los leprosos, de puteros y vividores. No era raro que los Licinios, los Fernández de la Mora y demás, experimentaran cierta aprensión a este tipo de análisis y no se vieran bajo el rótulo “Fuerza Nueva”.

De ahí el riesgo de que Blas y sus prácticas siguieran como eje de la derecha nacional. Podía intentarse la carta de Sixto Enrique en Montejurra 76. Durante el franquismo, los carlistas se habían fracturado casi tanto como los falangistas. A finales de los sesenta aparecieron los GAC, Grupos de Acción Carlista, una especie de ETA con boina roja que cometió algunos atentados antes de ser medio desarticulados. Los vientos del 68 francés trajeron la moda de la autogestión y el federalismo y una parte del carlismo, organizada en Partido Carlista empezó a adoptar una línea similar a la que los hedillistas habían seguido en el medio falangista. Desarrollaron una extraña teoría en la que foralismo se confundía con federalismo, la autogestión suponía que la mano de Dios había tocado a la empresa, la patria era la España plural cuando Zapatero todavía iba con pantaloncito corto y vestido de marinerito en su primera comunión, ¿y el rey? Los carlistas de izquierda terminaban defendiendo la aspiración de Carlos Hugo de Borbón (hermano mayor de Sixto Enrique) a ser coronado rey de España, por aquel único argumento de la “legitimidad”. Desde 1973, los carlistas de Carlos Hugo participaron en todos los saraos de la “oposición democrática” (en tanto que movimiento que todavía tenía cotas de popularidad en el Norte a diferencia de los falangistas que siempre, incluso los más a la izquierda, inspiraron desconfianza del PCE a causa de que nunca estuvieron en condiciones de renunciar a su simbología fascista y aquellos que lo hicieron, como el FSR, eran demasiado broncos, demasiado obsesionados con el sindicalismo como para que pudieran plegarse a un programa exclusivamente político como el de la Junta Democrática de España).

La situación en abril de 1976 era la siguiente: el franquismo se desmantelaba a marchas forzadas, la oposición democrática –en la que el PCE era, con mucho, el grupo mayoritario, más homogéneo y más coherente– avanzaba cada día un trecho, las “fuerzas nacionales” no lograban salir de su estado de postración, desmoralización e incredulidad sobre lo que estaba pasando. Era preciso dar un aldabonazo: demostrar que podía resistirse a la ofensiva de la izquierda y, por primera vez, desde noviembre de 1975, cerrar el paso a la izquierda ¿dónde?: En Montejurra a donde en los últimos años, más que carlistas, lo que acudían a aquel tradicional acto, eran grupos de toda la oposición democrática. Acudir a Montejurra era la mejor muestra de que se estaba dispuesto a recuperar el terreno perdido. Y eso prestigiaría la figura de Sixto Enrique como alternativa a Blas. Por eso se organizó la Operación Reconquista. Si esa era la intención, luego todo se torció. Y no está claro ni el por qué, ni el cómo.

Lo que se trataba era de realizar una concentración de masas en Montejurra, no de matar a nadie. Es innegable de dónde partieron los disparos que en la campa de  Estella acabaron con la vida de Aniano Jiménez, pero no está tan claro lo que ocurrió entre la niebla en las faldas del Montejurra donde murió Ricardo García Pelejero. No estuve en Montejurra (nadie me avisó, o mejor dicho, la persona encargada de hacerlo, prefirió no hacerlo para evitar, a su vez, que yo le obligara a ir a un episodio que se preveía duro), pero años después comentando con Sixto Enrique el episodio me reconoció que ignoraba por completo lo que había ocurrido entre la niebla y de dónde vinieron los disparos. A mí no hubiera tenido por qué ocultármelo. Y no es que me estuviera insinuando que los partidarios de Carlos Hugo o los miembros de la oposición democrática también iban armados, sino que muy posiblemente se produjo una intervención completamente ajena a los dos grupos. Hay otro elemento que refuerza esta hipótesis.

Se habló de “mercenarios internacionales” que participaron en la concentración al lado de Sixto. No es cierto. La palabra “mercenarios” implica remuneración interesada, los extranjeros que estuvieron allí lo estuvieron por convicción. Y aquí viene la cuestión clave. En las fotos publicadas el lunes siguiente al incidente en la campa de Estella pude distinguir con claridad a Augusto Cauchi (un italiano exiliado al que yo mismo había introducido en España) detrás del carlista que fríamente había disparado a quemarropa contra Aniano Jiménez. Algo más atrás podía verse con claridad a otro camarada francés, ex miembro de la OAS, Jean Pierre Cherid que luego participaría en la peripecia de los GAL, muriendo en la aventura. Sin embargo, en aquel momento, ni la prensa, ni el ministerio de gobernación, ni los servicios de inteligencia nacionales o extranjeros, filtraron noticia alguna sobre la presencia de todos ellos. Tampoco se produjeron órdenes de busca y captura. Alguien puede pensar que en aquel momento, los resortes de la información y la seguridad en España estaban controlados por algún amigo de los implicados. En absoluto: quienes controlaban la seguridad del Estado en aquel momento eran los mismos que en el mes de diciembre de ese mismo año, sin embargo, a poco de iniciarse el mes, Cuadernos para el Diálogo publicó esas mismas fotos con los nombres de los asistentes e hizo algo más, publicó otra fotos, inéditas hasta ese momento, tomadas con teleobjetivos de gran potencia en las que se veía, prácticamente en primer plano a Della Chiaie. ¿Por qué entonces no se publicaron y siete meses después sí?

La respuesta es muy simple: por que entre diciembre de 1976 y enero de 1977 se estaban calentando motores para dar el gran vuelco a la transición. Algún organismo de inteligencia estaba filtrando las fotos según las conveniencias políticas. En poco menos de 50 días aparecieron estas fotos inéditas en varios medios de prensa tomadas por las mismas cámaras siete meses antes (las más claras, solamente aparecieron en ese momento), se produjeron los secuestros de Oriol y Villaescusa, la llamada “semana trágica”, la liberación de los secuestrados y sólo unos días después, la detención de los implicados en la muerte de los abogados laboralistas de Atocha que salpicaba el entorno de Blas Piñar.

Contrariamente a la tesis aceptada generalmente, los distintos episodios de terrorismo que estallaron durante la transición no la ralentizaron sino que la aceleraron. A cada atentado producido, las fuerzas democráticas manifestaban su voluntad de cortar los brotes de violencia evidenciando “responsabilidad” y las fuerzas políticas herederas del franquismo aprovechaban estos episodios para desvincularse responsabilizando a la extrema-derecha y acelerando los tiempos de transformación del Estado franquista en democracia formal. La democracia llegó antes gracias a la ofensiva del terror desencadenada en 1976 y los primeros meses de 1977 e incluso, en el período que va entre las elecciones de junio de ese año y el golpe del 23-F de 1981 (cuando la democracia se asienta definitivamente con la desarticulación de las redes golpistas) el terror siempre –y digo siempre– contribuyó no tanto a desestabilizar como a estabilizar definitivamente.
Cuando estalla el terror sistemático y el riesgo a que te estalle una bomba en cualquier momento o te asesinen sin motivo aparente se convierte en el pan de cada día, la población tiende siempre a situarse bajo el paraguas protector del Estado y entregarse a él aceptando los designios de sus gestores. Ni fue la primera vez que alguien utilizó la estrategia del terror para acelerar los tiempos, ni sería la última.

En Montejurra, fallaron muchas cosas. Y no todas fallaron ingenuamente o por negligencia. El encargado de invitar a Blas Piñar y a sus huestes al acto de Montejurra (ya fallecido y al que prefiero no mencionar), no lo hizo sino hasta última hora, cuando ya estaba comprometido en asistir a un mitin (si no recuerdo mal, a Molina de Segura). El servicio de orden del partido de Valencia (controlado en aquel momento por gente de nuestra tendencia), no pudo desplazarse a Navarra sino estar presente en esta población en donde el FRAP (otra formación equívoca e infiltrada por distintos servicios desde su fundación hasta bien entrada la transición) había convocado una “movilización antifascista”. Y sobre todo, hubo unos disparos absurdos entre la niebla que nadie asumió como propios y que iniciaron la cadena de “extraños atentados” que caminaron al paso con toda la transición.

Cuando se extinguió el último eco de los disparos en el Montejurra, Sixto Enrique era un personaje políticamente quemado. La prensa lo responsabilizó de contratar mercenarios extranjeros, de acudir al acto con voluntad homicida, de ser un desestabilizador en potencia. No había ya nada que hacer: el eje de la extrema-derecha, ya que no de la derecha nacional, giraría en torno a Blas Piñar. Martínez Esteruelas seguiría oficiando de intermediario entre la derecha liberal de Alianza Popular y Fuerza Nueva, hasta 1979. Fernández de la Mora, integrado primero en AP, se retiraría luego de toda actividad política dedicándose solamente a sus escritos. Otro tanto hizo Licinio de la Fuente cuya asociación se disolvería en el seno de AP. Se abría otra etapa en la que Fuerza Nueva sería el partido hegemónico.

© Ernesto Milà – Infokrisis – Infokrisis@yahoo.eshttp://infokrisis.blogia.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar procedencia.





Ultramemorias (VIII de X) Visicitudes políticas en la transición (3ª parte). Un jueves negro en las Ramblas

4 06 2009

En 1976 tenía 24 años, a pesar de rondar el entorno de Fuerza Nueva, por aquello de las contradicciones, me sentía más revolucionario que Bakunin en los mejores momentos de su exilio romántico o como Lenin en Suiza me atraía la ciencia insurreccional entre una visita a la Hermandad de Alféreces y un paseíllo por el local de Falange; pura contradicción y delirio, sin embargo, me nutría de Jünger leído en italiano y devoraba Las Olímpicas de Montherland la Nieve de Primavera del recién suicidado Mishima así como los textos de la nueva derecha francesa que caían en mis manos. Releía a Thiriart, que sustituyó ventajosamente a las obras completas de José Antonio que hacía tiempo habían dejado de ser un libro de cabecera. Nietsche me atraía, pero era incompatible con Evola y Guénon que, ya por entonces se habían convertido en mis autores de culto. la revista Elements  y Nouvelle Ecole publicadas en París por Benoist y su círculo nos abrían perspectivas doctrinales extraordinariamente amplias: Paretto, Mosca, Burnharm, Weber, Ruyer, Lupasco, Rougier…  que alternaba con una novelita de Drieu, un delicado poema de Brasillach y el mecagoentodo de Celine. Empezaba a escribir Había acabado ha principios de 1976 un trabajo de síntesis realizado a partir de un cursillo de formación de cuadros que nos organizó Delle Chiaie y cuyo título era Minimanual de la Luha Política. Ese sería mi primer “libro” con una tirada de 7 ejemplares…

En realidad no tenía siquiera intención de editarlo, pero Ángel Ricote, por aquel tiempo co-propietario de una imprenta, realizó y encuadernó una pequeña tirada. para los íntimos El libro estaba dedicado a “Alfredo y a sus camaradas de Avanguardia Nazionale que, aún en el exilio siguen estando en pie”. El texto, incluía dos anexos sobre la guerrilla urbana y la guerrilla rural que no estaban incluidos en el curso dado por Delle Chiaie, pero que desarrollé por mi cuenta. Eso me llevó a familiarizarme con las doctrinas marxistas. Leí a Carlos Magihuela, a Abraham Guillén y a todo lo que pude reunir sobre los tupamaros uruguayos. Hice otro tanto con lo que pude coger de La Tacuara argentina, de la experiencia de la OAS y, cómo no, del fascismo revolucionario. Estudié el desarrollo de la revolución de octubre de 1917 y de la larga marcha de Mao, me leí sus escritos militares y los del general Giap; el Ché me decepcionó a pesar de que aprendí toda su trayectoria (quién me iba a decir que años después yo mismo escribiría una biografía del Ché y recorrería los lugares en los que se había desarrollado su última y estrafalaria aventura); me procuré el muy escaso material que en aquel momento utilizaban las fuerzas armadas como textos ilustrativos de operaciones psicológicas. Y, claro está, acabé estudiando a Fanon y al FLN argelino, eso me llevó directamente a ETA. Era como regresar a casa. En febrero de 1976 me tenía por un especialista en estas materias y no creo que fuera una exageración considerarme así por mucho que mi formación en este terreno hubiera sido la de un autodidacta. Los conocimientos adquiridos en esa época me sirvieron de mucho en los años de exilio.

Debió ser más o menos en esos meses cuando me llamó Juan Bosch, a quien había conocido justo el día que el módulo espacial despegó de la luna. Estábamos en Lleida en un bar hablando con Bosh y con un tal Alaiz, ambos de la Guardia de Franco, cuando se dio la cuenta atrás para el despegue. El desfase de la señal de radio hizo que el minúsculo módulo diera la sensación de que no despegada durante un largo y eterno segundo. Bosch en aquel momento llevaba el pelo largo lo que le daba un extraño aspecto de indio cherokee, eso sí, sin plumas. Hicimos buenas migas e ingresó en el PENS cuando vino a Barcelona a estudiar. La disolución del PENS hizo que cada cual se fuera por su lado, pero durante un tiempo mantuvimos algún vínculo. En ese momento me invitó a dar un curso sobre “guerrilla urbana” a un grupo de chicos jóvenes que había reunido en torno suyo y que funcionaban con el peregrino nombre de Juventud Española en Pie, JEP por más siglas. Yo  en la época iba en plan misional dispuesto a enseñar el camino, la verdad, la luz y la vida política, así que accedí. La charla tuvo lugar en un local propiedad de Alberto Royuela que ya en aquel momento destacaba como subastero. Uno de los hijos de Royuela formaba parte de JEP. Había otros “figuras” de la época: Castillón que luego va por la vida firmando como “Valentín de Armas” en un intento de decir “que no soy yo, que es Valentín” y que, tras este breve paréntesis haría durante los siguientes cuatro años un recorrido paralelo al mío, Carlitos Oriente, el menor de la saga, y unos seis u ocho más, algunos de los cuales eran pintorescos en el sentido más desmadrado y atrabiliario de la palabra. Alguno estaba inmerso en la más profunda de las confusiones mentales y daba la sensación de ser una bomba de tiempo. En las semanas siguientes, efectivamente, se demostraría que esa intuición era correcta.

En un momento dado de mi charla sobre la “guerra de guerrillas” les expliqué que una de las tácticas era la llamada “interdicción” que consistía en hostigar reiteradamente al enemigo en una zona determinada para obligarle a huir de ella e impedirle toda implantación posterior. Y eso lo dije a cuento de la guerra del Vietnam y de la metodología utilizada por el Vietcong, sólo a título ilustrativo. No le di mucha importancia a esta parte de la conferencia que, sin embargo, se quedó grabado a fuego en la mente de Bosch. Unos días después uno de los asistentes a la charla vino a verme: “Deberías de ver a Bosch, está preparando una “interdicción” en las Ramblas y me temo que vaya a acabar mal”. En efecto, podía acabar mal. Bosch tenía en la época la mala costumbre de integrar a gente joven ofreciéndoles una sobredosis de activismo frenético en la que las acciones ilegales -que piadosamente podríamos llamar terrorismo de baja cota-, tenían una parte importante. Habían incendiado a cócteles molotov una barraca de mendigos, uno de ellos lanzó artefactos explosivos contra la librería PPC que estuvieron a punto de convertir en una tea a toda la manzana de casas con vigas de madera situada entre las calles Canuda y Santa Ana, dado que a pocos metros del incendio se encontraba un depósito de carburante de una panadería. Ese mismo individuo, que actuaba por su cuenta y para el que el JEP era sólo el grupo en el que contaba sus “hazañas” de psicópata clínico, lanzó otro artefacto explosivo contra la Sala Villarroel. La cosa iba in crescendo y, sorprendentemente, aunque toda la extrema-derecha barcelonesa sabía quien protagonizaba esos episodios, la policía no actuaba fulminantemente. Ni siquiera lo hizo cuando Bosch irrumpió en el local de los jóvenes del PSC-Reagrupament en calle Canuda apenas a 100 metros del local utilizado por Fuerza Nueva en esa época (el del SEU) en un episodio singular que vale la pena recordar porque pudo acabar aún peor de cómo lo hizo.

Esa tarde día había quedado en la zona con Augusto Cauchi, un exiliado italiano al que  introduje en España unos meses antes. Se trataba de hacerle un pasaporte y era necesaria una foto, así que quedé en llevarle al estudio de fotografía de un amigo que nos hacía trabajos de este tipo. Justo cuando estábamos a la altura de Canuda-Ramblas nos cruzamos a Bosch que iba acompañado de otros dos (o quizás tres) chavales muy jóvenes. “¿Cómo tú por aquí?” y me contestó, muy sonriente, algo que no terminé de entender: “Es que voy a ver a los del PSC para que me devuelvan unas fotos que tienen nuestras”. Ambos íbamos con prisa en direcciones opuestas así que no me paré, pero subsistió durante unos segundos la duda: “¿Qué coño me habrá querido decir? Creo que no lo he entendido bien”. Cauchi y yo seguimos con no nuestro, hicimos las fotos, esperamos que nos las revelaran, destruimos los negativos y regresamos Rambla arriba. Me despedí de él en Plaza de Catlaunya y regresé al local de Fuerza Nueva. Era de noche y algo parecía haber ocurrido unos metros más allá, frente a lo que podría ser el local del PSC. Y la cosa debía ser grave porque allí estaban bomberos, policía, ambulancias, en fin, y sobre todo mucha gente alarmada y buena parte con cara de susto y ese aspecto ausente que se le queda a la gente que ha sufrido un bombardeo o que ha sobrevivido de rasqui a una explosión nuclear. Me acerqué. Del portal del edificio hasta la ambulancia el suelo estaba tachonado por gruesas gotas de sangre. “Pobre noi, li han clavat un tir a boca de canó” lo que venía a ser algo así como que a un chaval le habían pegado un tiro enlos morros. Y entonces recordé a Bosch y la existencia de una pistola Astra del 9 mm, la tradicional “sindicalista”, con cañón de puro, que él afirmaba con una seriedad pasmosa que había pertenecido a Durruti.

Volví al local de Fuerza Nueva y me encontré a uno de los chavales que habían acompañado a Bosch en la primera parte de su aventura. En síntesis, resultó que uno de los clásicos “enteraos” que frecuentaban la extrema-derecha de Barcelona en la época, un tal Blanco, individuo de copiosa humanidad y aspecto tan orondo como marmóreo era su rostro (por lo de la dureza), les había explicado a los chicos del JEP que los jóvenes del PSC-Reagrupament habían elaborado un fichero sobre la extrema-derecha barcelonesa. Entonces entendí porqué Bosch me había explicado en nuestro breve encuentro que “iba a buscar unas fotos”. Visiblemente azorado, el “superviviente” me comentó que el tal Blanco les comentó que habitualmente apenas había nadie en el local, así que se pusieron los pasamontañas, llamaron al local y alguien les abrió. El efecto de los pasamontañas, en lugar de acongojar, suscitó bromas y adivinanzas: “Home, tu ets el Papitu, oi?”, a lo que Bosh argumentó aquello tan clásico de “Manos arriba, gilipollas”. Y el otro que nada, que se creía que todo era una broma.  Es lo malo que tiene ir a esos saraos encapuchado que luego no hay quien te tome en serio. “Vinga, collons, Papitu no fotis mes…”. A la tercera comprobó que no era Papitu y que de broma nada. Entraron en el despacho en el que, efectivamente, tal como Blanco les había explicado, apenas se encontraban presentes cuatro jóvenes del PSC. El problema es que, interiormente el local conectaba a través de una escalera con un piso superior en el que se estaba celebrando una asamblea casi de masas. Como ir a comprar un huevo y salir con doce docenas. Al oír los ruidos y las voces anómalas en el piso inferior empezaron a descender todos los asistentes. Bruscamente, los 4 se transformaron en 40. Los chavales jóvenes que acompañaban a Bosch se lo pensaron mejor y, sobre la marcha, dejaron correr el asunto. En cuanto a Bosch y a su pistola sindicalista, los encañonó a todos, pero, claro, cuarenta son muchos para amedrentar, así que cuando uno de ellos intentó abalanzarse sobre él, Bosch apretó el gatillo. Milagro del buen Dios porque, una bellota de 9 mm largo es suficiente como para volar una cabeza reventar un cráneo y dejar un surtidor de sangre. Afortunadamente el tiro tocó al cuello del joven socialista con una trayectoria que dejó la yugular a su derecha por no más de dos milímetros. Con todo, las heridas en cuello y cabeza son espectaculares y dejaron el reguero de sangre que había visto en el portal.

Al día siguiente la prensa unánimemente clamó contra la “violencia fascista” y no hubo departamento e prensa de la oposición democrática que no exhibiera su más violento comunicado contra la agresión. Y la policía como si nada. Bosch ni siquiera fue interrogado por el asunto, a pesar de que era imposible, repito, literalmente imposible, que la policía no se hubiera enterado de quien había protagonizado el episodio. Cabe decir que sobre Blanco y sobre alguno más que componía el JEP corrían serias sospechas de que no eran trigo limpio. Algunos creíamos en la época que se debía a que eran pequeños delincuentes, estafadorcillos del tres al cuatro o simplemente chivatillos a cuenta de vaya usted a saber quien.

No recuerdo si antes o quizás después de ese episodio, hablé con Bosch sobre lo de la “interdicción” en las Ramblas. En esa conocida vía barcelonesa, entre la fuente de Canaletas y la calle Canuda, solían situarse hacia eso de las 19:00 horas decenas de militantes de partidos de izquierdas que, si bien aun no estaban legalizados, tampoco les obstaculizaba nadie la difusión de su propaganda. Colocaban sus mesas, repartían sus revistas y hostigaban a todo fascista que apareciera por allí. En el primer cuatrimestre de 1976, Canaletas fue “zona roja”. Bosch lo que planteaba era colocar un cancarrazo de goma-2 en la zona para que la zona quedara “interdicta” para la izquierda. Lo que implicaba unos cuantos muertos o acaso varias docenas… Y no era el caso. Aunque yo no tuviera nada que ver con el JEP, ni mucho menos con plantear el atentado, era evidente que, una vez cometido el crimen les preguntarían quién les había enseñado eso de la “interdicción” y ya estaríamos otra vez con situaciones policiales incómodas. Cuando hablé con él, ya se le había pasado lo de la “interdicción” y su cerebro ya estaba maquinando otras orgías activistas.

Bosch era un tipo valiente que jamás no daba marcha atrás aunque se le cayera el mundo encima; eso, el ir “con dos cojones”, el “tenerlos cuadrados”, o “dos cojones como dos melones”, se valora mucho en el universo ultra; con todo, algunos de sus razonamientos eran completamente excéntricos. Yo lo tenía por un exaltado, imprevisible e incontrolable. Durante la época del PENS, habíamos colocado en varias ocasiones carteles en el patio de Ciencias del edificio de la Universidad en la plaza del mismo nombre. Bosch, en cierta ocasión, él solo asumió la tarea sentándose ante el cartel con una bolsa de El Corte Inglés entre las pierdas en la que era visible un contundente morgenster, una de esas armas medievales compuestas de mango de madera, cadena y bola de hierro con pinchos. A pesar de que en alguna ocasión había manifestado mis más serias dudas de que en caso de pifostio aquel artefacto sirviera para algo, lo cierto es que su mera imagen con los pinchos sobresaliendo entre los pliegues de una bolsa de plástico, era demoledor. En esto de la violencia, como en el erotismo, a veces es más efectivo amagar que en enseñar, insinuar mucho más que exhibir. Para algunos emotivos izquierdistas de Ciencias (Bosch estaba en Exactas) aquella bolsa contenía una ametralladora y para otros un pistolón. La intención de Bosch, con todo, no era ofensiva: quien osara arrancar el cartel se iba a encontrar con la bola empotrada en su frente. Por supuesto nadie se movió aquella tarde.

He de decir sobre esto que la izquierda universitaria adolecía de poco democrática: colocar un cartel que no fuera marxista o anarquista en un recinto universitario, implicaba en esa época y desde 1967 un inevitable reparto de hostias. Ellos actuaban amparados en su número y achacaban nuestro valor a que teníamos el apoyo de la policía. No era así. A mi me habían detenido demasiadas veces como para algún gilipollas pudiera verme como “apoyado por la policía” y en cuanto a Bosch si no lo habían detenido es porque lo estaban preparando para presentarlo como chivo expiatorio en lo que luego fue el Caso Papus.

En abril de 1976, la izquierda tomó la mala costumbre de intentar asaltar un día sí y otro también el local de Fuerza Nueva en la calle Canuda. Y la policía, como era habitual, no hacía nada para impedirlo. Entonces ocurrió el “jueves negro”, la mayor paliza colectiva que haya recibido la extrema-izquierda en Barcelona, a partir de la cual, para siempre y durante dos  generaciones renunciaron a hostigar el local y cualquier otro en el que se mudara Fuerza Nueva. Aquella represalia tuvo un efecto psicológico duradero, algo así como un trauma psicológico que desencadenaba una reacción de pánico. Más que trauma, para muchos de ellos, aquella noche, lo que sufrieron fue un traumatismo.

En ese momento, la dirección de la rama juvenil de Fuerza Nueva en Barcelona estaba a cargo de Juan Masana, un veterano de CEDADE. Ramón Graells, después de su paso fugaz por el Círculo José Antonio había recalado también allí. Y, por mi parte, empezaba a frecuentar el partido. Entonces empezaron los intentos de asaltos a la sede. La extrema izquierda que había acampado en Canaletas, cada tarde se manifestaba delante del local de Fuerza Nueva, lanzaba bolsas de pintura, piedras e intentaba linchar a simpatizantes del partido. Ocurrió un lunes y también al martes siguiente, el miércoles volvió a ocurrir y para el jueves decidimos que había que dar un escarmiento a la vista de que ni siquiera el Gobierno Civil, requerido por la dirección del partido y para evitar males mayores, se había dignado colocar un coche patrulla delante de la puerta del local. Los asaltos al local se estaban convirtiendo en tradición. Era evidente que, ya en ese momento, se estaba aplicando la política de dejar que los extremismos opuestos se matasen entre sí, algo que unos pocos entre nosotros empezábamos a percibir claramente. No era la mejor forma, desde luego, de que la democracia diera sus primeros pasos en nuestro país. Si no se garantiza la libertad de expresión de todos es que no todos tenían lugar bajo la democracia. En aquel momento ignorábamos que los pactos de la transición preveía el aislamiento de los extremistas y que la prensa y las fuerzas democráticas harían la vista gorda ante el evidente y reiterado intento de lanzarnos unos contra otros.

En el mismo local de Fuerza Nueva nos reunimos Masana, Bosch, Graells y yo. Había que disuadir de una vez y para siempre a la extrema izquierda de seguir con sus ataques al local: lo que terciaba era un escarmiento de los “tirando a inolvidables”. Cada uno reunió a sus propios efectivos en apenas una hora; recuerdo perfectamente lo que planteé: no más armas que palos, nunchakus y barras de hierro, de objetos arrojadizos solamente tornillos de ferrocarril unidos por una tuerca y en el espacio entre ambos un poco de pólvora, mejor ir con casco de motorista y refuerzos en pecho, espalda y hombros. Sobre todo que no apareciera ni una sola pistola -e hice especial mención a la pistola sindicalista de Bosch porque a esas alturas ya me lo conocía-, ni se disparase contra nadie, represalia, sí, pero moderada, lo justo para disuadir de futuras agresiones.

Elegimos el jueves porque esa tarde estaba convocada una manifestación ilegal de grupos de ultraizquierda a lo largo de las Ramblas. Suponía que la policía cargaría contra la manifestación en las mismas Ramblas, y esta se dispersaría hacia las calles adyacentes. Así pues, estaríamos apostados en esas pequeñas calles, en grupos de 6 u 8 y sería allí en donde enseñaríamos las uñas, los dientes y la mala hostia. Otro grupo se quedaría en el local defendiéndolo de posibles ataques. Las cosas se sucedieron más o menos como estaba previsto. Estaba por Petrixol y la Plaça del Pí, con un grupo, cuando empezaron a oírse las sirenas de la policía. Casi al mismo tiempo empezamos a percibir que había comenzado la dispersión del grueso de manifestantes. Apenas unos segundos después empezaron los choques que se generalizaron en toda la parte izquierda de las Ramblas. En la plaza del Pi lanzamos los primeros tornillos que explotaron. Era evidente que la extrema-izquierda no había visto jamás nada parecido. Al golpearse contra el suelo, la pólvora que estaba comprimida entre los tornillos opuestos y la tuerca, explotaba y cada uno salía disparado. No mataban, pero al que le tocaban podía darse por satisfecho si no se le rompía un brazo, una pierna o una costilla. Luego estaba el sonido seco, como un disparo, el chispazo de la pólvora que no se diferenciaban mucho de los de un  revolver.

La estrechez de Petrixol, por algún motivo, me recordó la batalla del Puente de Stanford, donde murió Harald Hardrada el vikingo que hubo conquistado diez pies de tierra inglesa. Pero aquí no había ningún heroico vikingo que cerrara el paso del puente con su hacha a todo el ejército de Harold en Sajón. La estrechez de la calle hacía que con tener a cuatro militantes  a cada lado, dieran fuerte y flojo a todos los ultras de izquierda que pasaban corriendo. Ninguno de ellos volvería a asaltar el local. Ahí ya ocurrió algo que no me gustó. Era la época en que la oposición democrática solía lucir un adhesivo con el escudo de la Generalitat. Bosch se encaró con uno que portaba este adhesivo: “Quítatelo, mamón”, le gritó. Y el pobre chaval era evidente que hacía esfuerzos por quitárselo pero que se le había quedado agarrado al chaquetón de piel. Para colmo cometió el error de sonreír  nerviosamente como diciendo: “Je…Que putada, el jodido no se quiere desprender”. Bosch le atizó un estacazo en plena frente y luego otro y otro más cuando el hombre ya estaba visiblemente fuera de combate cayéndose sobre su propia sangre. No fue agradable, e iba mucho más allá de lo que procedía: una simple represalia. Con golpes como esos podíamos enviar a alguien al tanatorio y era perfectamente consciente de las consecuencias que aquello podía tener. Le advertí que no se pasara. Lo que le había ocurrido a Bosch es lo que cuentan las sagas nórdicas de los antiguos guerreros germánicos, los Wildesheer, que en combate parecían enloquecer, su tótem era el lobo y se comportaban como tales, con un furor que nada ni nadie eran capaces de contener, era como un estado de posesión: como si una fuerza de la naturaleza, la ira, se hubiera apropiado del guerrero. Recibían el nombre de “la orda salvaje de Odín”. Bosch parecia su más acrisolada encarnación. Pero, claro, explícale esto de los Wildesheer y del “furor sagrado y salvaje” a un juez de guardia o al interesado mientras un energúmeno le está partiendo la cara.

Debía ser a esos de las 8:30 cuando todos los que estábamos entre Puertaferrisa y la Plaza del Pi nos reagrupamos. Envié un mensaje a la sede: subiríamos por las Ramblas, intentando barrer a toda la gente de extrema izquierda hacia la parte superior y era cuestión que en cuanto estuvieran ya comprimidos entre Canaletas y Canuda, la gente que estaba en el local cargara a lo salvaje para dar la puntilla final. Era una forma de enseñar las uñas y de decir: “Nos habéis asaltado el local durante tres días seguidos. Ahora nosotros somos martillo y vosotros yunque. La próxima vez que os acerquéis ya sabéis lo que ocurrirá”. Así lo hicimos.

Lo sorprendente no fue que lográramos dejar prácticamente vacía las Ramblas a nuestra espalda, desde el Pla de l’Os, sino que apenas logramos reunir a una fila de una decena de militantes. El problema es que cada vez que nos aproximábamos más a la Plaza de Catalunya, la perspectiva se complicaba. Existe un desnivel en las Ramblas y cierta suave pendiente que hace que a medida que dejas atrás el mar, subas unos pocos metros de altitud. Desde nuestra perspectiva –íbamos ascendiendo por las Ramblas- era visible que en la parte superior de las avenida empezaban a estar apretujadas varios miles de personas. Nosotros les estábamos barriendo hacia arriba y en la Plaza de Catalunya, los furgones policiales les impedían el acceso al Eixample. Puede parecer extraño que apenas una decenas de ultras consiguiera arrinconar a una masa tan considerable, pero quizás se entienda mejor si añado que la minoría numérica se compensaba con un grito estremecedor que íbamos coreando: “Nosotros fascistas, somos terroristas”, ante lo cual nadie se llamaba a engaño. Nos habían gritado tantas veces esa frasecita en segunda del plural, que cuando la pronunciamos en primera, desencadenó un efecto de shock en la competencia: “hostias, que estos son fascistas de verdad y terroristas y además vienen a por nosotros… si lo dicen ellos mismos será verdad”. Y, a todo esto, los que estaban dentro del local al mando de Graells, ni cargaban ni lo harían nunca. Logramos repescar a algunos descolgados, pero nunca fuimos más de 15 los activistas decididos a rematar la faena.

En un momento dado, la policía lanzó en la parte superior de las Ramblas un bote de humo y como si se tratara del detonante que implosiona y hace estallar la masa crítica de una bomba nuclear, todo ese gentío compacto de extremistas de izquierdas estalló y bruscamente vimos como una marea humana se venía hacia nosotros, pero no en actitud agresiva, sino simplemente huyendo de un puto y miserable bote de humo. Nos pasaban por los lados y no teníamos nada más que agitar el nunchaku a un lado y a otro para saber que en cada golpe alguno se llevaba su ración. Ni siquiera teníamos que correr, nos bastaba estar parados repartiendo a diestro y siniestro. Identificamos a algunos de los que habían participado el asalto y corrimos tras ellos por la calle Elisabets. Había uno de los que más se habían caracterizado en su agresividad antifascista que me pasó por el lado, salí corriendo tras él, pero el jodido parecía que se lo llevara el diablo. Para colmo, entre el casco de motorista, la cazadora y las protecciones que llevaba bajo la cazadora (alfombras de goma de los coches para proteger los hombros), no podía correr con soltura suficiente y el tipo se me escapaba. Intentaba darle con el nunchaku pero el palo silbaba a centímetros de su espalda, y lo peor era que en unas zancadas más y me faltaría el aire. Así que no se me ocurrió nada mejor que gritarle con voz tranquilizadora: “¡Déjalo que ya no nos siguen!”. Cuando jugaba al futbol solía susurrar a los delanteros contrarios: “Taconazo, tacozano” y, casi siempre daban el taconazo pensando que les requería la pelota uno del mismo equipo. En esta ocasión, el tipo se paró en seco cuando oyó que alguien le decía que el peligro estuviera conjurado. Al tercer golpe, el palo del nunchako saltó por los aires. En mi fervor pedagógico he de decir que mientras le daba fuerte y flojo le explicaba los motivos: “Como volváis a acercaros por el local de Fuerza Nueva os vais a llevar más”. Y el tipo me decía contorsionándose de dolor: “Vale, vale, pero que ya vale, joder”. A otro de nuestros camaradas, también en aquella escaramuza, le ocurrió algo inexplicable que demuestra el daño irreversible que hacen los porros en el cerebro. En medio de la trifulca reconoció al que el día anterior había visto arrojando una piedra contra el local. Se fue tras el y lo enganchó y el otro provocándole mientras recibía una lluvia de golpes: “Faixista, que ets un faixista” que dicho un acento cerrado de las comarcas de Girona sonaba todavía más antifascista; la frasecita, escupida en forma de ofensa no hacía nada más que aumentar la furia de nuestro camarada cuyo estado de cabreo iba in crescendo. Otro reaccionó mejor con gritos de “no me mates, por favor, no me mates” desarmando al agresor que no se le ocurrió nada mejor que arrojarle una bolsa de basura con cabezas de marisco absolutamente pútridas de la cervezería Baviera Muchos de nosotros experimentábamos un sentimiento de piedad al ver a unos tipejos, el día anterior, agresivos y ululantes, convertidos en corderillos asustados.

Lo raro era que aquella fiesta duraba ya hora y media y la policía no salía de la Plaza de Catalunya. Los ultras de izquierda volvieron a reagruparse poco después en torno a Canaletas, pero ya estaban muy mermados y muchos de ellos lucían completamente descalabrados; apenas quedaban unos 200. Estábamos unos a un lado de las Ramblas y los otros a otro, ya era tarde y aquello tenía que terminar.

Unos minutos antes había enviado a unos camaradas a “montar” unos cócteles molotov (colocar la bolsa de potasa con adhesivo para que al arrojarse reaccionara con el sulfúrico y prendiera, utilizábamos este sistema de ignición que nos evitaba los consabidos accidentes por ignición de la gasolina a base de mechero que solía crear problemas a la extrema-izquierda) frente a la Iglesia de Santa Ana a la que se llegaba a través de un callejón. Lamentablemente, a esas horas -ya eran las 22:00- la salida del callejón estaba cerrada con candado y solamente podía accederse por la plaza de Catalunya. La situación era tensa con los dos grupos frente a frente. No sabíamos en realidad qué hacer, cuando el irresponsable de turno volvió a gritar aquello de “¡Fascistas asesinos!”, lo más inoportuno para un momento así. Ni ahora ni entonces, me considero particularmente violento, soy –y era también en la época– un tipo tranquilo de los que cuesta mucho sacar de sus casillas. Y de los que estábamos en el mismo bando, pongo la mano en el fuego por la mayoría, salvo algún “venao” o algún otro psicopatón (que de todo hay), la inmensa mayoría gustábamos de la vida tranquila, y algunos, incluso, bucólica. Pero en la literatura clásica el pastor de rebaños, el poeta de los claros de luna y el joven rústico que guía su yunta de bueyes pueden convertirse en guerreros cuando se trata del deber y el deber, entonces, era que no hubiera más ataques contra la sede. Por lo tanto, de no haber salido aquella voz emboscada e insultante, seguramente nada más hubiera ocurrido, salvo la tensión de dos grupos que se contemplan y se odian. Al oírla, creo que fue Masana el primero en salir como una exhalación al grito de “A la carga”, los demás cargamos intentando ser los primeros en alcanzar el contacto físico. Esa era la actitud a adoptar en los cuerpo a cuerpo. Apenas diez minutos después, la acera derecha de las Ramblas estaba llena de ambulancias recogiendo a los heridos.

Tuvo lugar uno de esos episodios que se recuerdan como grotescos y que dan la medida del personal con el que se movía la extrema-izquierda. Un grupo de rojillos había salido corriendo por la acera del Banco Central en Plaza de Catalunya. Les perseguimos y, mira por donde, vimos que se habían metido por el callejón de Santa Ana del que sabíamos que la salida estaba cerrada con candado. Dejamos de correr y nos limitamos a avanzar inexorablemente con paso calmo, gritándoles alguna frase ilustrativa para generar el clima psicológico apropia: “Os vamos a hacer migas”, tampoco había que esforzarse mucho. Se habían escondido entre los setos del callejón. Primero salió una parejita encantadora a la que dejamos pasar. Eran demasiado encantadores para ser peligrosos. Pero había un tipo que teníamos identificado como asaltante del local y que no aparecía. De repente, en la ventana de un primer piso, lo vimos colgando y aporreando los vidrios hasta romperlos. Era él. Se había encaramado sobre un kiosco de flores y de ahí, en un salto simiesco alcanzó la reja de la ventana desde donde se zarandeaba en el vacío a unos cuatro metros del suelo. La visión de aquella especie de mico nos causó cierto alborozo. Sabía que “el Suizo”, uno de los nuestros, llevaba una pistola de fogueo, así que le grité: “Suizo, mátalo”. Y “el Suizo” le empezó a disparar balas de fogueo que el otro tenía por balas de tomo y lomo Me dirigí al sujeto: “Tíranos el DNI, la próxima vez que alguien intente asaltar el local de Fuerza Nueva iremos directamente a por ti”. El tipo lo entendió perfectamente, tanto que lanzó toda la cartera para evitar tener que buscar el documento y arriesgarse a caer. Y allí que lo dejamos.

Lo curioso fue que este individuo se quedó allí no fuera a ser que la fiera fascista, taimada y traidora como pocas, volviera cuando hubiera descendido de su pobre asidero. Ni siquiera nos planteamos volver la vista atrás, aquel asustado tipo valía menos que una prenda apolillada el día de las rebajas en Humana,. Quien si apareció por allí fue la policía, llamada por los propietarios del balcón alarmados porque alguien les estaba destrozando los vidrios. Y allí lo encontraron ejerciendo lo que la policía tomó por la vieja técnica del encalomo, habitual en los choros viejos. Subir por una pared a pelo o a lomos del socio y entrar a robar en una vivienda. Tras tranquilizarlo y lograr que bajara, la policía le pidieron la documentación y el tipo, claro, no le tenía encima. Se lo llevaron a comisaria y resultó ser un delincuente habitual de esos que tan frecuentes eran en la extrema izquierda de la transición. El remate de la historia es que esa última parte la sabemos gracias a Masana que, esa misma noche resultó detenido y encerrado en la misma celda que el tipoe en cuestión: “Esos fascistas, son pero que muy jodidos –le decía a Masana- al próximo que vea lo mato”. Luego le explicó como en los días anteriores él mismo había arrojado piedras sobre el local de Fuerza Nueva. El individuo se merecía todo lo que había pasado, el situarse al borde de partirse la crisma, el pasar tres días en los calabozos, el estar al borde de la ambolia cuando “el Suizo” le disparó y, suerte tuvo que lo ridiculo de sus peripecia nos excitara más la carcajada que el “furor de la orda sagrada de Odín”. Los hay que ni siquiera se han enterado de que han vuelto a nacer.

Esto ocurría entre 22:15 y 22:30. Los incidentes que habían empezado hacia las 8:30 se prolongaron hasta las 11:00 en la calle Pelayo, y sólo en ese momento la policía empezó a disolver a los grupos fueran del bando que fueran. Bosch resultó detenido en la propia calle Pelayo y si no recuerdo mal le ocuparon la famosa pistola sindicalista de Durruti, esa que me había jurado y perjurado que no le acompañaría en el trance. El espectáculo que se daba en la parte superior de las Ramblas en la acera derecha era, literalmente, dantesco. Un reguero de gente apoyada contra los edificios, sentados en el suelo, sanguinolentos, esperando las ambulancias. Nos deshicimos del casco y pasamos con la moto por delante. Uno de ellos se aguantaba la oreja que apenas seguía adherida a su cabeza gracias a un hilillo de carne, mirando el infinito y diciendo: “Están locos, están locos, uno de ellos me atacó con un hacha”. Efectivamente, no era Harald Hardrada el del Puente de Stanford, pero sí era uno de los muchachos de Bosch que, exagerados ellos, decidió entrar en liza blandiendo un hacha de aizkolari.

Con la moto bajamos al hospital de Can Ruti cerca de las Drassanes, para ver si alguno de los nuestros había resultado herido. Por increíble que parezca, ni uno solo se llevó siquiera magulladuras. Uno de los bedeles del hospital, veterano de la División Azul, cuando nos vio aparecer sonriendo nos dio el parte de bajas: “¿Qué coño habéis hecho? En dos horas han ingresado a 80 personas descalabradas”. El saldo final era pues de 80 personas en el hospital (seguramente la cifra se debió incrementar con los que aún estaban tirados en Canaletas) y dos detenidos entre nuestra gente. El local de Fuerza Nueva nunca más volvió a ser atacado.

Masana tras su detención abandonó la actividad política en Fuerza Nueva y poco después se casaría con una militante del partido, siendo sustituido al frente de Fuerza Joven por Ramón Graells. Bosch siguió como siempre y su militancia acabaría mal apenas unos meses después como veremos en otro lugar. Así fue el “jueves negro” de abril de 1976, poco antes de la Semana Santa. No hubo en ello gran cosa de heroico; hoy estos incidentes no pasarían de ser considerados como una “lucha de bandas”. Para la mayoría de los que participaron fue casi un rito de iniciación en el que unos jóvenes a los que la política solo llamaba accidentalmente, realizaron su aventura iniciática en las Ramblas de Barcelona, como los jóvenes africanos van a cazar un león para saber que han dejado atrás la infancia y han entrado en la juventud. en uno de esos “ritos de tránsito” que con tanto detalle describe la antropología étnica. Para saber, en definitiva, que son hombres. En Occidente estos ritos de paso ya están olvidados, pero como decía Caro Baroja, cuando a lo iniciático se le cierra la puerta, entra por la ventana. Hoy, generaciones de jóvenes como aquellas van a gritar a los estadios y a armar bronca, forman parte de tribus urbanas. Nosotros, también tuvimos nuestras “tribus urbanas”, les llamábamos “Fuerza Joven”, “Joven Guardia Roja”, “Juventudes Falangistas”, “Juventud Comunista Revolucionaria”… A fin de cuentas, todos, nosotros y los de enfrente, lo único que queríamos era demostrarnos a nosotros mismos que habíamos abandonado los cuidados de papá y mamá y podíamos ser considerados hombres. La política era sólo accesorio, un pegote de la época. Para algunos, el episodio nos sirvió para demostrar que teníamos valor, o que otros, aunque valientes eran unos “venaos” y otros, francamente cobardones, incluso tirando a caguetas, que de todo tiene que haber.

En la transición ocurrieron decenas de episodios como éste. Cada remesa de militantes quería vivir, al menos una vez en su vida, la prueba del choque con el adversario, el enfrentamiento en el que deberían mostrar obligatoriamente su valor o simular que lo tenía. Si lo he traído a colación es porque fue el más violento de todos ellos. A veces he pensado que este episodio tenía su paralelismo en las narraciones de trifulcas entre comunistas y nazis que jalonaron  Alemania desde noviembre de 1918 hasta el 30 de enero del 33, del día de la rendición del Reich en la Primera Guerra Mundial al momento del desquite en la que Hitler llegó al poder. Pero, apenas hay comparación posible. En aquellos momentos se luchaba por Alemania; eran dos formas de concebir el futuro para el mismo país las que se enfrentaban en las calles de Berlín o de Munich y las dos estaban defendidas por gente que había surgido de las mismas trincheras de la guerra. De regreso a sus ciudades, en la paz, ni unos ni otros supieron, pudieron o quisieron integrarse en la vida civil. Habían conocido la camaradería del frente, la exaltación de las cargas a la bayoneta y la lotería inmisericorde de los obuses. Bolcheviques y nazis, cada uno aportó de manera muy diferente soluciones para llevar aquella camaradería del frente a la vida civil: o la “lucha de clases”, o la “comunidad del pueblo”, conceptos ambos que, a fin de cuentas, no eran sino antiburgueses. No había pues, ninguna similitud entre las peleas de cervecería entre bolcheviques y hitlerianos y nuestras peleas de adolescentes. Era fácil percibir que ni entre los militantes de ultraizquierda, ni la gente que estaba a nuestro lado existía nada profundo, como máximo, la búsqueda de una “prueba” que indicara al adolescente que se estaba haciendo un hombrecito. No puedo ver nada “heroico” en todo aquello.

Pero hay otra diferencia y quizás sea la más importante. En el curso de sus riñas de cervecería, hitlerianos y bolcheviques estaban haciendo la historia. A nosotros, en cambio, los titiriteros de la transición, jugaron con nuestra juventud, con nuestras esperanzas e ilusiones: no hicimos historia, nos metieron en una “historia” que no era la nuestra. Aquella noche, hacia las 21:00 empecé a preguntarme porqué diablos la policía no estaba interviniendo. De un momento a otro alguien podía matar a alguien. No era tan simplón como aquellos a los que llevábamos media hora calentando y que pensaban en su esquematismo simplón que “la extrema-derecha y la policía eran cómplices”. Luego supimos porqué la policía no había intervenido: se trataba, una vez más, de dejar que la extrema-derecha y la extrema-izquierda se deshicieran mutuamente. Era la estrategia de los “extremismos opuestos” que incitan a las buenas gentes, moderadas, timoratas, sin ganas de complicación, ansiando el orden y la estabilidad, a situarse bajo el paraguas protector del Estado.

Nos dejaron solos para que nos matáramos entre nosotros, y cimentar con cada gota de sangre las etapas de la transición: “Lo veis: son extremistas, se matan entre sí; para huir de ellos, deberéis echarnos en brazos nuestros, vendernos vuestras almas y aceptar entusiásticamente el sistema que os proponemos, de un partido único a un bipartidismo, de una ausencia de libertades a una libertad que tendréis aunque apenas la utilicéis, mientras ellos se matan, nosotros os damos destape, pan y música ¿qué más queréis? ¿qué otra cosa creéis que merecéis. No lo dudéis: tendréis libertad, amnistía, estatut d’autonomia y carné del paro”. Y España entera aceptó este programa.

Murió mucha gente en aquellos años, algunos eran de los nuestros y a otros muchos los mataron los nuestros y los asesinos pagaron casi todos con largas penas de cárcel,. La transicion destruyó muchas vidas y a la vista de lo que hay no estoy muy seguro de que tanta sangre derrmada haya valido la pena, especialmente porque la inmensa mayoría, sino todos, murieron sin saber por que.

Esa extrema-izquierda que había corrido aquella noche como conejillos asustados, de un lado a otro de las Ramblas, que fueron incapaces de articular una defensa contra un pequeño grupo decidido a pararles los pies a pesar de que el día ante se sintieran crecidos hasta llegar al hall del local de Fuerza Nueva, no era habitualmente inofensiva. En Euzkadi estaban asesinando a nuestros militantes, en la universidad habían expulsado y agredido a tal o cual estudiante tenido como “fascista”. Cuando estalló la bomba de la Cafetería California 47 y sólo media hora antes, la policía encañonaba a los militantes del Frente de la Juventud y los cacheaba apoyados frente a la misma cristalera que saltaría poco después con todo lo que había dentro, entendimos que había en ciertas franjas de la extrema-izquierda un ansia homicida dirigida contra nosotros y que era sólo un poco más desagradable que ese oportunismo sin escrúpulos del que hacían gala sectores amplísimos de la izquierda democrática que cinco años después daría lugar a unos de los períodos más corruptos en la historia de España: el felipismo. No en vano, entre 1979 y 1981, el PSOE fue integrando al Partido del Trabajo, a la Organización Revolucionaria de Trabajadores, a amplios sectores del ex FRAP, a la gente de la Organización de la Izquierda Comunista, a los de Bandera Roja. A muchos de ellos los habíamos conocido en la universidad y sabíamos de lo que podían ser capaces en el gobierno. Hace unos años, justo cuando estalló el Caso BOE, enésima muestra de la corrupción socialista, me encontré a un antiguo camarada de aquella época. No sé por qué salió a relucir el “jueves negro”. Le comenté que seguramente aquel día habían pagado algunos justos por pecadores y él me respondió: “es posible, pero no te olvides que a muchos corruptos de hoy, al menos nosotros les dimos unas cuantas hostias por anticipado, las que merecen y que ni el Estado ni nadie les va a dar jamás. Impartimos justicia por anticipado”. Me quedé pensando que quizás mi antiguo camarada tenía razón.

A 33 años de aquellos incidentes no veo en ellos nada profundo, muy poco de política, demasiado entusiasmo juvenil manipulado por los hacedores de la transición. Lo dicho, no hubo en todo aquello nada heroico.

Tras el “jueves negro” vino la Semana Santa y luego mi vinculación a Fuerza Nueva aumentaría en los meses siguientes.

© Ernesto Milà – Infokrisis – Infokrisis@yahoo.eshttp://infokrisis.blogia.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar procedencia.